Violeta Parra, a 100 años de su nacimiento, sigue siendo una artista trascendental

IMG_0674.JPGFoto tomada de Radio Música Chilena.

Javiera Parra dice que ha aprendido a querer “Gracias a la vida”, la canción más famosa de Violeta Parra y uno de los himnos del folclor latinoamericano.

Le emocionaban más otras canciones de su abuela, como “Una copla me ha cantado”, “La lavandera” o “Volver a los 17”.

Así fue hasta que, junto con su hermano Ángel Parra, empezó a girar por el mundo cantando ese tema infaltable en el cancionero de “la Violeta”.

La hacían tal como ella la interpretó en esa austera versión original, con guitarra, charango y cuatro venezolano. Y la voz. Era importante cantarla con la misma nostalgia y profundidad.

Fue entonces que Javiera sintió el poder de “Gracias a la vida”.

Ella misma explica su cambio al hablar de cómo una mujer nacida en un pequeño pueblo del sur de Chile el 4 de octubre de 1917 consiguió convertirse en la cantautora más importante de la historia del país, en una figura mayor de la canción popular latinoamericana y en una artista reconocida internacionalmente.

“El éxito que alcanzó la obra de Violeta Parra en una época sin globalización ni internet es un misterio que sólo se puede resolver escuchando su música“, dice a BBC Mundo.

Para empezar a desentrañar ese misterio, Javiera eligió para BBC Mundo tres canciones de su abuela que muestran por qué es tan trascendental para la música de América Latina.

1. “Gracias a la vida”

IMG_0675.JPGFoto tomada de Chillán Activo

La argentina Mercedes Sosa, el mexicano Vicente Fernández, la brasileña Elis Regina y el español Plácido Domingo son apenas algunos de los renombrados artistas que han creado sus propias versiones de “Gracias a la vida”.

Sonó en 1986 en el funeral del ex primer ministro de Suecia Olof Palme y en marzo pasado en el lanzamiento de la campaña presidencial de Sebastián Piñera en Chile.

“Ha sido muy versionada, pero la suya es insuperable“, dice Javiera Parra.

En esa versión original sólo acompañan a Violeta sus dos hijos, Isabel y Ángel (padre de Javiera), y el músico uruguayo Alberto Zapicán.

“Esa economía de recursos, en una conmovedora austeridad para su música, es [uno] de los rasgos que distinguen el canto de la autora chilena”, dice el cuaderno pedagógico “Violeta Parra: 100 años”, uno de los tantos materiales editados este año por el gobierno chileno con motivo del centenario del nacimiento de la artista.

“Gracias a la vida”, agrega, “es un manifiesto existencial que repasa lo que a la artista le resulta más entrañable —el amor, la naturaleza, la creación, el viaje—, e instala su canto en comunión con el de su pueblo“.

En las últimas estrofas, Violeta Parra canta: “Gracias a la vida que me ha dado tanto. / Me ha dado la risa y me ha dado el llanto, / así yo distingo dicha de quebranto, / los dos materiales que forman mi canto / y el canto de ustedes que es el mismo canto, / y el canto de todos que es mi propio canto”.

Declararse la voz de la gente en décadas de los 50 y 60, cuando en las radio de Chile y América Latina predominaba el rock and roll, era revolucionario.

Este es uno de los pilares de la nueva canción, un movimiento musical (pero también social y político) comprometido con el sentir popular del cual Violeta Parra es pionera junto al argentino Atahualpa Yupanqui.

Entre los artistas y grupos que se convertirían en exponentes de ese movimiento hay artistas como los chilenos Víctor Jara, Quilapayún e Inti Illimani, los argentinos Los Chalchaleros, Los Fronterizos y la propia Mercedes Sosa, el uruguayo Daniel Viglietti y los cubanos Pablo Milanés y Silvio Rodríguez, por citar algunos.

Javiera Parra incluso identifica la influencia de su abuela en la nueva camada de cantautores latinoamericanos, como el uruguayo Jorge Drexler y los mexicanos Leonel García y Natalia Lafourcade, e incluso en la música de ella y su hermano.

“Todos estamos obligados a visitar el planeta Violeta en algún momento para ser mejores músicos. Porque es muy vasto y nos enseña mucho a conocernos como latinoamericanos”, afirma.

Sobre “Gracias a la vida” en particular, la cantante también destaca: “Es una añoranza a la vida, como si ella ya se hubiera ido. Y viendo lo que vino después del disco ‘Las últimas composiciones’, uno entiende la canción de otra manera. Era una despedida“.

“Las últimas composiciones” salió a la venta en noviembre de 1966 y el 5 de febrero de 1967, Violeta Parra se suicidó. Tenía 49 años.

2. “Qué he sacado con quererte”

IMG_0676.JPGFoto tomada de Solo Artistas Chilenos.

Esta desgarradora canción de desamor es también una de las más versionadas de Violeta Parra, desde el español Raphael hasta la mencionada Lafourcade.

“Admiro mucho la capacidad que tenía de generar empatía con la voz social, con el pueblo. Su capacidad de conectar con el sentimiento universal y volverlo arte”, dijo la mexicana al portal Emol el mes pasado. “Qué he sacado con quererte” es uno de los temas de su último disco, “Musas”.

Javiera Parra, una vez más, prefiere la versión original: “Tiene mucha fuerza. Habla desde un lugar despechado pero a la misma vez cándido. Es muy desnuda como en general son las canciones de Violeta“.

Incluido en el disco “Recordando a Chile” (1965), “Qué he sacado con quererte” es interpretado como un lamento mapuche.

Paula Miranda, doctora en poesía hispanoamericana por la Universidad de Chile, escribe en “Violeta Parra: después de vivir un siglo”, otro de los libros conmemorativos editados por el gobierno chileno: “Cada momento de la canción define su sentido por esta queja, la que irá in crescendo“.

En la primera versión, agrega, a la melodía y el uso recurrente del “ay” se suma un suspiro de la artista y una especie de llanto breve hacia el final.

Lejos de ser una excepción, la música de Violeta Parra y, por consiguiente, la nueva canción, se nutren de las tradiciones rurales tanto en sus letras como melodías.

