La sonrisa de Víctor Jara

La sonrisa de Víctor Jara, imborrable en mi memoria, quedó atrás. La fila india de prisioneros -manos en la nuca- siguió su marcha. Avanzábamos hacia el camión frigorífico de la Pesquera Arauco que esperaba en la puerta del Estadio Chile para trasladarnos (aún no lo sabíamos) al Estadio Nacional. Era la noche del 16 de septiembre de 1973.

Han pasado 45 años del crimen y al fin aparece el fallo que condena a los nueve oficiales del ejército que participaron en el asesinato de Víctor Jara Martínez y Littré Quiroga Carvajal, cantautor el primero, director de Prisiones el segundo, ambos comunistas.

El juez Miguel Vásquez Plaza ha sentenciado a 18 años de presidio por los delitos de homicidio y secuestro a los “valientes soldados” chilenos que torturaron y mataron a dos prisioneros indefensos. Jara y Quiroga fueron fusilados en el callejón por el que se accede al estadio que hoy lleva el nombre del mártir Víctor Jara. Antes otros prisioneros corrieron la misma suerte en ese lugar.

Los oficiales asesinos fueron autorizados a disparar a discreción. Víctor Jara recibió 44 balazos y Littré Quiroga, 23. Todos eran proyectiles 9,23 milímetros correspondientes a las armas de cargo de los oficiales del “glorioso y jamás vencido” ejército de Chile. Los cuerpos acribillados de Jara y Quiroga fueron arrojados en un terreno baldío del sur de Santiago.

El juez Miguel Vásquez realizó un exhaustivo trabajo que incluyó pericias médicas, investigaciones policiales y declaraciones de imputados y de sobrevivientes del Estadio Chile. El proceso tiene centenares de páginas y no ha concluido: los acusados pueden recurrir a instancias judiciales superiores. Sin embargo, es un importante avance paradesentrañar la verdad de los días de horror que se vivieron en el Estadio Chile.

Ese estadio es un recinto cerrado destinado a la práctica del básquetbol. Fue habilitado como campo de prisioneros durante los primeros días del golpe de Estado. Por allí pasamos 5.400 detenidos, según registra el teniente coronel Mario Manríquez Bravo, comandante del campo. En el Estadio Nacional seríamos algo más, unos quince mil.

Con el comandante Manríquez, que ese día 13 de septiembre tomaba un descanso junto a su plana mayor de carceleros, me tocó sostener un curioso diálogo en el Estadio Chile. Cuando me quitaron la venda, me encontré frente a Manríquez y sus oficiales, que relajados charlaban, fumaban y bebían café. Entonces el comandante Manríquez (de cuyo nombre me entero ahora) inició un diálogo, respetuoso debo reconocer, sobre el socialismo y la experiencia de la Unidad Popular. Según ese oficial (y de otros que escuché más tarde en el Estadio Nacional) el golpe militar no pretendía destruir el proceso de cambios sociales iniciado en Chile por el presidente Allende. Buscaba expulsar al Partido Comunista del gobierno y evitar que Chile se convirtiera en una segunda Cuba en América Latina. Se declaraba admirador del Gobierno del general Juan Velasco Alvarado en Perú.

Muy poco, sin embargo, durarían esos pujos de nacionalismo que al parecer compartían otros oficiales a los que escuché en el Estadio Nacional y en el campo de prisioneros de Chacabuco. El alto mando de las FF.AA., comprometido desde el origen del golpe con otra ideología, se había refugiado en los brazos del Gran Buitre del norte.

Terminado el diálogo, el comandante del campo ordenó a uno de sus oficiales que me condujera a una celda, un camarín del Estadio Chile. Hoy sé que ese oficial era el teniente Edwin Dimter Bianchi, a quien apodaban “el príncipe”. Descendiente de alemanes, como otros oficiales que estuvieron en el Estadio Chile, Dimter me dijo que el 29 de junio de 1973 había participado en la sublevación del Regimiento Blindados N° 2. Al comando de un tanque derribó las puertas del Ministerio de Defensa Nacional. El joven Dimter era cortés y locuaz. Me dijo que era descendiente de una familia alemana asentada en Valdivia. Poco antes había viajado a la República Democrática de Alemania (RDA) a conocer a sus parientes y se declaraba admirador de las técnicas agrícolas que se aplicaban en ese país.

Todo su discurso se efectuaba mientras caminábamos por los pasillos subterráneos del Estadio Chile. Yo guardaba, como corresponde a un prisionero, un respetuoso y sorprendido silencio. Veíamos decenas de personas mirando hacia la pared y con las manos en alto. Se oían gritos de dolor y chillidos de espanto de prisioneros torturados por oficiales de inteligencia del ejército y Carabineros.

Tirado en el suelo, boca abajo, pasamos junto a Littré Quiroga, golpeado con sadismo por individuos de civil con brazaletes de color -supongo del grupo fascista Patria y Libertad- que le enrostraban el supuesto maltrato de Gendarmería al general Roberto Viaux (*). Nunca había visto (ni he vuelto a ver) a un ser humano tan brutalmente golpeado como Littré Quiroga, que se limitaba a gemir ya casi moribundo.

El teniente Dimter me dejó en el camarín que ocupaba Jorge Godoy, ministro del Trabajo de Allende, comunista; él me confundió con un funcionario del nuevo régimen. Sangraba de una herida en la cabeza y me suplicó: -“Señor, por favor, mire como me tienen, que no me golpeen más…”.

