El último compañero de Violeta Parra: Alberto Zapicán, discreto, fino y sencillo

Alberto y Violeta fueron compañeros en la música y en lo cotidiano durante el último año y medio de Violeta. Fue Alberto quien la encontró sin vida luego de que ella se pegara un tiro y fue él, también, quien la salvó de un intento de suicidio unos meses antes, practicándole un torniquete para que dejara de sangrar.

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En la entrada del terreno, sobre la ruta interbalnearia uruguaya que une Montevideo con Punta del Este, hay un cartel de los que restringen la velocidad, pero dado vuelta. Allí se lee una palabra en mapudungún pintada a mano en letras rojas: Ayecan. “Significa felicidad en mapuche”, explica su dueño. Algunos diccionarios dicen que también refiere al hecho de sonreír siempre, de sonreír a pesar de todo.

A esta casa se llega sin avisar, las puertas están abiertas. Su dueño siempre está, casi no sale. Dice que no le hace falta. “Adelante, siéntense”, invita apenas sale de su cuarto, unos minutos después de que Lupe, su mujer chilena de 67 años y rasgos mapuches, aparezca desde el bosque, por detrás de la casa, para dar la bienvenida. Con esas dos palabras y la mirada punzante como una lanza, prepara el terreno para recibir, como tantas otras veces, visitas desconocidas. Y esas dos palabras ayudan también a definir a este hombre flaco, de ojos grandes y celestes, barba larga y blanca y la cara aguda como la de un pájaro alerta. El pelo sobre sus hombros, a tono, totalmente blanco, y su frente cruzada a media altura por una vincha de cuero que con el tiempo ha dejado de cumplir la función de sujetar. La primera de las palabras que pronuncia marca su ritmo, así parece transcurrir su vida: avanzando, sin dudar demasiado cada paso. Y la segunda demuestra la calma uruguaya que siempre conservó para vivir, atento a lo que necesita y no a lo que quiere, como él mismo aclara.

“La necesidad nace de lo que se siente, tiene que ver con lo vital, lo fisiológico y las necesidades del cuerpo y del corazón. Lo que se quiere está relacionado con lo racional y tiene que ver con una proyección y una expectativa”, explica.

Alberto Giménez Andrade Zapicán, más conocido como Alberto Zapicán, nació hace 90 años, el 27 de agosto de 1927, en Lavalleja, Uruguay, a pocos kilómetros de un pueblo que lleva su apellido, en honor a un antecesor suyo, el mayor cacique charrúa que habitó esas tierras. Anduvo por distintos lugares del continente, cumpliendo siempre con sus necesidades y no con sus querencias. Cuando era adolescente emprendió viaje hacia el norte, ganándose la vida construyendo viviendas y llegó hasta el Amazonas brasilero donde vivió en comunidades indígenas. Volvió a Uruguay y tiempo después se asentó en Chile donde pasó más de 30 años y nacieron sus ocho hijos. Hoy vive cosechando verduras y haciendo esculturas y cuadros con desechos tecnológicos y orgánicos, casi sin dinero y fuera del circuito de consumo, en una casa que él mismo levantó en Neptunia, un pueblo a poco más de 30 kilómetros de Montevideo, la capital uruguaya.

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Autodidacta en sus distintos oficios, aprendió a leer y escribir a los 17 años para declararle su amor a una mujer a la que finalmente nunca le entregó la carta. A los 19 escribió su primer libro y por más que el diga que no es escritor, las letras lo acompañan hasta el día de hoy. El año pasado publicó un libro con textos que escribió a lo largo de toda su vida. “Hay textos recientes y otros que escribí de adolescente, pero no les puse la fecha porque las cosas que escribía a los 17 y las que escribí hasta hace poquitos años tienen la misma claridad.”

“Muchos me han tratado como escritor, como poeta, como folklorista o como pintor, pero no soy nada de eso. Yo escribí, hice música, pinté y canté pero no soy ni escritor, ni poeta, ni músico, ni pintor ni cantor. Me nace algo y lo hago.”

Por si eso no fuera suficiente, también fue militante político, defensor de los derechos de los trabajadores rurales y las comunidades indígenas, miembro del Consejo de Ancianos de la Nación Indígena, terapeuta naturalista, curador y huesero. Lo han intentado definir de múltiples maneras, él prefiere una: artesano en la vida. “Me considero un artesano en la vida. En la vida y no de la vida porque yo a la vida no la modifico, la defiendo. La vida no necesita que la modifique, más bien hay que sacarle la mano del hombre de encima. Siempre me sentí como un artesano en la vida, manejando el espectro de posibilidades que te da la vida. Te da mil posibilidades para vivir, enriquecerte y crecer, sin tener la necesidad de hacer cursitos de verano. Una planta te enseña mucho más que un hombre. La sabiduría está en la naturaleza”, dice.

Alberto Zapicán fue, entre tantas otras cosas, el último acompañante de Violeta Parra. Alberto y Violeta fueron compañeros en la música y en lo cotidiano durante el último año y medio de Violeta. Fue Alberto quien la encontró sin vida luego de que ella se pegara un tiro y fue él, también, quien la salvó de un intento de suicidio unos meses antes, practicándole un torniquete para que dejara de sangrar.

El primer día que Alberto vio a Violeta, ella tocaba frente a las personas que estaban en la La carpa de la Reina y al final se quedó quieto, frente a ella. “¿Qué te creís hueón? estás recién llegado y no aplaudes”, lo increpó.

En tiempos de decadencia de La carpa de la Reina, se acercó a ese centro de arte popular recomendado por su amigo el Gitano Rodríguez porque hacía falta alguien que cosiera y reparara la carpa. El primer día vio a Violeta mientras tocaba frente a las personas que estaban en la carpa y al final se quedó quieto, frente a ella. “¿Qué te creís hueón? estás recién llegado y no aplaudes”, lo increpó. Esas manos largas y gastadas que Alberto usaba para construir y arreglar, no las usaba para aplaudir. “No tengo la costumbre de aplaudir y nunca la tuve”, explica.

Allí comenzó el vínculo entre ellos, que unos días después se convertiría también en una unión artística cuando Violeta lo escuchó tocando el bombo y cantando a solas, imitando a cantores que había escuchado en Uruguay. En ese mismo momento le dijo que dejara las herramientas porque de ahí en más iba cantar con ella y acompañarla con el bombo. Nació así esa hermosa fusión entre ambos que se escucha en el último disco de Violeta, su obra más reconocida: Las últimas composiciones.

Esa voz firme como un tronco de roble que acompaña a Violeta en ese disco es la de Alberto. El cantautor Manuel García explicó alguna vez en una entrevista con la radio de Universidad de Chile, la particularidad de la comunión de las voces de Alberto y Violeta: “Un rol que la Violeta logró con maestría en ese disco es la dualidad. Cuando canta con Alberto Zapicán hace un dúo perfecto en su complementariedad, que no es armónico, sino que son voces paralelas donde macho y hembra se confunden. En canciones como “Una copla me ha cantado” van en paralelo y es una complementariedad que maneja el mundo andino, el campesino. Día y noche, invierno y verano, frío y calor; referentes campesinos que están en todas las culturas importantes. Ella maneja esos dos personajes en las canciones necesarias y donde los textos justifican que haya una dualidad”.

