“Buscando a Franco” Verdad, justicia y reparación

El diario.es ha publicado por entregas escritas la novela “Buscando a Franco” aquí va el Decimoséptimo capítulo.

Imagínate que eres familiar de una víctima del franquismo. Que a tu padre, tu tío, tu abuelo o abuela, lo detuvieron, golpearon, encarcelaron, raparon, violaron, torturaron, asesinaron de un tiro en la cabeza, enterraron en una fosa. Que has tardado setenta u ochenta años en encontrar su cuerpo. Que no lo has encontrado todavía. Y ahora imagina que llega alguien y te dice que tiene el cadáver de Franco en el maletero del coche. Y que te lo da, sin que nadie se entere. Para que hagas con él lo que quieras. Lo que quieras, sin que te pase nada. Tirarlo a la basura, quemarlo, echarlo a los perros, al mar o a una fosa anónima como la de tu abuelo. Lo que quieras. Usarlo de saco de boxeo, de diana para hacer puntería. Golpearlo, pisotearlo, escupirlo, mearlo. Lo que quieras. Dime, ¿qué harías con él?

Eso iba yo pensando hace un rato, cuando conducía hacia este pueblo. ¿Qué haría yo si fuese uno de esos familiares? ¿Qué haría si tuviese delante al principal responsable de su sufrimiento? O lo que queda de él, más bien.

Mientras conducía anoche desde Despeñaperros, escuchaba en la radio a Emilio Silva, nieto de fusilado y presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Silva contó que precisamente ahora estaba en una fosa recién abierta. Dijo el nombre del pueblo. Paré en una gasolinera, pedí un mapa de carreteras, busqué el pueblo. A más de doscientos kilómetros de donde me encontraba. Dormí un par de horas porque no me tenía en pie. Después reanudé la marcha, y puse rumbo hacia el pueblo, la fosa. Acabo de llegar, son las once de la mañana.

Encuentro a un par de ancianos en la plaza. Les pregunto si saben dónde está la fosa del franquismo, y me miran con severidad. Dicen que no lo saben. Mienten, y mienten muy mal. Pruebo en el ayuntamiento, y una funcionaria me indica cómo llegar, no está lejos.

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Dejo el coche, camino siguiendo la antigua carretera, me acerco al cementerio. Ahí están, junto a la tapia. Un puñado de mujeres y hombres, todos silenciosos y cariacontecidos, rodean la fosa que ya está abierta. Bajo un toldo para sombra, varios jóvenes rascan la tierra alrededor de los huesos. Cuento quince cuerpos, todos en los huesos, muy juntos, encajados unos con otros. Siento frío. Lo llamo frío, por ponerle nombre. Después de varios días dando tumbos con un cuerpo embalsamado y a medio descomponer, de pronto la visión de estos cadáveres me hace muy real, dolorosamente real, su condición de muertos. Un día fueron hombres, mujeres, jóvenes, ancianos. A mi lado, una vecina les da cuerpo, rostro, nombre:

–Ahí están mis dos tíos abuelos, los hermanos de mi abuela. Eran hijos del alcalde republicano. Mi abuela vio cómo los subían a un camión. Los tuvieron un mes en la escuela, que usaban de cárcel. Mi abuela les llevaba de comer, hasta que un día el guardia le dijo que no volviera, que ya no hacía falta. No sabíamos el sitio exacto, pero mi abuela se pasó la vida trayendo flores frescas, y después siguió mi madre, hasta hoy. Según el forense, tienen huesos rotos a golpes.

Sobre una mesa veo los objetos que van rescatando de la fosa: botas embarradas, una hebilla, botones, un lápiz, unas gafas sin cristal, casquillos de bala.

He dejado el cuerpo de Franco en el coche. Me parecía excesivamente dramático presentarme en la fosa llevando en brazos la momia. De pronto me parece irreal, hasta dudo de que siga en el maletero. ¿Lo habré soñado todo? Recuerdo los últimos días con una neblina de irrealidad, como si hubiese estado borracha.

Llega a la fosa un grupo de jóvenes. Me entero de que son estudiantes norteamericanos, vienen en verano como voluntarios, trabajan en fosas y así conocen el movimiento de recuperación de la memoria en España. Una mujer con acento sevillano, Paqui Maqueda, que dice llevar quince años abriendo fosas y pertenece a la asociación Nuestra Memoria, les cuenta su propio caso:

–A mi bisabuelo Juan lo asesinaron con 72 años, al poco de tomar los fascistas mi pueblo, Carmona. A uno de sus hijos, mi tío abuelo Pascual, lo asesinaron cuando intentaba escapar tras ser detenido y torturado. Otros dos hijos suyos, también tíos abuelos míos, Enrique y Juan, pasaron años en cárceles y campos de concentración. A los pocos días de asesinar a mi bisabuelo, le dijeron a su hija que le incautaban la casa, y la echaron a la calle con toda su familia.

¿Qué diría esta mujer si supiese que traigo el cadáver de Franco? ¿Qué querría hacer con el responsable del sufrimiento de su familia? Como si me hubiese oído, me responde indirectamente al conversar con uno de los estudiantes, que ha dicho que cuando el gobierno exhume a Franco deberían tirarlo a una fosa anónima, como hizo él con sus víctimas. Ella lo rechaza con expresión grave:

–No. Nosotros no podemos hacer eso, nosotros somos distintos. No queremos eso, ni para los nuestros ni para nadie. Si yo tuviese el cadáver, se lo entregaría a su familia. Dejarlo en una cuneta es atroz, sería darle el mismo trato que hemos recibido. No lo haría por dignidad, y por convicción democrática. Si algo marca la diferencia con el fascismo son los derechos humanos. Nadie tiene derecho a hacer eso con el cuerpo de nadie, por muy hijo de puta que haya sido y por mucho daño que haya dejado. Nunca hemos buscado venganza, sino justicia. Verdad, justicia y reparación.

–¿Y si…? –me atrevo por fin a hablar–. ¿Y si… tuvieseis delante el cadáver de Franco? ¿Qué le haríais?