En los tres días siguientes compartimos con Godoy un pan, una taza de café y numerosos mensajes para nuestras familias si alguno salía con vida.

El 16 de septiembre nos hicieron formar en una fila de prisioneros con rumbo desconocido. Entonces, camino al camión frigorífico, me saludó la sonrisa de Víctor Jara. Una luz le daba en el rostro. Se le veía entero y con esa actitud de dignidad que caracterizó a la mayoría de los prisioneros políticos de la dictadura.

¿Por qué sonreía? A lo mejor quería alentarnos y compartir con nosotros su valentía ejemplar. Quizás desafiaba a los que serían sus asesinos. Vaya uno a saber… pero nunca olvidaremos esa sonrisa.

(*) El general Viaux encabezó el intento golpista del 21 de octubre de 1969 contra el gobierno del presidente Eduardo Frei Montalva. Asimismo participó en el asesinato del comandante enjefe del ejército, general René Schneider Chereau, el 25 de octubre de 1970, y estuvo preso por ese crimen.

Tomado de : Cubadebate.cu
Por: Manuel Cabieses D.

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Idealizar a corruptos y dictadores

Literal, en Latinoamérica los canonizan y los convierten en santos automáticamente en el instante de su muerte. Estas sociedades fulminadas por la doble moral y la desmemoria honran el cinismo y la tiranía, marchamándole virtudes y bondades a autores intelectuales de crímenes de lesa humanidad y a asaltantes en cuadrilla que desfalcan países completos.

La iglesia se postra ante el féretro del abusador, honrándolo por haber continuado con el legado de avasallador.

Balas de salva humean el cielo de una América Latina desollada por la mancilla milenaria de hijos deshonestos y traidores. Una bandera a media asta anuncia el deceso de quien en vida hizo trizas a un pueblo que no supo querer ni honrar.

Los noticieros anuncian con doble dramatismo la muerte de los tiranos, que presentan con su mecanismo de mediatización y engaño como beatos y les inventan un carácter íntegro que nunca tuvieron, honradez de la que siempre carecieron y sensibilidades que nunca conocieron.

Ocultan los desfalcos, las tranzas, las órdenes de torturar, asesinar y desaparecer. Ocultan los abusos, las hartazones, las orgías con niñas secuestradas, las cuentas bancarias, los sobornos y las múltiples propiedades de las que se adueñaron en robos legalizados por la injusticia.

Un pueblo abatido, sediento, con hambre y cansancio, sucumbido en el olvido y el abuso, observa allá a lo lejos, por televisión o escucha por radio, los actos protocolarios de la despedida de los criminales que murieron sin haber pagado con cárcel los abusos y los asaltos, los crímenes de lesa humanidad por los que fueron honrados por la iglesia y por el sistema.

Otros criminales envían las condolencias desde los gobiernos de otros países y se imaginan sus propios sepelios con bombos, carrosas y con ejércitos lanzando cañonazos humando el cielo de una América Latina ultrajada por ellos mismos.

Queda el botín, la poltrona y el poder, que se lo pelearán a muerte las bandas de criminales que hacen de las leyes su papel higiénico. Hasta que las aguas se calman y entonces muere otro lacayo, y comienza de nuevo el mismo ritual y el mismo pueblo carente de oportunidades de desarrollo, esclavizado y agonizante, observa allá a lo lejos o escucha por radio, los cortejos fúnebres de otro tirano que murió sin haber enfrentado la justicia.

Pero un día, ese pueblo esclavizado, ese pueblo oprimido, dejará de estar de rodillas y se pondrá de pie, porque aún resiste, porque se niega a olvidar, porque sigue luchando. No verá allá a lo lejos por televisión o escuchará por radio, será el actor principal de los juicios donde la justicia envíe a prisión a los tiranos. Y los verá esposados camino a las mazmorras donde se pudran por déspotas y sus nombres serán olvidados del imaginario colectivo.

Y será la Memoria Histórica, la justicia y la dignidad la que nutra, fortifique y libere a los pueblos que otrora fueron mancillados por los vasallos.

Latinoamérica tiene la fuerza milenaria de los Pueblos Originarios, raíz que ningún tirano ha podido secar aunque haya intentado arrancarla, y esa raíz crecerá, serán árboles frondosos y páramos florecidos. Será una América Latina con la armonía, la belleza y la frescura de las aguas limpias de los riachuelos que nacen en las montañas.

Entonces lo de idealizar corruptos y dictadores quedará en los libros de historia, escritos por los pueblos, para que jamás se vuelva a repetir.

Tomado de: cronicasdeunainquilina.com
Por: Ilka Oliva Corado

Los sueños abiertos en América Latina

Los sueños abiertos en América Latina

En un lejano año de 1974, una joven salía de Santiago en dirección a La Paz. Dejaba el territorio chileno con marido e hija – “hija del golpe” – nacida en octubre de 1973. Estaba entonces con 31 años y había presenciado desde muy cerca la caída del gobierno de Salvador Allende algunos meses antes. Por ser integrante del Partido Socialista y ocupar un cargo menor en la Corporación de la Vivienda (CORVI) tuvo la suerte de recibir a los pocos días del derrumbe un informe comunicando su expulsión del país en veinte cuatro horas. Por estar embarazada consiguió retardar la salida en algunos meses, ganando tiempo para decidir adonde ir, como hacerlo y, no menos importante, que dejar y que llevar.

