Masacre de El Charco: el objetivo, aplastar la rebeldía indígena

La masacre del 7 de junio de 1998 en la comunidad de El Charco, municipio de Ayutla, Guerrero, no fue el único hecho violento en la región. En realidad, las comunidades na’saavi y me’phaa venían sufriendo una violencia sistemática generalizada que, si bien se remontaba a la época colonial, se había agudizado en las útimas décadas con la Guerra Sucia.

Con total impunidad, militares, empresarios y gobernantes habían hecho de la región una tierra de saqueo. Podían ir a tomar lo que quisieran. Constantemente recorrían las comunidades para asaltar mujeres, incluso niñas de 14 años, a quienes violaban y golpeaban antes de abandonar en los caminos terregosos. Tomaban también, casi por diversión y para amedrentar a los pueblos, las cosechas de maíz, las de jamaica y destruían trapiches y cañaverales de azúcar. Las esporádicas denuncias eran objeto de burlas. Y quien denunciaba podía terminar golpeado, asesinado o desaparecido. Cientos o acaso miles de víctimas no lograon contar su historia fuera de sus pueblos.

La organización “fue una necesidad”, señala Efrén Cortés Chávez, sobreviviente a la masacre de El Charco, a la tortura y al encierro en cárceles de máxima seguridad, acusado de rebelión y acopio de armas, entre otros delitos.

Al organizarse, las comundades impideron entonces el ingreso de militares y guardias blancas a sus territorios. Habían tomado la decisión de defenderse. “Si un pueblo no se puede defender no va a poder defender lo que construya. Por eso en esa zona aparece la experiencia del ERPI [Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente]”.

Explica que las comunidades decidían en asamblea: “Mujeres, ancianos, adultos, autoridades, diáconos, maestros, todos, sobre la necesidad del pueblo”. Presentaron denuncias y lograron hacerser escuchar en los medios de comunicación. También generaron la capacidad para impedir el ingreso de las Fuerzas Armadas al territorio. El gobierno dijo que las comunidades no querían que ingresara el Ejército ahí porque estaba la guerrilla.

“Sí existía, pero no era como de la época de la década de 1970, sobre el foquismo, la vanguardia, los intelectuales dirigiendo a los pobres indígenas. No. Era un movimiento que caminaba no adelante del pueblo, sino junto al pueblo. Ahí se rompe el aspecto de la vanguardia, pues el único que tiene la capacidad de ser vanguardia es el pueblo. Y todos los que tienen responsabilidad, conocimientos, en todos los casos, tienen que ir junto al pueblo, no adelante ni atrás del pueblo.”

La Masacre de El Charco interrumpió un proceso de emancipación de los pueblos indígenas que rodean los montes de Ayutla de los Libres. No lo derrotó porque las raíces estaban echadas y, además, pudo replicarse en otras regiones.

Pero a los sobrevientes, acusados de pertenecer al movimiento armado, les esperaban largas jornadas de tortura.

“Eso deja secuelas. La tortura tiene el objetivo de limitar la capacidad de tu conciencia. Fue tortura física y sicológica. Golpes, toques eléctricos en la zona genital… tardé mucho tiempo inflamado de los testículos, me quemaron. Eso no se olvida.”

Si bien no se olvida, sí se puede superar: “La única forma de sanar es no olvidarse de que la injusticia sigue y de que debemos de seguir luchando”.

Y señala: “Sigue el despojo de la minería. Siguen grupos ilegales atacando a las comunidades. Sigue el asesinato de luchadores sociales. Sigue el despojo de terrirorios por megaproyectos del gobierno y empresarios”.

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A 37 años de un suceso histórico. Las jornadas de Protesta Popular y la invisibilización de la Fuerza Pobladora

A partir de la segunda mitad de la década del 60 del siglo XX, comenzó un periodo de ampliación de la organización popular hasta un punto nunca antes visto en Chile. Va en aumento progresivo la organización autogestionaria ahora como poder popular constituyente, para integrarse y para cambiar la sociedad, aunque se trataba de un proceso en disputa intentado conducir desde arriba por los partidos políticos de masas.

La década del 60 vio surgir un nuevo fenómeno político, la Democracia Cristiana (DC) y su proyecto de Revolución en Libertad, la que además de orientarse por la doctrina social de la iglesia católica, se hacía eco de la norteamericana e imperialista Alianza para el Progreso, esto en el marco de la Guerra Fría. No muy diferente a la matriz populista latinoamericana, la DC, para conjurar la “amenaza” marxista apelaba al pueblo desde el liderazgo carismático, las políticas redistributivas y las reformas económicas, lo que inevitablemente desató el conflicto con la vieja oligarquía de raíz agraria. Ello agudizó las tensiones internas del partido entre un ala reformista y una conservadora generando hacia fuera el clásico zigzagueo ideológico de la DC. Pero tal ambigüedad también desencadenó procesos de fortalecimiento de la autonomía y espíritu autogestionario del movimiento antisistémico popular, abriendo espacio a nuevos actores y movimientos, los cuales llegaron a tomar distancia crítica de la DC y consolidar su propio ethos y reivindicaciones (Garcés, 2002). Así, el programa de Promoción Popular de la DC resultó ser una caja de pandora, que después no pudieron cerrar, no sin ayuda militar.

Por abajo, van convergiendo progresivamente obreros, campesinos, estudiantes y pobladores. Comienza una nueva transformación identitaria e ideologizante al darse una convivencia intensa entre pobladores/as y militantes partidarios de la llamada nueva izquierda 1/. Es el 68 chileno, expresión local de la revolución mundial de 1968. Con el arribo de la Unidad Popular, surgen los Cordones Industriales, los Comandos Comunales y diversos frentes de pobladores, estudiantes y campesinos (Gaudichaud, 2016).

En concordancia con la tónica política mundial de aquellos días, la expresión chilena de lo que llegaría a ser el 68 chileno quedó plasmada en la ampliación y diversificación de los movimientos antisistémicos, así, a las luchas clásicas de los obreros, que de 1.500 socios de sindicatos a principios de la década pasó en 1970 a más de 100 mil, se unieron las vigorosas movilizaciones estudiantiles, las de los grupos eclesiales de base, los movimientos feministas, y por supuesto, los movimientos de pobladoras/es, que agrupados en Comités de Sin Casa, comunal e intercomunalmente articulados, se expandieron ampliamente por la capital y regiones. Dado lo cual, es posible decir que el proceso autogestionario de ampliación galopante del poder popular constituyente precede, y en alguna medida funda, las condiciones de posibilidad del gobierno de la Unidad Popular.  Entonces, no sólo sería ésta la época de mayor movilización social, sino, además, la de “mayores transformaciones en las relaciones sociales de poder que organizaban la sociedad civil en Chile.” (Garcés, 2012: 117).

