Miguel… tú no has muerto

A 43 años de su muerte combatiendo cara a cara a la dictadura, el tiempo le dio la razón. Miguel Enríquez sigue vivo en el corazón de la izquierda chilena y latinoamericana

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Miguel Enríquez –secretario general del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria)- fue enterrado el 7 de octubre de 1974, a las 07:30 de la mañana, en un nicho del Cementerio General de Santiago. La dictadura cívico-militar autorizó como acompañantes del sepelio sólo a diez miembros de su familia, vigilados por cientos de hombres y armas de enemigos temerosos. Aunque el pueblo no pudo estar presente, una mujer representó el sentir de miles de ausentes, fue su madre Raquel, quien en medio del silencio con voz fuerte y entera dijo:

“Tú no has muerto.
tú sigues vivo,
y seguirás viviendo
para esperanza y felicidad
de todos los pobres del mundo.”

No sólo no ha muerto, el ideario y el ejemplo de vida política entregado por Miguel Enríquez hoy tiene plena validez ya que el accionar –violento, clasista, criminal, expoliador- de la derecha política y la derecha económica ha demostrado, sin margen de duda, cuán profunda es la explotación y el desprecio que esa clase predadora ejecuta diariamente contra la sociedad civil chilena.

En esta hora en la que muchos dirigentes de la izquierda actual forman parte de una política deshilachada luego de haberse reconvertido a la fe neoliberal -traicionando al pueblo, a su propia historia y a sus valores de antaño- , la figura de Miguel se empina nítida por sobre las cofradías de un endeble y falso socialismo aplaudido por la prensa canalla, aquella perteneciente a los mismos grupos económicos que produjeron la masacre de miles de inocentes en las décadas del 70 y el 80.
Junto a compañeros como Luciano Cruz, Bautista Van Schouwen, Sergio Pérez y Danton Chelén, entre muchos otros, Miguel participó directamente el año 1965 en la fundación del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), involucrándose de lleno en la actividad política dejando de lado una existencia que bien pudo ser holgada y plácida, pues tal decisión (luchar por los más pobres, por los desposeídos, por Chile) la tomó tan sólo meses antes de haber obtenido el título profesional de Médico Cirujano. En el congreso fundacional del MIR (15 y 16 de agosto de 1965), presentó un documento a la discusión titulado “La conquista del poder por la vía insurreccional”, prolegómeno del pensamiento político de Miguel y del propio MIR.

Tuve en suerte conocerlo y departir con él algunos minutos. Ello ocurrió en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, el año 1968, cuando la inolvidable Reforma Universitaria germinaba sus primeros avances y la lucha por dominar la escena estudiantil universitaria –ergo, la FECH (Federación de Estudiantes de Chile)- contaba con dos poderosos oponentes: el partido comunista y la democracia cristiana, tiendas que a través de sus respectivos líderes, Alejandro Rojas y Jaime Ravinet, pretendían dirigir la reforma y gran parte del mundo universitario.
Recuerdo con perfecta certeza y claridad los planteamientos explicitados por Miguel en esos debates de entonces, dejando a veces sin argumentos a quienes optaban por defender el sistema imperante, así como desestibando a aquellos que creían que el simple reformismo podría cambiar Chile. “Esta reforma que tanto defiendes y que reconozco necesaria –me dijo esa vez- te la va a derribar el sistema, si es que a este no lo cambias primero”. Ese tipo inefable y viejo como el universo, llamado ‘tiempo’, le dio una vez más la razón. Cinco años después, las bayonetas y los dólares destruyeron completamente lo que con tanto esfuerzo habíamos construido.

Es oportuno recordar que durante el gobierno de la Unidad Popular, el presidente Salvador Allende reconocía y destacaba el liderazgo de Enríquez , y lo manifestó públicamente cuando intentó atraerlo a las filas del gabinete: “Yo quisiera, Miguel, que tú fueras el ministro de la Salud”, fue su petición, misma que Miguel rechazaría argumentando: “Doctor, me honra con su oferta, pero resulta que nosotros tenemos diferencias con usted y no queremos que esto se exprese dentro del gobierno. Nosotros nos vamos a jugar por usted, lo vamos a apoyar en la seguridad personal, vamos a defender este gobierno, pero a la vez queremos la libertad para plantear nuestras diferencias cuando sea necesario”.