São Bernardo, Brasil, principios de los años de 1990. La biblioteca personal guarda poco más de cincuenta libros y una enciclopedia de algo como veinte volúmenes. Títulos bastante ilustrados y de pretensión universal, vendidos como colección prêt-à-leer para burócratas del estado. La ex–militante socialista, vendedora de chaquetas cuero en una repartición pública adquiere su conjunto por trueque. Allá están ahora las tapas verdes de Dante, roja de Stendhal, vino de Dostoievski, negro de Poe y café de Cervantes. Un conjunto menor de diez libros verde oscuro representan algo de la literatura brasileña: Alencar, Azevedo, Rego y otros. Entremedio de todos los ilustres invitados a la biblioteca de la inmigrante chilena viviendo en el suburbio paulista, se lee en la primera página del libro amarillento y descascarado que ya no tiene tapa: “Historia inmediata”. El lomo del libro ofrece el título en estado tan precario que es casi una afirmación de su tema: Las venas abiertas de América Latina.

En una de las páginas escritas por Eduardo Galeano, periodista metido a historiador – tal vez sea una definición posible en la época para “Historia inmediata” – se lee sobre el tema agrario:

Y en cuanto a la expropiación de algunos latifundios chilenos por parte del gobierno de Eduardo Frei, es de justicia reconocer que abrió el cauce a la reforma agraria radical que el nuevo presidente, Salvador Allende, anuncia mientras escribo estas páginas.(170)

Galeano escribía su ensayo con un radar geográfico e histórico prendido, atento, lancinante, con toda la parcialidad que demandaba el oxímoron de “historia instantánea”. La escritura corría rápidamente por los ojos de una Latino América que se re-imaginaba. La militante que leía las páginas del libro, hacía historia mientras lo leía. No porque lo leía, pero mientras, durante, al mismo tiempo que las historias se hacían.

Hay que irse, no quiere, ¿porque tengo que dejar mí país? ¿Por que no más caminar por la Alameda, tomar un té con sopaipillas, mirar la cordillera?

En otra parte del pequeño libro, el escritor, inconforme con contener tantas promesas de cambio en la hoja y la palabra, concedía otra información que dejaba indeterminada la narrativa:

Mientras escribo esto, a fines del ’70, Salvador Allende habla desde el balcón del palacio de gobierno a una multitud fervorosa; anuncia que ha firmado el proyecto de reforma constitucional que hará posible la nacionalización de la gran minería (188).

¿Se cerrarán las venas? Los ojos se preguntan frente a la página, pero luego, en seguida ya son las lágrimas abiertas en América Latina. Hay que irse, dejar todo, lo poco material y lo mucho soñado, hay que irse, con la niña para lejos, ¿Adónde?, no importa, en La Paz decidimos, hay que irse, por La Paz, por la niña.

Tantos libros lanzados a la basura, tantos papeles quemados. Sí, cenizas de sueños y pruebas criminales, hay que dejarlos, librarse de las identificaciones, garantizar el paso por la frontera, la circulación por Santiago ensangrentada. Arregla la maleta, las ropitas de la nena, hace frío, corre aire entre las cordilleras, tan helado que enferma.

Da vuelta la página, la historia revuelta, el escritor añade nuevos ‘inmediatos’ a la historia, las venas, las venas…

Este libro había sido escrito para conversar con la gente. Un autor no especializado se dirigía a un público no especializado, con la intención de divulgar ciertos hechos que la historia oficial, historia contada por los vencedores, esconde o miente. (339)

La joven, el marido e hija suben al avión. Los pasos se quieren perder, pero caminan, sacan sus pies de la tierra, la cordillera se achica y todo es noche. En la maleta, quizás entremedio de las ropas de la niña, junto a la tremenda soledad y tranquilidad que ahora la acompaña, el pequeño libro de Eduardo Galeano es un otro pasajero, un amigo ilegal de anhelos y de penas. Clandestino y sin el epílogo “Siete años después” (de donde retiré el último extracto) fue uno de los viajeros de riesgo en tantas maletas de los que vivieron la década de 1970 en América Latina. Como lo reconoce Galeano,

De la misma manera, los comentarios más favorables que este libro recibió no provienen de ningún crítico de prestigio sino de las dictaduras militares que lo elogiaron prohibiéndolo…Creo que no hay vanidad en la alegría de comprobar, al cabo del tiempo, que Las venas no ha sido un libro mudo.(339)

Hay que irse, lanzar a la basura o quemar los libros, peligros en papel, no dejar rastro. ¿Pero cómo irse sola, sin nada, apenas ropa y documentos? ¿Cómo no cargar un poquito de sueños? ¿De esas explicaciones-sueños? ¿De esas tormentas utópicas?

Cerca de veinte años después, tres países y alguna historia, allí está el libro. Sin tapa, amarillo y viejo disputando atención con los “clásicos universales”. Está allí el libro más lleno de historia de la biblioteca suburbana de esa inmigrante chilena. Se puede leer junto a La Divina Comedia o Guerra y Paz, se puede leer antes o después de O Guarani oMenino de Engenho. Se puede, se debe, se lee.

