El negacionismo de la Resistencia

En la inflación de memorias a propósito de los 40 años del golpe, los rufianes amenazan con encontrarse en el mismo baile junto con los cínicos y los arrepentidos.

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Sin duda, el bombardeo de imágenes desarchivadas o repetidas contienen el terror en todas sus variantes. Pero pensemos en positivo, que a cuatro décadas todo eso sirve como didáctica especialmente para las nuevas generaciones.

Ese pasado es engañoso, porque en 22 años de transición han muerto jóvenes mapuches, estudiantes y pobladores con balas policiales, e incluso hay casos puntuales de detenidos desaparecidos. La movilización social es criminalizada y tiene a las Fuerzas Especiales de carabineros ocupando avenidas y ciudades.

En la televisión, a propósito de los 40 años, el movimiento sindical muy poco aparece, los pobladores y la sucesión de protestas sociales tampoco. Las acciones de la Resistencia -como los apagones o “ciegos”, las recuperaciones de medios financieros y el hostigamiento a los aparatos represivos de la dictadura tampoco.

El relato decible es la movilización pacífica y pública, de una u otra forma, relacionada con el rol de la Iglesia o con jóvenes políticos de entonces, muchos hoy irreconocibles tras sus posteriores trayectorias.

Junto a todo lo que se muestra, es preciso preguntarse por todo lo que se oculta. Porque nada de ello es casual en la edición de las imágenes.

Con la investigación periodística sobre el día 11 de septiembre que hemos contenido en el libro “Martes once la primera resistencia” (Lom) queremos visibilizar la dignidad de resistir al golpe con las armas, incluso cuando era prácticamente imposible cambiar el curso de los acontecimientos.

La historia universal registra demasiadas situaciones en que se resiste en inferioridad de fuerzas y esos actos dignos luego rebotan en amalgamas de conciencias y ejemplos. Nada tangible, pero son energías y experiencias que conforman las subjetividades y culturas de los pueblos. Como escuchar canciones de Silvio Rodríguez, Daniel Viglietti, Violeta Parra o Quilapayún en ciertos momentos. Como las canciones de Ismael Oddo o de Ana Tijoux del presente. Nada tangible, pero caramba que todo ello importa para la actitud necesaria.

¿Por qué Arturo Prat va a ser más digno que los GAP y detectives que protegieron al presidente Salvador Allende?

¿Por qué Bernardo O’Higgins va ser más audaz que Arnoldo Camú comandando más de un centenar de decididos combatientes ese día 11?

¿Por qué esas otras gestas frente a Perú o a la corona de España van a tener mayor importancia que la resistencia ante fuerzas de ocupación que traicionaron su juramento de lealtad?

¿Por qué Manuel Rodríguez es ejemplo y no lo van a ser ese puñado de combatientes del FPMR y del MIR que todavía purgan penas de extrañamiento en el extranjero, mientras se amenaza su retorno con nuevos procesamientos y años de cárcel?

¿Cómo no va a ser asimétrica esta “vuelta a la democracia” si los asesinos de Tucapel Jiménez están libres; Federico Willougbhy y Pablo Rodríguez Grez deambulan por las calles como personas notables y Agustín Edwards. 40 años después apenas está amenazado de tener que declarar ante un tribunal?

La dignidad no tiene calculadora y a veces ni siquiera brújula. Visibilizar a los vencidos en armas, a quienes pudieron usarlas como gesto desesperado es importante y no hay que esperar una nueva década para contarlo.

Y aquí vienen los dos negacionismos. Uno el obvio: nada ocurrió, nada supe, nada me ocurrió a mí y a los míos. ¿Hubo dictadura?

Y el otro: negar aspectos importantes de la lucha en contra de la dictadura, reduciéndola a lo que ha sido conveniente para esta transición “en la medida de lo posible”. Entonces, fuera del cuadro quedan miles de acciones valerosas, miles de hombres y mujeres en todo Chile que en la clandestinidad, desde los peores momentos, fueron teniendo pequeñas iniciativas. Desde las estampillas pegadas en las micros a fines del ’73 hasta la diversidad de acciones que acompañaron las protestas sociales del ’80 en adelante.

Los detenidos desaparecidos y ejecutados, reivindicados con sus rostros en la última marcha del 8 de septiembre, en su inmensa mayoría fueron hombres y mujeres que militaron en proyectos, fueron parte de redes clandestinas y realizaron diversas acciones de resistencia. Reducirlos sólo al calvario de su detención, tortura y forma de muerte, es también otra variante del negacionismo.

¿Por qué no se puede reivindicar en relatos o imágenes las acciones de recuperación de camiones con pollos o lácteos? ¿Por qué no va a ser digno, en el contexto de un país ocupado por sus Fuerzas Armadas y policiales, reivindicar el abigeato frente al hambre reinante en las comunidades mapuches? ¿O el ajusticiamiento de un esbirro de la DINA-CNI?

¿Por qué la Resistencia europea va a ser digna y no la ocurrida en Chile en un tiempo mucho más extendido y frente a fuerzas de ocupación demasiado similares en crueldad y sadismo?

Existe un tremendo desafío para periodistas, historiadores y tesistas, para testimoniantes y ensayistas: contar la resistencia de esos 17 años, antes que los testigos comiencen a olvidar o a morirse de viejos.

Las movilizaciones del 2011 en adelante han creado una nueva situación que, junto con impulsar demandas, zamarrea fuertemente el árbol de lo posible.

Si importante es conocer todos los horrores de que fue capaz el terrorismo de Estado, ello queda trunco sino reivindicamos las vidas y sueños de esos hombres y mujeres que hoy son memoria. Hay que completarlos en las inicativas de dignidad de las que fueron parte en tiempos en que hacerlo era sólo convicción y dignidad.

No hay por qué optar entre los derechos humanos y los derechos a resistir una tiranía. Ser resistente significaba también exigir derechos humanos como prisioneros. El atropello a la dignidad y la vida no tienen por qué truncar esas historias.

Contar la primera, segunda y todos los momentos de la Resistencia es una tarea que aún espera, que -sin duda- tiene diversos adelantos, pero sobre todo demasiado que contar.

Tomado de Dilemas.cl
Por Ignacio Vidaurrázaga Manríquez

AJIPICANTE. 11 de septiembre de 2013. La fotografía es de “León”, Manuel Ojeda Disselkoen, militante del MIR que quedaría herido-y luego fue muerto por carabineros- en la retirada del grupo de miristas que saldría de Indumet encabezado por Miguel Enríquez a comienzos de esa tarde hace 40 años.

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