Para ello, la artista chilena recorrió el país recopilando historias, sonidos e instrumentos del folclor local que luego volcaría en su arte.

“A finales de los años 60, ella incorporó instrumentos como el charango boliviano y el cuatro venezolano de la música más andina, que luego caracterizaron a la nueva canción, a este sonido fusión regional”, dice Javiera Parra.

Otros artistas del movimiento luego incorporarían más instrumentos indígenas, como las zampoñas y quenas. Aunque las constantes siempre serían la guitarra y voz.

El ecuatoriano Max Berrú, uno de los fundadores del grupo Inti-Illimani, llegó a afirmar: “Ella fue una artista increíble, que escribió de una forma simple pero muy profunda. Y lo que es más importante, nos enseñó los ritmos e instrumentos de otros países“.

“Ella abrió un mundo musical a los que formamos parte del movimiento”.

3. “El gavilán”

IMG_0677.JPGFoto tomada de Resumen Latinoamericano.

A diferencia de “Gracias a la vida” y “Qué he sacado con quererte”, canciones que forman parte del “Cancionero popular de Violeta Parra” editado por el gobierno chileno, “El gavilán” es un tema más desconocido por el gran público.

“Pertenece al ‘lado B’ de Violeta”, reconoce su nieta. Sin embargo, en su opinión, esta “pequeña ópera” de casi 10 minutos compuesta para un obra de ballet que nunca fue muestra un refinamiento compositivo de trascendencia regional.

“La música está a un nivel altísimo”, afirma. “La composición de la guitarra es algo realmente increíble”.

Esta canción, que fusiona raíces indígenas con ibéricas, “amplió las posibilidades creativas de todos los demás artistas”, se dice en “Después de vivir un siglo”.

Javiera Parra da aún un paso más y extiende la influencia de su abuela a las otras artes en que se expresó: “Violeta Parra fue un genio porque tuvo la habilidad de expresarse multidisciplinariamente en el arte plástico, la arpillera, la música, la décima, la centésima”.

“Eso no lo hace un músico, no lo hace un cantante. Lo hace un artista”.

Tomado de: cubadebate.cu
Por: Ana Pais

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Yo no sé lo que es vivir sin Fidel

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Palabras de tributo y homenaje al Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz a un año de su partida Física. Acto Central de la Cátedra Honorífica para el Estudio del Pensamiento y la Obra de Fidel. Universidad de Oriente.

Yo soy Fidel. Mi padre es Fidel. Mi abuelo es y será siempre el eterno e invicto Fidel. Mi nombre es Fidel, y mi vida se llama Fidel. Mis pensamientos, mis sueños, mis anhelos, se llaman también Fidel.

No puedo ni debo decir que converso con él, como en todas aquellas ocasiones que guardo en mi mente, en mi memoria; pero sí puedo, debo y quiero decir que necesito hablarle, y lo hago a menudo.

No puedo, ni debo ni quiero decir que Fidel no está físicamente. Puede no estar presente el calor de Fidel. Pero sí está presente la energía de Fidel, el trabajo de Fidel, el impulso de Fidel, la fuerza de Fidel (más fuerte que las fuerzas nucleares), la dinámica de Fidel, la onda de Fidel, la luz de Fidel (la más bella e intensa), el movimiento de Fidel, el magnetismo de Fidel, el tiempo de Fidel, la obra y la conciencia de Fidel, están muy presentes y perdurarán. Y la energía, el trabajo, el impulso, la fuerza, la luz, el movimiento (también interpretado como cambio, siendo el más integral el movimiento social Fidelista), todo ello es Física, por tanto Fidel sí está presente físicamente.

El ADN de Fidel está presente en millones de revolucionarios dentro y fuera de Cuba, en nuestra América, en el mundo, así que Fidel está presente biológicamente. La química de Fidel une a millones, incluso a quienes no piensan como él pero lo respetan, lo admiran y lo quieren, así que Fidel está presente químicamente. La ciencia toda, nos brinda la tan añorada y querida presencia de Fidel entre nosotros.

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No puedo ni debo decir que fueron pocas todas aquellas ocasiones que tuve a mi abuelo para mí, su ternura, sus muestras de cariño, su voz, su calor, su altura y su fuerza, su abrigo intelectual y moral, su estatura impresionante, su imagen conmovedora, su carisma cautivador, sus palabras de aliento, sus valiosos consejos. Aunque lógicamente siempre quise más, me consuela que siempre me esforcé y luché por aumentar el tiempo con Fidel, que me podía haber tocado, por cuidarlo, por atenderlo, por ayudarlo, por acompañarlo, por compartir peligros y desvelos, por brindarle momentos felices. Tuve el inmenso privilegio de que una parte considerable de mi vida transcurrió muy cerca de Fidel, y por ello puedo, debo y quiero hablar en nombre de los cercanos a Fidel.

No puedo, ni debo ni quiero decir tampoco que fueron muchas las miles de horas con Fidel, como joven cautivado por sus ideas y su historia, por su pensamiento y acción, por sus hazañas y proezas, como uno más entre millones. Vendrán muchísimas más horas de Fidel, con Fidel y para Fidel, y nunca serán suficientes. Por ello me considero moralmente identificado con los que lo amaron desde lejos. Puedo, debo y quiero hablar también, en nombre de ellos.

Todo el tiempo con Fidel, todos esos segundos, minutos, esas horas, toda esa unidad de tiempo que no encuentro capaz de describir el tiempo relativo y absoluto junto a él, todo ese espacio vivido en común, los años que colaboré con los compañeros que lo cuidaban, alguna que otra vez que le provoqué carcajadas e incluso aquellas que lo hice molestar.

La vez que se atoró y asustado le golpeé la espalda con error de cálculo en la fuerza. Al día siguiente, durante las entrevistas para el libro “Cien horas con Fidel” y en la escuela donde estudió la primaria en Santiago, le cuenta Fidel a Ramonet de sus peleas, y a mala hora el periodista le pregunta qué significaba un “pescozón”. Mi abuelo me llama y me pide que me ponga en firme, y yo muy orgulloso pero ajeno a la conversación previa cumplo con su pedido. Vino entonces otro error de cálculo en la fuerza de la demostración práctica de un “pescozón por la cabeza”, interpretada por mi como cariñosa represalia y enseñanza de que uno no se puede quedar dado.