Eran otros tiempos y era, por supuesto, otra estirpe de chilenos. Se debatía la política en la calle, en los sindicatos, en los claustros, cara a cara. Hoy se hace a través de las redes sociales, cómodamente sentados frente a un computador, sin necesidad de soportar diatribas ni argumentos sólidos, pues basta con apagar el equipo parta terminar la discusión.

Los de antes ya no somos los mismos, escribió Neruda… y por cierto que no lo somos. La comodidad que otorga la tecnología nos ha vuelto individualistas, e incluso pusilánimes en ciertos aspectos. Por ello, opinar respecto de las acciones políticas del pasado frente a adversarios de carne y hueso, requiere contar con la validación que ofrecen no sólo los documentos y libros, sino también la experiencia directa de haber vivido en la época que se analiza y haber conocido de primera mano los hechos que la caracterizan, lo cual otorga mayor grado de certeza al análisis respectivo.

Por tal motivo, cuando se desmenuza, por ejemplo, el último discurso de Miguel Enríquez en el mes de julio del año 1973 (en el Teatro Caupolicán), mismo que la derecha y el ‘progresismo’ concertacionista ningunean y desdeñan, es imperativo entender el contexto histórico en el cual se produjo, pues más allá de si se comulga o no con los planteamientos mencionados por Miguel Enríquez y el MIR, la lectura política de la situación por la que atravesaba el país era esencialmente correcta. Enríquez denunció el camino sedicioso y subversivo que la derecha había emprendido al no contar, luego de los comicios del mes de marzo de 1973, con votos suficientes para derribar el gobierno de la Unidad Popular.

Un sector del PDC junto a la derecha (y al brazo armado de esta, Patria y Libertad), habían intensificado la agitación en las FFAA, los atentados a la infraestructura del país (oleoductos, gaseoductos, etc.), y asesinatos de campesinos, obreros y estudiantes de izquierda, todo lo cual culminó con el tancazo del 29 de Junio, un intento golpista que la CODE (Confederación Democrática: formada por el Partido Nacional y el PDC) digitó junto a Patria y Libertad.

Miguel Enríquez, en ese histórico discurso del 17 de julio de 1973, denunció a la derecha y a un sector de la DC (liderado por Frei Montalva y Patricio Aylwin) acusándolos de pontificar vías institucionales de diálogo y negociación, los que en la rigurosa realidad no pretendían lograr acuerdos, ya que de manera paralela complotaban clandestinamente para provocar el quiebre de la institucionalidad a objeto de permitir que el poder y el gobierno fuesen asumidos por los militares.

En esa ocasión -como en tantas otras anteriormente- Miguel denunció el alzamiento sedicioso y golpista de la derecha y la DC, al tiempo que llamaba a las masas a prepararse para hacer frente a tal alzamiento.

Una vez producido el golpe de estado, en medio de la acentuación de la represión dictatorial, muchos dirigentes y militantes de la izquierda optaron por el exilio, en el caso del MIR desde el comienzo se definió un rechazo rotundo a esta práctica. “El MIR no se asila, lucha y resiste”, era la orden. De hecho, el propio Miguel se opuso a que parte de la dirección se replegara en el exterior: “si el MIR se exilia, de hecho deserta; lo que no sólo tiene valoraciones éticas negativas, sino que en el caso particular de Chile es renunciar a cumplir con tareas que son hoy posibles y necesarias”.

En las últimas líneas de esta nota, me parece oportuno transcribir lo que hace años escribiera Manuel Cavieses. Lea usted lo siguiente:

El Informe Rettig señala: “La primera prioridad de la acción represiva de la DINA durante el año 1974 fue la desarticulación del MIR. Esta continuó siendo una prioridad durante 1975. Durante estos dos años se produce el mayor número de víctimas fatales atribuibles a este organismo”. Matar al secretario general del MIR, un médico de 30 años que había burlado numerosas trampas y emboscadas, se convirtió en una obsesión para la DINA. Destinó para ello a la Agrupación Caupolicán, mientras la Agrupación Purén se dedicaba a perseguir al resto de la Izquierda. La DINA consiguió datos para localizar el sector de Santiago donde Miguel Enríquez vivía clandestino. Era en la calle Santa Fe #725, entre Chiloé y San Francisco, en la comuna de San Miguel. Una casa con apariencias de nada, con dos portones metálicos que todavía conservan más de treinta impactos de balas. El 5 de octubre de 1974 se libró allí un combate desigual, como el de La Moneda y otros durante 17 años en que hombres y mujeres de la Izquierda chilena dieron lecciones de honor y valentía

Miguel murió combatiendo. Sigue haciéndolo a través de quienes han tomado sus banderas y continúan una lucha que parece recién comenzar. Miguel no ha muerto, sigue vivo… y seguirá viviendo para esperanza y felicidad de todos los pobres del mundo.

