Academia de Guerra Naval: Armada chilena quiere borrar todo rastro de la “Colina del Terror”

Los crímenes cometidos por los militares chilenos durante el régimen pinochetista ya empezaron a ser castigados: algunos miembros del Ejército, Aviación y Carabineros han sido juzgados y condenados. No así los de la Armada, quienes tuvieron importante participación en el golpe de Estado contra Salvador Allende y en la represión que siguió. El mes pasado, el edificio de la Academia de Guerra Naval –centro de detención y tortura de la dictadura– fue derruido. Víctimas que sobrevivieron a la llamada “Colina del Terror” asumen que con esa demolición la Marina pretende borrar sus huellas criminales.

IMG_0714.JPG

En absoluto secreto, entre el 8 y el 10 de febrero pasados, la Armada chilena demolió el edificio en el cual hasta 2012 funcionó la Academia de Guerra Naval en Valparaíso.

Se trata del lugar desde el cual el almirante José Toribio Merino orquestó el golpe militar del 11 de septiembre de 1973; luego de eso, el inmueble fue convertido en centro de comando de las tareas represivas de la dictadura y en uno de los principales recintos de prisión y tortura en la región de Valparaíso.

La destrucción de la antigua Academia de Guerra Naval ocurre en momentos en los que el ministro en Visita Extraordinaria para Causas de Derechos Humanos, de Valparaíso, Jaime Arancibia, avanza en sus investigaciones, pues ya pudo identificar al equipo que en la Armada comandó y ejecutó las principales acciones represivas.

Esto ha causado preocupación en la Armada, que ha logrado mantener casi totalmente impunes los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura militar (1973-1990). En esto difiere de lo sucedido con criminales del Ejército, la Aviación y Carabineros de Chile, muchos de los cuales han sido procesados y condenados a partir de que estas causas se activaron, tras la detención de Augusto Pinochet, en Londres, el 10 de octubre de 1998.

“Palacio de la Risa”

La Academia de Guerra Naval era una construcción de acero y concreto, de cuatro pisos, ubicada en un promontorio en el Cerro Playa Ancha, de Valparaíso. Luego del derrocamiento del presidente Salvador Allende y la imposición de la Junta Militar, este edificio –donde normalmente se formaba a los oficiales navales– pasó a ser conocido popularmente como el “Palacio de la Risa”, irónica alusión a los angustiantes alaridos de dolor que día y noche surgían de ahí, producto de las torturas a centenares de detenidos.

La Academia de Guerra Naval –que en 2012 se trasladó a la vecina ciudad de Viña del Mar– se emplazaba en lo que las organizaciones de derechos humanos de Valparaíso han denominado la “Colina del Terror”, puesto que allí también está el cuartel Silva Palma, guarnición que tras el golpe sirvió como centro masivo de detención.

“Creo que al echar abajo la Academia de Guerra pretenden borrar la memoria de lo que ahí sucedió, pero claramente el pueblo mantiene su imaginario y, dentro de eso, la tarea es poder reconstruir los hechos.

“Lo primero que hizo la Armada fue asesinar y torturar masivamente al pueblo chileno.”

Es lo que señala en entrevista Eduardo Cabrera, Neco, exprisionero político y presidente de Cine Forum, y quien se ha convertido, quizás, en el más tenaz perseguidor de criminales de la Armada.

Cine Forum –que organiza desde hace una década festivales de cine de derechos humanos y de pueblos indígenas– y la Agrupación de Marinos Antigolpistas denunciaron públicamente (mediante comunicado del 18 de febrero pasado) la demolición silenciosa e inconsulta de ese centro de tortura y muerte.

“Vemos con estupor en este hecho el intento de borrar de la memoria aquel lugar donde se deliberó y fraguó el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973”, manifestaron.­

Además expresaron en su declaración la voluntad de perseverar en el esfuerzo por que el cuartel Silva Palma pronto sea declarado Sitio de Memoria Histórica por el Consejo de Monumentos Nacionales, y por lograr que toda la Colina del Terror sea declarada Zona de Conservación Histórica. Formalmente solicitaron esto el 20 de julio de 2016, y entregaron el expediente del caso este miércoles 8. Su carpeta fue foliada con el número 1557.

Neco, quien al momento del golpe era presidente del Centro de Alumnos de Filosofía del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, sede Valparaíso, y militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, expresa que “el alto mando de la Armada cree que botando edificios y quemando archivos se acaba su problema… pero hoy somos muchos los que estamos preocupados del tema de la memoria”.

Temerosos de que la demolición de la Academia de Guerra Naval, además de afectar la memoria histórica y el patrimonio, pudiera incidir negativamente en las numerosas causas por crímenes de lesa humanidad, Cabrera y otros expresos políticos y militantes de organizaciones de derechos humanos se reunieron con el ministro Arancibia, a quien le plantearon su inquietud.

Éste les expresó que “de ninguna manera” la citada demolición afectaría los procesos, puesto que él ya había hecho una inspección de la Academia de Guerra, y había hecho registros de los lugares que, según diversos testimonios, habrían sido utilizados para las detenciones y torturas.

Ante los cuestionamientos por la demolición, la Armada justificó su proceder mediante una declaración el 21 de febrero. Indicó que el edificio demolido había quedado “con daños estructurales” tras el terremoto del 27 de febrero de 2010.

Por lo mismo, y tras una serie de trámites administrativos, técnicos y legales –que no se especificaron–, habían establecido la necesidad de su destrucción, por considerarlo un peligro para la seguridad.

Ni la municipalidad de Valparaíso ni el Ministerio de Vivienda han respondido si sus organismos técnicos autorizaron la demolición, que necesariamente debió ser aprobada por ellos para cumplir con el ordenamiento jurídico relacionado con inmuebles ubicados en zonas de conservación histórica.

Crudos testimonios

El 14 de octubre de 2015 Arancibia inició proceso a 12 oficiales y suboficiales en retiro de la Armada por los delitos de tortura, secuestro calificado y asociación ilícita, cometidos contra Eduardo Cabrera.

Esta causa tiene el mérito de ser uno de los primeros autos de procesamiento por delito de tortura que alcanza a altos oficiales de dicha institución. Este tipo de crímenes fue ignorado por la justicia hasta hace unos cinco años, cuando se comenzaron a investigar con seriedad.

En aquel dictamen se establece que el 6 de abril de 1974, “aproximadamente a las 03:00 horas de la madrugada, Eduardo Cabrera Vásquez fue detenido en su domicilio particular por un contingente de efectivos de la Armada de Chile, sin existir motivo alguno para ello”.

Se añade: “Fue esposado y conducido en una camioneta hasta el Cuartel Silva Palma de la Armada en Valparaíso, lugar donde fue sometido a maltrato físico y psicológico, y fue obligado a permanecer por más de cinco horas de pie en un patio ubicado al interior del cuartel, siempre encapuchado. Cuando fue interrogado recibió descargas eléctricas en diversas partes del cuerpo, genitales, boca, orejas y extremidades, ello por medio de un objeto que se conocía con el nombre de Magneto”.

Cabrera señala en la entrevista que entre 5 mil y 10 mil personas pasaron por la Colina del Terror y otras dependencias utilizadas por la Armada como parte de las tareas represivas.

Dice que en los centros de estudios los rectores elaboraban listas con los estudiantes de izquierda, las cuales eran facilitadas a la Armada. “Estos estudiantes tuvieron que ir a firmar al cuartel Silva Palma, estar un par de días ahí, encapuchados, interrogados y fotografiados… y ahí se definía si los mantenían detenidos o si eran liberados”.

En entrevista con Proceso, Arancibia ratificó la veracidad de estos dichos. “Había listas de estudiantes que fueron interrogados en el cuartel Silva Palma. En algunos casos se llegó a los golpes, en otros no, la verdad es que hubo de todo, por eso es que hay que distinguir caso por caso”, expresa el magistrado.

La misma suerte corrieron miles trabajadores y dirigentes sindicales. “En el fondo, es el pueblo porteño –de Valparaíso– el que en su conjunto fue castigado por comprometerse en un proceso que afectó profundamente los intereses de la oligarquía”, señala Neco y asegura que la situación en el Silva Palma “era de una adversidad increíble: te enfrentabas a lo que ellos querían hacer contigo. Debías cooperar, entregar los elementos que ellos querían para su investigación, y si ellos no obtenían eso, significaba soportar los golpes, electricidad, siempre desnudo, en los genitales, en las orejas, en la lengua…”.