Al enfocarse, exclusivamente, en el campo de acción de las y los pobladores, se tienen los siguientes datos; sólo considerando Santiago, las y los pobladores pasaron de autogestar 4 tomas de terrenos en 1968, a 35 en 1969 y a 103 en 1970 (Garcés, 2002). Para el periodo 1969-71 Duque y Pastrana (1972) constataban en el Gran Santiago un total de 312 tomas de terrenos en las que habitaban 54.710 familias. Según muestra Garcés (2002), las movilizaciones se expandieron vigorosamente en regiones, siendo reconocibles por los registros de prensa al menos 1000 movilizaciones de pobladores entre el 70 y el 73, con una alta incidencia en la región del Bío Bío donde las tomas específicamente alcanzaron las 172. 

Desde esa perspectiva, el golpe de Estado del 73 habría sido no sólo el fin de la UP y la democracia, sino principalmente la forma de conjurar la revolución popular que se venía gestando en ese tiempo.

En el periodo 1973-1990 la tónica fue represión brutal, transformación urbana con erradicación de pobladores/as a la periferia, segregación espacial y abandono a su suerte de los sectores populares por parte del Estado dictatorial. En esos años las y los pobladores son el motor de las luchas contra la dictadura, pero son instrumentalizados por las vanguardias reformistas (Iglesias, 2011). Se da una radicalización de la violencia popular en respuesta a la represión. En el periodo 1983-89 gatillado por el ciclo de movilizaciones contra la dictadura militar que sumaron 22 Jornadas de Protestas Nacionales, los sectores movilizados fueron diversos: estudiantes, trabajadores, mujeres, profesionales de clase media, pero sobre todo, fueron las y los pobladores los que tuvieron una audaz acción protagónica, por la que pagaron un alto precio (Iglesias, 2011). En la población, las protestas no eran mero toque de cacerolas ni bocinazos como en barrios clase medieros, también barricadas, marchas, cortes de luz, paralización del transporte y sobre todo enfrentamientos con la policía y hasta el ejército.

Esta importancia de la fuerza pobladora en la lucha contra la dictadura, especialmente su protagonismo en las Jornadas de Protesta Nacional, ha sido ampliamente documentado, entre otros por Iglesias (2011), así como por Garcés (2012; 2019), quien afirma:

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Vuelve a Chile la “olla común”, símbolo de la pobreza en tiempos de Pinochet

Una vecina de la comuna de Puente Alto fue registrada estes martes al recibir cajas con comida, en la comuna de Puente Alto, en Santiago de Chile. EFE

La crisis económica derivada de la pandemia por coronavirus ha traído imágenes que no se veían en Chile desde los tiempos de la dictadura: miles de personas que viven en barrios con menos recursos comen cada día gracias a las “ollas comunes”, símbolos del hambre y la pobreza que acechan de nuevo al país.

En la periferia de Santiago, este tipo de asistencia se ha multiplicado durante las últimas semanas, a medida que más familias se han quedado sin ingresos tras el cierre de muchos comercios, obras de construcción y la ampliación de la cuarentena obligatoria.

En el imaginario popular chileno, el “recuerdo más inmediato” de las “ollas comunes” se remonta a la crisis que golpeó el país austral a partir de 1982, bajo la junta cívico-militar de Augusto Pinochet (1973-1990), explicó este martes a Efe el sociólogo de la Universidad de Chile Nicolás Angelcos.

Casi 40 años después, en Puente Alto, una de las comunas más pobres de la región Metropolitana, Susana Castillo, dirigente vecinal de la villa Marta Brunet, prepara junto con tres compañeras 250 raciones de arroz con pollo.

“Siempre van saliendo más familias, sobre todo ahora que nos extendieron la cuarentena. Hay cada vez más gente que se está quedando sin trabajo”, relató a Efe Castillo con un ojo puesto en tres grandes cacerolas hirviendo.

Este es uno de los 14 puntos que, con la ayuda de la municipalidad de Puente Alto, entregan comida a unos 5.000 vecinos.

Daniel Pezoa, coordinador de las organizaciones comunitarias de la comuna, destacó que la “olla común” siempre surge en episodios de “catástrofe” y que dan prioridad a las personas mayores y a las discapacitadas, para que no tengan que salir de casa, y a familias numerosas.

Puente Alto es la segunda localidad de Chile con mayor número de casos de coronavirus (1658), solo por detrás del centro de Santiago (1873), según datos del Ministerio de Salud del 10 de mayo.

La pandemia por COVID-19 elevó el desempleo en Chile hasta el 8,2 % en el primer trimestre de 2020, su mayor cifra en una década, y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe estima que la economía caerá un 4 % este año y que la pobreza podría aumentar hasta el 13,7 %.

“Es la muestra del fracaso o la ineficiencia de un modelo de protección oficial que todavía se resiste a políticas de bienestar de mayor y más largo alcance”.

“AL MENOS ME ASEGURA QUE TENDRÉ ALMUERZO”

A la hora de comer, una camioneta reparte las raciones a domicilio, adaptando el formato tradicional de la “olla común”, que solía juntar a los vecinos en un acontecimiento social, a lo que permite el confinamiento.

Guacolda Bueno, madre de cinco, lamentó el momento complicado que atraviesa su familia: “Nosotros vivíamos con el sueldo de mi pareja, que era comerciante, y ahora nos hemos quedado sin nada, no tiene dónde trabajar”.

“A mí la olla común me ha ayudado mucho, así al menos me asegura que voy a tener almuerzo”, dijo a Efe desde la puerta de su edificio, donde recibió siete porciones.

Unos bloques más al sur de la villa Marta Brunet, Álvaro Muñoz declaró que el pasado octubre perdió su trabajo de chófer por las protestas que sacudieron el país y que desde entonces no encuentra nada más.

“Ojalá pase la cuarentena para poder salir a buscar algo, porque así uno no puede estar”, aquejó.

“Por el terremoto de 2010 hicimos ollas durante una o dos semanas, pero ahora necesitamos mucha más organización. Y esto irá para largo”, auguró Alina Sandoval, coordinadora de la Asamblea de Organizaciones Sociales y Políticas de Provincia Cordillera, que suministra manutención a casi mil personas cada día.

En otras partes de la comuna de Puente Alto, los vecinos se organizaron para que la comida no dejara de entrar en casas donde “ni el Estado ha llegado”.

“Nos hemos convertido en cadenas solidarias, recibimos desde 1 quilo de patatas a 10 de tallarines. Solo el pueblo ayuda al pueblo”, agregó.

