Imágenes prohibidas/historias recuperadas

Un cuaderno de hojas cuadriculadas y tapas celeste me lleva al período 83-89. Comencé a escribirlo cuando me di cuenta que estaban ocurriendo hechos que no podía relatar en las crónicas que entregaba públicamente. Y porque sentía que si algo me pasaba, al menos habría un testimonio más personal para mi familia y amigos cercanos. Allí guardé escritos, panfletos, recortes, testimonios. Los momentos rescatados en esas páginas escritas con lápiz pasta azul han estado bailando en mi cabeza y han vuelto aparecer tras mirar “Chile las imágenes prohibidas”, el programa de televisión que a tantos ha conmovido. Cuando veo los archivos de la época me pregunto cómo hicimos para sobrevivir y permanecer aparentemente intactos. Digo aparentemente, porque al revivir esas situaciones el cuerpo se contrae el pecho duele y el corazón late más de prisa.

Marraquetas y balas

1983 fue considerado el año decisivo para derrocar a Pinochet. Las protestas masivas convocadas por organizaciones de trabajadores, políticas y sociales se iniciaron en mayo y a los dos meses un reducido grupo de reporteros solíamos reunirnos para hacer frente común ante cualquier ataque “disuasivo” de policías o militares. A eso del la una, pasadas las protestas en el centro, juntábamos monedas-literalmente- para pagar el taxi, única manera de salir hacia las poblaciones, y comprar marraquetas calientitas para almorzar o tomar once en la panadería que estaba a la entrada de la población La Victoria, uno de los focos más combativos. El fotógrafo Claudio Pérez solía trabajar espalda contra espalda con el colorín Navarro y usaban pañuelos para cubrirse la boca y la nariz de los gases lacrimógenos o agitarlos como banderas de paz. Luego aparecían con tomas notables.En esos días de compañerismo el miedo era asunto de rutina, pero no nos paralizaba Las calles de La Victoria se nos hicieron familiares y siempre había una puerta abierta para escondernos cuando comenzaban a sonar las balas. Los vecinos nos decían: “No se vayan, porque si los ven no se atreven a entrar” refiriéndose a los pacos o a los milicos. Pero muchas veces entraban y entonces el párroco Pierre Dubois salía a detenerlos. Una vez estábamos en la calle 30 de octubre- que se llama así porque ese día fue la toma con la que se inauguró la población, en 1957- cuando la gente empezó a gritar “Vienen, vienen, van a entrar”. Dubois corrió hacia la micro y nosotros detrás de él.

20131109-232255.jpgProtesta año 85 en AV Grecia Fotografía Mauricio Tolosa

Tal como muestran las imágenes vistas en televisión se paró frente al vehículo desde la cual bajaron los uniformados (creo que en esa ocasión eran del ejército). El oficial al mando dijo: Retírense o disparamos y sus subordinados apoyaron la rodilla en tierra apuntándonos.
Mis compañeros buscaron refugio y yo seguí parada al lado del cura con la grabadora prendida;él tenía a su Dios y yo a mi amigo Koss Koster, asesinado en El Salvador, a quien apelaba en situaciones de peligro. En ese momento dispararon sobre nuestras cabezas y la ráfaga quedó grabada. Más tarde, alguien me acercó a la casa donde vivía, en La Reina. A pocos metros del portón de entrada escuché el frenazo de un auto a mis espaldas en la calle absolutamente solitaria. Entonces, solo entonces, sentí un miedo paralizante,mientras apretaba el casquillo de bala que guardé largo tiempo como testimonio de esa escaramuza.

