Mapuches: “Se venden tierras con los indios adentro”

El pueblo originario tiene una historia milenaria de resistencia, atravesada por la conquista española de América y la batalla contra las empresas y grandes terratenientes del siglo XXI. En la actualidad, argentinos y chilenos cuestionan incluso su identidad y no son reconocidos por casi nadie. ¿Cómo lograron sobrevivir? ¿Cuál es su presente? ¿Dónde habitan? ¿Cuántos son? RT consultó a expertos, miembros del colectivo aborigen y al Gobierno de Macri para entender el conflicto territorial.

IMG_0561.JPG Un activista mapuche es detenido por policías durante una manifestación en Santiago de Chile el 6 de abril de 2016.
Ivan Alvarado / Reuters

Desde el arribo del imperialismo español al continente americano hasta hoy, los mapuches y sus siguientes generaciones pudieron mantenerse con vida. Sin embargo, para comprender cómo lograron subsistir a través de los siglos ante los embates de la conquista europea y, posteriormente, la conformación de Argentina y Chile como Estados nacionales, es necesario entender la composición de estas comunidades indígenas.

A diferencia de otros colectivos sociales multitudinarios donde la dirección recae en una sola persona, como por ejemplo el catolicismo con el papa, o en un país democrático con su respectivo presidente, canciller o primer ministro, en el pueblo mapuche no existe una voz de mando superior, por eso resultó imposible su desarticulación. O, mejor dicho, su exterminio.

Haciendo patria, antes que Argentina y Chile

El periodista argentino Adrián Moyano, autor del libro ‘Crónicas de la resistencia mapuche’, se inclina por esta idea: “El argumento que explica esa resistencia es la falta de centralización política, distinto a otros pueblos que residieron en lo que hoy conocemos como América. Cuando llegaron los españoles al territorio mapuche, aproximadamente en 1540, no encontraron cabezas que cortar. Al contrario, se toparon con un ejercicio multitudinario de la soberanía en muchas agrupaciones que no reconocían un liderazgo único. Los españoles podían pactar con algún ‘Lonko’ —referente de alguna comunidad—, pero había muchos más dispuestos a sostener su independencia y libertad”.

Este vasto y diverso grupo social se compone de cientos de comunidades que respetan sus propios sistemas de organización y representatividad, dispersas en Argentina y Chile. A priori, podría pensarse que sobrevivieron a la invasión europea porque los visitantes focalizaban su poder en Perú, debido a su claro potencial extractivo vinculado a la minería —de ahí la famosa frase regional, cuando se compra algún producto costoso de ‘me cuesta un Perú’—. Es frecuente escuchar que el Cono Sur no era muy trascendental en el marco militar para los planes de España, a pesar de haber conformado el Virreinato del Río de la Plata en 1776.

IMG_0562.JPG Manifestantes mapuches exigen justicia en Santiago de Chile para su comunidad, que se respeten sus derechos y la posesión de los territorios.

Sin embargo, Moyano desestima esta hipótesis y sostiene que la supervivencia fue el resultado de una serie de sangrientos combates con los españoles y estrategias guerrilleras de los indígenas: “La Corona española se diseminó también en sectores donde no había riquezas materiales, desde la perspectiva de la minería en aquellos tiempos. Esto se debió a su intento por conquistar el territorio mapuche, de hecho, se fundaron siete ciudades al sur de Biobío, región de Chile. También hubo expediciones puntuales desde Buenos Aires hacia el corazón del territorio mapuche, al este de la cordillera. Estas ciudades florecieron de forma importante y hasta una generación española creció allí, pero hubo una gran insurrección aborigen hacia 1598 que los expulsó al norte de Biobío, a sangre y fuego”.

En las escuelas y centros de estudios de Argentina poco se enseña sobre los enfrentamientos previos a la gesta revolucionaria de José de San Martín y Simón Bolívar, que comenzaba a vislumbrar la posterior independencia continental. Sean conquistadores o rebeldes que se opusieron al imperio, lo cierto es que la historia fue escrita por hombres blancos. Sin embargo, según relata el experto, que dedicó gran parte de su vida interiorizándose en la cultura mapuche, los indígenas tuvieron sus propias batallas patrióticas mucho antes de 1810, año en que se desató la Revolución de Mayo en Buenos Aires.

En 1553 tuvo lugar la primera victoria significativa mapuche. Incorporaron varias innovaciones tecnológicas, aprendidas del invasor porque uno de los referentes estuvo cautivo en buena parte de su niñez y adolescencia. En 1570, las propias crónicas españolas describen que el pueblo mapuche impuso un escuadrón de caballería y fueron cambiando las formas de combatir”, destaca Moyano. Además, agrega que “recién hacia 1620 los españoles, a casi un siglo de llegar, iniciaron una guerra donde estaban bien marcadas las fronteras indígenas”. “Más cerca en la historia, fueron valoradas por militares de Buenos Aires y de la nación las capacidades mapuches y su conocimiento del terreno”, añade.

