“Capuche”: el boletín creado por presos políticos de Concepción

«Capuche» es un boletín (o fanzine) creado por un grupo de presos políticos de Concepción, quienes se encuentran recluidos en la Cárcel El Manzano a raíz de la oleada represiva con que el Estado intenta contener las protestas que sacuden al país. El boletín hace un llamado a no bajar los brazos y seguir en la lucha, además se abordan temas como la detención, el juicio, la llegada a la cárcel y el ingreso a los módulos. También entrega consejos para quienes protestan y arriesgan caer en prisión, además de valiosa información para familiares y cercanos de quienes sufren la prisión. Un documento hecho a mano, con pasión y lleno de rebeldía que atraviesa los muros de las prisiones.

Tomado de: radiokurruf.org

Baltasar Garzón fustigó a Piñera en una carta abierta “Parece no entender que el pueblo no es enemigo sino víctima”

El exjuez estuvo en Chile para el Foro Latinoamericano de Derechos Humanos, celebrado entre el 23 y 25 de enero. Su mensaje contiene críticas al Poder Judicial y las fuerzas de seguridad, y elogios a los manifestantes por su “coraje y dignidad”.

Baltasar Garzón fue juez de la Audiencia Nacional en España.  
Imagen: NA

Chile en el corazón: Carta Abierta al Pueblo de Chile

Queridas chilenas y chilenos:

Escribo de nuevo y esta vez me dirijo al pueblo de Chile, tras la carta abierta para al presidente Piñera publicada el pasado 23 de octubre sobre la que, por cierto, no he recibido respuesta.

En esa misiva expresaba mi dolor y profunda preocupación por lo que estaba ocurriendo en Chile, país con el que me une un vínculo perenne y por el que siento un especial afecto. Me parecía entonces, y me sigue pareciendo ahora, que la respuesta del Gobierno al estallido social ha sido absolutamente desproporcionada, contra un pueblo que se manifiesta en la calle expresando que no soporta más tanta desigualdad, tanta injusticia, abusos y corrupción.

Dije en aquella misiva, además, y lo he dicho en otros foros, que el ejército no está preparado para controlar el orden público sino para hacer la guerra, para doblegar al enemigo o destruirlo y que cuando sale a la calle, las cosas solo empeoran. Pero con estupor he podido ver cómo Piñera ha intentado una y otra vez la intervención de los militares. Parece no entender que el pueblo no es el enemigo sino la víctima, y que al pueblo hay que protegerlo y no castigarlo con medidas de excepción.

Es paradójico que este estallido social haya tenido lugar en un país que – se decía – era un oasis en América Latina y que pretendía exhibirse ante el mundo como garante del medioambiente para liderar una respuesta global coordinada frente a la emergencia climática en la COP 25 de la que Chile tenía que haber sido anfitrión. No fue así porque Piñera y su gobierno no podían permitir que los mandatarios del resto del planeta vieran cómo el ejecutivo era incapaz de gestionar las demandas sociales, dando como única respuesta represión y más represión contra sus propios compatriotas, sin pudor alguno.

Seguramente sabrán que después de aquella carta he viajado a Santiago de Chile para participar en el Foro Latinoamericano de Derechos Humanos, celebrado entre los días 23 y 25 de enero. Me reuní con asociaciones de víctimas, organismos de derechos humanos y sociedad civil para conocer sus impresiones de lo acontecido desde el 18 de octubre. Les confieso que fue una jornada muy dura en lo personal y lo que he conocido ha aumentado mi grado de indignación. Una indignación que se me ha ido acumulando durante estos tres meses, pero que ya ha llegado a un nivel de estupor ante tanta crueldad, desidia e incompetencia.

Represión sin sentido

Durante mi breve estancia en Santiago, acudí a comprobar personalmente lo que la sociedad civil me había transmitido a través de cientos de mensajes llegados desde Chile, pero también desde muchos otros países y desde la propia comunidad chilena en España. Acudí a la Plaza de la Dignidad (ex Plaza Italia), donde fui testigo de cómo la fuerza pública no se está ejerciendo para controlar el orden público y garantizar el derecho de manifestación, sino para dañar, herir y lesionar a quienes ejercen su derecho a la libertad de expresión. Los componentes de Primera Línea, con los que tuve ocasión de hablar en el edificio histórico del Senado me habían expuesto su desesperación y miedo a la represión desplegada y sostenida por el Estado. En el acto reivindicativo, me prestaron un casco, me rodearon y me protegieron para que yo mismo no resultara lesionado, durante el tiempo en el que temerariamente, me empeñé en comprobar la realidad de lo que me habían denunciado.

