Quebrar La Memoria: Una pregunta por las grandes alamedas

Tomado de http://eldesconcierto.cl
Por Rodrigo Ruiz
Fotografía Freddy Briones Parra

La Alameda no es una avenida muy elegante ni muy vistosa. Lo suyo es más bien el trajín diario que la majestuosidad urbanística de los bulevares de las “grandes capitales” donde se fotografían los turistas. Es la calle principal de una capitanía, no de un virreinato; pero es un lugar importante, enclavado al medio de los muchos quiebres de la identidad nacional, convertido en algo así como el ombligo de Chile desde mucho antes que Pedro de Valdivia fundara lo que no fundó.

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    El problema de la memoria entonces, de esa memoria fabricada, cuidadosamente despolitizada, judicializada y gestionada en la posdictadura, convertida en política pública, eficaz y calculada por la maquinaria oficial del recuerdo, la objetividad y la evidencia pericial, contenida en informes, memoria reparable con reparaciones en la medida de un posible chiquitito, el problema de esa memoria, digo, son las víctimas. Es allí donde la memoria tiene cara de persona. Huele, llora, sufre. Lo demás son folios, certificados, timbres, decretos, todas cosas importantes sin duda, pero al final, puro procedimiento. Las víctimas son, por el contrario, sujeto, o pueden al menos, intentar serlo.

1 Tenemos nuestros muertos, gente que nos falta, aquellos que se llevaron de alguna forma vil y no nos los devolvieron más. Yo tengo un niño pequeño, de seis años, que volvía azorado el 11 en la mañana del colegio a su casa en Antofagasta, y que prefirió no llegar y hacerle caso a su hermano mayor. Que se escondieran, que esos eran los militares, que algo malo estaba pasando. Hay sufrimientos enormes. Hay una Otilia con casi todos los hijos asesinados, y tantos más. Esta entelequia compleja que habitamos bajo el nombre “Chile actual” está construida sobre el terreno quebradizo que dejan las huellas del golpe y la dictadura. No hay manera de escapar de eso. Duele en noches insomnes como duelen los huesos cuando hace frío. Mi niño ha seguido conmigo todos estos años y quizás lo más importante que ha aprendido es dejar de quejarse.

Un buen día se sacudió la ropa, sintió vergüenza, quiso caminar y lo hizo. Desde ese día no lo ha parado nadie. Algún día podrá venir alguien y morderlo, atenazarlo, meterlo en una prisión, torturarlo, pero él ya no tiene regreso. Si alguna vez fue una víctima, ya no lo será nunca más. ¡A la mierda con la objetividad judicial! Él sabe, o trata de saber, en lo que se mete cada vez que se mete en algo, y sabe que las luchas justas, en un mundo injusto y desigual, se pagan de muchas formas, pero siempre se pagan. Y sabe también que saber eso no hace las cosas más justas ni los dolores menos jodidos, porque lo que tiene que doler duele, pero le permite sacudir el cuerpo con una rabia que le nace en la guata cada vez que alguien quiere mirarlo como una víctima, aún incluso, cuando ese que lo mira así es él mismo.

2 Antes de que la Alameda fuese la Alameda, antes de que el Director Supremo de la nación, mandara a remodelar en 1820 la entonces llamada Cañada trayendo un grupo de álamos desde Mendoza, para darle el nombre con que la conocemos hasta hoy; antes de que Pedro de Gamboa, maestro de obras y alarife venido con la expedición de Pedro de Valdivia dibujara sobre el suelo rico y mañoso del valle una cuadrícula ordenada; antes de que la bautizaran con el nombre ampuloso de Avenida del General Libertador Bernardo O’Higgins; y antes, por cierto, de que Pedro de Valdivia se asentara en esas tierras que no descubrió ni eran un lugar vacío donde tuvo la genial idea de edificar una ciudad –configurándose con esa falacia, acaso, el primer gesto usurpador de la memoria oficial–, florecía por esos lados un importante núcleo urbano Inca, del Tawantinsuyu Sur, con edificaciones y plazas.