Todos me miran como a una loca. Menuda pregunta, Carmela, a quién se le ocurre. -No sé… Imaginaos que desapareciese de su tumba, y de pronto lo encontraseis. Ya sé que es una pregunta un poco… rara. Pero… ¿No os entrarían ganas de… hacerle algo?

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La respuesta me la da otro hombre, que se une a la conversación, y que resulta ser el mismo Emilio Silva que oí anoche en la radio: –A unos huesos no podemos ya pedirles cuentas, ni juzgarlos. Sí podemos hacerlo con los dirigentes y policías franquistas vivos. Por eso nos fuimos hasta Argentina, buscando la justicia que aquí nos niegan. Y las cuentas se las tenemos que pedir a quienes en democracia no han querido resolver la situación de miles de desaparecidos, la anulación de los juicios de la dictadura, la indemnización a las víctimas o la restitución de lo expoliado.

–Esta fosa –dice Paqui Maqueda, señalando los cadáveres–. Esta fosa no es un problema del franquismo. Dejó de serlo hace más de cuarenta años. Es un problema de la democracia.

–Y cuando saquen a Franco –continúa Silva– no se acaba el problema. Es algo simbólico, sí, y muy importante. Pero hace falta mucho más. Un plan nacional de búsqueda de desaparecidos. Lo que hagan con sus huesos no alivia la angustia de los familiares, sobre todo los de más edad, que temen morir sin haber encontrado a los suyos, como tantas mujeres y hombres han muerto en cuarenta años de democracia sin enterrar con dignidad a sus familiares.

Es hora de comer, los voluntarios salen de la fosa, se sacuden la tierra, se echan agua por la cabeza. Los vecinos vuelven al pueblo en silencio. Yo me voy al coche, a seguir mi camino, más confundida que cuando llegué, pero también con algunas cosas más claras.

Tomado de: eldiario.es
Por: Isaac Rosa e ilustrada por Manel Fontdevila.

Puedes leer “Buscando a Franco” aquí
https://www.eldiario.es/buscandoafranco/caudillo-maletero_6_794830540.html

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La frente pintada de rojo: La masacre de la Población Roosevelt de Recoleta

El segundo domingo de Augusto Pinochet en el poder, los habitantes de una población entera son detenidos en un allanamiento. Al día siguiente, 12 personas son encontradas muertas en la Panamericana por un conductor de camión recolector de basura. ¿Qué pasó en la población Roosevelt?

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A Jorge Pinto Esquivel lo van a buscar primero a su casa en la calle 3 norte, en ese barrio obrero sin nombre entre el regimiento Buin y la avenida Valdivieso, en Recoleta, Santiago. Allí no lo encuentran porque, como todos los días, había salido a vender frutas, verduras y aceitunas en su carro de mano. Esa mañana había ido cerca, a la población Lemus, a pocas cuadras yendo al centro por Valdivieso. Él trabajaba día y noche, incluso ese domingo 23 de septiembre de 1973, doce días después del golpe militar que acabó con el gobierno y vida de Salvador Allende.

Vecinas o vecinos que no le quieren políticamente le dicen a la patrulla militar dónde podía andar esa mañana. El lugar donde podría estar Jorge no es un misterio. El Coke –así lo llaman– cultiva a su clientela en las proximidades de su hogar y tiene una rutina de recorridos que ese día le lleva a “La Lemus”, esa tranquila población de casas amplias y jardines de vereda bien cuidados. Mi tío Jorge, de 53 años en ese momento, moreno, risueño, robusto, pero no muy alto, tiene que mantener todavía a más de la mitad de sus 8 hijos y ayudar a sostener a su madre, mi abuela Aurora.

La patrulla militar lo detiene en la población Lemus y lo lleva al fondo de la avenida Valdivieso, a la población Roosevelt, donde los soldados del regimiento Buin hacen un allanamiento masivo desde muy tempranas horas de la mañana. Los carabineros de la subcomisaría Recoleta cubren el perímetro para que nadie escape y los detectives de la Policía de Investigaciones están allí y dan aires de legalidad y seriedad al allanamiento.

La patrulla militar lleva a mi tío Jorge por la avenida Valdivieso, pasan frente a la fábrica textil “Paños El Salto” en la cual él había sido dirigente sindical. Los dueños de esa fábrica textil eran “turcos” (árabes) y la fábrica había dado origen tanto a la población Lemus como a la de mi tío. La Lemus, para los empleados de camisa y corbata; la de mi tío, para los obreros y obreras.

La población Roosevelt cubría entonces la pendiente entre la avenida Valdivieso y el comienzo de la parte asilvestrada del cerro San Cristóbal, un barrio con casas autoconstruidas que le dan un aire a Valparaíso. Planificada y desarrollada en los tiempos de la “Alianza para el Progreso”, buena parte de sus calles llevaban nombre de próceres estadounidenses de la política y la cultura.

Al llegar, el allanamiento militar está en pleno desarrollo: los militares llevan a todos los varones que ellos estiman mayores de edad a la esquina de Valdivieso y Lincoln, allá arriba, cerca del final de la población. Mi tío Jorge se encuentra en esa esquina con los vecinos allanados, que van con las manos cruzadas en la nuca. En la esquina les hacen ponerse de rodillas. Ahí carabineros, policías y militares van seleccionando a quienes detendrán. Tener cicatrices en el cuerpo es uno de los criterios para ser detenido: es una señal de ser un delincuente. Por ello a todos les hacen levantar o quitar la ropa y mostrar el cuerpo.

Mi tío Jorge y otros no necesitan pasar por esta selección: él es demasiado conocido como militante socialista, había recibido en su casa a alguna de las hijas de Salvador Allende en alguna campaña electoral y había formado parte de la JAP (Junta de Abastecimiento y Precios). En la JAP no se había prestado al juego del mercado negro y eso no agradó a algunos pequeños comerciantes establecidos del barrio, porque querían ser parte del negocio de acaparar y vender más caro.