Este exprisionero, reconocido por sus pares por no haber realizado delaciones, recuerda que los equipos que aplicaban torturas estaban compuestos por entre seis y ocho personas: “Había mujeres… a mí me puso electricidad en los genitales una mujer que ahora está procesada: Gilda Ulloa, se llama”.

Narración anónima

El libro Estos mataron a Allende (1974), del periodista chileno Robinson Rojas, incluye el testimonio anónimo de un universitario que pasó por las mazmorras de la Armada, que entrega notables antecedentes sobre las torturas masivas perpetradas en la Colina del Terror y no ha sido integrado hasta ahora al expediente de la causa.

El testimonio fue publicado originalmente en el diario colombiano El Tiempo el 26 y el 27 de mayo de 1974, recogido por el columnista Daniel Samper Pizano, quien permanece activo en el periodismo.

“Fui detenido a mediados de octubre en el mismo recinto universitario donde estudiaba, donde asistía normalmente a clases. El rector designado por los militares permitía que los esbirros del Servicio de Inteligencia Naval se introdujeran en la universidad, y tengo la impresión de que el propio rector delataba a los estudiantes de izquierda. Con los demás detenidos nos llevaron a la Academia de Guerra Naval (…) Llegando se nos vendó los ojos y se nos hizo subir hasta el cuarto piso por las escaleras de hierro.”

Continuó el testigo: “Al subir escuchábamos gritos desgarradores; creímos que eran grabaciones para amedrentarnos, pero luego nos dimos cuenta de que eran gemidos auténticos de los torturados. Nos metieron en una pieza y nos obligaron a permanecer de pie, con las manos en la nuca, sin hablar. El que se movía o hablaba era lanzado al suelo, donde le daban culatazos y lo pateaban. Allí permanecimos toda una tarde, en espera de que nos llamaran para interrogarnos. Nos sorprendieron hablando y nos castigaron brutalmente, pero así pude saber que en esa sala ya había personal de la Aduana que estaba siendo torturado.

“El primer día sacaron a mucha gente que había llegado antes: los de la Aduana, el profesor de literatura y el cura católico. No volvieron más. Después sorprendí a un guardia que comentaba con otro: ‘El cura se les fue cortado, lo van a hacer aparecer como suicidio’.”

Cabe señalar que, tal como se ha podido acreditar en la investigación judicial del caso Woodward que ahora lleva el ministro Arancibia, el sacerdote chileno-británico Miguel Woodward murió a consecuencia de las torturas perpetradas en la Academia de Guerra y en el buque-escuela Esmeralda, aplicadas tras ser secuestrado de su domicilio en Valparaíso la noche del 16 de septiembre de 1973.

Como la Academia de Guerra, desde el 11 de septiembre de 1973 el Esmeralda se convirtió en un centro de detención y tortura. Esta situación, denunciada en aquel tiempo por familiares y víctimas, fue ratificada a lo largo de los setenta en diversos informes de la Organización de Estados Americanos, del Senado de Estados Unidos y de Amnistía Internacional.

Continúa el relato publicado en El Tiempo:

“Al segundo día fui interrogado: permanecí torturado durante más de tres horas. Me desnudaron y me golpearon con manos y pies por todo el cuerpo. Parece que los interrogadores eran muchos. Luego me aplicaron corriente en los testículos (…) Durante todo el interrogatorio me tuvieron con los ojos vendados y las manos esposadas. Con las contracciones musculares por la electricidad, las esposas se cerraban cada vez más y me rompí las muñecas hasta el hueso. A estas alturas del interrogatorio ya no sentía dolor. Solamente me daba cuenta de que me estaban quemando con electricidad.

“Al término del interrogatorio, que perseguía saber si había armas en la Universidad, me llevaron a otra sala donde me sacaron la venda para que pudiera caminar; pero me caía al suelo y me hicieron arrastrarme hacia otra sala, donde yacían los torturados. Había allí un profesor universitario que conocía de vista, que estaba con todo un lado del cuerpo negro de los hematomas y le habían perforado el tímpano, por lo que el dolor le hacía aullar; los restantes estaban todos tanto o más golpeados que yo. Muchos tenían las costillas rotas y no podían siquiera respirar. Ninguno podía caminar; tenían fracturas en los huesos de las piernas, por golpes y por las contracciones musculares producidas por la corriente.

“Había muchas mujeres tan golpeadas como nosotros. A las mujeres las habían violado en forma bestial; estaban desgarradas internamente y sangraban con profusión. Una se quejaba continuamente; le habían introducido un objeto cortante en la vagina y parece que le había traspasado el peritoneo. Entre los que estaban, algunos dijeron haber reconocido a los interrogadores: ‘Eran infantes de marina de los que han sido preparados en las bases norteamericanas en Panamá’.”

SICAJSI

A partir del 11 de septiembre de 1973 la Armada creó el Servicio de Inteligencia de la Comandancia de Área Jurisdiccional de Seguridad Interior (SICAJSI), formado por funcionarios de la Armada, de Carabineros (policía uniformada) y de la Policía de Investigaciones. Dependía directamente de la Primera Zona Naval, con sede en Valparaíso.­

El jefe de SICAJSI fue el capitán de navío Sergio Barra von Kretschmann, secundado por Héctor Trobok, coronel de Carabineros. Ellos reportaban al jefe de Estado Mayor de la Armada, Guillermo Aldoney.

En auto de procesamiento del 8 de mayo de 2015, mediante el cual Arancibia sometió a proceso a 18 exoficiales y suboficiales de la Marina y Carabineros por su responsabilidad en la muerte de Woodward, se fija el papel de la Academia de Guerra en las tareas represivas cumplidas por la Armada en los albores de la dictadura.

“Luego del 11 de septiembre de 1973, la Armada de Chile puso en marcha, con ciertas modificaciones, un Plan Antidisturbios, también denominado ‘Plan Cochayuyo’, ideado aproximadamente a comienzos de 1973 y que tenía, entre otros objetivos, detener la acción insurgente a sus designios, mantener el orden público y obtener el control absoluto de la población, especialmente de la Quinta Región (de Valparaíso).”

Allí se añade que “por orden de la Comandancia en Jefe de la Primera Zona Naval se instaló físicamente en la Academia de Guerra Naval, ubicada en Valparaíso, el denominado SICAJSI”, razón por la cual la citada academia suspendió en aquel tiempo “las labores de educación que le eran propias, para albergar al organismo antes referido”.

“La función principal era la de desbaratar los grupos contrarios al régimen militar instaurado en el país, procediendo para ello a ordenar la captura de personas militantes o afines a algún partido político o movimiento de centro, izquierda o revolucionario, y su posterior traslado a unidades controladas por la Armada o pertenecientes a ésta, habilitados como Centros de Detención e Interrogatorio.”

En entrevista con Proceso, Arancibia ratifica que ya está comprobado que el SICAJSI operó en la Academia de Guerra.

*El reportaje fue publicado en Proceso, México.

Tomado de radio.uchile.cl
Por: Francisco Marin

Anuncios

Aprender de la vida de nuestros muertos

Hace ya muchos años, emprendí una investigación sobre desaparición forzada de personas en Chile. Por ese entonces estudiaba en Francia y esa investigación devino tesis de doctorado. Un tiempo considerable fue necesario para dar la tesis por terminada. Y fue ahí, una vez el escrito concluido, sin ninguna posibilidad de cambiar ya una coma, que me asaltó una duda. ¿No me había equivocado de trabajo? ¿Era válido analizar la forma en que se mató en Chile sin prestar la misma atención a la vida?

Si bien esta dimensión no estaba ausente de la investigación, de pronto me parecía que no ocupaba el lugar adecuado. Que la vida había quedado desplazada hacia un lugar marginal, siendo que era central. Al menos por dos razones igualmente importantes: porque esa vida contenía la explicación de la muerte; porque esa vida, al igual que un libro abierto, contenía en potencia múltiples enseñanzas para quien supiera leer. Yo no había sabido.

