Miguel… tú no has muerto

A 43 años de su muerte combatiendo cara a cara a la dictadura, el tiempo le dio la razón. Miguel Enríquez sigue vivo en el corazón de la izquierda chilena y latinoamericana

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Miguel Enríquez –secretario general del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria)- fue enterrado el 7 de octubre de 1974, a las 07:30 de la mañana, en un nicho del Cementerio General de Santiago. La dictadura cívico-militar autorizó como acompañantes del sepelio sólo a diez miembros de su familia, vigilados por cientos de hombres y armas de enemigos temerosos. Aunque el pueblo no pudo estar presente, una mujer representó el sentir de miles de ausentes, fue su madre Raquel, quien en medio del silencio con voz fuerte y entera dijo:

“Tú no has muerto.
tú sigues vivo,
y seguirás viviendo
para esperanza y felicidad
de todos los pobres del mundo.”

No sólo no ha muerto, el ideario y el ejemplo de vida política entregado por Miguel Enríquez hoy tiene plena validez ya que el accionar –violento, clasista, criminal, expoliador- de la derecha política y la derecha económica ha demostrado, sin margen de duda, cuán profunda es la explotación y el desprecio que esa clase predadora ejecuta diariamente contra la sociedad civil chilena.

En esta hora en la que muchos dirigentes de la izquierda actual forman parte de una política deshilachada luego de haberse reconvertido a la fe neoliberal -traicionando al pueblo, a su propia historia y a sus valores de antaño- , la figura de Miguel se empina nítida por sobre las cofradías de un endeble y falso socialismo aplaudido por la prensa canalla, aquella perteneciente a los mismos grupos económicos que produjeron la masacre de miles de inocentes en las décadas del 70 y el 80.
Junto a compañeros como Luciano Cruz, Bautista Van Schouwen, Sergio Pérez y Danton Chelén, entre muchos otros, Miguel participó directamente el año 1965 en la fundación del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), involucrándose de lleno en la actividad política dejando de lado una existencia que bien pudo ser holgada y plácida, pues tal decisión (luchar por los más pobres, por los desposeídos, por Chile) la tomó tan sólo meses antes de haber obtenido el título profesional de Médico Cirujano. En el congreso fundacional del MIR (15 y 16 de agosto de 1965), presentó un documento a la discusión titulado “La conquista del poder por la vía insurreccional”, prolegómeno del pensamiento político de Miguel y del propio MIR.

Tuve en suerte conocerlo y departir con él algunos minutos. Ello ocurrió en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, el año 1968, cuando la inolvidable Reforma Universitaria germinaba sus primeros avances y la lucha por dominar la escena estudiantil universitaria –ergo, la FECH (Federación de Estudiantes de Chile)- contaba con dos poderosos oponentes: el partido comunista y la democracia cristiana, tiendas que a través de sus respectivos líderes, Alejandro Rojas y Jaime Ravinet, pretendían dirigir la reforma y gran parte del mundo universitario.
Recuerdo con perfecta certeza y claridad los planteamientos explicitados por Miguel en esos debates de entonces, dejando a veces sin argumentos a quienes optaban por defender el sistema imperante, así como desestibando a aquellos que creían que el simple reformismo podría cambiar Chile. “Esta reforma que tanto defiendes y que reconozco necesaria –me dijo esa vez- te la va a derribar el sistema, si es que a este no lo cambias primero”. Ese tipo inefable y viejo como el universo, llamado ‘tiempo’, le dio una vez más la razón. Cinco años después, las bayonetas y los dólares destruyeron completamente lo que con tanto esfuerzo habíamos construido.

Es oportuno recordar que durante el gobierno de la Unidad Popular, el presidente Salvador Allende reconocía y destacaba el liderazgo de Enríquez , y lo manifestó públicamente cuando intentó atraerlo a las filas del gabinete: “Yo quisiera, Miguel, que tú fueras el ministro de la Salud”, fue su petición, misma que Miguel rechazaría argumentando: “Doctor, me honra con su oferta, pero resulta que nosotros tenemos diferencias con usted y no queremos que esto se exprese dentro del gobierno. Nosotros nos vamos a jugar por usted, lo vamos a apoyar en la seguridad personal, vamos a defender este gobierno, pero a la vez queremos la libertad para plantear nuestras diferencias cuando sea necesario”.

Eran otros tiempos y era, por supuesto, otra estirpe de chilenos. Se debatía la política en la calle, en los sindicatos, en los claustros, cara a cara. Hoy se hace a través de las redes sociales, cómodamente sentados frente a un computador, sin necesidad de soportar diatribas ni argumentos sólidos, pues basta con apagar el equipo parta terminar la discusión.

Los de antes ya no somos los mismos, escribió Neruda… y por cierto que no lo somos. La comodidad que otorga la tecnología nos ha vuelto individualistas, e incluso pusilánimes en ciertos aspectos. Por ello, opinar respecto de las acciones políticas del pasado frente a adversarios de carne y hueso, requiere contar con la validación que ofrecen no sólo los documentos y libros, sino también la experiencia directa de haber vivido en la época que se analiza y haber conocido de primera mano los hechos que la caracterizan, lo cual otorga mayor grado de certeza al análisis respectivo.

Por tal motivo, cuando se desmenuza, por ejemplo, el último discurso de Miguel Enríquez en el mes de julio del año 1973 (en el Teatro Caupolicán), mismo que la derecha y el ‘progresismo’ concertacionista ningunean y desdeñan, es imperativo entender el contexto histórico en el cual se produjo, pues más allá de si se comulga o no con los planteamientos mencionados por Miguel Enríquez y el MIR, la lectura política de la situación por la que atravesaba el país era esencialmente correcta. Enríquez denunció el camino sedicioso y subversivo que la derecha había emprendido al no contar, luego de los comicios del mes de marzo de 1973, con votos suficientes para derribar el gobierno de la Unidad Popular.

