“La risa es señal de que no nos derrotaron”

Tomado de: http://www.tribunadelbiobio.cl/
Por Gabriel Reyes A

    “El régimen arbitrario
    cuyo recuerdo me espanta
    pues sale de mi garganta
    un grito muy necesario.
    Porque aquellos carcelarios
    me recuerdan la canción
    que dice, preste atención,
    como oscuro vaticinio
    de aquel horrible exterminio:
    ¡Asilo contra opresión!”

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20130120-072458.jpgUn nuevo relato de nuestra memoria reciente, de los hechos ocurridos hace poco menos de 40 años, tras el golpe militar del 11 de septiembre de 1973, en nuestro país, nos comparte nuestro amigo y colaborador, Gabriel Reyes. Para que el olvido no sepulte a la memoria, aunque ésta se empecina en reaparecer con más fuerza cuando ello ocurre.

Este verano, como lo hace desde hace varios años, nos visitó nuestro amigo Carlos, quien luego de su exilio en México se radicó definitivamente en Panamá.

Aprovechando la visita, invité a un par de amigos que viven en Concepción con los que nos conocíamos desde 1973 en que estuvimos detenidos en el Estadio Regional penquista y posteriormente expulsados -después de más de un año de prisión- a México. La idea era sencilla: tomar un café en el popular “Cantabria” de nuestra ciudad, recordar los viejos tiempos y retomar una ya antigua amistad nacida al calor de nuestro encierro obligado en diversos centros de detención de Pinochet en Concepción, Chacabuco (en el norte de Chile), Tres Alamos en Santiago, Puchuncaví y Ritoque en la Región de Valparaíso.

Hacía varios años que no nos veíamos de tal manera que teníamos tema para rato. Poco hablamos de nuestras experiencias como ex “PP” (prisioneros políticos) o del exilio que nos alejó por más de 15 años de nuestro país y de nuestras familias, incluida la prohibición de regreso a Chile con Letra “L” en nuestros pasaportes. Luego de saber de las familias de cada uno Carlos nos manifestó su interés de visitar Dichato, quería conocer “in situ” los efectos del terremoto-tsunami que afectó nuestra región y qué mejor que hacerlo en el lugar más emblemático de la zona (aún cuando el compadre Luis, chorero de nacimiento, decía que “la zona 0” era Talcahuano).

La conversación, con la Catedral de Concepción de fondo, era fluida y alegre. Mientras decidíamos partir de inmediato a Tomé y Dichato, en el café me abordó una prima a la que no veía hacía muchos años y me pidió que me acercara a su mesa, quería presentarme a su hijo Esteban a quien yo no conocía. Al margen de la curiosa coincidencia de que ellos estaban de paso en Concepción pues vivían en Dichato, su presencia me volvió violentamente a 1973.

En ese momento advertí una nueva coincidencia. Tres de los cuatro “contertulios” del Cantabria, habíamos sido enviados arbitrariamente al Campo de Prisioneros de Chacabuco a más de 1500 kms de Concepción el 19 de enero de 1974. Ese día, el estadio Regional amaneció convulsionado, 59 personas representativas del mundo político y social iniciábamos un largo peregrinar por las cárceles de la dictadura militar que terminaría con un largo exilio de más 15 años en México. Hoy, una placa recordatoria que instalamos los ex “PP” en la entrada principal del Estadio, recuerda este hecho que esperamos que “nunca más” se repita.

Esta coincidencia no tendría significación si mi prima Tencha no hubiera sido una de las funcionarias del entonces pequeño aeropuerto de “Carriel Sur” que ese día observaban intranquilos el impresionante operativo implementado por las fuerzas militares y policiales para trasladar en un avión “Hércules” a este medio centenar de ciudadanos detenidos sin cargo alguno que no fuera el ser dirigentes, militantes o simpatizantes del gobierno del Presidente Allende. (Incluso uno de ellos, miembros del grupo de contertulios del “Cantabria” era simpatizante DC al momento del golpe). Ella fue la encargada de notificar a través de terceras personas a mi familia que nos habían subido a un avión sin destino conocido. Sólo en la noche nos enteramos que nuestro nuevo “domicilio” sería la antigua oficina salitrera de Chacabuco.

Luego de varios minutos me cambié de mesa y fui a saludar a este joven y desconocido familiar. Su mamá, la Tencha, una mujer que para el golpe andaba por los 25 años de edad, nos presentó y le comentó que yo había estado exiliado en México. Me impresionó que su primera pregunta, sin mediar mucho comentario fuera: ¿Qué es un exiliado?, y luego ¿cómo y por qué se fueron? ¿por qué estaban presos?, ¿y dónde y cómo vivían allá?… La verdad, no esperaba ese tipo de encuentro y en el poco tiempo que tenía pues debíamos partir a Dichato, le expliqué a grandes rasgos las razones del exilio, de la prisión y lo básico de nuestra forma de vida “mexicana”. Esteban era (o es) un joven de 30 años como una gran cantidad de chilenos que “yo creía que sabía”…

Le dije que sus inquietudes eran las mismas de muchos jóvenes y que algún día escribiría algunas notas – más bien para la familia- que dejaran constancia de nuestras historias, las historias de gente común y corriente, de trabajadores, de jóvenes estudiantes, de mujeres dueñas de casa, en fin de una generación que luchó por un mundo mejor y que vio truncadas sus vidas por la violencia de un golpe militar que alteró como nunca la vida de Chile. La historia además, de “gente de provincia”, que no siempre es conocida por la avasallante información de lo que sucede a nivel nacional, o sea, Santiago. Soy un convencido que mientras no se conozca en plenitud la historia de la represión en regiones y la del rol del exilio durante la dictadura de Pinochet, el cuadro no estará completo.