Son más de 100 varones en filas en la esquina de Lincoln y Valdivieso durante el allanamiento, para “control”. De ellos entre catorce y dieciocho varones son detenidos y conducidos a tres taxibuses que en Chile se conoce como “liebres” de la línea Portugal-El Salto para ser trasladados a un lugar indeterminado.

Los vecinos de la Roosevelt

A Miguel Segundo Orellana Barrera, de 32 años, lo sueltan después de registrarlo en la esquina de Lincoln y Valdivieso. Cuando vuelve a su casa, donde vive con su familia, se da cuenta de que uno de los hermanos, Enrique, no había vuelto. Junto a su otro hermano, José Manuel, deciden ir a buscarlo al punto de retención. En el camino en calle Valdivieso un carabinero pregunta por Miguel y él se identifica. El carabinero le ordena que le siga hasta donde estaban las “liebres” Portugal-El Salto. Su hermano Enrique es soltado y vuelve a casa.

Sergio Muñoz Maturana no alcanza a tomar el desayuno que su madre Fermina le prepara. El allanamiento de su casa empieza antes de que él pudiese sentarse a la mesa. Se lo llevan junto a su primo José Domingo Viera Maturana a la esquina de Lincoln y Valdivieso, allí los ponen en fila. Después de un rato a José Domingo le devuelven el carné dejándole volver a casa. A Sergio, no.

A Martín Saravia González lo arrean junto a su cuñado, padrastro y un hermano. Todos ellos vuelven a su casa, menos Martín. Tenía 29 años, era de profesión mecánico, pero trabajaba como junior en una caja de compensación.

A la casa de Juan Humberto Orellana Alarcón, de 31 años, obrero fabricano, llegan efectivos del Regimiento Buin y lo hacen salir a la calle. Apenas alcanza a despedirse de su esposa.

Jorge Nicolás Lira Yáñez es detenido y llevado junto a su padre y a su hermano Eduardo hasta el final de la calle Valdivieso. Allí los varones de la población hacen filas custodiados por Carabineros y policías de Investigaciones, quienes piden documentos y revisan antecedentes. Jorge Nicolás Lira Yáñez había estado preso antes. A su padre y al hermano les sueltan. Los Carabineros le dicen a su padre que lo llevarían al Estadio Nacional, campo de concentración en ese tiempo.

Juan Jorge Coria Calderón apenas tiene 19 años y es obrero. A las 07:00 horas de ese 23 de septiembre sacan a Juan de lado de su madre María Elisa. “Para revisarlo”, le dicen. La orden es que todos los hombres deben salir de sus casas y las mujeres y niños permanecer en ellas.

A Jaime Meneses le ordenan que salga de la casa donde vivía con su pareja Ana Rosa, sus dos hijos y sus padres. Tiene 28 años de edad, es fotógrafo, pero en este tiempo trabaja en la construcción. A Jaime y a su padre Pascual les hacen entrar en una formación con el resto de varones pobladores, allí les hacen sacarse la ropa. Les revisan para ver si tienen cicatrices en el cuerpo, mientras están permanentemente con sus manos en la nuca. Al padre de Jaime lo sueltan y puede volver a su domicilio. A Jaime, no.

Emilio Guillermo Vásquez Romo, de 30 años y de profesión carnicero cortador, es pareja de Gudelia del Carmen Orellana Barrera, quien era hermana de Miguel Orellana, otro de los detenidos durante el allanamiento de la Población Roosevelt. Emilio sufre violencia por parte de los militares cuando es sacado de su casa a eso de las 6 de la mañana y llevado al lugar de control y selección con las manos en la nuca.

Juan Eliseo Rojas Acevedo, 32 años, comerciante ambulante, sale muy temprano de su casa ubicada en la calle Valdivieso para trabajar en la Vega Central. De regreso al barrio se encuentra con el allanamiento militar y es detenido. Su pareja, Sara del Carmen Guajardo Pozo, sale a buscarlo, y puede verlo ya en una de las liebres Portugal-El Salto, allí se despide agitando sus manos por la ventana, la liebre iba llena de detenidos.

Nardo del Carmen Sepúlveda Mancilla, de 24 años, obrero, fue otro de los seleccionados durante el allanamiento de Roosevelt.

Ramón Osvaldo Jara Espinoza, 23 años, casado con María Valencia. Padre de dos hijos, de profesión gasfíter. Es uno de los seleccionados para subir a las liebres. Llega a control junto a su cuñado Héctor Raúl Arriagada Arboleda, quien es soltado y puede ir a su trabajo ese día. María Valencia va corriendo a las liebres cuando le informa una prima que se están llevando a los hombres en ellos. No logra verlo.

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La búsqueda que hacen las familias

Las familias de los detenidos inician inmediatamente la búsqueda de información sobre sus parientes detenidos. Algunas fueron al lugar desde donde salieron las liebres Portugal-El Salto con los detenidos y sus custodios. Allí se enteran de que les llevan a la, entonces, subcomisaría Recoleta ubicada en la calle Gavilán entre Dr. Ostornol y Nicolás de Gárnica, al final de Los Pamperos, a una cuadra de Recoleta. A otros familiares les dan a entender que les llevan al Regimiento Buin. Desde ese mismo instante la desinformación o información parcial es una constante. Las tres liebres, para la mayoría de los pobladores testigos de las detenciones llevan catorce, quince, dieciséis o incluso dieciocho detenidos.

Algunos familiares van a preguntar al Regimiento Buin, otras al Estadio Nacional, incluso a la comisaría 5 de Conchalí, bajo cuya jurisdicción estaba la subcomisaría Recoleta en ese entonces. En el Regimiento Buin les señalan que los detenidos deben estar en la subcomisaria Recoleta.

En la subcomisaría Recoleta no niegan la presencia de los detenidos. A quienes preguntan esa mañana les dicen que vuelvan al día siguiente a las ocho de la mañana, que a esa hora serán puestos en libertad, tras verificar los antecedentes de todos ellos. Es lo que escucha la familia de Ramón Jara.