Inicio esta reflexión con una mención personal, para que quede claro que yo tampoco hice lo que, en esta columna, quisiera reclamar como urgente y necesario, pero ¿a quién? ¿A quién podría reclamarle? A nadie, porque las personas hacen lo que está a su alcance en una coyuntura determinada y eso es todo.

La idea se me presentó nuevamente hace unos días, cuando gracias a la recomendación de una amiga, pude ver, desde Buenos Aires, el documental “Guerrero”, dirigido por Sebastián Moreno y dedicado a Manuel Guerrero Antequera. Primero, me di cuenta que desconocía las posiciones que tomó en su juventud tras el asesinato de su padre. Segundo, me di cuenta que a Manuel Guerrero Ceballos solo lo conocía como muerto, en una asociación inmediata e ineludible con las circunstancias de su asesinato. Lo primero me resultaba relativamente perdonable. Lo segundo, no.

¿Cómo fue que no me interesó saber quién era en vida Manuel Guerrero Ceballos? Sin duda, no ignoraba que era un militante comunista. ¿Y luego? ¿Podía esa expresión darme alguna información crucial sobre el hombre que fue Manuel Guerrero? No. Sin duda el hecho de que haya sido un militante, un dirigente comunista, es un elemento importante, importantísimo, pero no se agota en sí mismo. Ese dato pide ser desmenuzado. Desarrollado. Narrado. Dado a conocer en sus múltiples episodios, vale decir, en las múltiples decisiones que tomó Manuel Guerrero a lo largo de su vida. Desde ese punto de vista, el documental entrega elementos, pero no es su propósito. No tiene como eje de su narración al padre sino al hijo y, más precisamente, una filiación: lo que uno hace y es capaz de construir en torno a sus filiaciones, a sus amores, a sus dolores, a-sus-esperanzas-a-pesar-de-todo.

¿Quién escribirá la historia de los muertos cuando estaban vivos?

Mucho se ha escrito en Chile, y sobre esto también. No lo ignoro. Algunas experiencias, que no necesariamente han elegido la forma escrita, se han interesado también por la vida. Pero ninguno de esos trabajos tiene la visibilidad que han podido alcanzar otros emprendimientos cuyo eje es la muerte.

Por otra parte, el elemento propiamente político sigue incomodando. Más bien, no se termina de “acomodar”. Pocos son los relatos que, como los del propio Manuel Guerrero Antequera, apuntan al nexo.

Hace unos días Manuel publicaba en su Facebook: “Rafael, Eduardo, Paulina, Santiago, José Manuel y mi padre eran personas de acción. Con sensibilidad, reflexión, estudio, sí. Pero de acción. Por eso los mataron. Porque no se quedaron rumiando la derrota. Le hicieron frente, sin miedo. Con amor y coraje”.

Sin duda, hay que buscar en la vida la explicación de la muerte. Pero, también, hay que buscar esa vida por la vida. Porque gracias a ella, podemos seguir aprendiendo. No de historia. Precisamente, de política. En todos los sentidos. Así entiendo el mensaje de Manuel Guerrero Antequera. Y así entiendo el mensaje de Manuel Guerrero Ceballos cuando –tras una primera detención y tras su exilio– decide volver a Chile a pesar del peligro que esto representa.

Así también entiendo el mensaje de Horacio Maggio, que después de su detención en la ESMA y tras su fuga, escribió informes que dio a conocer, y que luego fueron elementos centrales para determinar qué es lo que estaba ocurriendo en ese centro clandestino. Tras su fuga, la patota de la ESMA fue en su búsqueda. Se dice que cuando lo estaban por apresar nuevamente, Horacio Maggio se defendió a piedrazos.

Ese hombre que no se entrega, ese hombre que hasta el último minuto lucha por su libertad, y que previamente luchó en nombre de la justicia social, tiene en sus manos una clave. Una clave que hay que poder tomar para remontar el hilo y no quedarnos ni en tal escena ni en tal otra. Ni en tal palabra ni en tal otra. Porque las palabras sueltas no cuentan. Ni siquiera las palabras militante, comunista, socialista, mirista, montonero, combatiente. Tampoco las palabras héroes, mártires, víctimas. Es necesario examinarlas, ver de qué materiales están hechas. Luego, hilvanar. Volver visible el tejido.

Pablo Neruda escribió en uno de sus poemas que “conocer una vida no es bastante, ni conocer todas las vidas es necesario”. Por eso, hay que desentrañar. Rascar a fondo.

Que cueste tanto instalar una interrogación sobre la vida de estas personas que conocemos, principalmente, como muertos, debería llamarnos la atención. Pero también el hecho –tremendo– de la invisibilidad que tienen socialmente aquellas personas que están vivas y cuyas experiencias de acción, de decisión, de militancia y/o participación, de trabajo activo, en sus respectivos ámbitos de lucha previos al golpe de Estado (fuera el que fuera, desde ya, las fábricas, pero también la universidad, también el periodismo, también los barrios), no es percibida como relevante, ni menos como parte necesaria de una educación.

Muchas veces se recurre a estas personas como testigos de experiencias de terceros (en particular, en escenarios judiciales, sobre prisión y muerte). ¿Qué pasa con sus propias experiencias? ¿Por qué no se les pregunta por ellas mismas? ¿Cuáles serían los escenarios adecuados? ¿Los interlocutores adecuados? ¿Para pensar qué?

Algunas sugerencias. ¿Qué es lo que hace que, en determinados momentos, ciertas personas sienten que “pueden”? Que pueden transformar una situación. ¿Ser vector de cambio?

Recuerdo, hace unos años, en el taller “Anhelos”, en Valparaíso, un diálogo sobre estos temas. Una persona contaba de qué manera había entendido la importancia de la palabra solidaridad. Y al narrarlo no mencionaba ningún libro de autor famoso, ninguna tesis de sociología, ninguna columna de diario, sino una experiencia familiar, en el contexto de una huelga obrera.

Porque, claro, no se trata de contar cualquier aspecto de la vida, sino precisamente ese. El que hoy molesta. El que hoy genera rechazo. El que dice relación con la cosa política. O más precisamente, y como bien lo dice Manuel Guerrero A., con la acción.

Voy a dar un ejemplo con el que me siento cierta libertad para expresarme. Jorge Cedrón, cineasta argentino, amaba a los animales. Particularmente a los perros y a los caballos. Sin lugar a dudas completa la representación que uno puede hacerse del tal Jorge, saber que amaba los animales. Pero si Jorge pudo en algún momento volverse peligroso para los militares argentinos, no fue por motivo de estos amores, sino más bien por otra forma de amor que lo llevó a interesarse por el destino de hombres en lucha y a registrar sus vivencias. A filmarlas. Y a partir de ahí, a adentrarse en un terreno movedizo donde, desde siempre, mandan los mismos. Cuando Jorge Cedrón se propuso filmar la película “Operación Masacre”, en base a la investigación de Rodolfo Walsh, no contaba con los medios para hacerla. En rigor, no podía. Sin embargo, pudo.

Es ese “poder” que habría que seguir indagando. Poder cuando todo dice que no se puede. Por eso digo que tenemos todavía mucho que aprender de la vida de nuestros muertos… y de nuestros vivos.

Tomado de radio.udechile.cl
Por: Antonia García C

La memoria de las Arpilleras

IMG_0710.JPG
El rescate de los Sitios de la Memoria tiene múltiples y diversas formas de expresión y acción, realizadas en forma autónoma o vinculada con instituciones, pero todas ellas orientadas a la construcción de la Memoria Histórica y estas diferentes acciones se complementan unas con otras.

El objetivo de esta crónica es dar a conocer el trabajo realizado por el Taller de Arpilleras de la Memoria, quienes desarrollaron un proceso colectivo durante un año y medio destinado a plasmar sobre Arpilleras imágenes “fotográficas” que permanecen latentes en la memoria de las y los protagonistas de las mismas.

IMG_0711.JPGEstas imágenes se van haciendo cada vez más nítidas en el transcurso de las jornadas de trabajo, a través de los relatos e intercambios de experiencias, transformándose las sesiones en verdaderas experiencias pedagógicas populares.
Este enriquecedor proceso de construcción de memoria es el que se estampa sobre la tela. Los diferentes elementos que componen la imagen de la Arpillera representan, de esta manera, un trozo de memoria viva.