Debo reconocer que no sabía lo que era el guanaco aplicado a una protesta hasta que vi volar por los aires a un chico con su bicicleta por el impacto del agua a presión; ni pensé que la carcasa del tubo de gases lacrimógenos produjera un impacto tal sobre el rostro hasta que lo comprobé en una de las jóvenes que me acompañaba; o que la grasa y el ácido de su composición, irritara tanto; ni que los balines que vacían ojos inocentes, eran mostrados como trofeos siniestros para no olvidar el dolor… Frente a ello, escudos de madera o plástico, la rabia contenida de la impotencia y la certeza de que había que estar allí, entre mujeres y hombres de todas las edades que mostraban su determinación de afrontar los riesgos contra su seguridad, con una fortaleza ejemplar. Evoqué allí en La Alameda a Pablo Milanés señalando los crímenes de la dictadura en su canción, “Yo pisaré las calles nuevamente de lo que fue Santiago ensangrentado…”.

Protestar en Chile bien te puede costar la vida o un ojo de la cara, como de hecho lamentablemente ha ocurrido y sigue ocurriendo. Pero me emociona pensar que a pesar de este alto precio, cientos y miles de personas salen a exigir garantías de un futuro mejor. El pueblo chileno es un ejemplo de coraje y dignidad para el mundo entero. La emoción al escribir estas frases se me hace presente de nuevo, como en la Alameda, al abrazarme y ser abrazado por cientos de ustedes. Tienen todo mi respeto y mi admiración.

Un manifestante reacciona contra un agente, en una de las jornadas de protesta. AFP.

No habrá impunidad

Reitero mi solidaridad con todas las víctimas, con las familias de los fallecidos y los desaparecidos, con las mujeres agredidas sexualmente, con los que han sido torturados, con los heridos, con quienes han perdido un ojo y, por supuesto, también con Gustavo Gatica y Fabiola Campillay a quienes han arrebatado la visión por completo. No caerán en el olvido. No habrá impunidad. Tienen mi palabra. Es mi compromiso.

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“¡El neoliberalismo nace y muere en Chile, compañeras!”

Arrancó el segundo Encuentro Plurinacional de las que Luchan en Chile, una instancia preparatoria para la huelga feminista del 8 de marzo. Qué se dijo en su apertura rumbo a los debates en talleres.

En las paredes de Chile se respira lucha. Las paredes de todo Santiago avisan que hay un pueblo que despertó y que exige al presidente Sebastián Piñera que renuncie. Es rabia que denuncia la violencia de los pacos y desde donde se gritan, también las violencias estructurales que atraviesan a las mujeres y disidencias. Un paredón negro exige “aborto libre” y por cada callejón aparecen los carteles que convocan a un Encuentro histórico.

Es el segundo al que llegan más de cinco mil activistas de todos los territorios en lucha. El Encuentro Plurinacional de las que Luchan está en constante diálogo con el estallido social que comenzó el 18 de octubre del año pasado y que no se acaba: contra la precarización de la vida, que llama a hacer memoria por las que ya no están y que mira hacia adelante por un futuro mejor. En ese contexto, las feministas y activistas se darán la discusión sobre el lugar que ocupa el movimiento en la lucha social y que se prepara al mismo tiempo para el 8M.

La apertura, que se realizó en la tarde del viernes, congregó a cientas de activistas territoriales en el aula magna de la Universidad de Chile (USaCh) que colmada, dio inicio al Encuentro de las que luchan. Se presentaron a las colectivas que participan de la organización y que harán el esfuerzo de articular durante tres días los debates y las reflexiones de las más de 5 mil activistas inscriptas.

Con ellas en el escenario, la Orquesta de Mujeres de Chile, visibilizó la tarea de las músicas, quienes en cada inicio de canción, lírica o canto popular invitaron a hacer memoria. Por las asesinadas en femicidios desde 2018, a las que resistieron en los territorios: Macarena Valdéz (Chile), Berta Cáceres (Honduras) y Marielle Franco (Brasil), entre otras. Femicidios que llamaron territoriales.

La apertura se realizó mientras de forma simultánea, en la Plaza Dignidad, les estudiantes resistían las balas, gases y el agua contaminada por químicos de los guanacos (camiones hidrantes). Intentando devolver al pueblo la fiesta de murga, movilizaciones y alegría que la provocación diaria de parte del mal gobierno de Sebastián Piñera no permite emerger de las calles en Santiago.

Los feminismos de los pueblos en lucha

“Aleeeerta, aleerta, alerta antirracista / América Latina será negra y feminista”. Mujeres negras, lesbianas, travestis, trans se paran y llaman a cantar desde un escenario y acompaña todo un auditorio colmado.

