Chile memoria resistencia: Blanca Rengifo, monja revolucionaria.

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Un once de mayo, hace 30 años, se apagó la vida de Blanca Rengifo Pérez, religiosa, abogada defensora de los derechos humanos, fundadora de CODEPU, y militante activa de la Resistencia antidictatorial y del MIR. Fue pobladora de El Montijo donde compartió estrecheces, penas y alegrías con los pobres. Fue la samaritana que recogía cadáveres lanzados al rio Mapocho tras el golpe de Estado. Luego “Magdalena” la que efectuaba riesgosas acciones de propaganda armada contra la dictadura, y después el compañero “Daniel” integrante de un clandestino comité central. Fue la articuladora en 1980 del surgimiento de una singular organización de defensa de los derechos humanos, el CODEPU, donde junto con auxiliar a presos políticos, se coordinaban organizaciones populares y tejía la unidad del pueblo para luchar contra la tiranía. La resistencia es Dios, se le escuchó decir en más de una oportunidad.

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Blanca nació en 1923 y creció en medio de los efectos en nuestro país de una de las más profundas crisis de la economía mundial. Su adolescencia tiene como telón de fondo la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial y en nuestro país alzamientos de campesinos mapuches y trabajadores como el de Ranquil, donde fueron asesinados más de 200 insurrectos. Al mismo tiempo, se extendía la medicina preventiva y comenzaba gradual, pero firmemente un proceso de migración del campo a la ciudad. Se vivía el triunfo de Pedro Aguirre Cerda y se fundó la Confederación de Trabajadores de Chile. En 1942, el sacerdote jesuita, Alberto Hurtado publicó su ensayo ¿Es Chile un país católico?, en el cual cuestionaba sobre la aplicación real de los valores religiosos en una sociedad donde miles de niños vivían en las calles de las ciudades. De seguro, todo esto impactaría en las opciones de Blanca, que ingresa a los 26 años a la Congregación del Amor Misericordioso. Sigue leyendo

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Memorial de Paine es reconocido como Monumento Público

Espacio recuerda a 17 campesinos asesinados por la dictadura cívico-militar

La Comisión de Patrimonio Histórico del Consejo de Monumentos Nacionales (CMN) autorizó la solicitud de incorporar la placa conmemorativa del Memorial de Paine, con todos los elementos que componen su espacio, en el registro de Monumentos Públicos.
De acuerdo al organismo, la placa corresponde a “objetos que han sido ubicados en el espacio público (campos, calles, plazas y/o paseos) con el fin de conmemorar acontecimientos, individuos o grupos de personas que han incidido de alguna manera en la cultura e historia nacional”, gracias a lo cual todo el espacio que conforma el Memorial de Paine queda protegido ante eventuales amenazas de destrucción o desprotección.
Recordemos que la “placa de los ejecutados de Escorial”, originalmente se instaló en el cementerio La Rana de Huelquén con motivo del funeral de 17 campesinos asesinados por la dictadura cívico-militar, pertenecientes justamente al sector del Escorial, siendo posteriormente traída al Memorial en el año 2015.

La placa está hecha de mármol, y fue financiada por el Ministerio del Interior. Tiene inscrito el nombre de cada uno de los asesinados, junto un fragmento del poema “Siempre” de Pablo Neruda, y el nombre de la AFDDyE de Paine, destacando al final la bandera de lucha de los familiares que es “Justicia”.

Precisamente, desde la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y Ejecutados (AFDDyE) de Paine, señalan que la placa da cuenta de un hito muy sensible y significativo para la comunidad, pues corresponde al funeral de personas cuyos restos estuvieron retenidos en el Instituto Médico Legal, durante los 17 años de dictadura.

Los nombres que integran la lista corresponden en su mayoría a campesinos que pertenecieron al Asentamiento El Escorial de Paine, quienes fueron detenidos por militares de la Escuela de Infantería de San Bernardo el tres de octubre, y posteriormente ejecutados en la Cuesta de Chada, a sólo kilómetros de sus casas.

Sus familias no supieron de su paradero hasta que algunos animales alertaron la presencia de restos humanos en el lugar. Sin embargo, el instituto Médico Legal exhumó los cuerpos y se negó a entregarlos, indicando que no había “medios suficientes”, explicación que se entiende bajo la frase “si no hay cuerpo no hay delito”, puesto que las autoridades intentaron borrar toda evidencia sobre los detenidos desaparecidos ante la opinión pública y el extranjero, buscando a la vez, ganar tiempo para generar leyes protectoras hacia agentes del Estado que atentaron contra los Derechos Humanos, como fue la Ley de Aministía.

Finalmente, el año 1990, con la salida de los militares de La Moneda, se agiliza la entrega de los cuerpos a sus familias, quienes así cerraron en parte este doloroso proceso de pérdida de sus seres queridos.


Tomado de: elciudadano.cl

GENERACIÓN: ENTRE EL OLVIDO Y LA MEMORIA

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Yo soy de la generación
Que ve posible la vida
La que recuerda encendida
A aquel que un día cayó…

Formo parte de una generación de la cual, en estos tiempos, se habla poco. Somos como todos o quizás solo nombres que pocos conocen, pero fuimos muchos que confiados y decididos nos integramos a la lucha contra la dictadura y formamos parte de otro nombre que convocó a miles: el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, MIR.

Quienes resistimos y militamos en los 80, lo hicimos guiados por la historia de lucha de quienes resistían y el ejemplo de las organizaciones de izquierda, en particular del MIR. Nuestras nociones elementales estaban regidas por el valor ético y digno de muchos caídos y la oposición consecuente a la Dictadura.

El amor a la libertad y a la justicia nos bastaba para sentirnos parte de la lucha de un pueblo. Por ello, en estos tiempos, en que muchos recuerdan, encontramos que son escasos los que se refieren a nuestra generación como parte de la historia popular y militante y más escasos aun los que abordan el tiempo de las protestas, las crisis internas y el advenimiento de los gobiernos “elegidos”.