En las nuevas tempestades de la década de 1990, el viejo libro seguía librando navegación con las iluminaciones poéticas de una triste narrativa económica y social. Ahora, mismo con la partida de Eduardo Galeano, el pasado convocado por su libro sigue pulsando y corriendo por las venas, como verdaderas velas inflamadas de esperanza.

Tomado de: pensandoamerica.com

Por: Mauricio Acuña

Chile memoria resistencia: Blanca Rengifo, monja revolucionaria.

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Un once de mayo, hace 30 años, se apagó la vida de Blanca Rengifo Pérez, religiosa, abogada defensora de los derechos humanos, fundadora de CODEPU, y militante activa de la Resistencia antidictatorial y del MIR. Fue pobladora de El Montijo donde compartió estrecheces, penas y alegrías con los pobres. Fue la samaritana que recogía cadáveres lanzados al rio Mapocho tras el golpe de Estado. Luego “Magdalena” la que efectuaba riesgosas acciones de propaganda armada contra la dictadura, y después el compañero “Daniel” integrante de un clandestino comité central. Fue la articuladora en 1980 del surgimiento de una singular organización de defensa de los derechos humanos, el CODEPU, donde junto con auxiliar a presos políticos, se coordinaban organizaciones populares y tejía la unidad del pueblo para luchar contra la tiranía. La resistencia es Dios, se le escuchó decir en más de una oportunidad.

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Blanca nació en 1923 y creció en medio de los efectos en nuestro país de una de las más profundas crisis de la economía mundial. Su adolescencia tiene como telón de fondo la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial y en nuestro país alzamientos de campesinos mapuches y trabajadores como el de Ranquil, donde fueron asesinados más de 200 insurrectos. Al mismo tiempo, se extendía la medicina preventiva y comenzaba gradual, pero firmemente un proceso de migración del campo a la ciudad. Se vivía el triunfo de Pedro Aguirre Cerda y se fundó la Confederación de Trabajadores de Chile. En 1942, el sacerdote jesuita, Alberto Hurtado publicó su ensayo ¿Es Chile un país católico?, en el cual cuestionaba sobre la aplicación real de los valores religiosos en una sociedad donde miles de niños vivían en las calles de las ciudades. De seguro, todo esto impactaría en las opciones de Blanca, que ingresa a los 26 años a la Congregación del Amor Misericordioso. Sigue leyendo

Memorial de Paine es reconocido como Monumento Público

Espacio recuerda a 17 campesinos asesinados por la dictadura cívico-militar

La Comisión de Patrimonio Histórico del Consejo de Monumentos Nacionales (CMN) autorizó la solicitud de incorporar la placa conmemorativa del Memorial de Paine, con todos los elementos que componen su espacio, en el registro de Monumentos Públicos.
De acuerdo al organismo, la placa corresponde a “objetos que han sido ubicados en el espacio público (campos, calles, plazas y/o paseos) con el fin de conmemorar acontecimientos, individuos o grupos de personas que han incidido de alguna manera en la cultura e historia nacional”, gracias a lo cual todo el espacio que conforma el Memorial de Paine queda protegido ante eventuales amenazas de destrucción o desprotección.
Recordemos que la “placa de los ejecutados de Escorial”, originalmente se instaló en el cementerio La Rana de Huelquén con motivo del funeral de 17 campesinos asesinados por la dictadura cívico-militar, pertenecientes justamente al sector del Escorial, siendo posteriormente traída al Memorial en el año 2015.

La placa está hecha de mármol, y fue financiada por el Ministerio del Interior. Tiene inscrito el nombre de cada uno de los asesinados, junto un fragmento del poema “Siempre” de Pablo Neruda, y el nombre de la AFDDyE de Paine, destacando al final la bandera de lucha de los familiares que es “Justicia”.

Precisamente, desde la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y Ejecutados (AFDDyE) de Paine, señalan que la placa da cuenta de un hito muy sensible y significativo para la comunidad, pues corresponde al funeral de personas cuyos restos estuvieron retenidos en el Instituto Médico Legal, durante los 17 años de dictadura.

Los nombres que integran la lista corresponden en su mayoría a campesinos que pertenecieron al Asentamiento El Escorial de Paine, quienes fueron detenidos por militares de la Escuela de Infantería de San Bernardo el tres de octubre, y posteriormente ejecutados en la Cuesta de Chada, a sólo kilómetros de sus casas.

Sus familias no supieron de su paradero hasta que algunos animales alertaron la presencia de restos humanos en el lugar. Sin embargo, el instituto Médico Legal exhumó los cuerpos y se negó a entregarlos, indicando que no había “medios suficientes”, explicación que se entiende bajo la frase “si no hay cuerpo no hay delito”, puesto que las autoridades intentaron borrar toda evidencia sobre los detenidos desaparecidos ante la opinión pública y el extranjero, buscando a la vez, ganar tiempo para generar leyes protectoras hacia agentes del Estado que atentaron contra los Derechos Humanos, como fue la Ley de Aministía.

Finalmente, el año 1990, con la salida de los militares de La Moneda, se agiliza la entrega de los cuerpos a sus familias, quienes así cerraron en parte este doloroso proceso de pérdida de sus seres queridos.


