Las batallas por la memoria desde una perspectiva libertaria

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    Si bien el recuerdo de las víctimas ha contribuido a reconocer esos atropellos y a avanzar en verdad y justicia, la forma de recordarlas, que se ha impuesto en los gobiernos de la Concertación, y que sigue operando en la actualidad, ha sido recordarlas en tanto meras víctimas, dejando de lado los proyectos políticos y las trayectorias vitales que motivaron la acción de esos miles de hombres y mujeres que fueron asesinados, desaparecidos, torturados, exiliados, exonerados y violentados. El recuerdo de las víctimas en tanto que meras víctimas instaura una memoria despolitizada que transforma a los sujetos que recuerda en una entidad abstracta y por lo tanto inofensiva. Cabe destacar sin embargo que organizaciones sociales, políticas y de memoria han hecho importante esfuerzos por restituir la dimensión política de quienes fueron víctimas de estos atropellos.

En el contexto de la conmemoración de los 40 años del Golpe de Estado de 1973 sucedió algo parecido a lo que pasó con ocasión de los 30 años, lo que podríamos decir, una suerte de “bulimia conmemorativa”, donde la avalancha de producciones de diverso tipo (académica, artística, periodística, etc.) fue dejando una sensación de saturación que permitió dudar del aporte de esta forma de enfrentar el recuerdo colectivo. Al igual que el año 2003, con ocasión de la conmemoración de los 30 años del golpe de Estado, los medios de comunicación, la clase política y el mundo académico, fueron entregando tal cantidad de información que resultó muy difícil que la sociedad pudiera procesarla, darle sentido y transformarla en una herramienta para pensar el presente y proyectar el futuro. Hacer memoria implica revisar los hechos y elaborar y re-elaborar sus significados,
y por lo tanto, la sobrecarga memorística solamente dificulta este proceso, haciendo casi imposible digerir tantas informaciones, imágenes, emociones y actividades. Evidentemente que la práctica conmemorativa nunca está de más (de hecho también se han estado desarrollando acciones novedosas e interesantes que intentan problematizar las formas dominantes de recordar el 11), pero no hay que dejar de sospechar de quienes activan sus memorias solamente en fechas emblemáticas, como si los hechos del pasado solamente tuvieran sentido cada 10 años. Sin embargo, cabe destacar que las acciones conmemorativas y el debate sobre el golpe y la dictadura terminó demostrando que su legitimidad se ha ido debilitando de manera significativa. No obstante, esto no responde al mero paso del tiempo sino al ejercicio sostenido de la memoria por parte de diversos sectores sociales y políticos.

Recordar el pasado de una sociedad siempre es un ejercicio colectivo donde se ponen en juego diferentes versiones de lo que sucedió, versiones muchas veces en pugna que libran batallas por imponerse como las legitimas y verdaderas. En fechas conmemorativas, esas batallas suelen librarse con mayor fuerza, tal como lo vimos en el marco de la conmemoración de los 40 años del golpe de Estado de 1973. Según va pasando el tiempo, se reorganizan las fuerzas políticas y se modifican los significados culturales sobre el pasado reciente, los sentidos de la conmemoración van mutando. Para los 20 años del golpe, en 1993, la pugna conmemorativa estaba mayormente enmarcada en la investigación y el reconocimiento de los atropellos a los derechos humanos, mientras que para los 30 años, el 2003, se avanzó hacia un mayor reconocimiento de los hechos y una reivindicación, al menos parcial, de la figura de Allende. Sin embargo, en ninguna ocasión ha habido un cuestionamiento significativo del legado autoritario de la dictadura militar en democracia. Hoy, en un contexto de importante movilizaciones sociales y políticas, la posibilidad de realizar ese cuestionamiento fue sistemáticamente evitado por las élites mediante el desplazamiento de la discusión hacia la figura retorica del perdón, figura retorica que sin duda se conecta con la idea de reconciliación, instaurada por el primer gobierno concertacionista. Esta figura retorica apeló al reconocimiento de las responsabilidades de quienes fueron actores sociales del periodo pre y post golpe de Estado, bajo la lógica de que “todos contribuyeron al clima político que llevó al quiebre institucional”. Una de las consecuencias de esta figura retorica ha sido el olvido activo de las circunstancias políticas, económicas y sociales del país en ese entonces, circunstancias históricas que llevaron a la izquierda a intentar transformar la sociedad chilena. En un sentido más general, esto coincide con el imaginario “republicano” que concibe a la sociedad chilena como una sociedad con una larga trayectoria democrática, sin considerar todos los mecanismos de mantención de los privilegios políticos y económicos de las élites y la exclusión de amplísimos sectores sociales.