La idea entonces de enclavar una ciudad capital aquí no es española, es local, nativa, americana. Ellos no eran descubridores ni fundadores, eran, simple y violentamente, conquistadores. La arqueología postula que esta ciudad Inca estaba construida de manera similar a Cuzco. Con una gran Plaza Mayor –donde hoy está la Plaza de Armas– rodeada de edificios públicos. Las viviendas, luego, seguían el sentido de los senderos incas, y había depósitos, acequias y terrenos agrícolas. Todo fue saqueado por Diego de Almagro en 1536. Tomaron a las jóvenes vírgenes mamaconas consagradas al dios del Sol que residían en el monasterio, además de matar a la mayoría de los caciques.

Los españoles sabían que los actos de escritura pueden ser más fundantes que muchos otros que cuentan con una materialidad aparentemente más decisiva; y sabían que las escrituras pueden hacerse también con piedras, argamasa y planificación urbana. Y así como con Tenochtitlán y Cuzco, lo hicieron sobre aquella ciudad que se erigía en el valle del Mapocho. Se podía llegar a ella desde el Cuzco por el famoso Camino Inca, que tenía su límite sur en la Plaza Mayor. La avenida Independencia reproduce su trazado. Uno se puede parar en la Alameda a la altura de la calle Bandera por el norte y San Diego por el sur y estará sobre el punto mismo donde la vieja ruta cruzaba el brazo sur del río Mapocho. Hoy el Camino Inca pasa por debajo de la avenida republicana. Sobre ella, en el bandejón central, como una imagen oblicua y desenfocada, algún borracho de ocasión dormirá tirado en el pasto como vivo emblema de la nación.

3 Edgardo Boeninger, dirigente DC y ministro de la Secretaría General de la Presidencia del gobierno de Aylwin, debe haber sido la mente política más aguda de la llamada “transición”. Pertenecía a una dirigencia concertacionista que bastante antes de 1990, y sin decirlo en voz alta frente a sus propias bases, estaba completamente persuadida de que el régimen que vendría debía basarse en “una economía de mercado con predominio de la empresa privada” y que la “transición” que debía resolver como uno de sus problemas principales, el de los Derechos Humanos. Para ello, el camino de la “justicia en la medida de lo posible” anunciado por Aylwin en el Mensaje Presidencial del 21 de Mayo de 1990, no implicaba, en palabras de Boeninger, “poner punto final al tema de los derechos humanos sino superarlo en cuanto problema político”.

El problema de la memoria entonces, de esa memoria fabricada, cuidadosamente despolitizada, judicializada y gestionada en la posdictadura, convertida en política pública, eficaz y calculada por la maquinaria oficial del recuerdo, la objetividad y la evidencia pericial, contenida en informes, memoria reparable con reparaciones en la medida de un posible chiquitito, el problema de esa memoria, digo, son las víctimas. Es allí donde la memoria tiene cara de persona. Huele, llora, sufre. Lo demás son folios, certificados, timbres, decretos, todas cosas importantes sin duda, pero al final, puro procedimiento. Las víctimas son, por el contrario, sujeto, o pueden al menos, intentar serlo.

Sin embargo, las víctimas tal como las conocemos han sido fabricadas por la maldad de sus victimarios: el Mamo Contreras, el brigadier Espinoza, el Guatón Romo, Krasnoff, Pinochet mismo, y un largo etcétera. Esas víctimas, si se me permite, unas víctimas que amamos con un amor sincero, amplio, solidario, que nos arrancan del alma los más nobles valores, son víctimas que debemos superar. Son partos de una memoria obediente, vertical, dependiente; son el resultado político de un recuerdo que apila incansable su lamento demasiado ocupado de la propia piel, ajeno al presente que brotó de la misma historia que las hizo víctimas. Es una memoria que espera, propia de unas víctimas constituidas como seres sin contingencia que por esa vía son derrotados una y otra, y otra vez.