Un sector del PDC junto a la derecha (y al brazo armado de esta, Patria y Libertad), habían intensificado la agitación en las FFAA, los atentados a la infraestructura del país (oleoductos, gaseoductos, etc.), y asesinatos de campesinos, obreros y estudiantes de izquierda, todo lo cual culminó con el tancazo del 29 de Junio, un intento golpista que la CODE (Confederación Democrática: formada por el Partido Nacional y el PDC) digitó junto a Patria y Libertad.

Miguel Enríquez, en ese histórico discurso del 17 de julio de 1973, denunció a la derecha y a un sector de la DC (liderado por Frei Montalva y Patricio Aylwin) acusándolos de pontificar vías institucionales de diálogo y negociación, los que en la rigurosa realidad no pretendían lograr acuerdos, ya que de manera paralela complotaban clandestinamente para provocar el quiebre de la institucionalidad a objeto de permitir que el poder y el gobierno fuesen asumidos por los militares.

En esa ocasión -como en tantas otras anteriormente- Miguel denunció el alzamiento sedicioso y golpista de la derecha y la DC, al tiempo que llamaba a las masas a prepararse para hacer frente a tal alzamiento.

Una vez producido el golpe de estado, en medio de la acentuación de la represión dictatorial, muchos dirigentes y militantes de la izquierda optaron por el exilio, en el caso del MIR desde el comienzo se definió un rechazo rotundo a esta práctica. “El MIR no se asila, lucha y resiste”, era la orden. De hecho, el propio Miguel se opuso a que parte de la dirección se replegara en el exterior: “si el MIR se exilia, de hecho deserta; lo que no sólo tiene valoraciones éticas negativas, sino que en el caso particular de Chile es renunciar a cumplir con tareas que son hoy posibles y necesarias”.

En las últimas líneas de esta nota, me parece oportuno transcribir lo que hace años escribiera Manuel Cavieses. Lea usted lo siguiente:

El Informe Rettig señala: “La primera prioridad de la acción represiva de la DINA durante el año 1974 fue la desarticulación del MIR. Esta continuó siendo una prioridad durante 1975. Durante estos dos años se produce el mayor número de víctimas fatales atribuibles a este organismo”. Matar al secretario general del MIR, un médico de 30 años que había burlado numerosas trampas y emboscadas, se convirtió en una obsesión para la DINA. Destinó para ello a la Agrupación Caupolicán, mientras la Agrupación Purén se dedicaba a perseguir al resto de la Izquierda. La DINA consiguió datos para localizar el sector de Santiago donde Miguel Enríquez vivía clandestino. Era en la calle Santa Fe #725, entre Chiloé y San Francisco, en la comuna de San Miguel. Una casa con apariencias de nada, con dos portones metálicos que todavía conservan más de treinta impactos de balas. El 5 de octubre de 1974 se libró allí un combate desigual, como el de La Moneda y otros durante 17 años en que hombres y mujeres de la Izquierda chilena dieron lecciones de honor y valentía

Miguel murió combatiendo. Sigue haciéndolo a través de quienes han tomado sus banderas y continúan una lucha que parece recién comenzar. Miguel no ha muerto, sigue vivo… y seguirá viviendo para esperanza y felicidad de todos los pobres del mundo.

Por: Arturo Alejandro Muñoz

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Mapuches: “Se venden tierras con los indios adentro”

El pueblo originario tiene una historia milenaria de resistencia, atravesada por la conquista española de América y la batalla contra las empresas y grandes terratenientes del siglo XXI. En la actualidad, argentinos y chilenos cuestionan incluso su identidad y no son reconocidos por casi nadie. ¿Cómo lograron sobrevivir? ¿Cuál es su presente? ¿Dónde habitan? ¿Cuántos son? RT consultó a expertos, miembros del colectivo aborigen y al Gobierno de Macri para entender el conflicto territorial.

IMG_0561.JPG Un activista mapuche es detenido por policías durante una manifestación en Santiago de Chile el 6 de abril de 2016.
Ivan Alvarado / Reuters

Desde el arribo del imperialismo español al continente americano hasta hoy, los mapuches y sus siguientes generaciones pudieron mantenerse con vida. Sin embargo, para comprender cómo lograron subsistir a través de los siglos ante los embates de la conquista europea y, posteriormente, la conformación de Argentina y Chile como Estados nacionales, es necesario entender la composición de estas comunidades indígenas.

A diferencia de otros colectivos sociales multitudinarios donde la dirección recae en una sola persona, como por ejemplo el catolicismo con el papa, o en un país democrático con su respectivo presidente, canciller o primer ministro, en el pueblo mapuche no existe una voz de mando superior, por eso resultó imposible su desarticulación. O, mejor dicho, su exterminio.

Haciendo patria, antes que Argentina y Chile

El periodista argentino Adrián Moyano, autor del libro ‘Crónicas de la resistencia mapuche’, se inclina por esta idea: “El argumento que explica esa resistencia es la falta de centralización política, distinto a otros pueblos que residieron en lo que hoy conocemos como América. Cuando llegaron los españoles al territorio mapuche, aproximadamente en 1540, no encontraron cabezas que cortar. Al contrario, se toparon con un ejercicio multitudinario de la soberanía en muchas agrupaciones que no reconocían un liderazgo único. Los españoles podían pactar con algún ‘Lonko’ —referente de alguna comunidad—, pero había muchos más dispuestos a sostener su independencia y libertad”.

