El Día del Joven Combatiente

El 29 de Marzo de cada año se conmemora el Día del Joven Combatiente, fecha en la cual recordamos los nombres de quienes con su sacrificio heroico, visibilizaron la lucha que miles de jóvenes daban día a día en sus poblaciones, liceos y universidades para derrotar a la más sangrienta y extensa dictadura militar de toda Nuestra América.

Son las vidas de cuatro jóvenes militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria – MIR de Chile, las que movilizarán al país en busca de justicia y que sembrarán la semilla de las luchas de millones de jóvenes en el Chile de hoy.

Sin duda los medios de comunicación de la burguesía y los relatos pos dictatoriales, han intentado permanentemente criminalizar las luchas y demandas juveniles. Las que se remontan desde las gloriosas revoluciones sesenteras, que condujeron exitosamente jóvenes como Fidel Castro, el Che Guevara y Miguel Enríquez, quienes pusieron en cuestión al viejo orden burgués y levantaron en lo más alto las banderas de la revolución socialista.

Y son esos ideales y sueños, que han movilizado a millones de jóvenes a lo largo de nuestra historia, jóvenes que estuvieron dispuestos a entregar su vida para conquistar la Libertad de nuestro Pueblo.

El 29 de Marzo los nombres de Paulina, Mauricio, Eduardo y Rafael, quedan escritos en la memoria y en la historia de un pueblo que aún lucha para que la Dignidad se Transforme en Costumbre!

…Su muerte en ningún caso es inútil, sino que es un llamado a todos los chilenos y a todos los latinoamericanos, un llamado a seguir luchando por esa sociedad de iguales, por esa sociedad sin explotación, por la cual mis hermanos dieron su vida.

PABLO VERGARA TOLEDO

Los Jóvenes Combatientes

Mauricio Maigret Becerra

Mauricio Maigret Becerra, 17 años, estudiante secundario, Militante del MIR, participó en el levantamiento popular de Pudahuel durante el 29 de mazo de 1984. Cayó abatido por ráfagas de una UZI y un fusil SIG, disparados por agentes de la CNI. Tuvo que cumplir heroicamente con la misión de cubrir la retirada de sus compañeros. Su cuerpo se hizo semilla en calle San Daniel con pasaje Nassau en la comuna de Pudahuel.

Rafael y Eduardo Vergara Toledo

Eduardo Vergara Toledo, 20 años, estudiante de Pedagogía en Historia del Pedagógico, dirigente estudiantil de la UNED (Unión Nacional de Estudiantes Democráticos) y Militante del MIR. La noche del 29 de Marzo de 1985 se prepara junto a su hermano Eduardo y otros milicianos a realizar una acción de propaganda armada en Villa Francia, a un año del asesinato de Mauricio Maigret. Entre los pasajes de la villa Robert Kennedy, son interceptados por carabineros quienes les disparan por la espalda. Eduardo muere inmediatamente de un disparo en el corazón.

Mural en el Liceo de Aplicación

Rafael Vergara Toledo, 18 años, estudiante secundario, Miliciano del MIR. La noche del 29 de Marzo de 1985 lidera al grupo de Milicianos en Villa Francia, la acción de propaganda se transforma en acción de recuperación, que nunca se concretará. Los hermanos Vergara Toledo son emboscados por la policía, Rafael es herido por la espalda, se arrastra para abrazar el cuerpo de su hermano asesinado, es salvajemente golpeado con la culata de un fusil en su rostro. Mal herido es llevado hasta un furgón policial y asesinado con un disparo en su nuca. El recuerdo de los Hermanos Vergara Toledo sigue presente en los pasajes de la Villa Francia.

Paulina Aguirre Tobar

Paulina Aguirre Tobar, 20 años, Militante del MIR, cumplía tareas en la clandestinidad con el nombre político de «Luisa». Realizó cursos de guerrilla urbana en Cuba, le gustaba cantar y tocar la guitarra. La media noche del 29 de Marzo de 1985, Paulina llegaba a su casa, una cabaña ubicada en El Arrayán, región Metropolitana, cuando es interceptada por la Brigada Azul de la CNI, brigada que tenía la misión de exterminar a los militantes del MIR. «Luisa» fue asesinada con dos disparos en la cabeza, uno en el cuello, tres disparos en la mano derecha y dos disparos en el antebrazo izquierdo, así la vida de Paulina se transforma en ejemplo de valor y disciplina y digna representante de la Mujer Combatiente. 

Cuando el dolor, la sangre, el odio y la muerte son necesarios, miles de manos se tienden para tomar las armas.

Acuérdense ustedes de mí, Siempre.

VERSOS ESCRITOS POR PAULINA AGUIRRE TOBAR.

Paulina Aguirre Tobar, 20 años, Militante del MIR, cumplía tareas en la clandestinidad con el nombre político de «Luisa». Realizó cursos de guerrilla urbana en Cuba, le gustaba cantar y tocar la guitarra. La media noche del 29 de Marzo de 1985, Paulina llegaba a su casa, una cabaña ubicada en El Arrayán, región Metropolitana, cuando es interceptada por la Brigada Azul de la CNI, brigada que tenía la misión de exterminar a los militantes del MIR. «Luisa» fue asesinada con dos disparos en la cabeza, uno en el cuello, tres disparos en la mano derecha y dos disparos en el antebrazo izquierdo, así la vida de Paulina se transforma en ejemplo de valor y disciplina y digna representante de la Mujer Combatiente. 

Paulina Aguirre Tobar, 20 años, Militante del MIR, cumplía tareas en la clandestinidad con el nombre político de «Luisa». Realizó cursos de guerrilla urbana en Cuba, le gustaba cantar y tocar la guitarra. La media noche del 29 de Marzo de 1985, Paulina llegaba a su casa, una cabaña ubicada en El Arrayán, región Metropolitana, cuando es interceptada por la Brigada Azul de la CNI, brigada que tenía la misión de exterminar a los militantes del MIR. «Luisa» fue asesinada con dos disparos en la cabeza, uno en el cuello, tres disparos en la mano derecha y dos disparos en el antebrazo izquierdo, así la vida de Paulina se transforma en ejemplo de valor y disciplina y digna representante de la Mujer Combatiente. 

La Juventud Rebelde sigue su ejemplo.

A raíz de la muerte de los Hermanos Vergara y Paulina Aguirre, el MIR toma la decisión política de conmemorar el 29 de Marzo como el Día del Joven Combatiente, en homenaje a Mauricio, Paulina, Rafael y Eduardo. Esta decisión, significó el inicio de importantes jornadas de protesta popular contra la dictadura, junto a masivos actos políticos en Villa Francia.

Desde los años 90, el Día del Joven Combatiente es una jornada de protesta y conmemoración a lo largo y ancho del país, pero también una fecha ineludible para la reflexión respecto a la participación de las y los jóvenes en la lucha política. Es así que desde el año 2000 la Juventud Rebelde Miguel Enríquez – JRMEdel MIR, organiza el Primer Seminario del Joven Combatiente, espacio que se va a replicar año tras año hasta la fecha, extendiéndose a Universidades, Liceos y Barrios a lo largo del país, con importantes Jornadas Culturales y de voluntariado estudiantil. Con los años se agregaron las Mesas Internacionales con representación de juventudes políticas de todo el continente, lo que ha permitido compartir experiencias y extender el debate de la participación juvenil con perspectivas continentales.

Tomado de: miradacritica.cl (Extracto)

Miguel Enríquez y el desafío de las nuevas generaciones

La familia revolucionaria

Nuestra América vive un tiempo nuevo. El régimen chileno, mitad neoliberal,  mitad pinochetista, cruje. La resistencia crece. Y toda resistencia se fortalece y consolida en la medida en que aprende de su propia historia. Nada mejor, entonces, que recuperar enseñanzas para los tiempos porvenir.

Miguel Enríquez [1944-1974], como tantos otros militantes de Nuestra América, constituye una de las principales fuentes de inspiración para las nuevas rebeldías. Hijo político del Che Guevara y, por eso mismo, hermano de nuestros Mario Roberto Santucho, John William Cooke, Alicia Eguren y Daniel Hopen; Miguel pertenece a esa gloriosa familia continental que también integran Luis Emilio Recabarren, José Carlos Mariátegui, Julio Antonio Mella, Farabundo Martí, Fidel Castro, Carlos Fonseca, Roque Dalton, Carlos Marighella, Fabricio Ojeda, Silvio Frondizi, Rodolfo Walsh, Turcios Lima, Inti Peredo, Tamara Bunke, Raúl Sendic, Camilo Torres, Raúl Pellegrín y Cecilia Magni, entre muchísimos más. 

Que el recuerdo de su caída sirva no sólo para rememorarlo con cariño y orgullo en su querido país —hoy en plena ebullición popular, tras medio siglo de neoliberalismo— sino también para aprender de él, de su pensamiento, de su ejemplo y de su lucha en toda Nuestra América y el mundo.

Un joven rebelde que interviene sin pedir permiso

Miguel vivió la lucha revolucionaria de su pueblo como un joven rebelde. No solamente por su corta edad sino además por su mente abierta, su antiimperialismo visceral y su desafío de las jerarquías establecidas. 