Tomado de: elciudadano.cl

GENERACIÓN: ENTRE EL OLVIDO Y LA MEMORIA

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Yo soy de la generación
Que ve posible la vida
La que recuerda encendida
A aquel que un día cayó…

Formo parte de una generación de la cual, en estos tiempos, se habla poco. Somos como todos o quizás solo nombres que pocos conocen, pero fuimos muchos que confiados y decididos nos integramos a la lucha contra la dictadura y formamos parte de otro nombre que convocó a miles: el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, MIR.

Quienes resistimos y militamos en los 80, lo hicimos guiados por la historia de lucha de quienes resistían y el ejemplo de las organizaciones de izquierda, en particular del MIR. Nuestras nociones elementales estaban regidas por el valor ético y digno de muchos caídos y la oposición consecuente a la Dictadura.

El amor a la libertad y a la justicia nos bastaba para sentirnos parte de la lucha de un pueblo. Por ello, en estos tiempos, en que muchos recuerdan, encontramos que son escasos los que se refieren a nuestra generación como parte de la historia popular y militante y más escasos aun los que abordan el tiempo de las protestas, las crisis internas y el advenimiento de los gobiernos “elegidos”.

Corrían los años 80, la experiencia en Neltume, pese a su aislamiento y aniquilación, se transformaba en un digno ejemplo para continuar la lucha. La seguidilla de acciones militares y milicianas entre el 79 y el 82 era un aliciente que demostraba que la lucha era posible La irrupción de vastos sectores populares a comienzos del 83, nos estimulaba a no decaer y a triplicar los esfuerzos dado que el triunfo de los sandinistas que, nos había ratificado que ninguna de sus tendencias tenía por sí sola la razón, nos señalaba los caminos futuros.

La muerte de hombres y mujeres que resistían y luchaban nos inspiraba para seguir su ejemplo amen del inmenso dolor que nos causaba. Esos caídos y las de muchos anónimos en las protestas populares que coreaban el “Pan, Trabajo, Justicia y Libertad” y el “Chile no se rinde caramba”, embargaban nuestras vidas para no separarse de nosotros y de nuestra acción.

Ese era el espíritu que nos guiaba y ese aliento determinaba nuestro quehacer en los liceos, en las poblaciones o en las universidades. No teníamos mucho que perder, pero con nuestra decisión y arrojo aspirábamos a alcanzar libertades y un mejor futuro. El sentimiento antidictadura teñía nuestras vidas de amor y rebeldía.

Quizás en la vorágine de los acontecimientos, guiados por nuestras rebeldías, con la certeza de que si no se lucha no se triunfa, no nos abocamos a la reflexión de los grandes problemas de la táctica y la estrategia.

Quizás, al estar armados de nuestras esperanzas no evaluamos las experiencias de Neltume, los levantamientos populares, los golpes represivos, los planes político-militares o las campañas. También es probable que ello lo delegáramos en los más experimentados, los más conocedores. Por ello, nos sorprendió la fragmentación, y seguramente ante el dolor provocado y como intento de aminorarlo, nos hicimos eco de prejuicios hacia quienes habían sido nuestros compañeros, que visto hoy con la distancia que otorga el tiempo, también nos duele.

Luego, fuimos actores y testigos de la desintegración; de la creciente disminución de la capacidad organizativa. Fuimos testigos de cómo un pueblo despliega enormes esfuerzos de lucha, aprende y persevera en su camino. Luego observamos, con impotencia, los acuerdos negociados entre la dictadura y sectores de la oposición “democrática”. Con impotencia vimos también, que nuestros vínculos sociales se debilitaban sin comprender las causas de fondo.

Eso es parte de nuestra historia como generación. Al igual que muchos, estamos orgullosos de nuestra historia, llena de pasión por cambiar el mundo. Quizás, podríamos ser los más duros críticos de los partidos políticos de entonces, de las organizaciones revolucionarias de ese tiempo y del MIR, en particular, pues nos correspondió “habitarlo” en medio de la más brutal represión, debilitadas, de alguna manera ya, sus capacidades de formación, con prácticas “verticales” y conspirativas como consecuencia de la política de exterminio desatada por la dictadura.

Percibimos, enormes esfuerzos de muchos, pero no suficientes para superar implementaciones artesanales de muchas políticas. También podríamos ser extremadamente duros con aquellos que entonces nos alentaban a seguir y hoy han renunciado a su propia historia, a nuestra historia. Podríamos criticar con rabia a las direcciones de todas las fracciones por su incapacidad para explicarnos los motivos de la división y sus consecuencias.

Pero creemos que no se trata de responsabilizar a otros por los errores de todos. La lucha social y política esta llena de requerimientos teóricos, políticos, materiales y también de experiencias y aprendizajes colectivos para confrontar escenarios en que los poderosos han acumulado no solo poder sino también conocimiento.

En cuanto a los errores propios, cierto es que unos tienen más responsabilidades, más historia, que en las militancias ocupábamos niveles orgánicos distintos. También es cierto, que muchos de nuestra generación fueron cooptados por el sistema, algunos andan en búsquedas de espacios donde transmitir su experiencia y los más, transitan los caminos de la apatía.

El mundo de hoy es distinto… el Chile de hoy es distinto, los pobres del campo y la ciudad se acrecientan. La construcción de alternativas para un Chile justo y solidario requerirá aprender de las lecciones que deja las experiencias de las luchas del pasado.

