La cueca de Víctor Jara

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Entré con mucho temor con mi guitarra en la mano. Había sido seleccionada para dar examen y postular al curso de folclore de tres años que se daba en la Casa de la Cultura de Ñuñoa. Mis zapatos crujieron en la madera, conservando aún la gravilla de los amplios jardines. Eso, me atemorizó un poco más.

Escuché mi nombre. Entonces avancé y lo primero que vi fueron sus ojos negros, decididos, sonrientes. El cuello de su beatle negro de lana se confundía con unos rizos desordenados.

Presentaron a la comisión y ahí supe que se llamaba Víctor y sería mi profesor. Me hizo algunas preguntas y más pronto de lo que mi agitado corazón deseaba, llegó el momento. Se sentó frente a mi con su guitarra y sonriendo me dijo :

– ¿Qué vamos a cantar?

Yo había preparado varias canciones de mi repertorio, pero prendida de sus ojos respondí:

– Volver a los diecisiete

Escuché entonces por primera vez tu risa que aún resuena en mi corazón.

– ¿Y qué edad tienes? ¿Cómo vas a volver a los 17? ¿O ya los cumpliste?

Casi ofendida respondí un poco avergonzada:

– Tengo diecinueve, estudio Periodismo en la Chile

Me miró muy serio. Corté el asunto, no quería más preguntas, las dos profesoras que lo acompañaban habían sido particularmente agrias conmigo y sentí que ya tenía suficiente.

Mis dedos buscaron las cuerdas y empecé a tocar mi guitarra, con voz bajita y monótona decidí cantar “Volver a los diecisiete, después de vivir un siglo…”

Sentí que Víctor empezaba a acompañar los acordes, mis dedos volaban y mi mano derecha rasgueaba segura.

Entonces levanté la mirada, vi que cantaba conmigo y sonreía.

“¡¡Tus ojos sobre mis ojos paloma palomita..ay paloma!!”

Al terminar el canto dijo con voz firme y clara:

– Me gusta mucho, mira que chica tiene las manos, pero pa´la guitarra la tiene pesada, como vieja campesina.

Quedé seleccionada y aprendí que mi maestro, Víctor Jara era un hombre de teatro, dramaturgo y profesor. Director del Quilapayún, integrante del Conjunto Cuncumén. Un hombre de convicciones, resistido por la Municipalidad de Ñuñoa que cada vez que podía demoraba su sueldo, necesario para comprar los medicamentos de su hijita que estaba enferma.

La vida continuó entre enseñanzas y aprendizajes. Nos fuimos conociendo y por cierto queriendo. Por lo menos yo lo quise, lo quiero y lo querré siempre con una admiración tremenda. Es una de las personas que constituyen mi tótem, mi guía, mi faro en la oscuridad.

En los sesenta y tantos, yo era muy joven y se me ocurrió cortarme el pelo muy corto, como Jean Seaberg en Sin aliento una película francesa que hacia furor en la época. Entones nunca más me llamó Silvia, pasé a ser “la peladita”.

Yo seguía todas sus instrucciones en clase, con fervorosa admiración. Matea, ensayaba mucho las canciones para no fallar cuando nos presentábamos públicamente bajo los añosos árboles del jardín de la vieja Casa de la Cultura que miran a la calle Dublé Almeyda.

Mi gusto máximo era cuando comenzaban los acordes de la cueca. El se paseaba y nos miraba…

– ¿Van a bailar cueca campesina o cueca aputá de puerto?… Agarrense la falda con ganas, no con dos dedos como las pitucas. La cueca se siente, no se interpreta…

Venga pa’cá Pelaita. Entonces yo me erguía, despertaba, parece que una energía especial me cruzaba el cuerpo y salía a su encuentro…

El paseo del brazo no existía. Más bien una especie de coqueteo. Yo sentada lo miraba, hurtaba los ojos, él se acercaba sonriente y cuando las cantoras ya iban a comenzar ahí estábamos los dos al medio del círculo batiendo palmas.

Al comienzo cohibida y temerosa, luego poco a poco entusiasmada.

Tus ojos frente a mis ojos paloma palomitay!!

Su pañuelo encerraba mi cuello, su sonrisa estaba al frente. Sus dientes blancos perfectos dejaban ver por instantes una lengua que se asomaba caprichosa.

Sus negros ojos frente a los míos, buscando que no huyeran de su encanto.

Vuelta.

Zapateo de ambos con pañuelos al aire, la conquista estaba lograda, la pareja ya estaba consolidada.

Esa era cueca mi alma!

El abrazo final era mi premio. El maestro aprobaba, hacía comentarios, enseñaba siempre.

Pasaron los años y siempre seguía la pista a la vida de mi maestro con silenciosa admiración. El Quilapayún crecía yo había terminado Periodismo y aires libertarios corrían por nuestro país.

Yo compartía el proyecto de un Chile nuevo, pero llegó septiembre y en vez de aires de cueca y tonada trajo ese año, ruidos de metralla y muerte.

Muy pronto, el día 15 me llamaron por teléfono y me avisaron:

– Silvia, tu profesor. Cayó.

Se me abrió el cielo y el suelo.

Han pasado 40 años y muchas veces he visto documentales, que tratan de hacerle justicia a su injusta muerte, como tantas otras.

Han pasado 40 años, para mi ahí están siempre sus ojos negros y su sonrisa.

Los pañuelos al aire compartiendo una cueca.

Tomado de Sitiocero
Por Silvia Santander

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