EMBLEMA DE AUTOGESTIÓN, SOLIDARIDAD Y DIGNIDAD

Aunque las “ollas comunes” aparecieron en Chile tras la crisis de 1929, fue durante los años 1980 cuando se crearon cientos organizaciones para “enfrentar colectivamente la pobreza”, afirmó el sociólogo Nicolás Angelcos.

El también investigador de la Universidad Andrés Bello resaltó que permitieron la “participación activa” de las mujeres fuera de su casa, facilitando la formación de dirigentes sociales, y la politización de muchas poblaciones que luego se erigieron como “espacios de resistencia contra la dictadura”.

“Es una iniciativa que está directamente relacionada con la autogestión, la solidaridad y la dignidad. Años después, con el estallido social empezaron a brotar de nuevo en algunos barrios periféricos, algunos de los cuales ya fueron emblemáticos durante la dictadura”, señaló Angelcos.

Para el investigador, la reaparición de las “ollas comunes” no solo son un indicador de la pobreza, sino que evidencian algo más profundo: “Es la muestra del fracaso o la ineficiencia de un modelo de protección oficial que todavía se resiste a políticas de bienestar de mayor y más largo alcance”.

Tomado de: eldiario.es

Por: Arnald Prat Barnadas

“Capuche”: el boletín creado por presos políticos de Concepción

«Capuche» es un boletín (o fanzine) creado por un grupo de presos políticos de Concepción, quienes se encuentran recluidos en la Cárcel El Manzano a raíz de la oleada represiva con que el Estado intenta contener las protestas que sacuden al país. El boletín hace un llamado a no bajar los brazos y seguir en la lucha, además se abordan temas como la detención, el juicio, la llegada a la cárcel y el ingreso a los módulos. También entrega consejos para quienes protestan y arriesgan caer en prisión, además de valiosa información para familiares y cercanos de quienes sufren la prisión. Un documento hecho a mano, con pasión y lleno de rebeldía que atraviesa los muros de las prisiones.

Tomado de: radiokurruf.org

Baltasar Garzón fustigó a Piñera en una carta abierta “Parece no entender que el pueblo no es enemigo sino víctima”

El exjuez estuvo en Chile para el Foro Latinoamericano de Derechos Humanos, celebrado entre el 23 y 25 de enero. Su mensaje contiene críticas al Poder Judicial y las fuerzas de seguridad, y elogios a los manifestantes por su “coraje y dignidad”.

Baltasar Garzón fue juez de la Audiencia Nacional en España.  
Imagen: NA

Chile en el corazón: Carta Abierta al Pueblo de Chile

Queridas chilenas y chilenos:

Escribo de nuevo y esta vez me dirijo al pueblo de Chile, tras la carta abierta para al presidente Piñera publicada el pasado 23 de octubre sobre la que, por cierto, no he recibido respuesta.

En esa misiva expresaba mi dolor y profunda preocupación por lo que estaba ocurriendo en Chile, país con el que me une un vínculo perenne y por el que siento un especial afecto. Me parecía entonces, y me sigue pareciendo ahora, que la respuesta del Gobierno al estallido social ha sido absolutamente desproporcionada, contra un pueblo que se manifiesta en la calle expresando que no soporta más tanta desigualdad, tanta injusticia, abusos y corrupción.

Dije en aquella misiva, además, y lo he dicho en otros foros, que el ejército no está preparado para controlar el orden público sino para hacer la guerra, para doblegar al enemigo o destruirlo y que cuando sale a la calle, las cosas solo empeoran. Pero con estupor he podido ver cómo Piñera ha intentado una y otra vez la intervención de los militares. Parece no entender que el pueblo no es el enemigo sino la víctima, y que al pueblo hay que protegerlo y no castigarlo con medidas de excepción.

Es paradójico que este estallido social haya tenido lugar en un país que – se decía – era un oasis en América Latina y que pretendía exhibirse ante el mundo como garante del medioambiente para liderar una respuesta global coordinada frente a la emergencia climática en la COP 25 de la que Chile tenía que haber sido anfitrión. No fue así porque Piñera y su gobierno no podían permitir que los mandatarios del resto del planeta vieran cómo el ejecutivo era incapaz de gestionar las demandas sociales, dando como única respuesta represión y más represión contra sus propios compatriotas, sin pudor alguno.

Seguramente sabrán que después de aquella carta he viajado a Santiago de Chile para participar en el Foro Latinoamericano de Derechos Humanos, celebrado entre los días 23 y 25 de enero. Me reuní con asociaciones de víctimas, organismos de derechos humanos y sociedad civil para conocer sus impresiones de lo acontecido desde el 18 de octubre. Les confieso que fue una jornada muy dura en lo personal y lo que he conocido ha aumentado mi grado de indignación. Una indignación que se me ha ido acumulando durante estos tres meses, pero que ya ha llegado a un nivel de estupor ante tanta crueldad, desidia e incompetencia.

Represión sin sentido

Durante mi breve estancia en Santiago, acudí a comprobar personalmente lo que la sociedad civil me había transmitido a través de cientos de mensajes llegados desde Chile, pero también desde muchos otros países y desde la propia comunidad chilena en España. Acudí a la Plaza de la Dignidad (ex Plaza Italia), donde fui testigo de cómo la fuerza pública no se está ejerciendo para controlar el orden público y garantizar el derecho de manifestación, sino para dañar, herir y lesionar a quienes ejercen su derecho a la libertad de expresión. Los componentes de Primera Línea, con los que tuve ocasión de hablar en el edificio histórico del Senado me habían expuesto su desesperación y miedo a la represión desplegada y sostenida por el Estado. En el acto reivindicativo, me prestaron un casco, me rodearon y me protegieron para que yo mismo no resultara lesionado, durante el tiempo en el que temerariamente, me empeñé en comprobar la realidad de lo que me habían denunciado.

Debo reconocer que no sabía lo que era el guanaco aplicado a una protesta hasta que vi volar por los aires a un chico con su bicicleta por el impacto del agua a presión; ni pensé que la carcasa del tubo de gases lacrimógenos produjera un impacto tal sobre el rostro hasta que lo comprobé en una de las jóvenes que me acompañaba; o que la grasa y el ácido de su composición, irritara tanto; ni que los balines que vacían ojos inocentes, eran mostrados como trofeos siniestros para no olvidar el dolor… Frente a ello, escudos de madera o plástico, la rabia contenida de la impotencia y la certeza de que había que estar allí, entre mujeres y hombres de todas las edades que mostraban su determinación de afrontar los riesgos contra su seguridad, con una fortaleza ejemplar. Evoqué allí en La Alameda a Pablo Milanés señalando los crímenes de la dictadura en su canción, “Yo pisaré las calles nuevamente de lo que fue Santiago ensangrentado…”.

