El Winnipeg, 78 años después

“Que la crítica borre toda mi poesía, si quiere, pero este poema del Winnipeg que hoy recuerdo, no podrá borrarlo nadie” (Pablo Neruda)

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COMO SIEMPRE OCURRE, el tiempo se encarga de transformar en leyenda todo evento importante en el desarrollo histórico de una nación. De la leyenda al mito hay un par de pasos, y del mito a la fantasía anecdótica sólo un pequeño salto.

La epopeya del vapor Winnipeg no debe arrumbarse jamás en el arcón del olvido, aunque tampoco podemos permitir que comience a ser fraguada en las fuentes de las leyendas épicas, ya que se trató solamente de un trabajo bien hecho…muy bien hecho…solidario, valiente, oportuno, decidido y eficaz. Una labor con nombres y apellidos: Pedro y Pablo…Aguirre Cerda y Neruda, respectivamente.

Al comenzar el año 1939, Europa se debatía entre dos escenarios de ferocidad bélica sin igual. Por un lado, la Guerra Civil española que ya llegaba a su fin, y por otra parte, el régimen nazi de Adolf Hitler se preparaba para dar -el uno de septiembre de ese año- los primeros zarpazos al oriente de la frontera alemana desencadenando la Segunda Guerra Mundial.

En España, miles de personas huían hacia Francia desesperadamente, arrastrando hijos pequeños y esperanzas vanas, escabulléndose a como diese lugar de las tropas fascistas de Francisco Franco, triunfadoras en el sangriento conflicto y dueñas de un salvajismo sin límites aplicado contra los vencidos, a quienes juzgaban (cuando los juzgaban, ya que mayoritariamente no había juicios) en cosa de minutos para enviarlos directo al paredón o, en el mejor de los casos, a un calabozo en el que permanecerían el resto de sus vidas.

El mundo había sabido de algunos horribles entretelones de la guerra civil hispánica, conmoviéndose, entre tantos otros hechos, ante el vil e inútil asesinato del gran poeta granadino Federico García Lorca, amigo personal de nuestro vate inmortal, Pablo Neruda, el cual volvió a Europa en 1939, en calidad de Cónsul Especial para la Inmigración Española con sede en París, para organizar el legendario viaje que hoy recordamos luego de 70 años de su realización.

¿Por qué se interesó Neruda en regresar a España para poner sus esfuerzos en beneficio de algunos españoles prófugos de las hordas franquistas?

A comienzos de 1939, mientras Neruda está trabajando en Isla Negra, en el “Canto General”, recibe una carta de su amigo, el poeta español Rafael Alberti, quien le informa de los problemas que tienen los civiles partidarios de la República para escapar de la avanzada nacionalista. Neruda vislumbra la pronta caída de la capital española y pide ayuda al Presidente Pedro Aguirre Cerda.

El poeta es nombrado cónsul especial para la Inmigración y se funde en un duro trabajo de oficina en París, recortando fotos para pasaportes y recogiendo cientos de solicitudes de refugiados para poder ir a Chile.

Entre 1937 y 1939, la embajada chilena en Madrid acogió a una gran cantidad de refugiados. Cuando la capacidad del recinto no fue suficiente para los 700 asilados, las legaciones de Guatemala y El Salvador colaboraron.

Tras la victoria del bando liderado por Francisco Franco, y con las tropas nacionalistas en las calles de Madrid, 17 republicanos se refugiaron en la embajada chilena.

Carlos Morla Lynch, embajador y encargado de negocios, contactó al general Jordana, quien ejercía como ministro de RREE del gobierno franquista, para conseguirles salvoconductos de viaje. Pero la respuesta fue negativa y el nuevo gobierno español ordenó que los refugiados fueran entregados a las tropas fascistas, ante lo cual la embajada chilena se negó rotundamente, pero hubo de resistir una decena de ataques de los falangistas en busca de sus enemigos.

Chile recurrió entonces al tratado de Montevideo y todos los países sudamericanos apoyaron al Gobierno de Pedro Aguirre Cerda en esta lucha diplomática en defensa del derecho de asilo que asistía a los 17 republicanos refugiados en la embajada. Varios de ellos eran parte de la “Alianza Antifascista de Escritores”, y viajaron finalmente hacia el nuevo continente, América.

