“El palero” de Patricio Santander – Documental chileno sobre Pisagua gana el Festival de Cine de Derechos Humanos de Nepal

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La cinta nacional ganadora del festival trata sobre la desaparición del abogado del CDE, Julio Cabezas, que investigaba a un juez de Iquique por narcotráfico en 1973. Tras el Golpe Militar, el magistrado asumió como fiscal militar, mandó a detener al letrado y lo fusiló junto a otros prisioneros en el campo de concentración nortino. Su hijo Patricio lo halló en 1990. “Ya pasaron 27 años del hallazgo de la fosa en Pisagua y 44 años del golpe de estado y más allá de nuestros defectos, los chilenos sabemos que por medio de conocer con mayor lucidez la verdad de lo ocurrido, nos ayuda a seguir avanzando a una democracia mejor”, señala el director del filme.

La quinta versión del Human Rights International Film Festival 2017 de Nepal, ya tiene ganador. Se trata del chileno Patricio Santander, realizador del documental “El palero”.

“Estoy muy agradecido con el gobierno regional por permitirme el viaje, con cada uno del equipo de filmación”, señaló Santander a Cultura + Ciudad tras la premiación.

“La gente en Nepal conectó con el tema de los desaparecidos, porque ellos viviendo algo parecido, les llegó muy fuerte, a pesar de los años que han pasado tras el golpe militar”, añadió. Nepal, que hasta 1990 tuvo una monarquía absoluta, vivió una cruenta guerra civil entre 1996 y 2006.

“La historia de Patricio les da la esperanza de que van a encontrar también a sus seres queridos. El documental además permitió conocernos, nuestro norte, los lugares, sentir cómo corre el aire, todo”.

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Trágica historia

“El palero” se centra en la figura de Patricio Cabezas. El título alude a aquellos hombres que, en el caso particular de Pisagua, se dedicaron a buscar, a punta de pala y chuzo, los cuerpos de las víctimas del terrorismo de Estado tras el golpe militar. A veces eran familiares de las víctimas, como Patricio. Otras veces no.

El documental recoge la historia de la búsqueda que Patricio Cabezas, un hombre de más de 50 años, hace de su padre.

En 1973, este empleado de un edificio en Viña del Mar, entonces un adolescente, vivía junto a su madre y sus hermanas en Iquique. Su padre era Julio Cabezas, un abogado sin militancia política que trabajaba como procurador para el Consejo de Defensa del Estado. Investigaba, en plena Unidad Popular, el tráfico de cocaína desde Bolivia a Chile, un delito en el que estaba involucrado un juez de Iquique, Mario Acuña. Por el hecho, ambos abogados tuvieron varios roces: en una ocasión, Acuña prohibió el ingreso a las dependencias del tribunal a uno de los secretarios de Cabezas.

Todo cambió el 11 de septiembre de ese año. Acuña comenzó a actuar como fiscal militar y mandó a detener a varias personas, entre otros al procurador. El procurador supo de la orden de arresto por la radio. Como tantos otros, Cabezas se entregó, confiado en que nada le sucedería. Como tantos otros, se equivocó. Junto a otros compatriotas, fue trasladado por militares del Ejército de Chile al campo de concentración de Pisagua. Tras un ficticio Consejo de Guerra, el 11 de octubre, junto a otros compatriotas, fue fusilado. Tenía 45 años.

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“El palero” se centra en la figura de Patricio Cabezas. El título alude a aquellos hombres que, en el caso particular de Pisagua, se dedicaron a buscar, a punta de pala y chuzo, los cuerpos de las víctimas del terrorismo de Estado tras el golpe militar. A veces eran familiares de las víctimas, como Patricio. Otras veces no.

En el caso de Iquique, tras el 11 de septiembre los militares detuvieron a personas sin militancia política como Cabezas, pero también a dirigentes emblemáticos, como el socialista Freddy Taberna, aún desaparecido.

Los hombres que murieron fusilados junto al procurador Cabezas dan una idea del perfil de las víctimas: José Córdova Croxatto tenía 35 años, era del MAPU y se desempeñaba como administrador de la Empresa Portuaria de Chile (EMPORCHI), y Humberto Lizardi Flores, de 26 años, era mirista y profesor de inglés. Mario Morris Barrios tenía 27 años y era funcionario del Departamento de Investigaciones Aduaneras, sin militancia política. Al igual que Cabezas, también investigaba a Acuña. Finalmente, el comunista Juan Valencia Hinojosa, de 51 años, se desempeñaba como Jefe Provincial de la Empresa de Comercio Agrícola (ECA).

El cineasta Patricio Santander decidió centrarse en la figura de Cabezas hijo porque participó en la búsqueda de la famosa fosa de Pisagua desde un comienzo, sin saber que allí encontraría a su padre.

Tomado de: el mostrador.cl

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FPMR Fútbol Club

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Esta semana llega a librerías Cambio de juego, historias desconocidas del fútbol chileno (Planeta), de Nicolás Vidal, una recopilación de crónicas que abordan la historia secreta del balompié chileno. Adelantamos un fragmento de su primer capítulo, dedicado al Frente Patriótico Manuel Rodríguez y su vínculo con el fútbol.