Este vasto y diverso grupo social se compone de cientos de comunidades que respetan sus propios sistemas de organización y representatividad, dispersas en Argentina y Chile. A priori, podría pensarse que sobrevivieron a la invasión europea porque los visitantes focalizaban su poder en Perú, debido a su claro potencial extractivo vinculado a la minería —de ahí la famosa frase regional, cuando se compra algún producto costoso de ‘me cuesta un Perú’—. Es frecuente escuchar que el Cono Sur no era muy trascendental en el marco militar para los planes de España, a pesar de haber conformado el Virreinato del Río de la Plata en 1776.

IMG_0562.JPG Manifestantes mapuches exigen justicia en Santiago de Chile para su comunidad, que se respeten sus derechos y la posesión de los territorios.

Sin embargo, Moyano desestima esta hipótesis y sostiene que la supervivencia fue el resultado de una serie de sangrientos combates con los españoles y estrategias guerrilleras de los indígenas: “La Corona española se diseminó también en sectores donde no había riquezas materiales, desde la perspectiva de la minería en aquellos tiempos. Esto se debió a su intento por conquistar el territorio mapuche, de hecho, se fundaron siete ciudades al sur de Biobío, región de Chile. También hubo expediciones puntuales desde Buenos Aires hacia el corazón del territorio mapuche, al este de la cordillera. Estas ciudades florecieron de forma importante y hasta una generación española creció allí, pero hubo una gran insurrección aborigen hacia 1598 que los expulsó al norte de Biobío, a sangre y fuego”.

En las escuelas y centros de estudios de Argentina poco se enseña sobre los enfrentamientos previos a la gesta revolucionaria de José de San Martín y Simón Bolívar, que comenzaba a vislumbrar la posterior independencia continental. Sean conquistadores o rebeldes que se opusieron al imperio, lo cierto es que la historia fue escrita por hombres blancos. Sin embargo, según relata el experto, que dedicó gran parte de su vida interiorizándose en la cultura mapuche, los indígenas tuvieron sus propias batallas patrióticas mucho antes de 1810, año en que se desató la Revolución de Mayo en Buenos Aires.

En 1553 tuvo lugar la primera victoria significativa mapuche. Incorporaron varias innovaciones tecnológicas, aprendidas del invasor porque uno de los referentes estuvo cautivo en buena parte de su niñez y adolescencia. En 1570, las propias crónicas españolas describen que el pueblo mapuche impuso un escuadrón de caballería y fueron cambiando las formas de combatir”, destaca Moyano. Además, agrega que “recién hacia 1620 los españoles, a casi un siglo de llegar, iniciaron una guerra donde estaban bien marcadas las fronteras indígenas”. “Más cerca en la historia, fueron valoradas por militares de Buenos Aires y de la nación las capacidades mapuches y su conocimiento del terreno”, añade.

IMG_0563.JPG Una mujer mapuche le grita a un efectivo policial durante una manifestación para conmemorar el aniversario de la muerte de Matías Catrileo, de 22 años, asesinado durante enfrentamientos con la Policía del sur de Chile.

Dos millones

El reportero explica que para mencionar a los mapuches “hay que hablar de pueblo, porque en el orden jurídico internacional los pueblos gozan de derechos distintos a las minorías y otros tipos de conformaciones societarias”. A su vez, opina que sufren “una situación de sujeción colonial que se plasmó sobre fines del siglo XIX” por parte de Argentina, “con la Campaña del Desierto”, y Chile, “con la Pacificación de la Auracanía”. Sigue leyendo

Las últimas horas de Víctor Jara: “Latiendo como una campana”

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El relato del abogado Boris Navia

El abogado y militante comunista, quien se desempeñó durante la Unidad Popular como jefe del departamento de personal y miembro del consejo superior de la Universidad Técnica del Estado (UTE) hasta el 11 de septiembre de 1973, nos relata las últimas horas con vida de Víctor Jara.

“Desde la UTE nos llevaron prisioneros al Estadio Chile. Me tocó entrar por Unión Latinoamericana. Había un túnel de soldados y los oficiales les ordenaban golpearnos con patadas, con culatazos, llevábamos las manos en la nuca, pero en verdad nos pusimos las manos en la cabeza para evitar que nos golpearan el cráneo”, relata el abogado Boris Navia, que compartió tormentos el 11 de septiembre junto a Víctor Jara.

“Víctor iba cuatro o cinco lugares antes que yo, también saltando porque nos hacían saltar para que nos agotáramos, y de repente un oficial que estaba parado sobre una tarima, con uniforme guerrero, porque andaban todos dispuestos para la guerra, con cascos hasta los ojos, el rostro pintado, granadas en el pecho, pistolas, corvos, ametralladoras… Ese oficial descubre a Víctor Jara y dice: ‘¡A ese hijo de puta me lo traen para acá!’. Un soldado lo saca de la fila, pero suavemente… Entonces el oficial protesta: ‘¡No lo traten como señorita, carajo!’. A la voz del oficial, el soldado toma el fusil y le da un feroz culatazo en la espalda.

Víctor trastabilla pero no alcanza a caer. Le da un segundo culatazo. Víctor cae casi a los pies del oficial, que había bajado de su tarima: ‘¡Vó’ soy el hijo e’ puta… yo te enseñaré a cantar canciones chilenas, no canciones comunistas, hijo e’ puta!’. Y empieza a golpearlo, con sadismo. Víctor trata de protegerse el rostro, pero lo golpea, una, dos, diez patadas, qué se yo.