En ese grupo estaban los escritores Antonio Aparicio Herrero, Pablo de la Fuente y Antonio de Lezama, entre otros. Para pasar el tiempo en la embajada editaron un diario, ‘Cometa’, y una revista cultural llamada ‘Luna’, que era semanal, mecanografiada, con artículos a mano sobre poesía y artículos literarios. Llegaron a sacar 60 ejemplares por día. Analizaban la situación de España aunque estaba más enfocada a la literatura que a la política, para no comprometer a la embajada de Chile que les había proporcionado asilo.

Mientras, Neruda trabajaba afanosamente en procura de un navío, un carguero o una embarcación similar, que le permitiera salvar a dos mil españoles que se encontraban en un campamento de refugiados en Francia, país que, a objeto de ser sincero, no prestó mucha ayuda a los republicanos que ingresaron a sus fronteras solicitando un humanitario socorro pues veían amenazadas sus vidas (y las de sus familias) con el avance de las tropas franquistas.

Un año más tarde, la misma Francia sería fatal y cruelmente invadida por los ejércitos nazis de Hitler, socio del mismo Franco en la guerra civil hispánica, ya que había apoyado al general fascista enviando escuadrones aéreos de la “Luftwaffe” dirigida por Hermann Göring. Esos aparatos aéreos nazis fueron quienes realizaron el criminal bombardeo sobre la ciudad de Guernica.

Finalmente, Neruda logró arrendar el viejo carguero francés “Winnipeg” y comenzó la parte más difícil de su labor: seleccionar a los dos mil españoles que serían recibidos en Chile en calidad de refugiados. Obviamente, hubo más obreros y trabajadores que intelectuales a bordo del navío, y las historias personales de los socorridos por el poeta chileno podrían llenar las páginas de muchos libros.

Al morir el día 4 de agosto de 1939, el Winnipeg zarpa desde el puerto francés Trompeloup-Pauillac, cercano a Burdeos, con 2.365 personas a bordo, entre ellas iban los “300 niños de la guerra”, nombre que se les dio a los menores que viajaban junto a sus padres. La noche que el Winnipeg elevó anclas, Pablo Neruda escribió lo siguiente, recordado en sus Memorias:

“Mi poesía en su lucha había logrado encontrarles patria. Y me sentí orgulloso. Tuve la dicha de ofrecerles en mi patria el pan y el vino y la amistad de todos los chilenos. Que la crítica borre toda mi poesía, si quiere, pero este poema del Winnipeg que hoy recuerdo, no podrá borrarlo nadie”.

Al segundo día de viaje, frente al cabo Finisterre, nació a bordo de la nave salvadora la pequeña Agnes Winnipeg América Alonso Bollados, el primer bebé que llegó al mundo en medio de la tragedia de esos refugiados que venían en la cubierta y en las bodegas de la embarcación, convirtiéndose en símbolo de esperanza para quienes abordaron la nave obligados a dejar atrás a sus familias y su patria.

La travesía del Atlántico no estuvo exenta de tensiones, en especial para los tripulantes del navío, ya que decenas de submarinos alemanes acechaban a embarcaciones francesas e inglesas que surcaban esas aguas, pues el inicio de la Segunda Guerra Mundial estaba a escasas semanas de producirse y la posibilidad de terminar hundidos por un torpedo de un submarino nazi era una amenaza cierta. De hecho, con el Winnipeg navegando ya en aguas más tranquilas, el día 01 de septiembre Hitler ordenó a sus tropas la invasión a Polonia.

El día 3 de septiembre de 1939 el Winnipeg atraca en el puerto de Valparaíso. La tarea de Neruda llegaba a buen término. Al día siguiente desembarcan los españoles que fueron recibidos por las autoridades chilenas. Como una sentida forma de agradecer la generosidad de Chile, y en especial la del Presidente Pedro Aguirre Cerda, los inmigrantes cuelgan del barco un gran telón con el rostro del presidente pintado sobre él. El gesto era más importante aún, puesto que en Chile algunos sectores políticos (derechistas, para variar) se habían opuesto tenazmente a la tarea solidaria del gobierno de Aguirre Cerda, pero una vez arribado el navío a las costas chilenas esa oposición se fue difuminando, hasta desaparecer completamente al constatarse que los españoles del Winnipeg constituían un verdadero aporte intelectual y técnico para nuestro país.
La mayoría de los que desembarcaron del Winnipeg permaneció en Chile, integrándose plenamente a la sociedad criolla y colaborando de forma espléndida en el desarrollo de algunas artes y oficios.