Corrían los años 80, la experiencia en Neltume, pese a su aislamiento y aniquilación, se transformaba en un digno ejemplo para continuar la lucha. La seguidilla de acciones militares y milicianas entre el 79 y el 82 era un aliciente que demostraba que la lucha era posible La irrupción de vastos sectores populares a comienzos del 83, nos estimulaba a no decaer y a triplicar los esfuerzos dado que el triunfo de los sandinistas que, nos había ratificado que ninguna de sus tendencias tenía por sí sola la razón, nos señalaba los caminos futuros.

La muerte de hombres y mujeres que resistían y luchaban nos inspiraba para seguir su ejemplo amen del inmenso dolor que nos causaba. Esos caídos y las de muchos anónimos en las protestas populares que coreaban el “Pan, Trabajo, Justicia y Libertad” y el “Chile no se rinde caramba”, embargaban nuestras vidas para no separarse de nosotros y de nuestra acción.

Ese era el espíritu que nos guiaba y ese aliento determinaba nuestro quehacer en los liceos, en las poblaciones o en las universidades. No teníamos mucho que perder, pero con nuestra decisión y arrojo aspirábamos a alcanzar libertades y un mejor futuro. El sentimiento antidictadura teñía nuestras vidas de amor y rebeldía.

Quizás en la vorágine de los acontecimientos, guiados por nuestras rebeldías, con la certeza de que si no se lucha no se triunfa, no nos abocamos a la reflexión de los grandes problemas de la táctica y la estrategia.

Quizás, al estar armados de nuestras esperanzas no evaluamos las experiencias de Neltume, los levantamientos populares, los golpes represivos, los planes político-militares o las campañas. También es probable que ello lo delegáramos en los más experimentados, los más conocedores. Por ello, nos sorprendió la fragmentación, y seguramente ante el dolor provocado y como intento de aminorarlo, nos hicimos eco de prejuicios hacia quienes habían sido nuestros compañeros, que visto hoy con la distancia que otorga el tiempo, también nos duele.

Luego, fuimos actores y testigos de la desintegración; de la creciente disminución de la capacidad organizativa. Fuimos testigos de cómo un pueblo despliega enormes esfuerzos de lucha, aprende y persevera en su camino. Luego observamos, con impotencia, los acuerdos negociados entre la dictadura y sectores de la oposición “democrática”. Con impotencia vimos también, que nuestros vínculos sociales se debilitaban sin comprender las causas de fondo.

Eso es parte de nuestra historia como generación. Al igual que muchos, estamos orgullosos de nuestra historia, llena de pasión por cambiar el mundo. Quizás, podríamos ser los más duros críticos de los partidos políticos de entonces, de las organizaciones revolucionarias de ese tiempo y del MIR, en particular, pues nos correspondió “habitarlo” en medio de la más brutal represión, debilitadas, de alguna manera ya, sus capacidades de formación, con prácticas “verticales” y conspirativas como consecuencia de la política de exterminio desatada por la dictadura.

Percibimos, enormes esfuerzos de muchos, pero no suficientes para superar implementaciones artesanales de muchas políticas. También podríamos ser extremadamente duros con aquellos que entonces nos alentaban a seguir y hoy han renunciado a su propia historia, a nuestra historia. Podríamos criticar con rabia a las direcciones de todas las fracciones por su incapacidad para explicarnos los motivos de la división y sus consecuencias.

Pero creemos que no se trata de responsabilizar a otros por los errores de todos. La lucha social y política esta llena de requerimientos teóricos, políticos, materiales y también de experiencias y aprendizajes colectivos para confrontar escenarios en que los poderosos han acumulado no solo poder sino también conocimiento.

En cuanto a los errores propios, cierto es que unos tienen más responsabilidades, más historia, que en las militancias ocupábamos niveles orgánicos distintos. También es cierto, que muchos de nuestra generación fueron cooptados por el sistema, algunos andan en búsquedas de espacios donde transmitir su experiencia y los más, transitan los caminos de la apatía.

El mundo de hoy es distinto… el Chile de hoy es distinto, los pobres del campo y la ciudad se acrecientan. La construcción de alternativas para un Chile justo y solidario requerirá aprender de las lecciones que deja las experiencias de las luchas del pasado.

El camino es largo, la tarea por la cual cientos de militantes dieron sus vidas continúa vigente, las injusticias aún golpean sobre amplios sectores de nuestra sociedad. Los cambios registrados en el mundo y en nuestro país, imponen formular un nuevo paradigma para cumplir los sueños pendientes, ese es el desafío, hacia allá nos orienta el futuro.

La que persigue el calor
Que abraza y que da cobijo
La que renueva en sus hijos
Sus votos por algo mejor…
(Mi Generación, Pancho Villa)

Tomado de dilemas.cl
Por: Andrés Vera Q.

Academia de Guerra Naval: Armada chilena quiere borrar todo rastro de la “Colina del Terror”

Los crímenes cometidos por los militares chilenos durante el régimen pinochetista ya empezaron a ser castigados: algunos miembros del Ejército, Aviación y Carabineros han sido juzgados y condenados. No así los de la Armada, quienes tuvieron importante participación en el golpe de Estado contra Salvador Allende y en la represión que siguió. El mes pasado, el edificio de la Academia de Guerra Naval –centro de detención y tortura de la dictadura– fue derruido. Víctimas que sobrevivieron a la llamada “Colina del Terror” asumen que con esa demolición la Marina pretende borrar sus huellas criminales.

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En absoluto secreto, entre el 8 y el 10 de febrero pasados, la Armada chilena demolió el edificio en el cual hasta 2012 funcionó la Academia de Guerra Naval en Valparaíso.

Se trata del lugar desde el cual el almirante José Toribio Merino orquestó el golpe militar del 11 de septiembre de 1973; luego de eso, el inmueble fue convertido en centro de comando de las tareas represivas de la dictadura y en uno de los principales recintos de prisión y tortura en la región de Valparaíso.

La destrucción de la antigua Academia de Guerra Naval ocurre en momentos en los que el ministro en Visita Extraordinaria para Causas de Derechos Humanos, de Valparaíso, Jaime Arancibia, avanza en sus investigaciones, pues ya pudo identificar al equipo que en la Armada comandó y ejecutó las principales acciones represivas.