María Eugenia Valencia, la esposa de Ramón Jara, y sus cuñadas llegan prontamente a la subcomisaría Recoleta. No a tiempo para ver la liebre que lleva a su marido, pero sí para ver cómo bajan a los detenidos de la segunda liebre en llegar y los hacen ingresar a la subcomisaría. Pudo reconocer a Jorge Pinto Esquivel, el “vecino Pinto” a quien reconoce porque “vendía aceitunas por el barrio”.

Las familias tienen la certeza de que los detenidos están en esa comisaría y que están seguros. También eso creen los detenidos, según el testimonio de Rosa Cerda Pizarro, esposa de Juan Humberto Orellana Alarcón. Ella, tras el allanamiento, se dirige a la subcomisaría Recoleta, y logra escuchar los murmullos de los detenidos. Su marido la escucha cuando pregunta por él a un carabinero, Juan Orellana le grita entonces a su esposa que “se fuera para la casa ya que estaba pronto a salir en libertad”.

Al día siguiente, los familiares van a esperar la liberación de los suyos, pero en la subcomisaría o les dicen que durante la noche fueron llevados al centro de detención que era en ese entonces el Estadio Nacional de Santiago, o negaban que hubieran estado allí. Un chofer de la línea Recoleta-Lira, cuñado de Ramón Jara, conocido por los carabineros de guardia, logra que estos admitan que sí estuvieron detenidos allí… aunque en la noche del 23 de septiembre de 1973 les habían trasladado al Estadio Nacional.

La búsqueda de los familiares se extiende al Estadio Nacional, pero en las listas de detenidos que allí se publican no aparecen los nombres de los detenidos en el allanamiento de la Población Roosevelt.

Los encuentran

Uno de los hijos mayores de Jorge es Patricio Pinto, el Chicho; en esos días de septiembre del 73 es funcionario municipal de Conchalí, chofer de uno de los camiones recolectores de basura de la municipalidad. Su recorrido implica llegar a un basural en Renca, y en algún momento del recorrido toma Panamericana Norte a orillas del río Mapocho y pasa cerca del Puente Bulnes. Tras el golpe del 11 de septiembre se le había hecho rutina ver cadáveres en esa zona, algunos atascados en las piedras del río incluso.

Cada día, desde el 11 de septiembre, presta atención a los cadáveres que ve en esa parte del recorrido, por si conoce a alguno. Es lunes 24 de septiembre. Algo le llama la atención. Detiene el camión. Son unos 15 bultos. El Chicho se acerca y descubre que son personas asesinadas a bala.

El Chicho está helado: uno de los cadáveres es el de su padre. Hasta ese momento, estaba seguro de que su padre estaba detenido en la subcomisaría de Recoleta y que esa mañana lo dejarían en libertad. Al lado del cuerpo de su padre hay el de un vecino de la Roosevelt, los demás deben ser los detenidos ayer. Da aviso a la policía y avisa a los vecinos de la Roosevelt, a su familia. Ve cuando llegan ambulancias y vehículos del Servicio Médico Legal (SML) a retirar los cuerpos.

Mientras las familias van a preguntar al Estadio Nacional por los detenidos, vehículos del Servicio Médico Legal se llevan los cuerpos. Chicho va allí a reconocer oficialmente a su padre, otra vez, en esta ocasión para prevenir que no fuera a dar a una fosa común y poder darle digna sepultura. Nunca más en su vida va a creer en la palabra de un uniformado.

Las otras familias se van enterando por boca a boca que, posiblemente, sus parientes detenidos podrían haber aparecido muertos a balazos en los eriales de la Panamericana Norte y que sus cadáveres estarían ya en la morgue, en el Servicio Médico Legal. También se enteran de que deben apurarse en identificar a sus parientes, ya que la morgue está colapsada e iban poniéndole NN a todos los cuerpos encontrados. Para el 26 de septiembre, tres días después del allanamiento, la mayor parte de las familias había reconocido a sus parientes asesinados y retirado sus cuerpos. En el SML les habían hecho autopsia a todos ellos.

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La masacre

Fueron asesinados a balazos durante la noche del 23 y la madrugada del 24 de septiembre. Al amparo del toque de queda, con la seguridad de tener sometida a la comunidad, el territorio, el país y el destino de los detenidos. Los detenidos durante el allanamiento fueron seleccionados para morir. Eso no lo sabían los pobladores de la Roosevelt, pero sí lo sabían los militares, carabineros y detectives que decidieron su muerte. Toda la escasa información que dieron a las familias y a los detenidos el día 23 –que saldrían libres a la mañana siguiente, que fueron llevados al Estadio Nacional– resultó mentira.

Las autopsias, lo que vio Patricio Pinto, lo que vieron todos los familiares que fueron a reconocer los cadáveres a la morgue, fueron “heridas de bala en la cabeza y en el vientre”. Los informes de autopsia dieron más o menos detalles de los asesinatos. Desde un simple “heridas múltiples a bala” o “herida a bala craneoencefálica y torácica complicada” a algo más de detalle como en el caso de mi tío Jorge: “heridas de bala craneoencefálica, las abdominales torácicas, con salida de proyectil”; o en otros casos: “herida a bala craneoencefálica, necesariamente mortal y del tipo que en Medicina Legal se denomina de larga distancia”, y algunas con detalles de las trayectorias de las balas “la herida a bala craneoencefálica con salida de proyectil, lo que es necesariamente mortal, la trayectoria del disparo evidencia de atrás adelante” o “la herida de bala con salida de proyectil, craneoencefálica, lo que es necesariamente mortal y el trayecto de la bala es de derecha izquierda, arriba abajo y atrás adelante”.

Antes de matarlos, les habían pintado la frente de rojo a los detenidos que supuestamente estaban destinados al Estadio Nacional, y de amarillo a quienes eran delincuentes “comunes”, diferenciándolos de los “políticos”, según relata el ex carabinero Juan Fernando Delgado Campos.

Les asesinaron estando los detenidos arrodillados, indefensos, cabizbajos, hambrientos, con sed, torturados. Los asesinos estaban de uniforme, de pie y a distancia, como para no mancharse de sangre ni errar el tiro.