Protestar en Chile bien te puede costar la vida o un ojo de la cara, como de hecho lamentablemente ha ocurrido y sigue ocurriendo. Pero me emociona pensar que a pesar de este alto precio, cientos y miles de personas salen a exigir garantías de un futuro mejor. El pueblo chileno es un ejemplo de coraje y dignidad para el mundo entero. La emoción al escribir estas frases se me hace presente de nuevo, como en la Alameda, al abrazarme y ser abrazado por cientos de ustedes. Tienen todo mi respeto y mi admiración.

Un manifestante reacciona contra un agente, en una de las jornadas de protesta. AFP.

No habrá impunidad

Reitero mi solidaridad con todas las víctimas, con las familias de los fallecidos y los desaparecidos, con las mujeres agredidas sexualmente, con los que han sido torturados, con los heridos, con quienes han perdido un ojo y, por supuesto, también con Gustavo Gatica y Fabiola Campillay a quienes han arrebatado la visión por completo. No caerán en el olvido. No habrá impunidad. Tienen mi palabra. Es mi compromiso.

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“¡El neoliberalismo nace y muere en Chile, compañeras!”

Arrancó el segundo Encuentro Plurinacional de las que Luchan en Chile, una instancia preparatoria para la huelga feminista del 8 de marzo. Qué se dijo en su apertura rumbo a los debates en talleres.

En las paredes de Chile se respira lucha. Las paredes de todo Santiago avisan que hay un pueblo que despertó y que exige al presidente Sebastián Piñera que renuncie. Es rabia que denuncia la violencia de los pacos y desde donde se gritan, también las violencias estructurales que atraviesan a las mujeres y disidencias. Un paredón negro exige “aborto libre” y por cada callejón aparecen los carteles que convocan a un Encuentro histórico.

Es el segundo al que llegan más de cinco mil activistas de todos los territorios en lucha. El Encuentro Plurinacional de las que Luchan está en constante diálogo con el estallido social que comenzó el 18 de octubre del año pasado y que no se acaba: contra la precarización de la vida, que llama a hacer memoria por las que ya no están y que mira hacia adelante por un futuro mejor. En ese contexto, las feministas y activistas se darán la discusión sobre el lugar que ocupa el movimiento en la lucha social y que se prepara al mismo tiempo para el 8M.

La apertura, que se realizó en la tarde del viernes, congregó a cientas de activistas territoriales en el aula magna de la Universidad de Chile (USaCh) que colmada, dio inicio al Encuentro de las que luchan. Se presentaron a las colectivas que participan de la organización y que harán el esfuerzo de articular durante tres días los debates y las reflexiones de las más de 5 mil activistas inscriptas.

Con ellas en el escenario, la Orquesta de Mujeres de Chile, visibilizó la tarea de las músicas, quienes en cada inicio de canción, lírica o canto popular invitaron a hacer memoria. Por las asesinadas en femicidios desde 2018, a las que resistieron en los territorios: Macarena Valdéz (Chile), Berta Cáceres (Honduras) y Marielle Franco (Brasil), entre otras. Femicidios que llamaron territoriales.

La apertura se realizó mientras de forma simultánea, en la Plaza Dignidad, les estudiantes resistían las balas, gases y el agua contaminada por químicos de los guanacos (camiones hidrantes). Intentando devolver al pueblo la fiesta de murga, movilizaciones y alegría que la provocación diaria de parte del mal gobierno de Sebastián Piñera no permite emerger de las calles en Santiago.

Los feminismos de los pueblos en lucha

“Aleeeerta, aleerta, alerta antirracista / América Latina será negra y feminista”. Mujeres negras, lesbianas, travestis, trans se paran y llaman a cantar desde un escenario y acompaña todo un auditorio colmado.

“Este es un llamado a encontrarnos en la lucha, desde la heterogeneidad y diversidad de los recorridos, desde las diferencias de los feminsmos para que podamos ponernos de acuerdo. Hoy nos encontramos ante la posibilidad cierta de ese cambio radical que soñamos y para eso, no nos vamos a soltar más. (…) Este es un gobierno que nos quiere endeudadas, mutiladas, asesinadas. Pero sólo nos quitaron el miedo”, dijeron en voz y cuerpo rebelde que anima el sentir de las otras.

“Somos millones en las calles”, afirmaron, y priorizaron uno de los objetivos, el “balance de nuestra experiencia en la medida de lo posible. Porque lo posible es imposible de soportar”, señalando que los culpables a lo que llamaron un “sobrevivir violento” son “empresarios, cúpulas de las iglesias y partidos de la precarización”. “Este momento político nos coloca ante mayores desafíos”, dijeron. “No estábamos equivocadas. Levantamos una huelga general feminista (8 de marzo de 2019) para  interrumpir la normalidad en todas sus formas. Porque a la normalidad neoliberal no volvemos nunca más” y gritaron en ovación: “¡El neoliberalismo nace y muere en Chile, compañeras!”.

“Empezamos a construir la vida que queremos vivir”, afirmaron. “Este es un momento constituyente, porque de pasar de estar sujetas, estamos construyendo nuestros anhelos hasta que la dignidad se haga costumbre”. Y agregaron “ante la opacidad de las imágenes que devuelve el poder, levantamos este Encuentro como la luz de la memoria. Nos llamamos a sobrevivir juntas. Porque nuestros bailes hacen temblar las estructuras”. “Somos esperanza para pueblos de otras latitudes. Por eso somos plurinacional”.

Es que uno de los ejes más importantes del Encuentro de las que Luchan es la conformación de un “comité internacionalista”, que propone intercambiar experiencias de territorios en lucha a partir de la participación en redes feministas. “No estamos solas. Son múltiples las trincheras en Chile y Wallmapu. Somos marea verde en Argentina y defensa en Kurdistán. La insistencia de la vida de las defensoras. Las que nos organizamos para que migrar sea aparecer, no desaparecer”. Y al respecto prometen debatir durante el segundo día en las aulas de la USaCh.

“La primera línea es un lugar de lucha. Somos quienes corren el cerco de lo posible”, caracterizaron, por eso “levantaremos nuestras primeras líneas contra el terrorismo de Estado como lo hicimos durante la dictadura”. Y desde un escenario compartido llamaron a fortalecer las propuestas: “elaboraremos juntas un plan de lucha, articuladas en un esfuerzo por cambiar la vida y todo. No se trata de sumamos a la administración de lo impuesto. Somos y seremos semillas de rebeldía”, finalizaron.

