Valparaíso y sus cicatrices urbanas del 73

Valparaíso todavía podíamos desplazarnos con relativa libertad y la pandemia de coronavirus no se había desatado como consecuencia, entre otras cosas, de las erráticas medidas gubernamentales de permisos de vacaciones y apertura indiscriminada de las fronteras- después de compartir con amigos un café conversado en “El República”  decidí dar un paseo por antiguos espacios estudiantiles, recordando la época de los años setenta como estudiante de la Universidad de Chile, sede Valparaíso.

Al llegar a la parte posterior del “Departamento de Ciencias de la Universidad de Chile” de aquel entonces, hoy sede de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Valparaíso, lugar en donde teníamos clases de los ramos básicos del área de la Salud, pude observar que todavía siguen presente sobre las paredes de este hermoso edificio las “cicatrices urbanas del 73”. Orificios de bala disparados desenfrenadamente por los uniformados los días posteriores al golpe de Estado en contra de supuestos francotiradores fantasmas, presentes sólo en las enfermizas mentes golpistas, con el simple y siniestro objetivo de provocar miedo, propio de las acciones del terrorismo de Estado que se desencadenaron brutalmente en contra de los chilenos y chilenas a partir del 11 de septiembre de 1973.

De “golpe”, ahora en el año 2021, poco más de 47 años después, volvieron a la memoria una serie de situaciones vividas como estudiante en esa época. Recordé, por ejemplo, cuando tuve que ir a revisar las listas en calle Hontaneda, por el costado del Hospital Van Buren en el cerro El Litre donde funcionaban oficinas administrativas, para ver si era uno de los “afortunados” que podían seguir estudiando en la universidad. Precisamente al mismo lugar que había concurrido a materializar la matrícula en la carrera de Odontología el año 71, después de haber rendido con éxito la PAA y quedar seleccionado en ella.

En Septiembre del 73 las listas colocadas allí correspondían a una “nueva selección”, esta vez para ver si tenías “derecho” a continuar estudiando según lo decidieran los uniformados que a sangre y fuego se habían tomado el poder.

Si mal no recuerdo, existían tres tipos de listas con las letras A-B y C. En la primera aparecían los nombres de los alumnos y alumnas que podían continuar sin problemas estudiando la carrera. Obviamente que aquí se incluían a todos y todas las alumnas que apoyaban el golpe de Estado. En la Lista B aparecían los nombres de todos aquellos alumnos y alumnas que “olieran a Unidad Popular”, pero que según no sé qué criterio, o  más bien des-criterio, se les permitía seguir estudiando como “alumnos condicionales”, siempre y cuando se “comprometieran a no participara en actividades políticas”, ya que a la más mínima sospecha serían expulsados. En la Lista C estaban los nombres de alumnos y alumnas suspendidos por un semestre, un año o más, y los expulsados definitivamente de la Universidad.

En la confección de estas “Listas” participaron obviamente compañeros(as)  de curso, de la Facultad o de la Carrera  a la que se pertenecía, todos y todas partidarios del golpe de Estado, simpatizantes o militantes del Partido Nacional, Patria y Libertad o la Democracia Cristiana. Desgraciadamente no existen los documentos o registros que respalden los nombres de los y las responsables de tan deleznable comportamiento, que corrieron silenciosa y cuidadosamente de boca en boca, pero sería irresponsable entregar sus nombres sin el respaldo necesario.

Fui uno de los alumnos “afortunados” y esta vez fui “seleccionado” en la Lista B, por lo tanto pude continuar estudiando como alumno “condicional”.

Después de alrededor de una semana o más, no recuerdo precisamente, tuvimos que acudir a la Escuela Dental, ubicada en la Subida Carvallo, a pocos metros más abajo del Estadio Playa Ancha, lugar que fue utilizado como centro de prisión por algunos días, para ir a reconocer y retirar nuestras pertenencias que habían quedado guardadas en los casilleros.

Al llegar allí nos encontramos con la Escuela Dental “tomada” por Infantes de Marina, con sus puertas de reja exterior cerradas, cosa esperada en esos días, pero fue una desagradable sorpresa  ver que había compañeros de los distintos cursos junto a los marinos, quienes te reconocían como alumno de la Escuela para que los uniformados te permitieran entrar a retirar tus cosas y ellos mismos te acompañaran hasta los casilleros.

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A 48 AÑOS DEL GOLPE MILITAR: Carta de los Cordones Industriales al presidente Salvador Allende

Reproducimos este documento histórico en el que la Coordinadora de Cordones Industriales señala a Salvador Allende la situación crucial en que se encuentran, el peligro inmediato de la dictadura militar y le exigen terminar la conciliación con la reacción y medidas para evitar el Golpe.

El 5 de septiembre de 1973, la Coordinadora Provincial de Cordones Industriales envió una carta al Presidente de la Unidad Popular Salvador Allende. En ella, le exigen medidas urgentes para evitar un golpe y dictadura militar.

Los Cordones Industriales eran una coordinación de base de los trabajadores que ocupaban y gestionaban cientos de empresas, que respondieron en las fábricas y en las calles los intentos de la reacción (como el Paro patronal de Octubre de 1972) y constituyeron un inicial organismo de poder obrero.

En esta carta le muestran a Allende la actitud moderada y conciliadora del Gobierno, que en vez de desarrollar la fuerza de la auto-organización y movilización del movimiento obrero y popular, buscó el diálogo con la Democracia Cristiana y la Derecha, el parlamento reaccionario y los militares, aceptando medidas (como el Plan Millas de devolución de empresas o la Ley de Control de Armas) que tendían a debilitar el poder obrero y popular, la verdadera amenaza a los capitalistas, el imperialismo y los militares que impusieron el Golpe.

Los Cordones Industriales constituyeron lo más avanzado del proceso revolucionario de los años 70 y de la clase obrera chilena.

Carta enviada de la Coordinadora de Cordones a Salvador Allende

A su Excelencia el Presidente de la República Compañero Salvador Allende:

Ha llegado el momento en que la clase obrera organizada en la Coordinadora Provincial de Cordones Industriales, el Comando Provincial de Abastecimiento Directo y el Frente Único de Trabajadores en conflicto ha considerado de urgencia dirigirse a usted, alarmados por el desencadenamiento de una serie de acontecimientos que creemos nos llevará no sólo a la liquidación del proceso revolucionario chileno, sino, a corto plazo, a un régimen fascista del corte más implacable y criminal.

Antes, teníamos el temor de que el proceso hacia el Socialismo se estaba transando para llegar a un Gobierno de centro, reformista, democrático-burgués que tendía a desmovilizar a las masas o a llevarlas a acciones insurreccionales de tipo anárquico por instinto de preservación.

Pero ahora, analizando los últimos acontecimientos, nuestro temor ya no es ése, ahora tenemos la certeza de que vamos en una pendiente que nos llevará inevitablemente al fascismo.

Por eso procedemos a enumerarle las medidas que, como representantes de la clase trabajadora, consideramos imprescindibles tomar.

En primer término, compañero, exigimos que se cumpla con el programa de la Unidad Popular, nosotros en 1970, no votamos por un hombre, votamos por un Programa.

Curiosamente, el Capítulo primero del Programa de la Unidad Popular se titula “Poder Popular”,

Citamos: Página 14 del programa:

“… Las fuerzas populares y revolucionarias no se han unido para luchar por la simple sustitución de un Presidente de la República por otro, ni para reemplazar a un partido por otros en el Gobierno, sino para llevar a cabo los cambios de fondo que la situación nacional exige, sobre la base del traspaso del poder de los antiguos grupos dominantes a los trabajadores, al campesinado y sectores progresistas de las capas medias…” “Transformar las actuales instituciones del Estado donde los trabajadores y el pueblo tengan el real ejercicio del poder…”

“… El Gobierno popular asentará esencialmente su fuerza y autoridad en el apoyo que le brinde el pueblo organizado…”

Página 15:

“… A través de una movilización de masas se constituirá desde las bases la nueva estructura del poder…”

Se habla de un programa de una nueva Constitución Política, de una Cámara Única, de la Asamblea del Pueblo, de un Tribunal Supremo con miembros asignados por la Asamblea del Pueblo. En el programa se indica que se rechazará el empleo de las Fuerzas Armadas para oprimir al pueblo… (Página 24).