Una de las cosas que oficializa como víctimas a esas víctimas es el supuesto de que este es un mundo justo y que las cosas que las han convertido en víctimas no son el resultado de relaciones de poder permanentes y ubicuas, que no son los costos ya naturalizados con que el capitalismo se intensifica y expande, sino puras anomalías de un pretendido imperio del derecho. ¡Puras mentiras! Una cosa son los vencidos y otra son las víctimas. Una cosa es haber sido derrotados, hecho incontestable de la historia, y otra es quedar en un permanente estado de inmovilización política. El problema de la memoria, como se sabe, es un campo de batalla presente y práctico.

4 La Alameda ha sido privatizada por una doble corriente que articula la dinámica represiva de la dictadura que expulsó a la gente de las calles y la guardó temerosa en sus hogares, con la dinámica económica del neoliberalismo, militar o civil, que avanza sobre todo y sobre todos como una maquinaria implacable de mercantilización. Así, mientras se prohíben marchas por la avenida principal y se clausuran con vallas papales los alrededores de La Moneda a toda forma de expresión social discordante, se cubren las fachadas de los edificios del “barrio cívico” con enormes gigantografías de empresas privadas o se instala frente al Palacio de Gobierno un muy alto árbol de navidad de la Coca–Cola. La prohibición y la reelaboración privada de la Alameda corren juntas en un mismo tiempo y en un mismo gesto. Ese es quizás el antídoto más eficaz que la “revolución silenciosa” ha puesto en práctica contra el “se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”.

Si entendemos lo público asociado a lo común, a lo democrático, a todo aquello que se reparte generosamente entre todos por el bien de todos, este “espacio público” resulta privatizado desde arriba y gravemente mercantilizado, tal como ocurre con la educación y el lucro. Eso es lo que ha pasado con la Alameda desde 1973. Ha transitado desde el toque de queda militar a la eficacia de una planificación urbana de transporte automotor y publicidad exacerbada. De la protesta al esmog. De la multitud a las vías segregadas.

5 De ahí la ironía de la reparación. ¿Qué van a reparar? La refundación neoconservadora de la sociedad chilena eliminó los derechos sociales universales con el mismo impulso que aniquiló y desapareció a miles de personas. Luego, cuando el gobierno del nuevo orden debió realizarse por métodos civiles, sin sangre, con la construcción del consenso vino el otorgamiento a algunos de lo que se quitó antes a todos. Bajo la forma infame y mentirosa de un privilegio, se entregó a las “víctimas” salud gratuita, educación gratuita, pensión y alguna que otra cosa más. Esa es la ironía sobre la que está edificado todo el sistema de reparación y que oculta la despolitización de la memoria.

La reparación de las víctimas de violaciones a los Derechos Humanos operada por la lógica neoliberal se parece demasiado a las políticas de focalización para la pobreza. Ahí está la trampa. Por eso el tema principal de la memoria no es la carne, ni el cuerpo ni su muerte, ni siquiera es la violencia, sino la transformación. ¿Qué es lo que se transforma cuando se desatan los genocidios? Si el cuerpo, como el dinero y la pistola del tipo de uniforme no son más que relaciones sociales, hay que preguntarse ¿qué relaciones sociales cambiaron, cómo? ¿Qué relaciones de poder han emergido? ¿A quiénes benefician? ¿Podrían las reparaciones oficiales reparar las transformaciones operadas sobre esas relaciones sociales? Una vez un alumno de una pujante universidad privada me dijo en una clase: “¿no será que todo este tremendo costo de los Derechos Humanos es lo que tenemos que pagar para ser ahora el país exitoso que somos?” ¿Qué reparación podría “reparar” ese sentido común? Viceversa, ¿con quién, con quiénes, junto a cuántos millones puede estar la memoria cuando recupera para si la cuestión mayor de la transformación?