Un sobreviviente anónimo malherido contó a la señora Rosa Cerda Pizarro que se les “ejecutó al interior de la unidad policial” y “que a su marido lo amarraron con alambre de púas y en la comisaría le dispararon un balazo”. El sobreviviente murió poco tiempo después por no poder atender sus heridas en los hospitales vigilados por los golpistas. Los cuerpos posiblemente fueron trasladados en camiones y arrojados en la ribera del río Mapocho.

El mando militar

El allanamiento de la Población Roosevelt no fue el único en la zona. Era algo habitual. El Regimiento Buin estaba al mando de la Zona Norte (en ese entonces las comunas de Conchalí, Renca y Quilicura). Todas las poblaciones alrededor del Regimiento Buin para el 23 de septiembre habían sido o serían allanadas. A la población Quinta Bella no solo la habían allanado, incluso le habían cambiado el nombre a “Quinta Buin”.

Patrullas del regimiento en camioneta circulaban por la zona durante las horas del toque de queda, disparando sin orden de “alto” a quien vieran desplazarse por calles y pasajes de los barrios. Un reguero de cuerpos amanecía cada madrugada esperando ser recogidos para llevarles, con suerte, al SML.

El mando en la Zona Norte de Santiago estaba en manos de los coroneles Felipe Geiger Sthar y Hugo Gajardo Castro, comandante y subcomandante respectivamente del Regimiento Buin. Ellos articulaban la acción de Carabineros y de la Policía de Investigaciones en toda la zona, sometiéndoles a su mando y ordenando el alcance de su trabajo.

Los allanamientos se hacían por orden y necesidad del Regimiento Buin. El destino de los detenidos respondía a esa orden y a esa necesidad. En su declaración, el ex subcomandante Gajardo lo expone claramente: “ellos se encargaban de efectuar el allanamiento a las viviendas en busca de armamentos, propaganda subversiva o planes para atacar los cuarteles militares”. Propaganda subversiva entonces era cualquier imagen o texto producido hasta una semana y media antes en un país con gobierno socialista y un parlamento con representación gobiernista de casi un 50%. Hasta un televisor Antu era propaganda subversiva entonces. ¿Los vecinos atacar el Regimiento Buin? ¡Si sus hijos hacían el servicio militar allí! ¡Iban orgullosos a verlos en la Parada Militar local todos los 19 de septiembre! Menos ese año trágico cuando los milicos del regimiento pasaron de ser orgullo a ser traición del barrio.

El mando, en los allanamientos y en todo, en esos momentos estaba en manos de los comandantes del Regimiento Buin. Tras el allanamiento, la esposa del, en ese momento, detenido Juan Orellana Alarcón, doña Rosa Cerda, vio cómo en la subcomisaría había “un movimiento inusual de militares, carabineros y (policías) civiles”. Los detectives de la Policía de Investigaciones de la zona también trabajaban para el Regimiento Buin, incluso con presencia militar en su comisaría.

La condena en la sentencia

El juicio sobre la Masacre de la Población Roosevelt proviene de una querella impulsada por la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos, organización que a contar de 2009 fue interponiendo querellas por todos los casos no investigados anteriormente de ejecuciones políticas durante el golpe y la dictadura militar. Sigue leyendo

La sonrisa de Víctor Jara

La sonrisa de Víctor Jara, imborrable en mi memoria, quedó atrás. La fila india de prisioneros -manos en la nuca- siguió su marcha. Avanzábamos hacia el camión frigorífico de la Pesquera Arauco que esperaba en la puerta del Estadio Chile para trasladarnos (aún no lo sabíamos) al Estadio Nacional. Era la noche del 16 de septiembre de 1973.

Han pasado 45 años del crimen y al fin aparece el fallo que condena a los nueve oficiales del ejército que participaron en el asesinato de Víctor Jara Martínez y Littré Quiroga Carvajal, cantautor el primero, director de Prisiones el segundo, ambos comunistas.

El juez Miguel Vásquez Plaza ha sentenciado a 18 años de presidio por los delitos de homicidio y secuestro a los “valientes soldados” chilenos que torturaron y mataron a dos prisioneros indefensos. Jara y Quiroga fueron fusilados en el callejón por el que se accede al estadio que hoy lleva el nombre del mártir Víctor Jara. Antes otros prisioneros corrieron la misma suerte en ese lugar.

Los oficiales asesinos fueron autorizados a disparar a discreción. Víctor Jara recibió 44 balazos y Littré Quiroga, 23. Todos eran proyectiles 9,23 milímetros correspondientes a las armas de cargo de los oficiales del “glorioso y jamás vencido” ejército de Chile. Los cuerpos acribillados de Jara y Quiroga fueron arrojados en un terreno baldío del sur de Santiago.

El juez Miguel Vásquez realizó un exhaustivo trabajo que incluyó pericias médicas, investigaciones policiales y declaraciones de imputados y de sobrevivientes del Estadio Chile. El proceso tiene centenares de páginas y no ha concluido: los acusados pueden recurrir a instancias judiciales superiores. Sin embargo, es un importante avance paradesentrañar la verdad de los días de horror que se vivieron en el Estadio Chile.

Ese estadio es un recinto cerrado destinado a la práctica del básquetbol. Fue habilitado como campo de prisioneros durante los primeros días del golpe de Estado. Por allí pasamos 5.400 detenidos, según registra el teniente coronel Mario Manríquez Bravo, comandante del campo. En el Estadio Nacional seríamos algo más, unos quince mil.

Con el comandante Manríquez, que ese día 13 de septiembre tomaba un descanso junto a su plana mayor de carceleros, me tocó sostener un curioso diálogo en el Estadio Chile. Cuando me quitaron la venda, me encontré frente a Manríquez y sus oficiales, que relajados charlaban, fumaban y bebían café. Entonces el comandante Manríquez (de cuyo nombre me entero ahora) inició un diálogo, respetuoso debo reconocer, sobre el socialismo y la experiencia de la Unidad Popular. Según ese oficial (y de otros que escuché más tarde en el Estadio Nacional) el golpe militar no pretendía destruir el proceso de cambios sociales iniciado en Chile por el presidente Allende. Buscaba expulsar al Partido Comunista del gobierno y evitar que Chile se convirtiera en una segunda Cuba en América Latina. Se declaraba admirador del Gobierno del general Juan Velasco Alvarado en Perú.