“Este es un llamado a encontrarnos en la lucha, desde la heterogeneidad y diversidad de los recorridos, desde las diferencias de los feminsmos para que podamos ponernos de acuerdo. Hoy nos encontramos ante la posibilidad cierta de ese cambio radical que soñamos y para eso, no nos vamos a soltar más. (…) Este es un gobierno que nos quiere endeudadas, mutiladas, asesinadas. Pero sólo nos quitaron el miedo”, dijeron en voz y cuerpo rebelde que anima el sentir de las otras.

“Somos millones en las calles”, afirmaron, y priorizaron uno de los objetivos, el “balance de nuestra experiencia en la medida de lo posible. Porque lo posible es imposible de soportar”, señalando que los culpables a lo que llamaron un “sobrevivir violento” son “empresarios, cúpulas de las iglesias y partidos de la precarización”. “Este momento político nos coloca ante mayores desafíos”, dijeron. “No estábamos equivocadas. Levantamos una huelga general feminista (8 de marzo de 2019) para  interrumpir la normalidad en todas sus formas. Porque a la normalidad neoliberal no volvemos nunca más” y gritaron en ovación: “¡El neoliberalismo nace y muere en Chile, compañeras!”.

“Empezamos a construir la vida que queremos vivir”, afirmaron. “Este es un momento constituyente, porque de pasar de estar sujetas, estamos construyendo nuestros anhelos hasta que la dignidad se haga costumbre”. Y agregaron “ante la opacidad de las imágenes que devuelve el poder, levantamos este Encuentro como la luz de la memoria. Nos llamamos a sobrevivir juntas. Porque nuestros bailes hacen temblar las estructuras”. “Somos esperanza para pueblos de otras latitudes. Por eso somos plurinacional”.

Es que uno de los ejes más importantes del Encuentro de las que Luchan es la conformación de un “comité internacionalista”, que propone intercambiar experiencias de territorios en lucha a partir de la participación en redes feministas. “No estamos solas. Son múltiples las trincheras en Chile y Wallmapu. Somos marea verde en Argentina y defensa en Kurdistán. La insistencia de la vida de las defensoras. Las que nos organizamos para que migrar sea aparecer, no desaparecer”. Y al respecto prometen debatir durante el segundo día en las aulas de la USaCh.

“La primera línea es un lugar de lucha. Somos quienes corren el cerco de lo posible”, caracterizaron, por eso “levantaremos nuestras primeras líneas contra el terrorismo de Estado como lo hicimos durante la dictadura”. Y desde un escenario compartido llamaron a fortalecer las propuestas: “elaboraremos juntas un plan de lucha, articuladas en un esfuerzo por cambiar la vida y todo. No se trata de sumamos a la administración de lo impuesto. Somos y seremos semillas de rebeldía”, finalizaron.

Tomado de: marcha.org.ar

Por: Carla Perelló @carirupe y Laura Salomé Canteros @laurasalome

Adiós al oasis chileno

Enfrentamiento entre manifestantes y la policía en Santiago de Chile el 22 de noviembre de 2019. Foto: AP / Luis Hidalgo

Cuando se escriba la historia de la inédita revuelta del año 2019 que cambió el destino de Chile, destacará, sin duda, una frase pronunciada por el presidente Sebastián Piñera el 8 de octubre en un programa de televisión en Santiago: “En medio de una América convulsionada, Chile… es un verdadero oasis”.

Aquellas palabras trasuntaban una ceguera ilimitada y una soberbia impenetrable, no sólo del primer mandatario, sino de toda una clase dirigente que no entendía lo que pasaba en el país real que incubaba en esos mismos momentos el estallido social que ningún miembro de la élite había anticipado.

En efecto, mientras Piñera peroraba televisamente, miles de estudiantes chilenos se saltaban con júbilo los torniquetes del Metro de Santiago, rehusándose a pagar un alza de 30 pesos que el gobierno había decretado recientemente, tan sólo dos días antes de que Piñera se ufanara de que Chile fuera tan diferente del díscolo continente latinoamericano.

En vez de entender la desesperación que se agitaba detrás de esta forma de protesta pacífica, los ministros de Piñera (entre los que había una caterva de enriquecidos vilmente durante la dictadura de Pinochet) hicieron oídos sordos y respondieron con una violencia cada vez más salvaje, lo que, en vez de amenguar los desórdenes atizaron el descontento del que se valieron elementos anarquistas y lumpen, amén de grupos aliados a narcotraficantes para desatar saqueos y vandalismo. El presidente declaró que se trataba de una guerra a muerte contra el pueblo, impuso un estado de emergencia y toque de queda, y ordenó a los militares salir a la calle. Desde el tiempo de Pinochet no se veían tanquetas y soldados patrullando las ciudades.