Tomado de: marcha.org.ar

Por: Carla Perelló @carirupe y Laura Salomé Canteros @laurasalome

Adiós al oasis chileno

Enfrentamiento entre manifestantes y la policía en Santiago de Chile el 22 de noviembre de 2019. Foto: AP / Luis Hidalgo

Cuando se escriba la historia de la inédita revuelta del año 2019 que cambió el destino de Chile, destacará, sin duda, una frase pronunciada por el presidente Sebastián Piñera el 8 de octubre en un programa de televisión en Santiago: “En medio de una América convulsionada, Chile… es un verdadero oasis”.

Aquellas palabras trasuntaban una ceguera ilimitada y una soberbia impenetrable, no sólo del primer mandatario, sino de toda una clase dirigente que no entendía lo que pasaba en el país real que incubaba en esos mismos momentos el estallido social que ningún miembro de la élite había anticipado.

En efecto, mientras Piñera peroraba televisamente, miles de estudiantes chilenos se saltaban con júbilo los torniquetes del Metro de Santiago, rehusándose a pagar un alza de 30 pesos que el gobierno había decretado recientemente, tan sólo dos días antes de que Piñera se ufanara de que Chile fuera tan diferente del díscolo continente latinoamericano.

En vez de entender la desesperación que se agitaba detrás de esta forma de protesta pacífica, los ministros de Piñera (entre los que había una caterva de enriquecidos vilmente durante la dictadura de Pinochet) hicieron oídos sordos y respondieron con una violencia cada vez más salvaje, lo que, en vez de amenguar los desórdenes atizaron el descontento del que se valieron elementos anarquistas y lumpen, amén de grupos aliados a narcotraficantes para desatar saqueos y vandalismo. El presidente declaró que se trataba de una guerra a muerte contra el pueblo, impuso un estado de emergencia y toque de queda, y ordenó a los militares salir a la calle. Desde el tiempo de Pinochet no se veían tanquetas y soldados patrullando las ciudades.

El pueblo chileno no se dejó amedrentar. En forma mayoritariamente pacífica, millones de hombres y mujeres y niños salieron a desafiar la represión, embarcándose en un octubre liberador que recordaba la gesta de otro octubre, el de 1988, cuando el pueblo chileno derrotó a la dictadura en un plebiscito que dio comienzo al lento retorno a la democracia. Aquella epopeya de 1988 había sido lidereada por los políticos de centro-izquierda que supieron crear las condiciones para que el país pudiera respirar en paz después de tantos años de tiranía.

Aquellos líderes lograron, durante las décadas que siguieron, algunos notables progresos: una disminución importante de la pobreza, una serie de juicios a los más escalofriantes violadores de los derechos humanos de la época de Pinochet, algunas mejorías en la salud y la educación, proyectos de infraestructura y transporte, modernizaciones del aparato estatal. Pero no pudieron terminar del todo con los enclaves autoritarios que habían heredado de la dictadura ni supieron cuestionar la extraordinaria desigualdad de un Chile donde un pequeño y ávido grupo se había apropiado de una inmensa y obscena tajada de la riqueza nacional. El desparpajo con que estos aristócratas y nuevos ricos ostentaban sus franquicias y la impunidad de que gozaban alimentaba la rabia de los chilenos ordinarios para quienes el alza de los 30 pesos era una carga significativa y, por cierto, una provocación en un país donde la corrupción de los privilegiados rara vez se sancionaba.

Y sobrevino, entonces, una insurrección generalizada que sobrepasó las estructuras partidarias y los políticos desprestigiados que no habían sabido dar una solución a los problemas profundos de Chile, un movimiento que ha sacudido los cimientos del desigual modelo político y económico que ha regido al país durante las últimas décadas.

Cartón de Rocha

Menos de tres meses después de que los jóvenes se rebelaron contra una cúpula que no los incluía ni escuchaba, Chile ha cambiado en forma trascendental. Todas las fuerzas políticas han acordado un itinerario para dotar al país de una nueva Constitución que reemplace la que impuso fraudulentamente Pinochet en 1980, si bien la derecha se ha opuesto exitosamente a la paridad de género y la presencia necesaria de sectores independientes y de pueblos originarios en la constituyente. Y se están implementando medidas que comienzan a enfrentar –aunque en forma exigua– las graves deficiencias en pensiones y salud, en parques y viviendas y educación, que aquejan a la población en forma mayoritaria.

Queda por ver si esas reformas se efectuarán o si, de nuevo, se han de frustrar las ansias de un país más bello y equitativo. Queda por ver si los policías que respondieron a las demandas ineludibles de los jóvenes con balines y torturas van a ser juzgados y castigados. Queda por ver si la derecha chilena, acostumbrada a menoscabar la democracia con impunidad, aceptará una contracción de su poder y sus granjerías o si pondrá cada vez más trabas al proceso que llevará a una nueva Constitución. Queda por ver si las exigencias de políticas sustentables para enfrentar la crisis climática, derechos de sindicalización de los trabajadores, control de las aguas urbanas y rurales (Chile es el único país en el mundo donde el agua se encuentra en manos privadas), serán postergadas otra vez más. Queda por ver si los políticos de centro-izquierda se darán cuenta de que no hay que temer la movilización del pueblo. Queda por ver si los sectores fascistas, nostálgicos de la mano dura de Pinochet, no aprovecharán el desorden y los saqueos, para revivir la quimera de una nueva tiranía. Queda por ver si los militares, contemplando un país dividido y cada vez más destrozado por el vandalismo criminal de unos pocos que aprovechan las protestas pacíficas de la mayoría, no decidirán que es hora de salir de los cuarteles. Queda por ver si los jóvenes chilenos que no tuvieron miedo a los golpes y las balas y las violaciones y los gases lacrimógenos tendrán espacio protagónico para respirar tranquilos, que se les permita sacar todo el potencial creador que tienen adentro. Queda por ver si las eternamente pospuestas demandas de mujeres maltratadas y de pueblos originarios tendrán el reconocimiento que se merecen.

Queda por ver, queda por ver.

Pero hay algunos que no verán más, casi 300 jóvenes que quedaron ciegos debido a los disparos de la policía, aquellos que quedaron sin ojos para que los aislados dueños de Chile pudieran abrir los ojos a la realidad de un país al que han tratado con ignorancia y menosprecio, al que han querido olvidar. Otro sacrificio en la larga lista de sacrificios que han padecido tantos, las penas y pérdidas que nunca faltan para que nazca una patria nueva.

Lo que es seguro es que, en este sumamente convulsionado 2019, Chile despertó. Se ha cuestionado a fondo el modelo neoliberal consumista vigente, reivindicando un nuevo modelo donde prima lo humano y no el lucro desmedido.

No somos, mal que le pese a Piñera y los suyos, un oasis en América Latina, sino parte de la historia perpetua de nuestro vasto y rebelde continente que lucha desde siglos por un mundo más justo y participativo.

Dependerá del pueblo chileno cómo se escribirá la próxima página de esa historia.