Compañero Allende, si no le indicáramos que estas frases son citas del programa de la Unidad Popular, que era un programa mínimo para la clase, en este momento se nos diría que este es el lenguaje “ultra” de los cordones industriales.

Pero nosotros preguntamos, ¿dónde está el nuevo Estado? ¿La nueva Constitución Política, la Cámara Única, la Asamblea Popular, los Tribunales Supremos?

Han pasado tres años, compañero Allende y usted no se ha apoyado en las masas y ahora nosotros los trabajadores tenemos desconfianza.

Los trabajadores sentimos una honda frustración y desaliento cuando su Presidente, su Gobierno, sus partidos, sus organizaciones, les dan una y otra vez la orden de replegarse en vez de la voz de avanzar. Nosotros exigimos que no sólo se nos informe, sino que también se nos consulte sobre las decisiones, que al fin y al cabo son definitorias para nuestro destino.

Sabemos que en la historia de las revoluciones siempre han habido momentos para replegarse y momentos para avanzar, pero sabemos, tenemos la certeza absoluta, que en los últimos tres años podríamos haber ganado no sólo batallas parciales, sino la lucha total.

Haber tomado en esas ocasiones medidas que hicieran irrevocables el proceso, después del triunfo de la elección de Regidores del 71, el pueblo clamaba por un plebiscito y la disolución de un Congreso antagónico.

En octubre (1972), cuando fue la voluntad y organización de la clase obrera que mantuvo al país caminando frente al paro patronal, donde nacieron los cordones industriales en el calor de esa lucha y se mantuvo la producción, el abastecimiento, el transporte, gracias al sacrificio de los trabajadores y se pudo dar el golpe mortal a la burguesía, usted no nos tuvo confianza, a pesar de que nadie puede negar la tremenda potencialidad revolucionaria demostrada por el proletariado, y le dio una salida que fue una bofetada a la clase obrera, instaurando un Gabinete cívico-militar, con el agravante de incluir en él a dos dirigentes de la Central Única de Trabajadores, que al aceptar integrar estos ministerios, hicieron perder la confianza de la clase trabajadora en su organismo máximo.

Organismo, que cualquiera que fuese el carácter del Gobierno, debía mantenerse al margen para defender cualquier debilidad de éste frente a los problemas de los trabajadores.

A pesar del reflujo y desmovilización que esto produjo, de la inflación, las colas y las mil dificultades que los hombres y mujeres del proletariado vivían a diario, en las elecciones de marzo de 1973, mostraron una vez más su claridad y conciencia al darle un 43% de votos militantes a los candidatos de la Unidad Popular.

Allí también, compañero, se deberían haber tomado las medidas que el pueblo merecía y exigía para protegerlo del desastre que ahora presentimos.

Y ya el 29 de junio, cuando los generales y oficiales sediciosos aliados al Partido Nacional, Frei y Patria y Libertad se pusieron francamente en una posición de ilegalidad, se podría haber descabezado a los sediciosos y, apoyándose en el pueblo y dándole responsabilidad a los generales leales y a las fuerzas que entonces le obedecían, haber llevado el proceso hacia el triunfo, haber pasado a la ofensiva. Lo que faltó en todas estas ocasiones fue decisión, decisión revolucionaria, lo que faltó fue confianza en las masas, lo que faltó fue conocimiento de su organización y fuerza, lo que faltó fue una vanguardia decidida y hegemónica.

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El fragmento de hueso que trajo de regreso a un detenido desaparecido

La historia de la búsqueda de Juan José Montiglio Murúa, uno de los jefes del Grupo de Amigos Personales (GAP) del ex Presidente Salvador Allende. Pese a todos los intentos de los servicios de represión de Augusto Pinochet para borrarlo de la historia, la tierra no permitió que desapareciera y 44 años después, reveló la verdad para decirle al mundo que los crímenes no se pueden ocultar para siempre.

Las nubes no tienen intención de abrirse. Cierran de forma espesa el cielo de una fría mañana en Santiago. Es 6 de mayo de 2017 y a las afueras del Servicio Médico Legal en Avenida La Paz hay un grupo de personas esperando reencontrarse con los restos del que fuera uno de sus grandes compañeros. En una mesa de la morgue los espera un pequeño y seco fragmento óseo. Es lo que quedó de Juan José Montiglio Murúa, uno de los jefes del Grupo de Amigos Personales (GAP) del ex Presidente Salvador Allende.

Ese hueso no mide más de diez centímetros. El fragmento de un cuerpo que se negó a desaparecer, a pesar de todos los intentos de los servicios de represión de Augusto Pinochet para borrarlo de la historia. No bastaron las torturas y las humillaciones, ni que lo dinamitaran con granadas en una fosa luego de fusilarlo. La tierra no permitió que desapareciera y, 44 años después, reveló la verdad para decirle al mundo que los crímenes no se pueden ocultar para siempre.

De un joven estudiante a jefe del GAP

A comienzos de los años 70, Juan José Montiglio era un joven estudiante de Biología del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile y militante del Partido Socialista. El 23 de noviembre de 1970, a la edad de 21 años y dos días antes de que naciera su primer hijo, ingresó oficialmente al grupo de seguridad de Salvador Allende, bajo la chapa de “Aníbal Salcedo”.

Era uno de los más jóvenes entre sus compañeros del GAP. Sus cercanos recuerdan que solía ponerse un bigote para verse más viejo. “Parecía un niño chico con bigote”, dice Manuel Cortés, alias “Patán”, uno de sus compañeros del dispositivo de seguridad.

Aunque oficialmente Domingo Blanco Tarrés era el jefe máximo del GAP, la personalidad y entereza de Montiglio lo llevaron a muy corta edad a convertirse en el líder natural del aparato de seguridad. Él fue uno de los que luchó hasta el final junto al Presidente ese frío martes 11 de septiembre de 1973, mientras La Moneda era bombardeada por las Fuerzas Armadas golpistas.

“No me hago la idea de que haya estado como un súper hombre en La Moneda ese día. Debió haber tenido miedo como cualquier ser humano. Ser atacado tan brutalmente, y sin embargo aguantó el chaparrón y estuvo ahí y no se achicó”, dice su compañera Rina Belvederessi, mientras el hueso del talón que se logró identificar está sobre un mantel blanco que oculta la frialdad de la camilla del Servicio Médico Legal.

Tras la muerte de Allende, Montiglio fue tomado prisionero y llevado junto a otras 24 personas al Regimiento Tacna, a 15 cuadras del Palacio de Gobierno que aún seguía incendiándose, dejando en cenizas una de las democracias más estables de América Latina.

En el Tacna los prisioneros fueron obligados a arrastrarse hincados y tenderse boca abajo con los brazos sobre la nuca. Fueron 48 horas en que militares se turnaban para torturarlos. Dos días en que los guardias armados con ametralladoras los amenazaban, y pedían a sus superiores ejecutarlos en el acto. Cada cierto tiempo eran llevados a una oficina del segundo piso del regimiento, donde eran torturados e interrogados por personal del Servicio de Inteligencia Militar.

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El Día del Joven Combatiente

El 29 de Marzo de cada año se conmemora el Día del Joven Combatiente, fecha en la cual recordamos los nombres de quienes con su sacrificio heroico, visibilizaron la lucha que miles de jóvenes daban día a día en sus poblaciones, liceos y universidades para derrotar a la más sangrienta y extensa dictadura militar de toda Nuestra América.

Son las vidas de cuatro jóvenes militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria – MIR de Chile, las que movilizarán al país en busca de justicia y que sembrarán la semilla de las luchas de millones de jóvenes en el Chile de hoy.

Sin duda los medios de comunicación de la burguesía y los relatos pos dictatoriales, han intentado permanentemente criminalizar las luchas y demandas juveniles. Las que se remontan desde las gloriosas revoluciones sesenteras, que condujeron exitosamente jóvenes como Fidel Castro, el Che Guevara y Miguel Enríquez, quienes pusieron en cuestión al viejo orden burgués y levantaron en lo más alto las banderas de la revolución socialista.