El investigador chileno Julio Gálvez Barraza nos cuenta que: “médicos, ingenieros, químicos, electricistas, técnicos pesqueros, pescadores, obreros textiles, carpinteros, mecánicos, metalúrgicos, sastres, panaderos, mineros y de otras profesiones y oficios bajaron del barco con un equipaje compuesto de agradecimiento y esperanza en el futuro”.

La plástica chilena de nuestros días se ve encabezada por dos grandes pintores; Roser Bru y José Balmes, ambos pasajeros del Winnipeg y ambos, después, alumnos de tres grandes de la pintura chilena; Burchard, Camilo Mori y Perotti. Llegaron a Chile siendo casi unos niños. Roser Bru comenzó a estudiar acuarela y croquis como alumna libre en la Escuela de Bellas Artes. Fue una de las más destacadas integrantes del Taller 99, dirigido por Nemesio Antúnez y, desde hace mucho tiempo, su obra goza de un prestigio reconocido en los más importantes centros del arte contemporáneo.

José Balmes, el mismo mes de su llegada a Chile, con doce años, también ingresó en la Escuela Bellas Artes como alumno libre. El más chileno de los exiliados, según una propia definición, permaneció en ella hasta septiembre de 1973, cuando terminó como Decano. Sobre su acelerada “chilenización” el pintor, nacido en 1927, en Montesquiu, Cataluña, cuenta que estudió en el Liceo Barros Borgoño: “allí me chilenicé definitivamente, porque si no te chilenizabas en el Barros Borgoño, que era llamado la Universidad del Matadero, o los mal hablados le llamaban los matarifes, si no te chilenizas allí quiere decir que eres realmente estúpido”.

La excelente (y afamada) pintora Roser Bru, a los 16 años de edad había emprendido el viaje. “Los 16 años los cumplí en la frontera con Francia, de donde zarpó el barco. Yo venía con mi hermana. Nosotras dormíamos en las bodegas, en literas, y el día lo pasábamos en el segundo piso cuidando a los niños del barco, que se movía como una ballena. A Valparaíso llegamos de noche con esa luz maravillosa que parece colgada en los cerros del espléndido puerto. Bajamos, ahí nos vacunaron y tomamos un tren que iba pasando por diferentes pueblos, donde la gente nos lanzaba flores. Al llegar a la Estación Mapocho, nos llevaron al Centro Catalán, que quedaba en calle Moneda con Bandera, y ahí nos dieron una bienvenida con porotos y chorizos”.

Todos y cada uno de esos 2.365 españoles que arribaron a nuestro país un día 04 de septiembre de 1939, sin duda alguna, constituyeron un aporte magnífico para el desarrollo de esta hermosa república. Con el paso de los años, los ‘refugiados’ echaron raíces, tuvieron hijos entre el mar y la cordillera, se emocionaron con los colores de nuestro pabellón y amalgamaron cual crisol único las costumbres propias con las nuestras, engrandeciendo el currículo de esta tierra que, por bella y plácida, resulta envidiada en muchos lugares.

¿Y qué pasó finalmente con ese mítico barco? El Winnipeg, construido en 1918 para acarrear tropas en la Primera Guerra Mundial, luego de su viaje emblemático regresó a Francia a cumplir la misma labor para otras gentes y otras solidaridades, pero fue hundido en alta mar, en el océano Atlántico, por un torpedo de un submarino alemán. Aún no se sabe dónde están sus restos.