6 No sería malo prolongar la Alameda hacia Providencia y más arriba. ¿O acaso las grandes alamedas del hombre libre deben ir sólo de Plaza Italia “para abajo”? Llevamos ya demasiado tiempo respetando la lógica segregacionista del Camino de Cintura, que se proyectara bajo la intendencia de Vicuña Mackenna como parte de una modernización elitista de la capital. En el texto La Transformación de Santiago, el intendente distinguía el “Santiago propio, la ciudad ilustrada, opulenta, cristiana”, inscrito dentro del mencionado trazado, de la “inmensa cloaca, de infección y de vicio, de crimen y de peste, un verdadero potrero de la muerte” donde se reunían los habitantes de los conventillos del “afuera”.

Una intención de demolición de esa línea divisoria parece anunciarse en las movilizaciones del 2011 y el 2012, que disputan la ciudad y su centro con creatividad y sentido de futuro, redefiniendo lo común. Sin embargo, no deja de llamar la atención que mientras esas marchas de cientos de miles reiteran su intención de convocarse en la Alameda, montan un thriller o una besatón en la Plaza de la Ciudadanía, o reúnen a la gente allí donde hasta hace poco estaba instalada la ominosa Llama de la Libertad; las otras marchas, las de la conmemoración del 11 de septiembre, marcadas por la identidad de la vieja izquierda, se reúnen en la Alameda para abandonarla rápidamente hacia el norte, en dirección al Cementerio General, manifestando así su sentido luctuoso, como un viaje que empieza en un presente privatizado y ajeno, en pos de una época que queda tan atrás que no es posible habitar. En las primeras, Allende camina alegre y desenfadado saludando a la multitud a su misma altura, de terno negro y banda presidencial; en las segundas su imagen atrapada en las fotos queda detenida como en un monumento. Uno de los trabajos del presente, parece, tiene que ver con quebrar y construir nuevos modos de memoria. No abandonar el 11 ni su conmemoración y remembranza, pero si entregarlo a nuevas manos.

7 Los genocidios más grandes son las expansiones capitalistas. Se ha calculado que la población americana se redujo por efecto de la conquista en más de un 90%. Es la matanza más grande la historia. Se dice que hay una cantidad de muertes atribuibles a la viruela, pero sin dudas otras muchas se deben al trabajo forzado, a las hambrunas, a la separación forzosa de las familias para un trabajo esclavo que capturó pronto una cantidad importante de población africana: 60 millones fueron cazados en territorios subsaharianos para ser traídos a las plantaciones. Todos estos procesos de expansión capitalista se revelan cruentos.

Pero no es la “maldad” de los victimarios lo que los explica, pues éstos son, siempre, “espantosamente normales” (Arendt). Bien vista, es la misma normalidad del consumo y de la vida moderna. El esmog de Santiago mata, denuncia el doctor Tchernitchin: “cuando la calidad del aire es considerada todavía buena (índice ICAP 100, 150 ng/m3), la mortalidad ya está aumentada en un 10%”. Pero eso ya es normal. No hay de qué asombrarse. Las muertes por enfermedades respiratorias causadas por una cierta estrategia de desarrollo capitalista no están en ningún informe sobre Derechos Humanos. Entonces, no es que haya un verdugo en cada uno de nosotros.

Pero asimismo es falso decir que el victimario no está en nadie, que es pura anomalía, error, una disrupción sin lugar. El problema no es quién es esa persona y cómo obra, que es de lo que se preocupan los tribunales una vez que las cagadas están consumadas. Para la memoria el problema es qué constituye las condiciones de posibilidad para que estas cosas pasen y para que unas personas sean convertidos en monstruos por maquinarias de poder específicas, que los amparan, les pagan un sueldo, les dicen que ese es, simplemente, su trabajo, para abandonarlos luego ante los nuevos jueces cuando las correlaciones cambian.

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