Retazos de cartas escritas en La Habana

    No pude ver las playas de Varadero, es cierto, pero desde detrás de la ventanilla percibí que de verdad estaba al frente de uno de los lugares más bellos de la Tierra, ninguna cosa que haya visto jamás se le parece.

Voy a contarte del paseo del mes pasado.

Salimos temprano, de tal modo que al avanzar por la carretera hacia el oriente, el sol brillante nos pegaba en el rostro y por momentos nos enceguecía. Por fortuna no hay carreteras en línea recta, y menos cuando se bordea un litoral, así que el sol dejaba de lastimar nuestra vista y nos permitía apreciar por largos ratos el paisaje frontal.

A mano izquierda siempre estaba el mar, con costas que me parecieron rocosas, sin arena, sembradas de lajas oscuras, pero de singular belleza. A esa hora la coloración de las aguas tenía un tono azuloso, más bien oscuro, en el que brillaban como espejos multitud de parches blancos que debían ser las olas. También, quizás por obra del viento, observé que se formaban sobre su superficie una especie de corrientes, como si se tratara de ríos que corrieran por sus aguas, que podían distinguirse perfectamente gracias a que su color era distinto, un grado más azul, sin el brillo exterior de las olas. Se juntaban irregularmente entre ellos, dibujando cuadrículas caprichosas y románticas. Ese paisaje no lo había visto en otros lugares. Aunque era muy bello, tenía cierto carácter sombrío, quizás porque las nubes todavía cubrían una buena parte del cielo. Al regreso, con un sol espléndido de tarde luminosa, el mismo paisaje se revelaba hermoso y delirante. Pero voy apenas de ida y no deseo desordenar mis recuerdos.

Por momentos, la carretera se alejaba de la costa, remontaba pequeñas colinas y se metía por entre pequeños valles en los que se descubría la Cuba rural que ignoro. Zonas en las que el color verde se apodera de la naturaleza, pastizales, siembras de plátano, caña, bosques y rastrojos con cierto aire de abandono. Se pueden observar algunas haciendas medianas y variedad de casitas y fundos en las que deben habitar y trabajar los guajiros. Poco a poco aumenta el número de cabezas de ganado vacuno que pastan en los potreros. Al comienzo era una curiosidad observar una que otra a lo largo de kilómetros, pero luego aparecieron por hatos, casi siempre de color oscuro, aunque había sí una que otra rojiza o gris.

Las colinas son suaves y pequeñas. En cierto momento comienzan a aparecer al lado derecho de la vía instalaciones petroleras, grandes tanques de depósito y torres con llamas encendidas en lo alto, que junto con otro puñado de construcciones metálicas te hablan de montajes para refinar el crudo. Son varias, separadas por algunos kilómetros. En una de ellas se destaca una chimenea inmensa, que se ve desde muy lejos, desprendiendo inmensas bocanadas de humo negro. Al pasar por fin frente a ella, impresiona por sus dimensiones, majestuosa y poderosa, gruesa y alta como la fe de este pueblo en su revolución.

Te diré que este tipo de construcciones me conmueven. Uno sabe que no es Cuba precisamente un país rico en hidrocarburos. Y también ha visto en Colombia la infraestructura petrolera relacionada con la extracción y explotación del petróleo y gas, que sí alcanza cantidades considerables. En nuestro país, la oligarquía gobernante se jacta de extraer un millón de barriles diarios de petróleo, una cantidad que a los cubanos debe parecerles fabulosa. Pero esa riqueza pertenece en buena parte a compañías extranjeras o no se destina a la satisfacción de las necesidades más apremiantes del pueblo. En Cuba, con las uñas, arrancan el crudo de la tierra y lo aprovechan al máximo para el beneficio general. Y están orgullosos de eso. Es obvio que no pueden ser comparadas la dignidad de la dirección revolucionaria cubana con la actitud miserable de la clase dirigente colombiana.