El camino es largo, la tarea por la cual cientos de militantes dieron sus vidas continúa vigente, las injusticias aún golpean sobre amplios sectores de nuestra sociedad. Los cambios registrados en el mundo y en nuestro país, imponen formular un nuevo paradigma para cumplir los sueños pendientes, ese es el desafío, hacia allá nos orienta el futuro.

La que persigue el calor
Que abraza y que da cobijo
La que renueva en sus hijos
Sus votos por algo mejor…
(Mi Generación, Pancho Villa)

Tomado de dilemas.cl
Por: Andrés Vera Q.

Academia de Guerra Naval: Armada chilena quiere borrar todo rastro de la “Colina del Terror”

Los crímenes cometidos por los militares chilenos durante el régimen pinochetista ya empezaron a ser castigados: algunos miembros del Ejército, Aviación y Carabineros han sido juzgados y condenados. No así los de la Armada, quienes tuvieron importante participación en el golpe de Estado contra Salvador Allende y en la represión que siguió. El mes pasado, el edificio de la Academia de Guerra Naval –centro de detención y tortura de la dictadura– fue derruido. Víctimas que sobrevivieron a la llamada “Colina del Terror” asumen que con esa demolición la Marina pretende borrar sus huellas criminales.

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En absoluto secreto, entre el 8 y el 10 de febrero pasados, la Armada chilena demolió el edificio en el cual hasta 2012 funcionó la Academia de Guerra Naval en Valparaíso.

Se trata del lugar desde el cual el almirante José Toribio Merino orquestó el golpe militar del 11 de septiembre de 1973; luego de eso, el inmueble fue convertido en centro de comando de las tareas represivas de la dictadura y en uno de los principales recintos de prisión y tortura en la región de Valparaíso.

La destrucción de la antigua Academia de Guerra Naval ocurre en momentos en los que el ministro en Visita Extraordinaria para Causas de Derechos Humanos, de Valparaíso, Jaime Arancibia, avanza en sus investigaciones, pues ya pudo identificar al equipo que en la Armada comandó y ejecutó las principales acciones represivas.

Esto ha causado preocupación en la Armada, que ha logrado mantener casi totalmente impunes los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura militar (1973-1990). En esto difiere de lo sucedido con criminales del Ejército, la Aviación y Carabineros de Chile, muchos de los cuales han sido procesados y condenados a partir de que estas causas se activaron, tras la detención de Augusto Pinochet, en Londres, el 10 de octubre de 1998.

“Palacio de la Risa”

La Academia de Guerra Naval era una construcción de acero y concreto, de cuatro pisos, ubicada en un promontorio en el Cerro Playa Ancha, de Valparaíso. Luego del derrocamiento del presidente Salvador Allende y la imposición de la Junta Militar, este edificio –donde normalmente se formaba a los oficiales navales– pasó a ser conocido popularmente como el “Palacio de la Risa”, irónica alusión a los angustiantes alaridos de dolor que día y noche surgían de ahí, producto de las torturas a centenares de detenidos.

La Academia de Guerra Naval –que en 2012 se trasladó a la vecina ciudad de Viña del Mar– se emplazaba en lo que las organizaciones de derechos humanos de Valparaíso han denominado la “Colina del Terror”, puesto que allí también está el cuartel Silva Palma, guarnición que tras el golpe sirvió como centro masivo de detención.

“Creo que al echar abajo la Academia de Guerra pretenden borrar la memoria de lo que ahí sucedió, pero claramente el pueblo mantiene su imaginario y, dentro de eso, la tarea es poder reconstruir los hechos.

“Lo primero que hizo la Armada fue asesinar y torturar masivamente al pueblo chileno.”

Es lo que señala en entrevista Eduardo Cabrera, Neco, exprisionero político y presidente de Cine Forum, y quien se ha convertido, quizás, en el más tenaz perseguidor de criminales de la Armada.

Cine Forum –que organiza desde hace una década festivales de cine de derechos humanos y de pueblos indígenas– y la Agrupación de Marinos Antigolpistas denunciaron públicamente (mediante comunicado del 18 de febrero pasado) la demolición silenciosa e inconsulta de ese centro de tortura y muerte.

“Vemos con estupor en este hecho el intento de borrar de la memoria aquel lugar donde se deliberó y fraguó el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973”, manifestaron.­

Además expresaron en su declaración la voluntad de perseverar en el esfuerzo por que el cuartel Silva Palma pronto sea declarado Sitio de Memoria Histórica por el Consejo de Monumentos Nacionales, y por lograr que toda la Colina del Terror sea declarada Zona de Conservación Histórica. Formalmente solicitaron esto el 20 de julio de 2016, y entregaron el expediente del caso este miércoles 8. Su carpeta fue foliada con el número 1557.

Neco, quien al momento del golpe era presidente del Centro de Alumnos de Filosofía del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, sede Valparaíso, y militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, expresa que “el alto mando de la Armada cree que botando edificios y quemando archivos se acaba su problema… pero hoy somos muchos los que estamos preocupados del tema de la memoria”.

Temerosos de que la demolición de la Academia de Guerra Naval, además de afectar la memoria histórica y el patrimonio, pudiera incidir negativamente en las numerosas causas por crímenes de lesa humanidad, Cabrera y otros expresos políticos y militantes de organizaciones de derechos humanos se reunieron con el ministro Arancibia, a quien le plantearon su inquietud.