Por: Arturo Alejandro Muñoz
Twitter @aralmu

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ASÍ NOS HICIMOS INVISIBLES

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Yo no fui un gran orador en el gobierno del Presidente Salvador Allende. Traté, eso sí, de marcar el espacio de mis amigos y compañeros de revuelta. Sí, nos tomamos el liceo, muchas veces nos tomamos el liceo, también dijimos que el socialismo era una forma de vida. Fidel Castro y sus extensos discursos nos llenaron la cabeza de frases y discursos que no dejaban dormir. Pinté con ayuda de mi hermano una muralla con el rostro del Ché en nuestra pieza, cuestión que a nuestros padres no le gustó mucho pero finalmente reconocieron nuestro derecho a pensar, en esa casa doña Silvia era demócrata cristiana y don Pablo masón y radical. Así crecimos pintando nuevamente el rostro del Ché, pero esta vez estaba acompañado de Fidel.

Habiendo pasado los años me pregunté, ¿por qué salíamos a marchar, por qué nos tomábamos el liceo? La única respuesta era saber que luchábamos por “un mundo mejor”. Como estudiantes no teníamos reivindicaciones propias, entonces nos tomábamos las reivindicaciones de los obreros, de los pobladores, de los campesinos, de los pueblos originarios. Salíamos de parranda a pocas cuadras de la casa y la mayoría estudiábamos a Carlos Marx y unos pocos a León Trotski o Mao.

Yo pertenezco a ese tropel de estudiantes que buscábamos apurar el proceso que encabezaba el Presidente Salvador Allende. Teníamos extensas reuniones de base. Éramos comunistas, éramos socialistas, éramos miristas, éramos también radicales. Cada uno defendía su bandera y su partido mientras la vida se definía como un futuro inacabable. Éramos felices. Sospecho que Allamand y sus huestes derechistas también eran felices. Él incluso se cambió de liceo para hacernos la collera, un niñito de liceo particular no se estilaba en la política estudiantil secundaria.

Eran tiempos de filas para comprar el pan, de debates en la micro, de risas en la fila, de expropiaciones, de Reforma Agraria. Detrás de aquella señora de chaqueta verde, esa que mira desconcertada, ahí, justo al lado del señor con gorro, ¡esa es mi tía Juana! Salió a comprar pan y no ha vuelto, si alguien reconoce a esa señora le solicito que le indique como salir de ese atolladero. Me llamó hace poco para preguntar si puedo ir a buscarla, pero yo estoy en Chile y no hay locomoción desde aquí, ahora está conversando con un policía para que le indique la salida… Me volvió a llamar para decirme que ya llega con el pan… Hay una cola muy larga, mijo, mejor espérame con pan amasado. Ella estaba exiliada, pero nosotros no supimos el drama que aquello significaba, la doña era antigua en este barrio pero un día se esfumó, se fue mientras nosotros tratábamos de terminar los estudios, mientras nos pasábamos papelitos con las tareas del periodo, mientras aún llorábamos y nos cambiábamos de nombre.
A los pocos meses o años se nos olvidó doña Juana, le preguntamos a la vecina Laura y al viejito del negocio, le preguntamos a los que eran de derecha en la población, le preguntamos a la hermana de un primo medio derechista, él nos habló nuevamente del exilio y nuevamente no entendimos. Mi hermano dijo que eran los que se iban al extranjero. Yo no le creí, me fui a la casa, revisé todos los cajones buscando alguna señal. Aquellos que continuamos en la tarea de hacer una revolución debimos protegernos las espaldas. Todos debimos cuidarnos, unos y otros nos sentamos en la misma mesa, en la misma calle donde acosaba el feroz persecutor. Por lo que sé, fueron muy pocos los que delataron alguna casa, alguna guarida, alguna información, pero me enamoré de una muchacha que tenía siempre la palabra correcta a la hora de bajar las manos.

Era martes, despertamos en una toma en Puente Alto. A lo lejos se escuchaban disparos. Todos estábamos rondando los veinte años. No había teléfono celular, por lo que optamos por cruzar el Río Maipo a pie, mojados hasta la cintura reímos de la salvada y nos tiramos al sol para secarnos. Nos abrazamos y decidimos enfilar cada uno a su casa.

Así comienza la guerra. Estudios interrumpidos, novias que bajaban la cara al vernos, las noticias llegaban de boca en boca. El General Prat nunca pensó en preparar una ofensiva contra nuestra resistencia, tampoco el Presidente Allende se suicidio. Era la clandestinidad, el caminar esperando una cara conocida, caminando con el temor de que desde un automóvil bajaran con metrallas. Fue larga la guerra. Aún recuerdo algunos de los nombres que usaba para sobrevivir. En una cajita de fósforos me llegó la noticia de que Esteban no aparecía, también que Roberto estaba prisionero en Cuatro Álamos, en Tres Álamos, en Ritoque, en Puchuncaví, en el Estadio Nacional, en los regimientos y cuarteles de Carabinero.

