Entrevista soñada con Gabriel García Márquez

Ahí estaba el Gabo, en la habanera Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, orondo ante las cámaras y el revuelo de periodistas por su 80 cumpleaños. Lo cual era muy extraño porque él siempre ha dicho que detesta el espectáculo, la televisión, los congresos literarios, las conferencias, la vida intelectual. Y que todo homenaje público es un principio de embalsamamiento.
20140503-031855.jpgEs diciembre en Estocolmo. 1982. El Gabo recoge el premio Nobel de literatura vestido de liquiliqui, un traje típico de su país

En cualquier momento se levantaría y yo perdería la oportunidad del siglo. Unos dicen que Cien años de soledad, otros que Crónica de una muerte anunciada, ¿para usted cuál es su mejor libro?, susurré sin esperanzas. E increíblemente, por sobre aquella algarabía, él me miró.

Datos, fechas, se arremolinaban en mi cabeza: fue periodista en El Universal, El Heraldo y El Espectador. París, 1957, canta tonadas mexicanas para sobrevivir. Estudió Derecho y Ciencias Políticas en la universidad de Bogotá. Corresponsal de Prensa Latina. Nació en Aracataca, Colombia. Vendió enciclopedias, cobró seguros. Escribió, sin demasiada fortuna, novelas y cuentos hasta que…

“Mi experiencia de escritor más difícil fue la preparación de El otoño del patriarca. Durante casi diez años leí todo lo que me fue posible sobre los dictadores de América Latina, y en especial del Caribe, con el propósito de que el libro que pensaba escribir se pareciera lo menos posible a la realidad. Cada paso era una desilusión.”

Sin dudas me había respondido, aunque no lo deseado. Bajo el asedio de cuatro docenas de reporteros tampoco podía esperarse mucho. Lo intenté de nuevo: ¿Cien años de soledad, qué representó para su vida?

“Hay una cosa que yo no me busqué. Que yo no quise, y que yo no preví… la fama. Yo quería ser un escritor, un buen escritor, el mejor escritor del mundo. Ahora, no sabía que esa meta implicaba la fama.
20140503-032446.jpgNoviembre de 1946. Tres años atrás había llegado por primera vez a Bogotá, la ciudad que más lo ha impresionado en el mundo

La saga de los Buendía

A mediados de 1967, la Editorial Sudamericana de Buenos Aires presentó la novela. La tirada inicial de ocho mil ejemplares y una segunda de diez mil se agotaron de inmediato. Por Cien años… García Márquez obtuvo el premio Rómulo Gallego. Ha sido traducida a más de 35 idiomas y se calcula que las ventas superan los 30 millones de ejemplares.

“Mi único problema en aquellos días era retomar el hilo de mi vida, pues lo más difícil de Cien años de soledad no fue escribirla sino quitármela de encima.Los lectores esperaban de mí más de lo mismo, cuando mi propósito era el contrario: no repetirme.”

Usted no me toma en serio, todo lo que me ha contado, con los mismos puntos y comas ya lo dijo para Voces, en 1998; para El Espectador de Bogotá, en marzo de 1977; y para la sección Gabo contesta, de la revista Cambio.

“No es mi culpa. Tú eres quien me sueña.” Estábamos solos, en el traspatio de una ruinosa casona. Puertas adentro se paseaban Aureliano Buendía y Remedios la bella. Un niño sentado, despavorido, nos miraba sin ver.

“Ese es un tema recurrente en mis libros, una imagen que recuerdo perfectamente en la vieja casa de Aracataca: la forma que habían encontrado mis abuelos a partir de las seis de la tarde, para no tener que estar pendientes de mí era que sencillamente, decían, ‘siéntate en esta silla y no te muevas. Porque si te vas a ese cuarto, ahí se murió la tía Petra. Y aquí se murió el tío Nicolás. Y allá se murió Petronila’.
20140503-033019.jpg La Real Academia Española acaba de promover una nueva edición, con una tirada de 500 mil ejemplares

“Cien años de soledad es un libro escrito con las experiencias de mis padres, de la gente que conocí de niño, leyendas populares, cosas que me han contado, noticias que tengo a través de los periódicos, investigaciones que hice de ciertos episodios.”