Esto ha causado preocupación en la Armada, que ha logrado mantener casi totalmente impunes los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura militar (1973-1990). En esto difiere de lo sucedido con criminales del Ejército, la Aviación y Carabineros de Chile, muchos de los cuales han sido procesados y condenados a partir de que estas causas se activaron, tras la detención de Augusto Pinochet, en Londres, el 10 de octubre de 1998.

“Palacio de la Risa”

La Academia de Guerra Naval era una construcción de acero y concreto, de cuatro pisos, ubicada en un promontorio en el Cerro Playa Ancha, de Valparaíso. Luego del derrocamiento del presidente Salvador Allende y la imposición de la Junta Militar, este edificio –donde normalmente se formaba a los oficiales navales– pasó a ser conocido popularmente como el “Palacio de la Risa”, irónica alusión a los angustiantes alaridos de dolor que día y noche surgían de ahí, producto de las torturas a centenares de detenidos.

La Academia de Guerra Naval –que en 2012 se trasladó a la vecina ciudad de Viña del Mar– se emplazaba en lo que las organizaciones de derechos humanos de Valparaíso han denominado la “Colina del Terror”, puesto que allí también está el cuartel Silva Palma, guarnición que tras el golpe sirvió como centro masivo de detención.

“Creo que al echar abajo la Academia de Guerra pretenden borrar la memoria de lo que ahí sucedió, pero claramente el pueblo mantiene su imaginario y, dentro de eso, la tarea es poder reconstruir los hechos.

“Lo primero que hizo la Armada fue asesinar y torturar masivamente al pueblo chileno.”

Es lo que señala en entrevista Eduardo Cabrera, Neco, exprisionero político y presidente de Cine Forum, y quien se ha convertido, quizás, en el más tenaz perseguidor de criminales de la Armada.

Cine Forum –que organiza desde hace una década festivales de cine de derechos humanos y de pueblos indígenas– y la Agrupación de Marinos Antigolpistas denunciaron públicamente (mediante comunicado del 18 de febrero pasado) la demolición silenciosa e inconsulta de ese centro de tortura y muerte.

“Vemos con estupor en este hecho el intento de borrar de la memoria aquel lugar donde se deliberó y fraguó el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973”, manifestaron.­

Además expresaron en su declaración la voluntad de perseverar en el esfuerzo por que el cuartel Silva Palma pronto sea declarado Sitio de Memoria Histórica por el Consejo de Monumentos Nacionales, y por lograr que toda la Colina del Terror sea declarada Zona de Conservación Histórica. Formalmente solicitaron esto el 20 de julio de 2016, y entregaron el expediente del caso este miércoles 8. Su carpeta fue foliada con el número 1557.

Neco, quien al momento del golpe era presidente del Centro de Alumnos de Filosofía del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, sede Valparaíso, y militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, expresa que “el alto mando de la Armada cree que botando edificios y quemando archivos se acaba su problema… pero hoy somos muchos los que estamos preocupados del tema de la memoria”.

Temerosos de que la demolición de la Academia de Guerra Naval, además de afectar la memoria histórica y el patrimonio, pudiera incidir negativamente en las numerosas causas por crímenes de lesa humanidad, Cabrera y otros expresos políticos y militantes de organizaciones de derechos humanos se reunieron con el ministro Arancibia, a quien le plantearon su inquietud.

Éste les expresó que “de ninguna manera” la citada demolición afectaría los procesos, puesto que él ya había hecho una inspección de la Academia de Guerra, y había hecho registros de los lugares que, según diversos testimonios, habrían sido utilizados para las detenciones y torturas.

Ante los cuestionamientos por la demolición, la Armada justificó su proceder mediante una declaración el 21 de febrero. Indicó que el edificio demolido había quedado “con daños estructurales” tras el terremoto del 27 de febrero de 2010.

Por lo mismo, y tras una serie de trámites administrativos, técnicos y legales –que no se especificaron–, habían establecido la necesidad de su destrucción, por considerarlo un peligro para la seguridad.

Ni la municipalidad de Valparaíso ni el Ministerio de Vivienda han respondido si sus organismos técnicos autorizaron la demolición, que necesariamente debió ser aprobada por ellos para cumplir con el ordenamiento jurídico relacionado con inmuebles ubicados en zonas de conservación histórica.

Crudos testimonios

El 14 de octubre de 2015 Arancibia inició proceso a 12 oficiales y suboficiales en retiro de la Armada por los delitos de tortura, secuestro calificado y asociación ilícita, cometidos contra Eduardo Cabrera.

Esta causa tiene el mérito de ser uno de los primeros autos de procesamiento por delito de tortura que alcanza a altos oficiales de dicha institución. Este tipo de crímenes fue ignorado por la justicia hasta hace unos cinco años, cuando se comenzaron a investigar con seriedad.

En aquel dictamen se establece que el 6 de abril de 1974, “aproximadamente a las 03:00 horas de la madrugada, Eduardo Cabrera Vásquez fue detenido en su domicilio particular por un contingente de efectivos de la Armada de Chile, sin existir motivo alguno para ello”.

Se añade: “Fue esposado y conducido en una camioneta hasta el Cuartel Silva Palma de la Armada en Valparaíso, lugar donde fue sometido a maltrato físico y psicológico, y fue obligado a permanecer por más de cinco horas de pie en un patio ubicado al interior del cuartel, siempre encapuchado. Cuando fue interrogado recibió descargas eléctricas en diversas partes del cuerpo, genitales, boca, orejas y extremidades, ello por medio de un objeto que se conocía con el nombre de Magneto”.

Cabrera señala en la entrevista que entre 5 mil y 10 mil personas pasaron por la Colina del Terror y otras dependencias utilizadas por la Armada como parte de las tareas represivas.

Dice que en los centros de estudios los rectores elaboraban listas con los estudiantes de izquierda, las cuales eran facilitadas a la Armada. “Estos estudiantes tuvieron que ir a firmar al cuartel Silva Palma, estar un par de días ahí, encapuchados, interrogados y fotografiados… y ahí se definía si los mantenían detenidos o si eran liberados”.