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Alberto siempre habla de Violeta con una sonrisa nostálgica en su cara. La define como una mujer que fue parte integral de la tierra. “Violeta era alguien que aportaba al universo. Y de alguna manera me arrimé a ella para eso, para aportar. Hasta hoy yo veo en Violeta a un referente ejemplarizante, un faro muy claro para la vida”, cuenta en una entrevista con Marisol García publicada en The Clinic en 2007.

En ese disco célebre y premonitorio, que también contó con la participación de sus hijos Isabel y Ángel, Violeta le dedicó a Alberto la famosa canción “El Albertío”. “Discreto, fino y sencillo/ son joyas resplandecientes/ con las que el hombre que es hombre/ se luce decentemente./ Alberto dijo me llamo/ contestó lindo sonido/ más para llamarse Alberto/ hay que ser bien Albertío”, reza el final de la canción.

“Luchó toda su vida contra un sistema que es un monstruo, que fue sobre todo tremendo en sus últimos dos años, que le puso trabas y que le daba solamente cláusulas para sobrevivir. Ella sola contra todo eso. Empezó a flaquear, se empezó a desgastar y a perder la energía”, dice Alberto en el libro El canto de todos de Patricia Stambuk y Patricia Bravo publicado por Pehuén Editores.

En el mismo libro, Nicanor Parra cuenta que el día anterior a que Violeta se matara, la invitó a almorzar a su casa ese sábado al mediodía. Luego de comer le propuso que escribiera una novela porque decía que en el país no había novelistas, pero realmente era para buscarle una motivación porque sospechaba que no estaba bien psicológicamente. Ella le contestó que mejor la escribiera él, porque ella estaba muy cansada. Ahí agarró la guitarra y se dispuso a cantar, él le pidió que cantara una canción chilota pero ella insistió en cantar la que ella quería. “Te voy a cantar una canción, se llama Un domingo en el cielo”, le dijo. Esa fue la última vez que Nicanor la vio, y al día siguiente, el domingo 5 de febrero de 1967, Violeta convirtió en realidad el título de la canción.

Al año siguiente, Alberto le dedicó un disco a Violeta que se llamó “El grito salvaje”. La emotiva contratapa del disco la escribió su amigo personal, el gran cantor uruguayo Alfredo Zitarrosa, a quien Alberto ayudó en la construcción de su restaurante y espacio cultural llamado La claraboya amarilla. “Sé que en este disco quiere expresar su amor, su casi veneración y su apasionada nostalgia por Violeta Parra. Sin duda, todo eso no cabía aquí. Pero asoman en las canciones los brotes nuevos de esa planta que lo abraza para siempre. La gran poetisa chilena, aquella mujer que también lo amó y lo admiró como se puede amar a este hombre blanco y conmovido que es Alberto, vive y circula con su hilito de quejas y pasiones por dentro de estas canciones que la representan, algunas, o le rinden homenaje, todas ellas, por la voluntad de su intérprete”, escribió Zitarrosa.

Luego del suicidio de Violeta, Alberto vivió con Isabel y Ángel, hijos de Violeta, y también siguió tocando con ellos. Después se juntó con Ricardo Yocelevsky, Pedro Aceituno y los hermanos Carlos y Mario Necochea y formaron Los Curaca que en un comienzo se llamó Los de la peña y acompañaban a Ángel que luego se convirtió en el director artístico cuando el grupo cambió de nombre. Por más que tuvo una excelente relación con los hijos de Violeta, Alberto cuenta que en el último tiempo le resultó algo extraño el trato que ellos dos le habían dado a su figura en las entrevistas que leyó. Antes que nada aclara que nunca hablaron mal de él y explica que en las entrevistas las palabras de ellos pueden estar modificadas por la interpretación de los entrevistadores, pero deja en claro que no termina de cerrarle era el lugar donde ellos lo colocaban. Un rol ajeno, como si fuera un extraño que llegó de golpe para sacar provecho del proceso artístico de Violeta. “Si yo le enseñé a tocar el bombo a Violeta”, ríe.

Igualmente cuenta que Ángel le hizo llegar una carta antes de morir, a través de un amigo en común, dando las gracias por el trato preferencial que él había tenido con Violeta. “Me agradeció el buen trato que le di a Violeta en la vida, que nadie le había dado. Pero nunca lo hizo público ni cara a cara.”

Así como su llegada a La carpa de la Reina no tuvo que ver con lo musical, su primera vez en Chile, a principios de los `60, tampoco tuvo que ver con el arte. Tras el gran terremoto que sufrió el sur de Chile en 1960, Alberto se enteró que la armada uruguaya recompensaría a quien supiera un oficio y se ofreciera para viajar a colaborar con la reconstrucción de las zonas afectadas. El premio eran pasajes para volver cuando deseara, en cualquier otro momento, a Chile. Por esos tiempos, Alberto trabajaba construyendo casas de tronco con techo de quincha, así que aprovechó la oportunidad para ir a dar una mano a Puerto Montt como parte de una brigada de auxilio. Al mes debía volver, pero se quedó. A los cuatro meses, los carabineros lo identificaron y en el próximo vuelo de la aviación uruguaya tuvo que regresar. “Me entusiasmé con la similitud que tenía el campesino del sur de Chile con el campesino uruguayo. Yo iba a una ruca en el sur e iba a una trapera en el campo uruguayo y era lo mismo. El comportamiento humano era igual: llegabas y te esperaban con comida y te daban una cama. Era así. Era. Ya no”, dice.

Después de eso, y antes de convertirse en el músico que acompañó a Violeta Parra en sus últimos días, volvió a Uruguay. Allí estuvo preso por cuestiones políticas y al tiempo regresó a Chile, donde también estuvo preso. “Yo nunca fui militante de ningún partido. Discrepo y discrepé con todos los partidos aunque siempre tuve un postulado ideológico de ir contra las injusticias. Ir de frente”, cuenta. En Uruguay dicen que fue el primer torturado político. Eduardo Galeano fue uno de los encargados de difundir su situación en una nota en el semanario uruguayo Marcha, allá por los años `60, cuando todavía no existía el Galeano de Las venas abiertas de América Latina. Alberto participó, y por si hubieran dudas está en el centro de la emblemática foto, de la marcha de los cañeros, una protesta histórica de los trabajadores rurales reclamaban por tierras, guiados por Raúl Sendic, revolucionario uruguayo y líder fundador del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, del que también fue miembro el ex presidente uruguayo José “Pepe” Mujica.

Esa generación uruguaya que fue parte de Tupamaros hoy está en el poder por vía democrática, pero Alberto no duda y diferencia a quienes están hoy conduciendo el país de lo que fue el espíritu de lucha de esa generación. “Tupamaros era otra historia, incluso los llevaba a una actitud de lucha y de ideología vocacional, si se quiere, pero hasta por una mística. Realmente era una entrega de su existencia por un ideario. Hoy no, hoy la gente no entrega ni su tiempo por un ideario. Hoy te dicen: espera que termine con la computadora y después te atiendo.

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En la entrada del terreno, sobre la ruta interbalnearia uruguaya que une Montevideo con Punta del Este, hay un cartel de los que restringen la velocidad, pero dado vuelta. Allí se lee una palabra en mapudungún pintada a mano en letras rojas: Ayecan. “Significa felicidad en mapuche”, explica su dueño. Algunos diccionarios dicen que también refiere al hecho de sonreír siempre, de sonreír a pesar de todo.