Dieciocho meses duró la escritura. E implicó abundantes sacrificios para la familia. Vivían en México. El Gabo abandonó su empleo. Vendieron cuanto pudieron y cuanto no podían. Sus hijos lo recuerdan “como a un hombre que estaba encerrado en un cuarto, que no salía nunca”. Su esposa, Mercedes Barcha, no se arredró ni siquiera cuando debían al casero nueve meses de alquiler.

Mientras redactaba, viviendo en ciertos momentos gracias a dádivas de los amigos, García Márquez, temeroso de echarle mal de ojo al relato, les contaba una historia paralela. Muchas ganas tengo de saber qué sucedió con ella. No obstante, ¡maldita tiesura la mía!, es otra la frase que sale de mi boca: Usted afirma que no hay una sola línea en ninguno de sus libros que no tenga su origen en un hecho real.

“Una de esas trasposiciones es el estigma de la cola de cerdo que tanto inquietaba a la estirpe de los Buendía en Cien años de soledad. Yo pensé que el temor al nacimiento de un hijo con cola de cerdo era la que menos probabilidades tenía de coincidir con la realidad. Sin embargo, tan pronto como la novela empezó a ser conocida, surgieron en distintos lugares de las Américas las confesiones de hombres y mujeres que tenían algo semejante a una cola de cerdo.”

20140503-033542.jpgNació el 6 de marzo de 1927, hijo del telegrafista y boticario de Aracataca, Gabriel Eligio García, y de Luisa Santiaga Márquez

Imaginar la realidad

“En América Latina y el Caribe, los artistas han tenido que inventar muy poco, y tal vez su problema ha sido el contrario: hacer creíble su realidad. Siempre fue así desde nuestros orígenes históricos, hasta el punto de que no hay en nuestra literatura escritores menos creíbles y al mismo tiempo más apegados a la realidad que nuestros cronistas de Indias.

“Un problema muy serio que nuestra realidad desmesurada plantea a la literatura, es el de la insuficiencia de palabras. Cuando nosotros hablamos de un río, lo más lejos que puede llegar un lector europeo es a imaginarse algo tan grande como el Danubio, que tiene dos mil 790 kilómetros. Es difícil que se imagine si no se le describe, la realidad del Amazonas, que tiene cinco mil 500 kilómetros de longitud. De modo que sería necesario crear todo un sistema de palabras nuevas para el tamaño de nuestra realidad.”

En su comentario “Sofismas de distracción”, para la sección El Gabo contesta, usted declaró: Mi vocación y mi aptitud son de narrador nato. Como los cuenteros de los pueblos, que no pueden vivir sin contar algo. Real o inventado, eso no importa. La realidad para nosotros no es solo lo que sucedió, sino también y sobre todo, esa otra realidad que existe por el solo hecho de contarla. Sin embargo, cuanto más he escrito menos he logrado distinguir los géneros del periodismo.

“Mira, mi problema original como periodista fue el mismo de escritor: cuál de los géneros me gustaba más, y terminé por escoger el reportaje, que me parece el más natural y útil del periodismo. El que puede llegar a ser no solo igual a la vida, sino más aún: mejor que la vida. Puede ser igual a un cuento o una novela con la única diferencia -sagrada e inviolable- de que la novela y el cuento admiten la fantasía sin límites pero el reportaje tiene que ser verdad hasta la última coma. Aunque nadie lo sepa ni lo crea.

“Crónica de una muerte anunciada sería más un reportaje que una crónica. Es la reconstrucción dramática del asesinato público de un amigo de mi infancia, a manos de dos hermanos de una antigua novia suya, devuelta a la familia por el esposo que no la encontró virgen la noche de bodas. Es un episodio histórico protegido de la curiosidad pública por el anonimato de los lugares y las identidades y los nombres cambiados de los protagonistas, pero con una fidelidad absoluta a las circunstancias y los hechos.

“Noticia de un secuestro es en efecto la reconstrucción completa de una noticia espantosa que estuvo viva y dinámica en Colombia durante doscientos sesenta y dos días, por los secuestros continuados de diez personas importantes con una finalidad única: impedir que la Asamblea Constituyente aprobara la extradición de colombianos a los Estados Unidos. Todos los datos son verídicos y comprobados.