Y son esos ideales y sueños, que han movilizado a millones de jóvenes a lo largo de nuestra historia, jóvenes que estuvieron dispuestos a entregar su vida para conquistar la Libertad de nuestro Pueblo.

El 29 de Marzo los nombres de Paulina, Mauricio, Eduardo y Rafael, quedan escritos en la memoria y en la historia de un pueblo que aún lucha para que la Dignidad se Transforme en Costumbre!

…Su muerte en ningún caso es inútil, sino que es un llamado a todos los chilenos y a todos los latinoamericanos, un llamado a seguir luchando por esa sociedad de iguales, por esa sociedad sin explotación, por la cual mis hermanos dieron su vida.

PABLO VERGARA TOLEDO

Los Jóvenes Combatientes

Mauricio Maigret Becerra

Mauricio Maigret Becerra, 17 años, estudiante secundario, Militante del MIR, participó en el levantamiento popular de Pudahuel durante el 29 de mazo de 1984. Cayó abatido por ráfagas de una UZI y un fusil SIG, disparados por agentes de la CNI. Tuvo que cumplir heroicamente con la misión de cubrir la retirada de sus compañeros. Su cuerpo se hizo semilla en calle San Daniel con pasaje Nassau en la comuna de Pudahuel.

Rafael y Eduardo Vergara Toledo

Eduardo Vergara Toledo, 20 años, estudiante de Pedagogía en Historia del Pedagógico, dirigente estudiantil de la UNED (Unión Nacional de Estudiantes Democráticos) y Militante del MIR. La noche del 29 de Marzo de 1985 se prepara junto a su hermano Eduardo y otros milicianos a realizar una acción de propaganda armada en Villa Francia, a un año del asesinato de Mauricio Maigret. Entre los pasajes de la villa Robert Kennedy, son interceptados por carabineros quienes les disparan por la espalda. Eduardo muere inmediatamente de un disparo en el corazón.

Mural en el Liceo de Aplicación

Rafael Vergara Toledo, 18 años, estudiante secundario, Miliciano del MIR. La noche del 29 de Marzo de 1985 lidera al grupo de Milicianos en Villa Francia, la acción de propaganda se transforma en acción de recuperación, que nunca se concretará. Los hermanos Vergara Toledo son emboscados por la policía, Rafael es herido por la espalda, se arrastra para abrazar el cuerpo de su hermano asesinado, es salvajemente golpeado con la culata de un fusil en su rostro. Mal herido es llevado hasta un furgón policial y asesinado con un disparo en su nuca. El recuerdo de los Hermanos Vergara Toledo sigue presente en los pasajes de la Villa Francia.

Paulina Aguirre Tobar

Paulina Aguirre Tobar, 20 años, Militante del MIR, cumplía tareas en la clandestinidad con el nombre político de «Luisa». Realizó cursos de guerrilla urbana en Cuba, le gustaba cantar y tocar la guitarra. La media noche del 29 de Marzo de 1985, Paulina llegaba a su casa, una cabaña ubicada en El Arrayán, región Metropolitana, cuando es interceptada por la Brigada Azul de la CNI, brigada que tenía la misión de exterminar a los militantes del MIR. «Luisa» fue asesinada con dos disparos en la cabeza, uno en el cuello, tres disparos en la mano derecha y dos disparos en el antebrazo izquierdo, así la vida de Paulina se transforma en ejemplo de valor y disciplina y digna representante de la Mujer Combatiente. 

Cuando el dolor, la sangre, el odio y la muerte son necesarios, miles de manos se tienden para tomar las armas.

Acuérdense ustedes de mí, Siempre.

VERSOS ESCRITOS POR PAULINA AGUIRRE TOBAR.

Paulina Aguirre Tobar, 20 años, Militante del MIR, cumplía tareas en la clandestinidad con el nombre político de «Luisa». Realizó cursos de guerrilla urbana en Cuba, le gustaba cantar y tocar la guitarra. La media noche del 29 de Marzo de 1985, Paulina llegaba a su casa, una cabaña ubicada en El Arrayán, región Metropolitana, cuando es interceptada por la Brigada Azul de la CNI, brigada que tenía la misión de exterminar a los militantes del MIR. «Luisa» fue asesinada con dos disparos en la cabeza, uno en el cuello, tres disparos en la mano derecha y dos disparos en el antebrazo izquierdo, así la vida de Paulina se transforma en ejemplo de valor y disciplina y digna representante de la Mujer Combatiente. 

Paulina Aguirre Tobar, 20 años, Militante del MIR, cumplía tareas en la clandestinidad con el nombre político de «Luisa». Realizó cursos de guerrilla urbana en Cuba, le gustaba cantar y tocar la guitarra. La media noche del 29 de Marzo de 1985, Paulina llegaba a su casa, una cabaña ubicada en El Arrayán, región Metropolitana, cuando es interceptada por la Brigada Azul de la CNI, brigada que tenía la misión de exterminar a los militantes del MIR. «Luisa» fue asesinada con dos disparos en la cabeza, uno en el cuello, tres disparos en la mano derecha y dos disparos en el antebrazo izquierdo, así la vida de Paulina se transforma en ejemplo de valor y disciplina y digna representante de la Mujer Combatiente. 

La Juventud Rebelde sigue su ejemplo.

A raíz de la muerte de los Hermanos Vergara y Paulina Aguirre, el MIR toma la decisión política de conmemorar el 29 de Marzo como el Día del Joven Combatiente, en homenaje a Mauricio, Paulina, Rafael y Eduardo. Esta decisión, significó el inicio de importantes jornadas de protesta popular contra la dictadura, junto a masivos actos políticos en Villa Francia.

Desde los años 90, el Día del Joven Combatiente es una jornada de protesta y conmemoración a lo largo y ancho del país, pero también una fecha ineludible para la reflexión respecto a la participación de las y los jóvenes en la lucha política. Es así que desde el año 2000 la Juventud Rebelde Miguel Enríquez – JRMEdel MIR, organiza el Primer Seminario del Joven Combatiente, espacio que se va a replicar año tras año hasta la fecha, extendiéndose a Universidades, Liceos y Barrios a lo largo del país, con importantes Jornadas Culturales y de voluntariado estudiantil. Con los años se agregaron las Mesas Internacionales con representación de juventudes políticas de todo el continente, lo que ha permitido compartir experiencias y extender el debate de la participación juvenil con perspectivas continentales.

Tomado de: miradacritica.cl (Extracto)

Miguel Enríquez y el desafío de las nuevas generaciones

La familia revolucionaria

Nuestra América vive un tiempo nuevo. El régimen chileno, mitad neoliberal,  mitad pinochetista, cruje. La resistencia crece. Y toda resistencia se fortalece y consolida en la medida en que aprende de su propia historia. Nada mejor, entonces, que recuperar enseñanzas para los tiempos porvenir.

Miguel Enríquez [1944-1974], como tantos otros militantes de Nuestra América, constituye una de las principales fuentes de inspiración para las nuevas rebeldías. Hijo político del Che Guevara y, por eso mismo, hermano de nuestros Mario Roberto Santucho, John William Cooke, Alicia Eguren y Daniel Hopen; Miguel pertenece a esa gloriosa familia continental que también integran Luis Emilio Recabarren, José Carlos Mariátegui, Julio Antonio Mella, Farabundo Martí, Fidel Castro, Carlos Fonseca, Roque Dalton, Carlos Marighella, Fabricio Ojeda, Silvio Frondizi, Rodolfo Walsh, Turcios Lima, Inti Peredo, Tamara Bunke, Raúl Sendic, Camilo Torres, Raúl Pellegrín y Cecilia Magni, entre muchísimos más. 

Que el recuerdo de su caída sirva no sólo para rememorarlo con cariño y orgullo en su querido país —hoy en plena ebullición popular, tras medio siglo de neoliberalismo— sino también para aprender de él, de su pensamiento, de su ejemplo y de su lucha en toda Nuestra América y el mundo.