A esta casa se llega sin avisar, las puertas están abiertas. Su dueño siempre está, casi no sale. Dice que no le hace falta. “Adelante, siéntense”, invita apenas sale de su cuarto, unos minutos después de que Lupe, su mujer chilena de 67 años y rasgos mapuches, aparezca desde el bosque, por detrás de la casa, para dar la bienvenida. Con esas dos palabras y la mirada punzante como una lanza, prepara el terreno para recibir, como tantas otras veces, visitas desconocidas. Y esas dos palabras ayudan también a definir a este hombre flaco, de ojos grandes y celestes, barba larga y blanca y la cara aguda como la de un pájaro alerta. El pelo sobre sus hombros, a tono, totalmente blanco, y su frente cruzada a media altura por una vincha de cuero que con el tiempo ha dejado de cumplir la función de sujetar. La primera de las palabras que pronuncia marca su ritmo, así parece transcurrir su vida: avanzando, sin dudar demasiado cada paso. Y la segunda demuestra la calma uruguaya que siempre conservó para vivir, atento a lo que necesita y no a lo que quiere, como él mismo aclara.

“La necesidad nace de lo que se siente, tiene que ver con lo vital, lo fisiológico y las necesidades del cuerpo y del corazón. Lo que se quiere está relacionado con lo racional y tiene que ver con una proyección y una expectativa”, explica.

Alberto Giménez Andrade Zapicán, más conocido como Alberto Zapicán, nació hace 90 años, el 27 de agosto de 1927, en Lavalleja, Uruguay, a pocos kilómetros de un pueblo que lleva su apellido, en honor a un antecesor suyo, el mayor cacique charrúa que habitó esas tierras. Anduvo por distintos lugares del continente, cumpliendo siempre con sus necesidades y no con sus querencias. Cuando era adolescente emprendió viaje hacia el norte, ganándose la vida construyendo viviendas y llegó hasta el Amazonas brasilero donde vivió en comunidades indígenas. Volvió a Uruguay y tiempo después se asentó en Chile donde pasó más de 30 años y nacieron sus ocho hijos. Hoy vive cosechando verduras y haciendo esculturas y cuadros con desechos tecnológicos y orgánicos, casi sin dinero y fuera del circuito de consumo, en una casa que él mismo levantó en Neptunia, un pueblo a poco más de 30 kilómetros de Montevideo, la capital uruguaya.

Autodidacta en sus distintos oficios, aprendió a leer y escribir a los 17 años para declararle su amor a una mujer a la que finalmente nunca le entregó la carta. A los 19 escribió su primer libro y por más que el diga que no es escritor, las letras lo acompañan hasta el día de hoy. El año pasado publicó un libro con textos que escribió a lo largo de toda su vida. “Hay textos recientes y otros que escribí de adolescente, pero no les puse la fecha porque las cosas que escribía a los 17 y las que escribí hasta hace poquitos años tienen la misma claridad.”

“Muchos me han tratado como escritor, como poeta, como folklorista o como pintor, pero no soy nada de eso. Yo escribí, hice música, pinté y canté pero no soy ni escritor, ni poeta, ni músico, ni pintor ni cantor. Me nace algo y lo hago.”

Por si eso no fuera suficiente, también fue militante político, defensor de los derechos de los trabajadores rurales y las comunidades indígenas, miembro del Consejo de Ancianos de la Nación Indígena, terapeuta naturalista, curador y huesero. Lo han intentado definir de múltiples maneras, él prefiere una: artesano en la vida. “Me considero un artesano en la vida. En la vida y no de la vida porque yo a la vida no la modifico, la defiendo. La vida no necesita que la modifique, más bien hay que sacarle la mano del hombre de encima. Siempre me sentí como un artesano en la vida, manejando el espectro de posibilidades que te da la vida. Te da mil posibilidades para vivir, enriquecerte y crecer, sin tener la necesidad de hacer cursitos de verano. Una planta te enseña mucho más que un hombre. La sabiduría está en la naturaleza”, dice.

Alberto Zapicán fue, entre tantas otras cosas, el último acompañante de Violeta Parra. Alberto y Violeta fueron compañeros en la música y en lo cotidiano durante el último año y medio de Violeta. Fue Alberto quien la encontró sin vida luego de que ella se pegara un tiro y fue él, también, quien la salvó de un intento de suicidio unos meses antes, practicándole un torniquete para que dejara de sangrar.

El primer día que Alberto vio a Violeta, ella tocaba frente a las personas que estaban en la La carpa de la Reina y al final se quedó quieto, frente a ella. “¿Qué te creís hueón? estás recién llegado y no aplaudes”, lo increpó.
En tiempos de decadencia de La carpa de la Reina, se acercó a ese centro de arte popular recomendado por su amigo el Gitano Rodríguez porque hacía falta alguien que cosiera y reparara la carpa. El primer día vio a Violeta mientras tocaba frente a las personas que estaban en la carpa y al final se quedó quieto, frente a ella. “¿Qué te creís hueón? estás recién llegado y no aplaudes”, lo increpó. Esas manos largas y gastadas que Alberto usaba para construir y arreglar, no las usaba para aplaudir. “No tengo la costumbre de aplaudir y nunca la tuve”, explica.

Allí comenzó el vínculo entre ellos, que unos días después se convertiría también en una unión artística cuando Violeta lo escuchó tocando el bombo y cantando a solas, imitando a cantores que había escuchado en Uruguay. En ese mismo momento le dijo que dejara las herramientas porque de ahí en más iba cantar con ella y acompañarla con el bombo. Nació así esa hermosa fusión entre ambos que se escucha en el último disco de Violeta, su obra más reconocida: Las últimas composiciones.

Esa voz firme como un tronco de roble que acompaña a Violeta en ese disco es la de Alberto. El cantautor Manuel García explicó alguna vez en una entrevista con la radio de Universidad de Chile, la particularidad de la comunión de las voces de Alberto y Violeta: “Un rol que la Violeta logró con maestría en ese disco es la dualidad. Cuando canta con Alberto Zapicán hace un dúo perfecto en su complementariedad, que no es armónico, sino que son voces paralelas donde macho y hembra se confunden. En canciones como “Una copla me ha cantado” van en paralelo y es una complementariedad que maneja el mundo andino, el campesino. Día y noche, invierno y verano, frío y calor; referentes campesinos que están en todas las culturas importantes. Ella maneja esos dos personajes en las canciones necesarias y donde los textos justifican que haya una dualidad”.

Alberto siempre habla de Violeta con una sonrisa nostálgica en su cara. La define como una mujer que fue parte integral de la tierra. “Violeta era alguien que aportaba al universo. Y de alguna manera me arrimé a ella para eso, para aportar. Hasta hoy yo veo en Violeta a un referente ejemplarizante, un faro muy claro para la vida”, cuenta en una entrevista con Marisol García publicada en The Clinic en 2007.

En ese disco célebre y premonitorio, que también contó con la participación de sus hijos Isabel y Ángel, Violeta le dedicó a Alberto la famosa canción “El Albertío”. “Discreto, fino y sencillo/ son joyas resplandecientes/ con las que el hombre que es hombre/ se luce decentemente./ Alberto dijo me llamo/ contestó lindo sonido/ más para llamarse Alberto/ hay que ser bien Albertío”, reza el final de la canción.

“Luchó toda su vida contra un sistema que es un monstruo, que fue sobre todo tremendo en sus últimos dos años, que le puso trabas y que le daba solamente cláusulas para sobrevivir. Ella sola contra todo eso. Empezó a flaquear, se empezó a desgastar y a perder la energía”, dice Alberto en el libro El canto de todos de Patricia Stambuk y Patricia Bravo publicado por Pehuén Editores.