IMG_0563.JPG Una mujer mapuche le grita a un efectivo policial durante una manifestación para conmemorar el aniversario de la muerte de Matías Catrileo, de 22 años, asesinado durante enfrentamientos con la Policía del sur de Chile.

Dos millones

El reportero explica que para mencionar a los mapuches “hay que hablar de pueblo, porque en el orden jurídico internacional los pueblos gozan de derechos distintos a las minorías y otros tipos de conformaciones societarias”. A su vez, opina que sufren “una situación de sujeción colonial que se plasmó sobre fines del siglo XIX” por parte de Argentina, “con la Campaña del Desierto”, y Chile, “con la Pacificación de la Auracanía”. Sigue leyendo

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Las últimas horas de Víctor Jara: “Latiendo como una campana”

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El relato del abogado Boris Navia

El abogado y militante comunista, quien se desempeñó durante la Unidad Popular como jefe del departamento de personal y miembro del consejo superior de la Universidad Técnica del Estado (UTE) hasta el 11 de septiembre de 1973, nos relata las últimas horas con vida de Víctor Jara.

“Desde la UTE nos llevaron prisioneros al Estadio Chile. Me tocó entrar por Unión Latinoamericana. Había un túnel de soldados y los oficiales les ordenaban golpearnos con patadas, con culatazos, llevábamos las manos en la nuca, pero en verdad nos pusimos las manos en la cabeza para evitar que nos golpearan el cráneo”, relata el abogado Boris Navia, que compartió tormentos el 11 de septiembre junto a Víctor Jara.

“Víctor iba cuatro o cinco lugares antes que yo, también saltando porque nos hacían saltar para que nos agotáramos, y de repente un oficial que estaba parado sobre una tarima, con uniforme guerrero, porque andaban todos dispuestos para la guerra, con cascos hasta los ojos, el rostro pintado, granadas en el pecho, pistolas, corvos, ametralladoras… Ese oficial descubre a Víctor Jara y dice: ‘¡A ese hijo de puta me lo traen para acá!’. Un soldado lo saca de la fila, pero suavemente… Entonces el oficial protesta: ‘¡No lo traten como señorita, carajo!’. A la voz del oficial, el soldado toma el fusil y le da un feroz culatazo en la espalda.

Víctor trastabilla pero no alcanza a caer. Le da un segundo culatazo. Víctor cae casi a los pies del oficial, que había bajado de su tarima: ‘¡Vó’ soy el hijo e’ puta… yo te enseñaré a cantar canciones chilenas, no canciones comunistas, hijo e’ puta!’. Y empieza a golpearlo, con sadismo. Víctor trata de protegerse el rostro, pero lo golpea, una, dos, diez patadas, qué se yo.

Víctor se arrolla y el torturador parece que se desespera y se desequilibra cuando ve que Víctor se levanta y, en lugar de pedir clemencia o algo así, simplemente contesta con una sonrisa… De improviso, en esa histeria fascista, saca la pistola, y nosotros pensamos que le descerrajaría un tiro. En el intertanto, toda la fila que estaba saltando deja de hacerlo. Los conscriptos que nos custodiaban dejan de gritar y de golpearnos, y todo el mundo queda transido frente a esa escena de horror…

El oficial saca la pistola y comienza a golpearle con el cañón en la cabeza. Y vemos como la sangre de Víctor le empapa el pelo, la frente, y le empieza a correr por su cara. Ese rostro ensangrentado como un verdadero Cristo, se nos quedó grabado… Y lo golpea, lo increpa, pero de repente se da cuenta que hay cientos de ojos mirando, y dice: ‘¡Y qué pasa con estas mierdas que no avanzan! ¡Avancen, huevones! A este carajo me lo lleva a ese pasillo, y al menor movimiento, lo matas. ¿Me entiendes, carajo? Lo matas…’.

Y el soldado arrastra a Víctor muy mal herido. Después comprobaríamos que tenía dos o tres costillas rotas, a pesar que se protegía con sus manos, los puntapiés penetran. Sigue leyendo

El preso que dibujó el campo de concentración de Chacabuco y sobrevivió para contarlo

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Enrique Olivares estudió en la UTE y el golpe le impidió titularse como profesor. La obra hecha en prisión fue sacada clandestinamente por un familiar y estuvo guardada por décadas. Hoy siente la necesidad de dar a conocer a los jóvenes estudiantes la historia ocurrida, “que sigue latente porque existe en la sociedad una sensación de impunidad frente a tantos abusos”.

Este hombre ha estado en un campo de concentración de Chile y ha sobrevivido. Al igual que hiciera el arquitecto Miguel Lawner en la isla de Dawson, Enrique Olivares dibujó la vida diaria que sufrieron los seguidores de la Unidad Popular recluidos y vejados por los militares tras el golpe de Estado. Hoy esos dibujos han visto la luz y podrán ser vistos por el público.