Un joven rebelde que interviene sin pedir permiso

Miguel vivió la lucha revolucionaria de su pueblo como un joven rebelde. No solamente por su corta edad sino además por su mente abierta, su antiimperialismo visceral y su desafío de las jerarquías establecidas. 

Su vida política juvenil fue meteórica. Vivió joven y, lamentablemente, murió joven. Apenas había cumplido los 30 (treinta) años cuando la muerte en combate lo encontró dignamente donde tenía que estar. Del lado del pueblo, de cara al enemigo, enfrentando la dictadura contrainsurgente del general Pinochet, quien inauguró —Milton Friedmann mediante— el neoliberalismo a escala mundial. Incluso antes que la Inglaterra de Margaret Thatcher y los Estados Unidos de Ronald Reagan.

 ¡Sí, Miguel tenía apenas treinta años! Parece mentira. (No olvidemos que Julio Antonio Mella, el fundador del primer partido comunista cubano, fue asesinado en su exilio mexicano cuando apenas tenía 25 años…). Y pensar que ya a esa edad había desarrollado todo un pensamiento teórico propio y una acción política encaminada a concretarlo. 

Deberían tenerlo en cuenta algunos ex revolucionarios, arrepentidos o quebrados, cansados de luchar y de confrontar, que apelando a su prestigio del pasado hoy se pliegan al poder subestimando con soberbia a las nuevas generaciones de militantes rebeldes que en el Cono Sur de Nuestra América y en otras latitudes se están formando con el objetivo de sembrar la simiente de una nueva y futura oleada revolucionaria. Esos mismos que, tan lejanos de la humildad de Miguel Enríquez y de Robi Santucho, de Fidel y el Che, de Sendic y Marighella, en lugar de acompañar a las nuevas generaciones en la recuperación de la tradición revolucionaria “olvidada”, de alentarlas en la rebelión contra el sistema imperialista y en el rechazo de sus múltiples estrategias contrainsurgentes (las “duras” y las “blandas”), de transmitirles la experiencia del pasado (incluso si fue derrotada), están más preocupados por lustrar su propio ego y exaltar su propio ombligo. 

La tarea urgente de nuestros días presupone revertir lo que el genocidio de las dictaduras militares (y las metafísicas “post” que las sucedieron durante las décadas subsiguientes en el campo de las formaciones ideológico-políticas) intentaron implementar: el olvido sistemático de las insurgencias y la “deconstrucción” de identidades antimperialistas y anticapitalistas en los movimientos juveniles del continente. Si a comienzos del siglo XX ser de vanguardia implicaba romper con todo pasado y toda tradición, actualmente, en el siglo XXI, después del genocidio y las metafísicas “post” (postestructuralismo, posmodernismo, posmarxismo, estudios postcoloniales, etc.), no hay nada que sea políticamente más urgente y radical que recuperar la tradición revolucionaria olvidada y superar el vacío artificialmente inducido entre aquella generación de Miguel Enríquez y la actual.

En el año en que se funda el Movimiento de Izquierda Revolucionaria-MIR de Chile, Miguel Enríquez tenía 21 años. Cuando se convierte en su secretario general contaba con 23. Su hermano argentino, Mario Roberto [“Robi”, “el negro”] Santucho, tenía 29 años cuando se funda el Partido Revolucionario de los Trabajadores-PRT y apenas llegaba a 40 cuando muere a manos del Ejército argentino. Ernesto Guevara ni siquiera había cumplido los 40 cuando fue asesinado, desarmado y a sangre fría, por el Ejército boliviano bajo órdenes de la CIA en La Higuera, Bolivia. Toda una generación latinoamericana de jóvenes que no pidieron permiso para pensar, para cuestionar, para hablar, para estudiar, para militar y actuar, para amar. Hay que aprender de su ejemplo…

El doble desafío (de Lenin y Gramsci en clave latinoamericana)

La práctica política del MIR y de Miguel Enríquez ubicaron en el centro del debate la doble tarea que los movimientos revolucionarios tienen por delante si pretenden lograr eficacia en su accionar contra el imperialismo capitalista como sistema mundial: crear, construir y desarrollar la independencia política de clase y, al mismo tiempo, la hegemonía socialista.

En la historia latinoamericana, quienes sólo pusieron el esfuerzo en la creación y consolidación de la independencia política de clase, muchas veces quedaron aislados y encerrados en su propia organización. Generaron grupos aguerridos y combativos, militantes y abnegados, pero que no pocas veces cayeron en el sectarismo (en el mejor de los casos, cuando no, en el burocratismo). Una enfermedad recurrente y endémica por estas tierras del Cono Sur. Quienes, en cambio, privilegiaron exclusivamente la construcción de amplísimas alianzas políticas e hicieron un fetiche de la unidad y “el diálogo” a toda costa, con cualquiera y sin contenido preciso, soslayando o subestimando la independencia política de clase y sobre todo el antiimperialismo, terminaron convirtiéndose en furgón de cola de la burguesía y el empresariado, cuando no fueron directamente cooptados por alguna de las múltiples instituciones del imperio. 

Una de las grandes enseñanzas políticas de Miguel Enríquez y de todos aquellos y aquellas que entregaron su vida por el sueño más noble de todos los que podamos imaginar, la creación del socialismo, es que hay que combinar ambas tareas. No excluirlas sino articularlas en forma complementaria y hacerlo de modo dialéctico, si se nos permite el término —que ha sido vituperado y denostado a rabiar por las metafísicas “post” e incluso por los neokantianos que en nombre de la Ilustración nos invitan a resucitar el reformismo oxidado del abuelo Eduard Bernstein y su nieto vergonzante, el eurocomunismo—. 

Es decir, que nuestro mayor desafío consiste en ser lo suficientemente claros, intransigentes y precisos como para no dejarnos arrastrar por los distintos proyectos imperialistas y mercantiles en danza —sean neofascistas o se disfracen de “tolerantes” y “progresistas”— pero, al mismo tiempo, tener la suficiente elasticidad de reflejos como para ir quebrando el bloque geopolítico de poder del capital y sus alianzas, mientras vamos construyendo nuestro propio espacio de poder, antimperialista y anticapitalista. Al interior de cada sociedad y cada país pero apuntando hacia una perspectiva integradora, de escala y alcance continental. Y eso no se logra sin construir alianzas contrahegemónicas con las diversas fracciones de clases explotadas, pueblos oprimidos y movimientos antisistémicos, articulando en un horizonte común el arcoíris multicolor junto a la bandera roja, símbolo del proyecto más radical que la humanidad ha podido crear hasta el momento.

No confiar en el imperialismo «pero… ni un tantito así»

Miguel Enríquez y sus compañeros y compañeras también contribuyeron a esclarecer la necesaria e íntima imbricación entre las luchas populares de los movimientos sociales latinoamericanos —desde las reivindicaciones más elementales que laten en las poblaciones, villas miseria, favelas y cantegriles hasta las más elevadas como la lucha continental por el socialismo— con la cuestión del antiimperialismo. No puede haber en Nuestra América ni ejercicio real de la democracia sustantiva (basada en la participación directa del pueblo en la adopción de las grandes decisiones nacionales, la gestión comunal y el sistema presupuestario de financimiento), ni autodeterminación nacional y soberana ni socialismo auténtico que no se planteen al mismo tiempo la resistencia y la lucha antiimperialistas. No son “etapas” rígidas y distintas ni aspectos escindibles de la vida política. Constituyen fases de un mismo proceso de lucha. 

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Carta a mi padre

“Te mataron a ti pero no consiguieron matar las generaciones que vinimos detrás. Ninguna otra historia podrá cambiar la nuestra. Te quiero mucho”.

Felisa y su familia, en una fotografía de la exposición ‘El ADN de la Memoria’. LOLO VASCO

Esta es la historia de la ausencia de un padre en la vida de su hija. La carta, reconstruida por Olivia Carballar a partir del testimonio de Felisa González, está incluida en el libro ‘El ADN de la Memoria: fosas del franquismo, semillas de memoria’, un trabajo de la asociación sevillana Nuestra Memoria basado en una exposición fotográfica del mismo título.