Víctor se arrolla y el torturador parece que se desespera y se desequilibra cuando ve que Víctor se levanta y, en lugar de pedir clemencia o algo así, simplemente contesta con una sonrisa… De improviso, en esa histeria fascista, saca la pistola, y nosotros pensamos que le descerrajaría un tiro. En el intertanto, toda la fila que estaba saltando deja de hacerlo. Los conscriptos que nos custodiaban dejan de gritar y de golpearnos, y todo el mundo queda transido frente a esa escena de horror…

El oficial saca la pistola y comienza a golpearle con el cañón en la cabeza. Y vemos como la sangre de Víctor le empapa el pelo, la frente, y le empieza a correr por su cara. Ese rostro ensangrentado como un verdadero Cristo, se nos quedó grabado… Y lo golpea, lo increpa, pero de repente se da cuenta que hay cientos de ojos mirando, y dice: ‘¡Y qué pasa con estas mierdas que no avanzan! ¡Avancen, huevones! A este carajo me lo lleva a ese pasillo, y al menor movimiento, lo matas. ¿Me entiendes, carajo? Lo matas…’.

Y el soldado arrastra a Víctor muy mal herido. Después comprobaríamos que tenía dos o tres costillas rotas, a pesar que se protegía con sus manos, los puntapiés penetran. Sigue leyendo

Los fotógrafos que retrataron el 11de Septiembre de 1973 en Chile

IMG_0541.JPGOrlando Lagos ©

David Burnett, Chas Gerretsen, Koen-Wessing y Marcelo Montecinos son los nombres de los cuatro fotógrafos que destacan por su aporte a la memoria colectiva en los hechos que marcaron el año del golpe militar en Chile. El foto-periodismo fue la principal característica que estos artistas desarrollaron tras los acontecimientos de ese día. El estadounidense David Burnett, con su experiencia en guerras y crudos acontecimientos logró capturar importantes momentos en el Estadio Nacional, Chas Gerretsen, un importante fotógrafo de guerra y fotoperiodista neerlandé, logra la imponente foto de Augusto Pinochet con el gobierno militar ya en el poder, Koen-Wessing, fotógrafo holandés, captura la ciudad y la soledad en frías composiciones donde el Estadio Nacional y las poblaciones fueron parte central de los elementos, Marcelo Montecinos, el fotógrafo independiente ganador de un premio Altazor con trabajos en las guerras de Nicaragua, Salvador y Guatemala también es parte de este legado a la memoria chilena y Orlando Lagos (en la portada) parte de los fotógrafos oficiales del gobierno de Salvador Allende quien capta uno de los últimos momentos antes de su muerte en una fotografía que dio la vuelta al mundo.

David Burnett

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Chas Gerretsen

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Koen-Wessing

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Marcelo Montecinos

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Tomado de: galaxiaup.com
Por: Juan Pablo Faus

El preso que dibujó el campo de concentración de Chacabuco y sobrevivió para contarlo

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Enrique Olivares estudió en la UTE y el golpe le impidió titularse como profesor. La obra hecha en prisión fue sacada clandestinamente por un familiar y estuvo guardada por décadas. Hoy siente la necesidad de dar a conocer a los jóvenes estudiantes la historia ocurrida, “que sigue latente porque existe en la sociedad una sensación de impunidad frente a tantos abusos”.

Este hombre ha estado en un campo de concentración de Chile y ha sobrevivido. Al igual que hiciera el arquitecto Miguel Lawner en la isla de Dawson, Enrique Olivares dibujó la vida diaria que sufrieron los seguidores de la Unidad Popular recluidos y vejados por los militares tras el golpe de Estado. Hoy esos dibujos han visto la luz y podrán ser vistos por el público.

En 1973, este hombre, Enrique Olivares, estaba a punto de titularse como profesor. Cursaba el último semestre de la carrera de Pedagogía en Artes Plásticas y Dibujo Industrial en la Universidad Técnica del Estado (UTE). No llegaría a titularse: tras el derrocamiento del gobierno de la UP, fue detenido en la universidad junto a los alumnos, funcionarios y profesores que allí estaban, entre ellos el cantante Víctor Jara.

Lo llevaron al Estadio Chile, donde presenció el suicidio de un prisionero y el traslado del trovador previo a su ejecución. Luego fue trasladado al campo de concentración de Chacabuco, a unos 100 kilómetros de Antofagasta. Apenas tenía 23 años.

Unos 1.200 hombres de todo Chile pasaron por ese centro entre 1973 y 1975. Además de estudiantes, había profesionales y obreros. Por allí pasaron destacados personajes como el reportero Alberto “Gato” Gamboa, director del diario “Clarín” y flamante Premio Nacional de Periodismo; y el cantautor Ángel Parra, fallecido en marzo pasado.

En ese lugar, Olivares realizaría unos 60 dibujos para reflejar lo que allí vivía y que luego sacó clandestinamente del lugar a través de un familiar. Pueden verse a partir de este jueves en la Sala Isidora Aguirre (Edificio Vicerrectoría de Vinculación con el Medio) de la U. de Santiago (Las Sophoras 175, Estación Central), en un trabajo conjunto de la U. de Santiago y la Unidad de Memoria y Derechos Humanos del CNCA.

La muestra “Gráfica del Horror y la Resiliencia: Dibujos de Enrique Olivares Aguirre” también contempla la realización del seminario “Creatividad en Prisión Política” y la edición de un catálogo con las imágenes.

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Los poemas de Montealegre

“Fue el año pasado cuando buscando otros documentos me encontré con estos dibujos que empecé a revisar”, cuenta Olivares. “La gran mayoría los realicé en Chacabuco, con el deseo de plasmar detalles de la vida diaria, pero privilegié aquellos instantes en que muchos mostraban su grandeza; quienes nos entretenían con su música, humor, canto, poesía y el baile”.

Como junto a otros ex presos políticos es parte de la agrupación “Memoria de Chacabuco”, Olivares decidió armar una exposición para un almuerzo anual del grupo, donde mostró los dibujos y xilografías por primera vez. Uno de los asistentes en esa ocasión fue Jorge Montealegre, poeta y jefe de Extensión de la U. de Santiago.