Su vida política juvenil fue meteórica. Vivió joven y, lamentablemente, murió joven. Apenas había cumplido los 30 (treinta) años cuando la muerte en combate lo encontró dignamente donde tenía que estar. Del lado del pueblo, de cara al enemigo, enfrentando la dictadura contrainsurgente del general Pinochet, quien inauguró —Milton Friedmann mediante— el neoliberalismo a escala mundial. Incluso antes que la Inglaterra de Margaret Thatcher y los Estados Unidos de Ronald Reagan.

 ¡Sí, Miguel tenía apenas treinta años! Parece mentira. (No olvidemos que Julio Antonio Mella, el fundador del primer partido comunista cubano, fue asesinado en su exilio mexicano cuando apenas tenía 25 años…). Y pensar que ya a esa edad había desarrollado todo un pensamiento teórico propio y una acción política encaminada a concretarlo. 

Deberían tenerlo en cuenta algunos ex revolucionarios, arrepentidos o quebrados, cansados de luchar y de confrontar, que apelando a su prestigio del pasado hoy se pliegan al poder subestimando con soberbia a las nuevas generaciones de militantes rebeldes que en el Cono Sur de Nuestra América y en otras latitudes se están formando con el objetivo de sembrar la simiente de una nueva y futura oleada revolucionaria. Esos mismos que, tan lejanos de la humildad de Miguel Enríquez y de Robi Santucho, de Fidel y el Che, de Sendic y Marighella, en lugar de acompañar a las nuevas generaciones en la recuperación de la tradición revolucionaria “olvidada”, de alentarlas en la rebelión contra el sistema imperialista y en el rechazo de sus múltiples estrategias contrainsurgentes (las “duras” y las “blandas”), de transmitirles la experiencia del pasado (incluso si fue derrotada), están más preocupados por lustrar su propio ego y exaltar su propio ombligo. 

La tarea urgente de nuestros días presupone revertir lo que el genocidio de las dictaduras militares (y las metafísicas “post” que las sucedieron durante las décadas subsiguientes en el campo de las formaciones ideológico-políticas) intentaron implementar: el olvido sistemático de las insurgencias y la “deconstrucción” de identidades antimperialistas y anticapitalistas en los movimientos juveniles del continente. Si a comienzos del siglo XX ser de vanguardia implicaba romper con todo pasado y toda tradición, actualmente, en el siglo XXI, después del genocidio y las metafísicas “post” (postestructuralismo, posmodernismo, posmarxismo, estudios postcoloniales, etc.), no hay nada que sea políticamente más urgente y radical que recuperar la tradición revolucionaria olvidada y superar el vacío artificialmente inducido entre aquella generación de Miguel Enríquez y la actual.

En el año en que se funda el Movimiento de Izquierda Revolucionaria-MIR de Chile, Miguel Enríquez tenía 21 años. Cuando se convierte en su secretario general contaba con 23. Su hermano argentino, Mario Roberto [“Robi”, “el negro”] Santucho, tenía 29 años cuando se funda el Partido Revolucionario de los Trabajadores-PRT y apenas llegaba a 40 cuando muere a manos del Ejército argentino. Ernesto Guevara ni siquiera había cumplido los 40 cuando fue asesinado, desarmado y a sangre fría, por el Ejército boliviano bajo órdenes de la CIA en La Higuera, Bolivia. Toda una generación latinoamericana de jóvenes que no pidieron permiso para pensar, para cuestionar, para hablar, para estudiar, para militar y actuar, para amar. Hay que aprender de su ejemplo…

El doble desafío (de Lenin y Gramsci en clave latinoamericana)

La práctica política del MIR y de Miguel Enríquez ubicaron en el centro del debate la doble tarea que los movimientos revolucionarios tienen por delante si pretenden lograr eficacia en su accionar contra el imperialismo capitalista como sistema mundial: crear, construir y desarrollar la independencia política de clase y, al mismo tiempo, la hegemonía socialista.

En la historia latinoamericana, quienes sólo pusieron el esfuerzo en la creación y consolidación de la independencia política de clase, muchas veces quedaron aislados y encerrados en su propia organización. Generaron grupos aguerridos y combativos, militantes y abnegados, pero que no pocas veces cayeron en el sectarismo (en el mejor de los casos, cuando no, en el burocratismo). Una enfermedad recurrente y endémica por estas tierras del Cono Sur. Quienes, en cambio, privilegiaron exclusivamente la construcción de amplísimas alianzas políticas e hicieron un fetiche de la unidad y “el diálogo” a toda costa, con cualquiera y sin contenido preciso, soslayando o subestimando la independencia política de clase y sobre todo el antiimperialismo, terminaron convirtiéndose en furgón de cola de la burguesía y el empresariado, cuando no fueron directamente cooptados por alguna de las múltiples instituciones del imperio. 

Una de las grandes enseñanzas políticas de Miguel Enríquez y de todos aquellos y aquellas que entregaron su vida por el sueño más noble de todos los que podamos imaginar, la creación del socialismo, es que hay que combinar ambas tareas. No excluirlas sino articularlas en forma complementaria y hacerlo de modo dialéctico, si se nos permite el término —que ha sido vituperado y denostado a rabiar por las metafísicas “post” e incluso por los neokantianos que en nombre de la Ilustración nos invitan a resucitar el reformismo oxidado del abuelo Eduard Bernstein y su nieto vergonzante, el eurocomunismo—. 

Es decir, que nuestro mayor desafío consiste en ser lo suficientemente claros, intransigentes y precisos como para no dejarnos arrastrar por los distintos proyectos imperialistas y mercantiles en danza —sean neofascistas o se disfracen de “tolerantes” y “progresistas”— pero, al mismo tiempo, tener la suficiente elasticidad de reflejos como para ir quebrando el bloque geopolítico de poder del capital y sus alianzas, mientras vamos construyendo nuestro propio espacio de poder, antimperialista y anticapitalista. Al interior de cada sociedad y cada país pero apuntando hacia una perspectiva integradora, de escala y alcance continental. Y eso no se logra sin construir alianzas contrahegemónicas con las diversas fracciones de clases explotadas, pueblos oprimidos y movimientos antisistémicos, articulando en un horizonte común el arcoíris multicolor junto a la bandera roja, símbolo del proyecto más radical que la humanidad ha podido crear hasta el momento.

No confiar en el imperialismo «pero… ni un tantito así»

Miguel Enríquez y sus compañeros y compañeras también contribuyeron a esclarecer la necesaria e íntima imbricación entre las luchas populares de los movimientos sociales latinoamericanos —desde las reivindicaciones más elementales que laten en las poblaciones, villas miseria, favelas y cantegriles hasta las más elevadas como la lucha continental por el socialismo— con la cuestión del antiimperialismo. No puede haber en Nuestra América ni ejercicio real de la democracia sustantiva (basada en la participación directa del pueblo en la adopción de las grandes decisiones nacionales, la gestión comunal y el sistema presupuestario de financimiento), ni autodeterminación nacional y soberana ni socialismo auténtico que no se planteen al mismo tiempo la resistencia y la lucha antiimperialistas. No son “etapas” rígidas y distintas ni aspectos escindibles de la vida política. Constituyen fases de un mismo proceso de lucha. 

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Chile rojo y negro: MIR, una memoria que acuna proyectos emancipadores

Hace 55 años nació el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).

En un local del Sindicato de los Trabajadores del Cuero y el Calzado, ubicado en la calle San Francisco N° 264 de Santiago, se congregaron alrededor de 60 revolucionarios y revolucionarias chilenos, procedentes de diversos lugares del país, con el propósito de dar nacimiento a una organización revolucionaria de nuevo tipo. Era el 15 de agosto de 1965.

En el congreso fundacional confluyeron organizaciones y personas de variados orígenes: sindicalismo clasistas, partido socialista revolucionario, partido socialista popular, vanguardia revolucionaria marxista, fracción autónoma juventud comunista, anarquistas libertarios, izquierda socialista sin filiación; el congreso eligió como miembros del primer Comité Central a los compañeros: Enrique Sepúlveda (elegido a su vez Secretario General), Humberto Valenzuela, Clotario Blest, Oscar Waiss, Gabriel Smirnow, Luis Vítale, Jorge Cereceda, Martín Salas, Dantón Chelén, Miguel Enríquez, Luciano Cruz, Bautista van Schouwen, Patricio Figueroa, Edgardo Condeza y P. Zapata. Entre la generación de fundadores destacan las compañeras Herminia Concha Gálvez, Carmen Pérez y María Concha. También formaron parte de la primera generación de militantes miristas las compañeras Magaly Honorato, Yolanda Schwartz, Lili Rivas, Ingrid Zucarrat, Lumi Videla, Gladys Díaz y otras luchadoras.

Hoy, aquél Movimiento de Izquierda Revolucionaria ya no existe. Pero ¿qué hace que siga vivo en la memoria del pueblo?

Puede ser el hecho de que el MIR fue protagonista fundamental del período más álgido de toda la historia de Chile en el siglo XX. Puede ser el hecho de que la radicalidad revolucionaria del accionar del MIR remeció hasta los cimientos a la política chilena. Puede ser el hecho de que el MIR resistió y combatió a la dictadura con vocación rebelde y decisión revolucionaria inclaudicable. Puede ser el resultado simple de toda una historia plena de ejemplos de entrega, de solidaridad, de compromisos, de sacrificios.

Puede ser el hecho de que siguen pendientes de solución las causas sociales profundas de injusticia y desigualdad que dieron origen a su creación.

