Vuelve a Chile la “olla común”, símbolo de la pobreza en tiempos de Pinochet

Una vecina de la comuna de Puente Alto fue registrada estes martes al recibir cajas con comida, en la comuna de Puente Alto, en Santiago de Chile. EFE

La crisis económica derivada de la pandemia por coronavirus ha traído imágenes que no se veían en Chile desde los tiempos de la dictadura: miles de personas que viven en barrios con menos recursos comen cada día gracias a las “ollas comunes”, símbolos del hambre y la pobreza que acechan de nuevo al país.

En la periferia de Santiago, este tipo de asistencia se ha multiplicado durante las últimas semanas, a medida que más familias se han quedado sin ingresos tras el cierre de muchos comercios, obras de construcción y la ampliación de la cuarentena obligatoria.

En el imaginario popular chileno, el “recuerdo más inmediato” de las “ollas comunes” se remonta a la crisis que golpeó el país austral a partir de 1982, bajo la junta cívico-militar de Augusto Pinochet (1973-1990), explicó este martes a Efe el sociólogo de la Universidad de Chile Nicolás Angelcos.

Casi 40 años después, en Puente Alto, una de las comunas más pobres de la región Metropolitana, Susana Castillo, dirigente vecinal de la villa Marta Brunet, prepara junto con tres compañeras 250 raciones de arroz con pollo.

“Siempre van saliendo más familias, sobre todo ahora que nos extendieron la cuarentena. Hay cada vez más gente que se está quedando sin trabajo”, relató a Efe Castillo con un ojo puesto en tres grandes cacerolas hirviendo.

Este es uno de los 14 puntos que, con la ayuda de la municipalidad de Puente Alto, entregan comida a unos 5.000 vecinos.

Daniel Pezoa, coordinador de las organizaciones comunitarias de la comuna, destacó que la “olla común” siempre surge en episodios de “catástrofe” y que dan prioridad a las personas mayores y a las discapacitadas, para que no tengan que salir de casa, y a familias numerosas.

Puente Alto es la segunda localidad de Chile con mayor número de casos de coronavirus (1658), solo por detrás del centro de Santiago (1873), según datos del Ministerio de Salud del 10 de mayo.

La pandemia por COVID-19 elevó el desempleo en Chile hasta el 8,2 % en el primer trimestre de 2020, su mayor cifra en una década, y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe estima que la economía caerá un 4 % este año y que la pobreza podría aumentar hasta el 13,7 %.

“Es la muestra del fracaso o la ineficiencia de un modelo de protección oficial que todavía se resiste a políticas de bienestar de mayor y más largo alcance”.

“AL MENOS ME ASEGURA QUE TENDRÉ ALMUERZO”

A la hora de comer, una camioneta reparte las raciones a domicilio, adaptando el formato tradicional de la “olla común”, que solía juntar a los vecinos en un acontecimiento social, a lo que permite el confinamiento.

Guacolda Bueno, madre de cinco, lamentó el momento complicado que atraviesa su familia: “Nosotros vivíamos con el sueldo de mi pareja, que era comerciante, y ahora nos hemos quedado sin nada, no tiene dónde trabajar”.

“A mí la olla común me ha ayudado mucho, así al menos me asegura que voy a tener almuerzo”, dijo a Efe desde la puerta de su edificio, donde recibió siete porciones.

Unos bloques más al sur de la villa Marta Brunet, Álvaro Muñoz declaró que el pasado octubre perdió su trabajo de chófer por las protestas que sacudieron el país y que desde entonces no encuentra nada más.

“Ojalá pase la cuarentena para poder salir a buscar algo, porque así uno no puede estar”, aquejó.

“Por el terremoto de 2010 hicimos ollas durante una o dos semanas, pero ahora necesitamos mucha más organización. Y esto irá para largo”, auguró Alina Sandoval, coordinadora de la Asamblea de Organizaciones Sociales y Políticas de Provincia Cordillera, que suministra manutención a casi mil personas cada día.

En otras partes de la comuna de Puente Alto, los vecinos se organizaron para que la comida no dejara de entrar en casas donde “ni el Estado ha llegado”.

“Nos hemos convertido en cadenas solidarias, recibimos desde 1 quilo de patatas a 10 de tallarines. Solo el pueblo ayuda al pueblo”, agregó.

EMBLEMA DE AUTOGESTIÓN, SOLIDARIDAD Y DIGNIDAD

Aunque las “ollas comunes” aparecieron en Chile tras la crisis de 1929, fue durante los años 1980 cuando se crearon cientos organizaciones para “enfrentar colectivamente la pobreza”, afirmó el sociólogo Nicolás Angelcos.