El pueblo chileno no se dejó amedrentar. En forma mayoritariamente pacífica, millones de hombres y mujeres y niños salieron a desafiar la represión, embarcándose en un octubre liberador que recordaba la gesta de otro octubre, el de 1988, cuando el pueblo chileno derrotó a la dictadura en un plebiscito que dio comienzo al lento retorno a la democracia. Aquella epopeya de 1988 había sido lidereada por los políticos de centro-izquierda que supieron crear las condiciones para que el país pudiera respirar en paz después de tantos años de tiranía.

Aquellos líderes lograron, durante las décadas que siguieron, algunos notables progresos: una disminución importante de la pobreza, una serie de juicios a los más escalofriantes violadores de los derechos humanos de la época de Pinochet, algunas mejorías en la salud y la educación, proyectos de infraestructura y transporte, modernizaciones del aparato estatal. Pero no pudieron terminar del todo con los enclaves autoritarios que habían heredado de la dictadura ni supieron cuestionar la extraordinaria desigualdad de un Chile donde un pequeño y ávido grupo se había apropiado de una inmensa y obscena tajada de la riqueza nacional. El desparpajo con que estos aristócratas y nuevos ricos ostentaban sus franquicias y la impunidad de que gozaban alimentaba la rabia de los chilenos ordinarios para quienes el alza de los 30 pesos era una carga significativa y, por cierto, una provocación en un país donde la corrupción de los privilegiados rara vez se sancionaba.

Y sobrevino, entonces, una insurrección generalizada que sobrepasó las estructuras partidarias y los políticos desprestigiados que no habían sabido dar una solución a los problemas profundos de Chile, un movimiento que ha sacudido los cimientos del desigual modelo político y económico que ha regido al país durante las últimas décadas.

Cartón de Rocha

Menos de tres meses después de que los jóvenes se rebelaron contra una cúpula que no los incluía ni escuchaba, Chile ha cambiado en forma trascendental. Todas las fuerzas políticas han acordado un itinerario para dotar al país de una nueva Constitución que reemplace la que impuso fraudulentamente Pinochet en 1980, si bien la derecha se ha opuesto exitosamente a la paridad de género y la presencia necesaria de sectores independientes y de pueblos originarios en la constituyente. Y se están implementando medidas que comienzan a enfrentar –aunque en forma exigua– las graves deficiencias en pensiones y salud, en parques y viviendas y educación, que aquejan a la población en forma mayoritaria.

Queda por ver si esas reformas se efectuarán o si, de nuevo, se han de frustrar las ansias de un país más bello y equitativo. Queda por ver si los policías que respondieron a las demandas ineludibles de los jóvenes con balines y torturas van a ser juzgados y castigados. Queda por ver si la derecha chilena, acostumbrada a menoscabar la democracia con impunidad, aceptará una contracción de su poder y sus granjerías o si pondrá cada vez más trabas al proceso que llevará a una nueva Constitución. Queda por ver si las exigencias de políticas sustentables para enfrentar la crisis climática, derechos de sindicalización de los trabajadores, control de las aguas urbanas y rurales (Chile es el único país en el mundo donde el agua se encuentra en manos privadas), serán postergadas otra vez más. Queda por ver si los políticos de centro-izquierda se darán cuenta de que no hay que temer la movilización del pueblo. Queda por ver si los sectores fascistas, nostálgicos de la mano dura de Pinochet, no aprovecharán el desorden y los saqueos, para revivir la quimera de una nueva tiranía. Queda por ver si los militares, contemplando un país dividido y cada vez más destrozado por el vandalismo criminal de unos pocos que aprovechan las protestas pacíficas de la mayoría, no decidirán que es hora de salir de los cuarteles. Queda por ver si los jóvenes chilenos que no tuvieron miedo a los golpes y las balas y las violaciones y los gases lacrimógenos tendrán espacio protagónico para respirar tranquilos, que se les permita sacar todo el potencial creador que tienen adentro. Queda por ver si las eternamente pospuestas demandas de mujeres maltratadas y de pueblos originarios tendrán el reconocimiento que se merecen.

Queda por ver, queda por ver.

Pero hay algunos que no verán más, casi 300 jóvenes que quedaron ciegos debido a los disparos de la policía, aquellos que quedaron sin ojos para que los aislados dueños de Chile pudieran abrir los ojos a la realidad de un país al que han tratado con ignorancia y menosprecio, al que han querido olvidar. Otro sacrificio en la larga lista de sacrificios que han padecido tantos, las penas y pérdidas que nunca faltan para que nazca una patria nueva.