De cuando estuve grave siendo niño y él me visitaba a diario, de cuando jugamos ajedrez, de cuando me mostró el histórico fusil que llevó en la Sierra Maestra, el verlo pensativo, verlo recordar, verlo contento por nada o verlo serio resolviendo lo poco y lo mucho, verlo dormir, caminar de aquí a allá, verlo siempre seguro y optimista, siempre combatiendo, pensando, conversando y trabajando.

Disfrutar de la cotidianidad de sus gestos; de su voz de cerca, de lejos, por teléfono, por radio, por televisión; escucharlo despierto y en sueños, descifrar su susurro conspirativo; apreciar y disfrutar con su cultura del detalle; ayudarlo en lo posible e imposible, en lo fácil y en lo difícil; alcanzarle un vaso de agua, un bolígrafo, un discurso; seguirlo en sus ideas, proyectos y experimentos; acompañarlo por tierra, mar y aire, con calor o lluvia, con nieve o en medio de un huracán; sentarme a su lado en un carro, o un avión, o en una mesa, o tantas horas detrás de él en un teatro; caminar detrás, al lado o delante guiándole los pasos. Ponerle las medias, leerle, sufrir más yo cuando lo veía a él sentir dolor, alegrarme más yo con su sonrisa, servirle una copa de vino (y de paso servirme un poco yo del suyo, asegurándome previamente de que estuviera de un excelente humor).

Que me pregunte lo mismo por la nanotecnología, la teoría de la relatividad, del universo, de matemática, de historia, del mar, de lo que estoy leyendo o investigando, o por mis padres y hermanos, por la salud…; que me diga: ¡Fide! ¿Cómo estás? ¡Cuídate!, ven más por aquí, tengo un recado para tu papá… Que diga que yo soy su amigo, que me haya presentado al mejor amigo, Hugo Chávez, con quien compartimos memorables vivencias familiares.

De aquella noche al final de la Gala Cultural por el Día de la Independencia de los Estados Unidos, el 4 de julio de 2002, le dije que tenía algo muy serio que decirle. Me llevó sólo a su oficina en Palacio, y pude finalmente exclamarle: ¡Te quiero con coj….! Posterior a su efusivo y prolongado abrazo, me dijo con cierta timidez y bajito: “y yo también eh, que no se te olvide”.

De hacerme tan feliz, y de verlo hacer feliz a tanta gente. En fin, de una lista demasiado extensa pero que me cuesta trabajo interrumpir, todo eso y mucho más, constituyen lo más preciado y valioso para mí, y encabezan mis vivencias más felices y entrañables.

Fidel, mi abuelo, me motiva, me inspira, me da fuerzas, me impulsa, me guía, me impresiona, cada día. Lo quiero, lo admiro, lo extraño, ni más ni menos que hace un año, ni más ni menos que dentro de 1 año, de 2, de 5, de 10, de 20 o los que me toquen vivir antes de ir a buscarlo donde esté, más allá de la ciencia y el marxismo.

Nunca me despedí de él ni pienso hacerlo. Pensar que no lo puedo abrazar o estrechar su mano, oírlo aclararse la garganta, escucharlo de cerca muy atento, apreciar la expresividad de sus manos permanentemente al acecho de un contacto cariñoso, sentir otra vez su mano en mi hombro, verlo de cerca y tocarlo, darle un beso, bromear con él, brindar con él, sostenerle un vaso o una copa o una taza si se va quedando dormido, llevarle personalmente un diploma, hacerle tantas preguntas que me surgen y respuestas de él que necesito ahora; intentar responder su caudal interminable de preguntas para las que aún continúo buscando respuestas, y que me sorprenden por el genial mecanismo intelectual que a tan avanzada edad llegó a formular. Todo ello y mucho más, me provoca un dolor inefable, que aumenta con el tiempo, que no se deja casi nunca dominar y mucho menos me permite aprender a vivir con ese dolor.

Debo decir aunque no quiera, que no lo he superado. Paliar ese dolor, que es muy fácil decirlo, es uno de mis mayores desafíos y un deber por razones de salud. Lo es también descubrir cómo convertir dolor en felicidad, cómo buscarlo y encontrarlo, para menguar la inevitable ansiedad con homenajes diarios a Fidel.

Hago camino al andar en medio de ese desafío, paso mucho tiempo buscando recursos para evadir y mitigar el luto desgarrador y que este no me domine ni me controle, visito casi mensualmente Santiago de Cuba y paso muchas horas cerca de la Piedra Rebelde que enseña e ilumina; me lanzo en paracaídas a 4 Km de altura para homenajear a Fidel, abrazando una bandera que lleva su imagen.

En el presente sigo teniendo el inmenso privilegio de ser uno más de sus colaboradores, acompañándolo concretamente con mi tiempo y energías en uno de sus proyectos científicos. Continúo cumpliendo con lo que me dijo el 13 de agosto de 2002: cuando te gradúes el año que viene vas a la Universidad de las Ciencias Informáticas (eso fue alrededor de un mes antes de que la UCI comenzara sus labores docentes, hace poco más de 15 años). Fue precisamente en la UCI donde el 29 de abril de 2016 realizamos por primera vez “Un salto por Fidel”, en el que 26 paracaidistas desafiamos la gravedad y las alturas para transmitir un mensaje de cariño y homenaje al Comandante por sus 90 años, regalándole un momento feliz cuando le enviamos el video. Debo y quiero repetir, en cuanto se pueda, una y otra vez, “Un salto por Fidel”.

Me honra también haberle dedicado este año un Premio Nacional de la Academia de Ciencias de Cuba, y el título de Investigador Titular. Me honra venir a Santiago de Cuba a hablarle, a contarle mis cosas, mis planes, a felicitarlo por el día de los padres, a celebrarle su cumpleaños, a darle cariño. Y marcharme más seguro, lleno de fuerzas, motivaciones, y energías. Una vez más, ¡infinitas gracias abuelo! Y como tú decías, en la vida de los hombres agradecidos, infinito más uno, es mucho más que infinito. Exquisita, rigurosa y profunda, la matemática de Fidel.