En 1973, este hombre, Enrique Olivares, estaba a punto de titularse como profesor. Cursaba el último semestre de la carrera de Pedagogía en Artes Plásticas y Dibujo Industrial en la Universidad Técnica del Estado (UTE). No llegaría a titularse: tras el derrocamiento del gobierno de la UP, fue detenido en la universidad junto a los alumnos, funcionarios y profesores que allí estaban, entre ellos el cantante Víctor Jara.

Lo llevaron al Estadio Chile, donde presenció el suicidio de un prisionero y el traslado del trovador previo a su ejecución. Luego fue trasladado al campo de concentración de Chacabuco, a unos 100 kilómetros de Antofagasta. Apenas tenía 23 años.

Unos 1.200 hombres de todo Chile pasaron por ese centro entre 1973 y 1975. Además de estudiantes, había profesionales y obreros. Por allí pasaron destacados personajes como el reportero Alberto “Gato” Gamboa, director del diario “Clarín” y flamante Premio Nacional de Periodismo; y el cantautor Ángel Parra, fallecido en marzo pasado.

En ese lugar, Olivares realizaría unos 60 dibujos para reflejar lo que allí vivía y que luego sacó clandestinamente del lugar a través de un familiar. Pueden verse a partir de este jueves en la Sala Isidora Aguirre (Edificio Vicerrectoría de Vinculación con el Medio) de la U. de Santiago (Las Sophoras 175, Estación Central), en un trabajo conjunto de la U. de Santiago y la Unidad de Memoria y Derechos Humanos del CNCA.

La muestra “Gráfica del Horror y la Resiliencia: Dibujos de Enrique Olivares Aguirre” también contempla la realización del seminario “Creatividad en Prisión Política” y la edición de un catálogo con las imágenes.

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Los poemas de Montealegre

“Fue el año pasado cuando buscando otros documentos me encontré con estos dibujos que empecé a revisar”, cuenta Olivares. “La gran mayoría los realicé en Chacabuco, con el deseo de plasmar detalles de la vida diaria, pero privilegié aquellos instantes en que muchos mostraban su grandeza; quienes nos entretenían con su música, humor, canto, poesía y el baile”.

Como junto a otros ex presos políticos es parte de la agrupación “Memoria de Chacabuco”, Olivares decidió armar una exposición para un almuerzo anual del grupo, donde mostró los dibujos y xilografías por primera vez. Uno de los asistentes en esa ocasión fue Jorge Montealegre, poeta y jefe de Extensión de la U. de Santiago.

Montealegre encontró de buena factura la muestra y propuso realizar una exposición abierta a todo público, para que no quedara sólo dentro de la agrupación.

Además, entre los dibujos el vate se encontró con dos imágenes alusivas a dos poemas escritos por él, que Olivares había copiado del diario mural para ilustrarlos. Eso “le llamó muchísimo la atención, pues desconocía la existencia de éstas”, dice Olivares, quien no había tenido mayor trato con Montealegre en Chacabuco.

“En esas piezas Enrique conecta la gráfica con la literatura, ejercicio interesante en esas condiciones donde las conexiones creativas fueron imprescindibles para sobrevivir dignamente”, comenta Montealegre.

El campo de Chacabuco, a pesar del horror, tuvo una intensa vida cultural que recoge el documental “La resistencia de los metales”.

IMG_0530.JPG Poema ilustrado de Montealegre.

Con la ayuda de mamá

Olivares realizó la mayoría de los dibujos mientras estuvo preso. Sacarlos fue difícil, ya que la correspondencia era revisada.

“Cuando se dio la posibilidad a nuestros familiares para visitarnos, mi madre viajó hasta Chacabuco y le hice entrega de un retablo de madera donde tallé el pabellón en que vivía, con materiales reunidos en los trabajos voluntarios que ahí realicé. El marco de dicho retablo era de pino oregón y tenía un espesor de una pulgada aproximadamente. Fue ahí donde oculté gran parte de los dibujos hechos. Tenía una tapa de madera terciada que unía al marco”, cuenta.

“Los dibujos más pequeños los adherí a las cartas que había recibido. Éstas eran revisadas por nuestros celadores al ingresar al campo de detención, razón por la cual ya no corrían el riesgo de volver a ser requisadas. Iban dentro de una bolsa plástica transparente”.

Tras ser liberado, Olivares guardó los dibujos en su casa paterna, que compartía junto a su madre viuda y sus hermanos.

“Decidí conservarlos, porque eran el registro gráfico de mi experiencia en el campo de concentración Chacabuco, eran parte de mi historia y sin ninguna pretensión testimonial”, expresa.

Tampoco se los mostró a nadie más.