18 mil soldados en las calles

En agosto de 1983 Sergio Onofre Jarpa, el ministro del Interior de Pinochet, sacó a 18 mil soldados con la cara pintada a las calles del país. Cerca de la calle Brasil, un grupo de profesionales de una organización no gubernamental dedicada al estudio de temas de educación marchaba hacia la Alameda cantando “Quiero tener un millón de amigos”. Pero en vez de amigos llegaron los enemigos: una patrulla de carabineros les impidió el paso y pidió refuerzos. Detrás de ellos se estacionaron dos camiones militares con soldados, que les ordenaron sentarse en el suelo con la espalda contra la pared (mismo procedimiento usado en 1973).Hombres y mujeres fueron separados y mientras los subían a distintos vehículos iban gritando su nombre y algunos su número de teléfono a los a los periodistas que contemplábamos la escena petrificados. Obligados por los carabineros nos fuimos hacia la Alameda, donde jóvenes soldados dispuestos en fila acordonaban la acera, entre Manuel Rodríguez y Amunátegui. Iracunda, caminé frente a ellos preguntándoles: ¿Por qué están camuflados: contra quién es la guerra?. Uno muy joven bajó la vista y un par de lágrimas rodaron por su rostro tiznado. En ese minuto me di cuenta que también en el otro bando había víctimas del brutal sistema y lloré con el conscripto.

20131109-232905.jpgCatedral Metroplitana Fotografía de Mauricio Tolosa

Gritos y silencios

Dos gritos persisten imborrables en mi memoria: el primero, en marzo de 1985, fue de estupefacción y pena y lo oi en la Vicaría de la Solidaridad, cuando supimos que habían encontrado degollados los cuerpos los cuerpos de Manuel Guerrero, José Parada y Santiago Nattino, los tres militantes comunistas secuestrados la mañana anterior por agentes del Comando Conjunto (integrado por policía de distintas organizaciones de las Fuerzas Armadas). El segundo fue el grito congelado en las gargantas de los familiares que habían ido al Palacio de los Tribunales de Justicia, en la calle compañía, cuando fue a declarar a declarar a Miguel Estay Reyno, el Fanta a los tribunales de justicia en el proceso que se le seguía por delación. Recuerdo a los gendarmes llevando en vilo al prisionero que había entregado a sus ex compañeros a la tortura y había participado en los degüellos y a los familiares y periodistas corriendo detrás, en un intento desesperado de ver su rostro, mientras su figura fantasmagórica (vestía un polerón claro con capucha para tapar su cara) se reflejaba en el piso brillante de los pasillos. Fue un año horrendo. Una fotografía de Alvaro Hoppe nos mostraba a nos mostraba a Rodrigo Rojas de Negri, Inés Paulino, Astrid Ellicker y yo sonrientes en el patio de la casa donde estaban las oficinas de APSi, en Providencia. Por esa foto, tomada horas antes de la protesta durante la cual Rodrigo y Carmen Gloria Quintana fueron quemados vivos por una patrulla militar, nos citaron a declarar a la justicia militar. Estábamos aterradas, porque la orden procedía del mismísimo fiscal Torres, caballero de intimidante figura, y por el horror de lo acontecido a Rodrigo y Carmen Gloria. La sala donde debíamos presentarnos estaba al lado del Ministerio de Defensa y por ese sector circulaban poquísimas personas. Una cortina metálica se alzó para que entráramos, solas, y lo hicimos sin saber si saldríamos pronto o si quedaríamos detenidas. No recuerdo qué nos preguntaron, pero sí la sensación de miedo y de frío. Al cabo de un rato volvió a alzarse la cortina y salimos presurosas a abrazar a los compañeros que nos esperaban a prudente distancia.

Cucharas y dibujos

Los estudiantes iniciaron las protestas golpeando cucharas contras las mesas en los casinos donde almoraban. Un alumno de Antropología de la Universidad de Chile recordaba que estaban en el aula manifestándose (entonces la escuela estaba en Portugal) cuando irrumpió un piquete de carabineros y los detuvo: ”Me agarraron en andas, me torcieron los brazos y me arrastraron fuera de la sala” contó. “Sentía gran dolor, pero no quería gritar, así es que di vuelta la cabeza para mirar a la cara a uno de los que me llevaba y le dije : “Usted sabe que nosotros vamos a ganar, ¿no? . Sí, me contestó bajito ”

20131109-233432.jpgIlustración del reconocido dibujante Guillo

En la revista APSi, donde trabajaba el año 87, siempre tratamos de contrarrestar el miedo con risas. Por una portada que mostraba a Pinochet con peluca de Luis XVI tomaron presos al director, Marcelo Contreras y al representante legal, Fernando Villagrán. Seguimos escribiendo e improvisamos reuniones de pauta en el anexo cárcel Capuchinos, debiendo sortear previamente el exhaustivo registro de los y las gendarmes que custodiaban la puerta.