El también investigador de la Universidad Andrés Bello resaltó que permitieron la “participación activa” de las mujeres fuera de su casa, facilitando la formación de dirigentes sociales, y la politización de muchas poblaciones que luego se erigieron como “espacios de resistencia contra la dictadura”.

“Es una iniciativa que está directamente relacionada con la autogestión, la solidaridad y la dignidad. Años después, con el estallido social empezaron a brotar de nuevo en algunos barrios periféricos, algunos de los cuales ya fueron emblemáticos durante la dictadura”, señaló Angelcos.

Para el investigador, la reaparición de las “ollas comunes” no solo son un indicador de la pobreza, sino que evidencian algo más profundo: “Es la muestra del fracaso o la ineficiencia de un modelo de protección oficial que todavía se resiste a políticas de bienestar de mayor y más largo alcance”.

Tomado de: eldiario.es

Por: Arnald Prat Barnadas

“Capuche”: el boletín creado por presos políticos de Concepción

«Capuche» es un boletín (o fanzine) creado por un grupo de presos políticos de Concepción, quienes se encuentran recluidos en la Cárcel El Manzano a raíz de la oleada represiva con que el Estado intenta contener las protestas que sacuden al país. El boletín hace un llamado a no bajar los brazos y seguir en la lucha, además se abordan temas como la detención, el juicio, la llegada a la cárcel y el ingreso a los módulos. También entrega consejos para quienes protestan y arriesgan caer en prisión, además de valiosa información para familiares y cercanos de quienes sufren la prisión. Un documento hecho a mano, con pasión y lleno de rebeldía que atraviesa los muros de las prisiones.

Tomado de: radiokurruf.org

Adiós al oasis chileno

Enfrentamiento entre manifestantes y la policía en Santiago de Chile el 22 de noviembre de 2019. Foto: AP / Luis Hidalgo

Cuando se escriba la historia de la inédita revuelta del año 2019 que cambió el destino de Chile, destacará, sin duda, una frase pronunciada por el presidente Sebastián Piñera el 8 de octubre en un programa de televisión en Santiago: “En medio de una América convulsionada, Chile… es un verdadero oasis”.

Aquellas palabras trasuntaban una ceguera ilimitada y una soberbia impenetrable, no sólo del primer mandatario, sino de toda una clase dirigente que no entendía lo que pasaba en el país real que incubaba en esos mismos momentos el estallido social que ningún miembro de la élite había anticipado.

En efecto, mientras Piñera peroraba televisamente, miles de estudiantes chilenos se saltaban con júbilo los torniquetes del Metro de Santiago, rehusándose a pagar un alza de 30 pesos que el gobierno había decretado recientemente, tan sólo dos días antes de que Piñera se ufanara de que Chile fuera tan diferente del díscolo continente latinoamericano.

En vez de entender la desesperación que se agitaba detrás de esta forma de protesta pacífica, los ministros de Piñera (entre los que había una caterva de enriquecidos vilmente durante la dictadura de Pinochet) hicieron oídos sordos y respondieron con una violencia cada vez más salvaje, lo que, en vez de amenguar los desórdenes atizaron el descontento del que se valieron elementos anarquistas y lumpen, amén de grupos aliados a narcotraficantes para desatar saqueos y vandalismo. El presidente declaró que se trataba de una guerra a muerte contra el pueblo, impuso un estado de emergencia y toque de queda, y ordenó a los militares salir a la calle. Desde el tiempo de Pinochet no se veían tanquetas y soldados patrullando las ciudades.

El pueblo chileno no se dejó amedrentar. En forma mayoritariamente pacífica, millones de hombres y mujeres y niños salieron a desafiar la represión, embarcándose en un octubre liberador que recordaba la gesta de otro octubre, el de 1988, cuando el pueblo chileno derrotó a la dictadura en un plebiscito que dio comienzo al lento retorno a la democracia. Aquella epopeya de 1988 había sido lidereada por los políticos de centro-izquierda que supieron crear las condiciones para que el país pudiera respirar en paz después de tantos años de tiranía.