“Sentía que existía poco interés por parte de la gente de conocer la historia de aquellos que habíamos vivido la prisión política, experiencia que vivimos miles de chilenos a lo largo y ancho del país”.

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Temas latentes

Tras regresar a Santiago, Olivares quiso reintegrarse a la universidad. Elevó una solicitud, pero fue rechazada. Sobrevivió como dibujante técnico durante casi dos décadas, “con altos y bajos, producto de las crisis económicas que se produjeron en el pasado”.

Finalmente, en el año 2001 fue reincorporado a la carrera. Completó con algunos cursos especiales y finalmente logró egresar. Ha sido profesor por más de dos décadas.

Hoy, cuarenta años después, a través de los dibujos, Olivares siente la necesidad de dar a conocer a los jóvenes estudiantes la historia ocurrida en nuestro país desde el golpe militar hacia adelante “y que ellos ignoran”.

“Cada dibujo realizado en la prisión política es un lugar de memoria en sí mismo: un testimonio, un hecho, una obra que testifica y sobrevive”, reflexiona Montealegre. “Cada dibujo da cuenta de la realización de una acción: de que se dibujó y de que esa materialidad y esa imagen contiene un relato. También, es un vestigio de que hubo una persona que tuvo la templanza para realizar ese artefacto cultural”.

Para Olivares, estos temas siguen latentes porque existe en la sociedad una sensación de impunidad frente a tantos abusos de civiles y militares que se vieron involucrados en las violaciones a los derechos humanos y que aún siguen vigentes.

“Por eso el tema resulta recurrente. Y todavía falta mucho por investigar”, concluye.

IMG_0532.JPG Olivares con Ximena Medina, encargada del Área de Conservación del Archivo Patrimonial de la U. de Santiago.

Tomado de: elmostrador.cl

Por: Marco Fajardo

ASÍ NOS HICIMOS INVISIBLES

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Yo no fui un gran orador en el gobierno del Presidente Salvador Allende. Traté, eso sí, de marcar el espacio de mis amigos y compañeros de revuelta. Sí, nos tomamos el liceo, muchas veces nos tomamos el liceo, también dijimos que el socialismo era una forma de vida. Fidel Castro y sus extensos discursos nos llenaron la cabeza de frases y discursos que no dejaban dormir. Pinté con ayuda de mi hermano una muralla con el rostro del Ché en nuestra pieza, cuestión que a nuestros padres no le gustó mucho pero finalmente reconocieron nuestro derecho a pensar, en esa casa doña Silvia era demócrata cristiana y don Pablo masón y radical. Así crecimos pintando nuevamente el rostro del Ché, pero esta vez estaba acompañado de Fidel.

Habiendo pasado los años me pregunté, ¿por qué salíamos a marchar, por qué nos tomábamos el liceo? La única respuesta era saber que luchábamos por “un mundo mejor”. Como estudiantes no teníamos reivindicaciones propias, entonces nos tomábamos las reivindicaciones de los obreros, de los pobladores, de los campesinos, de los pueblos originarios. Salíamos de parranda a pocas cuadras de la casa y la mayoría estudiábamos a Carlos Marx y unos pocos a León Trotski o Mao.

Yo pertenezco a ese tropel de estudiantes que buscábamos apurar el proceso que encabezaba el Presidente Salvador Allende. Teníamos extensas reuniones de base. Éramos comunistas, éramos socialistas, éramos miristas, éramos también radicales. Cada uno defendía su bandera y su partido mientras la vida se definía como un futuro inacabable. Éramos felices. Sospecho que Allamand y sus huestes derechistas también eran felices. Él incluso se cambió de liceo para hacernos la collera, un niñito de liceo particular no se estilaba en la política estudiantil secundaria.

Eran tiempos de filas para comprar el pan, de debates en la micro, de risas en la fila, de expropiaciones, de Reforma Agraria. Detrás de aquella señora de chaqueta verde, esa que mira desconcertada, ahí, justo al lado del señor con gorro, ¡esa es mi tía Juana! Salió a comprar pan y no ha vuelto, si alguien reconoce a esa señora le solicito que le indique como salir de ese atolladero. Me llamó hace poco para preguntar si puedo ir a buscarla, pero yo estoy en Chile y no hay locomoción desde aquí, ahora está conversando con un policía para que le indique la salida… Me volvió a llamar para decirme que ya llega con el pan… Hay una cola muy larga, mijo, mejor espérame con pan amasado. Ella estaba exiliada, pero nosotros no supimos el drama que aquello significaba, la doña era antigua en este barrio pero un día se esfumó, se fue mientras nosotros tratábamos de terminar los estudios, mientras nos pasábamos papelitos con las tareas del periodo, mientras aún llorábamos y nos cambiábamos de nombre.
A los pocos meses o años se nos olvidó doña Juana, le preguntamos a la vecina Laura y al viejito del negocio, le preguntamos a los que eran de derecha en la población, le preguntamos a la hermana de un primo medio derechista, él nos habló nuevamente del exilio y nuevamente no entendimos. Mi hermano dijo que eran los que se iban al extranjero. Yo no le creí, me fui a la casa, revisé todos los cajones buscando alguna señal. Aquellos que continuamos en la tarea de hacer una revolución debimos protegernos las espaldas. Todos debimos cuidarnos, unos y otros nos sentamos en la misma mesa, en la misma calle donde acosaba el feroz persecutor. Por lo que sé, fueron muy pocos los que delataron alguna casa, alguna guarida, alguna información, pero me enamoré de una muchacha que tenía siempre la palabra correcta a la hora de bajar las manos.

