4 de Septiembre de 1970: Historias de Alegrías y Esperanzas

Crédito foto: Fernando Velo

La alegría, la esperanza y el miedo. Esos eran los sentimientos que se apoderaron del país aquel 4 de septiembre de 1970. Alegría porque por fin había llegado a La Moneda quien prefería que lo llamaran “compañero Presidente”. Esperanza, porque su programa de gobierno, aquellas 40 medidas por las que votó el pueblo, serían sin lugar a dudas, un cambio real para los chilenos. Y miedo, que sólo lo sentían quienes tenían mirada larga y pensaban en qué harían la derecha y Estados Unidos. Este último sabía -entre otras cosas- que el cobre volvería  a ser chileno.

“Esa noche fue inolvidable”

Rebeca Chamudes, profesora de la ex Universidad Técnica del Estado y que para el 4 de septiembre de 1970, estudiaba en el Pedagógico de la Universidad de Chile. Era comunista. Esta es su historia, que ella misma titula “Ahora le toca al Pueblo”:

“Allende y la Alameda están íntimamente unidos en mi memoria “Allende, Allende, el pueblo te defiende”… hasta sus palabras finales. Recuerdo ese lejano año 1952 en que desfilamos los liceanos con las juventudes populares de Ñuñoa  en el cierre de la campaña presidencial. Eran  compañeros del Manuel de Salas y otros ñuñoínos;  recuerdo a  Rodrigo Cabello, Luz Osorio, Poli Délano, Leo Fonseca, Mario y Gustavo Pueller;  éramos dirigidos por jóvenes del Pedagógico, entre los que destacaba por su entusiasmo el compañero Armando Cassígoli: Rayo era su chapa, ya que el Partido Comunista, al cual pertenecía, estaba aún en la clandestinidad, producto de la “Ley Maldita” de González Videla”.

“Desfilábamos casi de a uno por una increíblemente despejada Alameda, siempre  parecía  domingo:    “Exigimos Reforma Agraria”, “El Cobre para Chile”, “que vuelva Pablo Neruda” se leía en nuestras pancartas, otras denunciaban la tuberculosis en los niños, la carestía de la vida  o la falta de viviendas dignas. Eso fue durante todas las campañas de Allende.

Y esta vez igual trabajamos por Allende gracias a sus planteamientos y de los partidos que lo acompañaban, pero, por sobre todo, gracias  el entusiasmo contagioso del pueblo.   Los universitarios izquierdistas nos la jugamos una vez más.

Y llegó el día histórico

Hasta que llegó esa noche del 4 de septiembre de 1970 donde ya confirmado el triunfo de Allende  salimos a la calle.  Iban grupos y autos gritando “A la Alameda”… A la Alameda”…      Todos queríamos estar allí.  Fuimos a la calle dispuestos a llegar de alguna forma: sentíamos que la Historia nos esperaba.   Una camioneta nos llevó, cargada de personas con ojos brillantes y una gran sonrisa.  Un amigo de los tiempos ñuñoínos  al verme me dijo “ahora sí, compañera, ahora sí”….

A medida que avanzamos por Vicuña Mackenna nos juntamos con camiones, autos, bicicletas, carretelas tiradas por caballos cargadas con racimos de gente eufórica,  “Todos a  la Alameda”, era el grito.

Al  bajarnos de la camioneta, cerca de Plaza Italia, entrar a la Alameda  era ya muy difícil, alguien dijo “está así hasta Brasil”, otro aseguró, “no,  está lleno de gente hasta Estación Central”…..

Mi hija Paula se asustó,” tanta gente, mamá, volvamos a la casa”.

Pero no, ni por nada del mundo nos perderíamos esa fiesta.  Tomamos a  la niña  en brazos y seguimos decididos, éramos parte  de esa multitud con la que compartíamos la misma emoción. Entre un verdadero mar humano lleno estandartes y consignas en carteles de cartón. Tantos abrazos, gargantas apretadas, sonrisas, cantos,  banderas flameando. Todos queríamos escuchar al compañero Allende que iba a hablar desde el balcón de la Fech.  Un estallido de felicidad colectiva era lo que se reflejaba  en las caras de personas que nunca había visto ni volvería a ver, pero en  aquella noche inolvidable, éramos uno solo. Estábamos seguros que  empezaba otro Chile, que todo sería mejor, más justo, el hombre  y la mujer nueva estaban naciendo y le dije a mi niña algo que repetí muchas veces “ crecerás en el socialismo”.  Estaba equivocada, pero esa noche no lo sabíamos,  no pensábamos más que en celebrar cantar, bailar, toda la noche si fuera posible.