En Dichato comenté con mis amigos este circunstancial encuentro. Les y nos impresionaron las preguntas, coincidimos en que a veces creemos que “todo el mundo” conoce lo que ocurrió en septiembre de 1973 y sus consecuencias. Les conté que en mi propio entorno familiar, donde se vivió obviamente muy de cerca el proceso de la Unidad Popular, con divisiones familiares y todo, poco hablamos de estos hechos. Concluimos en que era de nuestra responsabilidad contar nuestra versión de los hechos, desde la vereda del mundo popular, de la vereda de los que salían a pegar carteles, de los que se las jugaban en las Asambleas de Trabajadores o de pobladores, de los que participaban en las JAP o en la CUT, de los que iban a las “reuniones del Partido” y exigían “avanzar sin transar” o insistían en “No a la Guerra Civil”. Hay que escribir nos decíamos… hoy intento hacerlo.

Estuvimos más de un año y medio presos. El mayor tiempo lo pasamos en la Oficina salitrera de Chacabuco, cerca de Antofagasta, llegamos allí luego de un vuelo muy tenso pues nadie sabía cuál era nuestro futuro. La noche anterior habíamos sido separados de nuestros compañeros y amontonados en uno de los camarines del Estadio, que había sido transformado en una ocasional celda que producto de su suciedad estaba infectada de una plaga de pulgas que además de la incertidumbre del día siguiente, no nos permitió dormir en toda la noche. Esa fue una noche de las que no se olvidan, se nos permitió escribir una nota “de despedida” para nuestras familias lo que aumentó los temores pues se decía entre otras cosas que seríamos fusilados o que en el vuelo seríamos tirados al mar…

La situación económica de nuestras familias y la enorme distancia que nos separaba no permitía en la práctica visitas, sin embargo, la tenacidad de esposas, hijos, hermanos, amigos y, de manera especial de la valiente actitud de la Iglesia Católica logró que al menos recibiéramos de manera restringida dos visitas colectivas en el Norte de Chile. En este punto ninguna persona que haya pasado por el Estadio Regional puede olvidar al Padre Camilo, sí, al Padre Camilo Vial, actual Obispo de Temuco, quien con prudencia y riesgo se las jugó por la comunicación de los detenidos y sus familias, se preocupó de las situaciones legales que ocurrían por la pérdida de trabajo u otras razones y, en muchos casos hasta de la manutención de algunas familias.

Mientras estábamos en el Estadio sólo se permitió la visita de familiares para la Navidad de 1973. También recuerdo con cierto dolor ese día ya que fui uno de los pocos detenidos, que a pesar de que mi familia estaba en las afueras del Estadio, no pude recibir visita… no figuraba en las listas de detenidos publicada en un diario local.

Emilio, otro de “los contertulios” del “Cantabria” recordó con cierta nostalgia a los amigos que han quedado en el camino y a quiénes pocos recuerdan, a los que no alcanzaron a rendir sus testimonios a la Comisión Valech o que no obtuvieron ningún tipo de reparación por trabajar en “Empresas particulares”. También y con mucha ironía recordamos el “título” de terroristas que nos asignó la dictadura: Galo Gómez, Ex Vicerrector de la Universidad de Concepción, fallecido en México, militante socialista de toda la vida, académico de primera línea: ¡terrorista!; Mario Benavente Paulsen, académico de la Universidad Técnica del Estado y dirigente del PC, gran defensor de la democracia, exiliado en Venezuela y hoy un hombre de más 80 años: ¡Terrorista!; Carlos Hinrich Olivares y Jorge Peña Delgado, médicos de gran prestigio local: ¡Terroristas!; Los dirigentes mineros de Lota Manuel Sanhueza y Jorge Chamorro, defensores de los derechos de los trabajadores. ¡Terroristas!; Luis Madrid y Joel Matamala, ambos dirigentes del Hotel Araucano, incluso el primero simpatizante DC y el segundo sin militancia política: ¡Terroristas!; Juanito Neculqueo, dirigente mapuche de Cañete, El Quique Pereira, estudiante secundario, simpatizante socialista de la época, joven menor de 18 años, estudiante del Liceo “Enrique Molina Garmendia: ¡Terroristas!
Terroristas sin capucha, con la cara descubierta y defendiendo públicamente las ideas en que creíamos.