La explotación usurera de los trabajadores, la expoliación de los mineros y de las riquezas de la tierra, el sometimiento endémico de los campesinos, el abandono despiadado de los pobladores urbanos marginados, la proliferación de los desposeídos, eran algunas de las plagas que azotaban sin solución visible a la sociedad y al pueblo chileno de los años 60. Cada intento de los oprimidos en pos de aglutinar fuerzas para luchar por conquistas que significaran mejoras en sus condiciones de vida, era rápida y ferozmente reprimido por los guardianes de los dueños del poder y la riqueza.

Este escenario de injusticia, opresiones, desigualdades y represiones tenía como telón de fondo una clase política chilena ocupada en proteger los intereses de las clases dominantes.

Algunos, la derecha conservadora, se esforzaban por mantener las condiciones de miseria y de pobreza de la mayoría para garantizar el enriquecimiento y opulencia de su clase poderosa y decadente.

Otros, la llamada derecha liberal y de centro, trataban de lograr mayores o mejores cuotas en el reparto del botín y de los privilegios de explotación que los gobiernos de la época debían moderar. Pero también otros, la izquierda tradicional, con más de 60 años de vida política activa, eran ya parte inherente de esa clase política institucional, es decir, complaciente consigo misma y conviviente sumisa del sistema de dominación imperante.

Para mantener las apariencias de democracia y dirimir sus diferencias en el usufructo del poder, cada cierto tiempo, las clases dominantes nos ofrecían participar de procesos electorales haciéndonos tragar la ilusión de que por esa vía se realizarían las aspiraciones populares.

Es en ese contexto que algunos grupos revolucionarios de la izquierda se proponen iniciar un camino de articulación política para luchar contra el sistema dominante. Este camino tiene su expresión primaria en la realización del Congreso fundacional del MIR.

Desde su nacimiento, el MIR se define como una organización de izquierda revolucionaria. Eso quedó inicialmente expresado en los postulados programáticos y definiciones teóricas, y se ve reafirmado en las precisiones y lineamientos de los primeros años:

– Caracteriza la lucha que el proletariado y el pueblo deben llevar adelante como una lucha por la conquista del poder y por la realización de la revolución socialista (cuestiones desechadas de los análisis y de los objetivos de los partidos de la izquierda tradicional).

– Define un programa que identifica y expresa los contenidos proletarios, nacionales y populares de la propuesta revolucionaria, proletaria y socialista.

– Se define como una organización marxista-leninista y adherente del internacionalismo proletario.

– Introduce el concepto de la lucha armada al definir que la estrategia de los revolucionarios debe ser político-militar y tener como objetivo el derrocamiento del sistema capitalista mediante una guerra revolucionaria de carácter prolongado.

– Integra el concepto de ‘pobres del campo y la ciudad’, para definir a los aliados del proletariado sobre quienes el Movimiento de Izquierda Revolucionaria concentra su preocupación fundamental.

– Incorpora el uso de la acción directa y la violencia revolucionaria de las masas como un elemento legítimo y esencial de las luchas populares.

– Proclama que el MIR se funda con el fin de preparar y organizar, rápida y seriamente, la revolución socialista en Chile.

– Y, en función de todo ello, le imprime al partido una concepción de organización político-militar, caracterizado por militantes comprometidos con la causa, con una sólida formación política y una entrega sin restricciones a las exigencias de la lucha.

Estas simples cuestiones, que hoy día pueden parecer obvias, en esa época fueron un elemento innovador, transgresor y subversivo. Además, prefiguraba al movimiento rebelde como una entidad potencialmente peligrosa para la estabilidad de las clases dominantes y para el predominio de las posiciones tradicionales en la izquierda. Pero, en todo caso, hasta aquí no se trataba más que de un conjunto de formulaciones teóricas.

A partir de allí se inicia un largo, áspero y persistente proceso por tratar de convertir a esta naciente organización de izquierda en una verdadera fuerza revolucionaria. Fuerza revolucionaria que no solo debía ser la manifestación de una voluntad o de un deseo de desarrollar una actividad política más radical, sino que debía convertirse en el genuino partido de vanguardia de la clase obrera y el pueblo. Sin embargo, de las posturas teóricas había que pasar a la práctica.

En este arduo andar es donde representan un papel preponderante la generación joven entre los miembros fundadores. Nos referimos al grupo encabezado por Miguel, Luciano, Baucha y varios otros (Sergio Zorrilla, Sergio Pérez, Ricardo Ruz, Edgardo Enríquez, Jorge Grez, Jorge Fuentes). En el tercer congreso, de diciembre de 1967, Miguel asume la secretaría general del MIR.

Es bajo la preeminencia de estos hombres que se forja realmente el MIR.

Es entonces cuando comienzan a surgir y a plasmarse los elementos distintivos que le dieron vida, fuerza y carácter al MIR.

El más importante de estos elementos tal vez sea la nueva manera de hacer política que introdujo el Movimiento de Izquierda Revolucionaria.

No bastaba con tener un correcto análisis de la realidad, un acertado diagnóstico político y una extraordinaria declaración de intenciones: había que transformar todo eso.

No bastaba con postular que se era revolucionario: había que demostrarlo.

No bastaba con proclamar que se quería hacer la revolución: simplemente había que empezar a hacerla.

Y el MIR se abocó a esa tarea en cuerpo y alma.

El MIR sacó la política de la izquierda del impasible molino de viento de los cíclicos procesos electorales y la llevó a la bullente caldera de la lucha de clases cotidiana. Es cierto que la mayor parte del núcleo fundador estaba constituido por jóvenes profesionales, intelectuales y estudiantes, y eso no era tan diferente de la conformación de las cúpulas de los partidos de izquierda o de otros grupos radicales también auto denominados revolucionarios. La diferencia está en que los nuestros no se quedaron allí, ni adormecidos en la comodidad de su origen ni abanicándose con los clásicos del pensamiento socialista. Se fueron a donde estaba el pueblo.

Nuestros dirigentes y forjadores fueron al pueblo armados de una profunda decisión de hacer parir una revolución de verdad.

Fueron con la convicción de que la acción directa de las masas abriría el camino de real solución a las demandas populares.

Se fueron a las calles a generar acciones y conducir movilizaciones del pueblo.

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“Con toda la fuerza de la Historia”

Que medio siglo no es nada…para el pueblo la rueda de la Historia sigue girando y la verdad brilla incluso bajo las sombras del fascismo.”

Puedo estar equivocado, pues no soy historiador, aunque sí soy profesor de Historia, lo que dista mucho de ser un experto en interpretaciones de los hechos acaecidos años ha, y en historiografía. Lo dicho, puedo estar equivocado, pero creo que en 1965 Chile vivía bajo dos realidades indesmentibles. Una de ellas era la débil carcasa del sistema socioeconómico y político que caracterizaba al país…y la otra realidad estaba dada por la abierta injerencia estadounidense en América Latina, y por lógica consecuencia, en Chile.
Ese año yo había ingresado a estudiar Historia y Geografía en la Facultad de Filosofía y Educación de la Universidad de Chile.  Allí, en el Instituto Pedagógico de aquella época, esos eran calendarios de libertad absoluta y creatividad desatada. Quizás, por lo mismo, algunas personas del entonces mundo adulto industrioso nos motejaban de revolucionarios sin destino, ya que cuestionábamos todo, incluso nuestras propias actuaciones. Con mayor dureza y razón criticábamos la estructura sociopolítica de la época, a la que no trepidábamos de acusar de feble, clasista e injusta, amén de impuesta por medios coercitivos a través de la rendición y entrega histórica de nuestros productos realizadas por autoridades nacionales en beneficio de intereses foráneos. Norteamericanos, para mayor abundamiento. “Yanquis”, para mejor comprensión.
En esos años, la sociedad chilena, en verdad, esperaba algo mejor de nosotros pues al interior de los planteles universitarios circulaba un rezo que se transformó en un compromiso tomado unilateralmente por sólo uno de los estamentos participantes. El nuestro, el del alumnado. “Somos la generación de recambio –decíamos- transformaremos el país dándole al factor Trabajo el sitial que nunca se le ha reconocido”. Para ello nos preparábamos….discutíamos y luchábamos.
Es que no ha habido otro momento como ese en nuestra Historia…y difícilmente habrá  mujeres y hombres como aquellos, con un nivel de conciencia de clase que asombra, que emociona y que obliga no sólo a la nostalgia, sino también a tomar el ejemplo y a seguir la huella trazada por ellos.
Curicó Ubilla, Mito Rocuant, la Tuca, Chico Pérez, Turco Coloma…Carolo…Peta Kurkovic…Marcia…Nene Urrejola… Flaco de la Maza… todos ellos (y quien escribe estas líneas) fueron aprendices de lo hecho, construido y dicho por líderes de la talla de Luciano Cruz, Miguel Enríquez, Pascal Allende y otros que no me han autorizado a dar sus nombres…todavía.
Quizá usted, querido lector, es demasiado joven para aquilatar en su esencia aquella declaración hecha por Miguel Enríquez cuando arreciaba la brutalidad sanguinaria de militares desquiciados, de fascistas y de empresarios predadores: “el MIR no se asila…el MIR luchará en Chile para derrotar al fascismo, al golpismo, y llevar a nuestro pueblo hacia un socialismo verdadero”.
Lo había adelantado Miguel poco antes del golpe militar, el 17 de julio de 1973, ante un Teatro Caupolicán lleno hasta las banderas. Estuve allí esa jornada y se me erizó la piel con las palabras finales del discurso del jefe del MIR, Miguel Enríquez, cuando gritó a toda voz frente a miles de asistentes: <<Compañeros, el pueblo debe prepararse para resistir, debe prepararse para luchar, debe prepararse para vencer. ¡¡Adelante, con todas las fuerzas!! ¡¡Adelante con todas las fuerzas de la Historia!!
Recuerdo que al terminar el acto multitudinario me invitaron a participar en una breve reunión en ese mismo Teatro. Asistí con el orgullo de saberme parte de aquel movimiento audaz, revolucionario y coherente. ¿Usted, compañero, es nuestro ‘redactor’ en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la U’?, preguntó Miguel estrechándome la mano, mientras Marcia y el Nene asentían con sus cabezas.  “Es mi forma de lucha, compañero, no soy de acción directa”, respondí. Y lo que Miguel me dijo lo he llevado prendido a mi corazón desde entonces: ”el golpe es cosa cierta y segura…viene,  y viene con todo, con sangre, con ira contra el pueblo; por ello, revolucionarios como tú, compañero, serán de vital trascendencia luego que el fascismo  incendie Chile”.
Recordé las proféticas palabras de Miguel cuando me enteré, muchos años después, de lo que mi querido presidente –Salvador Allende- le dijo a uno de sus acompañantes en la Moneda esa trágica e histórica mañana del martes once de  septiembre de 1973: “vete de aquí y cuéntale al mundo lo que acá ha sucedido”. Ello me ha hecho reflexionar respecto de por qué he seguido vivo a pesar de los pesares. Seguramente porque alguien tenía que relatar –medio siglo después- los hechos acaecidos en aquellos años virtuosos del gobierno popular, como también delatar las masacres y criminales acciones de cobardes agentes del estado fascista militar. 
Miguel murió tal como anticipó tantas veces silenciosamente, sin los aspavientos propios de los demagogos y falaces. Luchando, combatiendo por la libertad, por la democracia sin ambages…por el pueblo, por ese pueblo que siempre le animó a continuar en la brega aún si las circunstancias fuesen tremendamente adversas. El MIR no se asila…
Miguel, aun hoy, a cuarenta y siete años de aquellos hechos, tu figura, tu ejemplo y tu acción señalan el camino. Espero no haber fallado como “redactor”. Espero que el viejo MIR, mi amado grupo, piense lo mismo…que no he fallado. Así como espero, de alguna manera, haber contribuido a dignificar la huella trazada por todos ellos.

