Papá fue a trabajar en el Norte

Tomado de http://virginia-vidal.com
Por Pedro Bravo-Elizondo *

El título es “Papá no va a llegar, porque está trabajando en el Norte” ((Editora Isadora Stuven Di Pede, Santiago, noviembre 2012).

La razón de la existencia de este libro de memorias, es como toda escritura, deshacerse de los demonios del pasado que perviven en el presente. El autor es Rolando Álvarez Araya, médico cirujano que durante el golpe militar de 1971, se desempeñaba en el Hospital San Borja. El texto consta de seis ítems: Palabras iniciales, Prólogo, Memorias de prisión, Epistolario de prisión, Carta a los hijos y Fotos familiares. Álvarez Araya es militante de izquierda, comunista, casado y con hijos, ejercía dedicándose a su profesión. Gracias a un amigo, me envió por mail copia de sus memorias.

El Prólogo de Verónica Valdivia Ortiz de Zárate, nos entrega algunas disquisiciones que me interesan destacar: “La represión y el terror no constituyen el mismo fenómeno. En efecto la primera, es focalizada y se dirige a los limitantes izquierdistas, dirigentes sociales, estudiantiles, pobladores, obreros y trabajadores en general, es decir, aquellos estrechamente comprometidos con el anterior gobierno (el de Allende) y resistentes al nuevo régimen (…) Carecen de todo derecho. El terror en cambio, es una ola gigantesca que atrapa a todo el cuerpo social, a partidarios, simpatizantes y opositores, pues sobre todos recaen las nuevas lógicas y normas de convivencia”. El doctor Rolando Álvarez Araya está en el primer grupo y su familia en el segundo.

Veamos ahora lo ocurrido. Como muchos que vivieron el trauma de 1973, el protagonista fue delatado a los carabineros por un colega y llevado al Estadio Nacional. Su honestidad llega a tal extremo que no es acusador, sino espectador que retrata lo que ocurre a su alrededor: “Tengo 71 años, nací en 1939 (…) Estuve prisionero en varios campos de concentración de la dictadura (…) Yo trataré de no ser exagerado, no me siento un héroe de una pasaje histórico”. Y lo demuestra a lo largo de su narración. Cómo y por qué ocurre su detención. “Hasta el 21 de septiembre de 1973, llegué a trabajar a la posta como siempre (…) Hubo un gran allanamiento por parte de la Fuerza Aérea. (…) Pusieron una mesita y había dos uniformados y las personas pasaban su carnet y verificaban si tenían antecedentes. Entonces llegué a mostrar mi carnet y me dijeron, no, tú no estás en la lista, y me dejaron libre. (…) En ese momento un compañero de trabajo le dijo a un carabinero algo en el oído, entonces el carabinero sacó un revólver, me lo puso en la cabeza y mi compañero me acusó de ser extremista”.

No hacen falta explicaciones psicológicas o de ningún tipo, para tratar de entender la conducta de su colega. Son las nuevas normas y lógicas de convivencia, como lo expresa la autora del prólogo. Ocurre en toda sociedad dominada por el terror. En los viejos tiempos les llamaban soplones. Abundaron durante el período dictatorial de Carlos Ibáñez del Campo en los 1930 y en los de Gabriel González Videla en los 1950.
Ocurrida su detención el 21 de septiembre de 1973, fue trasladado al Estadio Nacional. Su esposa, lo anotó en una carta: “En el Estadio, detrás de una reja que no nos permitió darnos un abrazo o un beso. Sólo nos pudimos tocar las puntas de los dedos. Estábamos vigilados por jóvenes milicos con metralletas a punto de disparar”.

En el buque “Andalién” es embarcado conjuntamente con “700 prisioneros de guerra” con destino a Antofagasta. Para quienes no recuerdan el pasado, hubo en Chile una guerra entre los civiles y los militares de esa época. Los primeros no tenían armas, como sus adversarios. A éstos les sirvió para obtener ascensos a coronel, brigadier, e incluso Capitán General. Álvarez lo presenta así: “Nosotros teníamos la preparación intelectual para desarrollar labores útiles a la comunidad”. Al llegar a Chacabuco, la ex-Oficina salitrera, los detenidos se organizan: “En el campamento impartíamos diversos temas educativos”, alfabetización, historia, astronomía, computación, geografía” como el historiador y comunicador social, profesor Mario Céspedes (1921-2007) quien “Nos explicó los procesos extractivos del salitre. Él limpió la plaza, regó los antiguos pimientos. Nosotros reparamos el antiguo teatro y la piscina”.

Cuando los visitó el Cardenal Raúl Silva Henríquez (1907-1999), se celebró una misa, a la cual todos asistieron. Amenizada por el “Conjunto Chacabuco” dirigido por Ángel Parra, una canción mereció la crítica del comandante del ejército. Le pareció “altamente subversiva y provocadora” La letra, se le explicó, era una transcripción del Evangelio según San Juan, el evangelista.

Nuestro doctor tiene la hidalguía de reconocer que el trato fue duro, “pero soportable. La comida fue mala, pero suficiente. Tuvimos atención médica y dental prestada por médicos militares”.

Su vida en Chacabuco, como la describe Rolando Álvarez, no tiene los ribetes de un héroe o líder, ni del que se resigna al encierrro. Las cartas que envía a su esposa contienen sus pensamientos más íntimos. La ayuda solidaria se contrapone con la podredumbre que engendró el terror y el soplonaje; la deslealtad de algunos y la lealtad de otros. Nuestro doctor tenía una citroneta que dejó en un garaje para su arreglo. Cuando lo apresan, pide a un amigo que se preocupe de llevársela a su esposa, cuando esté arreglada. No lo hace. Pero un día su esposa ve el automóvil en la calle y encara al conductor que era un operario del garage. Este se la entrega de inmediato, sin argüir. Vemos la diferencia de actitud y honestidad entre el amigo y el mecánico.

La esposa en el intertanto despliega un actividad febril para obtener su liberación y acudió al Colegio Medico por ayuda. Negativa, no mueven un dedo por un socio y colega de la institución. Esto nos recuerda a otra, la masonería que reconoció años más tarde la misma actitud. Es en los momentos de crisis, cuando realmente se conoce al Otro. Recién llegados a Chacabuco, el comandante de la segunda división del ejército le dijo que “Éramos considerados prisioneros de guerra y que, por lo tanto, seríamos tratados según la Convención de Ginebra”. El trasfondo de ésta aseveración, significaba que “No íbamos a correr el mismo destino, como lo que perpetró la Caravana de la Muerte”. La visita del general Oscar Bonilla le permite asegurar que “Se mostró como el prototipo del fascista”. Obtenida finalmente la libertad, en Santiago los llevan al “Estadio Chile por una fila de pacos que nos pegaban a medida que íbamos entrando”.

Vale la pena acentuar el hecho de que este cuerpo de policía, proviene del pueblo mismo.

En contraposición, la esposa recordaba: “Yo conocí al carabinero que te entrevistó en Chabuco, es un capitán González. Era muy humano, diferente a todos los milicos”.

Veintiún médicos fueron asesinados. El comentario de Rolando Álvarez Araya es: “No todos los carabineros y todos los fachos eran malos”. La maldad engendrada en el país, provino de la cúspide y los mandos medios se preocuparon del resto con mucho entusiasmo. Como en la Alemania nazi.

* Dr. Emérito.Wichita State University

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