En el mismo libro, Nicanor Parra cuenta que el día anterior a que Violeta se matara, la invitó a almorzar a su casa ese sábado al mediodía. Luego de comer le propuso que escribiera una novela porque decía que en el país no había novelistas, pero realmente era para buscarle una motivación porque sospechaba que no estaba bien psicológicamente. Ella le contestó que mejor la escribiera él, porque ella estaba muy cansada. Ahí agarró la guitarra y se dispuso a cantar, él le pidió que cantara una canción chilota pero ella insistió en cantar la que ella quería. “Te voy a cantar una canción, se llama Un domingo en el cielo”, le dijo. Esa fue la última vez que Nicanor la vio, y al día siguiente, el domingo 5 de febrero de 1967, Violeta convirtió en realidad el título de la canción.

Al año siguiente, Alberto le dedicó un disco a Violeta que se llamó “El grito salvaje”. La emotiva contratapa del disco la escribió su amigo personal, el gran cantor uruguayo Alfredo Zitarrosa, a quien Alberto ayudó en la construcción de su restaurante y espacio cultural llamado La claraboya amarilla. “Sé que en este disco quiere expresar su amor, su casi veneración y su apasionada nostalgia por Violeta Parra. Sin duda, todo eso no cabía aquí. Pero asoman en las canciones los brotes nuevos de esa planta que lo abraza para siempre. La gran poetisa chilena, aquella mujer que también lo amó y lo admiró como se puede amar a este hombre blanco y conmovido que es Alberto, vive y circula con su hilito de quejas y pasiones por dentro de estas canciones que la representan, algunas, o le rinden homenaje, todas ellas, por la voluntad de su intérprete”, escribió Zitarrosa.

Luego del suicidio de Violeta, Alberto vivió con Isabel y Ángel, hijos de Violeta, y también siguió tocando con ellos. Después se juntó con Ricardo Yocelevsky, Pedro Aceituno y los hermanos Carlos y Mario Necochea y formaron Los Curaca que en un comienzo se llamó Los de la peña y acompañaban a Ángel que luego se convirtió en el director artístico cuando el grupo cambió de nombre. Por más que tuvo una excelente relación con los hijos de Violeta, Alberto cuenta que en el último tiempo le resultó algo extraño el trato que ellos dos le habían dado a su figura en las entrevistas que leyó. Antes que nada aclara que nunca hablaron mal de él y explica que en las entrevistas las palabras de ellos pueden estar modificadas por la interpretación de los entrevistadores, pero deja en claro que no termina de cerrarle era el lugar donde ellos lo colocaban. Un rol ajeno, como si fuera un extraño que llegó de golpe para sacar provecho del proceso artístico de Violeta. “Si yo le enseñé a tocar el bombo a Violeta”, ríe.

Igualmente cuenta que Ángel le hizo llegar una carta antes de morir, a través de un amigo en común, dando las gracias por el trato preferencial que él había tenido con Violeta. “Me agradeció el buen trato que le di a Violeta en la vida, que nadie le había dado. Pero nunca lo hizo público ni cara a cara.”

Así como su llegada a La carpa de la Reina no tuvo que ver con lo musical, su primera vez en Chile, a principios de los `60, tampoco tuvo que ver con el arte. Tras el gran terremoto que sufrió el sur de Chile en 1960, Alberto se enteró que la armada uruguaya recompensaría a quien supiera un oficio y se ofreciera para viajar a colaborar con la reconstrucción de las zonas afectadas. El premio eran pasajes para volver cuando deseara, en cualquier otro momento, a Chile. Por esos tiempos, Alberto trabajaba construyendo casas de tronco con techo de quincha, así que aprovechó la oportunidad para ir a dar una mano a Puerto Montt como parte de una brigada de auxilio. Al mes debía volver, pero se quedó. A los cuatro meses, los carabineros lo identificaron y en el próximo vuelo de la aviación uruguaya tuvo que regresar. “Me entusiasmé con la similitud que tenía el campesino del sur de Chile con el campesino uruguayo. Yo iba a una ruca en el sur e iba a una trapera en el campo uruguayo y era lo mismo. El comportamiento humano era igual: llegabas y te esperaban con comida y te daban una cama. Era así. Era. Ya no”, dice.

Después de eso, y antes de convertirse en el músico que acompañó a Violeta Parra en sus últimos días, volvió a Uruguay. Allí estuvo preso por cuestiones políticas y al tiempo regresó a Chile, donde también estuvo preso. “Yo nunca fui militante de ningún partido. Discrepo y discrepé con todos los partidos aunque siempre tuve un postulado ideológico de ir contra las injusticias. Ir de frente”, cuenta. En Uruguay dicen que fue el primer torturado político. Eduardo Galeano fue uno de los encargados de difundir su situación en una nota en el semanario uruguayo Marcha, allá por los años `60, cuando todavía no existía el Galeano de Las venas abiertas de América Latina. Sigue leyendo

“El palero” de Patricio Santander – Documental chileno sobre Pisagua gana el Festival de Cine de Derechos Humanos de Nepal

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La cinta nacional ganadora del festival trata sobre la desaparición del abogado del CDE, Julio Cabezas, que investigaba a un juez de Iquique por narcotráfico en 1973. Tras el Golpe Militar, el magistrado asumió como fiscal militar, mandó a detener al letrado y lo fusiló junto a otros prisioneros en el campo de concentración nortino. Su hijo Patricio lo halló en 1990. “Ya pasaron 27 años del hallazgo de la fosa en Pisagua y 44 años del golpe de estado y más allá de nuestros defectos, los chilenos sabemos que por medio de conocer con mayor lucidez la verdad de lo ocurrido, nos ayuda a seguir avanzando a una democracia mejor”, señala el director del filme.

La quinta versión del Human Rights International Film Festival 2017 de Nepal, ya tiene ganador. Se trata del chileno Patricio Santander, realizador del documental “El palero”.

“Estoy muy agradecido con el gobierno regional por permitirme el viaje, con cada uno del equipo de filmación”, señaló Santander a Cultura + Ciudad tras la premiación.

“La gente en Nepal conectó con el tema de los desaparecidos, porque ellos viviendo algo parecido, les llegó muy fuerte, a pesar de los años que han pasado tras el golpe militar”, añadió. Nepal, que hasta 1990 tuvo una monarquía absoluta, vivió una cruenta guerra civil entre 1996 y 2006.

“La historia de Patricio les da la esperanza de que van a encontrar también a sus seres queridos. El documental además permitió conocernos, nuestro norte, los lugares, sentir cómo corre el aire, todo”.

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Trágica historia

“El palero” se centra en la figura de Patricio Cabezas. El título alude a aquellos hombres que, en el caso particular de Pisagua, se dedicaron a buscar, a punta de pala y chuzo, los cuerpos de las víctimas del terrorismo de Estado tras el golpe militar. A veces eran familiares de las víctimas, como Patricio. Otras veces no.

El documental recoge la historia de la búsqueda que Patricio Cabezas, un hombre de más de 50 años, hace de su padre.

En 1973, este empleado de un edificio en Viña del Mar, entonces un adolescente, vivía junto a su madre y sus hermanas en Iquique. Su padre era Julio Cabezas, un abogado sin militancia política que trabajaba como procurador para el Consejo de Defensa del Estado. Investigaba, en plena Unidad Popular, el tráfico de cocaína desde Bolivia a Chile, un delito en el que estaba involucrado un juez de Iquique, Mario Acuña. Por el hecho, ambos abogados tuvieron varios roces: en una ocasión, Acuña prohibió el ingreso a las dependencias del tribunal a uno de los secretarios de Cabezas.