Hola, papá. ¿Te ves ahí en la foto? La que te tiene cogido soy yo. Sí, la primera de la fila. Sí, sí, Felisa, la pequeña. Estoy segura de que me reconoces. Ay, que me han sacado con el chaquetón arrugado… ¡Tengo 80 años! Y sabes una cosa, ¿papá? Que te echo de menos. No sabes cuánto, papá. Te echo muchísimo de menos.

Yo no me acuerdo de nada porque tenía tres años cuando ocurrió todo. Bueno, me faltaba un mes para cumplirlos. Aquello pasó en febrero y yo los hacía en marzo. Y a mamá nunca le gustó hablar de estas cosas, ¿sabes? Me da mucho coraje, mucha pena que en casa no se haya hablado de esta historia. Y se tenía que haber hablado, papá. Y tanto que se tenía que haber hablado.

Pero eran otros tiempos y había miedo. Mamá, aunque siguió con nosotras, conmigo y las hermanas, también murió ese día contigo. Nunca la vi de otro color que no fuera el negro. Siempre de negro. Negro el vestido, negras las medias. Negro, negro, negro… Mira, ahí la tienes en la imagen. El que sujeta su foto es tu nieto Felipe, el hijo de la hermana Isabel. La siguiente es su mujer, María. Y toda esa larga fila de la fotografía es tu preciosa familia. ¡Y no estamos todos, eh! Porque como dice Lolo, el fotógrafo que recogió ese momento de risa y alegría que estás viendo, te mataron a ti pero no consiguieron matar las generaciones que vinimos detrás, las generaciones que vinieron después. La del final, la chica que está embarazada, es Isabel María, tu bisnieta. Ya ha nacido el bebé. Un niño muy lindo llamado Álvaro. A pesar de todo, aquí estamos, aquí seguimos pariendo.

Bueno, en realidad yo no he tenido hijos, papá. No he tenido esas preocupaciones ni las alegrías que dicen que te dan los hijos. Y que quizá, pienso muchas veces, hubieran hecho menos dolorosa tu ausencia. Tú, en cambio, sí sabes qué es dejar tres hijas a la deriva. Con 13, 5 y 3 años. La hermana Isabel y la hermana Dolores han muerto ya. Se han ido sin saber dónde estás.

Pero no estés triste, papá. Mis hermanas y yo fuimos al colegio, aprendimos a leer y a escribir, como tú querías, como escribiste en esa carta antes de… antes de… no sé como te dirían que te iban a matar, no sé, no sé, no sé… No sé qué sangre fría hay que tener para matar a una persona, para matar a una persona inocente como tú, para matar a tantas personas como yacen en las cunetas.

Yo no he sido feliz, papá. Eso sí te lo tengo que decir. Te lo confieso. Buenas, buenas, me han pasado muy pocas cosas. O será que tu pérdida la tengo clavada tan adentro… Siempre he vivido con esa pena, con la pena de una hija que no tiene un padre para pedirle un abrazo, o un consejo, o un lo que sea que hubiere necesitado. He pasado mucho. Ya sabes que antes no era como ahora. Estudié lo que pude, luego me puse a coser y luego a trabajar para seguir viviendo. Me coloqué en la joyería Reyes, en Sevilla, en las calles Tetuán y Álvarez Quintero. Y allí he estado 30 años. Esa es mi vida, papá. Me casé. Mi marido era taxista y murió hace tres años con una enfermedad degenerativa. Durante dos décadas he estado cuidándolo. Ahora no me pierdo un acto en el que pueda hallar una pista sobre tu paradero, un homenaje para reconocerte.

¿Ves el árbol del fondo de la foto? Es un naranjo. Estamos en San José de la Rinconada, en un pequeño campito donde me instalé. Nos fuimos de Carmona hace 40 años. Allí, de todas maneras, nos trataron bien. A mamá la trataron bien. Nunca le pusieron problemas.

Y menos mal que nos quedó ella, porque he conocido a gente que se quedó sin los dos, sin su padre y sin su madre, siendo unos niños. Mamá nos sacó adelante sola. Si supiera que estoy haciendo lo que estoy haciendo… Seguramente ahora lo habría entendido. Y quién sabe si no se hubiera sumado a la búsqueda. Murió con 81 años. Con dignidad. Ay, papá. Hay cosas tan dolorosas… Le pidieron que firmara un papel que ponía que tu muerte había sido natural… ¡Muerte natural, papá! Lo que fuese para tapar aquellos monstruosos crímenes. Es verdad que ella no hablaba de lo que ocurrió, pero jamás habría aceptado esa ofensa a tu nombre.

Te fuiste y te engañaron para que volvieras. Conozco la historia. Cuántas veces pienso en lo distinto que habría sido todo si no hubieras regresado. Si nos hubiéramos marchado todos fuera, al exilio. Es duro, pero al menos habrías vivido. Se me pone la piel de gallina. No puedo imaginar mi vida contigo a mi lado, papá. Y a la vez pienso en ello cada día. Creo que la primera vez que estoy diciendo papá es ahora, mientras te explico el sentido de esta bella fotografía. Papá. Papá. Papá.

Estoy haciendo lo imposible por encontrarte. Dicen que te trajeron a las tapias del cementerio de Sevilla y allí te fusilaron. No sé si estarás ahí. Hace unos días firmé un papel para pedir que abrieran la fosa y parece que van a comenzar los trabajos de localización muy pronto. No sé si estarás ahí… y no sé si aparecerás a tiempo. A mi tiempo. Pero voy a seguir intentándolo. Me dijeron que hace muy poquito, una mujer de 91 años había encontrado a su padre en Guadalajara. Ascensión, creo que se llama. Ascensión Mendieta. Me emociono mucho, ¿sabes? De momento, tengo tus cartas y tu retrato, que sé también que a otras familias ni las fotos les dejaron. Felipe González de los Santos. Ese eres tú, papá. Mi padre. Ninguna otra historia podrá cambiar la nuestra. Te quiero mucho.

Tomado de: rutasdelamemoria.lamarea.com

Por: Olivia Carballar

Operación Retiro de Televisores y la doble desaparición forzada

En diciembre de 1978, tras la orden explícita del dictador Augusto Pinochet, militares de los distintos regimientos del país desenterraron las fosas clandestinas ubicadas en el territorio nacional y desaparecieron los cuerpos de ejecutados políticos.

13 de septiembre de 1973. Es medio día y un camión Pegaso cruza desde el Regimiento Tacna en Santiago hasta el Fuerte Arteaga en Peldehue. Al interior del camión van más de 20 personas tendidas en el suelo, amarradas de pies y manos, y sus cabezas cubiertas con lonas. Eliseo Cornejo Escobedo, Suboficial del Ejército (r), sigue la caravana que se desplaza en dirección norte. Cuando llegan al recinto militar observa cómo uno a uno descienden a los detenidos para, a rostro descubierto, asesinarlos con subametralladoras. Los cuerpos caen en una fosa de quince metros y cinco años después, en diciembre de 1978, Cornejo vuelve al mismo sitio para participar de la exhumación ilegal de esos cuerpos, procedimiento nacional que fue llamado “Operación Retiro de Televisores”.

A través de un criptograma categoría A1, que fue enviado a las unidades de inteligencia y regimientos del país, se ordenó “desenterrar todos los cuerpos de prisioneros políticos ejecutados en la jurisdicción del regimiento y hacerlos desaparecer”, según declaró un suboficial de Inteligencia en 2004.

Hasta ese entonces, año 1978, la dictadura militar negaba la existencia de detenidos desaparecidos. “Informaba que eran personas que habían abandonado el país, dejado a sus familias, muerto o que, derechamente, no existían legalmente y que eran personas inventadas”, indica Marisol Intriago, Encargada de la Unidad de Derechos Humanos del Servicio Médico Legal.