Era martes, despertamos en una toma en Puente Alto. A lo lejos se escuchaban disparos. Todos estábamos rondando los veinte años. No había teléfono celular, por lo que optamos por cruzar el Río Maipo a pie, mojados hasta la cintura reímos de la salvada y nos tiramos al sol para secarnos. Nos abrazamos y decidimos enfilar cada uno a su casa.

Así comienza la guerra. Estudios interrumpidos, novias que bajaban la cara al vernos, las noticias llegaban de boca en boca. El General Prat nunca pensó en preparar una ofensiva contra nuestra resistencia, tampoco el Presidente Allende se suicidio. Era la clandestinidad, el caminar esperando una cara conocida, caminando con el temor de que desde un automóvil bajaran con metrallas. Fue larga la guerra. Aún recuerdo algunos de los nombres que usaba para sobrevivir. En una cajita de fósforos me llegó la noticia de que Esteban no aparecía, también que Roberto estaba prisionero en Cuatro Álamos, en Tres Álamos, en Ritoque, en Puchuncaví, en el Estadio Nacional, en los regimientos y cuarteles de Carabinero.

Estuvimos atentos a mensajes que se leían con un libro, descifrando línea por línea, palabra por palabras, letra por letra. A los pocos meses o años recordamos a doña Juana, estaba moribunda en Bélgica. No sabemos si la sepultamos en Chillán o en Madrid, ella siempre dijo que le gustaba viajar hasta Cartagena. Éramos fantasmas, éramos invisibles, éramos sujetos sospechosos, éramos de la Resistencia, éramos comunistas, éramos miristas y socialistas, éramos un puñado de cabezas duras. Nos reuníamos en las iglesias mientras las beatas rezaban y nos deseaban una parte del Espíritu Santo.

Donde estaba el muro con la imagen del Ché y Fidel hoy es una estación de Tren Metropolitano. A esta fecha no aparecen nuestros amigos que cayeron en manos del enemigo. Escribo esto porque mis hijos no me creen tanto riesgo. Escribo para sanarme de esa enfermedad que era el miedo, el terror y la esperanza. Me ilusiono con que alguna vez podamos encontrar a miles de amigos detenidos desaparecidos. Me ilusiono con poder traer los restos de doña Juana a Cartagena. Me ilusiono con una marcha multitudinaria de obreros en La Alameda.

Hace mucho tiempo que nadie me conoce como Alejandro. Me llamo Cristian. No soy rubio, estoy canoso, pero aún estoy atento del hombre ese que camina tras mis pasos. Esta vez no caigo en la encerrona. Lo que vino después de esta historia es para largo. Por lo pronto, debo reencontrarme con las palabras que nos robaron. Debo hacer el ejercicio de abrazar a mi vecino comunista, a mi pariente socialista y a un puñado de miristas que caminan observando de reojo al que viene tras sus pasos.

Aún nos queda mucho por hacer.

Tomado de: dilemas.cl

Por Cristian Cottet

“El palero” de Patricio Santander – Documental chileno sobre Pisagua gana el Festival de Cine de Derechos Humanos de Nepal

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La cinta nacional ganadora del festival trata sobre la desaparición del abogado del CDE, Julio Cabezas, que investigaba a un juez de Iquique por narcotráfico en 1973. Tras el Golpe Militar, el magistrado asumió como fiscal militar, mandó a detener al letrado y lo fusiló junto a otros prisioneros en el campo de concentración nortino. Su hijo Patricio lo halló en 1990. “Ya pasaron 27 años del hallazgo de la fosa en Pisagua y 44 años del golpe de estado y más allá de nuestros defectos, los chilenos sabemos que por medio de conocer con mayor lucidez la verdad de lo ocurrido, nos ayuda a seguir avanzando a una democracia mejor”, señala el director del filme.

La quinta versión del Human Rights International Film Festival 2017 de Nepal, ya tiene ganador. Se trata del chileno Patricio Santander, realizador del documental “El palero”.

“Estoy muy agradecido con el gobierno regional por permitirme el viaje, con cada uno del equipo de filmación”, señaló Santander a Cultura + Ciudad tras la premiación.