Era cerca de la medianoche: los últimos suspiros del 20 de octubre de 1984. A Fernando Larenas -jefe operativo del Frente Patriótico Manuel Rodríguez- le quedaba menos de una cuadra para llegar a la casa de seguridad que tenían en La Reina, pero le llamó la atención el movimiento inusitado en la vereda y el jardín. Recién había caído su encargado logístico: sólo podía ser la CNI. No se detuvo y partió a su hogar, en Gran Avenida. Al llegar se encontró con una situación parecida, pero esta vez lo vieron: un par de autos salieron disparados detrás suyo. Apoyó toda la fuerza de su pie derecho en el acelerador y no le importaron luces rojas, discos Pare o cualquier otra señal de tránsito. Ya no eran dos sino cinco los vehículos que lo perseguían. Con medio cuerpo fuera de la ventana los agentes apuntaban, cada uno con su pistola. Fernando sólo podía verlos a través de los espejos. Y escuchar el silbido de los balazos; o el estruendo del vidrio trasero reventándose y dejando el flanco abierto para que los tiros entraran con facilidad en esa portería salvajemente asediada.

El ex arquero del Orompello aguantó hasta Santa Rosa esquivando balazos y luces rojas. Pero se le atravesó un camión. Su Charade se chantó en el pavimento y los agentes aparecieron por todas partes. Estaba desarmado. Una misión imposible: atajaba solo frente a un equipo completo. Le dispararon a quemarropa con un fusil Galil, de fabricación israelí, a través de la ventana del conductor. Alcanzó a levantar el brazo izquierdo, desviando levemente el proyectil. Recibió el balazo en la cabeza. Los agentes quebraron las ventanas con sus culatas y lo arrastraron hacia la calle. Parte de su masa encefálica quedó en el pavimento. Entre todos patearon ese bulto para después dejarlo desangrándose, con la satisfacción que sólo entregan las misiones cumplidas, al menos para un asesino.

***

Ramiro se refugia en la oscuridad que da la sombra del árbol. Prefiere no exponerse. Un viento salado vuelve más fresco ese anochecer de verano. Baja la mirada hacia su reloj continuamente, preguntándose, tal vez, si es que ha ocurrido algo. Comienza a impacientarse. Se pone en puntillas y mira hacia los dos lados de la calle. Respira aliviado cuando ve que se acerca por Los Placeres el auto en que viene su hermano. Iván no está solo. Lo acompañan, como de costumbre, los dirigentes del equipo San Francisco.

Se dirigen a la cancha. Hace algunos años que no juega en el Orompello. Ahora reside en Santiago y dejó de llamarse Mauricio Hernández Norambuena. Vive oculto -en las sombras- y sólo sale a la luz para jugar el campeonato nocturno Osmán Pérez Freire, el más importante que se disputa en Valparaíso durante el verano. Vuelve al puerto sólo para vestirse de corto. El San Francisco armó un equipo cuyo único objetivo es la copa. Y para eso trajo a los hermanos Hernández.

Mauricio Hernández y Fernando Larenas fueron a probarse a Audax Italiano, en Santiago […] ¿Se habría transformado Mauricio en el Comandante Ramiro? ¿Habría sido el Loco el jefe operativo del Frente? Nunca lo sabremos porque ninguno de los dos decidió quedarse, a pesar de haber pasado la prueba futbolística.

En los camarines, Ramiro vuelve a ser Mauricio, el futbolista. Recuerda esos minutos previos a los partidos del Orompello, cuando se vestía con Fernando Larenas y su hermano Iván. Pero ahora juegan en otro equipo, y Fernando ya no está. No deja que la nostalgia lo saque de ese partido. Ya está acostumbrado a vivir con esa sensación de que en cualquier momento te pueden disparar en la cabeza, unida a la adrenalina que viene con la compañía del miedo. Pero de todas formas se estremece con las tres mil personas que abarrotan el estadio en esa final del campeonato contra el Econa. En el campo de juego, como tantas veces -junto a su hermano Iván- se olvida del Frente, de la tensión, el miedo y cualquier otra cosa que no sea el equipo rival. Ganan por tres a cero.
Reciben la copa ante un estadio lleno y dan la vuelta olímpica: el insustituible sabor de la gloria, tan lejana al anonimato. Después de celebrar, vuelve a esconderse donde el amigo que le da alojamiento.

Al día siguiente, ya de vuelta en Santiago, Sigue leyendo

Después de 32 años entregan fotos de desaparecidos arrojados al mar

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos las guardó desde 1979; se darán a la Justicia

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En los archivos de la CIDH aparecen fotos de cuerpos mutilados.