Por visitarlo tan a menudo, me honra el haber comenzado a colaborar con la Universidad de Oriente, con el Centro de Biofísica Médica fundado por él, y de que me hayan concedido el inmenso privilegio de formar parte de la Cátedra Honorífica para el Estudio del Pensamiento y la Obra de Fidel. Mis dos mensajes a mi querido abuelo, escritos en el libro de Santa Ifigenia, fueron publicados y dieron lugar a hermosos y conmovedores comentarios en la red de redes. Infinitas gracias a todos.

Yo no puedo, ni debo ni quiero decir que no puedo vivir sin Fidel. Yo no sé lo que es vivir sin Fidel. Yo escojo vivir feliz con Fidel, y así contribuyo de manera modesta, a que Fidel también siga siendo feliz.

Cada día recuerdo su consejo el 20 de octubre de 2004, cuando en medio de la tremenda angustia por su accidente en Santa Clara, me dijo: ¡no estés triste! Sí debo y quiero decir que seguiré esforzándome para poder cumplir con ese pedido de un abuelo que no le gusta ver sufrir a un nieto. Yo escojo la alegría de sentirlo siempre conmigo, y aunque nunca supere mi pérdida, nuestra pérdida, sabré vivir feliz con sentimientos tan profundos por mi abuelo, por mi amigo, por mi maestro, por mi paradigma, por mi Comandante en Jefe, por el gran Fidel, a quien siempre tendré presente con inmenso y especial cariño.

Y la convicción de ser feliz guardando vivencias tan valiosas, la convicción de seguir cumpliendo con él, es lo que me permite llevarlo conmigo y en mí, feliz y vivo, todos los días.

Como uno más entre millones que nunca se soltarán de su mano, de quienes lo cuidaron y lo cuidarán siempre, de sus colaboradores, de sus amigos, de los que intentamos acercarnos a lo mejor de su ejemplo y que colectivamente decimos “Yo soy Fidel”, de los hombres de ciencia y de pensamiento que él formó, de los que lo aman de cerca y de lejos, como fruto de lo que él sembró y como uno más de la familia que tanto lo quiere, le envío nuevamente muchos besos, un fuerte abrazo, y mi más sincero y sentido homenaje a un año de su reciente travesía.

A un año del día escogido por él para volver a embarcarse a nuevas batallas, ¡Mi tiempo sigue siendo el tiempo de Fidel!

Santiago de Cuba, 24 de noviembre de 2017.

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Tomado de: razonesdecuba.cubadebate.cu

Por: Dr. C. Fidel Antonio Castro Smirnov

“LICEANAS” PORTEÑAS RECUERDAN EL GOLPE

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La activa participación política de esos años lleva a las alumnas a ser parte de la directiva del Centro de Alumnos 1972 del Liceo Nº1 de Niñas de Valparaíso. Esto traería difíciles consecuencias para sus vidas y sueños. Hoy enfrentan en este libro su pasado y su presente.

“Es muy probable que nuestra
vida hubiera sido muy diferente,
el golpe cambió todo”, Danitça Vuskovic, secundaria en 1973.

El año pasado, semanas tras semanas, los estudiantes en Chile protestaron en las calles por el desigual sistema educacional nacional. Las fotos, imágenes, videos y textos de aquel movimiento abundan en la web, ellos mismos guardaron sus registros para la posterioridad dejando una memoria viva de su lucha.

Al mismo tiempo, durante el 2011 fue rescatada otra valiosa memoria, una con historias vividas en una época crucial en Chile. “Éramos liceanas en septiembre del 73” (Ediciones Planeta de Papel, 2011), es un libro que retrata la represión, tortura, y humillación de la dolorsa jornada de aquel martes 11 de septiembre, cuando el Golpe de Estado de Pinochet truncó la vida democrática de Chile y marcó para siempre a un grupo de secundarias del Liceo Nº1 de Niñas de Valparaíso.

Aminie Calderón y Rosa Gutiérrez fueron las autoras de este particular libro, además de testigos y protagonistas de este oscuro episodio en la historia de Chile. Cuando ellas se explayan sobre la recopilación de los testimonios se torna dificil no estremecerse frente a la valentía para recordar, denunciar y reconstruir historias de vejámenes en manos de miembros de la armada, excusados vilmente en el argumento de defender la “patria”.

Rosa y Aminie, cuentan sus experiencias convencidas de que esto no puede quedar en la impunidad y que debe saberse. Esa misma convicción fue la que llevó a Aminie a que regresara al Liceo Nº1 de Valparaíso, después de 38 años, para presentar su publicación a fines de diciembre pasado, en las mismas aulas donde fue detenida. “Un día antes de mi detención, agentes del Servicio de Inteligencia Naval (SIN) habían intentado secuestrarme en las afueras del establecimiento…Fue algo muy fuerte encontrarme en el mismo lugar de los hechos y volver a rememorar lo vivido”, recuerda.

La génesis del texto de 289 páginas tuvo su lugar después de un reencuentro vía internet. Una de ellas leyo el testimonio de la otra en un sitio web. Inmediatamente se contactaron por correo electrónico y se reencontraron el 2005 en Paris. Después de la junta armaron un blog para reunir al resto de compañeras, las liceanas. El resultado fue este libro que profundiza con diversos relatos contados en primera persona sobre vivencias, sueños, torturas y también el presente.

LOS FUERTES LAZOS DE AMISTAD

“Somos nosotras las sobrevivientes,
las que tenemos que contar la
verdad por los compañeros caídos
que ya no están y por las generaciones
futuras, para que nunca más en Chile
vuelva a suceder”, Sonia Ramírez, liceana.

En esa época la persecución comenzó simplemente por participar activamente en política. Aminie y Rosa, cuentan, que tras el golpe se generó un ambiente hostil en el liceo donde estudiaban, crecían y construían su futuro. Se transformó en un espacio de delación y desconfianzas.