En entrevista con Proceso, Arancibia ratificó la veracidad de estos dichos. “Había listas de estudiantes que fueron interrogados en el cuartel Silva Palma. En algunos casos se llegó a los golpes, en otros no, la verdad es que hubo de todo, por eso es que hay que distinguir caso por caso”, expresa el magistrado.

La misma suerte corrieron miles trabajadores y dirigentes sindicales. “En el fondo, es el pueblo porteño –de Valparaíso– el que en su conjunto fue castigado por comprometerse en un proceso que afectó profundamente los intereses de la oligarquía”, señala Neco y asegura que la situación en el Silva Palma “era de una adversidad increíble: te enfrentabas a lo que ellos querían hacer contigo. Debías cooperar, entregar los elementos que ellos querían para su investigación, y si ellos no obtenían eso, significaba soportar los golpes, electricidad, siempre desnudo, en los genitales, en las orejas, en la lengua…”.

Este exprisionero, reconocido por sus pares por no haber realizado delaciones, recuerda que los equipos que aplicaban torturas estaban compuestos por entre seis y ocho personas: “Había mujeres… a mí me puso electricidad en los genitales una mujer que ahora está procesada: Gilda Ulloa, se llama”.

Narración anónima

El libro Estos mataron a Allende (1974), del periodista chileno Robinson Rojas, incluye el testimonio anónimo de un universitario que pasó por las mazmorras de la Armada, que entrega notables antecedentes sobre las torturas masivas perpetradas en la Colina del Terror y no ha sido integrado hasta ahora al expediente de la causa.

El testimonio fue publicado originalmente en el diario colombiano El Tiempo el 26 y el 27 de mayo de 1974, recogido por el columnista Daniel Samper Pizano, quien permanece activo en el periodismo.

“Fui detenido a mediados de octubre en el mismo recinto universitario donde estudiaba, donde asistía normalmente a clases. El rector designado por los militares permitía que los esbirros del Servicio de Inteligencia Naval se introdujeran en la universidad, y tengo la impresión de que el propio rector delataba a los estudiantes de izquierda. Con los demás detenidos nos llevaron a la Academia de Guerra Naval (…) Llegando se nos vendó los ojos y se nos hizo subir hasta el cuarto piso por las escaleras de hierro.”

Continuó el testigo: “Al subir escuchábamos gritos desgarradores; creímos que eran grabaciones para amedrentarnos, pero luego nos dimos cuenta de que eran gemidos auténticos de los torturados. Nos metieron en una pieza y nos obligaron a permanecer de pie, con las manos en la nuca, sin hablar. El que se movía o hablaba era lanzado al suelo, donde le daban culatazos y lo pateaban. Allí permanecimos toda una tarde, en espera de que nos llamaran para interrogarnos. Nos sorprendieron hablando y nos castigaron brutalmente, pero así pude saber que en esa sala ya había personal de la Aduana que estaba siendo torturado.

“El primer día sacaron a mucha gente que había llegado antes: los de la Aduana, el profesor de literatura y el cura católico. No volvieron más. Después sorprendí a un guardia que comentaba con otro: ‘El cura se les fue cortado, lo van a hacer aparecer como suicidio’.”

Cabe señalar que, tal como se ha podido acreditar en la investigación judicial del caso Woodward que ahora lleva el ministro Arancibia, el sacerdote chileno-británico Miguel Woodward murió a consecuencia de las torturas perpetradas en la Academia de Guerra y en el buque-escuela Esmeralda, aplicadas tras ser secuestrado de su domicilio en Valparaíso la noche del 16 de septiembre de 1973.

Como la Academia de Guerra, desde el 11 de septiembre de 1973 el Esmeralda se convirtió en un centro de detención y tortura. Esta situación, denunciada en aquel tiempo por familiares y víctimas, fue ratificada a lo largo de los setenta en diversos informes de la Organización de Estados Americanos, del Senado de Estados Unidos y de Amnistía Internacional.

Continúa el relato publicado en El Tiempo:

“Al segundo día fui interrogado: permanecí torturado durante más de tres horas. Me desnudaron y me golpearon con manos y pies por todo el cuerpo. Parece que los interrogadores eran muchos. Luego me aplicaron corriente en los testículos (…) Durante todo el interrogatorio me tuvieron con los ojos vendados y las manos esposadas. Con las contracciones musculares por la electricidad, las esposas se cerraban cada vez más y me rompí las muñecas hasta el hueso. A estas alturas del interrogatorio ya no sentía dolor. Solamente me daba cuenta de que me estaban quemando con electricidad.

“Al término del interrogatorio, que perseguía saber si había armas en la Universidad, me llevaron a otra sala donde me sacaron la venda para que pudiera caminar; pero me caía al suelo y me hicieron arrastrarme hacia otra sala, donde yacían los torturados. Había allí un profesor universitario que conocía de vista, que estaba con todo un lado del cuerpo negro de los hematomas y le habían perforado el tímpano, por lo que el dolor le hacía aullar; los restantes estaban todos tanto o más golpeados que yo. Muchos tenían las costillas rotas y no podían siquiera respirar. Ninguno podía caminar; tenían fracturas en los huesos de las piernas, por golpes y por las contracciones musculares producidas por la corriente.

“Había muchas mujeres tan golpeadas como nosotros. A las mujeres las habían violado en forma bestial; estaban desgarradas internamente y sangraban con profusión. Una se quejaba continuamente; le habían introducido un objeto cortante en la vagina y parece que le había traspasado el peritoneo. Entre los que estaban, algunos dijeron haber reconocido a los interrogadores: ‘Eran infantes de marina de los que han sido preparados en las bases norteamericanas en Panamá’.”

SICAJSI

A partir del 11 de septiembre de 1973 la Armada creó el Servicio de Inteligencia de la Comandancia de Área Jurisdiccional de Seguridad Interior (SICAJSI), formado por funcionarios de la Armada, de Carabineros (policía uniformada) y de la Policía de Investigaciones. Dependía directamente de la Primera Zona Naval, con sede en Valparaíso.­

El jefe de SICAJSI fue el capitán de navío Sergio Barra von Kretschmann, secundado por Héctor Trobok, coronel de Carabineros. Ellos reportaban al jefe de Estado Mayor de la Armada, Guillermo Aldoney.