Lo que es seguro es que, en este sumamente convulsionado 2019, Chile despertó. Se ha cuestionado a fondo el modelo neoliberal consumista vigente, reivindicando un nuevo modelo donde prima lo humano y no el lucro desmedido.

No somos, mal que le pese a Piñera y los suyos, un oasis en América Latina, sino parte de la historia perpetua de nuestro vasto y rebelde continente que lucha desde siglos por un mundo más justo y participativo.

Dependerá del pueblo chileno cómo se escribirá la próxima página de esa historia.

Tomado de: proceso.com.mx

Por: Ariel Dorfman

Este comentario se basa, en parte, en el folleto Chile: juventud rebelde, que acaba de sacar el Fondo de Cultura Económica, que también ha publicado Allegro, la última novela de Ariel Dorfman.

Artistas de Argentina y Chile alzaron su voz en apoyo al pueblo chileno 

Una versión colectiva del Manifiesto de Víctor Jara con León Gieco a la cabeza

“El hecho de compartir entre músicos chilenos y argentinos una canción de Víctor Jara nos recuerda la canción es siempre nueva”, Gieco sobre la colaboración con muchos artistas de ambos lados de la cordillera. El nombre elegido fue “La esperanza viene del sur”.

Más de 30 bandas y artistas solistas de ambos lados de la cordillera se unieron para cantar juntos una nueva versión de Manifiesto, el clásico de Víctor Jara que reivindica la expresión popular. El tributo, que fue impulsado por León Gieco y Congreso, representa un apoyo al pueblo chileno que hace más de 70 días se moviliza masivamente por sus derechos. Participaron del proyecto Víctor Heredia, Pedro Aznar, Hilda Lizarazu, Los Jaivas, Jairo, Nano Stern y Fran Straube, entre otros.

“… el canto tiene sentido / cuando palpita en las venas / del que morirá cantando / las verdades verdaderas …”, sumaron su voz los cantantes argentinos y chilenos a los versos de Jara, en la mayor colaboración de los últimos años entre músicos de ambas nacionalidades .

Según trascendió, la idea de grabar juntos una versión colectiva de Manifiesto se gestó en un taxi. Cuando organizó las protestas en Chile, León Gieco utilizó por teléfono a Sergio “Tilo” González, baterista y compositor de Congreso.

“Tenemos que hacer algo, los músicos argentinos queremos hacer algo”, le dijimos Gieco a González, desde el taxi. Entre ambos músicos le fueron dando forma al proyecto: una colaboración con muchos artistas de ambos lados de la cordillera. El nombre elegido fue “La esperanza viene del sur” .

El trabajo llevó casi dos meses de arreglos, horas de estudio y coordinación a la distancia para lograr esta versión colectiva de Manifiesto, el clásico de Víctor Jara que compuso a los inicios de los 70 y fue editado en 1974 en su disco póstumo.

“Apenas comencé a llegar a las noticias de la movilización popular en Chile, sentimos la impotencia frente a la represión de la que sufrió el pueblo. Ahí surgió la necesidad de acercarnos”, contó León Gieco. “El hecho de compartir entre músicos chilenos y argentinos una canción de Víctor Jara nos recuerda que la canción es siempre nueva”, agregó.

De parte de Chile, se sumaron a la versión colectiva de los músicos Roberto Márquez (Illapu), Magdalena Matthey, Nano Stern, Elizabeth Morris, Pedro Foncea, Pascuala Ilabaca, José Seves (Inti-Illimani Histórico), Fran Straube (Rubio). Elicura Chihuailaf, Juanita Parra y Mario Mutis, de Los Jaivas, y los integrantes de Congreso.

Entre los artistas argentinos, participaron también Teresa Parodi, Juan Carlos Baglietto, Liliana Herrero, Jairo, Los Tipitos, Ligia Piro, Julia Zenko, “La Bruja” Salguero, Sandra Mihanovich, Liliana Vitale, Georgina Hassan y Javier Maloseti.

“Canto que ha sido valiente … siempre será canción nueva”,cierran a coro todos los artistas.