Una torta en la comisaría

En 1987, con Alvaro Hoppe fuimos a reportear una manifestación de Mujeres por la vida , en la calle Antonio Varas, al frente de un cuartel militar. Como también pertenecía a esa organización dudaba entre sostener el lienzo y leer un manifiesto que todas portábamos y cumplir la tarea de periodista. Logramos situarnos frente al cuartel y apenas desplegamos el lienzo alusisvo un piquete de soldados salió corriendo y nos lo arrebató. Hombres y mujeres fuimos detenidos y nos llevaron a una comisaría de Vitacura. Fanny Pollarolo logró convencer al prefecto que dejaran pasar una torta para celebrar el cumpleaños de una de las compañeras detenidas. Cantamos que los cumplas feliz, coreadas por los hombres que estaban en otro patio. Mujeres por la Vida fue una de las agrupaciones sociales potentes de ese período (1983 en adelante). Tanto como el Movimiento contra la tortura Sebastián Acevedo. Más allá de militancias políticas lograron reunir a personas cuyo compromiso primordial era denunciar las prácticas de la dictadura y pedir su fin. Allí estaban desde la artista visual Lotty Rosenfeld, a una jovencísisima Javiera Parada,y dirigentas como Fanny Pollarolo (del PC) o Graciela Bórquez de la Democracia Cristiana. En su transversalidad estaba también su fuerza.

20131109-233804.jpgManifestación por el NO Fotografía de Mauricio Tolosa

Fin de historia. o comienzo

La noche del plebiscito pasé corriendo entre el Hotel Plaza San Francisco, donde se reunían los dirigentes opositore y el edificio Diego Portales (hoy Centro Cultural Gabriela Mistral) donde emitía los cómputos el gobierno dictatorial. Casi al lado del Diego Portales estaba el Comando del No y en medio se ubicaba el pequeño estudio de grabación en el cual un reducido equipo de periodistas transmitíamos en vivo ese hecho trascendental, para la Radio Nacional de Suecia. Pasada la medianoche, cuando ya se sabía el resultado extraoficial a favor del No hice una de mis últimas carreras. Las fuerzas policiales se estaban retirando y yo, ignorando que aquello formaba parte de un nuevo intento de golpe de estado, casi jadeante me detuve y abracé al carabinero que en solitario custodiaba la calle Lastarria ¡Ganamos! le dije y seguí corriendo con mi grabadora hacia el estudio. No sé lo que ganamos ni cuánto. El 4 de septiembre de 1989 la CNI asesinó a Jecar Neghme, dirigente público del Mir, a quien había entrevistado días antes en una solitaria oficina del APSi con bastante miedo, porque ya entonces el representante del movimiento de izquierda más radical había recibido amenazas de muerte. El 28 de mayo de 1993 trabajaba en una oficina en la calle Villavicencio al frente del Ministerio de Defensa y cuando los militares se acuartelaron en protesta por la revisión de cuentas de Pinochet- eso que fue conocido como el boinazo volví a sentir el mismo miedo que en los días posteriores al 73. Quizás Manuel Guerrero Antequera, que lleva el mismo nombre de su padre secuestrado y degollado por el Comando Conjunto, tenga razón cuando dice que recién estamos perdiendo el miedo de hablar. Aunque, indudablemente entremedio hubo un lapso en que toda una generación pudo crecer, hablar y manifestarse sin el temor a que sus padres o ellos mismos fueran detenidos, torturados o secuestrados en medio de la noche (no olvidemos que gran parte de las víctimas de la represión fueron jóvenes). Vuelvo entonces a un texto de Pierre Nora, coautor de obra “Los Lugares de la memoria” (1964-1992, Gallimard), que le otorga sentido a la catarsis que hemos estado viviendo con “Chile imágenes prohibidas”: Todo lo que hoy llamamos memoria, no es entonces memoria sino historia. Todo lo que llamamos llamarada de memoria es la culminación de su desaparición en el fuego de la historia. La necesidad de memoria es la necesidad de historia.

20131109-234048.jpgMediodía 6 de Octubre de 1988 Fotografía de Mauricio Tolosa

Tomado de http://sitiocero.net
Por Patricia Moscoso

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