Muy poco, sin embargo, durarían esos pujos de nacionalismo que al parecer compartían otros oficiales a los que escuché en el Estadio Nacional y en el campo de prisioneros de Chacabuco. El alto mando de las FF.AA., comprometido desde el origen del golpe con otra ideología, se había refugiado en los brazos del Gran Buitre del norte.

Terminado el diálogo, el comandante del campo ordenó a uno de sus oficiales que me condujera a una celda, un camarín del Estadio Chile. Hoy sé que ese oficial era el teniente Edwin Dimter Bianchi, a quien apodaban “el príncipe”. Descendiente de alemanes, como otros oficiales que estuvieron en el Estadio Chile, Dimter me dijo que el 29 de junio de 1973 había participado en la sublevación del Regimiento Blindados N° 2. Al comando de un tanque derribó las puertas del Ministerio de Defensa Nacional. El joven Dimter era cortés y locuaz. Me dijo que era descendiente de una familia alemana asentada en Valdivia. Poco antes había viajado a la República Democrática de Alemania (RDA) a conocer a sus parientes y se declaraba admirador de las técnicas agrícolas que se aplicaban en ese país.

Todo su discurso se efectuaba mientras caminábamos por los pasillos subterráneos del Estadio Chile. Yo guardaba, como corresponde a un prisionero, un respetuoso y sorprendido silencio. Veíamos decenas de personas mirando hacia la pared y con las manos en alto. Se oían gritos de dolor y chillidos de espanto de prisioneros torturados por oficiales de inteligencia del ejército y Carabineros.

Tirado en el suelo, boca abajo, pasamos junto a Littré Quiroga, golpeado con sadismo por individuos de civil con brazaletes de color -supongo del grupo fascista Patria y Libertad- que le enrostraban el supuesto maltrato de Gendarmería al general Roberto Viaux (*). Nunca había visto (ni he vuelto a ver) a un ser humano tan brutalmente golpeado como Littré Quiroga, que se limitaba a gemir ya casi moribundo.

El teniente Dimter me dejó en el camarín que ocupaba Jorge Godoy, ministro del Trabajo de Allende, comunista; él me confundió con un funcionario del nuevo régimen. Sangraba de una herida en la cabeza y me suplicó: -“Señor, por favor, mire como me tienen, que no me golpeen más…”.

En los tres días siguientes compartimos con Godoy un pan, una taza de café y numerosos mensajes para nuestras familias si alguno salía con vida.

El 16 de septiembre nos hicieron formar en una fila de prisioneros con rumbo desconocido. Entonces, camino al camión frigorífico, me saludó la sonrisa de Víctor Jara. Una luz le daba en el rostro. Se le veía entero y con esa actitud de dignidad que caracterizó a la mayoría de los prisioneros políticos de la dictadura.

¿Por qué sonreía? A lo mejor quería alentarnos y compartir con nosotros su valentía ejemplar. Quizás desafiaba a los que serían sus asesinos. Vaya uno a saber… pero nunca olvidaremos esa sonrisa.

(*) El general Viaux encabezó el intento golpista del 21 de octubre de 1969 contra el gobierno del presidente Eduardo Frei Montalva. Asimismo participó en el asesinato del comandante enjefe del ejército, general René Schneider Chereau, el 25 de octubre de 1970, y estuvo preso por ese crimen.

Tomado de : Cubadebate.cu
Por: Manuel Cabieses D.

Idealizar a corruptos y dictadores

Literal, en Latinoamérica los canonizan y los convierten en santos automáticamente en el instante de su muerte. Estas sociedades fulminadas por la doble moral y la desmemoria honran el cinismo y la tiranía, marchamándole virtudes y bondades a autores intelectuales de crímenes de lesa humanidad y a asaltantes en cuadrilla que desfalcan países completos.

La iglesia se postra ante el féretro del abusador, honrándolo por haber continuado con el legado de avasallador.

Balas de salva humean el cielo de una América Latina desollada por la mancilla milenaria de hijos deshonestos y traidores. Una bandera a media asta anuncia el deceso de quien en vida hizo trizas a un pueblo que no supo querer ni honrar.

Los noticieros anuncian con doble dramatismo la muerte de los tiranos, que presentan con su mecanismo de mediatización y engaño como beatos y les inventan un carácter íntegro que nunca tuvieron, honradez de la que siempre carecieron y sensibilidades que nunca conocieron.

Ocultan los desfalcos, las tranzas, las órdenes de torturar, asesinar y desaparecer. Ocultan los abusos, las hartazones, las orgías con niñas secuestradas, las cuentas bancarias, los sobornos y las múltiples propiedades de las que se adueñaron en robos legalizados por la injusticia.

Un pueblo abatido, sediento, con hambre y cansancio, sucumbido en el olvido y el abuso, observa allá a lo lejos, por televisión o escucha por radio, los actos protocolarios de la despedida de los criminales que murieron sin haber pagado con cárcel los abusos y los asaltos, los crímenes de lesa humanidad por los que fueron honrados por la iglesia y por el sistema.

Otros criminales envían las condolencias desde los gobiernos de otros países y se imaginan sus propios sepelios con bombos, carrosas y con ejércitos lanzando cañonazos humando el cielo de una América Latina ultrajada por ellos mismos.

Queda el botín, la poltrona y el poder, que se lo pelearán a muerte las bandas de criminales que hacen de las leyes su papel higiénico. Hasta que las aguas se calman y entonces muere otro lacayo, y comienza de nuevo el mismo ritual y el mismo pueblo carente de oportunidades de desarrollo, esclavizado y agonizante, observa allá a lo lejos o escucha por radio, los cortejos fúnebres de otro tirano que murió sin haber enfrentado la justicia.