Por: Arturo Alejandro Muñoz

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Las últimas horas de Víctor Jara: “Latiendo como una campana”

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El relato del abogado Boris Navia

El abogado y militante comunista, quien se desempeñó durante la Unidad Popular como jefe del departamento de personal y miembro del consejo superior de la Universidad Técnica del Estado (UTE) hasta el 11 de septiembre de 1973, nos relata las últimas horas con vida de Víctor Jara.

“Desde la UTE nos llevaron prisioneros al Estadio Chile. Me tocó entrar por Unión Latinoamericana. Había un túnel de soldados y los oficiales les ordenaban golpearnos con patadas, con culatazos, llevábamos las manos en la nuca, pero en verdad nos pusimos las manos en la cabeza para evitar que nos golpearan el cráneo”, relata el abogado Boris Navia, que compartió tormentos el 11 de septiembre junto a Víctor Jara.

“Víctor iba cuatro o cinco lugares antes que yo, también saltando porque nos hacían saltar para que nos agotáramos, y de repente un oficial que estaba parado sobre una tarima, con uniforme guerrero, porque andaban todos dispuestos para la guerra, con cascos hasta los ojos, el rostro pintado, granadas en el pecho, pistolas, corvos, ametralladoras… Ese oficial descubre a Víctor Jara y dice: ‘¡A ese hijo de puta me lo traen para acá!’. Un soldado lo saca de la fila, pero suavemente… Entonces el oficial protesta: ‘¡No lo traten como señorita, carajo!’. A la voz del oficial, el soldado toma el fusil y le da un feroz culatazo en la espalda.

Víctor trastabilla pero no alcanza a caer. Le da un segundo culatazo. Víctor cae casi a los pies del oficial, que había bajado de su tarima: ‘¡Vó’ soy el hijo e’ puta… yo te enseñaré a cantar canciones chilenas, no canciones comunistas, hijo e’ puta!’. Y empieza a golpearlo, con sadismo. Víctor trata de protegerse el rostro, pero lo golpea, una, dos, diez patadas, qué se yo.

Víctor se arrolla y el torturador parece que se desespera y se desequilibra cuando ve que Víctor se levanta y, en lugar de pedir clemencia o algo así, simplemente contesta con una sonrisa… De improviso, en esa histeria fascista, saca la pistola, y nosotros pensamos que le descerrajaría un tiro. En el intertanto, toda la fila que estaba saltando deja de hacerlo. Los conscriptos que nos custodiaban dejan de gritar y de golpearnos, y todo el mundo queda transido frente a esa escena de horror…

El oficial saca la pistola y comienza a golpearle con el cañón en la cabeza. Y vemos como la sangre de Víctor le empapa el pelo, la frente, y le empieza a correr por su cara. Ese rostro ensangrentado como un verdadero Cristo, se nos quedó grabado… Y lo golpea, lo increpa, pero de repente se da cuenta que hay cientos de ojos mirando, y dice: ‘¡Y qué pasa con estas mierdas que no avanzan! ¡Avancen, huevones! A este carajo me lo lleva a ese pasillo, y al menor movimiento, lo matas. ¿Me entiendes, carajo? Lo matas…’.

Y el soldado arrastra a Víctor muy mal herido. Después comprobaríamos que tenía dos o tres costillas rotas, a pesar que se protegía con sus manos, los puntapiés penetran. Sigue leyendo

Los fotógrafos que retrataron el 11de Septiembre de 1973 en Chile

IMG_0541.JPGOrlando Lagos ©

David Burnett, Chas Gerretsen, Koen-Wessing y Marcelo Montecinos son los nombres de los cuatro fotógrafos que destacan por su aporte a la memoria colectiva en los hechos que marcaron el año del golpe militar en Chile. El foto-periodismo fue la principal característica que estos artistas desarrollaron tras los acontecimientos de ese día. El estadounidense David Burnett, con su experiencia en guerras y crudos acontecimientos logró capturar importantes momentos en el Estadio Nacional, Chas Gerretsen, un importante fotógrafo de guerra y fotoperiodista neerlandé, logra la imponente foto de Augusto Pinochet con el gobierno militar ya en el poder, Koen-Wessing, fotógrafo holandés, captura la ciudad y la soledad en frías composiciones donde el Estadio Nacional y las poblaciones fueron parte central de los elementos, Marcelo Montecinos, el fotógrafo independiente ganador de un premio Altazor con trabajos en las guerras de Nicaragua, Salvador y Guatemala también es parte de este legado a la memoria chilena y Orlando Lagos (en la portada) parte de los fotógrafos oficiales del gobierno de Salvador Allende quien capta uno de los últimos momentos antes de su muerte en una fotografía que dio la vuelta al mundo.