“La gente en Nepal conectó con el tema de los desaparecidos, porque ellos viviendo algo parecido, les llegó muy fuerte, a pesar de los años que han pasado tras el golpe militar”, añadió. Nepal, que hasta 1990 tuvo una monarquía absoluta, vivió una cruenta guerra civil entre 1996 y 2006.

“La historia de Patricio les da la esperanza de que van a encontrar también a sus seres queridos. El documental además permitió conocernos, nuestro norte, los lugares, sentir cómo corre el aire, todo”.

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Trágica historia

“El palero” se centra en la figura de Patricio Cabezas. El título alude a aquellos hombres que, en el caso particular de Pisagua, se dedicaron a buscar, a punta de pala y chuzo, los cuerpos de las víctimas del terrorismo de Estado tras el golpe militar. A veces eran familiares de las víctimas, como Patricio. Otras veces no.

El documental recoge la historia de la búsqueda que Patricio Cabezas, un hombre de más de 50 años, hace de su padre.

En 1973, este empleado de un edificio en Viña del Mar, entonces un adolescente, vivía junto a su madre y sus hermanas en Iquique. Su padre era Julio Cabezas, un abogado sin militancia política que trabajaba como procurador para el Consejo de Defensa del Estado. Investigaba, en plena Unidad Popular, el tráfico de cocaína desde Bolivia a Chile, un delito en el que estaba involucrado un juez de Iquique, Mario Acuña. Por el hecho, ambos abogados tuvieron varios roces: en una ocasión, Acuña prohibió el ingreso a las dependencias del tribunal a uno de los secretarios de Cabezas.

Todo cambió el 11 de septiembre de ese año. Acuña comenzó a actuar como fiscal militar y mandó a detener a varias personas, entre otros al procurador. El procurador supo de la orden de arresto por la radio. Como tantos otros, Cabezas se entregó, confiado en que nada le sucedería. Como tantos otros, se equivocó. Junto a otros compatriotas, fue trasladado por militares del Ejército de Chile al campo de concentración de Pisagua. Tras un ficticio Consejo de Guerra, el 11 de octubre, junto a otros compatriotas, fue fusilado. Tenía 45 años.

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“El palero” se centra en la figura de Patricio Cabezas. El título alude a aquellos hombres que, en el caso particular de Pisagua, se dedicaron a buscar, a punta de pala y chuzo, los cuerpos de las víctimas del terrorismo de Estado tras el golpe militar. A veces eran familiares de las víctimas, como Patricio. Otras veces no.

En el caso de Iquique, tras el 11 de septiembre los militares detuvieron a personas sin militancia política como Cabezas, pero también a dirigentes emblemáticos, como el socialista Freddy Taberna, aún desaparecido.

Los hombres que murieron fusilados junto al procurador Cabezas dan una idea del perfil de las víctimas: José Córdova Croxatto tenía 35 años, era del MAPU y se desempeñaba como administrador de la Empresa Portuaria de Chile (EMPORCHI), y Humberto Lizardi Flores, de 26 años, era mirista y profesor de inglés. Mario Morris Barrios tenía 27 años y era funcionario del Departamento de Investigaciones Aduaneras, sin militancia política. Al igual que Cabezas, también investigaba a Acuña. Finalmente, el comunista Juan Valencia Hinojosa, de 51 años, se desempeñaba como Jefe Provincial de la Empresa de Comercio Agrícola (ECA).

El cineasta Patricio Santander decidió centrarse en la figura de Cabezas hijo porque participó en la búsqueda de la famosa fosa de Pisagua desde un comienzo, sin saber que allí encontraría a su padre.

Tomado de: el mostrador.cl

Después de 32 años entregan fotos de desaparecidos arrojados al mar

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos las guardó desde 1979; se darán a la Justicia

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En los archivos de la CIDH aparecen fotos de cuerpos mutilados.

Habían pasado muchos días bajo el agua, pero las uñas de sus pies seguían pintadas cuando le sacaron la foto en la playa La Floresta, de la costa uruguaya. Las piernas tenían quemaduras, marcas de torturas y una soga se ataba todavía, con cuatro vueltas, a su pie derecho.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la Organización de Estados Americanos (OEA) guardó durante 32 años ésta y otras 130 fotos de cuerpos que, de acuerdo con los informes que las acompañan, fueron encontrados entre 1976 y 1979 en distintas playas de Uruguay. La CIDH las recibió durante la inspección que hizo a la Argentina en 1979 y las archivó desde entonces en una carpeta amarilla que dice, escrito en birome, “observation in loco”. Hoy, la entregará a la Justicia. Es parte de un proceso de desclasificación de documentos de esa comisión.

La carpeta tiene, además, descripciones del estado de 20 cuerpos, copia de legajos de inteligencia elaborados entonces por las autoridades uruguayas y mapas de las playas donde habrían aparecido los cadáveres.