Montealegre encontró de buena factura la muestra y propuso realizar una exposición abierta a todo público, para que no quedara sólo dentro de la agrupación.

Además, entre los dibujos el vate se encontró con dos imágenes alusivas a dos poemas escritos por él, que Olivares había copiado del diario mural para ilustrarlos. Eso “le llamó muchísimo la atención, pues desconocía la existencia de éstas”, dice Olivares, quien no había tenido mayor trato con Montealegre en Chacabuco.

“En esas piezas Enrique conecta la gráfica con la literatura, ejercicio interesante en esas condiciones donde las conexiones creativas fueron imprescindibles para sobrevivir dignamente”, comenta Montealegre.

El campo de Chacabuco, a pesar del horror, tuvo una intensa vida cultural que recoge el documental “La resistencia de los metales”.

IMG_0530.JPG Poema ilustrado de Montealegre.

Con la ayuda de mamá

Olivares realizó la mayoría de los dibujos mientras estuvo preso. Sacarlos fue difícil, ya que la correspondencia era revisada.

“Cuando se dio la posibilidad a nuestros familiares para visitarnos, mi madre viajó hasta Chacabuco y le hice entrega de un retablo de madera donde tallé el pabellón en que vivía, con materiales reunidos en los trabajos voluntarios que ahí realicé. El marco de dicho retablo era de pino oregón y tenía un espesor de una pulgada aproximadamente. Fue ahí donde oculté gran parte de los dibujos hechos. Tenía una tapa de madera terciada que unía al marco”, cuenta.

“Los dibujos más pequeños los adherí a las cartas que había recibido. Éstas eran revisadas por nuestros celadores al ingresar al campo de detención, razón por la cual ya no corrían el riesgo de volver a ser requisadas. Iban dentro de una bolsa plástica transparente”.

Tras ser liberado, Olivares guardó los dibujos en su casa paterna, que compartía junto a su madre viuda y sus hermanos.

“Decidí conservarlos, porque eran el registro gráfico de mi experiencia en el campo de concentración Chacabuco, eran parte de mi historia y sin ninguna pretensión testimonial”, expresa.

Tampoco se los mostró a nadie más.

“Sentía que existía poco interés por parte de la gente de conocer la historia de aquellos que habíamos vivido la prisión política, experiencia que vivimos miles de chilenos a lo largo y ancho del país”.

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Temas latentes

Tras regresar a Santiago, Olivares quiso reintegrarse a la universidad. Elevó una solicitud, pero fue rechazada. Sobrevivió como dibujante técnico durante casi dos décadas, “con altos y bajos, producto de las crisis económicas que se produjeron en el pasado”.

Finalmente, en el año 2001 fue reincorporado a la carrera. Completó con algunos cursos especiales y finalmente logró egresar. Ha sido profesor por más de dos décadas.

Hoy, cuarenta años después, a través de los dibujos, Olivares siente la necesidad de dar a conocer a los jóvenes estudiantes la historia ocurrida en nuestro país desde el golpe militar hacia adelante “y que ellos ignoran”.

“Cada dibujo realizado en la prisión política es un lugar de memoria en sí mismo: un testimonio, un hecho, una obra que testifica y sobrevive”, reflexiona Montealegre. “Cada dibujo da cuenta de la realización de una acción: de que se dibujó y de que esa materialidad y esa imagen contiene un relato. También, es un vestigio de que hubo una persona que tuvo la templanza para realizar ese artefacto cultural”.

Para Olivares, estos temas siguen latentes porque existe en la sociedad una sensación de impunidad frente a tantos abusos de civiles y militares que se vieron involucrados en las violaciones a los derechos humanos y que aún siguen vigentes.

“Por eso el tema resulta recurrente. Y todavía falta mucho por investigar”, concluye.

IMG_0532.JPG Olivares con Ximena Medina, encargada del Área de Conservación del Archivo Patrimonial de la U. de Santiago.

Tomado de: elmostrador.cl

Por: Marco Fajardo

El Winnipeg, 78 años después

“Que la crítica borre toda mi poesía, si quiere, pero este poema del Winnipeg que hoy recuerdo, no podrá borrarlo nadie” (Pablo Neruda)

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COMO SIEMPRE OCURRE, el tiempo se encarga de transformar en leyenda todo evento importante en el desarrollo histórico de una nación. De la leyenda al mito hay un par de pasos, y del mito a la fantasía anecdótica sólo un pequeño salto.

La epopeya del vapor Winnipeg no debe arrumbarse jamás en el arcón del olvido, aunque tampoco podemos permitir que comience a ser fraguada en las fuentes de las leyendas épicas, ya que se trató solamente de un trabajo bien hecho…muy bien hecho…solidario, valiente, oportuno, decidido y eficaz. Una labor con nombres y apellidos: Pedro y Pablo…Aguirre Cerda y Neruda, respectivamente.

Al comenzar el año 1939, Europa se debatía entre dos escenarios de ferocidad bélica sin igual. Por un lado, la Guerra Civil española que ya llegaba a su fin, y por otra parte, el régimen nazi de Adolf Hitler se preparaba para dar -el uno de septiembre de ese año- los primeros zarpazos al oriente de la frontera alemana desencadenando la Segunda Guerra Mundial.

En España, miles de personas huían hacia Francia desesperadamente, arrastrando hijos pequeños y esperanzas vanas, escabulléndose a como diese lugar de las tropas fascistas de Francisco Franco, triunfadoras en el sangriento conflicto y dueñas de un salvajismo sin límites aplicado contra los vencidos, a quienes juzgaban (cuando los juzgaban, ya que mayoritariamente no había juicios) en cosa de minutos para enviarlos directo al paredón o, en el mejor de los casos, a un calabozo en el que permanecerían el resto de sus vidas.