Estuvimos atentos a mensajes que se leían con un libro, descifrando línea por línea, palabra por palabras, letra por letra. A los pocos meses o años recordamos a doña Juana, estaba moribunda en Bélgica. No sabemos si la sepultamos en Chillán o en Madrid, ella siempre dijo que le gustaba viajar hasta Cartagena. Éramos fantasmas, éramos invisibles, éramos sujetos sospechosos, éramos de la Resistencia, éramos comunistas, éramos miristas y socialistas, éramos un puñado de cabezas duras. Nos reuníamos en las iglesias mientras las beatas rezaban y nos deseaban una parte del Espíritu Santo.

Donde estaba el muro con la imagen del Ché y Fidel hoy es una estación de Tren Metropolitano. A esta fecha no aparecen nuestros amigos que cayeron en manos del enemigo. Escribo esto porque mis hijos no me creen tanto riesgo. Escribo para sanarme de esa enfermedad que era el miedo, el terror y la esperanza. Me ilusiono con que alguna vez podamos encontrar a miles de amigos detenidos desaparecidos. Me ilusiono con poder traer los restos de doña Juana a Cartagena. Me ilusiono con una marcha multitudinaria de obreros en La Alameda.

Hace mucho tiempo que nadie me conoce como Alejandro. Me llamo Cristian. No soy rubio, estoy canoso, pero aún estoy atento del hombre ese que camina tras mis pasos. Esta vez no caigo en la encerrona. Lo que vino después de esta historia es para largo. Por lo pronto, debo reencontrarme con las palabras que nos robaron. Debo hacer el ejercicio de abrazar a mi vecino comunista, a mi pariente socialista y a un puñado de miristas que caminan observando de reojo al que viene tras sus pasos.

Aún nos queda mucho por hacer.

Tomado de: dilemas.cl

Por Cristian Cottet

FPMR Fútbol Club

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Esta semana llega a librerías Cambio de juego, historias desconocidas del fútbol chileno (Planeta), de Nicolás Vidal, una recopilación de crónicas que abordan la historia secreta del balompié chileno. Adelantamos un fragmento de su primer capítulo, dedicado al Frente Patriótico Manuel Rodríguez y su vínculo con el fútbol.

Era cerca de la medianoche: los últimos suspiros del 20 de octubre de 1984. A Fernando Larenas -jefe operativo del Frente Patriótico Manuel Rodríguez- le quedaba menos de una cuadra para llegar a la casa de seguridad que tenían en La Reina, pero le llamó la atención el movimiento inusitado en la vereda y el jardín. Recién había caído su encargado logístico: sólo podía ser la CNI. No se detuvo y partió a su hogar, en Gran Avenida. Al llegar se encontró con una situación parecida, pero esta vez lo vieron: un par de autos salieron disparados detrás suyo. Apoyó toda la fuerza de su pie derecho en el acelerador y no le importaron luces rojas, discos Pare o cualquier otra señal de tránsito. Ya no eran dos sino cinco los vehículos que lo perseguían. Con medio cuerpo fuera de la ventana los agentes apuntaban, cada uno con su pistola. Fernando sólo podía verlos a través de los espejos. Y escuchar el silbido de los balazos; o el estruendo del vidrio trasero reventándose y dejando el flanco abierto para que los tiros entraran con facilidad en esa portería salvajemente asediada.

El ex arquero del Orompello aguantó hasta Santa Rosa esquivando balazos y luces rojas. Pero se le atravesó un camión. Su Charade se chantó en el pavimento y los agentes aparecieron por todas partes. Estaba desarmado. Una misión imposible: atajaba solo frente a un equipo completo. Le dispararon a quemarropa con un fusil Galil, de fabricación israelí, a través de la ventana del conductor. Alcanzó a levantar el brazo izquierdo, desviando levemente el proyectil. Recibió el balazo en la cabeza. Los agentes quebraron las ventanas con sus culatas y lo arrastraron hacia la calle. Parte de su masa encefálica quedó en el pavimento. Entre todos patearon ese bulto para después dejarlo desangrándose, con la satisfacción que sólo entregan las misiones cumplidas, al menos para un asesino.

