El cuerpo humano como lugar de memoria, y pasado reciente como proceso de deshumanización

Tomado de http://virginia-vidal.com
Por Carmen Pinto Luna

    Cada mañana al mirarme al espejo veo la enorme cicatriz en mi cabeza, es el recuerdo de las torturas [1]
    “quien ha sido torturado lo sigue estando (…) quien ha sufrido el tormento no podrá encontrar lugar ya en el mundo, la maldición de la impotencia no se extingue jamás. La fe en la humanidad, tambaleante ya con la primera bofetada, demolida con la tortura luego, no se recupera jamás” (Améry en Levi, 2009: 487).

Introducción: He querido considerar el cuerpo como un lugar de memoria, invocando a Pierre Nora en “Les Lieux de la mémoire”, el cuerpo humano actuando como punto de partida desde donde se urden recuerdos vividos y se reinsertan en las vidas personales de los individuos.Incorporamos aquí la idea de cuerpo como testigo del pasado para reinsertarlo en el presente como cuerpo-patrimonio donde habitan las memorias individuales y colectivas.

El recorrido por el cuerpo como lugar, nos permite postular la posibilidad del estudio de la memoria a partir de la comprensión histórica del ejercicio del cuerpo a partir de sus prolongaciones, según la teoría de McLuhan: “La prolongación de cualquier sentido modifica nuestra manera de pensar y de actuar, nuestra manera de percibir el mundo” (McLuhan, 1987).

Cuerpo y Memoria: Cuerpo y memoria se encuentran mutuamente implicados. El cuerpo humano muestra cómo trabaja la memoria social y como este aparato, desde el punto de vista simbólico como cultural, participa como memoria corporizada resignificando cuerpos, tanto cuando están presente, es decir los cuerpos que soportaron la represión la tortura y el exterminio, como en ausencias, en el caso de desaparecidos [2].

Según lo planteado por Halbwachs, “todavía no estamos acostumbrados a hablar de la memoria de un grupo, ni siquiera metafóricamente. Parece que semejante facultad sólo pudiera existir y durar en la medida en que estuviese ligada a un cuerpo o a un cerebro individual”. Sin embargo, debe admitirse que los recuerdos pueden organizarse de dos maneras: “alrededor de una persona definida, o bien en el seno de una sociedad”. En consecuencia para este autor habría una memoria individual y una memoria colectiva y según se participe de una u otra habría actitudes muy diferentes entre una y otra, inclusive contradictorias (Halbwachs, 2011:99).

Esto significa que la memoria colectiva circunda a las memorias individuales, pero no se confunde con ellas, sigue sus propias leyes y si bien ciertos recuerdos individuales penetran en ella, estas cambian de aspecto ya que se ubican en un conjunto que deja de tener una conciencia personal. (Es el caso de la memoria oficial instalada en Chile).

La presente ponencia pretende también mostrar cómo los campos de detención y de exterminio llevaron a cabo un proceso de deshumanización al que fueron sometidos hombres, mujeres y niños en estos lugares, atendiendo de manera fundamental a los testimonios de reconocidos sobrevivientes de Auschwitz, y algunos ejemplos del caso Chileno. Con esto quiero reivindicar la memoria y el testimonio, es decir el habla, como estructura de recuperación de una humanidad perdida. Además de destacar la figura del testigo como la posible transformación de una subjetividad que se ve sometida a un sufrimiento transformador de la relación del hombre con el mundo.

En efecto, el cuerpo humano se puede volver extraño cuando se producen desequilibrios en la esfera corporal. Cuando las prolongaciones cambian, los hombres cambian,se altera la forma en que percibimos toda la realidad. Es entonces cuando cobra importancia la memoria porque emerge una capacidad de rememorar. Por otra parte, las marcas, las heridas y cicatrices, siempre están a la espera de ser suturadas.

Recién llegado a Auschwitz, Primo Levi describe: “esto es el infierno. Hoy, en nuestro tiempo, el infiernodebe ser así, una sala grande y vacía, y nosotros cansados teniendo que estar en pie, y hay un grifo que gotea y el agua no se puede beber, y esperamos algo realmente terrible y no sucede nada y sigue sin suceder nada ¿Cómo vamos a pensar? No se puede pensar ya, es como estar ya muertos”. “Nos sentimos fuera del mundo (…) hemos llegado al fondo, más abajo no puede llegarse, una condición humana más miserable no existe” (…) “Nadie puede salir de aquí para llevar al mundo, junto con la señal impresa en la carne, las malas noticias de cuanto en Auschwitz ha sido el hombre capaz de hacer con el hombre” (Levi, 2009: 42, 47, 81).