David Burnett

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Chas Gerretsen

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Koen-Wessing

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Marcelo Montecinos

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Tomado de: galaxiaup.com
Por: Juan Pablo Faus

Las peñas folklóricas en Chile (1973 -1986). El refugio cultural y político para la disidencia

Resumen

La dictadura militar chilena (1973-1989) llevó a acabo una revolución neoliberal de tal nivel que refundó a la sociedad en general.  Una parte importante de ella fue arrasada en su rol opositor, borrando a las organizaciones políticas para poder lograr una hegemonía social que le permitiera asentar sus raíces. Por ello los espacios artísticos y culturales dentro del arte –específicamente las peñas folklóricas- ayudaron a la articulación entre los individuos dispersos, sobre todo entre los jóvenes disidentes. Las peñas fueron evolucionando en su desarrollo, implicando a diferentes instancias culturales. Fue un lugar de agrupamiento para entorno al arte y como expresión de la politica. Ellas fueron un producto de la cultura y un elemento importante a la hora de promover la empatía, la solidaridad y la organización social. Las peñas permitieron la reactivación y reunificación del movimiento popular chileno. Se convirtieron en el cauce de un movimiento alternativo de difusión, de expresión, de política y de subjetividades, en paralelo a las disposiciones culturales del régimen de facto. La cultura se transformó en el mayor y en el más diverso de los espacios de desarrollo y expresión democrática que tuvieron los grupos opositores durante la dictadura militar, sobre todo para los jóvenes militantes.

Introducción

 

El golpe de Estado de 1973 cambió radicalmente la vida de los chilenos. El nuevo régimen ideó estratégicamente un modelo neoliberal transformador que refundó al país.   Diversos grupos sociales confluyeron en pugnas de adhesión y resistencia dentro de un marco ideológico que los movilizó y los supeditó a un Estado en transformación que relanzó el capitalismo financiero dentro de una nueva reestructuración nacional.  Este tiempo de dominio militar fue sostenido con una fuerte contraofensiva estatal en nombre de la libertad y en contra del ‘comunismo enfermo’.  El mundo social con su diversa complejidad, indagó en torno a la construcción de una visión e identidad, con luchas simbólicas dentro de sus propias experiencias y prácticas.  Fue en este escenario en donde los jóvenes chilenos –como sujetos políticos- se desarrollaron e intentaron esbozar en sus prácticas y discursos un proyecto de país.  En este periodo se desarrolló la mayor reorganización económica, política, social y cultural llevada a cabo por el régimen de Augusto Pinochet. Los jóvenes se convirtieron en un actor político relevante tanto para el oficialismo como para la oposición por su originalidad y compromiso, en donde las identidades que construyeron estuvieron imbricadas en relación directa con el otro y por ello se transformaron en una filosa arma política.  Para la resistencia la condición de joven fue un impulso y una acción que permitió la idea de transformar el presente e inspiró la apertura de caminos de respuestas que ayudaron a la creación política.  Para el régimen y sus adherentes esta condicionalidad juvenil, por un lado fue una amenaza subversiva, pero también motivó a la organización, la institucionalización y la concientización doctrinaria y proyectual de ‘su propia juventud’.  La sociedad chilena se encontró así misma envuelta en complejas relaciones sociales y en contradicciones que hasta hoy día continúan siendo evidentes y enigmáticas.  Los jóvenes chilenos fueron en sí mismos una pregunta política, con memorias militantes que inundaron los espacios sociales en los cuales las identidades juveniles entraban en disputas. La población joven y disidente a la dictadura comenzó a organizarse en manifestaciones y acciones de agitación social lo que dio pie a una mayor intencionalidad política.  Acción y manifestación sumaban fuerzas en desacato al sistema dominante.  Este segmento de la sociedad luchó por la democracia y por el rescate de un proyecto social que tuviera futuro y viabilidad para la sociedad chilena, dentro de diferentes subjetividades políticas.  Por su parte los seguidores de Pinochet tuvieron a su haber todo un aparataje que resguardó sus propias construcciones y proyecciones de un trabajo de militancia proyectada en el tiempo. 