El mundo había sabido de algunos horribles entretelones de la guerra civil hispánica, conmoviéndose, entre tantos otros hechos, ante el vil e inútil asesinato del gran poeta granadino Federico García Lorca, amigo personal de nuestro vate inmortal, Pablo Neruda, el cual volvió a Europa en 1939, en calidad de Cónsul Especial para la Inmigración Española con sede en París, para organizar el legendario viaje que hoy recordamos luego de 70 años de su realización.

¿Por qué se interesó Neruda en regresar a España para poner sus esfuerzos en beneficio de algunos españoles prófugos de las hordas franquistas?

A comienzos de 1939, mientras Neruda está trabajando en Isla Negra, en el “Canto General”, recibe una carta de su amigo, el poeta español Rafael Alberti, quien le informa de los problemas que tienen los civiles partidarios de la República para escapar de la avanzada nacionalista. Neruda vislumbra la pronta caída de la capital española y pide ayuda al Presidente Pedro Aguirre Cerda.

El poeta es nombrado cónsul especial para la Inmigración y se funde en un duro trabajo de oficina en París, recortando fotos para pasaportes y recogiendo cientos de solicitudes de refugiados para poder ir a Chile.

Entre 1937 y 1939, la embajada chilena en Madrid acogió a una gran cantidad de refugiados. Cuando la capacidad del recinto no fue suficiente para los 700 asilados, las legaciones de Guatemala y El Salvador colaboraron.

Tras la victoria del bando liderado por Francisco Franco, y con las tropas nacionalistas en las calles de Madrid, 17 republicanos se refugiaron en la embajada chilena.

Carlos Morla Lynch, embajador y encargado de negocios, contactó al general Jordana, quien ejercía como ministro de RREE del gobierno franquista, para conseguirles salvoconductos de viaje. Pero la respuesta fue negativa y el nuevo gobierno español ordenó que los refugiados fueran entregados a las tropas fascistas, ante lo cual la embajada chilena se negó rotundamente, pero hubo de resistir una decena de ataques de los falangistas en busca de sus enemigos.

Chile recurrió entonces al tratado de Montevideo y todos los países sudamericanos apoyaron al Gobierno de Pedro Aguirre Cerda en esta lucha diplomática en defensa del derecho de asilo que asistía a los 17 republicanos refugiados en la embajada. Varios de ellos eran parte de la “Alianza Antifascista de Escritores”, y viajaron finalmente hacia el nuevo continente, América.

En ese grupo estaban los escritores Antonio Aparicio Herrero, Pablo de la Fuente y Antonio de Lezama, entre otros. Para pasar el tiempo en la embajada editaron un diario, ‘Cometa’, y una revista cultural llamada ‘Luna’, que era semanal, mecanografiada, con artículos a mano sobre poesía y artículos literarios. Llegaron a sacar 60 ejemplares por día. Analizaban la situación de España aunque estaba más enfocada a la literatura que a la política, para no comprometer a la embajada de Chile que les había proporcionado asilo.

Mientras, Neruda trabajaba afanosamente en procura de un navío, un carguero o una embarcación similar, que le permitiera salvar a dos mil españoles que se encontraban en un campamento de refugiados en Francia, país que, a objeto de ser sincero, no prestó mucha ayuda a los republicanos que ingresaron a sus fronteras solicitando un humanitario socorro pues veían amenazadas sus vidas (y las de sus familias) con el avance de las tropas franquistas.

Un año más tarde, la misma Francia sería fatal y cruelmente invadida por los ejércitos nazis de Hitler, socio del mismo Franco en la guerra civil hispánica, ya que había apoyado al general fascista enviando escuadrones aéreos de la “Luftwaffe” dirigida por Hermann Göring. Esos aparatos aéreos nazis fueron quienes realizaron el criminal bombardeo sobre la ciudad de Guernica.

Finalmente, Neruda logró arrendar el viejo carguero francés “Winnipeg” y comenzó la parte más difícil de su labor: seleccionar a los dos mil españoles que serían recibidos en Chile en calidad de refugiados. Obviamente, hubo más obreros y trabajadores que intelectuales a bordo del navío, y las historias personales de los socorridos por el poeta chileno podrían llenar las páginas de muchos libros.

Al morir el día 4 de agosto de 1939, el Winnipeg zarpa desde el puerto francés Trompeloup-Pauillac, cercano a Burdeos, con 2.365 personas a bordo, entre ellas iban los “300 niños de la guerra”, nombre que se les dio a los menores que viajaban junto a sus padres. La noche que el Winnipeg elevó anclas, Pablo Neruda escribió lo siguiente, recordado en sus Memorias:

“Mi poesía en su lucha había logrado encontrarles patria. Y me sentí orgulloso. Tuve la dicha de ofrecerles en mi patria el pan y el vino y la amistad de todos los chilenos. Que la crítica borre toda mi poesía, si quiere, pero este poema del Winnipeg que hoy recuerdo, no podrá borrarlo nadie”.

Al segundo día de viaje, frente al cabo Finisterre, nació a bordo de la nave salvadora la pequeña Agnes Winnipeg América Alonso Bollados, el primer bebé que llegó al mundo en medio de la tragedia de esos refugiados que venían en la cubierta y en las bodegas de la embarcación, convirtiéndose en símbolo de esperanza para quienes abordaron la nave obligados a dejar atrás a sus familias y su patria.

La travesía del Atlántico no estuvo exenta de tensiones, en especial para los tripulantes del navío, ya que decenas de submarinos alemanes acechaban a embarcaciones francesas e inglesas que surcaban esas aguas, pues el inicio de la Segunda Guerra Mundial estaba a escasas semanas de producirse y la posibilidad de terminar hundidos por un torpedo de un submarino nazi era una amenaza cierta. De hecho, con el Winnipeg navegando ya en aguas más tranquilas, el día 01 de septiembre Hitler ordenó a sus tropas la invasión a Polonia.