Por: Arturo Alejandro Muñoz

Paine y su legado para seguir por la lucha de la liberación popular

Alrededor de doscientos compañeros y compañeras, incluyendo un grupo de muchachas y muchachos de la Unión Rebelde, con su corazón rojinegro palpitando de emoción llegaron hasta el Memorial del Cementerio General para rendir un homenaje a Miguel Cabrera Fernández, el compañero “Paine”, Jefe del Destacamento Guerrillero Toqui Lautaro, cuya estrella libertaria dejó de latir el 16 de octubre de 1981, en la localidad de Choshuenco, bajo las ráfagas asesinas de la dictadura cívico militar.

Los restos mortuorios de Paine habían sido exhumados desde el Cementerio de Padre de las Casas el 25 de marzo de 2015 y enviados al Servicio Médico Legal de Santiago, con el objeto de realizar peritajes forenses en ellos, y el día viernes 2 de agosto de 2019 fueron entregados a los familiares de Miguel Cabrera quienes, como había sido su voluntad y petición, después de efectuar una íntima ceremonia en el local del SML, los trasladaron a uno de los nichos del Memorial de los Ejecutados Políticos, ubicado en el Cementerio General de Santiago.

Posteriormente, a las 16 horas, se inició un acto de memoria y homenaje, el que fue conducido por Ibar Leiva, compañero de militancia y lucha de Paine, sobreviviente del Destacamento Guerrillero Toqui Lautaro.

El himno del MIR, “Trabajadores al Poder”, coreado por las y los presentes, resonó con fuerza delante del impactante muro de granito y mármol en donde están tallados los nombres de miles  de chilenas y chilenos asesinados, ejecutados y detenidos desaparecidos, testimonio gráfico de los horrores de la dictadura cívico militar.

Ibar Leiva, visiblemente emocionado, leyó una completa biografía y semblanza del compañero Paine, en donde se refirió a su destacada actuación militante en el mundo rural, con los campesinos y mapuche, siendo impulsor de la formación del Movimiento Campesino Revolucionario (MCR), participando en acciones directas de recuperación territorial, en donde Miguel Cabrera, que usaba el nombre político de “Sergio”, es denominado por un lonko del lugar como “Sergio Paine”, pasando desde ese momento a ser conocido como el compañero Paine por el resto de sus camaradas de lucha. Ibar, en relación con este aspecto, expresa: “El Paine, fiel a su tremenda humildad, disfruta y trabaja con mucha responsabilidad y alegría junto al mundo campesino y mapuche. Siempre se comportó con mucho cariño y respeto ante los niños, mujeres, ancianos…de la gente de campo. Añoraba volver al campo cuando las tareas partidarias lo obligaban a viajar a la ciudad.”

Más adelante, Ibar Leiva continúa agregando distintos relatos referentes a las características humanas, militantes y políticas de Paine, emitidos por compañeros y compañeras que compartieron con Miguel Cabrera, destacando:

 “Paine era un súper compañero, en todo sentido, muy humano y que sabía compartir sus conocimientos. Él tenía un gran cariño por sus compañeros y era muy entregado…”

“Siempre me asombró su capacidad política y estratégica, pues era muy joven”, señalaba una compañera.”

“Paine daba confianza, en el sentido que siempre se podía contar con él y que nunca se iba a echar para atrás.”

“Lo recuerdo siempre sonriendo…, me parecía muy optimista en todo lo que emprendía. En pequeñas y grandes acciones, parecía que con él todo resultaba más fácil y simple; debe haber tenido una sicología intuitiva porque sabía dirigirse afablemente a cada uno de nosotros, adaptándose bien a nuestra personalidad singular; incluso a través de sus bromas, bien dirigidas y pícaras, demostraba conocernos bien…”

“Siempre estaban presentes en él todos los personajes de las comunidades, evocando con cariño a niños, mujeres y ancianos…”

“Su forma sencilla de relacionarse y su distancia de las disquisiciones, lo convirtieron en un dirigente asequible. Querido y respetado por todos los compañeros…”

En otra parte del relato se refiere  a las tareas clandestinas asumidas por Paine durante el trabajo de resistencia post golpe de Estado, su captura y encarcelamiento, su posterior salida hacia el exilio y el retorno a luchar en forma frontal contra la dictadura, conformando el Destacamento Guerrillero Toqui Lautaro, de quien será su Jefe hasta su muerte violenta en la localidad de Choshuenco el 16 de octubre de 1981, cuatro meses después de que los combatientes que preparaban y acondicionaban el terreno en las montañas de Neltume fueran descubiertos y perseguidos por miles de efectivos militares buscando su aniquilamiento total.

Ibar expresa , respecto de Paine ante estas circunstancia que: “Durante toda esta gesta heroica él tuvo la capacidad de conducir una batalla perdida, en un combate sin cuartel, y sin haber perdido nunca la fe en la vigencia de nuestros principios y en el compromiso revolucionario asumido con nuestro Pueblo y el Partido. Paine durante esos días supo ser el compañero Comandante que vislumbraba: humano, sensible, dialogante, humilde, compañero, con voz serena de mando y, por sobre todas las cosas, consecuente hasta su último acto cuando ofrendando su vida, permite la retirada de los dos compañeros que lo acompañaban.”

Finalizando sus palabras, Ibar Leiva invitó a todos los compañeros y a todas las compañeras presentes en esta ceremonia, a levantar el puño y a decir con fuerza:

¡COMPAÑERO PAINE, PRESENTE! ¡HASTA LA VICTORIA, SIEMPRE!

¡PATRIA O MUERTE, VENCEREMOS! ¡PUEBLO, CONCIENCIA, FUSIL…MIR,MIR!

La ceremonia continuó desarrollándose con la participación de distintas compañeras y compañeros, quienes  fueron aportando otros testimonios y vivencias que permitieron profundizar en el conocimiento y la memoria de Paine.

El cantautor popular Juan Carlos Pino interpretó una canción con temática de derechos humanos y se recitaron dos poemas enviados desde Paris y Bélgica respectivamente. El primero de ellos, de autoría de Víctor, es un homenaje a Neltume y a todos los compañeros del Destacamento Guerrillero Toqui Lautaro, y el segundo, denominado “A Paine”,escrito el 01 de agosto 2019 por la compañera Mariela, está dedicado específicamente a Miguel Cabrera Fernández:

Si tuvieras que regresar,/ volver a tu escuelita, al /  primer cuaderno / regresar al banco de/ madera, a tu pueblo y sus  / hijos / a las primeras letras queiluminaron tus ojos, / a las primeras letras que / te mostraron el invierno./ Si volvieses a nacer / nacieras para / caminar por el mismo / sendero / tocando ese fusil / añorado / tu raíz volviese, vigorosa / te forjara / ¡Volverías a cumplir tu / compromiso! / ¡Volverías a correr el / mismo riesgo! /  Volverías a cantar al unísono! / Volverías con ellos, con / nosotros… / Volverías a ser el hombre/  nuevo, / Volverías a repetir tu / gesto heroico, para salvar / a tus / compañeros…Volverías / Paine a caminar por este / sendero.