 

En este sentido el compromiso y el voluntarismo de ciertos actores sociales en la acción política, en la acción cultural, en las organizaciones de pertenencia o desde el punto de vista académico han confirmado la importancia de lo subjetivo en la historia.  La subjetividad de los jóvenes pretendió ser transformadora, distintiva, propia y en conjunto con los movimientos sociales, en donde la historia oral ha permitido percibir las ideas, los sentimientos y sensaciones de aquéllos que vieron su vida desbordada por la coyuntura.  El porvenir político fue una de las metas a conseguir, porque era el derecho a decidir sobre lo venidero, sobre las opciones del nuevo germen y sus efectos para la sociedad chilena en su conjunto.  El actor social joven resurgió como un elemento decidor entrelazado con su conciencia social.  Fue inevitable su reinserción al espacio de prácticas posibles, a la rearticulación de su propia experiencia y a sus visiones de porvenir.  Durante la dictadura militar los jóvenes chilenos disidentes fueron capaces de desarrollar una intensa movilización política, social y cultural en contra del régimen.  Desde esta perspectiva hubo variadas formas de oposición o de sostén.  Durante los años 1978-1988 se materializó una fuerte movilización en pro y en contra de la dictadura.  Estos jóvenes construyeron parte de su identidad en la movilización, en la lucha, en el trabajo voluntario, en el disciplinamiento y en la lealtad.  Fueron considerados como agentes transformadores y un importante e interesante componente social.  Los jóvenes fueron objeto de disputas políticas y simbólicas, de representaciones y acciones que aun persisten en la memoria y en el recuerdo de cada individuo participante de este periodo histórico contenido en el sentido de la experiencia.

 

Los jóvenes opositores iniciaron nuevas instancias relacionales que les posibilitaran el reencuentro, la identidad y la pertenencia. Todo el movimiento cultural post golpe fue fundamental a la hora de reunificar a los disidentes del régimen. En este sentido las peñas folklóricas –como uno de los productos culturales del primer tiempo de la dictadura (1973-1983)- fueron el reducto de la resistencia pacífica, con sentidos que ayudaron a la reconciliación de los grupos –luego del proceso de la Unidad Popular que tuvo a su haber tensiones y contradicciones dentro de los propios grupos que la componían – y a la reconstrucción de los lazos sociales que negaban la homogeneidad del discurso dominante, permitiendo la rearticulación social y cultural para luego dar paso a la rearticulación política.   

 

Pero este periodo peñero tuvo un tiempo anterior de desarrollo durante la década del ’60, con la conformación de la ‘peña de los Parra’, que fue una idea nacida de los hijos de Violeta Parra: Ángel e Isabel, como una respuesta al movimiento musical denominado como ‘La Nueva Ola Chilena’ y la estética de huasos mas bien acomodados y alejados de la realidad campesina y popular. Estos modelos eran los que prevalecían en las radios y en los otros medios de comunicación, debido también al adormecimiento –fingido o no- pero solo interrumpido por la acción de pequeños grupos contestatarios. “La radio era el principal canal de difusión de la música popular. Varias estaciones radiales contaban con estudios para que los cantantes realizaran sus actuaciones y promocionaran sus discos.  En este ambiente se formaron varias corrientes musicales, como la Nueva Ola… Su propuesta musical dominó casi sin contrapeso el escenario musical hasta 1966, año en que comenzó a gestarse un nuevo movimiento musical (denominado) como Nueva Canción Chilena” (1).

 Por eso cuando se inaugura la ‘peña de los Parra’ en Santiago, ésta se convierte en el punta pie inicial para que se multiplicaran otras peñas pero por todo el país. Las peñas que vendrán durante el periodo de dictadura y posteriormente a ella, tendrán muchas de las características de este nuevo fenómeno, sobre todo como un refugio ante la desorientación política y la represión militar.