***

Ramiro se refugia en la oscuridad que da la sombra del árbol. Prefiere no exponerse. Un viento salado vuelve más fresco ese anochecer de verano. Baja la mirada hacia su reloj continuamente, preguntándose, tal vez, si es que ha ocurrido algo. Comienza a impacientarse. Se pone en puntillas y mira hacia los dos lados de la calle. Respira aliviado cuando ve que se acerca por Los Placeres el auto en que viene su hermano. Iván no está solo. Lo acompañan, como de costumbre, los dirigentes del equipo San Francisco.

Se dirigen a la cancha. Hace algunos años que no juega en el Orompello. Ahora reside en Santiago y dejó de llamarse Mauricio Hernández Norambuena. Vive oculto -en las sombras- y sólo sale a la luz para jugar el campeonato nocturno Osmán Pérez Freire, el más importante que se disputa en Valparaíso durante el verano. Vuelve al puerto sólo para vestirse de corto. El San Francisco armó un equipo cuyo único objetivo es la copa. Y para eso trajo a los hermanos Hernández.

Mauricio Hernández y Fernando Larenas fueron a probarse a Audax Italiano, en Santiago […] ¿Se habría transformado Mauricio en el Comandante Ramiro? ¿Habría sido el Loco el jefe operativo del Frente? Nunca lo sabremos porque ninguno de los dos decidió quedarse, a pesar de haber pasado la prueba futbolística.

En los camarines, Ramiro vuelve a ser Mauricio, el futbolista. Recuerda esos minutos previos a los partidos del Orompello, cuando se vestía con Fernando Larenas y su hermano Iván. Pero ahora juegan en otro equipo, y Fernando ya no está. No deja que la nostalgia lo saque de ese partido. Ya está acostumbrado a vivir con esa sensación de que en cualquier momento te pueden disparar en la cabeza, unida a la adrenalina que viene con la compañía del miedo. Pero de todas formas se estremece con las tres mil personas que abarrotan el estadio en esa final del campeonato contra el Econa. En el campo de juego, como tantas veces -junto a su hermano Iván- se olvida del Frente, de la tensión, el miedo y cualquier otra cosa que no sea el equipo rival. Ganan por tres a cero.
Reciben la copa ante un estadio lleno y dan la vuelta olímpica: el insustituible sabor de la gloria, tan lejana al anonimato. Después de celebrar, vuelve a esconderse donde el amigo que le da alojamiento.

Al día siguiente, ya de vuelta en Santiago, Sigue leyendo

El ojo izquierdo de Salvador Allende

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A través de ese lente, el ojo izquierdo de Salvador Allende lanzó a las multitudes del futuro, piadosamente, su última mirada. A través de ese lente, las palabras saltaban como chispas cuando aquel Salvador que lo dio todo por salvarnos erigía en el aire las grandes alamedas por donde habría de pasar el hombre libre. A través de ese lente, hay un vacío que nos interroga.

El día que lo suicidaron, una mano salvó la mitad de las famosas gafas Magnum del Presidente de Chile. Y en el Museo Histórico Nacional, el mismo que anuncia a su entrada ser obra del «excelentísimo señor capitán general Augusto Pinochet», ahora se exhibe en la segunda planta. (Por lo menos el tiempo se ha hecho cargo de precisar cuál nombre debe ir debajo y cuál arriba).

También el tiempo, con impactante simbolismo, prefirió conservar solo el lado izquierdo de aquellos espejuelos. Y ahora nos convida a imaginar detrás de ese cristal manchado y partido la pupila anhelante que le quedaba al líder más cerca del corazón. Ese era el ojo con el que más soñaba.

Ahora, en la pequeña Nueva York, esta calle que pasa tan cerca del Palacio de la Moneda, me siento a meditar, a superar el impacto que me causa aquella pieza, o media pieza, del museo.