La compañera Luisa, que fue parte del Destacamento Guerrillero Toqui Lautaro en las montañas de Neltume, en parte de su intervención manifestó:

“Quisiera rescatar solamente tres cosas, que son las que me parece a mí importantes que se actualicen hoy día en la lucha política. La primera es que Paine, al igual que muchos de nosotros, nacimos en medio de una contradicción política, entre reformismo y revolución, contradicción política que hoy día, en el escenario nacional, sigue vigente y que tenemos que resolver como movimiento revolucionario.

(…)El segundo elemento, desde mi perspectiva, son las formas de lucha y –  tal como es la historia del MIR –  siempre reivindicamos todas y cada una de las formas de lucha…

(…) Y hay un tercer elemento muy importante, porque yo me pregunto ¿hoy día el Paine, que fue un revolucionario y cuestionó profundamente la forma de hacer política, se permitiría, por ejemplo, que cantáramos sólo trabajadores al poder?…¿ dónde estamos las compañeras o los compañeres? ¿No estamos en esta historia? Siento que es importante también realizar una reflexión profunda en ese sentido, porque, desde mi perspectiva, con esta evolución histórica, que es una proyección para las luchas futuras, no hay ninguna posibilidad de revolución si en las orgánicas políticas no existe transversalidad por una postura revolucionaria clasista, feminista, anticapitalista y antiimperialista.”

Por otro lado, Jaime Castillo Petruzzi, ex integrante y sobreviviente del Destacamento Guerrillero Toqui Lautaro, que después de compartir los senderos de Neltume junto a Paine continuó la lucha como combatiente internacionalista en Nicaragua y Perú, expresó lo siguiente:

 “Pienso que cada uno de los que estamos aquí llevamos un guerrillero dentro, por eso estamos aquí, más allá que seamos viejos, jóvenes, niños, tenemos un guerrillero adentro. Pido un aplauso inmenso para Paine, que nos ha convocado a todos nosotros esta tarde acá.

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El MIR chileno. Balance esencial. 

” El principal acierto del MIR fue captar el estado de `disponibilidad revolucionaria´ de una vasta franja de trabajadores, intelectuales y estudiantes, además de percibir que la elección de Salvador Allende como presidente de la República abría una situación prerrevolucionaria”

Aunque no milité en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Chile (MIR), siempre tuve un gran respeto y no poca admiración por los miristas, especialmente por figuras como Miguel Enríquez, Bautista Von Schouwen, Luciano Cruz y Lumi Videla. Si bien no fui mirista, en más de una ocasión compartí con ellos empresas comunes, triunfos, esperanzas, dolores, derrotas y frustraciones. Conformo la generación que fue testigo y protagonista de los procesos que encarnaron estos dirigentes y miles de jóvenes revolucionarios chilenos de los años 60 y 70 del siglo XX. Como militante de la izquierda revolucionaria de aquella época, también como historiador y ciudadano de los tiempos actuales, tengo un juicio sobre la historia del MIR ya expresado en varias ocasiones y que vuelvo a compartir con motivo de un nuevo aniversario de la muerte de Miguel Enríquez.

Porque sabemos que la visión y los sentimientos del ciudadano tienden a impregnar, inevitablemente, el juicio del historiador y, precisamente, porque me cuento entre aquellos que piensan que no hay historia neutra, estoy consciente de que mi pequeño y marginal rol de observador y compañero de ruta en algunos pasajes de la historia del MIR, baña mis apreciaciones y juicios históricos. No obstante, mi calidad de historiador y de ciudadano me obliga a ejercer el juicio crítico sobre los actores de la historia, aun de aquellos que nos son cercanos o por los que sentimos respeto y admiración.

Al reflexionar sobre la trayectoria histórica de Miguel Enríquez y del MIR chileno (menciono a ambos ya que no es posible referirse a uno sin hablar del otro), me surgen tres grandes interrogantes que quisiera compartir con ustedes. Tres preguntas en las que puede sintetizarse el balance histórico esencial respecto de estos actores.

En primer lugar, ¿qué representó históricamente Miguel Enríquez y la generación rebelde de los años 60 y 70 del siglo XX? Luego, parece pertinente interrogarse acerca de los aciertos y errores de esos dirigentes y militantes. Finalmente, es necesario plantearse cuáles son los elementos rescatables de esas experiencias en la perspectiva de las luchas libertarias del presente y del futuro.

Aunque cada uno de estos problemas puede ser materia de largos debates, en parte ya realizados, en parte pendientes, aprovecho la oportunidad que se me ha ofrecido para hacer algunos planteamientos a título exploratorio, para “galopar sobre estos temas”, como solía decir el propio Miguel.

La primera interrogante es, tal vez, la más fácil de responder. Con la perspectiva que permite el transcurso del tiempo, además de la culminación de ciertos procesos históricos, no cabe duda de que la generación revolucionaria de los 60 y los 70, aquella nucleada en torno al MIR y otras organizaciones de izquierda revolucionaria, representó la tentativa más decantada en la historia de Chile por “tomar el cielo por asalto”, esto es, conquistar el poder para un proyecto revolucionario socialista centrado en la obtención de la justicia y la igualdad social. Tuvo el privilegio de actuar en un momento clave de la historia, cuando una poco común confluencia de factores de larga y de corta duración puso a la orden del día en el seno del ya secular movimiento popular chileno la cuestión del acceso al poder. La emergencia de esa generación revolucionaria fue posible gracias a numerosos factores derivados de la permanente crisis de la sociedad chilena a partir del agotamiento del modelo de sustitución de importaciones mediante industrialización inducida por el Estado y del fracaso de variadas experiencias políticas -desde los gobiernos radicales hasta la “Revolución en Libertad”, pasando por el populismo ibañista de la “Revolución de la escoba” y la “Revolución de los gerentes” del derechista Alessandri- que generaron una actitud de disponibilidad política para llevar a cabo cambios sociales más profundos en amplios sectores del mundo popular y de las capas medias, especialmente, estudiantiles e intelectuales. A ello se sumó el profundo impacto de la Revolución Cubana, la disidencia china respecto del Vaticano ideológico representado por Moscú en el seno del movimiento comunista internacional y las revoluciones anticoloniales que se multiplicaron desde fines de la Segunda Guerra Mundial y, muy particularmente, durante los años 60. Todos estos hechos pusieron la revolución “a la orden del día” en el escenario internacional. Pero se trataba de una revolución que ya no sería la simple expansión geopolítica del llamado “campo socialista” al amparo de la potencia militar soviética como había ocurrido en la mayoría de los países de la Europa Oriental durante la segunda mitad de los años 40, sino de una auténtica revolución desde las bases populares, una revolución de acuerdo con los cánones clásicos del marxismo que la generación revolucionaria chilena y latinoamericana de los 60 y de los 70 intentó retomar. Esto significaba una ruptura de grandes proporciones respecto de las concepciones y las prácticas parlamentarias y legalistas de la izquierda que, en el caso de nuestro país, se venían desarrollando -no sin altibajos- desde mediados de los años 30[1].

Sintetizando, podríamos decir que la empresa liderada por Miguel Enríquez consistió en intentar, en base a la audacia, el coraje, el empuje, la decisión, la inteligencia y el sacrificio, la toma del “Palacio de Invierno”, de acuerdo con los postulados del leninismo y a los aportes teóricos y prácticos de la experiencia cubana y del guevarismo.

La creación de un partido de revolucionarios profesionales de sesgo leninista se entrelazó con la concepción de la organización político-militar tomada de la experiencia guerrillera cubana y latinoamericana.

El principal acierto del MIR fue captar el estado de “disponibilidad revolucionaria” de una vasta franja de trabajadores, intelectuales y estudiantes, además de percibir que la elección de Salvador Allende como presidente de la República abría una situación prerrevolucionaria. Los mayores éxitos políticos del MIR se dieron precisamente en aquellos años, cuando con audacia y flexibilidad táctica se empezó a convertir en un partido con influencia de masas, un actor importante de la vida política nacional. Tal vez una de sus principales carencias fue la falta de tiempo. En su frenética carrera, tanto esta organización como el conjunto de la izquierda revolucionaria no alcanzaron la influencia y la madurez requerida para revertir la situación que se transformaba aceleradamente de crisis prerrevolucionaria en contrarrevolución desembozada.

El contexto político e ideológico de aquellos años hacía muy difícil la necesaria renovación ideológica de la izquierda chilena. En el mundo bipolar de la Guerra Fría, de las definiciones a favor de uno u otro campo, en un contexto en que la lucha política se planteaba en la lógica de la guerra, el espacio para las revisiones críticas e introspectivas era objetivamente muy pequeño, en algunos casos francamente insignificante. Luego, bajo la dictadura, ese camino era aún más difícil. Ciertas concepciones y tendencias, a veces criticadas, pero jamás superadas totalmente, como el foquismo y el militarismo en algunas organizaciones revolucionarias unidos a ciertos errores de apreciación -como la subvaloración del poderío del enemigo y la sobrevaloración de las fuerzas propias- se saldaron en el exterminio físico y en la derrota política y militar del proyecto revolucionario encarnado por Miguel Enríquez y sus compañeros. El proyecto mirista fue, en realidad, derrotado en tres oportunidades: la primera vez entre 1973 y 1976, cuando la feroz represión de la dictadura liquidó a una parte muy significativa de su dirección histórica, entre ellos al propio Miguel, y desarticuló muchas estructuras de la organización. Una nueva hecatombe se consumó entre fines de los 70 y comienzos de los años 80, terminando en cuantiosas pérdidas humanas, políticas y materiales acciones como la “operación retorno” y la tentativa de implantación guerrillera de Neltume. Y una nueva derrota, esta vez eminentemente política, tuvo lugar durante la segunda mitad de los años 80, cuando se impuso la “transición pactada” que dejó al MIR y a otras fuerzas revolucionarias sin alternativa viable, es decir, sin base social.