El grupo funcionó algunos meses en el recinto de la ex cárcel de Valparaíso, pero durante todo el año 2017, gracias a la muy buena disposición de los funcionarios y funcionarias del PRAIS Valparaíso San Antonio, han desarrollado el Taller en el local ubicado en Tomás Ramos y continuaran un nuevo ciclo el mes de marzo del 2018, con el objetivo de trabajar en nuevos Sitios de Memoria. Este año se determinaron dos Sitios de Memoria, ellos son el Cuartel Silva Palma y la Cárcel del Buen Pastor.
Distintas integrantes del Taller de Arpilleras de la Memoria nos contaron las motivaciones, la historia y el contenido de los trabajos realizados.

IMG_0712.JPG
La Monitora del Taller, María Alicia Salinas, ex Prisionera Política de Tres y Cuatro Álamos, nos contó que: “La arpillera que yo hice la titulé “La Colina del Terror” y traté de plasmar en ella todos los elementos que la hacen merecedora de ese nombre. Ahí está la Academia de Guerra, ahí está el Silva Palma, ahí está la palmera típica del Silva Palma. También hay una parte del Silva Palma que nosotras no la consideramos en las otras arpilleras y es lo que está detrás del Cuartel, por ejemplo las escaleras que llevaban a “los nichos”, que era donde castigaban a los compañeros y compañeras. Eran como unos túneles. Después más acá está la cancha de fútbol, que es como un punto de referencia. Este otro elemento es un galpón donde torturaban, una especie de casa metálica. En esta otra parte hay una conexión entre el Silva Palma y la Academia de Guerra.”

Gabriela, otra integrante del Taller de Arpilleras por la Memoria nos relató “Mi arpillera tiene como tema central la niña en prisión, la hija de la Silvia Lillo, la Laurita, que estuvo presa en el Buen Pastor. Esta situación tan dramática es la que me motivó a plasmarla en la arpillera.”

María Alicia Salinas, explicó todo el proceso llevado adelante en este año y medio de trabajo de memoria, expresando:

“ (…)habíamos hecho un compromiso de trabajar buscando apoyar a las agrupaciones, o a los grupos de compañeros que estaban tratando de que se reconocieran los Sitios de Memoria de Valparaíso (…) A nosotras nos pareció que podía ser un aporte el que trabajáramos con estos grupos y en dos Sitios de Memoria: el Silva Palma y el Buen Pastor. Nosotras, con las compañeras que hemos estado trabajando esta cosa del bordado, de las arpilleras, Silvia en las Arpilleras de la Memoria conmigo, y Walkiria en las Bordadoras de la Memoria, somos parte de un grupo de sobrevivientes de Tres y Cuatro Álamos y hemos tratado permanentemente de levantar lo que fue el trabajo de los talleres laborales en los Campos de Concentración que hubieron aquí en este país.”

IMG_0710-0.JPGCuartel Silva Palma en Valparaíso

María Alicia Salinas, puntualizó también algunos aspectos fundamentales en relación con la definición del trabajo que realizan, manifestando:

“A mí me gustaría insistir en algunas ideas. Las Arpilleras surgen en el año 1974, cuando estando nosotras detenidas, nuestras madres, nuestras compañeras, las esposas que andaban buscando a sus maridos, tuvieron necesidad de resolver algunos problemas económicos, ya que muchas eran jefes de hogar, y también tuvieron la necesidad de contar lo que estaba pasando y ellas empezaron a hacer las Arpilleras y les llamaban “Las Fotos”.
Eran fotos de la realidad, por eso hay arpilleras donde aparece una fábrica y dice “fábrica cerrada”, otra de un comedor popular, comprando juntos, olla común, o de lo que estaba pasando. Esto surge el 74 cuando surge el Comité Pro Paz, que fue la primera organización que se preocupó en este país de poner abogados y apoyar a los familiares que andaban buscando a sus familiares detenidos. Esto es muy importante que nosotras lo tengamos siempre presente, porqué después hay una serie de variaciones (…)

Las arpilleras que hicieron las familiares tienen un elemento en común y es que las figuras son todas planas y por eso nosotros hacemos la figura plana y yo he insistido mucho en eso(…) Los familiares, fuera de la cárcel, siempre hicieron la figura humana plana, pegada. El trabajo nuestro tiene más que ver con un homenaje a las que iniciaron esto, a las que primero tuvieron que empezar a buscar a sus familiares.”

El Taller de arpilleras de la Memoria está compuesto por: María Alicia, Dana, Alicia, Gabriela, Claudia, Cecilia, Luis, Nora, Marisa, Paula, Silvia y Valeria y el pasado día viernes 15 de diciembre se realizó la ceremonia de clausura del año 2017.

Alrededor de setenta personas, incluyendo niños y niñas, estuvieron presentes en este acto de finalización del Taller de Arpilleras y pudieron observar de cerca estos maravillosos trabajos de memoria latente, estampados sobre las Arpilleras.

IMG_0713.JPG

Tomado de resumen.cl
Por: Guillermo Correa Camiroaga

Yo no sé lo que es vivir sin Fidel

IMG_0671.JPG
Palabras de tributo y homenaje al Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz a un año de su partida Física. Acto Central de la Cátedra Honorífica para el Estudio del Pensamiento y la Obra de Fidel. Universidad de Oriente.

Yo soy Fidel. Mi padre es Fidel. Mi abuelo es y será siempre el eterno e invicto Fidel. Mi nombre es Fidel, y mi vida se llama Fidel. Mis pensamientos, mis sueños, mis anhelos, se llaman también Fidel.

No puedo ni debo decir que converso con él, como en todas aquellas ocasiones que guardo en mi mente, en mi memoria; pero sí puedo, debo y quiero decir que necesito hablarle, y lo hago a menudo.

No puedo, ni debo ni quiero decir que Fidel no está físicamente. Puede no estar presente el calor de Fidel. Pero sí está presente la energía de Fidel, el trabajo de Fidel, el impulso de Fidel, la fuerza de Fidel (más fuerte que las fuerzas nucleares), la dinámica de Fidel, la onda de Fidel, la luz de Fidel (la más bella e intensa), el movimiento de Fidel, el magnetismo de Fidel, el tiempo de Fidel, la obra y la conciencia de Fidel, están muy presentes y perdurarán. Y la energía, el trabajo, el impulso, la fuerza, la luz, el movimiento (también interpretado como cambio, siendo el más integral el movimiento social Fidelista), todo ello es Física, por tanto Fidel sí está presente físicamente.

El ADN de Fidel está presente en millones de revolucionarios dentro y fuera de Cuba, en nuestra América, en el mundo, así que Fidel está presente biológicamente. La química de Fidel une a millones, incluso a quienes no piensan como él pero lo respetan, lo admiran y lo quieren, así que Fidel está presente químicamente. La ciencia toda, nos brinda la tan añorada y querida presencia de Fidel entre nosotros.

IMG_0672.JPG

No puedo ni debo decir que fueron pocas todas aquellas ocasiones que tuve a mi abuelo para mí, su ternura, sus muestras de cariño, su voz, su calor, su altura y su fuerza, su abrigo intelectual y moral, su estatura impresionante, su imagen conmovedora, su carisma cautivador, sus palabras de aliento, sus valiosos consejos. Aunque lógicamente siempre quise más, me consuela que siempre me esforcé y luché por aumentar el tiempo con Fidel, que me podía haber tocado, por cuidarlo, por atenderlo, por ayudarlo, por acompañarlo, por compartir peligros y desvelos, por brindarle momentos felices. Tuve el inmenso privilegio de que una parte considerable de mi vida transcurrió muy cerca de Fidel, y por ello puedo, debo y quiero hablar en nombre de los cercanos a Fidel.

No puedo, ni debo ni quiero decir tampoco que fueron muchas las miles de horas con Fidel, como joven cautivado por sus ideas y su historia, por su pensamiento y acción, por sus hazañas y proezas, como uno más entre millones. Vendrán muchísimas más horas de Fidel, con Fidel y para Fidel, y nunca serán suficientes. Por ello me considero moralmente identificado con los que lo amaron desde lejos. Puedo, debo y quiero hablar también, en nombre de ellos.