Éste les expresó que “de ninguna manera” la citada demolición afectaría los procesos, puesto que él ya había hecho una inspección de la Academia de Guerra, y había hecho registros de los lugares que, según diversos testimonios, habrían sido utilizados para las detenciones y torturas.

Ante los cuestionamientos por la demolición, la Armada justificó su proceder mediante una declaración el 21 de febrero. Indicó que el edificio demolido había quedado “con daños estructurales” tras el terremoto del 27 de febrero de 2010.

Por lo mismo, y tras una serie de trámites administrativos, técnicos y legales –que no se especificaron–, habían establecido la necesidad de su destrucción, por considerarlo un peligro para la seguridad.

Ni la municipalidad de Valparaíso ni el Ministerio de Vivienda han respondido si sus organismos técnicos autorizaron la demolición, que necesariamente debió ser aprobada por ellos para cumplir con el ordenamiento jurídico relacionado con inmuebles ubicados en zonas de conservación histórica.

Crudos testimonios

El 14 de octubre de 2015 Arancibia inició proceso a 12 oficiales y suboficiales en retiro de la Armada por los delitos de tortura, secuestro calificado y asociación ilícita, cometidos contra Eduardo Cabrera.

Esta causa tiene el mérito de ser uno de los primeros autos de procesamiento por delito de tortura que alcanza a altos oficiales de dicha institución. Este tipo de crímenes fue ignorado por la justicia hasta hace unos cinco años, cuando se comenzaron a investigar con seriedad.

En aquel dictamen se establece que el 6 de abril de 1974, “aproximadamente a las 03:00 horas de la madrugada, Eduardo Cabrera Vásquez fue detenido en su domicilio particular por un contingente de efectivos de la Armada de Chile, sin existir motivo alguno para ello”.

Se añade: “Fue esposado y conducido en una camioneta hasta el Cuartel Silva Palma de la Armada en Valparaíso, lugar donde fue sometido a maltrato físico y psicológico, y fue obligado a permanecer por más de cinco horas de pie en un patio ubicado al interior del cuartel, siempre encapuchado. Cuando fue interrogado recibió descargas eléctricas en diversas partes del cuerpo, genitales, boca, orejas y extremidades, ello por medio de un objeto que se conocía con el nombre de Magneto”.

Cabrera señala en la entrevista que entre 5 mil y 10 mil personas pasaron por la Colina del Terror y otras dependencias utilizadas por la Armada como parte de las tareas represivas.

Dice que en los centros de estudios los rectores elaboraban listas con los estudiantes de izquierda, las cuales eran facilitadas a la Armada. “Estos estudiantes tuvieron que ir a firmar al cuartel Silva Palma, estar un par de días ahí, encapuchados, interrogados y fotografiados… y ahí se definía si los mantenían detenidos o si eran liberados”.

En entrevista con Proceso, Arancibia ratificó la veracidad de estos dichos. “Había listas de estudiantes que fueron interrogados en el cuartel Silva Palma. En algunos casos se llegó a los golpes, en otros no, la verdad es que hubo de todo, por eso es que hay que distinguir caso por caso”, expresa el magistrado.

La misma suerte corrieron miles trabajadores y dirigentes sindicales. “En el fondo, es el pueblo porteño –de Valparaíso– el que en su conjunto fue castigado por comprometerse en un proceso que afectó profundamente los intereses de la oligarquía”, señala Neco y asegura que la situación en el Silva Palma “era de una adversidad increíble: te enfrentabas a lo que ellos querían hacer contigo. Debías cooperar, entregar los elementos que ellos querían para su investigación, y si ellos no obtenían eso, significaba soportar los golpes, electricidad, siempre desnudo, en los genitales, en las orejas, en la lengua…”.

Este exprisionero, reconocido por sus pares por no haber realizado delaciones, recuerda que los equipos que aplicaban torturas estaban compuestos por entre seis y ocho personas: “Había mujeres… a mí me puso electricidad en los genitales una mujer que ahora está procesada: Gilda Ulloa, se llama”.

Narración anónima

El libro Estos mataron a Allende (1974), del periodista chileno Robinson Rojas, incluye el testimonio anónimo de un universitario que pasó por las mazmorras de la Armada, que entrega notables antecedentes sobre las torturas masivas perpetradas en la Colina del Terror y no ha sido integrado hasta ahora al expediente de la causa.

El testimonio fue publicado originalmente en el diario colombiano El Tiempo el 26 y el 27 de mayo de 1974, recogido por el columnista Daniel Samper Pizano, quien permanece activo en el periodismo.

“Fui detenido a mediados de octubre en el mismo recinto universitario donde estudiaba, donde asistía normalmente a clases. El rector designado por los militares permitía que los esbirros del Servicio de Inteligencia Naval se introdujeran en la universidad, y tengo la impresión de que el propio rector delataba a los estudiantes de izquierda. Con los demás detenidos nos llevaron a la Academia de Guerra Naval (…) Llegando se nos vendó los ojos y se nos hizo subir hasta el cuarto piso por las escaleras de hierro.”

Continuó el testigo: “Al subir escuchábamos gritos desgarradores; creímos que eran grabaciones para amedrentarnos, pero luego nos dimos cuenta de que eran gemidos auténticos de los torturados. Nos metieron en una pieza y nos obligaron a permanecer de pie, con las manos en la nuca, sin hablar. El que se movía o hablaba era lanzado al suelo, donde le daban culatazos y lo pateaban. Allí permanecimos toda una tarde, en espera de que nos llamaran para interrogarnos. Nos sorprendieron hablando y nos castigaron brutalmente, pero así pude saber que en esa sala ya había personal de la Aduana que estaba siendo torturado.