¿La derrota de un proyecto significa la invalidación de su causa? No necesariamente. Pienso que lo esencial de los ideales de la generación revolucionaria que creció y se desarrolló en los años 60 y 70, sigue estando vigente puesto que los grandes objetivos de justicia e igualdad social no han sido cumplidos en nuestro país. Pero, esta es nuestra tercera interrogante: ¿qué es lo rescatable de esos proyectos fuera de la propia experiencia?

Sin duda estamos en una época distinta. Ya no vivimos -como creíamos entonces- en “la época del imperialismo y de la revolución proletaria”. Ciertamente, estamos aún en la época del imperialismo (ahora más globalizado), sin embargo, solo una imperdonable ceguera política podría llevarnos a creer que la revolución proletaria está a la orden del día en algún punto del planeta. Cuando las grandes transformaciones sociales, económicas, culturales e ideológicas de las últimas décadas del capitalismo globalizado han diluido la identidad, incluso una buena parte de la base sociológica de la clase obrera, cuando la emergencia de nuevos actores sociales populares configura un panorama más complejo y matizado, solo una irreflexiva obstinación nostálgica podría llevarnos a la repetición de los moldes revolucionarios clásicos. Pocos son, en realidad, los conceptos e instrumentos políticos de aquella época que han salido indemnes de los vendavales históricos del tiempo transcurrido desde entonces[2].

Los proyectos marxistas de socialismo basados en dos supuestos: un soporte material representado por la gran industria, y un soporte social, la clase obrera, han sido seriamente cuestionados por la experiencia histórica y por la evolución del capitalismo. Hasta ahora, las bases materiales de la gran industria no han constituido más que los soportes de la reproducción ampliada del capitalismo y, en algunos países, produjeron formas estatales totalitarias. Una nueva utopía revolucionaria, so pena de repetir experiencias de nefastas consecuencias, debería comenzar por cuestionar este supuesto, proponiendo enseguida una nueva forma de producir que aún no es posible prever.

Del mismo modo, se debe constatar que, a pesar de las previsiones y deseos, la clase obrera no ha sido, en cuanto tal, en ningún país del mundo, la fuerza social decisiva para la liberación de la humanidad. Si bien su carácter de clase explotada bajo el capitalismo es una evidencia histórica incuestionable, su esencia revolucionaria universal no fue, en realidad, jamás fundamentada ni confirmada por la experiencia histórica. Aunque buena parte de las revoluciones del siglo XX se hicieron en su nombre y con su apoyo, en ninguna parte esta clase, en tanto tal, ejerció la dirección real de esos procesos que terminaron por constituir nuevas formas de dominación y de explotación. Esta constatación no invalida el hecho de que un proyecto revolucionario anticapitalista solo puede tener como base social a los trabajadores y demás sectores explotados u oprimidos por el capitalismo, aunque nos obliga a replantearnos el tema de los sujetos sociales portadores del cambio. De seguro, el sujeto social revolucionario de los nuevos combates por la liberación es más cercano a aquella visionaria percepción mirista sobre “los pobres de la ciudad y del campo”, un sujeto plural, multiforme, de contornos flexibles, que se construye en torno a ciertos momentos y tareas históricas. No se trata ya de encontrar a “la” clase mesiánica portadora de la liberación de la humanidad, sino de articular en un proyecto revolucionario global las aspiraciones de los trabajadores y demás sectores explotados con las de otros segmentos étnicos, sociales y culturales que cuestionan el capitalismo.

En esta perspectiva, el socialismo del futuro no puede ser concebido simplemente como un proyecto que, presentado como “socialismo”, no sea más que una forma específica de capitalismo o socialismo de Estado. Para la construcción de una utopía de nuevo tipo se hace necesaria una profunda reformulación de las bases teóricas, ideológicas, políticas y culturales que inspiraron los programas y prácticas de los movimientos políticos y sociales de transformación social en Chile.

¿Qué podemos rescatar entonces de la experiencia de la generación revolucionaria de los 60 y los 70? En un mundo donde ha hecho crisis la teoría clásica de la revolución y en el que el impulso vital de la revolución rusa se ha extinguido en medio del desastroso final de los “socialismos reales”, es, sin duda, poco lo que se puede recuperar de las referencias teóricas, de los instrumentos y de las estrategias políticas de antaño; sin embargo, es mucho lo que se debe recoger en cuanto a decisión de cambiar el mundo y lo que se debe rescatar en el plano de la moral y de la consecuencia con los principios y convicciones. Cuando las clases dirigentes, a través de sus políticos e intelectuales, solo ofrecen a la humanidad la perspectiva de una eterna reproducción del capitalismo, una suerte de congelamiento o “fin de la historia” sin proyectos colectivos ni utopías de cambio social; cuando en países como el nuestro la casta política nos muestra día a día que para ella pensar, decir y hacer son tres cosas distintas, el legado moral de Miguel Enríquez y de su generación revolucionaria sigue teniendo un valor que en la perspectiva de las luchas y utopías libertarias del futuro, no será puramente testimonial. El desafío histórico para las nuevas generaciones consistirá en recoger esa herencia moral y procesarla a través del prisma de nuevos instrumentos teóricos que deberá construir por sí misma, recuperando de los aportes anteriores lo necesario, sin reflejos nostálgicos que conduzcan a la repetición de los costosos errores del pasado, mas sin claudicación frente a las presiones del sistema de dominación.

Estoy seguro de que, más temprano que tarde, estos nuevos hombres y mujeres evaluarán la experiencia y el legado de quienes los precedieron y construirán, con el mismo entusiasmo y consecuencia, aunque con más clarividencia y mayor efectividad, las “grandes alamedas” libertarias del porvenir.

Tomado de: vocesenlucha.com

Por: Sergio Grez Toso
Historiador, académico de la Universidad de Chile.

Correo electrónico:

sergiogreztoso@gmail.com

[1] Sobre la estrategia electoral de la izquierda en Chile, véase, Sergio Grez Toso, “La izquierda chilena y las elecciones: una perspectiva histórica (1882-2013)”, en Cuadernos de Historia, N°40, Santiago, junio de 2014, págs. 61-93. Versión electrónica: https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0719-12432014000100003

[2] Varias de las ideas expresadas a continuación fueron desarrolladas junto a los integrantes del colectivo Centro de Estudios Políticos sobre Chile (CEP-Chile) en el documento Una corriente socialista libertaria como alternativa de izquierda revolucionaria (Reflexiones para un proyecto transformador), París, Centro de Estudios Políticos sobre Chile, abril de 1985.

Homenaje al compañero “Agustín” en Valparaíso

Desde hace varios años un grupo de compañeras y compañeros se reúnen al mediodía del último domingo del mes de septiembre en la entrada del Cementerio N°3 de Playa Ancha, en Valparaíso, para desde allí dirigirse hasta el nicho en donde reposan los restos de Carlos René Díaz Cáceres y recordar su opción militante revolucionaria y su ejemplo de lucha consecuente, que lo llevó a ofrecer su vida por la liberación de los pobres del campo y la ciudad mientras se dirigía a realizar una acción en contra de la dictadura el 30 de septiembre de 1982. Carlos Díaz Cáceres, el compañero “Agustín”, fue uno de los fundadores del MIR en Valparaíso y miembro del Comité Central del Partido.

A través de las distintas intervenciones realizadas por compañeras y compañeros, jóvenes y muchachas rebeldes de ayer y de hoy, se recordaron fragmentos de su trayectoria y se le rindió homenaje en un emotivo y simbólico acto de memoria realizado hoy domingo 29 de septiembre.

De las diferentes intervenciones entregadas junto a su tumba – en cuya lápida aparece grabada una frase del compañero Agustín en donde dice: “Soy del pueblo, soy parte de él, y solamente dentro de él, mi vida tiene sentido” -, transcribo a continuación algunos fragmentos de los testimonios allí expresados:

“Este mes de septiembre ha estado lleno de memoria. Hemos estado en varios actos de memoria para homenajear a nuestros compañeros y hoy día nos convoca el compañero Agustín, con quien trabajamos e hicimos muchas tareas juntos en pos de los objetivos del Partido, el MIR.