No obstante, este discurso se fractura cuando el 30 de noviembre de 1978, Inocente Palominos – en la inflaqueable búsqueda de su hijo detenido desaparecido – encuentra cuerpos humanos en los hornos de cal abandonados en Lonquén. Palominos contacta a la Vicaría de la Solidaridad y son ellos quienes realizan una denuncia a la Corte Suprema por un caso que ha sido denominado como “Hornos de Lonquén”. En respuesta al impacto mediático de los hallazgos en Talagante, Pinochet y la Junta Militar deciden enviar el criptógrama a los regimientos.

Los 26 de La Moneda 

El día 23 de diciembre de 1978, durante la “Pascua del Soldado”, nueve militares del Departamento II de Inteligencia y del cuadro permanente del Regimiento Tacna se reúnen al interior del Fuerte Arteaga en Peldehue. Esos nueve militares son Eliseo Cornejo Escobedo, Fernando Burgos Díaz, Hernán Canales Varas, José Canario Santibáñez, José Darrigrandi Marques, Isidro Durán Muñoz, Luis Fuenzalida Rojas, Darío Gutiérrez de La Torre y Sergio Medina Salazar.

Con una máquina retroexcavadora realizan una zanja de seis u ocho metros en el suelo para luego, con palas y chuzos, continuar cavando. Según la declaración de Durán Muñoz, “la faena de desenterrar los cuerpos duró de dos a tres horas” y en ese intertanto beben pisco para capear el calor y el hedor que comienza a rodearlos cuando, bajo unas latas de zinc, encuentran los cuerpos de los detenidos desaparecidos de La Moneda.

El 11 de septiembre de 1973, luego del bombardeo al palacio de gobierno, asesores del Presidente Allende, miembros de la Guardia Presidencial (GAP) y funcionarios del Servicio de Investigaciones son detenidos en La Moneda y trasladados en dos vehículos militares hasta el Regimiento Tacna. Allí fueron apresados y torturados hasta el 12 de septiembre y ese día, después de interrogatorios y vejámenes, liberaron a 17 del Servicio de Investigaciones. Los demás, asesores del Presidente de la República y miembros de la Guardia Presidencial, fueron llevados a Peldehue al día siguiente.

Hasta la fecha, se ha identificado a 26 de ellos: Oscar Avilés Jofré (28), Jaime Barrios Meza (47), Manuel Castro Zamorano (23), Sergio Contreras (40), Daniel Escobar Cruz (37), José Freire Medina (20), Daniel Gutierrez Ayala (25), Enrique Huerta Corvalán (48), Claudio Jimeno Grendi (33), Georges Klein Pipper (27), Oscar Lagos Ríos (21), Oscar Marambio Araya (25), Juan Montiglio Murúa (21), Julio Moreno Pulgar (24), Jorge Orrego González (29), Eduardo Paredes Barrientos (35), Enrique París Roa (40), Héctor Pincheira Núñez (28), Arsenio Poupin Oissel (38), Oscar Ramírez Barria (23), Luis Rodríguez Riquelme (26), Jaime Sotelo Ojeda (33) Julio Tapia Martínez (24), Héctor Urrutia Molina (22), Oscar Valladares Caroca (23) y Juan Vargas Contreras (23).

Sus cuerpos, rodeados de cal y granadas de tipo “Poi” sin explotar, vestidos y calzados como si los cinco años no hubiesen podido ingresar entre la arcilla, son maniatados y metidos en sacos paperos. Hasta allí, todas las declaraciones coinciden. Todos concuerdan que los cuerpos son llevados a dos camiones. No obstante, la aparición del helicóptero Puma enmarañar los relatos.

Algunos, como Fuenzalida Rojas, aseguran que subieron los cuerpos al helicóptero ese mismo 23 de diciembre. Otros, como Gutiérrez de La Torre, dicen que fue dos días después. Según su testimonio presentado al Quinto Juzgado del Crimen de Santiago, “unos dos días después fue (Gutiérrez) llevado a Peldehue en un helicóptero a un sitio ubicado frente al recinto y cerca de un polígono de tiro, lugar donde se encontraban los dos camiones antes referidos, y ayudados por los pilotos cargaron los cuerpos y se dirigeron a la costa y en una zona cerca de la Fundición Ventanas procedieron a lanzarlos al mar, para retornar después a la base ubicada en Tobalaba”.

Independiente del día y la hora, esa acción se realizó. Además del secuestro, la tortura, la ejecución y posterior inhumación ilegal de los detenidos de La Moneda, también se realizó la exhumación ilegal de sus cuerpos, culminando todo con la desaparición forzosa. Se estima que los cuerpos fueron lanzados en las costas de la región de Valparaíso, entre Quintero por el norte y San Antonio por el sur.

Todos los militares mencionados han sido imputados, sus declaraciones y sentencias son de acceso público, no obstante, los autores intelectuales han fallecido. Enrique Morel Donoso, comandante de la guarnición de Santiago en 1978, falleció en febrero del 2002, y Joaquín Molina Fuenzalida, comandante del grupo de artillería del Regimiento Tacna, fue asesinado por Manuel Contreras Valdebenito, hijo de Manuel Contreras, en 1989. Odlanier Mena, director de la CNI, mucho más arriba en la columna de militares y organismos de inteligencia, se suicidó en 2013 antes de ser retirado del Penal Cordillera y trasladado a Punta Peuco.

Hasta esta publicación, quince de los detenidos han sido reconocidos a través de análisis genéticos. Fragmentos óseos, algunos de no más de diez centímetros, han permitido reconstruir sus historias y proyectarlas en presente. Así, se ha identificado a Oscar Avilés Jofré, Jaime Barrios Meza, Manuel Castro Zamorano, Claudio Jimeno Grendi, Georges Klein Pipper, Oscar Lagos Ríos, Julio Moreno Pulgar, Enrique París Roa, Héctor Pincheira Nuñez, Luis Rodríguez Riquelme, Jaime Sotelo Ojeda, Julio Martínez Tapia, Héctor Urrutia Molina, Juan Vargas Contreras y Juan Montiglio Murua.

La operación en el resto del país

En 1978, cuando el ocultamiento de los asesinatos se volvió una orden explícita desde la comandancia en jefe del Ejército, en Chihuío las FFAA desenterraron los restos de los 17 trabajadores pertenecientes al Sindicato Campesino Esperanza del Obrero del Complejo Maderero Panguipulli y los lanzaron al mar. Sus cuerpos, antes de la inhumación ilegal, estuvieron 15 días al aire libre. A pesar de ambas acciones, la fosa del desentierro que fue hallada en 1990 aún contaba con restos óseos que permitieron la identificación de cinco ejecutados: Carlos Acuña Inostroza (46), Luis Ferrada Sandoval (42), Daniel Méndez Méndez (42), Ricardo Ruiz Rodríguez (24) y Manuel Sepúlveda Rebolledo (28).

De esa forma, el encubrimiento y la doble desaparición cruzó el territorio desde la región de Arica en Putre, hasta la región de Los Ríos en Chihuío, y continuó durante 1979. “Las investigaciones judiciales indican que los restos recuperados fueron arrojados al mar, quemados en hornos, arrojados a volcanes, etc.”, señala Marisol.

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Masacre de El Charco: el objetivo, aplastar la rebeldía indígena

La masacre del 7 de junio de 1998 en la comunidad de El Charco, municipio de Ayutla, Guerrero, no fue el único hecho violento en la región. En realidad, las comunidades na’saavi y me’phaa venían sufriendo una violencia sistemática generalizada que, si bien se remontaba a la época colonial, se había agudizado en las útimas décadas con la Guerra Sucia.

Con total impunidad, militares, empresarios y gobernantes habían hecho de la región una tierra de saqueo. Podían ir a tomar lo que quisieran. Constantemente recorrían las comunidades para asaltar mujeres, incluso niñas de 14 años, a quienes violaban y golpeaban antes de abandonar en los caminos terregosos. Tomaban también, casi por diversión y para amedrentar a los pueblos, las cosechas de maíz, las de jamaica y destruían trapiches y cañaverales de azúcar. Las esporádicas denuncias eran objeto de burlas. Y quien denunciaba podía terminar golpeado, asesinado o desaparecido. Cientos o acaso miles de víctimas no lograon contar su historia fuera de sus pueblos.