La figura retorica del perdón se conecta con otro componente fundamental de las memorias de la dictadura, que son los atropellos a los derechos humanos y sus víctimas. Si bien el recuerdo de las víctimas ha contribuido a reconocer esos atropellos y a avanzar en verdad y justicia, la forma de recordarlas, que se ha impuesto en los gobiernos de la Concertación, y que sigue operando en la actualidad, ha sido recordarlas en tanto meras víctimas, dejando de lado los proyectos políticos y las trayectorias vitales que motivaron la acción de esos miles de hombres y mujeres que fueron asesinados, desaparecidos, torturados, exiliados, exonerados y violentados. El recuerdo de las víctimas en tanto que meras víctimas instaura una memoria despolitizada que transforma a los sujetos que recuerda en una entidad abstracta y por lo tanto inofensiva. Cabe destacar sin embargo que organizaciones sociales, políticas y de memoria han hecho importante esfuerzos por restituir la dimensión política de quienes fueron víctimas de estos atropellos.

Otra consecuencia de la forma de recordar a las víctimas impuesta por los gobiernos post-dictatoriales ha sido la invisibilización de las “otras” víctimas, es decir de todos los que sufrieron la violencia, la censura, el incertidumbre y el autoritarismo de la dictadura, sin ser “propiamente” víctimas de atropellos a los derechos humanos. El recuerdo de este periodo debiera ampliar su forma de concebir a las víctimas, asumiendo que la sociedad en su conjunto sufrió la violencia política, económica y social de la dictadura, violencia que no solamente alteró la vida de millones de chilenos, sino que permitió instaurar el modelo político y económico que cada vez más una gran mayoría de personas está rechazando en la actualidad. En este sentido, una tercera consecuencia de la forma de recordar a las víctimas ha sido situar el atropellos a los derechos humanos como un problema exclusivo de la dictadura, obviando los importantes atropellos cometidos por agentes del Estado en los gobiernos post-dictatoriales.

La memoria no es un mero ejercicio de recordación del pasado. Es más bien una elaboración del pasado desde el presente, elaboración que incide en cómo configuramos el presente e imaginamos el futuro. El pasado no está fijo, sino que va cobrando nuevos sentidos según cómo lo interpretamos. En este sentido, no estamos obligados a hacer memoria de la misma forma, recordando lo mismo siempre. Podemos pensar en otras formas de recordar, con otros contenidos. Por ejemplo, si bien fue relevante recordar a los desaparecidos y ejecutados políticos como víctimas, en un contexto donde no existía un reconocimiento social amplio de esos hechos, hoy día debemos revisar si tiene sentido seguir con esa forma de recordarlos. En este momento de crítica al modelo y de movilización social, probablemente tenga más sentido recordar a estos sujetos como luchadores, que tenían proyectos de sociedad que siguen teniendo vigencia en el presente.

En un contexto donde la sociedad chilena se ha repolitizado y se ha movilizado en torno a diversas problemáticas sociales y políticas, necesitamos memorias que nos permitan ver el pasado reciente en sus dimensiones de resistencia y lucha por la transformación social. Debemos recordar a las víctimas (a todas, no solamente algunas), pero también a los proyectos políticos que motivaban su acción. Por otra parte, para actuar en el presente debemos recordar cómo se ha actuado en el pasado. Aunque no necesariamente recibían esos nombres, se desarrollaron en dictadura una serie de prácticas de autogestión, democracia directa, apoyo mutuo y acción directa que debemos revisar, resignificar y analizar en términos de sus aportes a formas de acción y lucha libertarias, así como identificar y potenciar ese legado en el contexto post-dictatorial que va definiendo las luchas actuales.

Todavía es temprano para evaluar los efectos políticos de la conmemoración de los 40 años del golpe, pero parecen haber cambios bastante importantes, principalmente relativos a la deslegitimación de la dictadura militar y su herencia política y económica en el presente. Es posible ver que los esfuerzos por romper con esa herencia se van a seguir ampliando, lo cual implica el desafío de poner a disposición de la sociedad ideas, principios y propuestas que permitan avanzar en transformaciones de carácter libertarias, particularmente cuando las memorias de las luchas y las resistencias tienden a concebirse desde parámetros que no favorecen lecturas e interpretaciones basados en una mirada libertaria del pasado. En este sentido, el trabajo de la memoria debe ser sostenido en el tiempo y no realizarse solamente con ocasión de fecha emblemáticas.

Tomado de http://www.sicnoticias.cl
Por Roberto Fernández, psicólogo, académico Universidad de Chile.

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One thought on “Las batallas por la memoria desde una perspectiva libertaria

  1. Reblogueó esto en Comunicaciones y Reseñas memoriay comentado:
    Otra consecuencia de la forma de recordar a las víctimas impuesta por los gobiernos post-dictatoriales ha sido la invisibilización de las “otras” víctimas, es decir de todos los que sufrieron la violencia, la censura, el incertidumbre y el autoritarismo de la dictadura, sin ser “propiamente” víctimas de atropellos a los derechos humanos. El recuerdo de este periodo debiera ampliar su forma de concebir a las víctimas, asumiendo que la sociedad en su conjunto sufrió la violencia política, económica y social de la dictadura, violencia que no solamente alteró la vida de millones de chilenos, sino que permitió instaurar el modelo político y económico que cada vez más una gran mayoría de personas está rechazando en la actualidad.

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