Tomado de: página 12.com.ar

Las miradas rotas de las revueltas en Chile: “Sentí el impacto en el ojo, caí al suelo… salía mucha sangre”

Los perdigones disparados por la policía durante las protestas han dejado completamente ciegas a dos personas y otras 17 han perdido la visión de un ojo. EL PAÍS habla con cinco de ellas

Monumento en la Plaza Italia, en Santiago de Chile. FRANCISCO UBILLA



Miradas rotas como las de estas dos personas se han convertido en el lamentable símbolo de las revueltas sociales en Chile que explotaron hace ya dos meses. Desde el 18 de octubre, cuando arrancaron las protestas por la desigualdad en el acceso a servicios básicos como la sanidad o la educación, se han registrado 359 civiles con heridas oculares, según el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH). Dos personas han quedado completamente ciegas y 17 han perdido la visión total en alguno de sus ojos. La Sociedad Chilena de Oftalmología y el Colegio Médico calificaron desde el inicio esta situación como “una emergencia de salud visual nunca antes vista en el país” y pidieron suspender la utilización de perdigones. Las autoridades informaban de que los balines estaban compuestos de goma, pero un estudio de la Universidad de Chile determinó que solo contenían un 20% de caucho. El 19 de noviembre la policía suspendió el uso de perdigones a la espera de nuevos análisis en su composición, cuyos resultados todavía no se conocen públicamente.

Un policía disparó directamente al rostro a Ronald Barrales. Estaba a menos de 10 metros. Según su relato, el perdigón llegó desde el asiento del acompañante de un vehículo de los carabineros hace unas semanas, en uno de los días más tensos de las protestas contra las políticas del Gobierno en Chile. “Sentí el impacto en el rostro, caí al suelo, me levanté y observé que caía sangre del ojo, mucha sangre”, relata. Herido también en el tórax y en el abdomen, Barrales se ha sometido a tres operaciones en el ojo izquierdo, del que perdió completamente la visión y para siempre. “El precio que he tenido que pagar es muy alto, pero al menos Chile ha despertado”, se consuela Maite Castillo, de 23 años, que también ha perdido la visión del ojo derecho. 

Mientras, el Gobierno de Sebastián Piñera intenta reconducir la situación e impulsa un proceso para cambiar la Constitución actual que, según los manifestantes, contribuye a consolidar las desigualdades en el país y, aunque ha sufrido modificaciones durante estos años, ha sido heredada del régimen de Augusto Pinochet.

Pero el cambio político no devolverá la vista a los chilenos que recibieron uno de esos controvertidos perdigones. EL PAÍS ha recogido los testimonios de cinco de estas víctimas: 

Maite Castillo. F. U.

Maite Castillo, 23 años

Desde su época de estudiante asistía a marchas en demanda por derechos sociales, pero la tarde del 20 de octubre pasado no participaba en ninguna protesta: pasaba en moto junto a su novio por la Gran Avenida —una importante vía de su comuna—, donde se producía el saqueo de un supermercado. No se podía transitar, porque los vehículos iban y venían en todas las direcciones. “Nos estacionamos al frente, en una gasolinera y nos quedamos mirando. Me bajé de la moto, me saqué el casco y observé que venían dos carabineros. Como portaban escopetas, los insulté. Hicimos contacto visual, se me quedó mirando, cargó su arma y me disparó de frente”. 

El perdigón le dio de lleno en la órbita del ojo derecho: “Perdí la visión, no veo absolutamente nada por ese ojo”, señala. Desde entonces, la han operado dos veces, la última vez el viernes, a causa de una hemorragia que no sanaba. Mientras, pasa los días en su casa guardando reposo: “Esta será una Navidad distinta. Triste por lo que me ocurrió, sin duda, pero la gente en este país por primera vez no está centrada en el consumo, sino en otros asuntos fundamentales, con mayor empatía hacia el resto”. El año pasado, Castillo se sacó el título de asistente dental y en 2020 quería comenzar sus estudios de odontología. “Pero he pasado de ser una persona sana a depender de los demás”, relata esta chilena que vive con su padre en el municipio de El Bosque, en la zona sur de la capital, Santiago de Chile.

Ronald Barrales. F. U.

Ronald Barrales, 36 años

Padre de una niña de ocho años y de un muchacho de 17, este trabajador autónomo dedicado a la fabricación de productos de limpieza participó de las protestas de Plaza Italia, la zona cero de las movilizaciones en Santiago de Chile, desde el comienzo del estallido social del 18 de octubre. Cuenta que lo hacía siempre pacíficamente, acompañado de familiares, “para manifestar el descontento por la forma en que los políticos han manejado el país en las últimas décadas”. Apunta, por ejemplo, a los problemas en la educación: por falta de dinero tuvo que dejar la carrera de ingeniería y su primogénito en 2020 cursará su último año en el Instituto Nacional, el emblemático liceo público de excelencia de Chile que las autoridades de distinto signo político han dejado morir.