“El primer día sacaron a mucha gente que había llegado antes: los de la Aduana, el profesor de literatura y el cura católico. No volvieron más. Después sorprendí a un guardia que comentaba con otro: ‘El cura se les fue cortado, lo van a hacer aparecer como suicidio’.”

Cabe señalar que, tal como se ha podido acreditar en la investigación judicial del caso Woodward que ahora lleva el ministro Arancibia, el sacerdote chileno-británico Miguel Woodward murió a consecuencia de las torturas perpetradas en la Academia de Guerra y en el buque-escuela Esmeralda, aplicadas tras ser secuestrado de su domicilio en Valparaíso la noche del 16 de septiembre de 1973.

Como la Academia de Guerra, desde el 11 de septiembre de 1973 el Esmeralda se convirtió en un centro de detención y tortura. Esta situación, denunciada en aquel tiempo por familiares y víctimas, fue ratificada a lo largo de los setenta en diversos informes de la Organización de Estados Americanos, del Senado de Estados Unidos y de Amnistía Internacional.

Continúa el relato publicado en El Tiempo:

“Al segundo día fui interrogado: permanecí torturado durante más de tres horas. Me desnudaron y me golpearon con manos y pies por todo el cuerpo. Parece que los interrogadores eran muchos. Luego me aplicaron corriente en los testículos (…) Durante todo el interrogatorio me tuvieron con los ojos vendados y las manos esposadas. Con las contracciones musculares por la electricidad, las esposas se cerraban cada vez más y me rompí las muñecas hasta el hueso. A estas alturas del interrogatorio ya no sentía dolor. Solamente me daba cuenta de que me estaban quemando con electricidad.

“Al término del interrogatorio, que perseguía saber si había armas en la Universidad, me llevaron a otra sala donde me sacaron la venda para que pudiera caminar; pero me caía al suelo y me hicieron arrastrarme hacia otra sala, donde yacían los torturados. Había allí un profesor universitario que conocía de vista, que estaba con todo un lado del cuerpo negro de los hematomas y le habían perforado el tímpano, por lo que el dolor le hacía aullar; los restantes estaban todos tanto o más golpeados que yo. Muchos tenían las costillas rotas y no podían siquiera respirar. Ninguno podía caminar; tenían fracturas en los huesos de las piernas, por golpes y por las contracciones musculares producidas por la corriente.

“Había muchas mujeres tan golpeadas como nosotros. A las mujeres las habían violado en forma bestial; estaban desgarradas internamente y sangraban con profusión. Una se quejaba continuamente; le habían introducido un objeto cortante en la vagina y parece que le había traspasado el peritoneo. Entre los que estaban, algunos dijeron haber reconocido a los interrogadores: ‘Eran infantes de marina de los que han sido preparados en las bases norteamericanas en Panamá’.”

SICAJSI

A partir del 11 de septiembre de 1973 la Armada creó el Servicio de Inteligencia de la Comandancia de Área Jurisdiccional de Seguridad Interior (SICAJSI), formado por funcionarios de la Armada, de Carabineros (policía uniformada) y de la Policía de Investigaciones. Dependía directamente de la Primera Zona Naval, con sede en Valparaíso.­

El jefe de SICAJSI fue el capitán de navío Sergio Barra von Kretschmann, secundado por Héctor Trobok, coronel de Carabineros. Ellos reportaban al jefe de Estado Mayor de la Armada, Guillermo Aldoney.

En auto de procesamiento del 8 de mayo de 2015, mediante el cual Arancibia sometió a proceso a 18 exoficiales y suboficiales de la Marina y Carabineros por su responsabilidad en la muerte de Woodward, se fija el papel de la Academia de Guerra en las tareas represivas cumplidas por la Armada en los albores de la dictadura.

“Luego del 11 de septiembre de 1973, la Armada de Chile puso en marcha, con ciertas modificaciones, un Plan Antidisturbios, también denominado ‘Plan Cochayuyo’, ideado aproximadamente a comienzos de 1973 y que tenía, entre otros objetivos, detener la acción insurgente a sus designios, mantener el orden público y obtener el control absoluto de la población, especialmente de la Quinta Región (de Valparaíso).”

Allí se añade que “por orden de la Comandancia en Jefe de la Primera Zona Naval se instaló físicamente en la Academia de Guerra Naval, ubicada en Valparaíso, el denominado SICAJSI”, razón por la cual la citada academia suspendió en aquel tiempo “las labores de educación que le eran propias, para albergar al organismo antes referido”.

“La función principal era la de desbaratar los grupos contrarios al régimen militar instaurado en el país, procediendo para ello a ordenar la captura de personas militantes o afines a algún partido político o movimiento de centro, izquierda o revolucionario, y su posterior traslado a unidades controladas por la Armada o pertenecientes a ésta, habilitados como Centros de Detención e Interrogatorio.”

En entrevista con Proceso, Arancibia ratifica que ya está comprobado que el SICAJSI operó en la Academia de Guerra.

*El reportaje fue publicado en Proceso, México.

Tomado de radio.uchile.cl
Por: Francisco Marin