Aquellos líderes lograron, durante las décadas que siguieron, algunos notables progresos: una disminución importante de la pobreza, una serie de juicios a los más escalofriantes violadores de los derechos humanos de la época de Pinochet, algunas mejorías en la salud y la educación, proyectos de infraestructura y transporte, modernizaciones del aparato estatal. Pero no pudieron terminar del todo con los enclaves autoritarios que habían heredado de la dictadura ni supieron cuestionar la extraordinaria desigualdad de un Chile donde un pequeño y ávido grupo se había apropiado de una inmensa y obscena tajada de la riqueza nacional. El desparpajo con que estos aristócratas y nuevos ricos ostentaban sus franquicias y la impunidad de que gozaban alimentaba la rabia de los chilenos ordinarios para quienes el alza de los 30 pesos era una carga significativa y, por cierto, una provocación en un país donde la corrupción de los privilegiados rara vez se sancionaba.

Y sobrevino, entonces, una insurrección generalizada que sobrepasó las estructuras partidarias y los políticos desprestigiados que no habían sabido dar una solución a los problemas profundos de Chile, un movimiento que ha sacudido los cimientos del desigual modelo político y económico que ha regido al país durante las últimas décadas.

Cartón de Rocha

Menos de tres meses después de que los jóvenes se rebelaron contra una cúpula que no los incluía ni escuchaba, Chile ha cambiado en forma trascendental. Todas las fuerzas políticas han acordado un itinerario para dotar al país de una nueva Constitución que reemplace la que impuso fraudulentamente Pinochet en 1980, si bien la derecha se ha opuesto exitosamente a la paridad de género y la presencia necesaria de sectores independientes y de pueblos originarios en la constituyente. Y se están implementando medidas que comienzan a enfrentar –aunque en forma exigua– las graves deficiencias en pensiones y salud, en parques y viviendas y educación, que aquejan a la población en forma mayoritaria.

Queda por ver si esas reformas se efectuarán o si, de nuevo, se han de frustrar las ansias de un país más bello y equitativo. Queda por ver si los policías que respondieron a las demandas ineludibles de los jóvenes con balines y torturas van a ser juzgados y castigados. Queda por ver si la derecha chilena, acostumbrada a menoscabar la democracia con impunidad, aceptará una contracción de su poder y sus granjerías o si pondrá cada vez más trabas al proceso que llevará a una nueva Constitución. Queda por ver si las exigencias de políticas sustentables para enfrentar la crisis climática, derechos de sindicalización de los trabajadores, control de las aguas urbanas y rurales (Chile es el único país en el mundo donde el agua se encuentra en manos privadas), serán postergadas otra vez más. Queda por ver si los políticos de centro-izquierda se darán cuenta de que no hay que temer la movilización del pueblo. Queda por ver si los sectores fascistas, nostálgicos de la mano dura de Pinochet, no aprovecharán el desorden y los saqueos, para revivir la quimera de una nueva tiranía. Queda por ver si los militares, contemplando un país dividido y cada vez más destrozado por el vandalismo criminal de unos pocos que aprovechan las protestas pacíficas de la mayoría, no decidirán que es hora de salir de los cuarteles. Queda por ver si los jóvenes chilenos que no tuvieron miedo a los golpes y las balas y las violaciones y los gases lacrimógenos tendrán espacio protagónico para respirar tranquilos, que se les permita sacar todo el potencial creador que tienen adentro. Queda por ver si las eternamente pospuestas demandas de mujeres maltratadas y de pueblos originarios tendrán el reconocimiento que se merecen.

Queda por ver, queda por ver.

Pero hay algunos que no verán más, casi 300 jóvenes que quedaron ciegos debido a los disparos de la policía, aquellos que quedaron sin ojos para que los aislados dueños de Chile pudieran abrir los ojos a la realidad de un país al que han tratado con ignorancia y menosprecio, al que han querido olvidar. Otro sacrificio en la larga lista de sacrificios que han padecido tantos, las penas y pérdidas que nunca faltan para que nazca una patria nueva.

Lo que es seguro es que, en este sumamente convulsionado 2019, Chile despertó. Se ha cuestionado a fondo el modelo neoliberal consumista vigente, reivindicando un nuevo modelo donde prima lo humano y no el lucro desmedido.

No somos, mal que le pese a Piñera y los suyos, un oasis en América Latina, sino parte de la historia perpetua de nuestro vasto y rebelde continente que lucha desde siglos por un mundo más justo y participativo.

Dependerá del pueblo chileno cómo se escribirá la próxima página de esa historia.

Tomado de: proceso.com.mx

Por: Ariel Dorfman

Este comentario se basa, en parte, en el folleto Chile: juventud rebelde, que acaba de sacar el Fondo de Cultura Económica, que también ha publicado Allegro, la última novela de Ariel Dorfman.