En algún momento comenzamos a observar un inmenso valle a nuestra derecha. Por la hora, quizás no son las ocho de la mañana aún, se lo ve completamente cubierto de nubes. Se halla en un nivel inferior al de la vía, que parece transcurrir por sobre el lomo de alguna cordillera ligera, así que nosotros, por la ventana de la camioneta blanca que nos transporta a alta velocidad, y al frente de cuyo timón se encuentra sentado un negro monumental de por lo menos ciento cincuenta kilos de peso y un metro noventa de estatura, nos sentimos como si navegáramos por sobre el cielo, en una nave del futuro, observando como ángeles el panorama terrenal. A alguien le escucho decir que se trata del mayor valle de Cuba, mientras otro lo llama la llanura de La Habana a Matanzas, un micro sistema ecológico con su propia vegetación y temperatura, que me recuerda lo que sucede en la serranía de La Macarena colombiana, en donde apenas a los mil metros camina uno sobre cerros con idéntico aspecto al de los páramos. Aquí, desde luego, la altura es muy inferior, no sé si será incluso menor que la línea del mar, pero considerando el trópico, la ubicación caribeña y la cercanía de la costa, no deja de impresionar enterarse que en algunas mañanas la temperatura baja a menos de siete grados, como si se estuviera en la sabana de Bogotá, a casi tres mil metros de altura.

La apoteosis de este curioso escenario se descubre al cruzar el puente de Bacunayagua, una magnífica construcción levantada sobre un abismo de rocas y maleza selvática, que incluso cuenta con un hermoso parador turístico al que se acercan numerosos visitantes, ansiosos por atalayar el horizonte con los binóculos móviles que se ofrecen al público. Allí, también al regreso, mientras unos devoraban un delicioso helado de copa y otros más desordenados preferíamos degustar una cerveza Bucanero, uno de mis amigos acertó a tomar algunas fotografías a muchachas que conversaban o caminaban con sus acompañantes, sin percatarse de que nos llevábamos en la cámara la instantánea de sus hermosos rostros. Creo que se puede perdonar ese hurto, que en realidad es un homenaje a esos cuerpos y a esas sonrisas inolvidables.

La carretera nos llevó por fin hasta Matanzas, y entonces sí que comienza uno a apreciar la mítica atracción del paisaje, la arquitectura y la gente de Cuba. Muchos puentes metálicos diseñados con ingeniosa gracia, que pasan sobre aguas dulces o saladas según se trate de un río que vierte su curso al mar, un lago, o una entrada del propio mar que hay que superar para seguir adelante. El auto no se detuvo, así que solo pudimos apreciar la arquitectura colonial de los barrios aledaños, la vida matinal que hierve en las calles a causa de la gente que se dirige a sus trabajos o sitios de estudio, la repentina aparición de un instituto de formación oficial en cuya plaza frontal se hallaban formados por lo menos mil alumnos de ambos sexos con sus vistosos uniformes colegiales, algunas aceras y parques en los que muchas personas parecían estar esperando un transporte, pero todo ello en medio del colorido de una mañana esplendorosa, recubiertos por un cielo intensamente azul, embelesados por la inmensa bahía que nos llamaba a quedarnos. El gigante conductor que guiaba nuestro vehículo, debió sentir el gemido de nuestras almas atraídas por el hechizo natural de aquel encanto, porque antes que parar, prefirió acelerar la marcha para alejarse velozmente de aquel paraíso. Tal vez a él también le sucedía algo semejante y prefirió escapar antes de rendirse ante tanta belleza.

No pude ver las playas de Varadero, esas que tú dijiste eran las más hermosas del mundo. Una enorme nostalgia me acompañará siempre por ello. Lo decías con tal brillo en los ojos, con tanto orgullo, con tanto deseo de compartir esa maravilla natural de tu tierra, que siento haberme perdido de algo extraordinario. Es que no era ese nuestro destino, estábamos obligados a pasar de largo. Por fortuna, pudimos al menos admirar la belleza del poblado. Es realmente impresionante. Las enormes moles de sus hoteles de lujo, el fondo verde azul del mar a la distancia, la ostentación de sus aguas que se cuelan a tierra formando una especie de acuarela, el cuidadoso detalle de la arquitectura y el comercio, los coches halados por caballos en los que por lo regular viajan turistas de aspecto europeo. Las palmas y los andenes sembrados con plantas que humillan la imaginación por el colorido y apretujamiento de sus flores. No pude ver las playas de Varadero, es cierto, pero desde detrás de la ventanilla percibí que de verdad estaba al frente de uno de los lugares más bellos de la Tierra, ninguna cosa que haya visto jamás se le parece. Te confiero plena la razón y te felicito por ello.