IMG_0670.JPGAminie y Rosa, las autoras del libro, y quienes contaron cómo fue el proceso de recopilar estos fuertes testimonios.

Durante la preparación del libro pudieron constatar que la represión que cada una sufrió había sido muy profunda y dolorosa. La misma directora del colegio, impuesta por la Dictadura, la señora Leonor Illescas Gardéazabal, entregó a muchas alumnas. “Las primeras detenciones comenzaron el mismo año 1973 en el liceo, las alumnas fueron llamadas por la directora y en su oficina eran entregadas a los agentes del SIN”, recuerda María Teresa Aguilera, una de las liceanas, en la publicación.

Pese a al temor y la inseguridad, los lazos de amistad y respeto se fortalecieron entre sus compañeras (os) y profesoras, resistiendo los crueles embates de una mano dura que sin corazón los pasaba a llevar. Aminie tiene claro que esos lazos fueron fuertes, tanto que cuando intentaron secuestrarla afuera del liceo, sus compañeras la rodearon para protegerla, enfrentando el cañón de un revolver y la amenaza de muerte. Aminie logró zafar.

Las escaramuzas en esos años eran habituales. Algunas veces las profesoras les avisaban a sus alumnas que venían por ellas, intentando sacarlas de lugar, desobedeciendo las órdenes de dirección. En otras ocasiones, sus ‘profes’ entregaban mensajes para avisar de los grupos de soplonaje instalados por la directora en ese tiempo. Esos pequeños gestos implicaron afianzar amistades que se mantienen hasta hoy y muchas palabras de agradecimiento que esperaron 38 años para ser escritas.

“Este era un establecimiento muy politizado y lo que vivimos fue a causa de nuestra militancia política”, señala Aminie. “Era muy problemático, ya que llevamos la lucha política al interior del establecimiento, además de la actividad en el exterior con los pobladores y trabajadores”, asegura la autora.

LA MEMORIA VIVA EN LA TINTA

“Me hicieron subir una escalera
en zigzag bastante larga, no sé
si era la desesperación, la angustia,
pero se me hacia interminable”. Nilda Rojas, liceana.

Junto a las autoras repasamos algunas historias que aparecen en el libro. Relatos como los de María Teresa, Nilda Rojas, Sara López, entre otras, que desde el año 1972 hasta el 1975 estudiaron en el Liceo nº1 de Niñas. Página tras página se plasman experiencias sobre lugares, personas y barrios, algunos desaparecidos, otros exiliados.

Terminar los estudios fue una proeza, tanto política como económica. Muchas de las familias de las escolares provenían de una realidad social de mucho esfuerzo que habían perdido sus trabajos, y además eran perseguidas, viéndose forzadas a salir de Chile.

“Para algunas fue muy difícil. Cuando entran en el testimonio y abordan temas tan terribles como fue la tortura y la vejación vividas a temprana edad. Te marcan la vida. Algunas cerraron la cortina y no quisieron saber más”, señala Aminie, sobre las estudiantes –en esa época entre 14 y 17 años- que con jumper fueron detenidas, interrogadas y golpeadas en la Academia de Guerra Naval, cuartel Silva Palma.

Luego de las detenciones hablar era peligroso. Las que pudieron ver a sus torturadores solo recuerdan sus capuchas, vendas y pañuelos en la cara que los tapaba para no ser identificados. Las afectadas recuerdan que los dramáticos sucesos generaron mucho miedo y desconfianza. “Me costó volver al liceo. Sí, como en el mes de noviembre de 1975 volví al liceo, yo ya no era la misma, de parlanchina pasé a ser muda, desconfiada y solitaria”, confiesa Marisa López, una de las “liceanas” del libro.

FUIMOS NIÑAS

“Éramos Liceanas en el 73”, es un libro que resultó ser una suerte de terapia para las personas que decidieron volver a reencontrarse con momentos que habían enterrado en su memoria. Un ejercicio que fue de suma importancia para dejar un registro potente, emotivo y sencillo. Después de cada testimonio se pueden encontrar palabras de agradecimiento, anotadas por las participantes, por el valioso rescate de la memoria y la posibilidad de reencontrarse con las mujeres que crecieron y con las que habían perdido toda comunicación.

“Que nunca más se repita”, “¡Por la verdad! La que se escribió en los duros años de la Dictadura”, “Esta conversación ha esperado 38 años en mi corazón” y “Estos recuerdos son pura fe”, son algunas de las frases que se pueden leer en las notas finales, mensajes de una historia para algunas ya terminadas y para otras, aún sin punto final.

“Un abrazo a esas niñas que fuimos, niñas que despertaron un 11 de septiembre de 1973 asombradas de tanta maldad”, son algunas de las palabras al cierre del testimonio de Sara López. Una frase que lo resume todo.

Tomado de: laotravoz.org

Miguel… tú no has muerto

A 43 años de su muerte combatiendo cara a cara a la dictadura, el tiempo le dio la razón. Miguel Enríquez sigue vivo en el corazón de la izquierda chilena y latinoamericana

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Miguel Enríquez –secretario general del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria)- fue enterrado el 7 de octubre de 1974, a las 07:30 de la mañana, en un nicho del Cementerio General de Santiago. La dictadura cívico-militar autorizó como acompañantes del sepelio sólo a diez miembros de su familia, vigilados por cientos de hombres y armas de enemigos temerosos. Aunque el pueblo no pudo estar presente, una mujer representó el sentir de miles de ausentes, fue su madre Raquel, quien en medio del silencio con voz fuerte y entera dijo:

“Tú no has muerto.
tú sigues vivo,
y seguirás viviendo
para esperanza y felicidad
de todos los pobres del mundo.”

No sólo no ha muerto, el ideario y el ejemplo de vida política entregado por Miguel Enríquez hoy tiene plena validez ya que el accionar –violento, clasista, criminal, expoliador- de la derecha política y la derecha económica ha demostrado, sin margen de duda, cuán profunda es la explotación y el desprecio que esa clase predadora ejecuta diariamente contra la sociedad civil chilena.