Habían pasado muchos días bajo el agua, pero las uñas de sus pies seguían pintadas cuando le sacaron la foto en la playa La Floresta, de la costa uruguaya. Las piernas tenían quemaduras, marcas de torturas y una soga se ataba todavía, con cuatro vueltas, a su pie derecho.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la Organización de Estados Americanos (OEA) guardó durante 32 años ésta y otras 130 fotos de cuerpos que, de acuerdo con los informes que las acompañan, fueron encontrados entre 1976 y 1979 en distintas playas de Uruguay. La CIDH las recibió durante la inspección que hizo a la Argentina en 1979 y las archivó desde entonces en una carpeta amarilla que dice, escrito en birome, “observation in loco”. Hoy, la entregará a la Justicia. Es parte de un proceso de desclasificación de documentos de esa comisión.

La carpeta tiene, además, descripciones del estado de 20 cuerpos, copia de legajos de inteligencia elaborados entonces por las autoridades uruguayas y mapas de las playas donde habrían aparecido los cadáveres.

Los funcionarios de la CIDH desconocen el origen de los documentos. Sólo saben que alguien los entregó en 1979. Suponen que pudo haber sido el ex marino uruguayo Daniel Rey Piuma, que integraba los servicios de inteligencia de la Prefectura y en 1980 huyó a Brasil llevándose archivos oficiales.

En el caso de la mujer encontrada en La Floresta, las fotos están acompañadas por un informe que dice que presenta “fractura de muñecas, como si hubiera estado colgada de ellas; quemaduras en ambas manos; derrame sanguíneo interno provocado por la rotura de vértebras” y “zona pubiana, anal y perianal destrozada con objetos punzantes”. Quien lo elaboró relata: “Dos intentos míos de calificar el caso como violación y homicidio fueron descalificados”. Cuenta además que el hallazgo se hizo público y que, como consecuencia de “el cuerpo muy cuidado y las uñas pintadas”, se tejieron “versiones novelescas” sobre que “la occisa frecuentaba lugares nocturnos y estaba vinculada a una banda de narcotraficantes”.

En otros casos, relata que se pretendió hacer pasar las muertes como consecuencias de “orgías de alta mar” y “motines a bordo”.

En la CIDH no saben si los cuerpos son de desaparecidos de la ESMA, pero creen que es posible. Casi todos tienen marcas de torturas y ataduras. Y algunos aparecieron con billetes y monedas argentinas.

La carpeta se adjuntará a la causa de los llamados “vuelos de la muerte”, en los que desaparecidos fueron arrojados al mar durante la última dictadura. Es parte de la megacausa por los crímenes de la ESMA. La instruye el juez Sergio Torres, que fue quien pidió abrir los archivos.

El secretario ejecutivo de la CIDH, Santiago Cantón, viajó a la Argentina para entregarle la carpeta a Torres. “Estos documentos pueden servirle para identificar a personas -dijo Cantón en una entrevista con LA NACION-, pero además muestran la existencia de las torturas, las violaciones, las ataduras. Hasta ahora, las pruebas que había de los vuelos de la muerte eran todas testimoniales. Estas son clave por la inmediatez; son de aquel momento.”

Los documentos que hoy recibirá Torres no son los primeros que le entrega la CIDH. Este año, el juez viajó a Washington y revisó 60 cajas con legajos sobre denuncias recibidas por la Comisión durante la última dictadura. Gran parte de ese material (el vinculado a la ESMA) fue escaneado y ya forma parte del expediente.

Para preservar a los denunciantes, la CIDH guardaba con estricta reserva todos los documentos de su visita a la Argentina, pero ahora el criterio cambió. Cantón explicó que se debe al tiempo transcurrido, la democracia en la Argentina y la firme determinación de la Comisión de colaborar con las causas de derechos humanos. “Estamos analizando abrir muchos más documentos”, anunció Cantón.

Los vuelos de la muerte

La causa. El juez federal Sergio Torres investiga los llamados “vuelos de la muerte” como parte de la megacausa por los crímenes cometidos en la ESMA.

Los acusados. Siete acusados están procesados: cinco son pilotos; uno, abogado, y otro un técnico aeronáutico que confesó a civiles haber tirado a gente al mar.

Las nuevas pruebas. La CIDH entregará hoy a Torres fotos y documentos que serían de desaparecidos arrojados al mar y hallados en playas uruguayas.

Su valor . Las pruebas son clave porque son de aquel momento y muestran cuerpos torturados y atados. Es posible que permita identificar a desaparecidos.

Tomado de Lanación.com.ar
Por Paz Rodriguez Niell

El último reportaje a Pablo Neruda (revista Crisis, 1973)

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En el número 4 de la revista Crisis (dirigida por el uruguayo Eduardo Galeano), el correspondiente a agosto de 1973, se publicó el que sería el último reportaje a Pablo Neruda. Fue realizado por su entrañable amiga Margarita Aguirre durante el mes de junio, tres meses antes del brutal golpe militar contra Chile y de la muerte del poeta.
Neruda habló de su mundo, de la política, de Borges, de Perón, de la literatura, de la relación con las nuevas generaciones de escritores de entonces, de sus recuerdos de la Argentina y del peligroso desempeño de la derecha chilena. Testimonio de una época vital y crítica, la entrevista de Aguirre muestra a un Neruda preocupado, ante la indefinición de los intelectuales del mundo para combatir el crimen que se avecinaba sobre Chile.