La memoria es un instrumento maravilloso, pero falaz, dice este autor. Los recuerdos que en nosotros yacen no están grabados sobre piedra; no sólo tienden a borrarse con los años sino que, con frecuencia, se modifican o incluso aumentan literalmente, incorporando facetas extrañas. Más adelante agrega:“incluso en las condiciones más normales se opera una lenta degradación, una ofuscación de los contornos, un olvido que podemos llamar fisiológico y al cual pocos recuerdos resisten” (Ibíd.: 485).

Al examinar los recuerdos de experiencias límite, los ultrajes sufridos, entran en acción todos o casi todos los factores que pueden obliterar o deformar las huellas mnémicas: el recuerdo de un trauma padecido es en sí mismo traumático porque recordarlo duele, o al menos molesta: quien ha sido herido tiende a rechazar el recuerdo para no renovar el dolor. (…) el ultraje es incurable, se arrastra con el tiempo. El filósofo Jean Améry[3] lo dice con estas palabras: “quien ha sido torturado lo sigue estando (…) quien ha sufrido el tormento no podrá encontrar lugar ya en el mundo, la maldición de la impotencia no se extingue jamás. La fe en la humanidad, tambaleante ya con la primera bofetada, demolida con la tortura luego, no se recupera jamás” (Améry en Levi, 2009: 487).

Lo acontecido en Auschwitz, sucedió, con matices diferentes, recientemente en nuestros países del Cono Sur, como para corroborar la sentencia de Hannah Arendt sobre el Nunca Más[4] (Arendt, 2000).

He aquí fragmentos del relato de Manuel Guerrero [5]: “ya recibía golpes de pies y manos, era agredido… los puntapiés iban dirigidos al rostro y estómago (…) de pronto se escuchó un estrépito y sentí un fuerte impacto en el pecho. Parecía que un caballo me hubiese dado una coz de lleno (…) un dolor horadaba mi estómago. Quemaba, consumía, los oídos zumbaban y la cabeza se aprestaba a estallar (…) Empezó la aplicación de electricidad en diversas partes sensibles del cuerpo… la herida sangraba profusamente. Para ayudarte a recordar vamos a traer a tu mujer –dijeron mis captores- (…) Sólo por respeto a ti, no le hemos dado de capote, total voluntarios sobran” (Álvarez, 2003: 229-230).

Los siguientes testimonios son extraídos del Informe de la Comisión de Prisión Política y Tortura: “no contentos de mi aspecto desfigurado por los golpes, me arrancaron las uñas de ambos pies y a sangre viva me aplicaban corriente”. “Las yemas de mis dedos me ardían, me estaban clavando con agujas (…) encendió un potente foco de mercurio a unos metros de mi cara… mi rostro ardía, en mi desesperación me pasé la mano por la frente y parte de la cara… mi rostro quedó quemado y con marcas que llevo hasta hoy”. “Me colgaron desnudo, amarrado con los brazos a la espalda y me aplicaron corriente en las partes más sensibles, especialmente genitales (…) hasta la pérdida del aliento” (Cap.V: 230-231).

Hemos dejado hablar a cuerpos torturados que sobrevivieron, porque la memoria siempre es portada por grupos de seres vivos que experimentaron los hechos,pero en esta historia he querido incluir aquellos cuerpos que no tenemos, el de los que no pueden testimoniar, los desaparecidos, aquellos que forman parte de la experiencia límite de un secuestro, un cuerpo que no aparecía y del cual no se tenía ninguna información. En palabras Da Silva Catela: “entre la experiencia límite del secuestro de un ser próximo y la respuesta consciente para definirlo como desaparecido intermedia un tiempo de formación o revelación de esta categoría (…) ¿Cómo es construida esa nueva categoría de persona, con qué referentes?¿Qué fronteras impone? ¿Qué características sociales, políticas y culturales indican estos “muertos” sin cuerpo y sin sepultura? (Catela Da Silva, 2001: 113).