El día 3 de septiembre de 1939 el Winnipeg atraca en el puerto de Valparaíso. La tarea de Neruda llegaba a buen término. Al día siguiente desembarcan los españoles que fueron recibidos por las autoridades chilenas. Como una sentida forma de agradecer la generosidad de Chile, y en especial la del Presidente Pedro Aguirre Cerda, los inmigrantes cuelgan del barco un gran telón con el rostro del presidente pintado sobre él. El gesto era más importante aún, puesto que en Chile algunos sectores políticos (derechistas, para variar) se habían opuesto tenazmente a la tarea solidaria del gobierno de Aguirre Cerda, pero una vez arribado el navío a las costas chilenas esa oposición se fue difuminando, hasta desaparecer completamente al constatarse que los españoles del Winnipeg constituían un verdadero aporte intelectual y técnico para nuestro país.
La mayoría de los que desembarcaron del Winnipeg permaneció en Chile, integrándose plenamente a la sociedad criolla y colaborando de forma espléndida en el desarrollo de algunas artes y oficios.

El investigador chileno Julio Gálvez Barraza nos cuenta que: “médicos, ingenieros, químicos, electricistas, técnicos pesqueros, pescadores, obreros textiles, carpinteros, mecánicos, metalúrgicos, sastres, panaderos, mineros y de otras profesiones y oficios bajaron del barco con un equipaje compuesto de agradecimiento y esperanza en el futuro”.

La plástica chilena de nuestros días se ve encabezada por dos grandes pintores; Roser Bru y José Balmes, ambos pasajeros del Winnipeg y ambos, después, alumnos de tres grandes de la pintura chilena; Burchard, Camilo Mori y Perotti. Llegaron a Chile siendo casi unos niños. Roser Bru comenzó a estudiar acuarela y croquis como alumna libre en la Escuela de Bellas Artes. Fue una de las más destacadas integrantes del Taller 99, dirigido por Nemesio Antúnez y, desde hace mucho tiempo, su obra goza de un prestigio reconocido en los más importantes centros del arte contemporáneo.

José Balmes, el mismo mes de su llegada a Chile, con doce años, también ingresó en la Escuela Bellas Artes como alumno libre. El más chileno de los exiliados, según una propia definición, permaneció en ella hasta septiembre de 1973, cuando terminó como Decano. Sobre su acelerada “chilenización” el pintor, nacido en 1927, en Montesquiu, Cataluña, cuenta que estudió en el Liceo Barros Borgoño: “allí me chilenicé definitivamente, porque si no te chilenizabas en el Barros Borgoño, que era llamado la Universidad del Matadero, o los mal hablados le llamaban los matarifes, si no te chilenizas allí quiere decir que eres realmente estúpido”.

La excelente (y afamada) pintora Roser Bru, a los 16 años de edad había emprendido el viaje. “Los 16 años los cumplí en la frontera con Francia, de donde zarpó el barco. Yo venía con mi hermana. Nosotras dormíamos en las bodegas, en literas, y el día lo pasábamos en el segundo piso cuidando a los niños del barco, que se movía como una ballena. A Valparaíso llegamos de noche con esa luz maravillosa que parece colgada en los cerros del espléndido puerto. Bajamos, ahí nos vacunaron y tomamos un tren que iba pasando por diferentes pueblos, donde la gente nos lanzaba flores. Al llegar a la Estación Mapocho, nos llevaron al Centro Catalán, que quedaba en calle Moneda con Bandera, y ahí nos dieron una bienvenida con porotos y chorizos”.

Todos y cada uno de esos 2.365 españoles que arribaron a nuestro país un día 04 de septiembre de 1939, sin duda alguna, constituyeron un aporte magnífico para el desarrollo de esta hermosa república. Con el paso de los años, los ‘refugiados’ echaron raíces, tuvieron hijos entre el mar y la cordillera, se emocionaron con los colores de nuestro pabellón y amalgamaron cual crisol único las costumbres propias con las nuestras, engrandeciendo el currículo de esta tierra que, por bella y plácida, resulta envidiada en muchos lugares.

¿Y qué pasó finalmente con ese mítico barco? El Winnipeg, construido en 1918 para acarrear tropas en la Primera Guerra Mundial, luego de su viaje emblemático regresó a Francia a cumplir la misma labor para otras gentes y otras solidaridades, pero fue hundido en alta mar, en el océano Atlántico, por un torpedo de un submarino alemán. Aún no se sabe dónde están sus restos.

Por: Arturo Alejandro Muñoz
Twitter @aralmu

ASÍ NOS HICIMOS INVISIBLES

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Yo no fui un gran orador en el gobierno del Presidente Salvador Allende. Traté, eso sí, de marcar el espacio de mis amigos y compañeros de revuelta. Sí, nos tomamos el liceo, muchas veces nos tomamos el liceo, también dijimos que el socialismo era una forma de vida. Fidel Castro y sus extensos discursos nos llenaron la cabeza de frases y discursos que no dejaban dormir. Pinté con ayuda de mi hermano una muralla con el rostro del Ché en nuestra pieza, cuestión que a nuestros padres no le gustó mucho pero finalmente reconocieron nuestro derecho a pensar, en esa casa doña Silvia era demócrata cristiana y don Pablo masón y radical. Así crecimos pintando nuevamente el rostro del Ché, pero esta vez estaba acompañado de Fidel.