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-Cada día detesto más las entrevistas. No sé cómo pude dar la primera, pero después ya resultan un vicio y un abuso. Un vicio por parte de uno, un abuso por parte de lo otros. Creo que las entrevistas literarias no conducen a nada. Las entrevistas son válidas preguntando a los cosmonautas las experiencias que tienen cuando regresan a la Unión Soviética o a Estados Unidos o cuando Cristóbal Colón, un poco antes, regresa de la América del Sur. Pero no veo ni el objeto ni la finalidad en molestarse y molestar a los poetas que están haciendo constantemente una sola cosa: poesía. Después resulta que estas entrevistas se van haciendo cada vez más rutinarias, se acumulan repeticiones, repeticiones de lo ya dicho por uno y por otros. Llega un momento en que en esta verbosidad provocada y artificial ya no sabe uno a quién le pertenecen las ideas. Por lo demás no tiene tanta importancia a quién pertenezcan o no.
Lo principal en estos casos parece centrarse siempre sobre algo que considero completamente inasible, que es el proceso literario, el proceso del trabajo poético, lo que se llama el camino de la creación. Todas estas palabras para definir la urgencia que tiene un verdadero escritor, para escribir su prosa o su poesía. Nunca entendí palote de este asunto, pero puedo decir que “trabajo ha sido continuo desde que tuve uso de pluma, uso de lápiz, uso de papel, no por cierto uso de razón que todavía no la alcanzo. Pero desde que tuve a mi alcance los implementos necesarios nunca he dejado de hacer lo mismo y nunca me preguntaba por qué lo hacía ni podría explicarlo tampoco. Dentro de este trabajo, especial o espacial, mejor dicho, tendría que decirle que hay dos o tres factores que alteran de cuando en cuando esta cosa sistemática de mi trabajo (hablo de mí solamente, de mí en singular, ya que, por razones de su criterio o de la revista que a usted envía, parece ser que soy el tema en general de este coloquio). Una es la necesidad explosiva de escribir sobre ciertos temas de actualidad, sobre ciertos acontecimientos que, ala vez, son acontecimientos públicos, y que tienen tal circunstancia, decisión y profundidad dentro de uno, que lo llaman con urgencia a actuar en un determinado lugar poniendo todos los medios a su disposición.
Otra cosa debe tomar en cuenta el poeta que está en contra de la preceptiva tradicional, o de la superstición tradicional o de la herencia lírica y romántica, es que el poeta debe también sobresalir a los compromisos que se le pidan, es decir, la poesía que se accede a hacer a petición de un determinado grupo humano, debe tener la calidad necesaria para sobrevivir. Esto es importante porque el orgullo pequeño burgués de los poetas, cultivado siempre por los de las clases que mandan en la sociedad capitalista, quiere hacer creer al poeta que su libertad resulta menoscabada si atiende una petición. Existe la poesía escrita a petición por la necesidad evidente de un poema y que éste resulte verdadero, imperecedero, o por lo menos que tenga la fuerza, el contenido y la poesía necesarios para servir en un momento de alimento y de ayuda a un grupo o a un sector que naturalmente está íntimamente de acuerdo con el poeta. Éste es un factor, es una orden que el poeta debe esforzarse en cumplir, y cumplir con decoro. En mi caso particular tengo conciencia de que, muchas veces, poemas los hechos y dirigidos, solicitados y pedidos, han sido de los que más me han satisfecho hasta ahora.