Todo el tiempo con Fidel, todos esos segundos, minutos, esas horas, toda esa unidad de tiempo que no encuentro capaz de describir el tiempo relativo y absoluto junto a él, todo ese espacio vivido en común, los años que colaboré con los compañeros que lo cuidaban, alguna que otra vez que le provoqué carcajadas e incluso aquellas que lo hice molestar.

La vez que se atoró y asustado le golpeé la espalda con error de cálculo en la fuerza. Al día siguiente, durante las entrevistas para el libro “Cien horas con Fidel” y en la escuela donde estudió la primaria en Santiago, le cuenta Fidel a Ramonet de sus peleas, y a mala hora el periodista le pregunta qué significaba un “pescozón”. Mi abuelo me llama y me pide que me ponga en firme, y yo muy orgulloso pero ajeno a la conversación previa cumplo con su pedido. Vino entonces otro error de cálculo en la fuerza de la demostración práctica de un “pescozón por la cabeza”, interpretada por mi como cariñosa represalia y enseñanza de que uno no se puede quedar dado.

De cuando estuve grave siendo niño y él me visitaba a diario, de cuando jugamos ajedrez, de cuando me mostró el histórico fusil que llevó en la Sierra Maestra, el verlo pensativo, verlo recordar, verlo contento por nada o verlo serio resolviendo lo poco y lo mucho, verlo dormir, caminar de aquí a allá, verlo siempre seguro y optimista, siempre combatiendo, pensando, conversando y trabajando.

Disfrutar de la cotidianidad de sus gestos; de su voz de cerca, de lejos, por teléfono, por radio, por televisión; escucharlo despierto y en sueños, descifrar su susurro conspirativo; apreciar y disfrutar con su cultura del detalle; ayudarlo en lo posible e imposible, en lo fácil y en lo difícil; alcanzarle un vaso de agua, un bolígrafo, un discurso; seguirlo en sus ideas, proyectos y experimentos; acompañarlo por tierra, mar y aire, con calor o lluvia, con nieve o en medio de un huracán; sentarme a su lado en un carro, o un avión, o en una mesa, o tantas horas detrás de él en un teatro; caminar detrás, al lado o delante guiándole los pasos. Ponerle las medias, leerle, sufrir más yo cuando lo veía a él sentir dolor, alegrarme más yo con su sonrisa, servirle una copa de vino (y de paso servirme un poco yo del suyo, asegurándome previamente de que estuviera de un excelente humor).

Que me pregunte lo mismo por la nanotecnología, la teoría de la relatividad, del universo, de matemática, de historia, del mar, de lo que estoy leyendo o investigando, o por mis padres y hermanos, por la salud…; que me diga: ¡Fide! ¿Cómo estás? ¡Cuídate!, ven más por aquí, tengo un recado para tu papá… Que diga que yo soy su amigo, que me haya presentado al mejor amigo, Hugo Chávez, con quien compartimos memorables vivencias familiares.

De aquella noche al final de la Gala Cultural por el Día de la Independencia de los Estados Unidos, el 4 de julio de 2002, le dije que tenía algo muy serio que decirle. Me llevó sólo a su oficina en Palacio, y pude finalmente exclamarle: ¡Te quiero con coj….! Posterior a su efusivo y prolongado abrazo, me dijo con cierta timidez y bajito: “y yo también eh, que no se te olvide”.

De hacerme tan feliz, y de verlo hacer feliz a tanta gente. En fin, de una lista demasiado extensa pero que me cuesta trabajo interrumpir, todo eso y mucho más, constituyen lo más preciado y valioso para mí, y encabezan mis vivencias más felices y entrañables.

Fidel, mi abuelo, me motiva, me inspira, me da fuerzas, me impulsa, me guía, me impresiona, cada día. Lo quiero, lo admiro, lo extraño, ni más ni menos que hace un año, ni más ni menos que dentro de 1 año, de 2, de 5, de 10, de 20 o los que me toquen vivir antes de ir a buscarlo donde esté, más allá de la ciencia y el marxismo.

Nunca me despedí de él ni pienso hacerlo. Pensar que no lo puedo abrazar o estrechar su mano, oírlo aclararse la garganta, escucharlo de cerca muy atento, apreciar la expresividad de sus manos permanentemente al acecho de un contacto cariñoso, sentir otra vez su mano en mi hombro, verlo de cerca y tocarlo, darle un beso, bromear con él, brindar con él, sostenerle un vaso o una copa o una taza si se va quedando dormido, llevarle personalmente un diploma, hacerle tantas preguntas que me surgen y respuestas de él que necesito ahora; intentar responder su caudal interminable de preguntas para las que aún continúo buscando respuestas, y que me sorprenden por el genial mecanismo intelectual que a tan avanzada edad llegó a formular. Todo ello y mucho más, me provoca un dolor inefable, que aumenta con el tiempo, que no se deja casi nunca dominar y mucho menos me permite aprender a vivir con ese dolor.

Debo decir aunque no quiera, que no lo he superado. Paliar ese dolor, que es muy fácil decirlo, es uno de mis mayores desafíos y un deber por razones de salud. Lo es también descubrir cómo convertir dolor en felicidad, cómo buscarlo y encontrarlo, para menguar la inevitable ansiedad con homenajes diarios a Fidel.

Hago camino al andar en medio de ese desafío, paso mucho tiempo buscando recursos para evadir y mitigar el luto desgarrador y que este no me domine ni me controle, visito casi mensualmente Santiago de Cuba y paso muchas horas cerca de la Piedra Rebelde que enseña e ilumina; me lanzo en paracaídas a 4 Km de altura para homenajear a Fidel, abrazando una bandera que lleva su imagen.

En el presente sigo teniendo el inmenso privilegio de ser uno más de sus colaboradores, acompañándolo concretamente con mi tiempo y energías en uno de sus proyectos científicos. Continúo cumpliendo con lo que me dijo el 13 de agosto de 2002: cuando te gradúes el año que viene vas a la Universidad de las Ciencias Informáticas (eso fue alrededor de un mes antes de que la UCI comenzara sus labores docentes, hace poco más de 15 años). Fue precisamente en la UCI donde el 29 de abril de 2016 realizamos por primera vez “Un salto por Fidel”, en el que 26 paracaidistas desafiamos la gravedad y las alturas para transmitir un mensaje de cariño y homenaje al Comandante por sus 90 años, regalándole un momento feliz cuando le enviamos el video. Debo y quiero repetir, en cuanto se pueda, una y otra vez, “Un salto por Fidel”.

Me honra también haberle dedicado este año un Premio Nacional de la Academia de Ciencias de Cuba, y el título de Investigador Titular. Me honra venir a Santiago de Cuba a hablarle, a contarle mis cosas, mis planes, a felicitarlo por el día de los padres, a celebrarle su cumpleaños, a darle cariño. Y marcharme más seguro, lleno de fuerzas, motivaciones, y energías. Una vez más, ¡infinitas gracias abuelo! Y como tú decías, en la vida de los hombres agradecidos, infinito más uno, es mucho más que infinito. Exquisita, rigurosa y profunda, la matemática de Fidel.

Por visitarlo tan a menudo, me honra el haber comenzado a colaborar con la Universidad de Oriente, con el Centro de Biofísica Médica fundado por él, y de que me hayan concedido el inmenso privilegio de formar parte de la Cátedra Honorífica para el Estudio del Pensamiento y la Obra de Fidel. Mis dos mensajes a mi querido abuelo, escritos en el libro de Santa Ifigenia, fueron publicados y dieron lugar a hermosos y conmovedores comentarios en la red de redes. Infinitas gracias a todos.

Yo no puedo, ni debo ni quiero decir que no puedo vivir sin Fidel. Yo no sé lo que es vivir sin Fidel. Yo escojo vivir feliz con Fidel, y así contribuyo de manera modesta, a que Fidel también siga siendo feliz.

Cada día recuerdo su consejo el 20 de octubre de 2004, cuando en medio de la tremenda angustia por su accidente en Santa Clara, me dijo: ¡no estés triste! Sí debo y quiero decir que seguiré esforzándome para poder cumplir con ese pedido de un abuelo que no le gusta ver sufrir a un nieto. Yo escojo la alegría de sentirlo siempre conmigo, y aunque nunca supere mi pérdida, nuestra pérdida, sabré vivir feliz con sentimientos tan profundos por mi abuelo, por mi amigo, por mi maestro, por mi paradigma, por mi Comandante en Jefe, por el gran Fidel, a quien siempre tendré presente con inmenso y especial cariño.