El hacer desaparecer fue una técnica de ocultamiento de los cuerpos asesinados, cuyo objetivo a largo plazo como nos dice Antonia García era “desestructurar redes sociales neutralizando los grupos políticos activos” (García, 2011: 47). Pero, ¿Por qué la muerte no fue suficiente, qué agrega el ocultamiento al asesinato? Coincidiendo con esta investigadora las respuestas son más o menos obvias: ausencia de pruebas, garantía de impunidad para los perpetradores, sostener que nada ocurre según el discurso del poder dominante, es decir, mantener artificialmente una idea de normalidad y de legalidad sin crímenes visibles.

En este análisis consideramos víctimas a los sobrevivientes directos de las torturas, pero también las indirectas, vale decir,el entorno familiar tanto de los sobrevivientes como de los desaparecidos. También sus cuerpos, sus prolongaciones y soportes fueron modificados, y por cierto conservan una memoria de los acontecimientos. De esta memoria, debemos distinguir dos categorías bien diferenciadas, con raros matices intermedios, las de quienes callan y las de quienes hablan, cada cual por razones muy válidas.

Quienes hablan lo hacen en general porque han adquirido niveles de conciencia que hacen reconocer que esa experiencia límite, es o fue el centro de su vida, es el acontecimiento que ha marcado su existencia, hablan porque se saben testigos de una experiencia excepcional y única, y hablamos, como dice Primo Levi, “porque se nos invita a hacerlo” (Levi, 2009: 602).

Desde el punto de vista de género, podemos leer en los trabajos de la memoria de Jelin,que en las experiencias represivas corporales propiamente dichas, existieron diferencias en las prácticas reales con las víctimas directas de tortura, prisión, desaparición, asesinato y exilio. Por ejemplo “hubo más hombres que mujeres entre los muertos y detenidos-desaparecidos.Esta diferencia parece haber sido más importante numéricamente en Chile que en Argentina o Uruguay” (Jelin, 2012:128-129).

Todos los informes existentes sobre la tortura indican que el cuerpo femenino siempre fue un objeto “especial” para los torturadores. El tratamiento de las mujeres incluía siempre una alta dosis de violencia sexual. Los cuerpos de las mujeres -sus vaginas, sus úteros, sus senos-, ligados a la identidad femenina como objeto sexual, como esposas y como madres, eran claros objetos de tortura sexual (Ibíd., 130).

Para los hombres, la tortura y la prisión implicaban un acto de “feminización”, en el sentido de transformarlos en seres pasivos, impotentes y dependientes. La violencia sexual también fue parte de la tortura en ellos, así como una constante referencia a la genitalidad -la marca de la circuncisión entre víctimas judías como factor agravante de la tortura, las referencias al tamaño del pene para todos, la picana en los testículos, etc., (Ibíd., 131)[6].

Como sabemos una de las primeras extensiones sensoriales del ser humano es la palabra. En el caso de experiencias como las descritas, los relatos sin duda trazan los límites de la (in)decibilidad de los padecimientos a que fueron sometidas las víctimas; límites que imponen los marcos sociales de la escucha a ciertas formas de testimonio, y a los límites de una escritura que bordea las fronteras del cuerpo sufriente.

¿Cómo se puede considerar ser humano a aquel al que se ha quitado todo lo que tiene, lo que es y podría ser, a quién se le han limitado sus prolongaciones y soportes?

Responder a la pregunta planteada invita a pensar que lo primero es considerar al hombre o mujer, y hacerlo sentir, como un pedazo de carne. Estos deben experimentar únicamente su cuerpo, por lo cual han de sentir dolor como máxima expresión de su propio cuerpo y suprema soledad. Como dice Améry, “el dolor, es la máxima exaltación imaginable de nuestra corporalidad”. El dolor encierra al hombre en sí mismo, no permitiéndole salir de sí, pensar, extrañarse ante sí y perder la conciencia. En definitiva, extrañarse del mundo y la confianza en sí mismo. “Por tanto -afirma Améry- ignoro si quien recibe una paliza de la policía pierde la dignidad humana. Sin embargo, estoy seguro de que ya con el primer golpe que se le asesta pierde algo que tal vez podríamos denominar provisionalmente confianza en el mundo” (Améry, 2001: 98).