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-¿Quiere usted hablar de Borges?
-Sí, siempre quiere uno hablar de Borges, aunque sea un poco excesiva la atención que a veces se le dispensa, siendo él un hombre más bien quitado de bulla, no digamos un anacoreta, pero sí un hombre de probada austeridad. Es natural que la excelencia intelectual de Borges haga que su figura y su palabra sean siempre examinadas y vistas como si fueran tan translúcidas que pudiéramos penetrar hasta el otro lado de su sentido o de su transparencia. En los últimos meses muchos argentinos han recibido, con gran molestia y no poca ironía, sus palabras despectivas sobre la resurrección vital y plena del movimiento peronista, es decir, sobre el actual momento de transición libertadora que pasa el pueblo argentino. Hay que pensar, cuando se habla de Borges, que es natural que a uno no pueda satisfacerle jamás una actitud tan probadamente, tan empeñosa y cultivadamente reaccionaria como la de él. Hay algo en esto de su viejo narcisismo de escuela inglesa, y por ese motivo no debía preocupamos.
Claro, desconciertan si vienen de un hombre que, además de ser un gran escritor, es también un erudito y un ilustre archivero, puesto que fue el gran bibliotecario del país. Extraña que él no comprenda que esta época excepcional de la Argentina está llena de hechos, formulaciones, deseos insatisfechos, corrientes profundas. No se trata de “demagogia y tontería”, como Borges califica al movimiento actual, a la revolución argentina; tienen que ser muchos los factores, los matices y los alíneos, es mucha la profundidad documental, es mucha la riqueza fenomenal de la actualidad argentina. Yo creo que la Argentina no ha vivido una época tan interesante desde el tiempo de Sarmiento y Alberdi. Tal vez Borges debió pensar en estas cosas. Pero en este mismo momento, a pesar de sentirme y ser antípoda de sus ideas, yo proclamo y pido que se conduzcan todos con el mayor respeto hacia un intelectual que es verdaderamente un honor para nuestro idioma.
Naturalmente, su desacomodo con las ideas mayoritarias argentinas no sólo significa un desacuerdo con la Argentina: también significa un desacuerdo con lo más valioso del mundo, con lo que está creciendo en el mundo, con la insurrección anticolonialista, antiimperialista, con un ascenso de las capas populares que está aconteciendo en nuestra América y en el mundo entero. El desconocimiento de Borges hacia estas realidades argentinas es el mismo desconocimiento que él ha tenido hacia la realidad actual del mundo.
-El Canto general es una obra de enorme influencia. En ella no nombra usted a Perón. Dígame, compadre, ¿cuál es su juicio hoy sobre Perón y el peronismo?
–La figura de Perón es una figura que torna las proporciones históricas que le da el pueblo argentino. En una época, el gobierno de Perón fue un gobierno profundamente anticomunista; es posible que haya habido una incomprensión de parte y parte, yo estoy en general en contra de todos los anticomunistas. Estoy en favor de todos los antifascistas y en contra de todos los anticomunistas. Todo anticomunismo, donde esté, es sospechoso; todo anticomunismo encubre un desacato hacia el porvenir humano. Esos son mis conceptos. Naturalmente, pueden discutirse, pueden dialogarse, pueden hablarse. Ahora, bajo el puente de Perón, como bajo mi propio puente, ha pasado mucha agua; son las aguas de la historia las que están pasando. Ni Perón es el mismo, ni Pablo Neruda, modesto poeta de Chile, es el mismo tampoco.
Es decir, nuestra tierra va cambiando, la sociedad humana va cambiando, y yo creo que el peronismo de entonces no es el de ahora; es decir, que no será el peronismo de ahora. Ahora viene Perón o las ideas peronistas amarradas, como dije antes, al gran movimiento de liberación de los pueblos. Estarnos atravesando una revolución histórica en profundidad. Naturalmente que éste es un momento de liberación para la Argentina. ¿Qué va a pasar? No lo sabemos bien todavía, la experiencia histórica nos dice que los momentos de transición son los más duros, los más difíciles. Deseo, para el movimiento justicialista y el momento actual de la Argentina, el desarrollo más esplendoroso y mejor, es decir, el que acomode más al pueblo argentino de acuerdo con su razón histórica y con el porvenir de la humanidad que, naturalmente, es un porvenir progresista y antiimperialista.

-Se habla mucho de que usted es inmensamente rico.
-Lo que gano -el editor lo sabe, que es el que hace mucho tiempo tiene los derechos de toda mi obra- es una suma bastante modesta, pero que me alcanza para vivir. De lo demás, todo se ha ido por mis manos comprando mis libros y comprando, de cuando en cuando, un mascarón de proa; no recibo rentas de ningún arriendo, no poseo acciones de ninguna parte, no tengo fortuna, no guardo depósitos en grandes bancos. En resumen, tengo lo que recibo de mí trabajo, eso es todo. Sigue leyendo

El ojo izquierdo de Salvador Allende

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A través de ese lente, el ojo izquierdo de Salvador Allende lanzó a las multitudes del futuro, piadosamente, su última mirada. A través de ese lente, las palabras saltaban como chispas cuando aquel Salvador que lo dio todo por salvarnos erigía en el aire las grandes alamedas por donde habría de pasar el hombre libre. A través de ese lente, hay un vacío que nos interroga.

El día que lo suicidaron, una mano salvó la mitad de las famosas gafas Magnum del Presidente de Chile. Y en el Museo Histórico Nacional, el mismo que anuncia a su entrada ser obra del «excelentísimo señor capitán general Augusto Pinochet», ahora se exhibe en la segunda planta. (Por lo menos el tiempo se ha hecho cargo de precisar cuál nombre debe ir debajo y cuál arriba).

También el tiempo, con impactante simbolismo, prefirió conservar solo el lado izquierdo de aquellos espejuelos. Y ahora nos convida a imaginar detrás de ese cristal manchado y partido la pupila anhelante que le quedaba al líder más cerca del corazón. Ese era el ojo con el que más soñaba.

Ahora, en la pequeña Nueva York, esta calle que pasa tan cerca del Palacio de la Moneda, me siento a meditar, a superar el impacto que me causa aquella pieza, o media pieza, del museo.

A esta hora debía estar escribiendo yo una crónica sobre la II Feria del Libro de Antofagasta, sobre la grata aventura de un grupo de cubanos que llegamos al desierto con poemas y canciones; pero no logro borrar de mi retina la retadora imagen de una mirada cercenada.

Sentado en la pequeña Nueva York, me siento menos turista. No sé si pisaré las calles nuevamente de una Santiago dramática y hermosa; pero conozco el sitio que nunca dejaré de visitar.