Durante los días de la Unidad Popular muchas veces nos tomamos la  Alameda.                                                                                                                                              Trabajadores, estudiantes, empleados salían a la calle, para demostrar su apoyo al compañero Presidente.

Y siempre con alegría.  La Unidad Popular fue una fiesta, una fiesta del pueblo, con tallas, “empanadas y vino tinto”. Una fiesta alegre, entusiasta, vital,  que nos marcó para siempre.

El compañero Presidente era un hombre “perdidamente enamorado del pueblo y de  la vida”, (Maximiliano  Salinas)

Desde el minuto mismo de la elección de Allende, esa fue noche inolvidable, para quienes tuvimos el honor de estar allí.      La felicidad máxima para obreros textiles, mujeres, dueñas de casa de las poblaciones  callampas o de clase media, profesores empleados, estudiantes, viejos de la pampa que venían luchando por un gobierno popular desde principios de 1900 y habían pasado por  campañas consecutivas con Salvador Allende a la cabeza. La unidad socialista-comunista, el partido radical de izquierda y otros sectores.

La felicidad estaba en esperar que la vida del pobre fuera a cambiar, que terminaran los abusos con los obreros, (la lucha de  casi 80 años o más por conseguir mejores leyes del trabajo, otras condiciones de vida etc)

El momento había llegado. La Alameda cubierta esa noche  de grandes esperanzas.  Allende dijo claramente “La tarea es enorme, pero es posible,  hay que trabajar, trabajar y trabajar”

Se creía que iba a producir tal efecto de mejoramiento general; que arrastraría a los sectores medios a apoyarla.

En medio del discurso recuerdo que se oyó un estampido hacia el lado poniente, se sabía que la derecha no se iba a quedar tranquila, ni los EEUU. Mientras los jóvenes  saltaban  y gritaban “el pueblo unido jamás será vencido…. Allende… Allende el pueblo te defiende” en medio del gozo generalizado, pasó Clodomiro Almeyda, según cuenta en una entrevista, pensando agobiado… “ahora se viene lo más pesado, EEUU, el enorme peso de la derecha, el Gran Capital “…

Todos los restaurantes estaban llenos desde plaza Italia a la Estación Central.

La Alameda fue el “lugar” donde pasaba el pueblo unido.  Así como el 4 de Septiembre de 1970 se celebró la Noche del Triunfo, y después pasó el asesinado general Schneider que la CIA y la derecha  eliminaron para impedir la asunción de Allende. Pero, con todo, el 4 de Noviembre se ratificó la primera mayoría y el Congreso pleno nombró a Salvador Allende Presidente de la República. La Alameda volvió a llenarse con 15 proscenios. En cada uno actuaban orquestas, los Parra, Luisín Landáez, Rolando Alarcón, Víctor Jara, Quilapayún y cientos de artistas populares. El Pedagógico se juntó allí, estudiantes de la UTE, obreros, campesinos, de los barrios de Conchalí a Puente Alto, bailaron cuecas y cumbias hasta el amanecer.

Por la Alameda salieron los trabajos voluntarios al sur y al norte, los trenes de la salud, el tren de la cultura, se celebró la nacionalización del cobre. Fue una gran noche ese 4 de septiembre. No la olvido.

 “Me puse hasta corbata para ir a votar”

Entre los miles y miles de ciudadanos que esperaron con ansias ese día histórico, estaba Carlos Manuel Espinoza. Tenía 23 años. Trabajaba en el gas de Valparaíso, donde llegó a ser dirigente de su sindicato. Nunca militó, pero dice que nunca dejará de ser allendista. Hoy, jubilado y con una pensión miserable, recuerda con lágrimas en los ojos lo que significó para él, el triunfo de Salvador Allende.