Para Todorov, las huellas de lo que ha existido son o bien suprimidas, o bien maquilladas y transformadas; las mentiras y las invenciones ocupan el lugar de la realidad; se prohíbe la búsqueda y difusión de la verdad; cualquier medio es bueno para lograr este objetivo. Son manipuladas a fin de evitar recuerdos molestos (…) la Historia se reescribe con cada cambio del cuadro dirigente y se pide a los lectores de la enciclopedia que eliminen por sí mismos aquellas páginas convertidas en indeseables (Todorov, 2000: 11-60).

Esto último nos demuestra que entre el hablante y su escucha se sitúan los marcos sociales de la memoria y las condiciones de producción de los enunciados; es decir se ubican unos escenarios que crean las condiciones del habla y las disposiciones para la escucha, como indica Michael Pollak, caracterizando las formas de enunciación de las experiencias de situaciones límite, considerando como el testimonio histórico, la declaración judicial, los relatos bibliográficos, se constituyen sobre la base de formas narrativas que trazan lugares diferentes de escucha y de producción: cada uno es el resultado del encuentro entre las disposiciones del sobreviviente-víctima a hablar y las demandas de escucha y posibilidades de ser escuchado (Pollak, 2006: 56).

Para quienes han pasado por experiencias límite, el mundo deja de ser un lugar de deleite, se transforma en un espacio inenarrable que provoca los más diversos horrores, donde el cuerpo es sólo eso: cuerpo.Deja de ser un ámbito de expresión para transformarse en algo solitario y sin trascendencia. El cuerpo asume la más absoluta de las soledades en la medida en que la envoltura corporal se cierra al mundo y pone en contacto al hombre con su interioridad y sólo con ella. Por tanto, no sólo se pierde la confianza en el mundo sino que, además, éste deja de pertenecer a una conciencia de mundo.

A modo de reflexión final, quisiera señalar que la cuestión que estamos abordando no se puede cerrar sobre sí misma puesto que está llena de significados latentes y plantea más preguntas que respuestas, tiene además muchas bifurcaciones y enfoques posibles, lo que debería permitirnos generar una sensibilidad muy visible y una nueva cultura política centrada en la defensa de los derechos humanos y de los valores que los fundan y ¿Por qué no? la formación de una nueva identidad como sociedad.

Bibliografía

· Álvarez, Rolando (2003), Desde las sombras. Una historia de la clandestinidad comunista (1973-1980). Santiago de Chile:LOM
· Améry, Jean (2001), Más allá de la culpa y la expiación. Tentativas de superación de una víctima de la violencia, Valencia: Pre-textos.
· Arendt, Hannah (2000) Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal. Barcelona:Ediciones Lumen.
· Catela Da Silva, Ludmila (2001), No habrá flores en la tumba del pasado. La Plata: ediciones Al Margen.
· García Castro, Antonia (2011), La muerte lenta de los desaparecidos en Chile. Santiago de Chile: cuarto propio.
· Halbwachs, Maurice (2011), La Memoria Colectiva. Buenos Aires: Miño y Dávila.
· Jelin, Elizabeth (2012), Los Trabajos de la Memoria. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.
· Levi, Primo (2009), Trilogía de Auschwitz. Barcelona: El Aleph.
· McLuhan, Marshall (1987), El Medio es el Masaje. Un Inventario de Efectos. Barcelona: Paidós.
· Nora, Pierre (2008) Les lieux de mémoire. Montevideo: Ediciones Trilce.
· Pollak, Michael (2006), Memoria, olvido, silencio. La producción social de identidades frente a situaciones límite. La Plata: Ediciones Al Margen.
· Todorov, Tzvetan (2000), Los Abusos de la memoria. Barcelona: Paidós.

[1]Reinaldo Labraña, estudiante Valech de la U. Arcis, fue miembro del FPMR.
[2] En Chile según la información oficial son 1198 los desaparecidos.
[3]Austríaco de origen judío, miembro activo de la resistencia belga, se suicidó en 1978.
[4]Arendt enunció el poderoso argumento de que una vez que sucede un acto tan terrible sin precedentes es más probable que se repita, pues a pesar de que haya sido castigado se convierte en un antecedente y en una posibilidad.
[5] Profesor, dirigente de la Asociación Gremial de Educadores de Chile, dirigente de las Juventudes comunistas, asesinado por agentes del Estado, el 30 de marzo de 1985, en el conocido Caso Degollados.
[6]Esta situación puede ser corroborada en los testimonios recogidos por el Informe de Prisión Política y Tortura, más conocido como Informe Valech.

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