La caída del tiuque negro

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El Chico Peña es como un niño símbolo de la política cultural del gobierno de los mejores. Una especie de Fanta, pero en democracia, dispuesto a lo que sea con tal de desarrollar sus delirios de héroe. Durante el reinado de Pinochet, habría andado mejor que ahora al lado de Sergio Fernández u Onofre Jarpa. Y habría descollado haciendo la pega sucia del Ministro Francisco Javier Cuadra.

Y, de haber nacido un poquito después, les habría servido como pocos a Marcelo Schilling y a Jorge Burgos fundadores de la Oficina y que ahora cumplen funciones de diputados.

En su corta vida pública, a Peña no se le conocen muchos méritos en el desempeño de sus funciones. Pero se ha dado maña para trascender por sus reiterados desatinos e incompetencias.

Algunos recuerdan la desubicación magnánima que tuvo con ocasión de visitar Colombia y entrevistarse con el Fiscal Nacional de ese país. Chico Peña intervino diciendo que los indígenas eran borrachos, que les pegaban a las mujeres, que eran alcohólicos y que las tierras que les regalaban, las vendían. El fiscal colombiano, que es de apellido y ascendencia indígenas, se encargó de hacérselo saber de la manera más vergonzante.

Antes del caso que lo involucra en el intento de desfalco a las arcas públicas por la vía de pagar un 400% de sobre precio por equipos para la lucha contra la droga, Chico Peña se lució en lo que la prensa, con esa gracia tan suya para poner apelativos y motes, bautizó como El caso bombas.

Hasta entonces, el Chico Peña venía siendo conocido por los esfuerzos que desde la Fiscalía Centro Norte, hacía contra el tráfico de drogas que se había tomado varias poblaciones marginadas del gran Santiago. Innumerable imágenes lo mostraron avanzando, casco de keblar en la cabeza, entre los policías que allanaban casas, detenían traficantes e incautaban drogas.

Sus golpes, debidamente registrados por las cámaras de televisión, ajustaban a la perfección con lo declarado por el Presidente Piñera en orden a terminar con el flagelo de la droga.

Pero entre los dolores de cabeza del régimen estaban los numerosos bombazos que sacudían las madrugadas de la ciudad, que por su número y distribución, parecían obedecer a un plan centralizado que buscaba meter ruido atacando a los símbolos del sistema: los bancos.

Ahí, de nuevo, entra en acción nuestro héroe.

Los éxitos no se dejarían esperar. Como una tromba, Chico Peña ahora con el cargo Fiscal Regional Metropolitano Sur, descargó su habilidad investigativa contra los bomberos locos y en tiempo record, en menos de lo que detona un petardo, tenía a un numeroso grupo de presuntos bombarderos encajonados contra las rejas, para lo cual mostró una impresionante cantidad de pruebas incriminatorias, que a no dudar, llevarían a decenas de anarquistas a pasar una temporada en cana.

Pero no fue así. Bajón. Una a una, sus miles de pruebas fueron desechadas, sus detenciones fueron declaradas ilegales y, la guinda de la torta, todos su detenidos fueron puestos en libertad. Pocas veces un escándalo tan grande sacude a nuestra sociedad, acostumbrada a estupideces, desatinos, torpezas, desaguisados, estulticia y agilamientos varios, de nuestras autoridades. Pero cuando arde Troya, ya Chico Peña ha renunciado a la Fiscalía.

Obviando el fracaso del caso bombas, el Ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, siempre falto de triunfos que mostrar por la TV, fichó a Chico Peña para hacerse cargo de un Departamento de Estudios del Ministerio del Interior, intentando por esa vía anotarse algún poroto y apaciguar las críticas que le llegaban, y le siguen llegando, desde su propio bando.

Pero las malas noticias, que siempre andan de a pares, no se hicieron esperar. Los ecos vergonzosos del llamado Caso bombas, comenzaban a disminuir su energía vibratoria, cuando, horror de horrores, nuevamente Chico Peña sale al ruedo de los escándalos.

El portal ciperchile.cl, golpea la cátedra y en un reportaje titulado “Ministerio del Interior licita equipos para detectar drogas y paga cerca de 400% de sobreprecio”. Y comenzaron asonar las alarmas de Hinzpeter y sus muchachos. Y a reverdecer las canas que Chico Peña ya había hecho despuntar al inconmovible Ministro del Interior.

El Subsecretario Ubilla salió diciendo que ciperchile.cl no tenía pruebas, guapeada que le duró hasta cuando el sitio se las exhibió. Buen intento, pero malo.

De ahí en adelante se vino el desPEÑAdero. Renunció Chico Peña en un acto, según sus palabras, de responsabilidad política, y también lo hizo el ingeniero Felipe Baeza, que venía llegando de sus vacaciones en España y que tuvo a su cargo la compra de esos equipos.

He aquí el gobierno de los mejores, retratado en el blanco y negro de la corrupción. He aquí los tapones reventando para salvar a los responsables finales, a los saqueadores definitivos del erario nacional.

He aquí la soberbia cayendo arrastrada por la sinvergüenzura de la alta alcurnia, aunque tan humana como la del mechero, el cogotero, el monrero, el lanza, el asaltante, el doméstico, el cocodrilo o el que anda de cuento.

Fuente:El Clarín

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