El 11 de noviembre pasado, Barrales salió a protestar como de costumbre, cuando se quedó sin compañía en medio de una especie de encerrona de carabineros, sin poder correr ni escapar. A poca distancia, de lleno en el ojo izquierdo, le impactó un objeto: “Me di media vuelta y lo único que pude hacer fue correr al hospital de campaña de la Cruz Roja, sin permitir que nadie me ayudara”, relata en su casa del municipio de Quinta Normal, en la zona centro-norte de la capital, donde vive con su madre. En una de las operaciones le extrajeron “un perdigón que no era de goma y que se alojó en el fondo del globo ocular, lo que habla de la potencia del impacto”. Sin poder trabajar y afectado anímicamente, intenta lentamente aprender a vivir con su nueva condición física. Pese a todo, sin embargo, no se arrepiente de haber participado de la protesta: “Estaba simplemente alzando la voz por los derechos de mis hijos y del resto de las personas”. 

Carlos Puebla. F. U.

Carlos Puebla, 47 años

Después de salir de su trabajo, decidió pasarse por las protestas de Plaza Italia. No milita en ninguna organización ni partido y era la primera vez que asistía a las manifestaciones. Dice que era una concentración pacífica, donde había niños y ancianos, pero que pronto comenzaron los enfrentamientos con la policía, “que comenzó a atacar desmedidamente y sin respetar nada”. Fue cuando un carabinero, según relata, le disparó con la escopeta antidisturbios a unos 15 metros de distancia apuntando a su rostro. “Sentí algo helado en el cuerpo, traté de correr, caí al suelo y me trasladaron a la Cruz Roja”, recuerda el hombre. Recibió un perdigón en el muslo, otro en la cabeza y un tercero en el ojo derecho, cuya visión perdió por completo, según le informaron 48 horas después.

Carlos Puebla es el hijo menor de una mujer que tuvo que hacerse cargo sola de sus cinco niños. Por falta de dinero, no pudo terminar sus estudios escolares. Puebla tiene tres hijos —de 25, 14 y 13 años— y, hasta el 24 de octubre pasado, trabajaba como obrero de la construcción a cambio del salario mínimo (unos 360 euros mensuales). Pero el día que acudió a la protesta marcará la vida de Puebla, que vive en Renca, un municipio del norte de Santiago de Chile. “Los sueldos son bajos y no alcanzan, la salud y la educación son precarias, las pensiones son una vergüenza”.

Ahora espera que le pongan una prótesis. “La vida nunca será la misma, pero tengo dos hijos pequeños todavía que me necesitan. Debo seguir adelante”, reflexiona. Sabe que probablemente no podrá continuar con el mismo oficio y, aquejado de fuertes dolores de cabeza y mareos, muchas veces lo invade la tristeza: “De repente entro en depresión”. 

Eliacer Flores. F. U.

Eliacer Flores, 30 años

Cuando se había declarado la segunda jornada de toque de queda en Santiago, el 20 de octubre pasado, decidió que saldría de su casa en Quinta Normal, en la zona centro-norte capital chilena, para protestar por el estado de emergencia. Padre de dos niños de 13 años y 10 meses, se dirigió después de comer a la Plaza Italia, donde se encontró con un enfrentamiento entre manifestantes y la policía. Eliacer se unió al bando de los civiles, mientras se protegía con una plancha de metal: “Pero me asomé a mirar y me llegó el perdigón en el ojo derecho”, relata.

“Sentí el mayor dolor físico que he sentido en mi vida, un frío intenso en todo el cuerpo, un pitido en los oídos y ganas de desmayarme. Horrible. Pero la adrenalina y el miedo a que los carabineros me agarraran, me hizo correr y pedir ayuda”, señala Flores.

Lo han sometido a dos operaciones, pero perdió por completo la visión de un ojo. Probablemente deberá usar una prótesis. Intentó volver al trabajo, pero su estado físico se lo impidió y los médicos extendieron una nueva baja. En estos dos meses ha pasado por distintos estados anímicos: “Ira, miedo, tristeza, rabia. Este país necesita una reestructuración completa del sistema, partiendo de la política corrupta, la salud, la educación y las pensiones que permitan un futuro digno para nuestros viejos”, indica Flores. “En honor a los muertos, los heridos y los violentados debemos seguir luchando. Lo que hemos perdido y lo que hemos dado no puede quedar en nada”. 