Y la convicción de ser feliz guardando vivencias tan valiosas, la convicción de seguir cumpliendo con él, es lo que me permite llevarlo conmigo y en mí, feliz y vivo, todos los días.

Como uno más entre millones que nunca se soltarán de su mano, de quienes lo cuidaron y lo cuidarán siempre, de sus colaboradores, de sus amigos, de los que intentamos acercarnos a lo mejor de su ejemplo y que colectivamente decimos “Yo soy Fidel”, de los hombres de ciencia y de pensamiento que él formó, de los que lo aman de cerca y de lejos, como fruto de lo que él sembró y como uno más de la familia que tanto lo quiere, le envío nuevamente muchos besos, un fuerte abrazo, y mi más sincero y sentido homenaje a un año de su reciente travesía.

A un año del día escogido por él para volver a embarcarse a nuevas batallas, ¡Mi tiempo sigue siendo el tiempo de Fidel!

Santiago de Cuba, 24 de noviembre de 2017.

IMG_0673.JPG

Tomado de: razonesdecuba.cubadebate.cu

Por: Dr. C. Fidel Antonio Castro Smirnov

El Winnipeg, 78 años después

“Que la crítica borre toda mi poesía, si quiere, pero este poema del Winnipeg que hoy recuerdo, no podrá borrarlo nadie” (Pablo Neruda)

winnipeg.jpg

COMO SIEMPRE OCURRE, el tiempo se encarga de transformar en leyenda todo evento importante en el desarrollo histórico de una nación. De la leyenda al mito hay un par de pasos, y del mito a la fantasía anecdótica sólo un pequeño salto.

La epopeya del vapor Winnipeg no debe arrumbarse jamás en el arcón del olvido, aunque tampoco podemos permitir que comience a ser fraguada en las fuentes de las leyendas épicas, ya que se trató solamente de un trabajo bien hecho…muy bien hecho…solidario, valiente, oportuno, decidido y eficaz. Una labor con nombres y apellidos: Pedro y Pablo…Aguirre Cerda y Neruda, respectivamente.

Al comenzar el año 1939, Europa se debatía entre dos escenarios de ferocidad bélica sin igual. Por un lado, la Guerra Civil española que ya llegaba a su fin, y por otra parte, el régimen nazi de Adolf Hitler se preparaba para dar -el uno de septiembre de ese año- los primeros zarpazos al oriente de la frontera alemana desencadenando la Segunda Guerra Mundial.

En España, miles de personas huían hacia Francia desesperadamente, arrastrando hijos pequeños y esperanzas vanas, escabulléndose a como diese lugar de las tropas fascistas de Francisco Franco, triunfadoras en el sangriento conflicto y dueñas de un salvajismo sin límites aplicado contra los vencidos, a quienes juzgaban (cuando los juzgaban, ya que mayoritariamente no había juicios) en cosa de minutos para enviarlos directo al paredón o, en el mejor de los casos, a un calabozo en el que permanecerían el resto de sus vidas.

El mundo había sabido de algunos horribles entretelones de la guerra civil hispánica, conmoviéndose, entre tantos otros hechos, ante el vil e inútil asesinato del gran poeta granadino Federico García Lorca, amigo personal de nuestro vate inmortal, Pablo Neruda, el cual volvió a Europa en 1939, en calidad de Cónsul Especial para la Inmigración Española con sede en París, para organizar el legendario viaje que hoy recordamos luego de 70 años de su realización.

¿Por qué se interesó Neruda en regresar a España para poner sus esfuerzos en beneficio de algunos españoles prófugos de las hordas franquistas?

A comienzos de 1939, mientras Neruda está trabajando en Isla Negra, en el “Canto General”, recibe una carta de su amigo, el poeta español Rafael Alberti, quien le informa de los problemas que tienen los civiles partidarios de la República para escapar de la avanzada nacionalista. Neruda vislumbra la pronta caída de la capital española y pide ayuda al Presidente Pedro Aguirre Cerda.

El poeta es nombrado cónsul especial para la Inmigración y se funde en un duro trabajo de oficina en París, recortando fotos para pasaportes y recogiendo cientos de solicitudes de refugiados para poder ir a Chile.

Entre 1937 y 1939, la embajada chilena en Madrid acogió a una gran cantidad de refugiados. Cuando la capacidad del recinto no fue suficiente para los 700 asilados, las legaciones de Guatemala y El Salvador colaboraron.

Tras la victoria del bando liderado por Francisco Franco, y con las tropas nacionalistas en las calles de Madrid, 17 republicanos se refugiaron en la embajada chilena.

Carlos Morla Lynch, embajador y encargado de negocios, contactó al general Jordana, quien ejercía como ministro de RREE del gobierno franquista, para conseguirles salvoconductos de viaje. Pero la respuesta fue negativa y el nuevo gobierno español ordenó que los refugiados fueran entregados a las tropas fascistas, ante lo cual la embajada chilena se negó rotundamente, pero hubo de resistir una decena de ataques de los falangistas en busca de sus enemigos.

Chile recurrió entonces al tratado de Montevideo y todos los países sudamericanos apoyaron al Gobierno de Pedro Aguirre Cerda en esta lucha diplomática en defensa del derecho de asilo que asistía a los 17 republicanos refugiados en la embajada. Varios de ellos eran parte de la “Alianza Antifascista de Escritores”, y viajaron finalmente hacia el nuevo continente, América.

En ese grupo estaban los escritores Antonio Aparicio Herrero, Pablo de la Fuente y Antonio de Lezama, entre otros. Para pasar el tiempo en la embajada editaron un diario, ‘Cometa’, y una revista cultural llamada ‘Luna’, que era semanal, mecanografiada, con artículos a mano sobre poesía y artículos literarios. Llegaron a sacar 60 ejemplares por día. Analizaban la situación de España aunque estaba más enfocada a la literatura que a la política, para no comprometer a la embajada de Chile que les había proporcionado asilo.

Mientras, Neruda trabajaba afanosamente en procura de un navío, un carguero o una embarcación similar, que le permitiera salvar a dos mil españoles que se encontraban en un campamento de refugiados en Francia, país que, a objeto de ser sincero, no prestó mucha ayuda a los republicanos que ingresaron a sus fronteras solicitando un humanitario socorro pues veían amenazadas sus vidas (y las de sus familias) con el avance de las tropas franquistas.

Un año más tarde, la misma Francia sería fatal y cruelmente invadida por los ejércitos nazis de Hitler, socio del mismo Franco en la guerra civil hispánica, ya que había apoyado al general fascista enviando escuadrones aéreos de la “Luftwaffe” dirigida por Hermann Göring. Esos aparatos aéreos nazis fueron quienes realizaron el criminal bombardeo sobre la ciudad de Guernica.

Finalmente, Neruda logró arrendar el viejo carguero francés “Winnipeg” y comenzó la parte más difícil de su labor: seleccionar a los dos mil españoles que serían recibidos en Chile en calidad de refugiados. Obviamente, hubo más obreros y trabajadores que intelectuales a bordo del navío, y las historias personales de los socorridos por el poeta chileno podrían llenar las páginas de muchos libros.

Al morir el día 4 de agosto de 1939, el Winnipeg zarpa desde el puerto francés Trompeloup-Pauillac, cercano a Burdeos, con 2.365 personas a bordo, entre ellas iban los “300 niños de la guerra”, nombre que se les dio a los menores que viajaban junto a sus padres. La noche que el Winnipeg elevó anclas, Pablo Neruda escribió lo siguiente, recordado en sus Memorias:

“Mi poesía en su lucha había logrado encontrarles patria. Y me sentí orgulloso. Tuve la dicha de ofrecerles en mi patria el pan y el vino y la amistad de todos los chilenos. Que la crítica borre toda mi poesía, si quiere, pero este poema del Winnipeg que hoy recuerdo, no podrá borrarlo nadie”.

Al segundo día de viaje, frente al cabo Finisterre, nació a bordo de la nave salvadora la pequeña Agnes Winnipeg América Alonso Bollados, el primer bebé que llegó al mundo en medio de la tragedia de esos refugiados que venían en la cubierta y en las bodegas de la embarcación, convirtiéndose en símbolo de esperanza para quienes abordaron la nave obligados a dejar atrás a sus familias y su patria.

