Las cenizas del olvido: las vergüenzas de la transición pactada entre la derecha y la Concertación

    La condena moral del último discurso de Salvador Allende cae sobre los militares, la derecha golpista, sobre los freistas que apoyaron el golpe de Estado y sobre los socialistas, que se han transformado en gerentes y yanaconas de los golpistas.

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Durante 40 años las castas políticas de las dos derechas – Concertación y Alianza – han hecho lo imposible por mantener oculta la verdad de lo acaecido a partir de 11 de septiembre de 1973,
situación que continúa hasta nuestros días. Las motivaciones de tales actitudes son todas muy distintas: a los personeros de la derecha no les convenía que se recordara que ocuparon cargos de responsabilidad durante la tiranía y, además, no es creíble que ignoraran de las atrocidades cometidas contra las víctimas por parte de los aparatos de seguridad de la dictadura.
Aa los democratacristianos les asustaba que alguien les hiciera ver que fueran inspiradores y cómplices de la muerte de Salvador Allende y de miles de chilenos más; muchos socialistas olvidaron con facilidad que estuvieron recluidos en el extremo sur – en Dawson – y empezaron a convivir con sus verdugos.

Las páginas sociales de El Mercurio, en 1991, aparecían llenas de fotos de cocteles en las cuales ministros del gobierno de Patricio Aylwin brindan, entre sonrisas y abrazos, con los peores criminales y genocidas de Augusto Pinochet. Poco a poco, los prohombres de la Concertación empezaron a encontrar simpáticos, inteligentes, casi brillantes a aquellos mismos que antes habían aplicado electricidad en los genitales. Este repugnante baile entre verdugos y degollados se hacía en nombre de la “reconciliación”, que Pinochet la definía, en forma certera, como un “olvido absoluto de todo lo ocurrido en la dictadura”, es decir, una amnistía que abarcara todo el período en que llevó a cabo el terrorismo de Estado.

La empatía entre víctimas y victimarios fue total: Pinochet llegó a afirmar que Enrique Correa, por ejemplo, hubiera sido un gran ministro de su gobierno. El ministro del Interior del gobierno de Frei, Carlos Figueroa, y Miguel Otero, personero de la dictadura, trataron de hacer aprobar una “ley de punto final”. José Antonio Viera-Gallo, presidente de la Cámara, se le ocurrió la genial idea de que sólo se debieran juzgar los casos emblemáticos – Letelier, Prat, atentado a Leighton y otros – dejando de lado a miles de chilenos NN, fusilados y detenidos desaparecidos – que dio paso a la humillación de este personero al pedir perdón al representante de Pinochet, en un programa televisivo, ante el terror de una querella y sus consecuencias.

En algunos artículos hemos recordado que Eduardo Frei Ruiz-Tagle se negó durante su mandato a recibir a las agrupaciones de derechos humanos, entre ellas las de detenidos desaparecidos, y que José Miguel Insulza, al recordarle el asesinato perpetrado por agentes del Estado, minimizó la gravedad de la tortura y del asesinato. En este caso a Ruiz-Tagle sólo le faltó decir que “apenas los rasguñaron”, expresión utilizada por los militares -.

Los tribunales de justicia rechazaron recursos de amparo que, de otra forma, habrían salvado de la muerte a miles de chilenos. Cuando un juez íntegro, transparente y con calidad moral y ética a toda prueba, Carlos Cerda, se atrevió a iniciar algunas causas sobre violaciones a los derechos humanos, fue calificado en lista de expulsión por sus propios colegas del poder judicial.

Fue necesario que apareciera el caso del matrimonio Lejdeman, joven pareja formada por argentino y mexicana – que por idealismo vinieron a colaborar en la construcción de un socialismo en libertad y democracia – para conocer toda la podredumbre del repugnante contubernio entre torturadores y torturados, ex marxistas convertidos en neoliberales y, neoliberales convertidos en humanistas-cristianos. Este cóctel mortal es el que ha conducido a la vergüenza que nos embarga, cuando Chile, a diferencia de Argentina, no haya juzgado nunca a ninguno de los miembros de la junta de gobierno. ¡Caiga esta condena moral sobre muchos personeros de la Concertación y, por cierto, que abarca toda la Alianza!

No sólo el diálogo entre el niño –hoy adulto de cuarenta años – Ernesto Lejdeman y el general Emilio Cheyre, que en este país anormal está a cargo de las elecciones, nada menos que la “fiesta principal de la democracia” – dicen los siúticos – es decir, el zorro al cuidado del gallinero, ha servido para destapar a olla de hipocresía reinante. Anteriormente, la columna del rector de la U. Diego Portales, en su artículo dominical, había dejado en mala situación moral al ex comandante en jefe y ex presidente de SERVEL por el hecho de haber sido cómplice en el caso Lejdeman, en que un niño, hijo de un matrimonio asesinado cruelmente por una patrulla militar, que fue entregado por Cheyre a un convento de religiosas. En esta semana, en un programa de televisión del Canal 24 Horas se intentó un diálogo, en directo, entre el ex comandante y el Ernesto Lejdeman, cuyo objetivo – típico de hipócritas – era aparentar, luego de una discusión, una especie de reconciliación entre los dos, hecho que fue abortado por la valentía de Lejdeman, que nunca lo miró y siempre mantuvo la dignidad y refiriéndose a los militares como genocidas; además exigía a Cheyre que abandonara el pacto de silencio que, hasta ahora, ha hecho imposible saber sobre el paradero de los detenidos desaparecidos.

A estos cuarenta años de golpe militar se agrega, afortunadamente, una serie de programas de televisión que, al menos, nos muestra la verdad de lo ocurrido, y no la versión rosada que tanto canalla quiso difundir sobre el golpe de Estado y la realidad de los detenidos desaparecidos y ejecutados políticos. Está claro que lo único exigible es verdad, justicia y, por qué no, el justo castigo para los culpables de crímenes de lesa humanidad, no sólo para los que ejecutaron, sino también para aquellos los planificaron y aplaudieron, incluidos los serviles civiles, esbirros de la dictadura.

La condena moral del último discurso de Salvador Allende cae sobre los militares, la derecha golpista, sobre los freistas que apoyaron el golpe de Estado y sobre los socialistas, que se han transformado en gerentes y yanaconas de los golpistas.

Tomado de http://www.elclarin.cl
Por Rafael Luis Gumucio

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