La organización “fue una necesidad”, señala Efrén Cortés Chávez, sobreviviente a la masacre de El Charco, a la tortura y al encierro en cárceles de máxima seguridad, acusado de rebelión y acopio de armas, entre otros delitos.

Al organizarse, las comundades impideron entonces el ingreso de militares y guardias blancas a sus territorios. Habían tomado la decisión de defenderse. “Si un pueblo no se puede defender no va a poder defender lo que construya. Por eso en esa zona aparece la experiencia del ERPI [Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente]”.

Explica que las comunidades decidían en asamblea: “Mujeres, ancianos, adultos, autoridades, diáconos, maestros, todos, sobre la necesidad del pueblo”. Presentaron denuncias y lograron hacerser escuchar en los medios de comunicación. También generaron la capacidad para impedir el ingreso de las Fuerzas Armadas al territorio. El gobierno dijo que las comunidades no querían que ingresara el Ejército ahí porque estaba la guerrilla.

“Sí existía, pero no era como de la época de la década de 1970, sobre el foquismo, la vanguardia, los intelectuales dirigiendo a los pobres indígenas. No. Era un movimiento que caminaba no adelante del pueblo, sino junto al pueblo. Ahí se rompe el aspecto de la vanguardia, pues el único que tiene la capacidad de ser vanguardia es el pueblo. Y todos los que tienen responsabilidad, conocimientos, en todos los casos, tienen que ir junto al pueblo, no adelante ni atrás del pueblo.”

La Masacre de El Charco interrumpió un proceso de emancipación de los pueblos indígenas que rodean los montes de Ayutla de los Libres. No lo derrotó porque las raíces estaban echadas y, además, pudo replicarse en otras regiones.

Pero a los sobrevientes, acusados de pertenecer al movimiento armado, les esperaban largas jornadas de tortura.

“Eso deja secuelas. La tortura tiene el objetivo de limitar la capacidad de tu conciencia. Fue tortura física y sicológica. Golpes, toques eléctricos en la zona genital… tardé mucho tiempo inflamado de los testículos, me quemaron. Eso no se olvida.”

Si bien no se olvida, sí se puede superar: “La única forma de sanar es no olvidarse de que la injusticia sigue y de que debemos de seguir luchando”.

Y señala: “Sigue el despojo de la minería. Siguen grupos ilegales atacando a las comunidades. Sigue el asesinato de luchadores sociales. Sigue el despojo de terrirorios por megaproyectos del gobierno y empresarios”.

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Detenidos Desaparecidos: el caso de los 119 en Operación Colombo

Dentro del drama de los detenidos desaparecidos, hay situaciones que por sus especiales características han producido un fuerte impacto en la opinión pública. Así ha ocurrido con las diversas maniobras que la Dictadura puso en acción para tratar de ocultar los secuestros, minimizar su importancia o desacreditar a los denunciantes.
La dictadura no se detuvo ante nada: mintió, se contradicción, e implicó a otros gobiernos.

El 12 de junio de 1975, el vespertino «La Segunda» publicó con grandes titulares, en primera página, que: «Dos mil marxistas reciben instrucción en Argentina» y que «se organizan guerrillas en contra de Chile» En la misma edición, agregó en la pág. 28: «Fuerzas de Seguridad del Ejército argentino detectaron que dirigentes del MIR, a los cuales se da por desaparecidos en Chile y que las organizaciones internacionales al servicio del marxismo dan por asesinados, se entrenan en Argentina e incluso comandan compañías guerrilleras», y señaló que más de dos mil chilenos se preparan para reingresar al país para hacer la guerrilla «contra las Fuerzas Armadas chilenas», afirmando que algunos de ellos ya habían sido detenidos en la provincia de Talca, al Sur de Santiago. Este fue el comienzo de la campaña que configuró el «caso de los 119».

¿Quiénes son los llamados 119? Se trato de una campaña de la Dictadura que uso todos los medios a su alcance para deshacerse de la incómoda situación de los presos «desaparecidos», campaña necesaria ya que para esos días se estimaba probable una visita a Chile, de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, cuyo ingreso al país fue, finalmente, denegado por la Dictadura. Los 119 son los secuestrados por la DINA cuyos nombres la dictadura incluyó en la nómina de chilenos que se encontrarían en el exterior, sosteniendo que muchos de los cuales habrían caído a manos de sus propios compañeros de organización o en enfrentamientos con fuerzas de seguridad extranjeras. El revuelo internacional creado en torno al caso hizo que el problema pasara a ser conocido mundialmente. Veamos cómo la Dictadura continuó esa campaña.

Los días 14 y 16 de junio, el diario «El Mercurio» anunció que 50 guerrilleros habían sido detenidos en Talca y que otros dos grupos habrían cruzado la frontera desde Argentina en un plan combinado del MIR chileno y el ERP argentino. El diario dice que «informaciones provenientes de Buenos Aires» dan cuenta de un enfrentamiento con Carabineros (policía chilena) en el que se habrían producido algunas bajas. El 16 de junio, el diario «Las Últimas Noticias» reitera la campaña, atribuyendo las informaciones a «fuentes extraoficiales chilenas» o «fuentes chilenas generalmente bien informadas».

Días más tarde, es el diario «La Tercera» el que denuncia la existencia de un «siniestro plan rojo» y repite las expresiones acerca de extremistas que ingresaban a Chile por los pasos cordilleranos para llevar a cabo sabotajes y atentados contra personeros influyentes tanto civiles como uniformados. En igual sentido son las publicaciones de «La Segunda» del 25 de junio. La campaña de prensa no era en absoluto ajena a la Dictadura . No sólo era la dictadura la que había ordenado su montaje, sino que además, uno de sus principales voceros, el General Hernán Béjares, Secretario General de Gobierno, había declarado el 13 de junio que «numerosos extremistas, a los que agencias noticiosas del exterior interesadas o comprometidas con el marxismo dieron como eliminados o asesinados por los medios de seguridad del país, se encuentran realmente muy vivos y preparándose para actuar coercitivamente contra nuestro gobierno».

El 29 de junio, el diario «La Patria» editorializa sobre el caso, afirmando que los «extremistas» tenían en su poder un «bien estudiado plan de acción terrorista». Agrega que se realizarían manifestaciones en lugares céntricos, a la salida de las Iglesias, etc. y que este rebrote de acciones para alterar el orden público tenía como objeto desatar la guerrilla urbana y rural en el país.

El 6 de julio, «La Tercera» publica una crónica de su corresponsal en Mendoza, Julián Gabriel, el que asegura haber descubierto militantes del MIR haciéndose pasar por agentes de la DINA y deteniendo a sus propios compañeros, que luego formarían parte de un llamado «Ejército de los Andes» El periodista añade que se trata de un plan del MIR para engañar a la Comisión de Derechos Humanos de la ONU.

El 11 de julio, en una pequeña localidad cercana a Buenos Aires, fueron hallados dos cadáveres, que portaban entre sus ropas documentos chilenos. Según las versiones de la dictadura, profusamente publicitadas en la prensa de Santiago, se trataría de los jóvenes Jaime Robotham y Luis Guendelman, de quienes se sabía habían sido detenidos por la DINA y por los que existían recursos de amparo pendientes y gestiones de Amnesty International. El diario «La Segunda» del 15 de julio, en su pág. 36, dice que «los dos miristas chilenos que fueron ejecutados por su propia organización en Argentina, fueron identificados en Chile». El periódico concluye que «de esta forma se comprueba que gran parte de las denuncias sobre asesinatos y desaparicio-nes de izquierdistas en Chile, son inventadas y que estos individuos gozan de buena salud en el extranjero».

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Chile rojo y negro: MIR, una memoria que acuna proyectos emancipadores

Hace 55 años nació el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).

En un local del Sindicato de los Trabajadores del Cuero y el Calzado, ubicado en la calle San Francisco N° 264 de Santiago, se congregaron alrededor de 60 revolucionarios y revolucionarias chilenos, procedentes de diversos lugares del país, con el propósito de dar nacimiento a una organización revolucionaria de nuevo tipo. Era el 15 de agosto de 1965.