Y me imagino cómo podría brillar aquel ojo de Salvador, el mismo que cerraba para disparar, cuando el hombre bromeaba. Luego de varias derrotas electorales, el que jamás se rendía, pidió para su tumba este epitafio: «Aquí yace Salvador Allende, futuro presidente de Chile».

Por fin, puedo reírme con ese chiste grande en su utopía.

Y siento que aquí yace, sin poder enviar jamás a Cuba la crónica que le pidieron, imperceptible entre los transeúntes de la pequeña Nueva York, un cubano que solo atina a buscar tras un mínimo cristal al ser humano que no cabe en ninguna vitrina.

Aquí voto, en silencio, por el futuro presidente. Mis palabras se pierden rumbo a sus grandes alamedas. Desde allí, el ojo izquierdo de Salvador Allende todavía nos mira con ternura.

Por Yamil Díaz
digital@juventudrebelde.cu

Tomado de juventudrebelde.cu

A décadas del asesinato del líder del MIR chileno, opinan Ramis, Echeverría, Amoros y Quesada

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La pregunta de Miguel

La figura de Miguel Enríquez despierta dos tipos de reacción. O se le descalifica en bloque, culpándole de un amplio conjunto de pestes políticas, o por el contrario, se la ensalza en un relato militante, que mezclando la hagiografía revolucionaria y el panegírico apologético tiene poco que ver con la personalidad y el talante del fundador del MIR.

Miguel no era un santo ni un demonio, sino un revolucionario que propuso una serie de preguntas políticas fundamentales al país, y estuvo dispuesto a debatirlas abiertamente durante toda su vida. Lejos del sectarismo o el dogmatismo, se le debe ubicar, dentro de la tradición del pensamiento crítico latinoamericano, entre los que buscan una alternativa emancipatoria adecuada a las condiciones específicas de nuestros pueblos. En este aspecto, Miguel Enríquez es una figura actual. Sus preguntas siguen siendo gravitantes y exigen ser tomadas en cuenta, de forma profunda y consistente.

El problema fundamental que identificó Miguel y el colectivo generacional que le acompañó en la fundación del MIR en 1965 era el siguiente: en América Latina se había hecho patente que la derecha histórica, agraria, conservadora y patronal, no disponía de un proyecto de desarrollo para la región. Incluso el Estados Unidos de Kennedy y la Iglesia Católica post-conciliar estaban de acuerdo en este diagnóstico. Tal como lo había demostrado el gobierno de Jorge Alessandri, la oligarquía más rancia y casposa estaba a la deriva, dispuesta a agarrarse a cualquier cosmético con tal de mantener un orden social anacrónico, que exigía una transformación radical y urgente. En respuesta a esta crisis se alzaban dos programas de reformas, aparentemente antagónicos, pero que en el fondo poseían amplias coincidencias de fondo: la “revolución en libertad” democratacristiana, aliada a la Alianza para el Progreso norteamericana, y la “vía chilena al socialismo” que postulaban los partidos Socialista y Comunista. En cada país del continente esta dicotomía asumía sus propias especificidades, pero se replicaba en lo fundamental, de acuerdo al dualismo Este-Oeste de la guerra fría.

La intuición fundamental de Miguel era que ambos proyectos tenían limitaciones estructurales que afectaban su viabilidad y deseabilidad. Ello no quiere decir que homologara ambas alternativas. Miguel y el MIR distinguían entre la derecha tradicional y el reformismo DC, y entre la DC y el proyecto del FRAP, que desembocaría en 1970 en la Unidad Popular y el gobierno de Salvador Allende. Pero su análisis crítico le llevó a descubrir en ambas alternativas una serie de contradicciones y aporías, inherentes a la naturaleza del orden internacional en el que estaban insertas y por sus propias insuficiencias de cara a las necesidades de las grandes mayorías, a las que definió como “los pobres del campo y la ciudad”.

LA INVIABILIDAD DE LOS REFORMISMOS
Para Miguel Enríquez los dos proyectos de reforma que se proponían a Chile en los años sesenta no eran viables a largo plazo. Arraigaba este convencimiento en un análisis muy detallado de las condiciones de la economía latinoamericana, situada en una relación de dependencia respecto a los grandes centros de poder del capitalismo global. Tanto el programa de la DC como el de la Izquierda apostaban a lograr una alianza histórica con los sectores progresistas del empresariado nacional en orden a promover una modernización industrializadora que permitiera cambiar el patrón productivo, para desembocar en una versión nacional del Estado de bienestar europeo. Pero este programa presuponía una serie de condiciones de posibilidad, que el MIR no lograba visibilizar, entre otras:

1. La inexistencia de un verdadero empresariado “progresista”, con vocación industrializadora. Más allá de algunas individualidades, los empresarios nacionales se veían a los ojos de Miguel como endémicamente arraigados a una tradición rentista, extractivista y agraria, incapaces de asumir el programa de sustitución de importaciones que preconizaba la Cepal, que debería crear los empleos de calidad que podrían incorporar a los excluidos del ciclo productivo.