En auto de procesamiento del 8 de mayo de 2015, mediante el cual Arancibia sometió a proceso a 18 exoficiales y suboficiales de la Marina y Carabineros por su responsabilidad en la muerte de Woodward, se fija el papel de la Academia de Guerra en las tareas represivas cumplidas por la Armada en los albores de la dictadura.

“Luego del 11 de septiembre de 1973, la Armada de Chile puso en marcha, con ciertas modificaciones, un Plan Antidisturbios, también denominado ‘Plan Cochayuyo’, ideado aproximadamente a comienzos de 1973 y que tenía, entre otros objetivos, detener la acción insurgente a sus designios, mantener el orden público y obtener el control absoluto de la población, especialmente de la Quinta Región (de Valparaíso).”

Allí se añade que “por orden de la Comandancia en Jefe de la Primera Zona Naval se instaló físicamente en la Academia de Guerra Naval, ubicada en Valparaíso, el denominado SICAJSI”, razón por la cual la citada academia suspendió en aquel tiempo “las labores de educación que le eran propias, para albergar al organismo antes referido”.

“La función principal era la de desbaratar los grupos contrarios al régimen militar instaurado en el país, procediendo para ello a ordenar la captura de personas militantes o afines a algún partido político o movimiento de centro, izquierda o revolucionario, y su posterior traslado a unidades controladas por la Armada o pertenecientes a ésta, habilitados como Centros de Detención e Interrogatorio.”

En entrevista con Proceso, Arancibia ratifica que ya está comprobado que el SICAJSI operó en la Academia de Guerra.

*El reportaje fue publicado en Proceso, México.

Tomado de radio.uchile.cl
Por: Francisco Marin

Aprender de la vida de nuestros muertos

Hace ya muchos años, emprendí una investigación sobre desaparición forzada de personas en Chile. Por ese entonces estudiaba en Francia y esa investigación devino tesis de doctorado. Un tiempo considerable fue necesario para dar la tesis por terminada. Y fue ahí, una vez el escrito concluido, sin ninguna posibilidad de cambiar ya una coma, que me asaltó una duda. ¿No me había equivocado de trabajo? ¿Era válido analizar la forma en que se mató en Chile sin prestar la misma atención a la vida?

Si bien esta dimensión no estaba ausente de la investigación, de pronto me parecía que no ocupaba el lugar adecuado. Que la vida había quedado desplazada hacia un lugar marginal, siendo que era central. Al menos por dos razones igualmente importantes: porque esa vida contenía la explicación de la muerte; porque esa vida, al igual que un libro abierto, contenía en potencia múltiples enseñanzas para quien supiera leer. Yo no había sabido.

Inicio esta reflexión con una mención personal, para que quede claro que yo tampoco hice lo que, en esta columna, quisiera reclamar como urgente y necesario, pero ¿a quién? ¿A quién podría reclamarle? A nadie, porque las personas hacen lo que está a su alcance en una coyuntura determinada y eso es todo.

La idea se me presentó nuevamente hace unos días, cuando gracias a la recomendación de una amiga, pude ver, desde Buenos Aires, el documental “Guerrero”, dirigido por Sebastián Moreno y dedicado a Manuel Guerrero Antequera. Primero, me di cuenta que desconocía las posiciones que tomó en su juventud tras el asesinato de su padre. Segundo, me di cuenta que a Manuel Guerrero Ceballos solo lo conocía como muerto, en una asociación inmediata e ineludible con las circunstancias de su asesinato. Lo primero me resultaba relativamente perdonable. Lo segundo, no.

¿Cómo fue que no me interesó saber quién era en vida Manuel Guerrero Ceballos? Sin duda, no ignoraba que era un militante comunista. ¿Y luego? ¿Podía esa expresión darme alguna información crucial sobre el hombre que fue Manuel Guerrero? No. Sin duda el hecho de que haya sido un militante, un dirigente comunista, es un elemento importante, importantísimo, pero no se agota en sí mismo. Ese dato pide ser desmenuzado. Desarrollado. Narrado. Dado a conocer en sus múltiples episodios, vale decir, en las múltiples decisiones que tomó Manuel Guerrero a lo largo de su vida. Desde ese punto de vista, el documental entrega elementos, pero no es su propósito. No tiene como eje de su narración al padre sino al hijo y, más precisamente, una filiación: lo que uno hace y es capaz de construir en torno a sus filiaciones, a sus amores, a sus dolores, a-sus-esperanzas-a-pesar-de-todo.

¿Quién escribirá la historia de los muertos cuando estaban vivos?

Mucho se ha escrito en Chile, y sobre esto también. No lo ignoro. Algunas experiencias, que no necesariamente han elegido la forma escrita, se han interesado también por la vida. Pero ninguno de esos trabajos tiene la visibilidad que han podido alcanzar otros emprendimientos cuyo eje es la muerte.

Por otra parte, el elemento propiamente político sigue incomodando. Más bien, no se termina de “acomodar”. Pocos son los relatos que, como los del propio Manuel Guerrero Antequera, apuntan al nexo.

Hace unos días Manuel publicaba en su Facebook: “Rafael, Eduardo, Paulina, Santiago, José Manuel y mi padre eran personas de acción. Con sensibilidad, reflexión, estudio, sí. Pero de acción. Por eso los mataron. Porque no se quedaron rumiando la derrota. Le hicieron frente, sin miedo. Con amor y coraje”.

Sin duda, hay que buscar en la vida la explicación de la muerte. Pero, también, hay que buscar esa vida por la vida. Porque gracias a ella, podemos seguir aprendiendo. No de historia. Precisamente, de política. En todos los sentidos. Así entiendo el mensaje de Manuel Guerrero Antequera. Y así entiendo el mensaje de Manuel Guerrero Ceballos cuando –tras una primera detención y tras su exilio– decide volver a Chile a pesar del peligro que esto representa.