Después comenzamos a transitar por una delgada y larga lengua de tierra, con aguas marinas a diestra y siniestra, cuyas olas se estrellaban juguetonas con el litoral. Nunca supe si se trababa de una península o una isla lánguida como el cuello de una jirafa, pero era una especie de puente gigante o de autopista prodigiosa al infinito.

Al final de ella nos esperaba otra revelación. Un Catamarán inmenso, importado del mar Mediterráneo, de inmaculado aspecto blanquecino y completamente nuevo, cuyo personal sonriente nos recibió con amabilidad espontánea. Rápidamente recibimos unas breves instrucciones sobre sus servicios, una de las cuales era desprenderse por completo de nuestros calzados. Potentes motores le fueron llevando mar adentro, y en menos de lo que nos imaginábamos nos hallamos mecidos por las olas del Caribe, alejándonos de la costa y respirando la brisa fresca que golpeaba nuestros rostros.

La nave, moderna y elegante, invitaba al reposo y la comodidad, a fundirse con el paisaje azul del mar y el cielo, a sentirse feliz y tranquilo como aquellas bandadas de gaviotas que volaban sobre nosotros. Nos tendimos al sol sobre la red extendida en el piso de la proa para sentir sus rayos calientes sobre la piel, buscamos la sombra protectora de su amplia cabina, oteamos el horizonte en todas las direcciones de manera intrigada. ¡Qué sensación tan agradable y limpia! ¡Qué delicia! El piloto amablemente nos cedió su lugar al frente del timón y entonces tuvimos la dicha de sentirnos capitanes y fotografiarnos como tales. La brújula indicaba el rumbo que debíamos seguir, los cuarenta y cinco grados, pero aquel timón sobre las olas se mostraba caprichoso y resultaba difícil sostenerlo en una sola dirección. No importaba, era solo un momento, después tomaría su oficio el responsable. La embrujadora embarcación contaba con bar, así que bebimos refrescos y cervezas Cristal. Pronto empezó a sonar la música y aunque fuera solos, bailábamos dichosos gozando de aquella envidiable ocasión.

Hicimos alto en una playa blanca, en uno de los cayos de Varadero, que al parecer son muchos. Allí nos sentimos como protagonistas de una película de aventuras. Las arenas de verdad parecen blancas y se prolongan a baja profundidad hasta bastante adentro del mar, así que uno puede alejarse tranquilo de la orilla sin temor a ser cubierto por las aguas de repente. Pronto fueron llegando más turistas, pese a que el día de nuestro paseo no era fin de semana. Hombres y mujeres felices y bronceados, en su mayoría europeos. Recuerdo que le pregunté a unas mujeres maduras su procedencia y me dijeron que venían de Grecia. Yo mencioné Atenas con tono familiar, y entonces ellas se alegraron mucho, decían en inglés que aquellas playas eran demasiado hermosas, que nosotros no sabíamos lo que teníamos. Pensaron quizás que éramos cubanos, y no pudieron contener su emoción por disfrutar de aquella naturaleza fascinante.

Había unas palmas muy bellas y cómodos camastros en los cuales recostarse bajo ellas. En el restaurante aledaño vendían cerveza del barril y disfrutamos entre todos de varias jarras. Su sabor era delicioso, al igual que su apariencia dorada y espumosa. También bebimos ron de Santiago. El conductor me pidió con cierto orgullo que si escribía algo sobre este viaje no lo fuera a excluir. De casi cincuenta años, su apretado y corto cabello pinta ya varias canas. Su cabeza es proporcional al tamaño de su cuerpo, su voz es gruesa como el trueno de una tormenta tropical, sus brazos pueden ser más anchos que los muslos de un hombre corriente, pero su sonrisa bondadosa y juguetona habla bien de su alma generosa. Le gusta que lo llame el Hércules del Caribe, aunque cuenta con modestia que tiene un vecino frente al cual él es un enano pequeño, un verdadero King Kong que alguna vez dominó con facilidad diez hombres en una riña. De aquella sombra bienhechora y aquel mágico mar de aguas tibias nos retiramos al mediodía.

