El Hombre Nuevo. En la senda del Che

Tomado de http://www.marcha.org.ar
Por Leonardo Candiano
01 Marzo 2013

Tercera entrega de la serie de notas mensuales sobre el proceso cultural cubano a partir de la Revolución de 1959. En esta ocasión nos centramos en el texto “El socialismo y el hombre en Cuba”, de Ernesto Che Guevara.

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En marzo de 1965, casi cuatro años después de las “Palabras a los intelectuales” de Fidel Castro Ruz, Ernesto Che Guevara envía al semanario uruguayo Marcha un ensayo que pronto se convertirá en un texto emblemático para toda la corriente de la nueva izquierda latinoamericana y, en particular, para los intelectuales revolucionarios de nuestro continente:“El socialismo y el hombre en Cuba”.

Allí rechaza críticas en referencia a que en el socialismo existiría una pérdida de la individualidad y una estandarización del ser humano. Para polemizar con esas posturas, destaca el preponderante rol del individuo en el proceso revolucionario cubano desde sus inicios con el asalto al Cuartel Moncada, su desarrollo tanto en la lucha guerrillera en el campo como en la clandestinidad en las ciudades, y el rol de constructor social que posee el hombre en la isla desde enero de 1959.
Pero lo más relevante del texto para nuestro análisis es que a partir de esta problemática, Guevara avanza sobre cuestiones referidas a la educación, la cultura y el arte, y profundiza sus postulados ya diseminados en diversos trabajos anteriores respecto de la importancia de la conciencia para el surgimiento de una nueva ética que redefina la relación del ser humano con su comunidad y asiente los pilares para la construcción del “Hombre Nuevo”, una de las categorías centrales de su pensamiento que será recogida por toda una generación de militantes durante los años sesenta y setenta.
En estas páginas, además, encontramos lineamientos similares a los de “Palabras a los intelectuales” en relación con la política de la revolución para con los artistas, fundamentalmente a través del enfrentamiento del Che con posturas dogmáticas que regulen a priori la actividad cultural. Guevara cuestiona, por un lado, la representación mecánica de la realidad propia del “realismo socialista”, y por el otro, impugna cualquier tipo de imposición política en el terreno estético y en la discusión ideológica, ya que sostiene que sin libertad en el debate no hay posibilidad de desarrollo de la lucha por una transformación social radical.
Observamos en este artículo una férrea crítica a la burocracia y al rol de los funcionarios políticos en el terreno cultural, y la defensa irrestricta de la experimentación estética. El Che plantea que aunque en Cuba aún “falta el desarrollo de un mecanismo ideológico-cultural que permita la investigación y desbroce la mala hierba, tan fácilmente multiplicable en el terreno abonado de la subvención estatal”, la opción reguladora lo único que logra es “ponerle una camisa de fuerza a la expresión artística del hombre de hoy”, lo cual no solamente impide avanzar en el camino hacia una nueva cultura, sino que lleva al “error proudhoniano de retorno al pasado”.
Asimismo, Guevara destaca que el avance continuo en lo educativo y en el acceso de las masas a la cultura resultan condiciones imprescindibles para establecer una nueva subjetividad sobre la que se apoye la futura sociedad comunista, sin la cual la vuelta al capitalismo sería sólo cuestión de tiempo.
De esta manera, resulta evidente la importancia que este texto adquirió para los trabajadores de la cultura y para los intelectuales en general. Como señala la crítica argentina Nilda Redondo en El compromiso político y la literatura, desde esta perspectiva: “El comunismo no es ya sólo un mecanismo de nueva distribución de los bienes materiales sino además y fundamentalmente la construcción de un nuevo ser”.
También en la misma línea que el texto de Fidel, para el Che los intelectuales deberían estrechar sus vínculos con el pueblo por sus productivas consecuencias en términos de la construcción de la nación y de la transformación socialista; por otra parte, la socialización de la educación y de los bienes culturales ayudará a generar nuevos artistas y pensadores nacidos en las entrañas del campo popular, por lo que la brecha entre “intelectuales” y “pueblo” se tendría que ir acortando paulatinamente. Pero Guevara vuelve a advertir que para lograr tal aspiración hay que escapar de uno de los mayores peligros en la construcción de la nueva sociedad; la burocratización, con su consiguiente regimentación de la producción artística, cultural e ideológica y su alejamiento de las masas.
“El socialismo y el hombre en Cuba” es entonces, entre otras cosas, un proceso contra el dogmatismo y la burocracia. Guevara sostiene que el socialismo debe gestar un nuevo tipo de sujeto social, una ética comunitaria y una sociabilidad antagónica a la burguesa, y dentro de esta teorización es que se propone una intelectualidad mancomunada con su pueblo que posea autonomía para desarrollar su actividad y forme parte activa en la constitución de la nueva cultura, para lo cual, según sus propias palabras: “No debemos crear asalariados dóciles al pensamiento oficial ni ‘becarios’ que vivan al amparo del presupuesto, ejerciendo una libertad entre comillas”.
El Che promueve una apertura ideológica en la construcción político-cultural de Cuba. Pero también deja en claro que, en medio de un proceso que iba adquiriendo un carácter ya no sólo continental sino mundial (Guevara envía este texto a Montevideo desde Argel, luego de su incursión político-militar en el Congo), el principal deber de un revolucionario es la defensa y construcción de la revolución, sin cuyo triunfo y sostenimiento estos debates carecerían de sentido. Un intelectual que se dice revolucionario no puede estar ajeno a la revolución. Se lee el presente como una oportunidad histórica para dejar atrás la sociedad de clases fundamentalmente a partir de las luchas que se están desarrollando en el tercer mundo, y en ese contexto las “simpatías” no alcanzan. Hace falta poner el cuerpo.
Sin dejar de lado su función específica, insta al intelectual –como al campesino, al obrero, al desocupado- a sumarse a los movimientos de masas, a redoblar esfuerzos e impulsar, defender y desarrollar los procesos transformadores para promover su victoria, ya que: “No se puede hablar de Revolución desde la comodidad y el individualismo burgueses, la necesidad ética por modificar las infelicidades de la humanidad obliga al compromiso directo y sin dilaciones, y este compromiso requiere de la entrega revolucionaria (…) la ética revolucionaria es un valor supremo y la sociedad nueva no es sólo el acceso a los bienes materiales para la mayoría de la población, sino fundamentalmente una sociedad constituida por un ‘Hombre Nuevo’ en el que primen los valores de la solidaridad por encima del individualismo”.
No se trata de ir en menoscabo de una actividad teórica o artística específica, no hay aquí una propuesta “antiintelectualista”, sino un intento por construir un “hombre nuevo” en el que se integre teoría y práctica, escindidas en la lógica capitalista. El intelectual revolucionario tiene un rol fundamental en el advenimiento de una nueva cultura, en la construcción de otra hegemonía política y en la constitución de ese nuevo ser.
Estas conclusiones del Che no se convirtieron en un redundante eco rebotando en el vacío. Pocos meses después de su muerte, escritores, artistas y pensadores de alrededor de setenta países reunidos en La Habana para un Congreso Cultural darán una de las muestras más contundentes de que el legado de Guevara no terminaba con su vida, sino más bien todo lo contrario, como menciona un poema de Nicolás Guillén: se diseminaba como tábanos a lo largo y ancho del mundo. Pero esa historia la analizaremos más adelante…

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