¿Dónde se fue la Morena?

Los del otro lado ni se olvidan ni menos perdonan, solo no lo dicen.20130804-043743.jpg

Cuando la edad avanza, la caída de las hojas del calendario se acelera, dicen.

A veces es cosa de agacharse y recogerlas, pero el riesgo no es solo sentir el crujido de añosas articulaciones del cuerpo sino aquellos chirridos de los recuerdos que anidan en el alma.

Es arduo huir de esos fantasmas y no es cosa de tener una aspiradora que los desaparezca, como la antigua película sobre los cazadores de espectros.

Se necesita ser fuerte, capaz de resistir la comparación entre lo que fuiste y lo que eres y, lo peor: No agobiarte por lo que serás.

Total por cuatro días locos que vamos a respirar ¿para qué?

Una melodía del siglo pasado (que fuerte suena para todos los que tienen mas de 14 años, decirlo así, sin anestesia: El siglo pasado, que manera de envejecer), ya nos pedía convencernos: Lo que será, será.

Lo demás, y eso lo digo yo, es música.

Al llegar junio, un día me asalta, es el 4, ligado a mi juventud de reportero haciéndole el quite a la bohemia, no por falta de ganas sino de dinero, un mal que aún me persigue.

En 1932 se instaló en este paísito lo que parece haber sido el primer gobierno socialista de América. Toda, enterita, de témpano a témpano, desde los hielos de Canadá hasta los de la Antártica. Precisamente un 4 de junio, pleno invierno, lluvioso por lo demás, se ve en las fotos puros paraguas en las marchas.

A mi me faltaban siete años, dos meses y otros tantos días para nacer. Pero cuando me boté a izquierdista, en los cincuenta, era algo que se conmemoraba entre los socialistas, aquellos, no estos.

Y la diferencia es grande, va de Salvador Allende a Camilo Escalona.

Aterrador, escalofriante y desolador.

Pero. vamos al grano antes de que pasemos del llanto a la risa.

Ese día, cuando en Cuba ni se pensaba en Fidel Castro y en Venezuela ni la mejor de las adivinas del futuro se había topado con el nombre de Hugo Chávez, aquí se habían enarbolado las rojas banderas de la utopía social en un palacio de gobierno, la tercera vez que se hacía, tras lo que fue la Unión Soviética primero, la efímera segunda ocasión en Hungría y en Chile, la tercera, mas breve aún. Fueron 12 días de gloria y de miseria, pero hicieron historia aunque a muchos les traiga feas premoniciones.

Y en el pasado ya lo hicieron.

Cuba vendría en 1959, el día de Año Nuevo, vaya manera de celebrar a los entrantes 365 días de los antillanos.

En 1932 en la bella isla exhalaba sus últimos suspiros de poder el dictador Gerardo Machado y Morales, un liberal honrado pero autoritario y cruel, el Asno con Garras como lo bautizó Rubén Martínez Villena. Lo derrocaron en agosto de 1933 y al final, lo que prometía mucho se fue a las pailas, a la bolina, como dicen en el Caribe. Lo único que sacaron fue que Fulgencio Batista pasara de sargento a general y de ahí a tirano de historieta negra.

Cuando ocurrió. Fidel Castro tenía siete años. Chávez no vio la luz del sol hasta 1954, cuando a mi comenzaba a golpearme la conciencia social y no es por compararme con el comandante, que las distancias son siderales.

En 1932 a Chile se le movía el piso tras el tornado económico de la crisis de 1929. Los sindicatos rojos comenzaron a proliferar más rápido que los amarillos o los blancos, peores aún.

En la tarde del 4 de junio, un grupo de rebeldes de la Fach provenientes de la Base Aérea El Bosque, se tomaron La Moneda. Los sinceros en todo esto fueron Eugenio Matte Hurtado y el comodoro del Aire, Marmaduke Grove.

¿Quién manda el buque? ¡Marmaduke!, gritaban los rotos sublevados en esas horas de embriagante alegría que fueron un breve soplo de reivindicación y orgullo antes de volver a la rutina de la humillación y la sumisión enervante.