Todo cambió el 11 de septiembre de ese año. Acuña comenzó a actuar como fiscal militar y mandó a detener a varias personas, entre otros al procurador. El procurador supo de la orden de arresto por la radio. Como tantos otros, Cabezas se entregó, confiado en que nada le sucedería. Como tantos otros, se equivocó. Junto a otros compatriotas, fue trasladado por militares del Ejército de Chile al campo de concentración de Pisagua. Tras un ficticio Consejo de Guerra, el 11 de octubre, junto a otros compatriotas, fue fusilado. Tenía 45 años.

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“El palero” se centra en la figura de Patricio Cabezas. El título alude a aquellos hombres que, en el caso particular de Pisagua, se dedicaron a buscar, a punta de pala y chuzo, los cuerpos de las víctimas del terrorismo de Estado tras el golpe militar. A veces eran familiares de las víctimas, como Patricio. Otras veces no.

En el caso de Iquique, tras el 11 de septiembre los militares detuvieron a personas sin militancia política como Cabezas, pero también a dirigentes emblemáticos, como el socialista Freddy Taberna, aún desaparecido.

Los hombres que murieron fusilados junto al procurador Cabezas dan una idea del perfil de las víctimas: José Córdova Croxatto tenía 35 años, era del MAPU y se desempeñaba como administrador de la Empresa Portuaria de Chile (EMPORCHI), y Humberto Lizardi Flores, de 26 años, era mirista y profesor de inglés. Mario Morris Barrios tenía 27 años y era funcionario del Departamento de Investigaciones Aduaneras, sin militancia política. Al igual que Cabezas, también investigaba a Acuña. Finalmente, el comunista Juan Valencia Hinojosa, de 51 años, se desempeñaba como Jefe Provincial de la Empresa de Comercio Agrícola (ECA).

El cineasta Patricio Santander decidió centrarse en la figura de Cabezas hijo porque participó en la búsqueda de la famosa fosa de Pisagua desde un comienzo, sin saber que allí encontraría a su padre.

Tomado de: el mostrador.cl

FPMR Fútbol Club

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Esta semana llega a librerías Cambio de juego, historias desconocidas del fútbol chileno (Planeta), de Nicolás Vidal, una recopilación de crónicas que abordan la historia secreta del balompié chileno. Adelantamos un fragmento de su primer capítulo, dedicado al Frente Patriótico Manuel Rodríguez y su vínculo con el fútbol.

Era cerca de la medianoche: los últimos suspiros del 20 de octubre de 1984. A Fernando Larenas -jefe operativo del Frente Patriótico Manuel Rodríguez- le quedaba menos de una cuadra para llegar a la casa de seguridad que tenían en La Reina, pero le llamó la atención el movimiento inusitado en la vereda y el jardín. Recién había caído su encargado logístico: sólo podía ser la CNI. No se detuvo y partió a su hogar, en Gran Avenida. Al llegar se encontró con una situación parecida, pero esta vez lo vieron: un par de autos salieron disparados detrás suyo. Apoyó toda la fuerza de su pie derecho en el acelerador y no le importaron luces rojas, discos Pare o cualquier otra señal de tránsito. Ya no eran dos sino cinco los vehículos que lo perseguían. Con medio cuerpo fuera de la ventana los agentes apuntaban, cada uno con su pistola. Fernando sólo podía verlos a través de los espejos. Y escuchar el silbido de los balazos; o el estruendo del vidrio trasero reventándose y dejando el flanco abierto para que los tiros entraran con facilidad en esa portería salvajemente asediada.

El ex arquero del Orompello aguantó hasta Santa Rosa esquivando balazos y luces rojas. Pero se le atravesó un camión. Su Charade se chantó en el pavimento y los agentes aparecieron por todas partes. Estaba desarmado. Una misión imposible: atajaba solo frente a un equipo completo. Le dispararon a quemarropa con un fusil Galil, de fabricación israelí, a través de la ventana del conductor. Alcanzó a levantar el brazo izquierdo, desviando levemente el proyectil. Recibió el balazo en la cabeza. Los agentes quebraron las ventanas con sus culatas y lo arrastraron hacia la calle. Parte de su masa encefálica quedó en el pavimento. Entre todos patearon ese bulto para después dejarlo desangrándose, con la satisfacción que sólo entregan las misiones cumplidas, al menos para un asesino.

***

Ramiro se refugia en la oscuridad que da la sombra del árbol. Prefiere no exponerse. Un viento salado vuelve más fresco ese anochecer de verano. Baja la mirada hacia su reloj continuamente, preguntándose, tal vez, si es que ha ocurrido algo. Comienza a impacientarse. Se pone en puntillas y mira hacia los dos lados de la calle. Respira aliviado cuando ve que se acerca por Los Placeres el auto en que viene su hermano. Iván no está solo. Lo acompañan, como de costumbre, los dirigentes del equipo San Francisco.

Se dirigen a la cancha. Hace algunos años que no juega en el Orompello. Ahora reside en Santiago y dejó de llamarse Mauricio Hernández Norambuena. Vive oculto -en las sombras- y sólo sale a la luz para jugar el campeonato nocturno Osmán Pérez Freire, el más importante que se disputa en Valparaíso durante el verano. Vuelve al puerto sólo para vestirse de corto. El San Francisco armó un equipo cuyo único objetivo es la copa. Y para eso trajo a los hermanos Hernández.

Mauricio Hernández y Fernando Larenas fueron a probarse a Audax Italiano, en Santiago […] ¿Se habría transformado Mauricio en el Comandante Ramiro? ¿Habría sido el Loco el jefe operativo del Frente? Nunca lo sabremos porque ninguno de los dos decidió quedarse, a pesar de haber pasado la prueba futbolística.

En los camarines, Ramiro vuelve a ser Mauricio, el futbolista. Recuerda esos minutos previos a los partidos del Orompello, cuando se vestía con Fernando Larenas y su hermano Iván. Pero ahora juegan en otro equipo, y Fernando ya no está. No deja que la nostalgia lo saque de ese partido. Ya está acostumbrado a vivir con esa sensación de que en cualquier momento te pueden disparar en la cabeza, unida a la adrenalina que viene con la compañía del miedo. Pero de todas formas se estremece con las tres mil personas que abarrotan el estadio en esa final del campeonato contra el Econa. En el campo de juego, como tantas veces -junto a su hermano Iván- se olvida del Frente, de la tensión, el miedo y cualquier otra cosa que no sea el equipo rival. Ganan por tres a cero.
Reciben la copa ante un estadio lleno y dan la vuelta olímpica: el insustituible sabor de la gloria, tan lejana al anonimato. Después de celebrar, vuelve a esconderse donde el amigo que le da alojamiento.

Al día siguiente, ya de vuelta en Santiago, Sigue leyendo

Después de 32 años entregan fotos de desaparecidos arrojados al mar

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos las guardó desde 1979; se darán a la Justicia

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En los archivos de la CIDH aparecen fotos de cuerpos mutilados.