Así también entiendo el mensaje de Horacio Maggio, que después de su detención en la ESMA y tras su fuga, escribió informes que dio a conocer, y que luego fueron elementos centrales para determinar qué es lo que estaba ocurriendo en ese centro clandestino. Tras su fuga, la patota de la ESMA fue en su búsqueda. Se dice que cuando lo estaban por apresar nuevamente, Horacio Maggio se defendió a piedrazos.

Ese hombre que no se entrega, ese hombre que hasta el último minuto lucha por su libertad, y que previamente luchó en nombre de la justicia social, tiene en sus manos una clave. Una clave que hay que poder tomar para remontar el hilo y no quedarnos ni en tal escena ni en tal otra. Ni en tal palabra ni en tal otra. Porque las palabras sueltas no cuentan. Ni siquiera las palabras militante, comunista, socialista, mirista, montonero, combatiente. Tampoco las palabras héroes, mártires, víctimas. Es necesario examinarlas, ver de qué materiales están hechas. Luego, hilvanar. Volver visible el tejido.

Pablo Neruda escribió en uno de sus poemas que “conocer una vida no es bastante, ni conocer todas las vidas es necesario”. Por eso, hay que desentrañar. Rascar a fondo.

Que cueste tanto instalar una interrogación sobre la vida de estas personas que conocemos, principalmente, como muertos, debería llamarnos la atención. Pero también el hecho –tremendo– de la invisibilidad que tienen socialmente aquellas personas que están vivas y cuyas experiencias de acción, de decisión, de militancia y/o participación, de trabajo activo, en sus respectivos ámbitos de lucha previos al golpe de Estado (fuera el que fuera, desde ya, las fábricas, pero también la universidad, también el periodismo, también los barrios), no es percibida como relevante, ni menos como parte necesaria de una educación.

Muchas veces se recurre a estas personas como testigos de experiencias de terceros (en particular, en escenarios judiciales, sobre prisión y muerte). ¿Qué pasa con sus propias experiencias? ¿Por qué no se les pregunta por ellas mismas? ¿Cuáles serían los escenarios adecuados? ¿Los interlocutores adecuados? ¿Para pensar qué?

Algunas sugerencias. ¿Qué es lo que hace que, en determinados momentos, ciertas personas sienten que “pueden”? Que pueden transformar una situación. ¿Ser vector de cambio?

Recuerdo, hace unos años, en el taller “Anhelos”, en Valparaíso, un diálogo sobre estos temas. Una persona contaba de qué manera había entendido la importancia de la palabra solidaridad. Y al narrarlo no mencionaba ningún libro de autor famoso, ninguna tesis de sociología, ninguna columna de diario, sino una experiencia familiar, en el contexto de una huelga obrera.

Porque, claro, no se trata de contar cualquier aspecto de la vida, sino precisamente ese. El que hoy molesta. El que hoy genera rechazo. El que dice relación con la cosa política. O más precisamente, y como bien lo dice Manuel Guerrero A., con la acción.

Voy a dar un ejemplo con el que me siento cierta libertad para expresarme. Jorge Cedrón, cineasta argentino, amaba a los animales. Particularmente a los perros y a los caballos. Sin lugar a dudas completa la representación que uno puede hacerse del tal Jorge, saber que amaba los animales. Pero si Jorge pudo en algún momento volverse peligroso para los militares argentinos, no fue por motivo de estos amores, sino más bien por otra forma de amor que lo llevó a interesarse por el destino de hombres en lucha y a registrar sus vivencias. A filmarlas. Y a partir de ahí, a adentrarse en un terreno movedizo donde, desde siempre, mandan los mismos. Cuando Jorge Cedrón se propuso filmar la película “Operación Masacre”, en base a la investigación de Rodolfo Walsh, no contaba con los medios para hacerla. En rigor, no podía. Sin embargo, pudo.

Es ese “poder” que habría que seguir indagando. Poder cuando todo dice que no se puede. Por eso digo que tenemos todavía mucho que aprender de la vida de nuestros muertos… y de nuestros vivos.

Tomado de radio.udechile.cl
Por: Antonia García C

La memoria de las Arpilleras

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El rescate de los Sitios de la Memoria tiene múltiples y diversas formas de expresión y acción, realizadas en forma autónoma o vinculada con instituciones, pero todas ellas orientadas a la construcción de la Memoria Histórica y estas diferentes acciones se complementan unas con otras.

El objetivo de esta crónica es dar a conocer el trabajo realizado por el Taller de Arpilleras de la Memoria, quienes desarrollaron un proceso colectivo durante un año y medio destinado a plasmar sobre Arpilleras imágenes “fotográficas” que permanecen latentes en la memoria de las y los protagonistas de las mismas.

IMG_0711.JPGEstas imágenes se van haciendo cada vez más nítidas en el transcurso de las jornadas de trabajo, a través de los relatos e intercambios de experiencias, transformándose las sesiones en verdaderas experiencias pedagógicas populares.
Este enriquecedor proceso de construcción de memoria es el que se estampa sobre la tela. Los diferentes elementos que componen la imagen de la Arpillera representan, de esta manera, un trozo de memoria viva.

El grupo funcionó algunos meses en el recinto de la ex cárcel de Valparaíso, pero durante todo el año 2017, gracias a la muy buena disposición de los funcionarios y funcionarias del PRAIS Valparaíso San Antonio, han desarrollado el Taller en el local ubicado en Tomás Ramos y continuaran un nuevo ciclo el mes de marzo del 2018, con el objetivo de trabajar en nuevos Sitios de Memoria. Este año se determinaron dos Sitios de Memoria, ellos son el Cuartel Silva Palma y la Cárcel del Buen Pastor.
Distintas integrantes del Taller de Arpilleras de la Memoria nos contaron las motivaciones, la historia y el contenido de los trabajos realizados.

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La Monitora del Taller, María Alicia Salinas, ex Prisionera Política de Tres y Cuatro Álamos, nos contó que: “La arpillera que yo hice la titulé “La Colina del Terror” y traté de plasmar en ella todos los elementos que la hacen merecedora de ese nombre. Ahí está la Academia de Guerra, ahí está el Silva Palma, ahí está la palmera típica del Silva Palma. También hay una parte del Silva Palma que nosotras no la consideramos en las otras arpilleras y es lo que está detrás del Cuartel, por ejemplo las escaleras que llevaban a “los nichos”, que era donde castigaban a los compañeros y compañeras. Eran como unos túneles. Después más acá está la cancha de fútbol, que es como un punto de referencia. Este otro elemento es un galpón donde torturaban, una especie de casa metálica. En esta otra parte hay una conexión entre el Silva Palma y la Academia de Guerra.”