 

Los primeros años de la dictadura fueron los más desgarradores y violentos políticamente y el trabajo que desarrollaron las peñas estuvo inserto en este contexto. El Estado entró en conflicto con la cultura, marginando y excluyendo a vastos sectores de la sociedad chilena. Todos quienes participaron de estos ‘refugios culturales’ pusieron en juego la propia vida, Sigue leyendo

CARTA DE MIGUEL AL CARDENAL RAÚL SILVA HENRÍQUEZ

Cardenal Raul Silva Enriquez
Miguel Enriquez

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Chile, Abril de 1974.
Sr. Cardenal
Raúl Silva Henríquez
Presente.

Escuchamos con atención su homilía de Semana Santa y leímos en la prensa informaciones acerca de un supuesto atentado en contra suya, por parte de “extremistas de izquierda” (designación que comúnmente nos da la Junta).

A pesar de que nosotros estamos convencidos, y Ud. lo debe tener más claro aún, que todo eso no fue más que una farsa publicitaria que levantó la Junta Militar con el fin de disminuir el impacto de su homilía y de atemorizar a la Conferencia Episcopal de Punta de Tralca, o a lo más la preparación de un atentado que ellos mismos estuvieron preparando, nos decidimos a escribirle directamente a Ud., fijando nuestra posición y actitud.

Estamos en contacto con toda la Izquierda y no sabemos de fuerza alguna dentro de ella, que fuera partidaria del terrorismo individual y menos en contra suya.

Nosotros, separados de Ud. por importantes diferencias ideológicas, somos parte de los perseguidos de hoy, luchamos por los humillados y ofendidos de siempre, y hoy por la restauración de las libertades democráticas, la defensa del nivel de vida de las masas y el respeto a los derechos humanos, de cuya violación sangrienta y sistemática por parte de la dictadura gorila, han sido víctima varias decenas de nuestros compañeros y familiares.

A pesar de que también somos de los que creemos que a la dictadura gorila sólo se le derrocará organizando la Resistencia y el combate de todo el pueblo, y que sólo así los obreros y pobres de Chile conquistarán su verdadera emancipación, en un Gobierno de Obreros y Campesinos, aunque en ello se nos vaya la vida, no sólo no somos hoy partidarios del terrorismo individual, sino que menos aún, ni ayer, mañana y hoy, se nos ha cruzado como objetivo atentar en contra suya.

Más aún, apreciamos en toda su magnitud el valor desplegado por Ud., en su homilía de Semana Santa, en el sentido de empujar la defensa de los Derechos Humanos y de los pobres de Chile, como también, con mayores reservas, el documento público de la Conferencia Episcopal reciente.

Si muchas cuestiones nos separan, con certeza nos une al menos la defensa de los Derechos Humanos y la defensa de los pobres de los campos y ciudades de Chile. No es por coincidencia que en nuestras dentro y fuera de Chile contamos con un significativo número de cristianos y sacerdotes católicos.

Nuestro partido, a pesar de los golpes recibidos, se ha reorganizado, funciona, bajo nuevas condiciones, con suficiente regularidad; por ello, las afirmaciones que en esta carta expreso, puede Ud. contar que con certeza corresponden también a las de todos los militantes y miembros del Movimiento de Izquierda Revolucionaria.

¡LA RESISTENCIA POPULAR TRIUNFARA!

Miguel Enríquez, Secretario General.
MOVIMIENTO DE IZQUIERDA REVOLUCIONARIA. MIR.

Tomado de: memoriamir.cl

Aquí…, Radio Liberación

Para Fernando Vergara Vargas

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Fernando Gabriel Vergara Vargas, militante del MIR, era diseñador gráfico y publicista; pero sobre todo radiodifusor clandestino.

Trabajó en Walter Thompson y Veritas Publicidad. Diseñador Gráfico de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y Editorial Siglo XXI. Operador de la radio clandestina Liberación (1982/84) y dibujante de El Rebelde.

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Fernando Vergara Vargas fue un artista del diseño gráfico que ejerció clandestinamente el periodismo y la radiodifusión durante los años en que los medios opositores fueron silenciados por la dictadura. Eran tiempos en que los jóvenes «pateaban piedras», en la canción de Los Prisioneros, a la vez que encendían las protestas en barrios y poblaciones de Santiago, Valparaíso y Concepción.
Detenido en 1974 y expatriado a México en 1975, regresó clandestinamente en 1982 para entregarse a tareas de comunicación del MIR. Murió a los 36 años, el 15 de diciembre de 1984, acribillado con catorce impactos de bala en una emboscada en calle Santa Elvira que la Central Nacional de Información (CNI) presentó como «enfrentamiento». En su secreto equipaje de repatriado, cargaba lápices de colores prodigiosos para dibujar las cartas a su hija Barbarita, entonces de 7 años.