En el congreso fundacional confluyeron organizaciones y personas de variados orígenes: sindicalismo clasistas, partido socialista revolucionario, partido socialista popular, vanguardia revolucionaria marxista, fracción autónoma juventud comunista, anarquistas libertarios, izquierda socialista sin filiación; el congreso eligió como miembros del primer Comité Central a los compañeros: Enrique Sepúlveda (elegido a su vez Secretario General), Humberto Valenzuela, Clotario Blest, Oscar Waiss, Gabriel Smirnow, Luis Vítale, Jorge Cereceda, Martín Salas, Dantón Chelén, Miguel Enríquez, Luciano Cruz, Bautista van Schouwen, Patricio Figueroa, Edgardo Condeza y P. Zapata. Entre la generación de fundadores destacan las compañeras Herminia Concha Gálvez, Carmen Pérez y María Concha. También formaron parte de la primera generación de militantes miristas las compañeras Magaly Honorato, Yolanda Schwartz, Lili Rivas, Ingrid Zucarrat, Lumi Videla, Gladys Díaz y otras luchadoras.

Hoy, aquél Movimiento de Izquierda Revolucionaria ya no existe. Pero ¿qué hace que siga vivo en la memoria del pueblo?

Puede ser el hecho de que el MIR fue protagonista fundamental del período más álgido de toda la historia de Chile en el siglo XX. Puede ser el hecho de que la radicalidad revolucionaria del accionar del MIR remeció hasta los cimientos a la política chilena. Puede ser el hecho de que el MIR resistió y combatió a la dictadura con vocación rebelde y decisión revolucionaria inclaudicable. Puede ser el resultado simple de toda una historia plena de ejemplos de entrega, de solidaridad, de compromisos, de sacrificios.

Puede ser el hecho de que siguen pendientes de solución las causas sociales profundas de injusticia y desigualdad que dieron origen a su creación.

La explotación usurera de los trabajadores, la expoliación de los mineros y de las riquezas de la tierra, el sometimiento endémico de los campesinos, el abandono despiadado de los pobladores urbanos marginados, la proliferación de los desposeídos, eran algunas de las plagas que azotaban sin solución visible a la sociedad y al pueblo chileno de los años 60. Cada intento de los oprimidos en pos de aglutinar fuerzas para luchar por conquistas que significaran mejoras en sus condiciones de vida, era rápida y ferozmente reprimido por los guardianes de los dueños del poder y la riqueza.

Este escenario de injusticia, opresiones, desigualdades y represiones tenía como telón de fondo una clase política chilena ocupada en proteger los intereses de las clases dominantes.

Algunos, la derecha conservadora, se esforzaban por mantener las condiciones de miseria y de pobreza de la mayoría para garantizar el enriquecimiento y opulencia de su clase poderosa y decadente.

Otros, la llamada derecha liberal y de centro, trataban de lograr mayores o mejores cuotas en el reparto del botín y de los privilegios de explotación que los gobiernos de la época debían moderar. Pero también otros, la izquierda tradicional, con más de 60 años de vida política activa, eran ya parte inherente de esa clase política institucional, es decir, complaciente consigo misma y conviviente sumisa del sistema de dominación imperante.

Para mantener las apariencias de democracia y dirimir sus diferencias en el usufructo del poder, cada cierto tiempo, las clases dominantes nos ofrecían participar de procesos electorales haciéndonos tragar la ilusión de que por esa vía se realizarían las aspiraciones populares.

Es en ese contexto que algunos grupos revolucionarios de la izquierda se proponen iniciar un camino de articulación política para luchar contra el sistema dominante. Este camino tiene su expresión primaria en la realización del Congreso fundacional del MIR.

Desde su nacimiento, el MIR se define como una organización de izquierda revolucionaria. Eso quedó inicialmente expresado en los postulados programáticos y definiciones teóricas, y se ve reafirmado en las precisiones y lineamientos de los primeros años:

– Caracteriza la lucha que el proletariado y el pueblo deben llevar adelante como una lucha por la conquista del poder y por la realización de la revolución socialista (cuestiones desechadas de los análisis y de los objetivos de los partidos de la izquierda tradicional).

– Define un programa que identifica y expresa los contenidos proletarios, nacionales y populares de la propuesta revolucionaria, proletaria y socialista.

– Se define como una organización marxista-leninista y adherente del internacionalismo proletario.

– Introduce el concepto de la lucha armada al definir que la estrategia de los revolucionarios debe ser político-militar y tener como objetivo el derrocamiento del sistema capitalista mediante una guerra revolucionaria de carácter prolongado.

– Integra el concepto de ‘pobres del campo y la ciudad’, para definir a los aliados del proletariado sobre quienes el Movimiento de Izquierda Revolucionaria concentra su preocupación fundamental.

– Incorpora el uso de la acción directa y la violencia revolucionaria de las masas como un elemento legítimo y esencial de las luchas populares.

– Proclama que el MIR se funda con el fin de preparar y organizar, rápida y seriamente, la revolución socialista en Chile.

– Y, en función de todo ello, le imprime al partido una concepción de organización político-militar, caracterizado por militantes comprometidos con la causa, con una sólida formación política y una entrega sin restricciones a las exigencias de la lucha.

Estas simples cuestiones, que hoy día pueden parecer obvias, en esa época fueron un elemento innovador, transgresor y subversivo. Además, prefiguraba al movimiento rebelde como una entidad potencialmente peligrosa para la estabilidad de las clases dominantes y para el predominio de las posiciones tradicionales en la izquierda. Pero, en todo caso, hasta aquí no se trataba más que de un conjunto de formulaciones teóricas.

A partir de allí se inicia un largo, áspero y persistente proceso por tratar de convertir a esta naciente organización de izquierda en una verdadera fuerza revolucionaria. Fuerza revolucionaria que no solo debía ser la manifestación de una voluntad o de un deseo de desarrollar una actividad política más radical, sino que debía convertirse en el genuino partido de vanguardia de la clase obrera y el pueblo. Sin embargo, de las posturas teóricas había que pasar a la práctica.

En este arduo andar es donde representan un papel preponderante la generación joven entre los miembros fundadores. Nos referimos al grupo encabezado por Miguel, Luciano, Baucha y varios otros (Sergio Zorrilla, Sergio Pérez, Ricardo Ruz, Edgardo Enríquez, Jorge Grez, Jorge Fuentes). En el tercer congreso, de diciembre de 1967, Miguel asume la secretaría general del MIR.

Es bajo la preeminencia de estos hombres que se forja realmente el MIR.

Es entonces cuando comienzan a surgir y a plasmarse los elementos distintivos que le dieron vida, fuerza y carácter al MIR.

El más importante de estos elementos tal vez sea la nueva manera de hacer política que introdujo el Movimiento de Izquierda Revolucionaria.

No bastaba con tener un correcto análisis de la realidad, un acertado diagnóstico político y una extraordinaria declaración de intenciones: había que transformar todo eso.

No bastaba con postular que se era revolucionario: había que demostrarlo.

No bastaba con proclamar que se quería hacer la revolución: simplemente había que empezar a hacerla.

Y el MIR se abocó a esa tarea en cuerpo y alma.

El MIR sacó la política de la izquierda del impasible molino de viento de los cíclicos procesos electorales y la llevó a la bullente caldera de la lucha de clases cotidiana. Es cierto que la mayor parte del núcleo fundador estaba constituido por jóvenes profesionales, intelectuales y estudiantes, y eso no era tan diferente de la conformación de las cúpulas de los partidos de izquierda o de otros grupos radicales también auto denominados revolucionarios. La diferencia está en que los nuestros no se quedaron allí, ni adormecidos en la comodidad de su origen ni abanicándose con los clásicos del pensamiento socialista. Se fueron a donde estaba el pueblo.

Nuestros dirigentes y forjadores fueron al pueblo armados de una profunda decisión de hacer parir una revolución de verdad.

Fueron con la convicción de que la acción directa de las masas abriría el camino de real solución a las demandas populares.

Se fueron a las calles a generar acciones y conducir movilizaciones del pueblo.

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