También estuvieron en el ajo, Óscar Schnake Vergara que terminaría en tránsfuga político, uno de los grandes intelectuales de este país, Eugenio González y Carlos Alberto Martínez, que terminó en el Senado años mas tarde.

Los conjurados pretendían alimentar, vestir y darle techo al pueblo, entendiéndose, según ellos, por pueblo al conjunto de los ciudadanos sin distinción de clase ni de partidos.

No alcanzaron a hacer mucho, ni siquiera una mediagua. Pero como la cesantía generalizada tenía a los de abajo y a los del medio endeudados hasta las orejas, se devolvió y gratis, casi todo lo empeñado en la que fue la Caja de Crédito Popular, la Tía Rica.

Nada de joyas pero sí herramientas para que pudieran trabajar.

También quedaron prohibidos los lanzamientos por no pagar el arriendo. Todos sabemos lo ocurridos con estos desalojos en la quebrada España del frío y malvado de Mariano Rajoy.

Eso fue suficiente para poder crear el Partido Socialista, lo que indica que no fue un gesto romántico, ni menos populista, sino una reivindicación concreta y sentida por la gente. Humana.

Que diferencia con muchos de los políticos de hoy.

Incluso se cuenta que tras dejar el Senado en 1949, fue necesario ir a vender un reloj de oro. de esos de cadena que iban en el bolsillo del chaleco, que le habían regalado tras su paso por el Senado, para salir de algunos apuros.

Incluso dicen que ni siquiera eran sus apuros.

Murió en 1954 cuando en el Instituto Nacional de la época, aun los profesores, como Julio Durán (nada, pero nada que ver con el radical-castrense del mismo nombre), César Bunster o Juan Godoy – sangre, sangrecitas a mi, nos decía para después dejarlo estampado en su relato Sangre de Murciélago –, te enseñaban a pensar, un pecado que hay quienes, tronantes, no perdonan.
Dos años más tarde, dejé el abrigador capullo de la secundaria y me lanzaron como un bicho desorientado, al vil mundo, a ser devorado por la vida, simplemente.

Fue entonces cuando conocí las canciones de la guerra civil española, esa misma que apasionó a don Marma.

No cantábamos rock solo lo bailábamos en cualquier parte, que ya andaban sueltos Bill Halley y sus Cometas y de llapa Elvis Presley, sino entonábamos sin mucho tono: Dime donde vas morena, y nos contestábamos: A la cárcel de Oviedo, una letra dedicada a la sublevación de los mineros de Asturias de 1934; y hasta el quinto, quinto regimiento, que peleó todo lo que se pudo.

Ni siquiera se nos olvidaba el Ay Carmela, que ya lo cantaban los guerrilleros españoles de 1810, combatiendo al ocupantes francés.

Don Marma avaló a refugiados de la península que llegaron tras la amarga derrota en 1939 sin un papel en los bolsillos.

No estaba Francisco Franco para mandarlos con documentos, sino para mandar fusilarlos.

También estuvo don Marma, al menos en espíritu en sus inquietudes sociales, pero sí físicamente en el funeral del joven poeta e institutano insigne. Héctor Barreto, que nos dejo de herencia su verso: El color de la sangre no se olvida, no es posible olvidarlo, es tan rojo, tan intensamente rojo.

Murió a los 19 años, en agosto de 1936, en el pavimento gris y húmedo de Serrano, en adoquines ya idos, cercanos a San Diego y Avenida Matta, cerca del café Volga y del teatro Imperial, donde mi madrina de bautizo, doña Luisa Soto, que me quiso como un hijo no deseado, era la dueña de la confitería, bueno, si no me equivoco.

Lo mato un naci pistolero, de noche, alevosamente, cuando caminaba solo.

Luego, bajo la dictadura, destruyeron en parte su tumba.

Los del otro lado ni se olvidan ni menos perdonan, solo no lo dicen.

Los de este lado, ignoran a los Barreto, convencidos de que solo se fallece de verdad, hasta cuando se evapora tu recuerdo.

Y no era ese cualquier túmulo fúnebre, lo hizo en parte el escultor Manuel Bandera.

Pero como todos sabemos, si muere la libertad, no le queda mucha vida a la cultura.

Tomado de http://www.clarinet.cl
Por Enrique Gutiérrez A.

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