La travesía del Atlántico no estuvo exenta de tensiones, en especial para los tripulantes del navío, ya que decenas de submarinos alemanes acechaban a embarcaciones francesas e inglesas que surcaban esas aguas, pues el inicio de la Segunda Guerra Mundial estaba a escasas semanas de producirse y la posibilidad de terminar hundidos por un torpedo de un submarino nazi era una amenaza cierta. De hecho, con el Winnipeg navegando ya en aguas más tranquilas, el día 01 de septiembre Hitler ordenó a sus tropas la invasión a Polonia.

El día 3 de septiembre de 1939 el Winnipeg atraca en el puerto de Valparaíso. La tarea de Neruda llegaba a buen término. Al día siguiente desembarcan los españoles que fueron recibidos por las autoridades chilenas. Como una sentida forma de agradecer la generosidad de Chile, y en especial la del Presidente Pedro Aguirre Cerda, los inmigrantes cuelgan del barco un gran telón con el rostro del presidente pintado sobre él. El gesto era más importante aún, puesto que en Chile algunos sectores políticos (derechistas, para variar) se habían opuesto tenazmente a la tarea solidaria del gobierno de Aguirre Cerda, pero una vez arribado el navío a las costas chilenas esa oposición se fue difuminando, hasta desaparecer completamente al constatarse que los españoles del Winnipeg constituían un verdadero aporte intelectual y técnico para nuestro país.
La mayoría de los que desembarcaron del Winnipeg permaneció en Chile, integrándose plenamente a la sociedad criolla y colaborando de forma espléndida en el desarrollo de algunas artes y oficios.

El investigador chileno Julio Gálvez Barraza nos cuenta que: “médicos, ingenieros, químicos, electricistas, técnicos pesqueros, pescadores, obreros textiles, carpinteros, mecánicos, metalúrgicos, sastres, panaderos, mineros y de otras profesiones y oficios bajaron del barco con un equipaje compuesto de agradecimiento y esperanza en el futuro”.

La plástica chilena de nuestros días se ve encabezada por dos grandes pintores; Roser Bru y José Balmes, ambos pasajeros del Winnipeg y ambos, después, alumnos de tres grandes de la pintura chilena; Burchard, Camilo Mori y Perotti. Llegaron a Chile siendo casi unos niños. Roser Bru comenzó a estudiar acuarela y croquis como alumna libre en la Escuela de Bellas Artes. Fue una de las más destacadas integrantes del Taller 99, dirigido por Nemesio Antúnez y, desde hace mucho tiempo, su obra goza de un prestigio reconocido en los más importantes centros del arte contemporáneo.

José Balmes, el mismo mes de su llegada a Chile, con doce años, también ingresó en la Escuela Bellas Artes como alumno libre. El más chileno de los exiliados, según una propia definición, permaneció en ella hasta septiembre de 1973, cuando terminó como Decano. Sobre su acelerada “chilenización” el pintor, nacido en 1927, en Montesquiu, Cataluña, cuenta que estudió en el Liceo Barros Borgoño: “allí me chilenicé definitivamente, porque si no te chilenizabas en el Barros Borgoño, que era llamado la Universidad del Matadero, o los mal hablados le llamaban los matarifes, si no te chilenizas allí quiere decir que eres realmente estúpido”.

La excelente (y afamada) pintora Roser Bru, a los 16 años de edad había emprendido el viaje. “Los 16 años los cumplí en la frontera con Francia, de donde zarpó el barco. Yo venía con mi hermana. Nosotras dormíamos en las bodegas, en literas, y el día lo pasábamos en el segundo piso cuidando a los niños del barco, que se movía como una ballena. A Valparaíso llegamos de noche con esa luz maravillosa que parece colgada en los cerros del espléndido puerto. Bajamos, ahí nos vacunaron y tomamos un tren que iba pasando por diferentes pueblos, donde la gente nos lanzaba flores. Al llegar a la Estación Mapocho, nos llevaron al Centro Catalán, que quedaba en calle Moneda con Bandera, y ahí nos dieron una bienvenida con porotos y chorizos”.

Todos y cada uno de esos 2.365 españoles que arribaron a nuestro país un día 04 de septiembre de 1939, sin duda alguna, constituyeron un aporte magnífico para el desarrollo de esta hermosa república. Con el paso de los años, los ‘refugiados’ echaron raíces, tuvieron hijos entre el mar y la cordillera, se emocionaron con los colores de nuestro pabellón y amalgamaron cual crisol único las costumbres propias con las nuestras, engrandeciendo el currículo de esta tierra que, por bella y plácida, resulta envidiada en muchos lugares.

¿Y qué pasó finalmente con ese mítico barco? El Winnipeg, construido en 1918 para acarrear tropas en la Primera Guerra Mundial, luego de su viaje emblemático regresó a Francia a cumplir la misma labor para otras gentes y otras solidaridades, pero fue hundido en alta mar, en el océano Atlántico, por un torpedo de un submarino alemán. Aún no se sabe dónde están sus restos.

Por: Arturo Alejandro Muñoz
Twitter @aralmu

ASÍ NOS HICIMOS INVISIBLES

IMG_0492.JPG

Yo no fui un gran orador en el gobierno del Presidente Salvador Allende. Traté, eso sí, de marcar el espacio de mis amigos y compañeros de revuelta. Sí, nos tomamos el liceo, muchas veces nos tomamos el liceo, también dijimos que el socialismo era una forma de vida. Fidel Castro y sus extensos discursos nos llenaron la cabeza de frases y discursos que no dejaban dormir. Pinté con ayuda de mi hermano una muralla con el rostro del Ché en nuestra pieza, cuestión que a nuestros padres no le gustó mucho pero finalmente reconocieron nuestro derecho a pensar, en esa casa doña Silvia era demócrata cristiana y don Pablo masón y radical. Así crecimos pintando nuevamente el rostro del Ché, pero esta vez estaba acompañado de Fidel.

Habiendo pasado los años me pregunté, ¿por qué salíamos a marchar, por qué nos tomábamos el liceo? La única respuesta era saber que luchábamos por “un mundo mejor”. Como estudiantes no teníamos reivindicaciones propias, entonces nos tomábamos las reivindicaciones de los obreros, de los pobladores, de los campesinos, de los pueblos originarios. Salíamos de parranda a pocas cuadras de la casa y la mayoría estudiábamos a Carlos Marx y unos pocos a León Trotski o Mao.

Yo pertenezco a ese tropel de estudiantes que buscábamos apurar el proceso que encabezaba el Presidente Salvador Allende. Teníamos extensas reuniones de base. Éramos comunistas, éramos socialistas, éramos miristas, éramos también radicales. Cada uno defendía su bandera y su partido mientras la vida se definía como un futuro inacabable. Éramos felices. Sospecho que Allamand y sus huestes derechistas también eran felices. Él incluso se cambió de liceo para hacernos la collera, un niñito de liceo particular no se estilaba en la política estudiantil secundaria.

Eran tiempos de filas para comprar el pan, de debates en la micro, de risas en la fila, de expropiaciones, de Reforma Agraria. Detrás de aquella señora de chaqueta verde, esa que mira desconcertada, ahí, justo al lado del señor con gorro, ¡esa es mi tía Juana! Salió a comprar pan y no ha vuelto, si alguien reconoce a esa señora le solicito que le indique como salir de ese atolladero. Me llamó hace poco para preguntar si puedo ir a buscarla, pero yo estoy en Chile y no hay locomoción desde aquí, ahora está conversando con un policía para que le indique la salida… Me volvió a llamar para decirme que ya llega con el pan… Hay una cola muy larga, mijo, mejor espérame con pan amasado. Ella estaba exiliada, pero nosotros no supimos el drama que aquello significaba, la doña era antigua en este barrio pero un día se esfumó, se fue mientras nosotros tratábamos de terminar los estudios, mientras nos pasábamos papelitos con las tareas del periodo, mientras aún llorábamos y nos cambiábamos de nombre.
A los pocos meses o años se nos olvidó doña Juana, le preguntamos a la vecina Laura y al viejito del negocio, le preguntamos a los que eran de derecha en la población, le preguntamos a la hermana de un primo medio derechista, él nos habló nuevamente del exilio y nuevamente no entendimos. Mi hermano dijo que eran los que se iban al extranjero. Yo no le creí, me fui a la casa, revisé todos los cajones buscando alguna señal. Aquellos que continuamos en la tarea de hacer una revolución debimos protegernos las espaldas. Todos debimos cuidarnos, unos y otros nos sentamos en la misma mesa, en la misma calle donde acosaba el feroz persecutor. Por lo que sé, fueron muy pocos los que delataron alguna casa, alguna guarida, alguna información, pero me enamoré de una muchacha que tenía siempre la palabra correcta a la hora de bajar las manos.