Gabriela, otra integrante del Taller de Arpilleras por la Memoria nos relató “Mi arpillera tiene como tema central la niña en prisión, la hija de la Silvia Lillo, la Laurita, que estuvo presa en el Buen Pastor. Esta situación tan dramática es la que me motivó a plasmarla en la arpillera.”

María Alicia Salinas, explicó todo el proceso llevado adelante en este año y medio de trabajo de memoria, expresando:

“ (…)habíamos hecho un compromiso de trabajar buscando apoyar a las agrupaciones, o a los grupos de compañeros que estaban tratando de que se reconocieran los Sitios de Memoria de Valparaíso (…) A nosotras nos pareció que podía ser un aporte el que trabajáramos con estos grupos y en dos Sitios de Memoria: el Silva Palma y el Buen Pastor. Nosotras, con las compañeras que hemos estado trabajando esta cosa del bordado, de las arpilleras, Silvia en las Arpilleras de la Memoria conmigo, y Walkiria en las Bordadoras de la Memoria, somos parte de un grupo de sobrevivientes de Tres y Cuatro Álamos y hemos tratado permanentemente de levantar lo que fue el trabajo de los talleres laborales en los Campos de Concentración que hubieron aquí en este país.”

IMG_0710-0.JPGCuartel Silva Palma en Valparaíso

María Alicia Salinas, puntualizó también algunos aspectos fundamentales en relación con la definición del trabajo que realizan, manifestando:

“A mí me gustaría insistir en algunas ideas. Las Arpilleras surgen en el año 1974, cuando estando nosotras detenidas, nuestras madres, nuestras compañeras, las esposas que andaban buscando a sus maridos, tuvieron necesidad de resolver algunos problemas económicos, ya que muchas eran jefes de hogar, y también tuvieron la necesidad de contar lo que estaba pasando y ellas empezaron a hacer las Arpilleras y les llamaban “Las Fotos”.
Eran fotos de la realidad, por eso hay arpilleras donde aparece una fábrica y dice “fábrica cerrada”, otra de un comedor popular, comprando juntos, olla común, o de lo que estaba pasando. Esto surge el 74 cuando surge el Comité Pro Paz, que fue la primera organización que se preocupó en este país de poner abogados y apoyar a los familiares que andaban buscando a sus familiares detenidos. Esto es muy importante que nosotras lo tengamos siempre presente, porqué después hay una serie de variaciones (…)

Las arpilleras que hicieron las familiares tienen un elemento en común y es que las figuras son todas planas y por eso nosotros hacemos la figura plana y yo he insistido mucho en eso(…) Los familiares, fuera de la cárcel, siempre hicieron la figura humana plana, pegada. El trabajo nuestro tiene más que ver con un homenaje a las que iniciaron esto, a las que primero tuvieron que empezar a buscar a sus familiares.”

El Taller de arpilleras de la Memoria está compuesto por: María Alicia, Dana, Alicia, Gabriela, Claudia, Cecilia, Luis, Nora, Marisa, Paula, Silvia y Valeria y el pasado día viernes 15 de diciembre se realizó la ceremonia de clausura del año 2017.

Alrededor de setenta personas, incluyendo niños y niñas, estuvieron presentes en este acto de finalización del Taller de Arpilleras y pudieron observar de cerca estos maravillosos trabajos de memoria latente, estampados sobre las Arpilleras.

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Tomado de resumen.cl
Por: Guillermo Correa Camiroaga

Aportando a la Historia: los héroes (olvidados) de Septiembre

Nombres y eventos para reconstruir la Historia, la verdadera, aquella que tiñe de amarilla vergüenza a las fuerzas armadas chilenas

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Nadie duda que toda ‘historia oficial’ la escribe el vencedor. En esas páginas los ‘héroes’, los ‘buenos y honrados’ pertenecen al bando triunfador; los otros, los perdedores, definitivamente forman parte del lote de ‘los malos’, de los olvidados.
Eso ocurrió con los ‘vencedores de septiembre’; escribieron la historia oficial de acuerdo a sus intereses y propósitos, echando tierra sobre quienes quisieron detener la tragedia desde el interior mismo de las fuerzas armadas y, en algunos casos, pagaron con sus vidas tal intento.
En la medianoche del día 26 de julio de 1973, el Edecán Naval del presidente Salvador Allende, comandante Arturo Araya Peeters, fue asesinado por un francotirador que le disparó desde algún lugar frente a su domicilio. Se trató de un asesinato planificado para ir sentando, al interior de la marina de guerra, los principios que regirían el sanguinario golpe de estado del martes 11 de septiembre. Fue el segundo aviso entregado por los sediciosos y golpistas de ultraderecha (el primero había sido el asesinato del general René Schneider el año 1970).
El golpe de estado fracturó definitivamente a las fuerzas armadas, ya que no es completamente cierto aquello que asegura la mentada ‘historia oficial’ en cuanto a la publicitada ‘unidad interna’ decidida a prostituir juramentos y emporcar su propia dignidad.

Hace escasos días, falleció el comandante (FACH) Ernesto Galaz, detenido y torturado por ser leal a la Constitución. En entrevista concedida el año 2013 al diario El Mercurio, afirmó que “antes del 11 de septiembre de 1973, entre la oficialidad de las Fuerzas Armadas había un 10% que se oponía a un movimiento militar contra el gobierno de Salvador Allende y otro 10% de los oficiales tenía ‘una inquina enorme’ contra la UP. El 80% restante, era gente que no apoyaba ni a unos ni a otros, y después de ese día se quedaron con los que ganaron”.