“Trabajamos tanto para eso. Con un grupo de amigos recorríamos todos los días los cerros. Como la canción, íbamos del cerro Los Placeres, al Barón, al Cordillera, a todos. Dejamos los pies en las calles de esos cerros, bajando y subiendo quebradas. pintábamos la A de Allende en  todos lados.  Lo principal era que todos fueran a votar ese día. Tantas veces había perdido el doctor…Nos encontrábamos con todo tipo de gente, la mayoría iba a votar por nosotros. Tanta pobreza en  esos cerros. Niños con su carita reseca con sus moquitos. El agua escaseaba, tanto como el pan. Pero, todos estaban contentos con la elección. Creían que todo podría cambar.

“Finalmente llegó ese día. Cada uno con su mejor pinta. Me puse hasta corbata, porque sabía que estábamos con olor a triunfo. En esos años, todo el mundo iba a votar. Era una especie de fiesta, pero seria. Los trabajadores éramos los más esperanzados, porque de verdad que éramos maltratados. Me gustó verlo al compañero Allende en  el parque Italia. Allí fue la última manifestación. Llenamos la avenida Pedro Montt. Bajaron todos de los cerros, vinieron de las ciudades vecinas, Quilpué, Belloto, Villa Alemana, Limache, Quillota. Der todos lados y llenamos Pedro Montt de lado a lado, desde la misma Plaza Victoria. Todos cantando, todos gritando, muchos bailando. La c ara de alegría de la gente lo decía todo.

“Bueno, ese día me fui temprano a la casa, donde me esperaban mis padres para ir a votar. Saqué un cuaderno para ir anotando los votos que dieran  por la radio. Era una manera de controlar. Todos lo hacíamos en esos años.

Al fin, dieron el resultado. No ganamos por mucho, pero ganamos. Lloré sin vergüenza. Es que teníamos tantas esperanzas en el compañero. Tendríamos que esperar la segunda vuelta. No nos importó, porque habíamos ganado. Y lo volveríamos a hacer. Pasamos harto susto cuando mataron al general Schneider. Pensamos que no dejarían que el compañero llegara a La Moneda. Pero llegó y aunque terminó como terminó, nadie puede olvidar la alegría que tuvimos ese día”.

“Yo estuve en el balcón de la FECH junto al compañero”

“Tenía 25 años y pertenecía a la juventud socialista. Con todo el entusiasmo de la época, y sabiendo que se podía poner en peligro la elección, ese 4 de septiembre Hernán Coloma se reunió con sus otros compañeros en una casa en Los Leones con Diego de Almagro. “Suponíamos que podía haber un golpe si Allende ganaba. Estábamos nerviosos. Pasaban las horas y todo se sentía tranquilo. Escuchábamos los cómputos por radios. A las 5 de la tarde empezaron los recuentos y nos dimos cuenta que Allende podía ganar.

En la radio escuchamos que la gente estaba acudiendo al centro de la ciudad. Yo dije, ¡al diablo!, yo por lo menos, me voy. Se los dije a los compañeros. Y partí.

Después supe que todos habían hecho lo mismo. Llegué a Providencia cuando estaba ya atardeciendo. Y cuando entré a esa avenida,  sentí un golpeteo en el suelo, como cuando desfilaban los militares. Eran los mineros de la Disputada de Las Condes. Sus zapatos de seguridad, sus calamorros,  tenían fierro en las puntas. Y eso era lo que sonaba con su desfile.

Lo impresionante es que Providencia estaba todo oscuro. Creo que esa gente estaba aterrada, pensando que esos trabajadores los iban a asesinar, violar a las mujeres, llevarse a los niños. Qué se yo. Todas las luces estaban apagadas en los departamentos y en las casas. Y el silencio se sentía.

Llegamos al centro y empecé a recorrer todo eso. Llegué hasta Cumming. Y ahí vi miles y miles de personas que caminaban. Los feriantes venían con sus carretas con caballos llenas de gente. También micros y camiones con gente colgando.

Yo volví hacia el centro y me fui acercando a la FECH, donde iba a hablar el Presidente. Veo al Moncho Silva, que estaba arriba, y me dice :”sube huevón este es un momento histórico”. Y con su ayuda, llegué a ese balcón histórico. Ahí estuve cuando Allende dio su discurso. Fue una oportunidad increíble”.

Tomado de: pagina19.cl

Por: Marcia Pineda Soto

Periodista

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