Pero un día, ese pueblo esclavizado, ese pueblo oprimido, dejará de estar de rodillas y se pondrá de pie, porque aún resiste, porque se niega a olvidar, porque sigue luchando. No verá allá a lo lejos por televisión o escuchará por radio, será el actor principal de los juicios donde la justicia envíe a prisión a los tiranos. Y los verá esposados camino a las mazmorras donde se pudran por déspotas y sus nombres serán olvidados del imaginario colectivo.

Y será la Memoria Histórica, la justicia y la dignidad la que nutra, fortifique y libere a los pueblos que otrora fueron mancillados por los vasallos.

Latinoamérica tiene la fuerza milenaria de los Pueblos Originarios, raíz que ningún tirano ha podido secar aunque haya intentado arrancarla, y esa raíz crecerá, serán árboles frondosos y páramos florecidos. Será una América Latina con la armonía, la belleza y la frescura de las aguas limpias de los riachuelos que nacen en las montañas.

Entonces lo de idealizar corruptos y dictadores quedará en los libros de historia, escritos por los pueblos, para que jamás se vuelva a repetir.

Tomado de: cronicasdeunainquilina.com
Por: Ilka Oliva Corado

Los sueños abiertos en América Latina

Los sueños abiertos en América Latina

En un lejano año de 1974, una joven salía de Santiago en dirección a La Paz. Dejaba el territorio chileno con marido e hija – “hija del golpe” – nacida en octubre de 1973. Estaba entonces con 31 años y había presenciado desde muy cerca la caída del gobierno de Salvador Allende algunos meses antes. Por ser integrante del Partido Socialista y ocupar un cargo menor en la Corporación de la Vivienda (CORVI) tuvo la suerte de recibir a los pocos días del derrumbe un informe comunicando su expulsión del país en veinte cuatro horas. Por estar embarazada consiguió retardar la salida en algunos meses, ganando tiempo para decidir adonde ir, como hacerlo y, no menos importante, que dejar y que llevar.

São Bernardo, Brasil, principios de los años de 1990. La biblioteca personal guarda poco más de cincuenta libros y una enciclopedia de algo como veinte volúmenes. Títulos bastante ilustrados y de pretensión universal, vendidos como colección prêt-à-leer para burócratas del estado. La ex–militante socialista, vendedora de chaquetas cuero en una repartición pública adquiere su conjunto por trueque. Allá están ahora las tapas verdes de Dante, roja de Stendhal, vino de Dostoievski, negro de Poe y café de Cervantes. Un conjunto menor de diez libros verde oscuro representan algo de la literatura brasileña: Alencar, Azevedo, Rego y otros. Entremedio de todos los ilustres invitados a la biblioteca de la inmigrante chilena viviendo en el suburbio paulista, se lee en la primera página del libro amarillento y descascarado que ya no tiene tapa: “Historia inmediata”. El lomo del libro ofrece el título en estado tan precario que es casi una afirmación de su tema: Las venas abiertas de América Latina.

En una de las páginas escritas por Eduardo Galeano, periodista metido a historiador – tal vez sea una definición posible en la época para “Historia inmediata” – se lee sobre el tema agrario:

Y en cuanto a la expropiación de algunos latifundios chilenos por parte del gobierno de Eduardo Frei, es de justicia reconocer que abrió el cauce a la reforma agraria radical que el nuevo presidente, Salvador Allende, anuncia mientras escribo estas páginas.(170)

Galeano escribía su ensayo con un radar geográfico e histórico prendido, atento, lancinante, con toda la parcialidad que demandaba el oxímoron de “historia instantánea”. La escritura corría rápidamente por los ojos de una Latino América que se re-imaginaba. La militante que leía las páginas del libro, hacía historia mientras lo leía. No porque lo leía, pero mientras, durante, al mismo tiempo que las historias se hacían.

Hay que irse, no quiere, ¿porque tengo que dejar mí país? ¿Por que no más caminar por la Alameda, tomar un té con sopaipillas, mirar la cordillera?

En otra parte del pequeño libro, el escritor, inconforme con contener tantas promesas de cambio en la hoja y la palabra, concedía otra información que dejaba indeterminada la narrativa:

Mientras escribo esto, a fines del ’70, Salvador Allende habla desde el balcón del palacio de gobierno a una multitud fervorosa; anuncia que ha firmado el proyecto de reforma constitucional que hará posible la nacionalización de la gran minería (188).

¿Se cerrarán las venas? Los ojos se preguntan frente a la página, pero luego, en seguida ya son las lágrimas abiertas en América Latina. Hay que irse, dejar todo, lo poco material y lo mucho soñado, hay que irse, con la niña para lejos, ¿Adónde?, no importa, en La Paz decidimos, hay que irse, por La Paz, por la niña.

Tantos libros lanzados a la basura, tantos papeles quemados. Sí, cenizas de sueños y pruebas criminales, hay que dejarlos, librarse de las identificaciones, garantizar el paso por la frontera, la circulación por Santiago ensangrentada. Arregla la maleta, las ropitas de la nena, hace frío, corre aire entre las cordilleras, tan helado que enferma.

Da vuelta la página, la historia revuelta, el escritor añade nuevos ‘inmediatos’ a la historia, las venas, las venas…

Este libro había sido escrito para conversar con la gente. Un autor no especializado se dirigía a un público no especializado, con la intención de divulgar ciertos hechos que la historia oficial, historia contada por los vencedores, esconde o miente. (339)

La joven, el marido e hija suben al avión. Los pasos se quieren perder, pero caminan, sacan sus pies de la tierra, la cordillera se achica y todo es noche. En la maleta, quizás entremedio de las ropas de la niña, junto a la tremenda soledad y tranquilidad que ahora la acompaña, el pequeño libro de Eduardo Galeano es un otro pasajero, un amigo ilegal de anhelos y de penas. Clandestino y sin el epílogo “Siete años después” (de donde retiré el último extracto) fue uno de los viajeros de riesgo en tantas maletas de los que vivieron la década de 1970 en América Latina. Como lo reconoce Galeano,

De la misma manera, los comentarios más favorables que este libro recibió no provienen de ningún crítico de prestigio sino de las dictaduras militares que lo elogiaron prohibiéndolo…Creo que no hay vanidad en la alegría de comprobar, al cabo del tiempo, que Las venas no ha sido un libro mudo.(339)

Hay que irse, lanzar a la basura o quemar los libros, peligros en papel, no dejar rastro. ¿Pero cómo irse sola, sin nada, apenas ropa y documentos? ¿Cómo no cargar un poquito de sueños? ¿De esas explicaciones-sueños? ¿De esas tormentas utópicas?