Otro general constitucionalista, Joaquín Lagos Osorio, abandonó el ejército en 1974, a pocos meses de las matanzas del norte de Chile. Fiel a los principios de un militar de la vieja guardia, el uniformado pasó a retiro espantado por los atropellos a los derechos humanos que le tocó presenciar. Así, a partir de octubre de 1973 se convirtió en uno de los militares disidentes que más pruebas poseía respecto a que Pinochet tenía responsabilidad penal sobre la muerte de 56 personas en el norte de Chile -el caso de la caravana de la muerte-, que tuvo al ex dictador chileno a las puertas de ser sometido a proceso.

Hubo muchos uniformados que sufrieron torturas y encarcelamiento por negarse a participar en hechos luctuosos y en el golpe mismo. No todos fueron oficiales, también hubo conscriptos, como el caso del soldado Michel Selim Nash que se negó a obedecer órdenes de oficiales golpistas; sufrió brutales torturas y murió fusilado en Pisagua en octubre de ese mismo año 1973.
La lista de héroes del ejército continúa con casos de valientes uniformados que se enfrentaron a los golpistas defendiendo la Constitución, las leyes y la democracia. Estos son algunos de esos bravos hombres.
• Capitán Osvaldo Federico Heyder Goycolea, asesinado en 1975 por la DINA
• Luis Iván Lavanderos Lastate, Mayor (37 años), asesinado el 18 de octubre de 1973 en Santiago, presumiblemente por auxiliar a prisioneros del Estadio Nacional.
• Cabo 2° Manuel Nemesio Valdez, detenido el 18 de noviembre de 1974 en Escuela de Caballería de Quillota. Detenido Desaparecido.
• Juan Calderón Villalón, Oficial de Marina. Asesinado el 29 de septiembre de 1973 en Pisagua. ​
• Juan Jiménez Vidal, Oficial de Marina. Asesinado el 29 de septiembre de 1973 en Pisagua.
• Alberto Salazar Briceño, Oficial (R) de la Armada. Asesinado el 23 de junio de 1979 en Concepción. ​
• Juan Cárdenas, sargento, torturado y exiliado. ​
• Rodolfo Alfaro Repfening, Sub-Oficial, torturado, dado de baja y exiliado
• Víctor López, detenido, torturado y exiliado. Luego, junto a otro ex marino también torturado y exiliado –Hugo Maldonado- formó COPEA (Coordinadora del Personal Exonerado de la Armada).
Entre las víctimas (torturadas, expulsadas de la institución, e incluso –algunas- asesinadas) pertenecientes a la Fuerza Aérea de Chile (FACH) se encuentran:
• General Alberto Bachelet, padre de la presidente Michelle Bachelet, muerto durante el periodo de privación de libertad.
• General Jorge Poblete.
• Coronel Carlos Ominami Daza, padre del ex senador Carlos Ominami.
• Coronel Rolando Miranda.
• Capitán Jorge Silva.
• Capitán Ernesto Galaz
Además, un total de 150 carabineros ‘constitucionalistas’ fueron exonerados o dados de baja por la institución. Varios de ellos detenidos y torturados. Y en la Policía de Investigaciones también hubo decididos defensores de la Constitución y las leyes, como fue el caso del Prefecto Juan Bustos, detenido en abril de 1974 y asesinado por la DINA el 2 de mayo de ese mismo año. Antes de aquello, el subprefecto Raúl Bacciarini había sido fusilado el 22 de septiembre de 1973 junto a otras cinco personas en el puerto de San Antonio.
En el año 1977, de los los 24 generales de ejército que habían participado en el golpe de estado junto a Pinochet, sólo 5 quedaban en servicio activo. Todos aquellos que podían “hacerle sombra” al dictador (como el general Óscar Bonilla Bradanovic, por ejemplo) habían sido llamados a retiro… o habían muerto en circunstancias extrañas, en las que siempre estaba presente la mano del coronel ‘Mamo’ Contreras y la DINA.
Pero los “héroes de septiembre”, los verdaderos, no fueron solamente uniformados. Los componentes de la Junta Militar golpista, Pinochet, Merino, Leigh y Mendoza, apostaban por el exterminio total de toda huella de izquierdismo, y con mayor razón si este había mostrado rasgos de heroicidad en los enfrentamientos con las tropas regulares del ejército, la fuerza aérea, la armada y carabineros.

La heroica defensa de La Moneda el martes 11 de septiembre de 1973, fue uno de los hechos que los cuatro generales golpistas deseaban evitar que llegase a conocimiento de la opinión pública.
Veintiún civiles, mal y escasamente armados, mal entrenados la mayoría de ellos (o sin entrenamiento militar ninguno, en el caso de los asesores del Presidente), aislados y carentes de apoyo logístico, no sólo mantuvieron a raya durante seis horas a tres regimientos completos que atacaban armados con ametralladoras, bazukas y tanques (Tacna, Buin y Blindado), sino, además, provocaron bajas severas en las filas uniformadas disparando desde los balcones de La Moneda, ayudados exclusivamente por una decena de francotiradores leales al gobierno, apostados en los edificios aledaños a la Casa de Toesca.

‘La Guardia no abandona al Presidente’ (al menos, una parte de ella lo cumplió a cabalidad –detectives– ya que la otra parte –carabineros– se retiró del lugar a media mañana), y el GAP tampoco abandonó… esos fueron los héroes de La Moneda que defendieron con sus vidas la institucionalidad democrática, la Constitución Política y la Presidencia de la República (olvidados y menospreciados por las dos coaliciones que conforman el duopolio: Chile Vamos y Nueva Mayoría).
Quizá, debido a la vergüenza, el coronel Joaquín Ramírez quería ‘fusilar en el acto’, allí, en calle Morandé, a los defensores de La Moneda, quienes por irrestrictas órdenes del Presidente de la República habían depuesto las armas.

Los 21 prisioneros fueron fusilados en Peldehue (Fuerte Arteaga) el 13 de septiembre de 1973. Sus restos en sacos –según el testimonio del suboficial Eliseo Cornejo, testigo de los luctuosos sucesos– habrían sido lanzados al mar desde un helicóptero Puma.

La Historia ya está recogiendo estos eventos junto a muchos nombres de valientes defensores de la democracia y de la Constitución. Ellos son los verdaderos “héroes” de septiembre.

Por : Arturo Alejandro Muñoz
@aralmu