Él cayó un día 30 de septiembre en Santiago cuando iba a realizar una acción (…) Hoy hay nuevas luchas que se están dando, algunas soterradas y otras abiertas, pero están ahí presentes, y los jóvenes que tendrán la palabra en el futuro están haciendo cosas interesantes y me parece que hay que apoyar las distintas iniciativas que están apareciendo…”

“Un día 30 de septiembre de 1982, en una calle de Santiago de Chile, en la clandestinidad, en plena dictadura cívico-militar, murió Carlos Díaz Cáceres, conocido por sus compañeros de Partido como “Agustín. Formado en la Escuela de Especialidades de la Armada, como hombre de pueblo comprendió cuál era su lugar en la vida y optó por ser fiel a sus orígenes. Agustín, trabajador, soldado, estudiante universitario, revolucionario, un joven alegre y de profundas convicciones, fue uno de los fundadores del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, MIR, en Valparaíso. Para quienes tuvimos la oportunidad de conocerlo y compartir con él, como también para aquellos que les aportó con su ejemplo, con su sencilla sabiduría, con su valentía y su formación militante, Agustín se alza como todo un símbolo de entrega, consecuencia y honestidad. Sus amigas y amigos del barrio en el cual transcurrió su infancia, sus compañeros de estudio, sus familiares, sus compañeros de Partido, como también muchas y muchos que alguna vez supieron de oídas que existió un porteño tan parecido al CHE, nos reunimos desde hace varios años el último domingo de septiembre en su modesta tumba, para compartir un momento junto a él”

“Estas memorias no pueden quedarse solo en recuerdos, ya que necesitamos seguir la lucha y esa es la única manera de conmemorar a nuestros héroes y a nuestros mártires, a los compañeros desaparecidos. Ese es el deber de nosotros….”

“Yo soy hija del “Clarito” y era muy chiquitita cuando compartí con Agustín y me emociona siempre verlos a ustedes, porque yo me crié en medio de ustedes conversando de la dialéctica, la dialéctica, la dialéctica, y ahí aprendí esa palabra, entonces me emociona verlos acá construyendo memoria. La memoria no es algo del pasado, es algo del presente, porque la dictadura sigue viva en la sociedad actual, todavía somos víctimas en la educación, las AFP, la salud. Entonces la dictadura sigue presente en cada uno de nosotros, en nuestras vidas.

Por eso, como decía el compañero, no hay que perder la esperanza y hay que seguir luchando desde los diferentes frentes de acción, desde nuestra propia cotidianidad y vida que llevamos. Yo al Agustín lo recuerdo con mucho cariño, con un chaquetón negro, grande, su bigote, para mí era un amigo más que llegaba a la casa y compartía con mi papá y mi mamá. Su legado sigue en cada una de las que seguimos luchando y creyendo, porque pienso y sigo sosteniendo que la única derrota es no seguir luchando.”

“Cuando se habla de muchos MIR la juventud tiende a confundirse. El MIR es un único proyecto político, un proyecto en común, un proyecto poblacional, universitario, de las minorías, de los trabajadores. Ese es el ejemplo que deja Miguel, Bautista, Luciano, y ese es el proyecto que tenemos que seguir nosotros los jóvenes. El contexto actual necesita unidad de acción y la juventud tenemos que seguir con ese accionar. La historia está acá, la historia la hacemos nosotros, los explotados de todos los días, entonces adelante con todas las luchas de la historia.”

Depositando claveles rojos en el nicho de Carlos Díaz Cáceres y entonando el himno del MIR finalizó este sencillo acto de memoria y homenaje.

Tomado de: elclarín.cl

Por: Guillermo Correa C.

Conversando en el “Apumanque”

Tomado de http://dilemas.cl

Que nosotros, los hijos de las víctimas de la dictadura que exigen verdad y justicia hasta hoy no somos los monstruos que de seguro a él le pintaron desde la infancia…Entonces su rostro cambió y las palabras comenzaron a salir de su boca con mayor rapidez…

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Texto de Simón Sobarzo, hijo de Patricio Sobarzo, profesor, dirigente del CODEPU y militante del MIR, asesinado por la CNI un 2 de julio de 1984 Sigue leyendo

La historia oculta del comandante Rosauro

Tomado de http://m.elmostrador.cl
Por Jorge Escalante

Abogados de DDHH pedirán desafuero del actual parlamentario de RN

Rosauro Martínez Labbe

El comandante Rosauro se abalanzó sobre la puerta de madera para abrirla de una patada, pero se le trabó su fusil ametralladora. Rosauro retrocedió nervioso y ordenó a sus hombres rodear la humilde construcción de madera. Adentro se refugiaban los miristas Eugenio Monsalve Sandoval, Próspero Guzmán Soto y Patricio Calfuquir Henríquez.

La bandera chilena todavía flameaba al viento fresco esa mañana del 20 de septiembre de 1981 en Remeco Alto, a corta distancia de Neltume en la precordillera de Valdivia. El aire olía a leña humeante.

Rosauro, conocido en el Ejército como El Mosquetón, habló en un susurro de voz con la dueña de la casa, Floridema Jaramillo Manquel. Esta le informó que los tres jóvenes dormían. Habían llegado hambrientos y cansados pidiendo comida, refugio y camas donde descansar. El destacamento de Tropas Especiales de la Compañía de Comandos N°8 de Valdivia al mando del comandante Rosauro Martínez Labeé, se había acercado sigilosamente a la casa.

Algunos agentes de la Unidad Antiterrorista (UAT) de la CNI, colaboraban esa mañana con los hombres del comandante Rosauro al mando de El Monje Loco. Así nombraron los prisioneros del campo de Pisagua en 1973, al entonces teniente de Ejército Conrado García Gaier. Conrado había sido en ese lugar el oficial más temido por sus refinadas torturas. A veces vestía capa negra y tocaba el órgano sustraído a la parroquia, antes de dar inicio a los tormentos. Rosauro y El Monje operaban esa mañana codo a codo en busca de la ansiada presa.

    Por su misión en Neltume a cargo de la CCN°8, el comandante Rosauro recibió felicitaciones del Ejército estampadas en su hoja de vida. El 11 de noviembre de 1981 dice: “Extraordinario desempeño al mando de la Compañía de Comandos N°8 durante las acciones de combate contrasubversivas en la zona de Neltume, donde resultaron siete extremistas muertos sin bajas del Ejército”.

Junto a ellos actuaba en la zona Pete el Negro. El ahora capitán de Ejército Enrique Sandoval Arancibia, era el jefe de la Brigada Rojo de la CNI en el cuartel Borgoño de Santiago, grupo a cargo de exterminar al MIR. Pero Pete tenía otra historia. En octubre de 1973 al poniente de Santiago, siendo un teniente del Regimiento Yungay de San Felipe, le dio cuatro tiros en la cabeza con su pistola Steier al niño de 13 años Carlos Fariña Oyarce. Después roció su cuerpo con gasolina y lanzó un fósforo, según consta en la investigación judicial.

Fue la víctima más joven de la dictadura. Después fue importante asesor del ex agente Dina Cristián Labbé Galilea, cuando era alcalde de Providencia.

Con ellos operaba el comandante Rosauro en la precordillera al mando de su destacamento. Era la Operación de Contraguerrilla Machete como la denominó oficialmente la Comandancia en Jefe del Ejército.

En 1978 el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, MIR, inició la Operación Retorno a Chile con el fin de combatir la dictadura por las armas. A fines de 1980, poco menos de veinte militantes se instalaron en Neltume y sus alrededores para conformar el Destacamento Guerrillero Toqui Lautaro.

Poco antes del asalto a la casa de doña Floridema, ayudados por los baqueanos de la zona Dagoberto Pineda y José Flores, Rosauro, su gente y sus colaboradores de la UAT, descubrieron el tatoo de los miristas. Un refugio subterráneo. Los militantes alcanzaron a huir, pero perdieron todo cuanto tenían: alimentos, remedios, documentos y algunas armas. De ahí en adelante, se convirtieron en seres hambrientos y errantes por los gélidos parajes de la precordillera. Ya no pudieron permanecer unidos, debiendo separarse en pequeños grupos.

Aunque era la madrina de Monsalve, la misma Floridema denunció a los tres militantes enviando a su hijo de 15 años a avisar a los Carabineros del retén Neltume. Estos montaron en un vehículo y se dirigieron al campamento donde permanecía el destacamento de Rosauro. El sargento Alfonso Rozas, jefe del retén, habló directamente con él y le entregó la información.

Directo a la cabeza

Esa mañana de septiembre, a una señal de Rosauro los comandos y agentes de la UAT abrieron fuego con fusiles automáticos y una ametralladora punto 30 instalada en lugar estratégico. La casa de madera quedó totalmente destruida por el nutrido fuego de grueso calibre. Patricio Calfuquir y Próspero Guzmán murieron sólo en minutos atravesados por las balas. El cadáver de Guzmán quedó con 28 heridas de proyectiles de acuerdo al informe de autopsia. Eugenio Sandoval, quedó herido y alcanzó a huir por una ventana posterior.

Rosauro y un puñado de sus hombres lo encontraron a pocos metros de distancia aún con vida oculto entre unos coligües. Le dispararon directo a la cabeza y lo mataron. Un helicóptero Puma enviado desde la IV División del Ejército en Valdivia por su comandante el general Rolando Figueroa Quezada, recogió los tres cadáveres y los condujo a esa ciudad entregándolos en la morgue local.

Tiempo después, desde Valdivia, Rosauro envió a Floridema una mediagua sin forrar por la que se colaba el viento helado. Floridema protestó por la vivienda que no alcanzaba a reemplazar la calidad de la destruida, pero no logró nada más del comandante.

Unos días antes del asalto a la casa, dieron muerte al mirista Raúl Obregón Torres. El 17 de septiembre de 1981 mataron a Pedro Yáñez Palacios. Este se ocultaba en el hueco de un árbol con un pie gangrenado y amputado por congelamiento. El 28 de noviembre de ese año mataron también a Juan Ojeda Aguayo en la zona de Quebrada Honda.