A esta hora debía estar escribiendo yo una crónica sobre la II Feria del Libro de Antofagasta, sobre la grata aventura de un grupo de cubanos que llegamos al desierto con poemas y canciones; pero no logro borrar de mi retina la retadora imagen de una mirada cercenada.

Sentado en la pequeña Nueva York, me siento menos turista. No sé si pisaré las calles nuevamente de una Santiago dramática y hermosa; pero conozco el sitio que nunca dejaré de visitar.

Y me imagino cómo podría brillar aquel ojo de Salvador, el mismo que cerraba para disparar, cuando el hombre bromeaba. Luego de varias derrotas electorales, el que jamás se rendía, pidió para su tumba este epitafio: «Aquí yace Salvador Allende, futuro presidente de Chile».

Por fin, puedo reírme con ese chiste grande en su utopía.

Y siento que aquí yace, sin poder enviar jamás a Cuba la crónica que le pidieron, imperceptible entre los transeúntes de la pequeña Nueva York, un cubano que solo atina a buscar tras un mínimo cristal al ser humano que no cabe en ninguna vitrina.

Aquí voto, en silencio, por el futuro presidente. Mis palabras se pierden rumbo a sus grandes alamedas. Desde allí, el ojo izquierdo de Salvador Allende todavía nos mira con ternura.

Por Yamil Díaz
digital@juventudrebelde.cu

Tomado de juventudrebelde.cu

Aquí…, Radio Liberación

Para Fernando Vergara Vargas

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Fernando Gabriel Vergara Vargas, militante del MIR, era diseñador gráfico y publicista; pero sobre todo radiodifusor clandestino.

Trabajó en Walter Thompson y Veritas Publicidad. Diseñador Gráfico de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y Editorial Siglo XXI. Operador de la radio clandestina Liberación (1982/84) y dibujante de El Rebelde.

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Fernando Vergara Vargas fue un artista del diseño gráfico que ejerció clandestinamente el periodismo y la radiodifusión durante los años en que los medios opositores fueron silenciados por la dictadura. Eran tiempos en que los jóvenes «pateaban piedras», en la canción de Los Prisioneros, a la vez que encendían las protestas en barrios y poblaciones de Santiago, Valparaíso y Concepción.
Detenido en 1974 y expatriado a México en 1975, regresó clandestinamente en 1982 para entregarse a tareas de comunicación del MIR. Murió a los 36 años, el 15 de diciembre de 1984, acribillado con catorce impactos de bala en una emboscada en calle Santa Elvira que la Central Nacional de Información (CNI) presentó como «enfrentamiento». En su secreto equipaje de repatriado, cargaba lápices de colores prodigiosos para dibujar las cartas a su hija Barbarita, entonces de 7 años.

Circulaba como peatón, pero «recibió la respuesta que correspondía de parte de las fuerzas de seguridad» al resistir una supuesta revisión de …automovilistas, en la inverosímil versión «de inteligencia» del secretario general de Gobierno, Francisco Javier Cuadra. En el domicilio de la víctima (Carmen 1392), que tenía prohibición de ingresar al país desde 1980, la CNI incautó componentes electrónicos de los transmisores que Vergara fabricaba para las emisiones clandestinas de radio Liberación. Radiodifusión

Entre 1982/84, se entregó al desarrollo de las transmisiones clandestinas. El vespertino La Segunda registró esas actividades el 18 de mayo de 1982, en una nota titulada Gol con relato subversivo:

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Palabras para no olvidar: la lucha continúa

Habían transcurrido diez años de la salida forzosa de “mi país” cuando regreso a él. Con dieciocho años y la inquietud natural de una adolescente buscando sus raíces, logro aventurarme a conocer aquel lugar que mis padres habían dejado atrás con tanto dolor y sufrimiento. Ese sitio llamado Chile que para mí era reminiscente de infancia, olor a café con leche a la llegada de la Escuela y de las clases de ballet que tanto gozaba y nunca más pude continuar. Sí, porque el exilio significó ruptura, separaciones, distancias, idiomas y poblaciones nuevas que marcarían mi vida por siempre. Nunca más tendríamos el abrigo y cobijo de nuestra nana. Ahora debíamos cuidarnos nosotros mismos y con responsabilidades que no corresponden a un niño. Mi madre, ya separada de mi padre, trabajaba largas horas para sostener nuestro nuevo hogar y asegurar los ricos chocolates y juegos de Monopoly (La Gran Capital) los viernes por la noche. Era nuestro ritual de exilio, el momento en que estábamos mis hermanos y yo junto a ella y éramos felices.