2. A la vez, el mercado chileno era incapaz de absorber la nueva producción nacional que se debería llegar a generar. La inexistencia de una verdadera clase media constituía un obstáculo insalvable al proyecto reformista. La única forma de sortear este problema radicaba en la consolidación de un mercado ampliado, a escala latinoamericana, que por su dimensión pudiera absorber esa nueva oferta productiva.

3. Pero ese proyecto de integración latinoamericana, basado en un cambio en la matriz económica, era intolerable para Estados Unidos, que necesitaba mantener a la región como proveedora de recursos naturales a bajo precio y como mercado natural para sus productos elaborados.

4. Este escenario implicaba que ambos reformismos terminarían por chocar de forma violenta e insalvable con la elite económica y política nacional, reacia a abandonar su vocación rentista en aras de un proyecto de cohesión social que despreciaba profundamente. Y también chocaba con el capital transnacional, que necesitaba que América Latina permaneciera bajo la órbita de dominio norteamericano, en posición de dependencia económica y subordinación política. El ciclo de cambios reformistas llevaría inevitablemente a la necesidad de una ruptura abierta y decidida, y para liderar ese proceso construyó y articuló el Movimiento de Izquierda Revolucionaria.

LA INDESEABILIDAD DE LOS REFORMISMOS
Si los programas reformistas aparecían como inviables sin un momento de ruptura radical, también eran criticables porque no lograban superar el nudo del dilema latinoamericano. En el caso del reformismo DC, Miguel Enríquez advertía el germen de una modernización capitalista, tanto a nivel agrario como minero, que originaría un nuevo ciclo de acumulación en beneficio de los sectores más cosmopolitas y mejor preparados del empresariado nacional. Y en el programa del FRAP y de la UP reconocía una voluntad redistributiva mucho mayor, pero que en el fondo mantenía la continuidad con la dimensión desarrollista del proyecto DC, cambiando los socios occidentales por nuevos socios de la Europa del Este. Su intuición era que se debía buscar de forma clara y decidida una orientación socialista, que permitiera el protagonismo popular, y que evitara las trampas burocráticas y autoritarias en las que cayeron los países del “socialismo real”.
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Las peñas folklóricas en Chile (1973 -1986). El refugio cultural y político para la disidencia

Resumen

La dictadura militar chilena (1973-1989) llevó a acabo una revolución neoliberal de tal nivel que refundó a la sociedad en general.  Una parte importante de ella fue arrasada en su rol opositor, borrando a las organizaciones políticas para poder lograr una hegemonía social que le permitiera asentar sus raíces. Por ello los espacios artísticos y culturales dentro del arte –específicamente las peñas folklóricas- ayudaron a la articulación entre los individuos dispersos, sobre todo entre los jóvenes disidentes. Las peñas fueron evolucionando en su desarrollo, implicando a diferentes instancias culturales. Fue un lugar de agrupamiento para entorno al arte y como expresión de la politica. Ellas fueron un producto de la cultura y un elemento importante a la hora de promover la empatía, la solidaridad y la organización social. Las peñas permitieron la reactivación y reunificación del movimiento popular chileno. Se convirtieron en el cauce de un movimiento alternativo de difusión, de expresión, de política y de subjetividades, en paralelo a las disposiciones culturales del régimen de facto. La cultura se transformó en el mayor y en el más diverso de los espacios de desarrollo y expresión democrática que tuvieron los grupos opositores durante la dictadura militar, sobre todo para los jóvenes militantes.

Introducción

 

El golpe de Estado de 1973 cambió radicalmente la vida de los chilenos. El nuevo régimen ideó estratégicamente un modelo neoliberal transformador que refundó al país.   Diversos grupos sociales confluyeron en pugnas de adhesión y resistencia dentro de un marco ideológico que los movilizó y los supeditó a un Estado en transformación que relanzó el capitalismo financiero dentro de una nueva reestructuración nacional.  Este tiempo de dominio militar fue sostenido con una fuerte contraofensiva estatal en nombre de la libertad y en contra del ‘comunismo enfermo’.  El mundo social con su diversa complejidad, indagó en torno a la construcción de una visión e identidad, con luchas simbólicas dentro de sus propias experiencias y prácticas.  Fue en este escenario en donde los jóvenes chilenos –como sujetos políticos- se desarrollaron e intentaron esbozar en sus prácticas y discursos un proyecto de país.  En este periodo se desarrolló la mayor reorganización económica, política, social y cultural llevada a cabo por el régimen de Augusto Pinochet. Los jóvenes se convirtieron en un actor político relevante tanto para el oficialismo como para la oposición por su originalidad y compromiso, en donde las identidades que construyeron estuvieron imbricadas en relación directa con el otro y por ello se transformaron en una filosa arma política.  Para la resistencia la condición de joven fue un impulso y una acción que permitió la idea de transformar el presente e inspiró la apertura de caminos de respuestas que ayudaron a la creación política.  Para el régimen y sus adherentes esta condicionalidad juvenil, por un lado fue una amenaza subversiva, pero también motivó a la organización, la institucionalización y la concientización doctrinaria y proyectual de ‘su propia juventud’.  La sociedad chilena se encontró así misma envuelta en complejas relaciones sociales y en contradicciones que hasta hoy día continúan siendo evidentes y enigmáticas.  Los jóvenes chilenos fueron en sí mismos una pregunta política, con memorias militantes que inundaron los espacios sociales en los cuales las identidades juveniles entraban en disputas. La población joven y disidente a la dictadura comenzó a organizarse en manifestaciones y acciones de agitación social lo que dio pie a una mayor intencionalidad política.  Acción y manifestación sumaban fuerzas en desacato al sistema dominante.  Este segmento de la sociedad luchó por la democracia y por el rescate de un proyecto social que tuviera futuro y viabilidad para la sociedad chilena, dentro de diferentes subjetividades políticas.  Por su parte los seguidores de Pinochet tuvieron a su haber todo un aparataje que resguardó sus propias construcciones y proyecciones de un trabajo de militancia proyectada en el tiempo. 