Los funcionarios de la CIDH desconocen el origen de los documentos. Sólo saben que alguien los entregó en 1979. Suponen que pudo haber sido el ex marino uruguayo Daniel Rey Piuma, que integraba los servicios de inteligencia de la Prefectura y en 1980 huyó a Brasil llevándose archivos oficiales.

En el caso de la mujer encontrada en La Floresta, las fotos están acompañadas por un informe que dice que presenta “fractura de muñecas, como si hubiera estado colgada de ellas; quemaduras en ambas manos; derrame sanguíneo interno provocado por la rotura de vértebras” y “zona pubiana, anal y perianal destrozada con objetos punzantes”. Quien lo elaboró relata: “Dos intentos míos de calificar el caso como violación y homicidio fueron descalificados”. Cuenta además que el hallazgo se hizo público y que, como consecuencia de “el cuerpo muy cuidado y las uñas pintadas”, se tejieron “versiones novelescas” sobre que “la occisa frecuentaba lugares nocturnos y estaba vinculada a una banda de narcotraficantes”.

En otros casos, relata que se pretendió hacer pasar las muertes como consecuencias de “orgías de alta mar” y “motines a bordo”.

En la CIDH no saben si los cuerpos son de desaparecidos de la ESMA, pero creen que es posible. Casi todos tienen marcas de torturas y ataduras. Y algunos aparecieron con billetes y monedas argentinas.

La carpeta se adjuntará a la causa de los llamados “vuelos de la muerte”, en los que desaparecidos fueron arrojados al mar durante la última dictadura. Es parte de la megacausa por los crímenes de la ESMA. La instruye el juez Sergio Torres, que fue quien pidió abrir los archivos.

El secretario ejecutivo de la CIDH, Santiago Cantón, viajó a la Argentina para entregarle la carpeta a Torres. “Estos documentos pueden servirle para identificar a personas -dijo Cantón en una entrevista con LA NACION-, pero además muestran la existencia de las torturas, las violaciones, las ataduras. Hasta ahora, las pruebas que había de los vuelos de la muerte eran todas testimoniales. Estas son clave por la inmediatez; son de aquel momento.”

Los documentos que hoy recibirá Torres no son los primeros que le entrega la CIDH. Este año, el juez viajó a Washington y revisó 60 cajas con legajos sobre denuncias recibidas por la Comisión durante la última dictadura. Gran parte de ese material (el vinculado a la ESMA) fue escaneado y ya forma parte del expediente.

Para preservar a los denunciantes, la CIDH guardaba con estricta reserva todos los documentos de su visita a la Argentina, pero ahora el criterio cambió. Cantón explicó que se debe al tiempo transcurrido, la democracia en la Argentina y la firme determinación de la Comisión de colaborar con las causas de derechos humanos. “Estamos analizando abrir muchos más documentos”, anunció Cantón.

Los vuelos de la muerte

La causa. El juez federal Sergio Torres investiga los llamados “vuelos de la muerte” como parte de la megacausa por los crímenes cometidos en la ESMA.

Los acusados. Siete acusados están procesados: cinco son pilotos; uno, abogado, y otro un técnico aeronáutico que confesó a civiles haber tirado a gente al mar.

Las nuevas pruebas. La CIDH entregará hoy a Torres fotos y documentos que serían de desaparecidos arrojados al mar y hallados en playas uruguayas.

Su valor . Las pruebas son clave porque son de aquel momento y muestran cuerpos torturados y atados. Es posible que permita identificar a desaparecidos.

Tomado de Lanación.com.ar
Por Paz Rodriguez Niell

A décadas del asesinato del líder del MIR chileno, opinan Ramis, Echeverría, Amoros y Quesada

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La pregunta de Miguel

La figura de Miguel Enríquez despierta dos tipos de reacción. O se le descalifica en bloque, culpándole de un amplio conjunto de pestes políticas, o por el contrario, se la ensalza en un relato militante, que mezclando la hagiografía revolucionaria y el panegírico apologético tiene poco que ver con la personalidad y el talante del fundador del MIR.

Miguel no era un santo ni un demonio, sino un revolucionario que propuso una serie de preguntas políticas fundamentales al país, y estuvo dispuesto a debatirlas abiertamente durante toda su vida. Lejos del sectarismo o el dogmatismo, se le debe ubicar, dentro de la tradición del pensamiento crítico latinoamericano, entre los que buscan una alternativa emancipatoria adecuada a las condiciones específicas de nuestros pueblos. En este aspecto, Miguel Enríquez es una figura actual. Sus preguntas siguen siendo gravitantes y exigen ser tomadas en cuenta, de forma profunda y consistente.