Era martes, despertamos en una toma en Puente Alto. A lo lejos se escuchaban disparos. Todos estábamos rondando los veinte años. No había teléfono celular, por lo que optamos por cruzar el Río Maipo a pie, mojados hasta la cintura reímos de la salvada y nos tiramos al sol para secarnos. Nos abrazamos y decidimos enfilar cada uno a su casa.

Así comienza la guerra. Estudios interrumpidos, novias que bajaban la cara al vernos, las noticias llegaban de boca en boca. El General Prat nunca pensó en preparar una ofensiva contra nuestra resistencia, tampoco el Presidente Allende se suicidio. Era la clandestinidad, el caminar esperando una cara conocida, caminando con el temor de que desde un automóvil bajaran con metrallas. Fue larga la guerra. Aún recuerdo algunos de los nombres que usaba para sobrevivir. En una cajita de fósforos me llegó la noticia de que Esteban no aparecía, también que Roberto estaba prisionero en Cuatro Álamos, en Tres Álamos, en Ritoque, en Puchuncaví, en el Estadio Nacional, en los regimientos y cuarteles de Carabinero.

Estuvimos atentos a mensajes que se leían con un libro, descifrando línea por línea, palabra por palabras, letra por letra. A los pocos meses o años recordamos a doña Juana, estaba moribunda en Bélgica. No sabemos si la sepultamos en Chillán o en Madrid, ella siempre dijo que le gustaba viajar hasta Cartagena. Éramos fantasmas, éramos invisibles, éramos sujetos sospechosos, éramos de la Resistencia, éramos comunistas, éramos miristas y socialistas, éramos un puñado de cabezas duras. Nos reuníamos en las iglesias mientras las beatas rezaban y nos deseaban una parte del Espíritu Santo.

Donde estaba el muro con la imagen del Ché y Fidel hoy es una estación de Tren Metropolitano. A esta fecha no aparecen nuestros amigos que cayeron en manos del enemigo. Escribo esto porque mis hijos no me creen tanto riesgo. Escribo para sanarme de esa enfermedad que era el miedo, el terror y la esperanza. Me ilusiono con que alguna vez podamos encontrar a miles de amigos detenidos desaparecidos. Me ilusiono con poder traer los restos de doña Juana a Cartagena. Me ilusiono con una marcha multitudinaria de obreros en La Alameda.

Hace mucho tiempo que nadie me conoce como Alejandro. Me llamo Cristian. No soy rubio, estoy canoso, pero aún estoy atento del hombre ese que camina tras mis pasos. Esta vez no caigo en la encerrona. Lo que vino después de esta historia es para largo. Por lo pronto, debo reencontrarme con las palabras que nos robaron. Debo hacer el ejercicio de abrazar a mi vecino comunista, a mi pariente socialista y a un puñado de miristas que caminan observando de reojo al que viene tras sus pasos.

Aún nos queda mucho por hacer.

Tomado de: dilemas.cl

Por Cristian Cottet

FPMR Fútbol Club

IMG_0224.JPG

Esta semana llega a librerías Cambio de juego, historias desconocidas del fútbol chileno (Planeta), de Nicolás Vidal, una recopilación de crónicas que abordan la historia secreta del balompié chileno. Adelantamos un fragmento de su primer capítulo, dedicado al Frente Patriótico Manuel Rodríguez y su vínculo con el fútbol.

Era cerca de la medianoche: los últimos suspiros del 20 de octubre de 1984. A Fernando Larenas -jefe operativo del Frente Patriótico Manuel Rodríguez- le quedaba menos de una cuadra para llegar a la casa de seguridad que tenían en La Reina, pero le llamó la atención el movimiento inusitado en la vereda y el jardín. Recién había caído su encargado logístico: sólo podía ser la CNI. No se detuvo y partió a su hogar, en Gran Avenida. Al llegar se encontró con una situación parecida, pero esta vez lo vieron: un par de autos salieron disparados detrás suyo. Apoyó toda la fuerza de su pie derecho en el acelerador y no le importaron luces rojas, discos Pare o cualquier otra señal de tránsito. Ya no eran dos sino cinco los vehículos que lo perseguían. Con medio cuerpo fuera de la ventana los agentes apuntaban, cada uno con su pistola. Fernando sólo podía verlos a través de los espejos. Y escuchar el silbido de los balazos; o el estruendo del vidrio trasero reventándose y dejando el flanco abierto para que los tiros entraran con facilidad en esa portería salvajemente asediada.

El ex arquero del Orompello aguantó hasta Santa Rosa esquivando balazos y luces rojas. Pero se le atravesó un camión. Su Charade se chantó en el pavimento y los agentes aparecieron por todas partes. Estaba desarmado. Una misión imposible: atajaba solo frente a un equipo completo. Le dispararon a quemarropa con un fusil Galil, de fabricación israelí, a través de la ventana del conductor. Alcanzó a levantar el brazo izquierdo, desviando levemente el proyectil. Recibió el balazo en la cabeza. Los agentes quebraron las ventanas con sus culatas y lo arrastraron hacia la calle. Parte de su masa encefálica quedó en el pavimento. Entre todos patearon ese bulto para después dejarlo desangrándose, con la satisfacción que sólo entregan las misiones cumplidas, al menos para un asesino.

***

Ramiro se refugia en la oscuridad que da la sombra del árbol. Prefiere no exponerse. Un viento salado vuelve más fresco ese anochecer de verano. Baja la mirada hacia su reloj continuamente, preguntándose, tal vez, si es que ha ocurrido algo. Comienza a impacientarse. Se pone en puntillas y mira hacia los dos lados de la calle. Respira aliviado cuando ve que se acerca por Los Placeres el auto en que viene su hermano. Iván no está solo. Lo acompañan, como de costumbre, los dirigentes del equipo San Francisco.

Se dirigen a la cancha. Hace algunos años que no juega en el Orompello. Ahora reside en Santiago y dejó de llamarse Mauricio Hernández Norambuena. Vive oculto -en las sombras- y sólo sale a la luz para jugar el campeonato nocturno Osmán Pérez Freire, el más importante que se disputa en Valparaíso durante el verano. Vuelve al puerto sólo para vestirse de corto. El San Francisco armó un equipo cuyo único objetivo es la copa. Y para eso trajo a los hermanos Hernández.

Mauricio Hernández y Fernando Larenas fueron a probarse a Audax Italiano, en Santiago […] ¿Se habría transformado Mauricio en el Comandante Ramiro? ¿Habría sido el Loco el jefe operativo del Frente? Nunca lo sabremos porque ninguno de los dos decidió quedarse, a pesar de haber pasado la prueba futbolística.

En los camarines, Ramiro vuelve a ser Mauricio, el futbolista. Recuerda esos minutos previos a los partidos del Orompello, cuando se vestía con Fernando Larenas y su hermano Iván. Pero ahora juegan en otro equipo, y Fernando ya no está. No deja que la nostalgia lo saque de ese partido. Ya está acostumbrado a vivir con esa sensación de que en cualquier momento te pueden disparar en la cabeza, unida a la adrenalina que viene con la compañía del miedo. Pero de todas formas se estremece con las tres mil personas que abarrotan el estadio en esa final del campeonato contra el Econa. En el campo de juego, como tantas veces -junto a su hermano Iván- se olvida del Frente, de la tensión, el miedo y cualquier otra cosa que no sea el equipo rival. Ganan por tres a cero.
Reciben la copa ante un estadio lleno y dan la vuelta olímpica: el insustituible sabor de la gloria, tan lejana al anonimato. Después de celebrar, vuelve a esconderse donde el amigo que le da alojamiento.

Al día siguiente, ya de vuelta en Santiago, Sigue leyendo