Habían pasado muchos días bajo el agua, pero las uñas de sus pies seguían pintadas cuando le sacaron la foto en la playa La Floresta, de la costa uruguaya. Las piernas tenían quemaduras, marcas de torturas y una soga se ataba todavía, con cuatro vueltas, a su pie derecho.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la Organización de Estados Americanos (OEA) guardó durante 32 años ésta y otras 130 fotos de cuerpos que, de acuerdo con los informes que las acompañan, fueron encontrados entre 1976 y 1979 en distintas playas de Uruguay. La CIDH las recibió durante la inspección que hizo a la Argentina en 1979 y las archivó desde entonces en una carpeta amarilla que dice, escrito en birome, “observation in loco”. Hoy, la entregará a la Justicia. Es parte de un proceso de desclasificación de documentos de esa comisión.

La carpeta tiene, además, descripciones del estado de 20 cuerpos, copia de legajos de inteligencia elaborados entonces por las autoridades uruguayas y mapas de las playas donde habrían aparecido los cadáveres.

Los funcionarios de la CIDH desconocen el origen de los documentos. Sólo saben que alguien los entregó en 1979. Suponen que pudo haber sido el ex marino uruguayo Daniel Rey Piuma, que integraba los servicios de inteligencia de la Prefectura y en 1980 huyó a Brasil llevándose archivos oficiales.

En el caso de la mujer encontrada en La Floresta, las fotos están acompañadas por un informe que dice que presenta “fractura de muñecas, como si hubiera estado colgada de ellas; quemaduras en ambas manos; derrame sanguíneo interno provocado por la rotura de vértebras” y “zona pubiana, anal y perianal destrozada con objetos punzantes”. Quien lo elaboró relata: “Dos intentos míos de calificar el caso como violación y homicidio fueron descalificados”. Cuenta además que el hallazgo se hizo público y que, como consecuencia de “el cuerpo muy cuidado y las uñas pintadas”, se tejieron “versiones novelescas” sobre que “la occisa frecuentaba lugares nocturnos y estaba vinculada a una banda de narcotraficantes”.

En otros casos, relata que se pretendió hacer pasar las muertes como consecuencias de “orgías de alta mar” y “motines a bordo”.

En la CIDH no saben si los cuerpos son de desaparecidos de la ESMA, pero creen que es posible. Casi todos tienen marcas de torturas y ataduras. Y algunos aparecieron con billetes y monedas argentinas.

La carpeta se adjuntará a la causa de los llamados “vuelos de la muerte”, en los que desaparecidos fueron arrojados al mar durante la última dictadura. Es parte de la megacausa por los crímenes de la ESMA. La instruye el juez Sergio Torres, que fue quien pidió abrir los archivos.

El secretario ejecutivo de la CIDH, Santiago Cantón, viajó a la Argentina para entregarle la carpeta a Torres. “Estos documentos pueden servirle para identificar a personas -dijo Cantón en una entrevista con LA NACION-, pero además muestran la existencia de las torturas, las violaciones, las ataduras. Hasta ahora, las pruebas que había de los vuelos de la muerte eran todas testimoniales. Estas son clave por la inmediatez; son de aquel momento.”

Los documentos que hoy recibirá Torres no son los primeros que le entrega la CIDH. Este año, el juez viajó a Washington y revisó 60 cajas con legajos sobre denuncias recibidas por la Comisión durante la última dictadura. Gran parte de ese material (el vinculado a la ESMA) fue escaneado y ya forma parte del expediente.

Para preservar a los denunciantes, la CIDH guardaba con estricta reserva todos los documentos de su visita a la Argentina, pero ahora el criterio cambió. Cantón explicó que se debe al tiempo transcurrido, la democracia en la Argentina y la firme determinación de la Comisión de colaborar con las causas de derechos humanos. “Estamos analizando abrir muchos más documentos”, anunció Cantón.

Los vuelos de la muerte

La causa. El juez federal Sergio Torres investiga los llamados “vuelos de la muerte” como parte de la megacausa por los crímenes cometidos en la ESMA.

Los acusados. Siete acusados están procesados: cinco son pilotos; uno, abogado, y otro un técnico aeronáutico que confesó a civiles haber tirado a gente al mar.

Las nuevas pruebas. La CIDH entregará hoy a Torres fotos y documentos que serían de desaparecidos arrojados al mar y hallados en playas uruguayas.

Su valor . Las pruebas son clave porque son de aquel momento y muestran cuerpos torturados y atados. Es posible que permita identificar a desaparecidos.

Tomado de Lanación.com.ar
Por Paz Rodriguez Niell

El último reportaje a Pablo Neruda (revista Crisis, 1973)

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En el número 4 de la revista Crisis (dirigida por el uruguayo Eduardo Galeano), el correspondiente a agosto de 1973, se publicó el que sería el último reportaje a Pablo Neruda. Fue realizado por su entrañable amiga Margarita Aguirre durante el mes de junio, tres meses antes del brutal golpe militar contra Chile y de la muerte del poeta.
Neruda habló de su mundo, de la política, de Borges, de Perón, de la literatura, de la relación con las nuevas generaciones de escritores de entonces, de sus recuerdos de la Argentina y del peligroso desempeño de la derecha chilena. Testimonio de una época vital y crítica, la entrevista de Aguirre muestra a un Neruda preocupado, ante la indefinición de los intelectuales del mundo para combatir el crimen que se avecinaba sobre Chile.

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-Cada día detesto más las entrevistas. No sé cómo pude dar la primera, pero después ya resultan un vicio y un abuso. Un vicio por parte de uno, un abuso por parte de lo otros. Creo que las entrevistas literarias no conducen a nada. Las entrevistas son válidas preguntando a los cosmonautas las experiencias que tienen cuando regresan a la Unión Soviética o a Estados Unidos o cuando Cristóbal Colón, un poco antes, regresa de la América del Sur. Pero no veo ni el objeto ni la finalidad en molestarse y molestar a los poetas que están haciendo constantemente una sola cosa: poesía. Después resulta que estas entrevistas se van haciendo cada vez más rutinarias, se acumulan repeticiones, repeticiones de lo ya dicho por uno y por otros. Llega un momento en que en esta verbosidad provocada y artificial ya no sabe uno a quién le pertenecen las ideas. Por lo demás no tiene tanta importancia a quién pertenezcan o no.
Lo principal en estos casos parece centrarse siempre sobre algo que considero completamente inasible, que es el proceso literario, el proceso del trabajo poético, lo que se llama el camino de la creación. Todas estas palabras para definir la urgencia que tiene un verdadero escritor, para escribir su prosa o su poesía. Nunca entendí palote de este asunto, pero puedo decir que “trabajo ha sido continuo desde que tuve uso de pluma, uso de lápiz, uso de papel, no por cierto uso de razón que todavía no la alcanzo. Pero desde que tuve a mi alcance los implementos necesarios nunca he dejado de hacer lo mismo y nunca me preguntaba por qué lo hacía ni podría explicarlo tampoco. Dentro de este trabajo, especial o espacial, mejor dicho, tendría que decirle que hay dos o tres factores que alteran de cuando en cuando esta cosa sistemática de mi trabajo (hablo de mí solamente, de mí en singular, ya que, por razones de su criterio o de la revista que a usted envía, parece ser que soy el tema en general de este coloquio). Una es la necesidad explosiva de escribir sobre ciertos temas de actualidad, sobre ciertos acontecimientos que, ala vez, son acontecimientos públicos, y que tienen tal circunstancia, decisión y profundidad dentro de uno, que lo llaman con urgencia a actuar en un determinado lugar poniendo todos los medios a su disposición.
Otra cosa debe tomar en cuenta el poeta que está en contra de la preceptiva tradicional, o de la superstición tradicional o de la herencia lírica y romántica, es que el poeta debe también sobresalir a los compromisos que se le pidan, es decir, la poesía que se accede a hacer a petición de un determinado grupo humano, debe tener la calidad necesaria para sobrevivir. Esto es importante porque el orgullo pequeño burgués de los poetas, cultivado siempre por los de las clases que mandan en la sociedad capitalista, quiere hacer creer al poeta que su libertad resulta menoscabada si atiende una petición. Existe la poesía escrita a petición por la necesidad evidente de un poema y que éste resulte verdadero, imperecedero, o por lo menos que tenga la fuerza, el contenido y la poesía necesarios para servir en un momento de alimento y de ayuda a un grupo o a un sector que naturalmente está íntimamente de acuerdo con el poeta. Éste es un factor, es una orden que el poeta debe esforzarse en cumplir, y cumplir con decoro. En mi caso particular tengo conciencia de que, muchas veces, poemas los hechos y dirigidos, solicitados y pedidos, han sido de los que más me han satisfecho hasta ahora.