En esta hora en la que muchos dirigentes de la izquierda actual forman parte de una política deshilachada luego de haberse reconvertido a la fe neoliberal -traicionando al pueblo, a su propia historia y a sus valores de antaño- , la figura de Miguel se empina nítida por sobre las cofradías de un endeble y falso socialismo aplaudido por la prensa canalla, aquella perteneciente a los mismos grupos económicos que produjeron la masacre de miles de inocentes en las décadas del 70 y el 80.
Junto a compañeros como Luciano Cruz, Bautista Van Schouwen, Sergio Pérez y Danton Chelén, entre muchos otros, Miguel participó directamente el año 1965 en la fundación del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), involucrándose de lleno en la actividad política dejando de lado una existencia que bien pudo ser holgada y plácida, pues tal decisión (luchar por los más pobres, por los desposeídos, por Chile) la tomó tan sólo meses antes de haber obtenido el título profesional de Médico Cirujano. En el congreso fundacional del MIR (15 y 16 de agosto de 1965), presentó un documento a la discusión titulado “La conquista del poder por la vía insurreccional”, prolegómeno del pensamiento político de Miguel y del propio MIR.

Tuve en suerte conocerlo y departir con él algunos minutos. Ello ocurrió en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, el año 1968, cuando la inolvidable Reforma Universitaria germinaba sus primeros avances y la lucha por dominar la escena estudiantil universitaria –ergo, la FECH (Federación de Estudiantes de Chile)- contaba con dos poderosos oponentes: el partido comunista y la democracia cristiana, tiendas que a través de sus respectivos líderes, Alejandro Rojas y Jaime Ravinet, pretendían dirigir la reforma y gran parte del mundo universitario.
Recuerdo con perfecta certeza y claridad los planteamientos explicitados por Miguel en esos debates de entonces, dejando a veces sin argumentos a quienes optaban por defender el sistema imperante, así como desestibando a aquellos que creían que el simple reformismo podría cambiar Chile. “Esta reforma que tanto defiendes y que reconozco necesaria –me dijo esa vez- te la va a derribar el sistema, si es que a este no lo cambias primero”. Ese tipo inefable y viejo como el universo, llamado ‘tiempo’, le dio una vez más la razón. Cinco años después, las bayonetas y los dólares destruyeron completamente lo que con tanto esfuerzo habíamos construido.

Es oportuno recordar que durante el gobierno de la Unidad Popular, el presidente Salvador Allende reconocía y destacaba el liderazgo de Enríquez , y lo manifestó públicamente cuando intentó atraerlo a las filas del gabinete: “Yo quisiera, Miguel, que tú fueras el ministro de la Salud”, fue su petición, misma que Miguel rechazaría argumentando: “Doctor, me honra con su oferta, pero resulta que nosotros tenemos diferencias con usted y no queremos que esto se exprese dentro del gobierno. Nosotros nos vamos a jugar por usted, lo vamos a apoyar en la seguridad personal, vamos a defender este gobierno, pero a la vez queremos la libertad para plantear nuestras diferencias cuando sea necesario”.

Eran otros tiempos y era, por supuesto, otra estirpe de chilenos. Se debatía la política en la calle, en los sindicatos, en los claustros, cara a cara. Hoy se hace a través de las redes sociales, cómodamente sentados frente a un computador, sin necesidad de soportar diatribas ni argumentos sólidos, pues basta con apagar el equipo parta terminar la discusión.

Los de antes ya no somos los mismos, escribió Neruda… y por cierto que no lo somos. La comodidad que otorga la tecnología nos ha vuelto individualistas, e incluso pusilánimes en ciertos aspectos. Por ello, opinar respecto de las acciones políticas del pasado frente a adversarios de carne y hueso, requiere contar con la validación que ofrecen no sólo los documentos y libros, sino también la experiencia directa de haber vivido en la época que se analiza y haber conocido de primera mano los hechos que la caracterizan, lo cual otorga mayor grado de certeza al análisis respectivo.

Por tal motivo, cuando se desmenuza, por ejemplo, el último discurso de Miguel Enríquez en el mes de julio del año 1973 (en el Teatro Caupolicán), mismo que la derecha y el ‘progresismo’ concertacionista ningunean y desdeñan, es imperativo entender el contexto histórico en el cual se produjo, pues más allá de si se comulga o no con los planteamientos mencionados por Miguel Enríquez y el MIR, la lectura política de la situación por la que atravesaba el país era esencialmente correcta. Enríquez denunció el camino sedicioso y subversivo que la derecha había emprendido al no contar, luego de los comicios del mes de marzo de 1973, con votos suficientes para derribar el gobierno de la Unidad Popular.

Un sector del PDC junto a la derecha (y al brazo armado de esta, Patria y Libertad), habían intensificado la agitación en las FFAA, los atentados a la infraestructura del país (oleoductos, gaseoductos, etc.), y asesinatos de campesinos, obreros y estudiantes de izquierda, todo lo cual culminó con el tancazo del 29 de Junio, un intento golpista que la CODE (Confederación Democrática: formada por el Partido Nacional y el PDC) digitó junto a Patria y Libertad.

Miguel Enríquez, en ese histórico discurso del 17 de julio de 1973, denunció a la derecha y a un sector de la DC (liderado por Frei Montalva y Patricio Aylwin) acusándolos de pontificar vías institucionales de diálogo y negociación, los que en la rigurosa realidad no pretendían lograr acuerdos, ya que de manera paralela complotaban clandestinamente para provocar el quiebre de la institucionalidad a objeto de permitir que el poder y el gobierno fuesen asumidos por los militares.

En esa ocasión -como en tantas otras anteriormente- Miguel denunció el alzamiento sedicioso y golpista de la derecha y la DC, al tiempo que llamaba a las masas a prepararse para hacer frente a tal alzamiento.

Una vez producido el golpe de estado, en medio de la acentuación de la represión dictatorial, muchos dirigentes y militantes de la izquierda optaron por el exilio, en el caso del MIR desde el comienzo se definió un rechazo rotundo a esta práctica. “El MIR no se asila, lucha y resiste”, era la orden. De hecho, el propio Miguel se opuso a que parte de la dirección se replegara en el exterior: “si el MIR se exilia, de hecho deserta; lo que no sólo tiene valoraciones éticas negativas, sino que en el caso particular de Chile es renunciar a cumplir con tareas que son hoy posibles y necesarias”.