El problema fundamental que identificó Miguel y el colectivo generacional que le acompañó en la fundación del MIR en 1965 era el siguiente: en América Latina se había hecho patente que la derecha histórica, agraria, conservadora y patronal, no disponía de un proyecto de desarrollo para la región. Incluso el Estados Unidos de Kennedy y la Iglesia Católica post-conciliar estaban de acuerdo en este diagnóstico. Tal como lo había demostrado el gobierno de Jorge Alessandri, la oligarquía más rancia y casposa estaba a la deriva, dispuesta a agarrarse a cualquier cosmético con tal de mantener un orden social anacrónico, que exigía una transformación radical y urgente. En respuesta a esta crisis se alzaban dos programas de reformas, aparentemente antagónicos, pero que en el fondo poseían amplias coincidencias de fondo: la “revolución en libertad” democratacristiana, aliada a la Alianza para el Progreso norteamericana, y la “vía chilena al socialismo” que postulaban los partidos Socialista y Comunista. En cada país del continente esta dicotomía asumía sus propias especificidades, pero se replicaba en lo fundamental, de acuerdo al dualismo Este-Oeste de la guerra fría.

La intuición fundamental de Miguel era que ambos proyectos tenían limitaciones estructurales que afectaban su viabilidad y deseabilidad. Ello no quiere decir que homologara ambas alternativas. Miguel y el MIR distinguían entre la derecha tradicional y el reformismo DC, y entre la DC y el proyecto del FRAP, que desembocaría en 1970 en la Unidad Popular y el gobierno de Salvador Allende. Pero su análisis crítico le llevó a descubrir en ambas alternativas una serie de contradicciones y aporías, inherentes a la naturaleza del orden internacional en el que estaban insertas y por sus propias insuficiencias de cara a las necesidades de las grandes mayorías, a las que definió como “los pobres del campo y la ciudad”.

LA INVIABILIDAD DE LOS REFORMISMOS
Para Miguel Enríquez los dos proyectos de reforma que se proponían a Chile en los años sesenta no eran viables a largo plazo. Arraigaba este convencimiento en un análisis muy detallado de las condiciones de la economía latinoamericana, situada en una relación de dependencia respecto a los grandes centros de poder del capitalismo global. Tanto el programa de la DC como el de la Izquierda apostaban a lograr una alianza histórica con los sectores progresistas del empresariado nacional en orden a promover una modernización industrializadora que permitiera cambiar el patrón productivo, para desembocar en una versión nacional del Estado de bienestar europeo. Pero este programa presuponía una serie de condiciones de posibilidad, que el MIR no lograba visibilizar, entre otras:

1. La inexistencia de un verdadero empresariado “progresista”, con vocación industrializadora. Más allá de algunas individualidades, los empresarios nacionales se veían a los ojos de Miguel como endémicamente arraigados a una tradición rentista, extractivista y agraria, incapaces de asumir el programa de sustitución de importaciones que preconizaba la Cepal, que debería crear los empleos de calidad que podrían incorporar a los excluidos del ciclo productivo.

2. A la vez, el mercado chileno era incapaz de absorber la nueva producción nacional que se debería llegar a generar. La inexistencia de una verdadera clase media constituía un obstáculo insalvable al proyecto reformista. La única forma de sortear este problema radicaba en la consolidación de un mercado ampliado, a escala latinoamericana, que por su dimensión pudiera absorber esa nueva oferta productiva.

3. Pero ese proyecto de integración latinoamericana, basado en un cambio en la matriz económica, era intolerable para Estados Unidos, que necesitaba mantener a la región como proveedora de recursos naturales a bajo precio y como mercado natural para sus productos elaborados.

4. Este escenario implicaba que ambos reformismos terminarían por chocar de forma violenta e insalvable con la elite económica y política nacional, reacia a abandonar su vocación rentista en aras de un proyecto de cohesión social que despreciaba profundamente. Y también chocaba con el capital transnacional, que necesitaba que América Latina permaneciera bajo la órbita de dominio norteamericano, en posición de dependencia económica y subordinación política. El ciclo de cambios reformistas llevaría inevitablemente a la necesidad de una ruptura abierta y decidida, y para liderar ese proceso construyó y articuló el Movimiento de Izquierda Revolucionaria.

LA INDESEABILIDAD DE LOS REFORMISMOS
Si los programas reformistas aparecían como inviables sin un momento de ruptura radical, también eran criticables porque no lograban superar el nudo del dilema latinoamericano. En el caso del reformismo DC, Miguel Enríquez advertía el germen de una modernización capitalista, tanto a nivel agrario como minero, que originaría un nuevo ciclo de acumulación en beneficio de los sectores más cosmopolitas y mejor preparados del empresariado nacional. Y en el programa del FRAP y de la UP reconocía una voluntad redistributiva mucho mayor, pero que en el fondo mantenía la continuidad con la dimensión desarrollista del proyecto DC, cambiando los socios occidentales por nuevos socios de la Europa del Este. Su intuición era que se debía buscar de forma clara y decidida una orientación socialista, que permitiera el protagonismo popular, y que evitara las trampas burocráticas y autoritarias en las que cayeron los países del “socialismo real”.
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