El pudor nos obliga a no hablar de sí mismo ni de los contertulios veraniegos del Cantabria, lo que no quiere decir que cada uno no haya jugado un rol en su lugar de estudio o trabajo. Creíamos firmemente en la propuesta del socialismo democrático de Salvador Allende, nos jugábamos por la unidad “social y política del pueblo”, también teníamos legítimas diferencias pero nos unía principalmente un sentimiento de cambio, una profunda fe en un “mundo nuevo”, en la igualdad y en la defensa de los DD. HH. ¡Éramos jóvenes con ideales! ¡No terroristas!

En Dichato nos impactó ver la devastación en que la dejó el tsunami. Parecía una ciudad después de una guerra. Nos acordamos de la monserga fascista : “¡Chile está en guerra con los marxistas!”. Curioso, una guerra en que los presos políticos, los muertos, los desaparecidos, los torturados, todos, ¡todos eran de un solo lado!.
En el bus de regreso a Concepción me daban vueltas las preguntas de Esteban: ¿Quiénes eran los exiliados? ¿Cómo se exiliaba una persona?

Recuerdo haber hablado el tema con mis amigos, concordando en que a lo menos hubieron tres tipos de exiliados: Los que al ser perseguidos por los organismos de seguridad y con apoyo o sin él de sus partidos u organizaciones, lograron entrar a las Embajadas de distintos países con el objeto de salir de Chile. Otro grupo importante lo constituimos quiénes fuimos expulsados, éramos personas que estábamos detenidas y que al no tener cargos en contra nuestra, la Junta Militar prefirió nuestra expulsión por considerarnos un peligro para el gobierno: del Centro de detención a un avión y al país que previamente había decidido recibirnos y otro grupo, no menor, que producto de la exoneración de sus trabajos, de la persecución en sus centros laborales o simplemente por temor decidieron salir “por su cuenta” en busca de nuevos horizontes, a muchos de ellos se les consideraba exilio económico, lo que sin embargo tenía claramente origen en la situación política chilena. Fuimos miles…

Antes del tsunami, Dichato tenía a metros del mar una intensa actividad turística. Los veranos se distinguían por la inmensa cantidad de familias que llegaban a los hoteles locales o simplemente a lugares habilitados para “camping”, dándole una gran vida nocturna amenizada por DJ locales y nacionales que competían por la mejor música, mientras los restaurantes, asesorados por chef de gran calidad ofrecían lo mejor de nuestra gastronomía regional.

Por eso, el impacto al llegar a ese lugar y caminar unas cuadras hacia el mar fue brutal. Una taza de WC que quedó – instalada con gran dignidad- en un sitio vacío se convirtió en símbolo de la devastación. Unos pocos y pequeños kioskos ofrecían una bebida y nuestro almuerzo, solicitado con anticipación, fueron unas ricas empanadas de marisco… no había mucho que escoger… poquísimos visitantes nos advertían que ya “Dichato no es lo mismo”. Carlos le preguntó a unos de los lugareños cómo estaba el tema de la reconstrucción ¿dónde están las casas que el gobierno dice que se están construyendo? “No hay ninguna casa nueva”. “Usted puede caminar un poco y más arriba encontrará los campamentos”.

Las empanadas, degustadas en la playa dichatina estimularon la conversación y los recuerdos se centraron en los irónicos -para nosotros- versos de nuestro Himno Nacional y que en nuestra condición de prisioneros políticos debíamos cantar diariamente, reímos al acordarnos del énfasis, por ejemplo en “el asilo contra lo opresión”. Carlos, “picaneado” por nosotros que sabíamos de su afición al folclore y la poesía, improvisa unos versos que reflejan nuestros contradictorios sentimientos frente a “ese mar que tranquilo nos baña”….:
Mar que tranquilo nos baña
y nos promete esplendor
¡esta frase al poblador
de Dichato le es extraña!
y a propósito de la prisión y el exilio que permitió reencontrarnos nos dedica la siguiente décima:
El régimen arbitrario
cuyo recuerdo me espanta
pues sale de mi garganta
un grito muy necesario.
Porque aquellos carcelarios
me recuerdan la canción
que dice, preste atención,
como oscuro vaticinio
de aquel horrible exterminio:
¡Asilo contra opresión!

Gladys, mi compañera de más de 20 años, nos acompañó a Dichato, escucha con discreción nuestras anécdotas y divagaciones. Ella era aún muy niña para el Golpe de Estado y sus recuerdos son vagos. Ha ido conociendo nuestras historias, impregnándose de ellas, comprendiendo nuestras desesperanzas, compartiendo nuestros ideales y, seguro, pensando en “cómo aún pueden reír”. Claro, la risa es señal de que no nos derrotaron.

Regresamos a Concepción después de haber compartido varias horas. Es seguro que el próximo año nos volveremos a encontrar y, sin duda, nuestros recuerdos no serán muy distintos, pero a lo mejor hablaremos algo más de ese exilio del cuál Esteban quiere saber.

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