Habiendo pasado los años me pregunté, ¿por qué salíamos a marchar, por qué nos tomábamos el liceo? La única respuesta era saber que luchábamos por “un mundo mejor”. Como estudiantes no teníamos reivindicaciones propias, entonces nos tomábamos las reivindicaciones de los obreros, de los pobladores, de los campesinos, de los pueblos originarios. Salíamos de parranda a pocas cuadras de la casa y la mayoría estudiábamos a Carlos Marx y unos pocos a León Trotski o Mao.

Yo pertenezco a ese tropel de estudiantes que buscábamos apurar el proceso que encabezaba el Presidente Salvador Allende. Teníamos extensas reuniones de base. Éramos comunistas, éramos socialistas, éramos miristas, éramos también radicales. Cada uno defendía su bandera y su partido mientras la vida se definía como un futuro inacabable. Éramos felices. Sospecho que Allamand y sus huestes derechistas también eran felices. Él incluso se cambió de liceo para hacernos la collera, un niñito de liceo particular no se estilaba en la política estudiantil secundaria.

Eran tiempos de filas para comprar el pan, de debates en la micro, de risas en la fila, de expropiaciones, de Reforma Agraria. Detrás de aquella señora de chaqueta verde, esa que mira desconcertada, ahí, justo al lado del señor con gorro, ¡esa es mi tía Juana! Salió a comprar pan y no ha vuelto, si alguien reconoce a esa señora le solicito que le indique como salir de ese atolladero. Me llamó hace poco para preguntar si puedo ir a buscarla, pero yo estoy en Chile y no hay locomoción desde aquí, ahora está conversando con un policía para que le indique la salida… Me volvió a llamar para decirme que ya llega con el pan… Hay una cola muy larga, mijo, mejor espérame con pan amasado. Ella estaba exiliada, pero nosotros no supimos el drama que aquello significaba, la doña era antigua en este barrio pero un día se esfumó, se fue mientras nosotros tratábamos de terminar los estudios, mientras nos pasábamos papelitos con las tareas del periodo, mientras aún llorábamos y nos cambiábamos de nombre.
A los pocos meses o años se nos olvidó doña Juana, le preguntamos a la vecina Laura y al viejito del negocio, le preguntamos a los que eran de derecha en la población, le preguntamos a la hermana de un primo medio derechista, él nos habló nuevamente del exilio y nuevamente no entendimos. Mi hermano dijo que eran los que se iban al extranjero. Yo no le creí, me fui a la casa, revisé todos los cajones buscando alguna señal. Aquellos que continuamos en la tarea de hacer una revolución debimos protegernos las espaldas. Todos debimos cuidarnos, unos y otros nos sentamos en la misma mesa, en la misma calle donde acosaba el feroz persecutor. Por lo que sé, fueron muy pocos los que delataron alguna casa, alguna guarida, alguna información, pero me enamoré de una muchacha que tenía siempre la palabra correcta a la hora de bajar las manos.

Era martes, despertamos en una toma en Puente Alto. A lo lejos se escuchaban disparos. Todos estábamos rondando los veinte años. No había teléfono celular, por lo que optamos por cruzar el Río Maipo a pie, mojados hasta la cintura reímos de la salvada y nos tiramos al sol para secarnos. Nos abrazamos y decidimos enfilar cada uno a su casa.

Así comienza la guerra. Estudios interrumpidos, novias que bajaban la cara al vernos, las noticias llegaban de boca en boca. El General Prat nunca pensó en preparar una ofensiva contra nuestra resistencia, tampoco el Presidente Allende se suicidio. Era la clandestinidad, el caminar esperando una cara conocida, caminando con el temor de que desde un automóvil bajaran con metrallas. Fue larga la guerra. Aún recuerdo algunos de los nombres que usaba para sobrevivir. En una cajita de fósforos me llegó la noticia de que Esteban no aparecía, también que Roberto estaba prisionero en Cuatro Álamos, en Tres Álamos, en Ritoque, en Puchuncaví, en el Estadio Nacional, en los regimientos y cuarteles de Carabinero.

Estuvimos atentos a mensajes que se leían con un libro, descifrando línea por línea, palabra por palabras, letra por letra. A los pocos meses o años recordamos a doña Juana, estaba moribunda en Bélgica. No sabemos si la sepultamos en Chillán o en Madrid, ella siempre dijo que le gustaba viajar hasta Cartagena. Éramos fantasmas, éramos invisibles, éramos sujetos sospechosos, éramos de la Resistencia, éramos comunistas, éramos miristas y socialistas, éramos un puñado de cabezas duras. Nos reuníamos en las iglesias mientras las beatas rezaban y nos deseaban una parte del Espíritu Santo.

Donde estaba el muro con la imagen del Ché y Fidel hoy es una estación de Tren Metropolitano. A esta fecha no aparecen nuestros amigos que cayeron en manos del enemigo. Escribo esto porque mis hijos no me creen tanto riesgo. Escribo para sanarme de esa enfermedad que era el miedo, el terror y la esperanza. Me ilusiono con que alguna vez podamos encontrar a miles de amigos detenidos desaparecidos. Me ilusiono con poder traer los restos de doña Juana a Cartagena. Me ilusiono con una marcha multitudinaria de obreros en La Alameda.

Hace mucho tiempo que nadie me conoce como Alejandro. Me llamo Cristian. No soy rubio, estoy canoso, pero aún estoy atento del hombre ese que camina tras mis pasos. Esta vez no caigo en la encerrona. Lo que vino después de esta historia es para largo. Por lo pronto, debo reencontrarme con las palabras que nos robaron. Debo hacer el ejercicio de abrazar a mi vecino comunista, a mi pariente socialista y a un puñado de miristas que caminan observando de reojo al que viene tras sus pasos.

Aún nos queda mucho por hacer.

Tomado de: dilemas.cl

Por Cristian Cottet