 

En este sentido el compromiso y el voluntarismo de ciertos actores sociales en la acción política, en la acción cultural, en las organizaciones de pertenencia o desde el punto de vista académico han confirmado la importancia de lo subjetivo en la historia.  La subjetividad de los jóvenes pretendió ser transformadora, distintiva, propia y en conjunto con los movimientos sociales, en donde la historia oral ha permitido percibir las ideas, los sentimientos y sensaciones de aquéllos que vieron su vida desbordada por la coyuntura.  El porvenir político fue una de las metas a conseguir, porque era el derecho a decidir sobre lo venidero, sobre las opciones del nuevo germen y sus efectos para la sociedad chilena en su conjunto.  El actor social joven resurgió como un elemento decidor entrelazado con su conciencia social.  Fue inevitable su reinserción al espacio de prácticas posibles, a la rearticulación de su propia experiencia y a sus visiones de porvenir.  Durante la dictadura militar los jóvenes chilenos disidentes fueron capaces de desarrollar una intensa movilización política, social y cultural en contra del régimen.  Desde esta perspectiva hubo variadas formas de oposición o de sostén.  Durante los años 1978-1988 se materializó una fuerte movilización en pro y en contra de la dictadura.  Estos jóvenes construyeron parte de su identidad en la movilización, en la lucha, en el trabajo voluntario, en el disciplinamiento y en la lealtad.  Fueron considerados como agentes transformadores y un importante e interesante componente social.  Los jóvenes fueron objeto de disputas políticas y simbólicas, de representaciones y acciones que aun persisten en la memoria y en el recuerdo de cada individuo participante de este periodo histórico contenido en el sentido de la experiencia.

 

Los jóvenes opositores iniciaron nuevas instancias relacionales que les posibilitaran el reencuentro, la identidad y la pertenencia. Todo el movimiento cultural post golpe fue fundamental a la hora de reunificar a los disidentes del régimen. En este sentido las peñas folklóricas –como uno de los productos culturales del primer tiempo de la dictadura (1973-1983)- fueron el reducto de la resistencia pacífica, con sentidos que ayudaron a la reconciliación de los grupos –luego del proceso de la Unidad Popular que tuvo a su haber tensiones y contradicciones dentro de los propios grupos que la componían – y a la reconstrucción de los lazos sociales que negaban la homogeneidad del discurso dominante, permitiendo la rearticulación social y cultural para luego dar paso a la rearticulación política.   

 

Pero este periodo peñero tuvo un tiempo anterior de desarrollo durante la década del ’60, con la conformación de la ‘peña de los Parra’, que fue una idea nacida de los hijos de Violeta Parra: Ángel e Isabel, como una respuesta al movimiento musical denominado como ‘La Nueva Ola Chilena’ y la estética de huasos mas bien acomodados y alejados de la realidad campesina y popular. Estos modelos eran los que prevalecían en las radios y en los otros medios de comunicación, debido también al adormecimiento –fingido o no- pero solo interrumpido por la acción de pequeños grupos contestatarios. “La radio era el principal canal de difusión de la música popular. Varias estaciones radiales contaban con estudios para que los cantantes realizaran sus actuaciones y promocionaran sus discos.  En este ambiente se formaron varias corrientes musicales, como la Nueva Ola… Su propuesta musical dominó casi sin contrapeso el escenario musical hasta 1966, año en que comenzó a gestarse un nuevo movimiento musical (denominado) como Nueva Canción Chilena” (1).

 Por eso cuando se inaugura la ‘peña de los Parra’ en Santiago, ésta se convierte en el punta pie inicial para que se multiplicaran otras peñas pero por todo el país. Las peñas que vendrán durante el periodo de dictadura y posteriormente a ella, tendrán muchas de las características de este nuevo fenómeno, sobre todo como un refugio ante la desorientación política y la represión militar.

 

Los primeros años de la dictadura fueron los más desgarradores y violentos políticamente y el trabajo que desarrollaron las peñas estuvo inserto en este contexto. El Estado entró en conflicto con la cultura, marginando y excluyendo a vastos sectores de la sociedad chilena. Todos quienes participaron de estos ‘refugios culturales’ pusieron en juego la propia vida, Sigue leyendo