Natalia Aravena. F. U

Natalia Aravena, 25 años

Cuando intenta beber agua, no logra calcular correctamente la profundidad y el líquido se desparrama fuera del vaso. Si el terreno por el que camina no es completamente liso y plano, corre el riesgo de tropezarse. Esta enfermera de 25 años, que apenas llegaba a un año de vida laboral, intenta con los días acostumbrarse a su nueva condición física: el 28 de octubre pasado, una bomba lacrimógena le impactó en el ojo derecho y perdió tanto la vista como el globo ocular. Ese lunes iba a reunirse con un amigo frente al palacio de Gobierno, La Moneda, donde se había convocado una concentración. Relata que sucedió todo muy rápido: apenas llevaba algunos minutos en la calle cuando la policía comenzó a dispersar a los manifestantes, antes incluso de que comenzara la manifestación. Estaba sola y vio un vehículo policial y a los agentes a pocos metros. “Me di la vuelta y me impactó la bomba lacrimógena en el ojo”, relata en su casa de Peñalolén, en el este de Santiago de Chile, donde vive con sus padres.

“Se me durmió la mitad derecha de la cara, por fortuna, porque no sentí dolor. Desde la frente al labio superior. El impacto no me hizo perder la conciencia, tampoco me destrozó el resto de la cara ni me tiró al suelo, pero quedé aturdida”. Ha sido sometida a dos intervenciones quirúrgicas y no ha podido volver al trabajo. La joven chilena opina que “el Gobierno tiene mucho miedo de perder el poder” y critica las declaraciones del presidente, Sebastián Piñera, que señaló al comienzo de la revuelta que Chile estaba “en guerra” contra un enemigo poderoso: “¿El enemigo poderoso soy yo, que me mutilaron, que soy enfermera, que soy una persona común y corriente, sin armas?”, se pregunta. “Quieren hacer creer que queremos desestabilizar el país, pero Chile está desestabilizado hace mucho tiempo por la inmensa desigualdad que no quieren ver”.

Tomado de: elpais.com

Por: Rocío Montes

Colombia abre la mayor fosa común de desaparecidos del mundo

Se inicia en Medellín la búsqueda de restos de cientos de víctimas del Ejército y los paramilitares, enterrados clandestinamente en 2002 en la región de Antioquía

Con la presencia de familiares de víctimas ─principalmente madres─, de ONG nacionales e internacionales, y del propio Ministro de Justicia, se iniciaron ayer en la Comuna 13 de Medellín, uno de los populosos barrios periféricos de la segunda capital de Colombia, las operaciones de movimiento de tierras en el paraje La Escombrera para tratar de desenterrar los restos de centenares de víctimas del ejército y los paramilitares. El propio Ministro Juan Fernando Cristo definió la zona como “la fosa común a cielo abierto mayor del mundo en un ámbito urbano”.

Los hechos que dieron lugar a estos enterramientos de personas, consideradas como “desaparecidas” , se produjeron entre el 16 y el 20 de octubre de 2002 y constituyeron el inicio de la política de “seguridad” de Álvaro Uribe, entonces Gobernador de la región de Antioquia, cuya capital es Medellín. Más de mil soldados apoyados por unos 800 paramilitares y helicópteros de la Fuerza Aérea, “retomaron” a sangre y fuego el territorio de la Comuna 13 para acabar con el presunto dominio de la guerrilla. Las víctimas fueron enterradas clandestinamente. Según el jefe paramilitar Don Berna, hoy extraditado a Estados Unidos, no bajaron de 300 los cuerpos sepultados entre escombros.

Otro exparamilitar , Juan Carlos Villada, alias Móvil-8, ha declarado que él mismo participó en el enterramiento de unas 50 personas en el Polígono 1, una zona aledaña a La Escombrera, donde los antropólogos forenses han iniciado su trabajo.

Según declaraciones de los paramilitares, hay más de 300 cuerpos enterrados

La profesora Natalia Springer relataba ayer en el diario El Tiempo la existencia de otras zonas en Medellín donde se produjeron hechos criminales similares, incluyendo la desaparición de niños. Como en Santa Elena, cerca de la reserva militar donde, según paramilitares desmovilizados, un grupo de chicos fue sacado a la fuerza de un partido de fútbol por hombres armados para ser descuartizados y luego enterrados sus despojos. Según esta respetada analista y profesora “las casas de descuartizamiento siguen vigentes”.

El jesuita Javier Giraldo, activista por los Derechos Humanos que realizó una breve ceremonia al inicio de los trabajos de exhumación, relató que casos como el de la Comuna 13 de Medellín se pueden registrar en otras zonas del territorio colombiano, como en La Macarena (región del Meta), Vistahermosa, San José del Guaviare o Villavicencio.
El propio Fiscal General de la Nación, Eduardo Montealegre, acaba de informar que tiene en marcha 20.453 investigaciones sobre desaparecidos basadas en las declaraciones de paramilitares desmovilizados que han hablado de más de 2.000 cementerios clandestinos.

Tomado de: m.publico.es

Por: ANTONIO ALBIÑANA