Tomado de: proceso.com.mx

Por: Ariel Dorfman

Este comentario se basa, en parte, en el folleto Chile: juventud rebelde, que acaba de sacar el Fondo de Cultura Económica, que también ha publicado Allegro, la última novela de Ariel Dorfman.

Las miradas rotas de las revueltas en Chile: “Sentí el impacto en el ojo, caí al suelo… salía mucha sangre”

Los perdigones disparados por la policía durante las protestas han dejado completamente ciegas a dos personas y otras 17 han perdido la visión de un ojo. EL PAÍS habla con cinco de ellas

Monumento en la Plaza Italia, en Santiago de Chile. FRANCISCO UBILLA



Miradas rotas como las de estas dos personas se han convertido en el lamentable símbolo de las revueltas sociales en Chile que explotaron hace ya dos meses. Desde el 18 de octubre, cuando arrancaron las protestas por la desigualdad en el acceso a servicios básicos como la sanidad o la educación, se han registrado 359 civiles con heridas oculares, según el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH). Dos personas han quedado completamente ciegas y 17 han perdido la visión total en alguno de sus ojos. La Sociedad Chilena de Oftalmología y el Colegio Médico calificaron desde el inicio esta situación como “una emergencia de salud visual nunca antes vista en el país” y pidieron suspender la utilización de perdigones. Las autoridades informaban de que los balines estaban compuestos de goma, pero un estudio de la Universidad de Chile determinó que solo contenían un 20% de caucho. El 19 de noviembre la policía suspendió el uso de perdigones a la espera de nuevos análisis en su composición, cuyos resultados todavía no se conocen públicamente.

Un policía disparó directamente al rostro a Ronald Barrales. Estaba a menos de 10 metros. Según su relato, el perdigón llegó desde el asiento del acompañante de un vehículo de los carabineros hace unas semanas, en uno de los días más tensos de las protestas contra las políticas del Gobierno en Chile. “Sentí el impacto en el rostro, caí al suelo, me levanté y observé que caía sangre del ojo, mucha sangre”, relata. Herido también en el tórax y en el abdomen, Barrales se ha sometido a tres operaciones en el ojo izquierdo, del que perdió completamente la visión y para siempre. “El precio que he tenido que pagar es muy alto, pero al menos Chile ha despertado”, se consuela Maite Castillo, de 23 años, que también ha perdido la visión del ojo derecho. 

Mientras, el Gobierno de Sebastián Piñera intenta reconducir la situación e impulsa un proceso para cambiar la Constitución actual que, según los manifestantes, contribuye a consolidar las desigualdades en el país y, aunque ha sufrido modificaciones durante estos años, ha sido heredada del régimen de Augusto Pinochet.

Pero el cambio político no devolverá la vista a los chilenos que recibieron uno de esos controvertidos perdigones. EL PAÍS ha recogido los testimonios de cinco de estas víctimas: 

Maite Castillo. F. U.

Maite Castillo, 23 años

Desde su época de estudiante asistía a marchas en demanda por derechos sociales, pero la tarde del 20 de octubre pasado no participaba en ninguna protesta: pasaba en moto junto a su novio por la Gran Avenida —una importante vía de su comuna—, donde se producía el saqueo de un supermercado. No se podía transitar, porque los vehículos iban y venían en todas las direcciones. “Nos estacionamos al frente, en una gasolinera y nos quedamos mirando. Me bajé de la moto, me saqué el casco y observé que venían dos carabineros. Como portaban escopetas, los insulté. Hicimos contacto visual, se me quedó mirando, cargó su arma y me disparó de frente”. 

El perdigón le dio de lleno en la órbita del ojo derecho: “Perdí la visión, no veo absolutamente nada por ese ojo”, señala. Desde entonces, la han operado dos veces, la última vez el viernes, a causa de una hemorragia que no sanaba. Mientras, pasa los días en su casa guardando reposo: “Esta será una Navidad distinta. Triste por lo que me ocurrió, sin duda, pero la gente en este país por primera vez no está centrada en el consumo, sino en otros asuntos fundamentales, con mayor empatía hacia el resto”. El año pasado, Castillo se sacó el título de asistente dental y en 2020 quería comenzar sus estudios de odontología. “Pero he pasado de ser una persona sana a depender de los demás”, relata esta chilena que vive con su padre en el municipio de El Bosque, en la zona sur de la capital, Santiago de Chile.

Ronald Barrales. F. U.

Ronald Barrales, 36 años

Padre de una niña de ocho años y de un muchacho de 17, este trabajador autónomo dedicado a la fabricación de productos de limpieza participó de las protestas de Plaza Italia, la zona cero de las movilizaciones en Santiago de Chile, desde el comienzo del estallido social del 18 de octubre. Cuenta que lo hacía siempre pacíficamente, acompañado de familiares, “para manifestar el descontento por la forma en que los políticos han manejado el país en las últimas décadas”. Apunta, por ejemplo, a los problemas en la educación: por falta de dinero tuvo que dejar la carrera de ingeniería y su primogénito en 2020 cursará su último año en el Instituto Nacional, el emblemático liceo público de excelencia de Chile que las autoridades de distinto signo político han dejado morir.

El 11 de noviembre pasado, Barrales salió a protestar como de costumbre, cuando se quedó sin compañía en medio de una especie de encerrona de carabineros, sin poder correr ni escapar. A poca distancia, de lleno en el ojo izquierdo, le impactó un objeto: “Me di media vuelta y lo único que pude hacer fue correr al hospital de campaña de la Cruz Roja, sin permitir que nadie me ayudara”, relata en su casa del municipio de Quinta Normal, en la zona centro-norte de la capital, donde vive con su madre. En una de las operaciones le extrajeron “un perdigón que no era de goma y que se alojó en el fondo del globo ocular, lo que habla de la potencia del impacto”. Sin poder trabajar y afectado anímicamente, intenta lentamente aprender a vivir con su nueva condición física. Pese a todo, sin embargo, no se arrepiente de haber participado de la protesta: “Estaba simplemente alzando la voz por los derechos de mis hijos y del resto de las personas”. 

Carlos Puebla. F. U.

Carlos Puebla, 47 años

Después de salir de su trabajo, decidió pasarse por las protestas de Plaza Italia. No milita en ninguna organización ni partido y era la primera vez que asistía a las manifestaciones. Dice que era una concentración pacífica, donde había niños y ancianos, pero que pronto comenzaron los enfrentamientos con la policía, “que comenzó a atacar desmedidamente y sin respetar nada”. Fue cuando un carabinero, según relata, le disparó con la escopeta antidisturbios a unos 15 metros de distancia apuntando a su rostro. “Sentí algo helado en el cuerpo, traté de correr, caí al suelo y me trasladaron a la Cruz Roja”, recuerda el hombre. Recibió un perdigón en el muslo, otro en la cabeza y un tercero en el ojo derecho, cuya visión perdió por completo, según le informaron 48 horas después.