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-¿Quiere usted hablar de Borges?
-Sí, siempre quiere uno hablar de Borges, aunque sea un poco excesiva la atención que a veces se le dispensa, siendo él un hombre más bien quitado de bulla, no digamos un anacoreta, pero sí un hombre de probada austeridad. Es natural que la excelencia intelectual de Borges haga que su figura y su palabra sean siempre examinadas y vistas como si fueran tan translúcidas que pudiéramos penetrar hasta el otro lado de su sentido o de su transparencia. En los últimos meses muchos argentinos han recibido, con gran molestia y no poca ironía, sus palabras despectivas sobre la resurrección vital y plena del movimiento peronista, es decir, sobre el actual momento de transición libertadora que pasa el pueblo argentino. Hay que pensar, cuando se habla de Borges, que es natural que a uno no pueda satisfacerle jamás una actitud tan probadamente, tan empeñosa y cultivadamente reaccionaria como la de él. Hay algo en esto de su viejo narcisismo de escuela inglesa, y por ese motivo no debía preocupamos.
Claro, desconciertan si vienen de un hombre que, además de ser un gran escritor, es también un erudito y un ilustre archivero, puesto que fue el gran bibliotecario del país. Extraña que él no comprenda que esta época excepcional de la Argentina está llena de hechos, formulaciones, deseos insatisfechos, corrientes profundas. No se trata de “demagogia y tontería”, como Borges califica al movimiento actual, a la revolución argentina; tienen que ser muchos los factores, los matices y los alíneos, es mucha la profundidad documental, es mucha la riqueza fenomenal de la actualidad argentina. Yo creo que la Argentina no ha vivido una época tan interesante desde el tiempo de Sarmiento y Alberdi. Tal vez Borges debió pensar en estas cosas. Pero en este mismo momento, a pesar de sentirme y ser antípoda de sus ideas, yo proclamo y pido que se conduzcan todos con el mayor respeto hacia un intelectual que es verdaderamente un honor para nuestro idioma.
Naturalmente, su desacomodo con las ideas mayoritarias argentinas no sólo significa un desacuerdo con la Argentina: también significa un desacuerdo con lo más valioso del mundo, con lo que está creciendo en el mundo, con la insurrección anticolonialista, antiimperialista, con un ascenso de las capas populares que está aconteciendo en nuestra América y en el mundo entero. El desconocimiento de Borges hacia estas realidades argentinas es el mismo desconocimiento que él ha tenido hacia la realidad actual del mundo.
-El Canto general es una obra de enorme influencia. En ella no nombra usted a Perón. Dígame, compadre, ¿cuál es su juicio hoy sobre Perón y el peronismo?
–La figura de Perón es una figura que torna las proporciones históricas que le da el pueblo argentino. En una época, el gobierno de Perón fue un gobierno profundamente anticomunista; es posible que haya habido una incomprensión de parte y parte, yo estoy en general en contra de todos los anticomunistas. Estoy en favor de todos los antifascistas y en contra de todos los anticomunistas. Todo anticomunismo, donde esté, es sospechoso; todo anticomunismo encubre un desacato hacia el porvenir humano. Esos son mis conceptos. Naturalmente, pueden discutirse, pueden dialogarse, pueden hablarse. Ahora, bajo el puente de Perón, como bajo mi propio puente, ha pasado mucha agua; son las aguas de la historia las que están pasando. Ni Perón es el mismo, ni Pablo Neruda, modesto poeta de Chile, es el mismo tampoco.
Es decir, nuestra tierra va cambiando, la sociedad humana va cambiando, y yo creo que el peronismo de entonces no es el de ahora; es decir, que no será el peronismo de ahora. Ahora viene Perón o las ideas peronistas amarradas, como dije antes, al gran movimiento de liberación de los pueblos. Estarnos atravesando una revolución histórica en profundidad. Naturalmente que éste es un momento de liberación para la Argentina. ¿Qué va a pasar? No lo sabemos bien todavía, la experiencia histórica nos dice que los momentos de transición son los más duros, los más difíciles. Deseo, para el movimiento justicialista y el momento actual de la Argentina, el desarrollo más esplendoroso y mejor, es decir, el que acomode más al pueblo argentino de acuerdo con su razón histórica y con el porvenir de la humanidad que, naturalmente, es un porvenir progresista y antiimperialista.

-Se habla mucho de que usted es inmensamente rico.
-Lo que gano -el editor lo sabe, que es el que hace mucho tiempo tiene los derechos de toda mi obra- es una suma bastante modesta, pero que me alcanza para vivir. De lo demás, todo se ha ido por mis manos comprando mis libros y comprando, de cuando en cuando, un mascarón de proa; no recibo rentas de ningún arriendo, no poseo acciones de ninguna parte, no tengo fortuna, no guardo depósitos en grandes bancos. En resumen, tengo lo que recibo de mí trabajo, eso es todo. Sigue leyendo

El ojo izquierdo de Salvador Allende

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A través de ese lente, el ojo izquierdo de Salvador Allende lanzó a las multitudes del futuro, piadosamente, su última mirada. A través de ese lente, las palabras saltaban como chispas cuando aquel Salvador que lo dio todo por salvarnos erigía en el aire las grandes alamedas por donde habría de pasar el hombre libre. A través de ese lente, hay un vacío que nos interroga.

El día que lo suicidaron, una mano salvó la mitad de las famosas gafas Magnum del Presidente de Chile. Y en el Museo Histórico Nacional, el mismo que anuncia a su entrada ser obra del «excelentísimo señor capitán general Augusto Pinochet», ahora se exhibe en la segunda planta. (Por lo menos el tiempo se ha hecho cargo de precisar cuál nombre debe ir debajo y cuál arriba).

También el tiempo, con impactante simbolismo, prefirió conservar solo el lado izquierdo de aquellos espejuelos. Y ahora nos convida a imaginar detrás de ese cristal manchado y partido la pupila anhelante que le quedaba al líder más cerca del corazón. Ese era el ojo con el que más soñaba.

Ahora, en la pequeña Nueva York, esta calle que pasa tan cerca del Palacio de la Moneda, me siento a meditar, a superar el impacto que me causa aquella pieza, o media pieza, del museo.

A esta hora debía estar escribiendo yo una crónica sobre la II Feria del Libro de Antofagasta, sobre la grata aventura de un grupo de cubanos que llegamos al desierto con poemas y canciones; pero no logro borrar de mi retina la retadora imagen de una mirada cercenada.

