Hojas de otoño: Tren al sur

Tomado de http://www.clarinet.cl
Por Enrique Gutiérrez

Chile, como un buen país consciente en el pasado de ser largo y estrecho antes de ponerse creído y tontorrón en el presente, tuvo un tren que, de una u otra forma, iba desde Puerto Montt hasta Iquique llevándonos desde el corazón de una ciudad al centro de otra.

20130620-040808.jpg

Hasta hubo uno, chiquitito, que subía al cerro Santa Lucía, era pintoresco en extremo, pero como somos tan modernos, lo acabaron.

Hoy en nuestro reino de la mentira y la fantasía interesada, gobernada por el Mago de Oz, o tal vez de Hez, nos dicen que el caballo de fierro renace porque puede, y solamente puede, que llegue hasta Melipilla el 2016.

Tal vez para que sea más fácil ir a comprarle dulces chilenos y alfajores a las blancas palomitas del camino que habitan en esa ciudad a mitad de camino entre el campo y la costa.

La economía es la economía e impone su dictadura.

En fin, en materia de ferrocarriles, el tiempo pasado fue mejor.

Lo afirmo con conocimiento de causa.

Viajé, por allá cuando moría la década de 1940, desde Santiago a Puerto Montt, sucumbiendo a esa melodía embrujadora del chacachá del tren, como dijo una vieja canción, algo de que los niños y los jóvenes de hoy no tienen noción.

Eran casi 36 horas de viaje y aventura.

De una enloquecedora sucesión de paisajes y pueblos, de chiquillos que saludaban nuestro paso y de campesinos que araban la tierra imperturbables, siguiendo a la yunta de bueyes que picaneaban sin piedad, sin preocuparse por el penacho de humo que lentamente se deshilachaba sobre el convoy.

Los candidatos presidenciales los usaban porque hacían fácil el contacto con la gente que acudía a verlos a la vía férrea y Salvador Allende viajó en los Trenes de la Victoria, hasta que se le hizo en 1970.

Si Michelle Bachelet tuviese en su comando mas consejeros con imaginación y menos ciempiés con proyectos y sueños personales, debería montar su propio tren, porque los rieles siguen allí y todavía se puede demostrar que de lo perdido, que bueno resulta lo que se encuentre.

El de nuestro viaje al austro, fue un tren con una larga locomotora a vapor, mejor dicho a carbón (¿sería una Henschel alemana o una Mikado gringa?), que si tenías la mala idea de abrir la ventana en pleno recorrido, te dejaba negro con el hollín de su humo espeso y no solo a ti, sino a todos los que te acompañan.

Yo lo hice y nunca olvidaré los gritos de espanto de mi madre, blanca y rubia, transformada en menos de un minuto en afro-chilena, nacida en Argentina. En todo caso, a mis 11 años, quedé peor.

Moral y materialmente.

Íbamos en unos elegantes carros dormitorio alemanes Linke Hofmann, que tenían departamentos privados por un lado y por el otro, un coche salón, con cómodos sillones que por las noches se convertían en literas de dos camas, perfectamente separadas y cerradas a los ojos indiscretos.

Tenían doble ventana para evitar ennegrecer, pero no faltaron los que abrían las dos, según recuerdo, como lo hice en un día gris cuando rodábamos entre Temuco y San José de la Mariquina.

Cuando bajamos en la estación de Puerto Montt – una ciudad donde solo había por aquellas épocas dos estaciones, la del tren donde estábamos. y el invierno –, a un par de cuadras de la Plaza de Armas donde hoy campea un supermercado –, el pavimento del andén se puso a dar vueltas.

Era el mareo en tierra. Nos dijeron eso y había que creerlo, resultado del vaivén constante del prolongado viaje.

De regreso en Chile en 1990, tras el tour Pinochet por el mundo, una de las primeras cosas que hice fue montarme en el tren al sur, trayecto más corto, solo hasta Concepción.

No pasamos por la estación de Temuco, verdadero mercado de artesanías, especialmente de unos llaveros hechos con los pesos de plata del novecientos, uno de los cuales aún anda por ahí suelto en algún oscuro rincón de mi añoso departamento.