Volvimos a nuestro Catamarán de ensueño, y mecidos por las olas navegamos hasta la orilla de algún cayo deshabitado, en una de cuyas pequeñas bahías fondeamos a fin de tomar el almuerzo. Pura comida de mar, camarones y langostas cuidadosamente preparados en el restaurante de la playa blanca mientras disfrutábamos del mar. Todo servido con pulcritud y elegancia por el personal de la embarcación. Luego sobrevino el reposo que sigue al apetito satisfecho. Cerveza, cocteles, música, baile, nuevo cruce sobre las olas hasta llegar al delfinario.

Otro cayo en el que nos esperaban con alegría para invitarnos a compartir la amistad de esas ballenas simpáticas e inteligentes. En especies de piscinas regadas por el mar, los delfines nadan y saltan con gracia ante el pitido del domador. Nos saludan, nos aplauden, nos sonríen, nos invitan a bañarnos en sus aguas. Formados en hilera con el agua al pecho, de pie sobre una plataforma sumergida, comienza el espectáculo al que asistimos como protagonistas. Los delfines, en pareja, pasan por nuestro frente saludándonos con sincera emoción, nos permiten tocar sus lomos, después sus panzas, nos dejan que los carguemos como a bebés, nos invitan a besar sus mejillas, besan las nuestras, ya son nuestros amigos para siempre. Algunos de nosotros tienen el goce de ser remolcados por los delfines que nadan boca arriba con ellos tomados de sus aletas, como ligeros torpedos submarinos que no quisieran hacer daño sino compartir. Para qué te voy a decir más. Aquello fue lo máximo.

Después vendría el regreso al lugar de donde nos embarcamos, la alegría de compartir nuestra música con los cubanos de la tripulación, la alegría de disfrutar la suya por nosotros. Cócteles, cerveza, amistad entrañable surgida de repente, expresiones de mutua admiración y aliento.

De vuelta apreciamos de nuevo el aspecto de ciertas construcciones que se levantan en Varadero. Verdaderos monumentos arquitectónicos que revelan el afán por invertir en la industria turística, proyectos que se levantan aquí y allá. No hay duda que todas estas maravillas tienen mucho futuro. Otra vez en tierra, la tripulación nos ha obsequiado con algunas botellas de su ron nacional. Los abrazos de despedida son intensos y sinceros. La camioneta de nuevo, Varadero, Matanzas, la parada en un sitio en el que adquiero cuatro discos de música cubana para el recuerdo. Después, el paradero en el puente de Bacunayagua. Hay un sol que embriaga, una alegría de vivir que nos llena de felicidad.

Debo confesarte algo, solamente por la emoción que me dominaba y no lograba contener, varias veces, también por el licor, es cierto, pero no pude contener las lágrimas. Brotaban incontenibles a mis ojos como si fuera un mocoso regañado. La dicha de vivir, de poder disfrutar esto, después de haber pasado tantas horas, tantos días, tantos meses, tantos años en medio de la guerra que carcome nuestras vidas en Colombia. Se puede comprender ¿verdad? Hay tanta gente muriendo, tanta gente sufriendo, tanta gente que espera que podamos triunfar. Es una suerte excepcional haber podido gozar de esta inesperada y asombrosa vacación. Después vendrá otra vez la rutina, la selva, la espera infinita.

Pienso que al igual que les pasaba a los místicos en plena Edad Media, que en sus arrebatos repentinos de fe veían a Dios y luego escribían obras y poemas sobre su experiencia transcendental, ahora yo dejo para ti estas líneas que describen mi experiencia de un día en Cuba, dominado también por la fascinación que me ofrece no Dios, sino tu país, tu patria, tu gente, tu revolución inmortal. Valió la pena vivir, valió la pena luchar tanto tiempo, nuestra ensoñación es magnífica, no tenemos nada que envidiar al mundo del capital. Vivimos tejiendo el futuro, y eso basta. Eso se ratifica aquí, gracias al esfuerzo solidario de todos ustedes, gracias al sincero brillo de tus ojos, gracias a tu bondad sin límites.

Tomado de Farc-ep.co

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