Sentado en la pequeña Nueva York, me siento menos turista. No sé si pisaré las calles nuevamente de una Santiago dramática y hermosa; pero conozco el sitio que nunca dejaré de visitar.

Y me imagino cómo podría brillar aquel ojo de Salvador, el mismo que cerraba para disparar, cuando el hombre bromeaba. Luego de varias derrotas electorales, el que jamás se rendía, pidió para su tumba este epitafio: «Aquí yace Salvador Allende, futuro presidente de Chile».

Por fin, puedo reírme con ese chiste grande en su utopía.

Y siento que aquí yace, sin poder enviar jamás a Cuba la crónica que le pidieron, imperceptible entre los transeúntes de la pequeña Nueva York, un cubano que solo atina a buscar tras un mínimo cristal al ser humano que no cabe en ninguna vitrina.

Aquí voto, en silencio, por el futuro presidente. Mis palabras se pierden rumbo a sus grandes alamedas. Desde allí, el ojo izquierdo de Salvador Allende todavía nos mira con ternura.

Por Yamil Díaz
digital@juventudrebelde.cu

Tomado de juventudrebelde.cu

A décadas del asesinato del líder del MIR chileno, opinan Ramis, Echeverría, Amoros y Quesada

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La pregunta de Miguel

La figura de Miguel Enríquez despierta dos tipos de reacción. O se le descalifica en bloque, culpándole de un amplio conjunto de pestes políticas, o por el contrario, se la ensalza en un relato militante, que mezclando la hagiografía revolucionaria y el panegírico apologético tiene poco que ver con la personalidad y el talante del fundador del MIR.

Miguel no era un santo ni un demonio, sino un revolucionario que propuso una serie de preguntas políticas fundamentales al país, y estuvo dispuesto a debatirlas abiertamente durante toda su vida. Lejos del sectarismo o el dogmatismo, se le debe ubicar, dentro de la tradición del pensamiento crítico latinoamericano, entre los que buscan una alternativa emancipatoria adecuada a las condiciones específicas de nuestros pueblos. En este aspecto, Miguel Enríquez es una figura actual. Sus preguntas siguen siendo gravitantes y exigen ser tomadas en cuenta, de forma profunda y consistente.

El problema fundamental que identificó Miguel y el colectivo generacional que le acompañó en la fundación del MIR en 1965 era el siguiente: en América Latina se había hecho patente que la derecha histórica, agraria, conservadora y patronal, no disponía de un proyecto de desarrollo para la región. Incluso el Estados Unidos de Kennedy y la Iglesia Católica post-conciliar estaban de acuerdo en este diagnóstico. Tal como lo había demostrado el gobierno de Jorge Alessandri, la oligarquía más rancia y casposa estaba a la deriva, dispuesta a agarrarse a cualquier cosmético con tal de mantener un orden social anacrónico, que exigía una transformación radical y urgente. En respuesta a esta crisis se alzaban dos programas de reformas, aparentemente antagónicos, pero que en el fondo poseían amplias coincidencias de fondo: la “revolución en libertad” democratacristiana, aliada a la Alianza para el Progreso norteamericana, y la “vía chilena al socialismo” que postulaban los partidos Socialista y Comunista. En cada país del continente esta dicotomía asumía sus propias especificidades, pero se replicaba en lo fundamental, de acuerdo al dualismo Este-Oeste de la guerra fría.

La intuición fundamental de Miguel era que ambos proyectos tenían limitaciones estructurales que afectaban su viabilidad y deseabilidad. Ello no quiere decir que homologara ambas alternativas. Miguel y el MIR distinguían entre la derecha tradicional y el reformismo DC, y entre la DC y el proyecto del FRAP, que desembocaría en 1970 en la Unidad Popular y el gobierno de Salvador Allende. Pero su análisis crítico le llevó a descubrir en ambas alternativas una serie de contradicciones y aporías, inherentes a la naturaleza del orden internacional en el que estaban insertas y por sus propias insuficiencias de cara a las necesidades de las grandes mayorías, a las que definió como “los pobres del campo y la ciudad”.

LA INVIABILIDAD DE LOS REFORMISMOS
Para Miguel Enríquez los dos proyectos de reforma que se proponían a Chile en los años sesenta no eran viables a largo plazo. Arraigaba este convencimiento en un análisis muy detallado de las condiciones de la economía latinoamericana, situada en una relación de dependencia respecto a los grandes centros de poder del capitalismo global. Tanto el programa de la DC como el de la Izquierda apostaban a lograr una alianza histórica con los sectores progresistas del empresariado nacional en orden a promover una modernización industrializadora que permitiera cambiar el patrón productivo, para desembocar en una versión nacional del Estado de bienestar europeo. Pero este programa presuponía una serie de condiciones de posibilidad, que el MIR no lograba visibilizar, entre otras:

1. La inexistencia de un verdadero empresariado “progresista”, con vocación industrializadora. Más allá de algunas individualidades, los empresarios nacionales se veían a los ojos de Miguel como endémicamente arraigados a una tradición rentista, extractivista y agraria, incapaces de asumir el programa de sustitución de importaciones que preconizaba la Cepal, que debería crear los empleos de calidad que podrían incorporar a los excluidos del ciclo productivo.

2. A la vez, el mercado chileno era incapaz de absorber la nueva producción nacional que se debería llegar a generar. La inexistencia de una verdadera clase media constituía un obstáculo insalvable al proyecto reformista. La única forma de sortear este problema radicaba en la consolidación de un mercado ampliado, a escala latinoamericana, que por su dimensión pudiera absorber esa nueva oferta productiva.

3. Pero ese proyecto de integración latinoamericana, basado en un cambio en la matriz económica, era intolerable para Estados Unidos, que necesitaba mantener a la región como proveedora de recursos naturales a bajo precio y como mercado natural para sus productos elaborados.

4. Este escenario implicaba que ambos reformismos terminarían por chocar de forma violenta e insalvable con la elite económica y política nacional, reacia a abandonar su vocación rentista en aras de un proyecto de cohesión social que despreciaba profundamente. Y también chocaba con el capital transnacional, que necesitaba que América Latina permaneciera bajo la órbita de dominio norteamericano, en posición de dependencia económica y subordinación política. El ciclo de cambios reformistas llevaría inevitablemente a la necesidad de una ruptura abierta y decidida, y para liderar ese proceso construyó y articuló el Movimiento de Izquierda Revolucionaria.

LA INDESEABILIDAD DE LOS REFORMISMOS
Si los programas reformistas aparecían como inviables sin un momento de ruptura radical, también eran criticables porque no lograban superar el nudo del dilema latinoamericano. En el caso del reformismo DC, Miguel Enríquez advertía el germen de una modernización capitalista, tanto a nivel agrario como minero, que originaría un nuevo ciclo de acumulación en beneficio de los sectores más cosmopolitas y mejor preparados del empresariado nacional. Y en el programa del FRAP y de la UP reconocía una voluntad redistributiva mucho mayor, pero que en el fondo mantenía la continuidad con la dimensión desarrollista del proyecto DC, cambiando los socios occidentales por nuevos socios de la Europa del Este. Su intuición era que se debía buscar de forma clara y decidida una orientación socialista, que permitiera el protagonismo popular, y que evitara las trampas burocráticas y autoritarias en las que cayeron los países del “socialismo real”.
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