20140503-034116.jpgEn 1986 colabora con el cineasta chileno Miguel Littín en una serie televisiva sobre la represión en Chile y escribe La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile que se publica en Bogotá, Buenos Aires, Barcelona y Madrid

“Relato de un náufrago está más cerca de la crónica, porque es la trascripción organizada de una experiencia personal contada en primera persona por el único que la vivió (Luis Alejandro Velasco, marinero del destructor Caldas en 1955). En realidad es una entrevista larga, minuciosa, completa, que hice a sabiendas de que no era para publicar en bruto sino para ser cocinada en otra olla: un reportaje. No tuve nada que forzar porque fue como pasearme por una pradera de flores con la posibilidad suprema de escoger las mejores.”

Pongo ante sus ojos la edición cubana de su novela Del amor y otros demonios. Cuarenta y cinco años, once versiones diferentes y la corrección de seis pruebas completas de imprenta, mediaron entre la publicación y el momento en que el joven reportero García Márquez descubriera la increíble cabellera cobriza de la niña Sierva María de Todos los Ángeles. Sus 22 metros y 11 centímetros de largo emergieron al vaciar las criptas del convento de Santa Clara, que iba a ser demolido.

“Mi abuela me contaba la leyenda de una marquesita de doce años cuya cabellera le arrastraba como una cola de novia, que había muerto del mal de rabia por el mordisco de un perro.” Toma el volumen, lo hojea, aún fascinado. “La idea de que esa tumba pudiera ser la suya fue mi noticia de aquel día, y el origen de este libro.”

No le dije que ya lo sabía, preferí confesarle mi encantamiento por esa historia, tanto o más atractiva que la de Macondo. Entonces recordé que, según Germán Castro, periodista de El Espectador, el Gabo detesta Cien años de soledad. ¿Qué pensaría sobre tal afirmación su abuelo materno, el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía, quien al emigrar con su familia a Aracataca, luego de matar en un duelo a Merardo Pacheco, ganó para su nieto un mundo mágico?

El hecho es que hoy unos 250 intelectuales de todo el mundo han colocado la saga de los Buendía entre las 20 obras literarias más importantes de todos los tiempos.

De la fama y la soledad

Es diciembre en Estocolmo. 1982. El Gabo recoge el premio Nobel de literatura vestido de liquiliqui, un traje típico de su país. Más que de él, nuevamente quiere hablar, y habla, sobre América Latina y su historia alucinante: “Me atrevo a pensar que en esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es de papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra señalada por la suerte.”

Entre tantos aplausos y parabienes temo perder a este hombre, tímido hasta el sonrojo –así lo describió un colega-, introvertido, aficionado al vallenato, buen tocador de guitarra, glotón, madrugador, sedentario y nómada al mismo tiempo, y al que no le gusta viajar en avión porque el alma llega después que el cuerpo. Que escandalizara a lingüistas, gramáticos y literatos al proponer, durante el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española, simplificar la gramática y jubilar la ortografía “terror del ser humano desde la cuna”.

Lo tomo de la mano. Lo regreso a la casona de la hoy Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, donde tal vez, si aguza los sentidos, pueda el Gabo sentir los efluvios –y enamorarse de sus vidas de novela- de la difunta dueña, Flor Loynaz y de mi anónima abuela Armerinda. Pero no me dejan contarle sobre ellas. Docenas de grabadoras, micrófonos y cámaras se interponen.

20140503-034819.jpgAdmirador de Faulkner, Herman Melville, Robert Luis Stevenson y Alejandro Dumas, siempre ha creído que una novela debe agarrar al lector por el cuello desde la primera línea

Imposible, me digo, Gabriel García Márquez simplemente se escondió el día en que cumplió 80 años. Ni concedió entrevistas, ni asistió a las múltiples lecturas de sus obras realizadas en el viejo y el nuevo mundo, ni paseó con los personajes de sus cuentos por las calles de Aracataca, cubiertas de flores amarillas.

Le bastaron las que sobre su mesa de trabajo, durante décadas, han invocado a la buena suerte. Del color perfecto, o casi. Superado únicamente, como declarara para La Maga, en agosto de 1992, por “el amarillo del mar Caribe a las tres de la tarde, visto desde Jamaica”. ¡Nunca sabré cuál es!, protesto. Él insiste: “a las tres de la tarde, el mar”. Abro los ojos.

Tomado de bohemia.cu
Por Tania Chappi

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