 

Pero todo llegó a un abrupto fin una mañana de otoño londinense cuando, entrando a hurtadillas a la pieza de mi madre para no despertarla, presiento que algo no está bien. Me acerco lentamente a su cama y le toco sus pies, y con la inocencia de una niña de doce años no quiero creer lo que siento, un gélido frio que traspasa las mantas. Salgo y le aviso a mis hermanas mayores que algo pasa con la mamá. Ellas, estoicamente, asumieron sus roles y constataron lo irrefutable: estaba muerta. No hay golpe más grande en este mundo que perder a tu madre, sobre todo siendo una niña. Teniendo un padre muy presente, pero a miles de kilómetros de distancia en el Norte de África, comenzamos a vivir el duelo de la partida de la mamá, y el fin de su idea de que este exilio solo sería por un tiempo corto. Madre mía, hoy te recuerdo y lamento decirte que han transcurrido 42 años y aún no hay paz, verdad ni justicia en Chile.

 

De estos 42 años ya llevo 29 viviendo en Chile, más de la mitad de mi vida. Es que cuando uno ha tenido que cambiarse de casa y país tantas veces, cifras como éstas cobran mayor significado. Y vivo como una chilena más, pero en mi fuero interno me siento distinta, y no es sólo el exilio sino también vivir la represión de la dictadura de una forma silenciosa, no tan muda como la de miles de chilenos, pero igual callada, no publicada para ser conocida por todos. Porque soy un personaje anónimo que tiene su historia que contar, una historia surcada de momentos amargos de la dictadura y la contrariedad que ha significado vivir en este país en “transición”. Esperando el momento en que no exista un pero para disfrutar el aroma de la primavera.

 

Era el inicio de mi primera primavera ya residente en Chile, había vivido in situ el horror de la Operación Albania donde 12 chilenos habían sido acribillados en una sangrienta “batalla” unilateral de la Central Nacional de Inteligencia (CNI). El terror lo envolvía todo, pero también, como relámpagos de esperanza, viví las protestas que eran gritos desesperados buscando fin al terror, buscando paz, tranquilidad y una forma digna de vivir la vida.

 

Ese día 3 de septiembre de 1987 yo había partido rumbo a la universidad como todos los días, sin embargo, un hecho en particular hacía el ambiente más tenso de lo usual: El Frente Patriótico Manuel Rodríguez había secuestrado al Coronel Carlos Carreño, Sigue leyendo

Vivir bajo el régimen de Pinochet: “Aún no se sabe qué pasó con mi hermano”

No pasa un día sin que Gloria Elgueta piense en cómo pudieron ser los últimos días de su hermano Martín. Martín fue detenido por la policía política de Pinochet y recluido en Londres 38, un edificio colonial situado a cinco cuadras de la casa familiar. Después de años de buscar justicia, Gloria se unió a otros familiares en una campaña para convertir la tristemente famosa casa de torturas en un monumento conmemorativo para recordar a quienes perdieron la vida.

IMG_0198.PNGGLORIA Y MARTÍN

Hay un recuerdo de los oscuros días del régimen de Pinochet que la activista chilena Gloria Elgueta nunca olvidará. Todos los días, durante 15 días, caminó cinco cuadras desde la casa de su familia, en el centro de Santiago, y se quedaba mirando una antigua casa colonial conocida como Londres 38. La elegante fachada desmentía los horrores que ocurrían dentro. Era uno de los centros de detención de Pinochet: un lugar de tortura y muerte. Gloria sospechaba que su hermano Martín, estudiante, estaba dentro, y ella no podía hacer nada.

En julio de 1974, unos miembros de la DINA (la policía política de Pinochet) llamaron a su puerta y se lo llevaron sin más. Nunca dieron ninguna explicación de la detención ni formularon cargos contra él. Casi inmediatamente después de la detención de Martín, Gloria y su madre se unieron a cientos de personas cuyos seres queridos habían sido llevados a un lugar desconocido. Sigue leyendo