Carlos Puebla es el hijo menor de una mujer que tuvo que hacerse cargo sola de sus cinco niños. Por falta de dinero, no pudo terminar sus estudios escolares. Puebla tiene tres hijos —de 25, 14 y 13 años— y, hasta el 24 de octubre pasado, trabajaba como obrero de la construcción a cambio del salario mínimo (unos 360 euros mensuales). Pero el día que acudió a la protesta marcará la vida de Puebla, que vive en Renca, un municipio del norte de Santiago de Chile. “Los sueldos son bajos y no alcanzan, la salud y la educación son precarias, las pensiones son una vergüenza”.

Ahora espera que le pongan una prótesis. “La vida nunca será la misma, pero tengo dos hijos pequeños todavía que me necesitan. Debo seguir adelante”, reflexiona. Sabe que probablemente no podrá continuar con el mismo oficio y, aquejado de fuertes dolores de cabeza y mareos, muchas veces lo invade la tristeza: “De repente entro en depresión”. 

Eliacer Flores. F. U.

Eliacer Flores, 30 años

Cuando se había declarado la segunda jornada de toque de queda en Santiago, el 20 de octubre pasado, decidió que saldría de su casa en Quinta Normal, en la zona centro-norte capital chilena, para protestar por el estado de emergencia. Padre de dos niños de 13 años y 10 meses, se dirigió después de comer a la Plaza Italia, donde se encontró con un enfrentamiento entre manifestantes y la policía. Eliacer se unió al bando de los civiles, mientras se protegía con una plancha de metal: “Pero me asomé a mirar y me llegó el perdigón en el ojo derecho”, relata.

“Sentí el mayor dolor físico que he sentido en mi vida, un frío intenso en todo el cuerpo, un pitido en los oídos y ganas de desmayarme. Horrible. Pero la adrenalina y el miedo a que los carabineros me agarraran, me hizo correr y pedir ayuda”, señala Flores.

Lo han sometido a dos operaciones, pero perdió por completo la visión de un ojo. Probablemente deberá usar una prótesis. Intentó volver al trabajo, pero su estado físico se lo impidió y los médicos extendieron una nueva baja. En estos dos meses ha pasado por distintos estados anímicos: “Ira, miedo, tristeza, rabia. Este país necesita una reestructuración completa del sistema, partiendo de la política corrupta, la salud, la educación y las pensiones que permitan un futuro digno para nuestros viejos”, indica Flores. “En honor a los muertos, los heridos y los violentados debemos seguir luchando. Lo que hemos perdido y lo que hemos dado no puede quedar en nada”. 

Natalia Aravena. F. U

Natalia Aravena, 25 años

Cuando intenta beber agua, no logra calcular correctamente la profundidad y el líquido se desparrama fuera del vaso. Si el terreno por el que camina no es completamente liso y plano, corre el riesgo de tropezarse. Esta enfermera de 25 años, que apenas llegaba a un año de vida laboral, intenta con los días acostumbrarse a su nueva condición física: el 28 de octubre pasado, una bomba lacrimógena le impactó en el ojo derecho y perdió tanto la vista como el globo ocular. Ese lunes iba a reunirse con un amigo frente al palacio de Gobierno, La Moneda, donde se había convocado una concentración. Relata que sucedió todo muy rápido: apenas llevaba algunos minutos en la calle cuando la policía comenzó a dispersar a los manifestantes, antes incluso de que comenzara la manifestación. Estaba sola y vio un vehículo policial y a los agentes a pocos metros. “Me di la vuelta y me impactó la bomba lacrimógena en el ojo”, relata en su casa de Peñalolén, en el este de Santiago de Chile, donde vive con sus padres.

“Se me durmió la mitad derecha de la cara, por fortuna, porque no sentí dolor. Desde la frente al labio superior. El impacto no me hizo perder la conciencia, tampoco me destrozó el resto de la cara ni me tiró al suelo, pero quedé aturdida”. Ha sido sometida a dos intervenciones quirúrgicas y no ha podido volver al trabajo. La joven chilena opina que “el Gobierno tiene mucho miedo de perder el poder” y critica las declaraciones del presidente, Sebastián Piñera, que señaló al comienzo de la revuelta que Chile estaba “en guerra” contra un enemigo poderoso: “¿El enemigo poderoso soy yo, que me mutilaron, que soy enfermera, que soy una persona común y corriente, sin armas?”, se pregunta. “Quieren hacer creer que queremos desestabilizar el país, pero Chile está desestabilizado hace mucho tiempo por la inmensa desigualdad que no quieren ver”.

Tomado de: elpais.com

Por: Rocío Montes

‘El derecho de vivir en paz’, de Víctor Jara, retumba en Chile

Las protestas continúan en Santiago y otras regiones de Chile. Foto Ap

Como parte de las manifestaciones en Chile, un grupo de músicos y músicas de ese país realizaron una versión especial de la canción ‘El derecho de vivir en paz’, del cantautor Víctor Jara, quien fue asesinado el 16 de septiembre de 1973, en el Estadio Nacional de ese país, cinco días después de que iniciara la dictadura militar de Augusto Pinochet.

En esta colaboración, participan importantes cantantes chilenos, como Francisca Valenzuela, Camila Moreno, Moral Distraída, Fernando Milagros, Mon Laferte, Denisse Malebrán, Benjamín Walker, Fernando Milagros, Pedropiedra, C-Funk, Kanela (Noche de Brujas), Pollo (Santaferia), Lalo Ibeas (Chancho en Piedra), Consuelo Schuster y Augusto Schuster, entre otros.

Para retratar la actual lucha, los artistas que participaron en este proyecto también recuperaron las palabras de Víctor Jara: “(…) la nueva canción chilena fue una canción que surgió de la necesidad total del movimiento social en Chile. Violeta nos marcó el camino y por ahí seguimos (…)”.

Además, dijeron: “Nosotros como artistas repudiamos las acciones del gobierno al militarizar las calles, asesinar y torturar a nuestro pueblo, elevamos este canto como un genuino intento para generar cambios profundos y estructurales en nuestra sociedad”.

Chile vive desde hace dos semanas diferentes movilizaciones sociales, en la que su población ha reclamado acabar con el modelo de exclusión que ha llevado acabo el gobierno de Sebastián Piñera. La reacción de las autoridades fue la de reprimir a la población.

El pueblo unido…

Paralelamente, una orquesta chilena realizó en Santiago, un concierto interpretando la consigna “El pueblo unido, jamas será vencido” . 