Sin embargo si lo hicimos, de noche como siempre, por Talca y su Bertolone, un bar de antología frente a la estación con sus estanterías cubiertas de vino embotellado, llenas de polvo y no menos telarañas.

¿Quien se las iba a tomar cuando las pequeñas viñas de las cercanas Lontúe, Molina, San Javier y Villa Alegre surtían de un mosto de la casa, así litriadito y baratón, para chuparse los bigotes.

La cantineja, que no cantinela, sin pretensiones sino buena mercadería, la conocí no por mi viaje en tren, como lo hicieron muchos y muchos ciudadanos transformados ahora en sombras del ayer, sino cuando en mis iniciales escarceos periodísticos, fui a parar como simple libretista a la que fue una icónica emisora, la desaparecida, creo, Portales de la capital el Piduco, propiedad de los hermanos Rafael y Jorge Tarud y del grandote de Abraham Hasbún Ananías.

Tenderos ellos, los primeros dueños de La Flor del Cairo – asi se llamaba el comercio aquel, no es mi culpa, por allí también campeaba la zapatería La Bota Verde y el emporio La Bola de Oro–: y el tercero de la Santiaguina, nombre dado en recuerdo a que había salido de los varios comercios de telas y cortinas de los Hasbún, que prosperaron y fallecieron en la primera cuadra de San Ignacio, muertecito el último hace una década, digo, y yo no mas digo.

En tanto, con la agonía del ferrocarril, también al Bertolone se lo llevó el diablo cojuelo del neoliberalismo. Cambia, todo cambia, cantaron algunos para justificar su vuelta de chaqueta.

Pero mucho antes de eso, en una noche de copas y bronco canto de nuestros roncos y desafinados pechos, los chiquillos de la Portales, pedimos unos envases panzoncitos de la viña Undurraga, que nos hacían guiños coquetos desde un lugar elevado de la estantería.

Nos cobraron un precio de liquidación. La nada misma.

En mi bronca vida he tomado un mejor añejo, dado que aquel travieso vinacho había pasado años y años encerrado como un genio de la botella, en esa cárcel de vidrio oscuro y grueso.

Fue el gobierno de Eduardo Frei padre, aseguran, el que echó a andar el transporte automotor por esos caminos abandonado por la mano del hombre y puso las bases para hacer fallecer el sistema ferroviario.

Los mal hablados afirman que doña Maruja Ruiz Tagle tuvo su empresa de buses, pese a lo paupérrimas que fueron nuestras autopistas y no es que en estos días hayan mejorado tanto.

Después, golpe de Estado de por medio, le tocó el turno microbusero a las conyugues de los generales pacos, cuentan.

Lo que es un hecho es que los gobiernos demos del regreso democrático, primero el del vejete (¡escoba!) impresentable del Pato Aylwin y luego el del Frei hijín, con los administradores que nombraron, acabaron con los Ferrocarriles del Estado.

Bueno también acabaron con las minas de carbón y se llevaron en la rodada, cuesta abajo a Lota, y a la vieja provincia de Arauco.

Ambas, cosas que ni la dictadura se atrevió a cometer.

Contra todo pronóstico y lógica, dada nuestra demente geografía mejor adaptaba al tren, nadie se ha detenido a pensar en lo caro que es el transporte carretero para un país sin petróleo ni industria mecánica. Lo que se contamina, lo que se dilapida en importar vehículos, repuestos, materiales y maquinaria para construir y mantener esas autopistas infectadas de peajes.

Es posible que hubiese sido más barato subsidiar al ferrocarril. Pero nosotros somos especiales:

Acabamos con el pintoresco tranvía sublimado que era el pomposamente llamado Ferrocarril del Llano de Maipú, ya antes de 1960.

A la vuelta de pocos años, por allí mismo tuvo que pasar el metro a Puente Alto.

Chilenitos todos, casi es para pensar que no tenemos remedio.

Aunque a lo mejor sí, nunca se sabe.

Twitter https://mobile.twitter.com/verde_olivo

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s