En las últimas líneas de esta nota, me parece oportuno transcribir lo que hace años escribiera Manuel Cavieses. Lea usted lo siguiente:

El Informe Rettig señala: “La primera prioridad de la acción represiva de la DINA durante el año 1974 fue la desarticulación del MIR. Esta continuó siendo una prioridad durante 1975. Durante estos dos años se produce el mayor número de víctimas fatales atribuibles a este organismo”. Matar al secretario general del MIR, un médico de 30 años que había burlado numerosas trampas y emboscadas, se convirtió en una obsesión para la DINA. Destinó para ello a la Agrupación Caupolicán, mientras la Agrupación Purén se dedicaba a perseguir al resto de la Izquierda. La DINA consiguió datos para localizar el sector de Santiago donde Miguel Enríquez vivía clandestino. Era en la calle Santa Fe #725, entre Chiloé y San Francisco, en la comuna de San Miguel. Una casa con apariencias de nada, con dos portones metálicos que todavía conservan más de treinta impactos de balas. El 5 de octubre de 1974 se libró allí un combate desigual, como el de La Moneda y otros durante 17 años en que hombres y mujeres de la Izquierda chilena dieron lecciones de honor y valentía

Miguel murió combatiendo. Sigue haciéndolo a través de quienes han tomado sus banderas y continúan una lucha que parece recién comenzar. Miguel no ha muerto, sigue vivo… y seguirá viviendo para esperanza y felicidad de todos los pobres del mundo.

Por: Arturo Alejandro Muñoz

Mapuches: “Se venden tierras con los indios adentro”

El pueblo originario tiene una historia milenaria de resistencia, atravesada por la conquista española de América y la batalla contra las empresas y grandes terratenientes del siglo XXI. En la actualidad, argentinos y chilenos cuestionan incluso su identidad y no son reconocidos por casi nadie. ¿Cómo lograron sobrevivir? ¿Cuál es su presente? ¿Dónde habitan? ¿Cuántos son? RT consultó a expertos, miembros del colectivo aborigen y al Gobierno de Macri para entender el conflicto territorial.

IMG_0561.JPG Un activista mapuche es detenido por policías durante una manifestación en Santiago de Chile el 6 de abril de 2016.
Ivan Alvarado / Reuters

Desde el arribo del imperialismo español al continente americano hasta hoy, los mapuches y sus siguientes generaciones pudieron mantenerse con vida. Sin embargo, para comprender cómo lograron subsistir a través de los siglos ante los embates de la conquista europea y, posteriormente, la conformación de Argentina y Chile como Estados nacionales, es necesario entender la composición de estas comunidades indígenas.

A diferencia de otros colectivos sociales multitudinarios donde la dirección recae en una sola persona, como por ejemplo el catolicismo con el papa, o en un país democrático con su respectivo presidente, canciller o primer ministro, en el pueblo mapuche no existe una voz de mando superior, por eso resultó imposible su desarticulación. O, mejor dicho, su exterminio.

Haciendo patria, antes que Argentina y Chile

El periodista argentino Adrián Moyano, autor del libro ‘Crónicas de la resistencia mapuche’, se inclina por esta idea: “El argumento que explica esa resistencia es la falta de centralización política, distinto a otros pueblos que residieron en lo que hoy conocemos como América. Cuando llegaron los españoles al territorio mapuche, aproximadamente en 1540, no encontraron cabezas que cortar. Al contrario, se toparon con un ejercicio multitudinario de la soberanía en muchas agrupaciones que no reconocían un liderazgo único. Los españoles podían pactar con algún ‘Lonko’ —referente de alguna comunidad—, pero había muchos más dispuestos a sostener su independencia y libertad”.

Este vasto y diverso grupo social se compone de cientos de comunidades que respetan sus propios sistemas de organización y representatividad, dispersas en Argentina y Chile. A priori, podría pensarse que sobrevivieron a la invasión europea porque los visitantes focalizaban su poder en Perú, debido a su claro potencial extractivo vinculado a la minería —de ahí la famosa frase regional, cuando se compra algún producto costoso de ‘me cuesta un Perú’—. Es frecuente escuchar que el Cono Sur no era muy trascendental en el marco militar para los planes de España, a pesar de haber conformado el Virreinato del Río de la Plata en 1776.

IMG_0562.JPG Manifestantes mapuches exigen justicia en Santiago de Chile para su comunidad, que se respeten sus derechos y la posesión de los territorios.

Sin embargo, Moyano desestima esta hipótesis y sostiene que la supervivencia fue el resultado de una serie de sangrientos combates con los españoles y estrategias guerrilleras de los indígenas: “La Corona española se diseminó también en sectores donde no había riquezas materiales, desde la perspectiva de la minería en aquellos tiempos. Esto se debió a su intento por conquistar el territorio mapuche, de hecho, se fundaron siete ciudades al sur de Biobío, región de Chile. También hubo expediciones puntuales desde Buenos Aires hacia el corazón del territorio mapuche, al este de la cordillera. Estas ciudades florecieron de forma importante y hasta una generación española creció allí, pero hubo una gran insurrección aborigen hacia 1598 que los expulsó al norte de Biobío, a sangre y fuego”.

En las escuelas y centros de estudios de Argentina poco se enseña sobre los enfrentamientos previos a la gesta revolucionaria de José de San Martín y Simón Bolívar, que comenzaba a vislumbrar la posterior independencia continental. Sean conquistadores o rebeldes que se opusieron al imperio, lo cierto es que la historia fue escrita por hombres blancos. Sin embargo, según relata el experto, que dedicó gran parte de su vida interiorizándose en la cultura mapuche, los indígenas tuvieron sus propias batallas patrióticas mucho antes de 1810, año en que se desató la Revolución de Mayo en Buenos Aires.