La canción fue escrita en 1973, meses antes del golpe de Estado que puso en el poder a Augusto Pinochet, el 11 de septiembre. 

Este domingo, la chilena Ana Tijoux publicó el video del sencillo “Cacerolazo”, para unirse a las protestas que cunden por todo el país:

Tomado de: jornada.com.mx

Chile, nuevo cine de resistencia: “Hoy la opresión trasciende la resignación y genera resistencia”

Película chilena, temática universal: la inmigración y sus consecuencias inhumanas. Perro Bomba, que acaba de estrenarse en Suiza en el Festival Filmar en América Latina crea una pasarela entre la particular realidad latinoamericana y ese drama planetario.

Además, desnuda ciertos malestares sociales que habitan en la sociedad chilena y que están a la base misma de la explosión social que sacude a ese país sudamericano. La película se estrenó pocos días antes del estallido social de inicios de octubre del año en curso. “Sin embargo, un elemento central de nuestro film ilustra un aspecto esencial de las movilizaciones: hoy en mi país, la opresión no se queda en tristeza, sino que produce energías creativas y reacciones comprensibles”, afirma Juan Cáceres.

Joven guionista y realizador de Perro Bomba, Cáceres llegó a Ginebra para participar en Filmar en América Latina luego del tránsito exitoso de su película por los festivales de Guadalajara, Málaga, Miami y el de Cine Latinoamericano de Sídney, Australia.

La película “es autogestionada, colectiva y popular. Apostamos a un cine social, desde la periferia, elaborada con una metodología participativa”. Recién cuando estaba terminada, algunas entidades estatales decidieron apoyarla, explica Cáceres.

La marginada inmigración haitiana

Perro Bomba, su primer largometraje, enfoca la existencia de Steevens – protagonizado por el joven afro-haitiano Steevens Benjamin-, inmigrante caribeño residente en Chile. Su relativa tranquilidad existencial se ve sacudida por la llegada de uno de sus grandes amigos de la infancia.

Ambos padecerán los abusos e insultos racistas del jefe de la empresa donde trabajan, lo que provoca el estallido del protagonista creándole un conflicto personal de manifestaciones múltiples. Con el patrón; con las autoridades migratorias chilenas; con sus sentimientos amorosos; y con su propia comunidad haitiana residente en ese país, que no acepta la faceta resistente del joven que contrasta con la pasiva resignación colectiva.

Dicha inmigración creció significativamente en los últimos años, en particular a partir del 2010 cuando se produjo el devastador terremoto en el país caribeño. Sólo en el 2017, más de 100 mil haitianos llegaron a Chile. Con sus casi 200 mil miembros constituye, junto con la colombiana y la dominicana, la denominada “comunidad emergente” debido al rápido crecimiento. Entre todas es la más particular, por la fuerte presencia negra y por el idioma criollo-francés que hablan sus integrantes.

Perro Bomba, chivo expiatorio en el lunfardo carcelario chileno- es una ficción con base documental nutrido por la excelente fotografía de Valeria Fuentes. Ese fundamento documental “nos ayudó mucho a realizar el filme dado el bajísimo presupuesto y los escasos recursos con que contaba el proyecto”, explica el realizador.

En cuanto a la idea que la motivó, “fue la llegada, en particular a partir del 2016 de muchos haitianos a Chile que históricamente registraba inmigración europea o de países vecinos, pero no caribeña. Dado la diferencia de idioma y de color comenzó a incomodar a ciertos sectores de la sociedad chilena”.

El fracaso del “paraíso” chileno

Durante el proceso de elaboración del film, no faltaron voces que nos criticaron por el contenido “muy politizado” del mismo, explica Juan Cáceres.

Sin embargo, el clima de movilización que empezó a imponerse en las calles a partir de inicios octubre y que explotó con el denominado “Santiagazo” de los 18 y 19 de octubre, prueba que “lo que nosotros contamos en nuestra película expresa, sin exageración alguna, una faceta particular de la profunda desigualdad que golpea a toda la sociedad chilena”, reflexiona.

Cuando comenzó dicha movilización “nadie esperaba ni pudo prever la dimensión de la misma”, sin embargo, subraya, “el cine independiente, callejero, popular, viene desde tiempo denunciando las injusticias que atraviesan a la sociedad chilena. Para nosotros el cine no solo es una herramienta de diversión sino un medio de cuestionamiento e integración social”.

Se quería vender, agrega Cáceres, a Chile como el país exitoso de los grandes logros macro en lo económico, de la tranquilidad y el orden. Presentándolo como el modelo idílico, diseñado en la época de la dictadura y que fuera envidiado por sus vecinos que trataban de imitarlo.

Y de pronto tomó la palabra el otro Chile, el que está harto de tanta desigualdad social. “Cuestionando a fondo ese mismo modelo que se nos vendía, autoconvocándose, desde los barrios, desde las bases, organizándose territorialmente, con mucha influencia del feminismo cuestionador de este modelo patriarcal del gobierno”, explica el director de Perro Bomba.

Y, en paralelo, pensando y promoviendo otra forma de hacer la política, “que si bien no es nueva había sido abandonada y que marca el fin del Chile idílico que imperaba hasta ahora”.

No fue fácil, subraya Cáceres, salir de Chile y venir a Suiza ahora, en este momento tan especial. Sin embargo, “decidimos hacer el viaje para convertirnos en voceros de la movilización, para contar lo que realmente está viviendo mi país y mi gente”. Y en ese sentido, nuestro agradecimiento ilimitado a Filmar en América Latina y la gente suiza “por permitir que haya un espacio para ese otro tipo de cine, el periférico, que pueda expresar sus verdades sin censuras. Permitiéndonos hablar de frente, en un festival donde lo político está muy presente dado que se alimenta con la producción cinematográfica emanada de las propias realidades latinoamericanas en ebullición”.

Reforzar la trinchera cultural

Dejó Ginebra luego de su corta visita en la segunda semana de noviembre. Y regresa a un país que continúa movilizado y a la espera de soluciones estructurales, como él mismo lo define. Si bien reconoce avances importantes como el proceso en marcha para elaborar una nueva Constitución en el 2020.

“Retorno rápido para seguir acercando la película a la cotidianeidad de la movilización social”, insiste. Será presentada en reuniones barriales, en cabildos, en espacios diversos, abriendo luego el debate.

En esta etapa, la gente dialoga, cuestiona, pregunta, discute, explica el joven realizador. “En sintonía con nuestra propia preocupación por encontrar nuevas formas de difundir Perro Bomba. Con la premisa de llevar el cine a las calles, sacándolo del marco protocolar de las salas comerciales”, concluye.

Tomado de: surysur.net

Por: Sergio Ferrari