Otro oficial que operó en la zona de Neltume bajo las órdenes del comandante Rosauro Martínez, fue Arturo Sanhueza Ros. Un destacado represor que perteneció a la CNI operando en el cuartel Borgoño. El Huiro, como le dicen sus cercanos, formaba parte de la Compañía de Comandos N°8 en Valdivia como instructor. Sus crímenes lo conducen a la Operación Albania y a los asesinatos del periodista José Carrasco y otros tres opositores tras el atentado a Augusto Pinochet en 1986.

El mismo Sanhueza declaró en el proceso por los crímenes de 1981 en Neltume que instruye la jueza Emma Díaz Yévenes de Valdivia que, junto a él y bajo el mando del comandante Rosauro, también formaron parte de aquel destacamento los entonces tenientes de Ejército Mario de Toro Gallardo, Iván Fuentes Sotomayor, Julio Arellano Garamund y Claudio Peppi Onetto.

En la Operación Contraguerrilla Machete, Rosauro Martínez con el grado de capitán tuvo bajo su mando a 192 efectivos de ese destacamento. Este lo integraban 4 tenientes, 1 subteniente, 8 suboficiales, 49 cabos y 130 conscriptos.

En el proceso, los suboficiales Eduardo Inostroza Reyes y Luis Jerez Prussing, afirman que por sus declaraciones prestadas, en especial temen a su ex comandante Rosauro Martínez.

Según dijo en el proceso el suboficial e integrante de la CC8 Luis Jerez Prussing, en la Operación Machete formó parte un equipo de Televisión Nacional de Chile.

Felicitaciones

Por su misión en Neltume a cargo de la CCN°8, el comandante Rosauro recibió felicitaciones del Ejército estampadas en su hoja de vida. El 11 de noviembre de 1981 dice: “Extraordinario desempeño al mando de la Compañía de Comandos N°8 durante las acciones de combate contrasubversivas en la zona de Neltume, donde resultaron siete extremistas muertos sin bajas del Ejército”.

Terminada la operación Neltume, Rosauro se fue a al Comando Sur del Ejército de Estados Unidos en Panamá. Por ello recibió otra felicitación en su hoja de vida en diciembre de 1981.

Por estos crímenes, hasta ahora la jueza Emma Díaz mantiene procesados al actual coronel retirado Conrado García y al capitán en retiro Enrique Sandoval Arancibia. Esta semana sería presentada en la Corte de Apelaciones de Valdivia la solicitud de desafuero del actual diputado de Renovación Nacional, Rosauro Martínez por parte del abogado Boris Paredes. El pretendido desafuero tiene por fin pedir posteriormente el procesamiento del parlamentario por estos delitos de lesa humanidad, los que la magistrada tiene ya tipificados como homicidios calificados.

Antes de integrar el destacamento que ultimó a los miristas en Neltume, Rosauro Martínez integró la DINA. A pesar de que él lo ha negado reiteradamente, el diputado llevaría el número 77 en la lista con 1.097 ex agentes que en 2008 el Ejército entregó al ministro en visita extraordinaria Alejandro Solís. Hasta entonces siempre negada a los tribunales, esta es la única lista que el Ejército ha conformado hasta ahora con nombres de oficiales y suboficiales que integraron la DINA.

El ex agente y comandante Rosauro, ha sido diputado desde 1994 y este año postula a su reelección por el distrito 41 de Chillán.

Twitter https://mobile.twitter.com/verde_olivo

Condenas a criminales CNI

Tomado de http://www.rsumen.cl

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Este 18 de diciembre, la Segunda Sala de la Corte Suprema de Justicia confirmó las sentencias definitivas contra ex agentes de la CNI por el alevoso crimen de 4 miembros de la resistencia cometido en noviembre de 1981, en las Vizcachas, Santiago. La sentencia a firme condena a Álvaro Corbalán Castilla y Alejandro Astudillo Adonis a 12 años de cárcel, y a Enrique Sandoval Arancibia y Fernando Rojas Tapia a 10 años y 1 día de presidio mayor.

El 10 de noviembre de 1981, en el camino a las Vizcachas, Puente Alto, la CNI asesinó a Luis Pantaleón Pincheira Llanos, Jaime Alfonso Cuevas Cuevas, Luis Nelson Araneda Loayza, todos ellos militantes del MIR, y a Juan Ramón Soto Cerda, militante socialista. En la oportunidad, los aparatos represivos y la prensa dictatorial crearon el escenario de un enfrentamiento entre los agentes criminales y los miembros de la resistencia en los momentos en que supuestamente estos últimos pretendían atacar la residencia del canciller de la dictadura René Rojas Galdámez. Pero esto no era más que una farsa, un nuevo montaje de falso enfrentamiento de que hizo gala la dictadura desde fines de los años 70 y durante los 80. La verdad es que todos ellos habían sido detenidos mucho antes, torturados hasta lo indecible y luego vilmente ejecutados por Corbalán y su tropa de matones. La verdad también era que todos ellos fueron acribillados y quemados al interior de un taxi que había sido robado para tal fin el día 7 de noviembre por los agentes de la Brigada Especial Francisco Zúñiga Acevedo y Luis Hernán Correa Soto, ambos oficiales de carabineros.

Luis Pincheira de 34 años, Jaime Cuevas de 26 y Luis Araneda de 32, eran originarios de la zona penquista y formaron parte de un grupo mirista que intentó instalarse con una idea de crear guerrilla en las montañas de Nahuelbuta a comienzos del 81. Desistieron de su intención cuando se produce el desastre de un intento similar en la zona montañosa de Panguipulli, en Valdivia. El grupo se dispersó y trató de reubicarse en diversas ciudades del sur. Sin embargo, los tres mencionados penquistas fueron detenidos en Talca por agentes de la CNI local a comienzos de octubre del año 81. De inmediato son entregados a los agentes de la Brigada Roja (posteriormente pasó a llamarse Brigada Azul) de CNI, que se especializaba en la represión y persecución del MIR, quienes los van a buscar a Talca desde Santiago y se los llevan con ese destino.

Juan Soto Cerda, por su parte, era de Santiago y fue detenido por los agentes represivos el día 9 de noviembre del 81. El macabro final de los miristas estaba decidido de antemano por los mandos de los órganos de seguridad dictatorial. Soto Cerda fue “agregado” al escenario homicida para deshacerse de otro firme opositor y darle más coherencia al montaje del falso enfrentamiento.

Por este vil asesinato Álvaro Julio Federico Corbalán Castilla, alias “Faraón” y chapa de Álvaro Valenzuela Torres, teniente coronel de ejército en retiro, junto a Alejandro Francisco Astudillo Adonis, alias “Cordero Chico”, chapa de Iván Stuar Briceño, ex agente civil de la Fach, fueron condenados a 12 años de presidio. Corbalán suma así otra condena más en su largo historial de crímenes cometidos al amparo del poder absoluto de que gozaba la CNI en la época del régimen dictatorial. Por su parte, Enrique Erasmo Sandoval Arancibia, alias “Pete el Negro”, chapa de Roberto Fuenzalida Palma, jefe de la Brigada Roja a la época de los asesinatos, mayor de ejército en retiro, y Fernando Rafael Mauricio Rojas Tapia, alias “Piscola”, chapa de Mauricio Castellón Echeverría, teniente coronel de ejército en retiro, fueron condenados a 10 años y 1 día de cárcel. Todos deberán cumplir cárcel efectiva, sin beneficios, aunque sea en los recintos de lujo y exclusivos para estos criminales como, en este caso, la cárcel de Punta Peuco.. En tanto, el mayor de carabineros en retiro Luis Hernán Correa Soto, alias “Paco Américo”, fue absuelto de su participación en el crimen, y Zúñiga Acevedo se suicidó en diciembre del 91 cuando los procesos judiciales en su contra comenzaron a poner fin a su inmunidad.

El mencionado Sandoval Arancibia inició su carrera criminal en octubre del 73 cuando asesinó a Carlos Fariña de 14 años de edad y se encargó de hacer desaparecer su cadáver; luego, años más tarde, se convirtió en activo partícipe de la “Operación Retiro de Televisores” dispuesta por Pinochet para exhumar las sepultaciones clandestinas que habían realizado hasta entonces para hacer desaparecer, otra vez, los restos de los muertos desaparecidos. También fue procesado y condenado por el crimen de Lisandro Sandoval Torres, el joven tomecino asesinado en Santiago en agosto del 81. Junto con la condena confirmada ahora por la suprema, “Pete el Negro” está siendo procesado en otra serie de hechos criminales.

Este es solo uno más de los muchos procesos que siguen abiertos por crímenes de esta naturaleza; en el caso de los asesinados el 10 de noviembre del 81 ha llegado a su término con una condena que viene a poner justicia en este alevoso asesinato, y a reparar en algo el daño causado a las familias de los ejecutados.
Foto Archivo de Resumen: Al centro, Pantaleon Pincheira, encargado del GPM de Coronel del MIR, junto a los miembros del comedor popular del calabozo de los presos politicos, de la antigua cárcel de Chacabuco 70 en Concepción. en el verano de 1977. Entre otros Alberto Salazar Asesinado en 2 años más tarde en calle Maipu en Concepción y Piñon Sanchez testigo clave en el caso del asesinato de Oscar Arros.