Cerca de veinte años después, tres países y alguna historia, allí está el libro. Sin tapa, amarillo y viejo disputando atención con los “clásicos universales”. Está allí el libro más lleno de historia de la biblioteca suburbana de esa inmigrante chilena. Se puede leer junto a La Divina Comedia o Guerra y Paz, se puede leer antes o después de O Guarani oMenino de Engenho. Se puede, se debe, se lee.

En las nuevas tempestades de la década de 1990, el viejo libro seguía librando navegación con las iluminaciones poéticas de una triste narrativa económica y social. Ahora, mismo con la partida de Eduardo Galeano, el pasado convocado por su libro sigue pulsando y corriendo por las venas, como verdaderas velas inflamadas de esperanza.

Tomado de: pensandoamerica.com

Por: Mauricio Acuña

Chile memoria resistencia: Blanca Rengifo, monja revolucionaria.

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Un once de mayo, hace 30 años, se apagó la vida de Blanca Rengifo Pérez, religiosa, abogada defensora de los derechos humanos, fundadora de CODEPU, y militante activa de la Resistencia antidictatorial y del MIR. Fue pobladora de El Montijo donde compartió estrecheces, penas y alegrías con los pobres. Fue la samaritana que recogía cadáveres lanzados al rio Mapocho tras el golpe de Estado. Luego “Magdalena” la que efectuaba riesgosas acciones de propaganda armada contra la dictadura, y después el compañero “Daniel” integrante de un clandestino comité central. Fue la articuladora en 1980 del surgimiento de una singular organización de defensa de los derechos humanos, el CODEPU, donde junto con auxiliar a presos políticos, se coordinaban organizaciones populares y tejía la unidad del pueblo para luchar contra la tiranía. La resistencia es Dios, se le escuchó decir en más de una oportunidad.

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Blanca nació en 1923 y creció en medio de los efectos en nuestro país de una de las más profundas crisis de la economía mundial. Su adolescencia tiene como telón de fondo la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial y en nuestro país alzamientos de campesinos mapuches y trabajadores como el de Ranquil, donde fueron asesinados más de 200 insurrectos. Al mismo tiempo, se extendía la medicina preventiva y comenzaba gradual, pero firmemente un proceso de migración del campo a la ciudad. Se vivía el triunfo de Pedro Aguirre Cerda y se fundó la Confederación de Trabajadores de Chile. En 1942, el sacerdote jesuita, Alberto Hurtado publicó su ensayo ¿Es Chile un país católico?, en el cual cuestionaba sobre la aplicación real de los valores religiosos en una sociedad donde miles de niños vivían en las calles de las ciudades. De seguro, todo esto impactaría en las opciones de Blanca, que ingresa a los 26 años a la Congregación del Amor Misericordioso. Sigue leyendo

Memorial de Paine es reconocido como Monumento Público

Espacio recuerda a 17 campesinos asesinados por la dictadura cívico-militar

La Comisión de Patrimonio Histórico del Consejo de Monumentos Nacionales (CMN) autorizó la solicitud de incorporar la placa conmemorativa del Memorial de Paine, con todos los elementos que componen su espacio, en el registro de Monumentos Públicos.
De acuerdo al organismo, la placa corresponde a “objetos que han sido ubicados en el espacio público (campos, calles, plazas y/o paseos) con el fin de conmemorar acontecimientos, individuos o grupos de personas que han incidido de alguna manera en la cultura e historia nacional”, gracias a lo cual todo el espacio que conforma el Memorial de Paine queda protegido ante eventuales amenazas de destrucción o desprotección.
Recordemos que la “placa de los ejecutados de Escorial”, originalmente se instaló en el cementerio La Rana de Huelquén con motivo del funeral de 17 campesinos asesinados por la dictadura cívico-militar, pertenecientes justamente al sector del Escorial, siendo posteriormente traída al Memorial en el año 2015.

La placa está hecha de mármol, y fue financiada por el Ministerio del Interior. Tiene inscrito el nombre de cada uno de los asesinados, junto un fragmento del poema “Siempre” de Pablo Neruda, y el nombre de la AFDDyE de Paine, destacando al final la bandera de lucha de los familiares que es “Justicia”.

Precisamente, desde la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y Ejecutados (AFDDyE) de Paine, señalan que la placa da cuenta de un hito muy sensible y significativo para la comunidad, pues corresponde al funeral de personas cuyos restos estuvieron retenidos en el Instituto Médico Legal, durante los 17 años de dictadura.

Los nombres que integran la lista corresponden en su mayoría a campesinos que pertenecieron al Asentamiento El Escorial de Paine, quienes fueron detenidos por militares de la Escuela de Infantería de San Bernardo el tres de octubre, y posteriormente ejecutados en la Cuesta de Chada, a sólo kilómetros de sus casas.

Sus familias no supieron de su paradero hasta que algunos animales alertaron la presencia de restos humanos en el lugar. Sin embargo, el instituto Médico Legal exhumó los cuerpos y se negó a entregarlos, indicando que no había “medios suficientes”, explicación que se entiende bajo la frase “si no hay cuerpo no hay delito”, puesto que las autoridades intentaron borrar toda evidencia sobre los detenidos desaparecidos ante la opinión pública y el extranjero, buscando a la vez, ganar tiempo para generar leyes protectoras hacia agentes del Estado que atentaron contra los Derechos Humanos, como fue la Ley de Aministía.

Finalmente, el año 1990, con la salida de los militares de La Moneda, se agiliza la entrega de los cuerpos a sus familias, quienes así cerraron en parte este doloroso proceso de pérdida de sus seres queridos.


Tomado de: elciudadano.cl