Un alma inquieta que revoloteó el continente

Tomado de http://sitiocero.net
Por Patricia Moscoso

Al periodista holandés Koos Koster lo mataron en 1982, el 18 de marzo. Lo asesinó una patrulla del ejército salvadoreño, en una emboscada que le tendieron bajo la excusa de que estaba en contacto con la guerrilla. El y su equipo – camarógrafo, sonidista y productor- cayeron bajo las balas del Batallón de Infantería de Reacción Inmediata Atonal, mientras hacía un reportaje sobre la vida de los campesinos en Chalatenango bajo situación de guerra, para la cadena de radio y televisión holandesa Ikon. Un testigo que sobrevivió a la masacre, un militante del Frente Farabundo Martí, relató que los soldados dispararon a quemarropa a pesar de que los holandeses advirtieron en repetidas ocasiones de su condición de periodistas. La investigación de la Comisión de la Verdad que buscó establecer la verdad sobre violaciones humanas entre enero de 1980 y julio de 1991, – similar a la Comisión Rettig que se formó en Chile- estableció que la emboscada fue planificada. Escribo sobre Koss Koster, porque de alguna manera recordar su trabajo me reconcilia con la elección de la profesión que tengo. Muchas veces a lo largo de todos estos años he sentido que su espíritu me ha tendido una mano, desde dondequiera se encuentre (siempre he creído en los muertos que alumbran el camino). Y otras, como ahora, me muestra cosas que antes no vi y que recuerdan al gran periodista que fue. Me ocurrió anoche, mientras surfeaba en google. En 1981, en una carta que envió desde México me hablaba de un libro que estaba escribiendo, “muy divertido”, acerca de burócratas, curas y militares. Siempre quise leerlo, pero entonces solamente existía una versión en holandés. De pronto, a la velocidad de un click encontré el texto en castellano en archivo digital. Son relatos sobre episodios vividos en diferentes países de este continente: Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, El Salvador, Guatemala, México (donde residía), Nicaragua, Panamá, Uruguay, entre otros. Crónicas incisivas, esclarecedoras de un período de nuestra historia, anticipatorias incluso, pero también con mucho humor. Koss, como señala la introducción al texto que leo, era maestro en entrevistas breves y en sus conversaciones con quienes tenían el poder en América Latina siempre buscaba el vínculo con la realidad cotidiana de las personas que los rodeaban.”Solamente alguien con gran valor personal, con empatía y con amplios y profundos conocimientos de Latinoamérica es capaz de hacer entrevistas de esta manera” escribió el autor del prólogo.

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Así lo conocí: hablando con campesinos en San Salvador, refugiados de la guerra que tuvieron que dejar el lugar que habitaban, después de haber entrevistado a Monseñor Arnulfo Romero.

Al arzobispo lo asesinaron semanas más tarde, también en una operación militar, y Koss escribió entonces: “Monseñor está durmiendo, el pueblo cree que él está rezando en el cielo por el bien de El Salvador. Fue una pesadilla horrible”.

Estadio Nacional

Hijo de un pastor protestante calvinista estudió teología y siguió los pasos de su padre, pero dejó el ministerio pensando que como periodista sería más eficaz en la búsqueda de equidad y justicia. A comienzos de los años 70 viajó a Chile seducido por la experiencia de un gobierno socialista elegido por las urnas y por la experiencia de Cristianos por el Socialismo. A mediados de septiembre de en 1973 fue detenido con su esposa y llevado al Estadio Nacional. Cuando llegaron a arrestarlo, relata en una de sus crónicas “Los soldados destruyeron en un minuto mi archivo y rompieron la mayor parte de mis libros uno por uno, para hacerlos un gran montón fuera de mi despacho”. Terminado el cateo “el oficial (a cargo) se dirigió a los vecinos de arriba para darles las llaves de mi coche e informarles que nos íbamos a cambiar al Estadio Nacional”.

En el estadio, convertido en gigantesco centro de detención y tortura, Koss y su pareja permanecieron 20 días y fueron liberados gracias a la gestión del Obispo de Cuernavaca Sergio Méndez Arceo, vinculado al movimiento de la teología de la Liberación. A un colega holandés le escribió en aquellos días “Dios tenga su alma. La mía revuela inquieta sobre este continente”.

En su vuelo permanente por América del sur Koster volvió a nuestro país en 1978, para el plebiscito convocado por Pinochet, con la equívoca opción de defender la soberanía nacional, y a fines de 1980. Aquí entrevistó a gente cercana a la dictadura, como la Ministra de Justicia de entonces, Mónica Madariaga, que intentó en vano conseguirle una entrevista con Pinochet, y con figuras de la Iglesia católica, como Monseñor Enrique Alvear.

Pese a su terrible experiencia en el Estadio Nacional eligió quedarse en Sudamérica cumpliendo el rol de hablante por los que no podían sacar la voz, “el hecho de sobrevivir obliga” decía.

Es probable que quienes lean esta crónica nunca hayan escuchado hablar de Koss Koster y otros reporteros que murieron en la década de los 80, en la guerra civil que asoló El Salvador (un chileno entre ellos); tampoco sabrán de la cruenta represión desatada por los militares en Centroamérica. Así también ese periodismo informado, más cercano a la confrontación que a las relaciones públicas parece hoy en extinción.

Afortunadamente quedan todavía profesionales al estilo de Koos Koster. En Chile, gente como la de la Radio Santa María de Aysén que con mínimos recursos mantuvo informada a la región y a todo el país, sobre lo que estaba ocurriendo en esa zona aislada que decidió rebelarse contra un sistema inequitativo, a comienzos de 2011. Gente que desde sus blogs hace suyo el derecho a expresarse y que comparte conocimientos de variada índole o difunde cuestiones de interés común. Personas que recogen las voces de quienes por sí solos no pueden hacerse escuchar.

Twitter https://mobile.twitter.com/verde_olivo

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