En 1553 tuvo lugar la primera victoria significativa mapuche. Incorporaron varias innovaciones tecnológicas, aprendidas del invasor porque uno de los referentes estuvo cautivo en buena parte de su niñez y adolescencia. En 1570, las propias crónicas españolas describen que el pueblo mapuche impuso un escuadrón de caballería y fueron cambiando las formas de combatir”, destaca Moyano. Además, agrega que “recién hacia 1620 los españoles, a casi un siglo de llegar, iniciaron una guerra donde estaban bien marcadas las fronteras indígenas”. “Más cerca en la historia, fueron valoradas por militares de Buenos Aires y de la nación las capacidades mapuches y su conocimiento del terreno”, añade.

IMG_0563.JPG Una mujer mapuche le grita a un efectivo policial durante una manifestación para conmemorar el aniversario de la muerte de Matías Catrileo, de 22 años, asesinado durante enfrentamientos con la Policía del sur de Chile.

Dos millones

El reportero explica que para mencionar a los mapuches “hay que hablar de pueblo, porque en el orden jurídico internacional los pueblos gozan de derechos distintos a las minorías y otros tipos de conformaciones societarias”. A su vez, opina que sufren “una situación de sujeción colonial que se plasmó sobre fines del siglo XIX” por parte de Argentina, “con la Campaña del Desierto”, y Chile, “con la Pacificación de la Auracanía”. Sigue leyendo

Las últimas horas de Víctor Jara: “Latiendo como una campana”

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El relato del abogado Boris Navia

El abogado y militante comunista, quien se desempeñó durante la Unidad Popular como jefe del departamento de personal y miembro del consejo superior de la Universidad Técnica del Estado (UTE) hasta el 11 de septiembre de 1973, nos relata las últimas horas con vida de Víctor Jara.

“Desde la UTE nos llevaron prisioneros al Estadio Chile. Me tocó entrar por Unión Latinoamericana. Había un túnel de soldados y los oficiales les ordenaban golpearnos con patadas, con culatazos, llevábamos las manos en la nuca, pero en verdad nos pusimos las manos en la cabeza para evitar que nos golpearan el cráneo”, relata el abogado Boris Navia, que compartió tormentos el 11 de septiembre junto a Víctor Jara.

“Víctor iba cuatro o cinco lugares antes que yo, también saltando porque nos hacían saltar para que nos agotáramos, y de repente un oficial que estaba parado sobre una tarima, con uniforme guerrero, porque andaban todos dispuestos para la guerra, con cascos hasta los ojos, el rostro pintado, granadas en el pecho, pistolas, corvos, ametralladoras… Ese oficial descubre a Víctor Jara y dice: ‘¡A ese hijo de puta me lo traen para acá!’. Un soldado lo saca de la fila, pero suavemente… Entonces el oficial protesta: ‘¡No lo traten como señorita, carajo!’. A la voz del oficial, el soldado toma el fusil y le da un feroz culatazo en la espalda.

Víctor trastabilla pero no alcanza a caer. Le da un segundo culatazo. Víctor cae casi a los pies del oficial, que había bajado de su tarima: ‘¡Vó’ soy el hijo e’ puta… yo te enseñaré a cantar canciones chilenas, no canciones comunistas, hijo e’ puta!’. Y empieza a golpearlo, con sadismo. Víctor trata de protegerse el rostro, pero lo golpea, una, dos, diez patadas, qué se yo.

Víctor se arrolla y el torturador parece que se desespera y se desequilibra cuando ve que Víctor se levanta y, en lugar de pedir clemencia o algo así, simplemente contesta con una sonrisa… De improviso, en esa histeria fascista, saca la pistola, y nosotros pensamos que le descerrajaría un tiro. En el intertanto, toda la fila que estaba saltando deja de hacerlo. Los conscriptos que nos custodiaban dejan de gritar y de golpearnos, y todo el mundo queda transido frente a esa escena de horror…

El oficial saca la pistola y comienza a golpearle con el cañón en la cabeza. Y vemos como la sangre de Víctor le empapa el pelo, la frente, y le empieza a correr por su cara. Ese rostro ensangrentado como un verdadero Cristo, se nos quedó grabado… Y lo golpea, lo increpa, pero de repente se da cuenta que hay cientos de ojos mirando, y dice: ‘¡Y qué pasa con estas mierdas que no avanzan! ¡Avancen, huevones! A este carajo me lo lleva a ese pasillo, y al menor movimiento, lo matas. ¿Me entiendes, carajo? Lo matas…’.

Y el soldado arrastra a Víctor muy mal herido. Después comprobaríamos que tenía dos o tres costillas rotas, a pesar que se protegía con sus manos, los puntapiés penetran. Sigue leyendo

Los fotógrafos que retrataron el 11de Septiembre de 1973 en Chile

IMG_0541.JPGOrlando Lagos ©

David Burnett, Chas Gerretsen, Koen-Wessing y Marcelo Montecinos son los nombres de los cuatro fotógrafos que destacan por su aporte a la memoria colectiva en los hechos que marcaron el año del golpe militar en Chile. El foto-periodismo fue la principal característica que estos artistas desarrollaron tras los acontecimientos de ese día. El estadounidense David Burnett, con su experiencia en guerras y crudos acontecimientos logró capturar importantes momentos en el Estadio Nacional, Chas Gerretsen, un importante fotógrafo de guerra y fotoperiodista neerlandé, logra la imponente foto de Augusto Pinochet con el gobierno militar ya en el poder, Koen-Wessing, fotógrafo holandés, captura la ciudad y la soledad en frías composiciones donde el Estadio Nacional y las poblaciones fueron parte central de los elementos, Marcelo Montecinos, el fotógrafo independiente ganador de un premio Altazor con trabajos en las guerras de Nicaragua, Salvador y Guatemala también es parte de este legado a la memoria chilena y Orlando Lagos (en la portada) parte de los fotógrafos oficiales del gobierno de Salvador Allende quien capta uno de los últimos momentos antes de su muerte en una fotografía que dio la vuelta al mundo.

David Burnett

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Chas Gerretsen

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Koen-Wessing

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Marcelo Montecinos

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Tomado de: galaxiaup.com
Por: Juan Pablo Faus