Circulaba como peatón, pero «recibió la respuesta que correspondía de parte de las fuerzas de seguridad» al resistir una supuesta revisión de …automovilistas, en la inverosímil versión «de inteligencia» del secretario general de Gobierno, Francisco Javier Cuadra. En el domicilio de la víctima (Carmen 1392), que tenía prohibición de ingresar al país desde 1980, la CNI incautó componentes electrónicos de los transmisores que Vergara fabricaba para las emisiones clandestinas de radio Liberación. Radiodifusión

Entre 1982/84, se entregó al desarrollo de las transmisiones clandestinas. El vespertino La Segunda registró esas actividades el 18 de mayo de 1982, en una nota titulada Gol con relato subversivo:

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Palabras para no olvidar: la lucha continúa

Habían transcurrido diez años de la salida forzosa de “mi país” cuando regreso a él. Con dieciocho años y la inquietud natural de una adolescente buscando sus raíces, logro aventurarme a conocer aquel lugar que mis padres habían dejado atrás con tanto dolor y sufrimiento. Ese sitio llamado Chile que para mí era reminiscente de infancia, olor a café con leche a la llegada de la Escuela y de las clases de ballet que tanto gozaba y nunca más pude continuar. Sí, porque el exilio significó ruptura, separaciones, distancias, idiomas y poblaciones nuevas que marcarían mi vida por siempre. Nunca más tendríamos el abrigo y cobijo de nuestra nana. Ahora debíamos cuidarnos nosotros mismos y con responsabilidades que no corresponden a un niño. Mi madre, ya separada de mi padre, trabajaba largas horas para sostener nuestro nuevo hogar y asegurar los ricos chocolates y juegos de Monopoly (La Gran Capital) los viernes por la noche. Era nuestro ritual de exilio, el momento en que estábamos mis hermanos y yo junto a ella y éramos felices.

 

Pero todo llegó a un abrupto fin una mañana de otoño londinense cuando, entrando a hurtadillas a la pieza de mi madre para no despertarla, presiento que algo no está bien. Me acerco lentamente a su cama y le toco sus pies, y con la inocencia de una niña de doce años no quiero creer lo que siento, un gélido frio que traspasa las mantas. Salgo y le aviso a mis hermanas mayores que algo pasa con la mamá. Ellas, estoicamente, asumieron sus roles y constataron lo irrefutable: estaba muerta. No hay golpe más grande en este mundo que perder a tu madre, sobre todo siendo una niña. Teniendo un padre muy presente, pero a miles de kilómetros de distancia en el Norte de África, comenzamos a vivir el duelo de la partida de la mamá, y el fin de su idea de que este exilio solo sería por un tiempo corto. Madre mía, hoy te recuerdo y lamento decirte que han transcurrido 42 años y aún no hay paz, verdad ni justicia en Chile.

 

De estos 42 años ya llevo 29 viviendo en Chile, más de la mitad de mi vida. Es que cuando uno ha tenido que cambiarse de casa y país tantas veces, cifras como éstas cobran mayor significado. Y vivo como una chilena más, pero en mi fuero interno me siento distinta, y no es sólo el exilio sino también vivir la represión de la dictadura de una forma silenciosa, no tan muda como la de miles de chilenos, pero igual callada, no publicada para ser conocida por todos. Porque soy un personaje anónimo que tiene su historia que contar, una historia surcada de momentos amargos de la dictadura y la contrariedad que ha significado vivir en este país en “transición”. Esperando el momento en que no exista un pero para disfrutar el aroma de la primavera.

 

Era el inicio de mi primera primavera ya residente en Chile, había vivido in situ el horror de la Operación Albania donde 12 chilenos habían sido acribillados en una sangrienta “batalla” unilateral de la Central Nacional de Inteligencia (CNI). El terror lo envolvía todo, pero también, como relámpagos de esperanza, viví las protestas que eran gritos desesperados buscando fin al terror, buscando paz, tranquilidad y una forma digna de vivir la vida.

 

Ese día 3 de septiembre de 1987 yo había partido rumbo a la universidad como todos los días, sin embargo, un hecho en particular hacía el ambiente más tenso de lo usual: El Frente Patriótico Manuel Rodríguez había secuestrado al Coronel Carlos Carreño, Sigue leyendo