Las miradas rotas de las revueltas en Chile: “Sentí el impacto en el ojo, caí al suelo… salía mucha sangre”

Los perdigones disparados por la policía durante las protestas han dejado completamente ciegas a dos personas y otras 17 han perdido la visión de un ojo. EL PAÍS habla con cinco de ellas

Monumento en la Plaza Italia, en Santiago de Chile. FRANCISCO UBILLA



Miradas rotas como las de estas dos personas se han convertido en el lamentable símbolo de las revueltas sociales en Chile que explotaron hace ya dos meses. Desde el 18 de octubre, cuando arrancaron las protestas por la desigualdad en el acceso a servicios básicos como la sanidad o la educación, se han registrado 359 civiles con heridas oculares, según el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH). Dos personas han quedado completamente ciegas y 17 han perdido la visión total en alguno de sus ojos. La Sociedad Chilena de Oftalmología y el Colegio Médico calificaron desde el inicio esta situación como “una emergencia de salud visual nunca antes vista en el país” y pidieron suspender la utilización de perdigones. Las autoridades informaban de que los balines estaban compuestos de goma, pero un estudio de la Universidad de Chile determinó que solo contenían un 20% de caucho. El 19 de noviembre la policía suspendió el uso de perdigones a la espera de nuevos análisis en su composición, cuyos resultados todavía no se conocen públicamente.

Un policía disparó directamente al rostro a Ronald Barrales. Estaba a menos de 10 metros. Según su relato, el perdigón llegó desde el asiento del acompañante de un vehículo de los carabineros hace unas semanas, en uno de los días más tensos de las protestas contra las políticas del Gobierno en Chile. “Sentí el impacto en el rostro, caí al suelo, me levanté y observé que caía sangre del ojo, mucha sangre”, relata. Herido también en el tórax y en el abdomen, Barrales se ha sometido a tres operaciones en el ojo izquierdo, del que perdió completamente la visión y para siempre. “El precio que he tenido que pagar es muy alto, pero al menos Chile ha despertado”, se consuela Maite Castillo, de 23 años, que también ha perdido la visión del ojo derecho. 

Mientras, el Gobierno de Sebastián Piñera intenta reconducir la situación e impulsa un proceso para cambiar la Constitución actual que, según los manifestantes, contribuye a consolidar las desigualdades en el país y, aunque ha sufrido modificaciones durante estos años, ha sido heredada del régimen de Augusto Pinochet.

Pero el cambio político no devolverá la vista a los chilenos que recibieron uno de esos controvertidos perdigones. EL PAÍS ha recogido los testimonios de cinco de estas víctimas: 

Maite Castillo. F. U.

Maite Castillo, 23 años

Desde su época de estudiante asistía a marchas en demanda por derechos sociales, pero la tarde del 20 de octubre pasado no participaba en ninguna protesta: pasaba en moto junto a su novio por la Gran Avenida —una importante vía de su comuna—, donde se producía el saqueo de un supermercado. No se podía transitar, porque los vehículos iban y venían en todas las direcciones. “Nos estacionamos al frente, en una gasolinera y nos quedamos mirando. Me bajé de la moto, me saqué el casco y observé que venían dos carabineros. Como portaban escopetas, los insulté. Hicimos contacto visual, se me quedó mirando, cargó su arma y me disparó de frente”. 

El perdigón le dio de lleno en la órbita del ojo derecho: “Perdí la visión, no veo absolutamente nada por ese ojo”, señala. Desde entonces, la han operado dos veces, la última vez el viernes, a causa de una hemorragia que no sanaba. Mientras, pasa los días en su casa guardando reposo: “Esta será una Navidad distinta. Triste por lo que me ocurrió, sin duda, pero la gente en este país por primera vez no está centrada en el consumo, sino en otros asuntos fundamentales, con mayor empatía hacia el resto”. El año pasado, Castillo se sacó el título de asistente dental y en 2020 quería comenzar sus estudios de odontología. “Pero he pasado de ser una persona sana a depender de los demás”, relata esta chilena que vive con su padre en el municipio de El Bosque, en la zona sur de la capital, Santiago de Chile.

Ronald Barrales. F. U.

Ronald Barrales, 36 años

Padre de una niña de ocho años y de un muchacho de 17, este trabajador autónomo dedicado a la fabricación de productos de limpieza participó de las protestas de Plaza Italia, la zona cero de las movilizaciones en Santiago de Chile, desde el comienzo del estallido social del 18 de octubre. Cuenta que lo hacía siempre pacíficamente, acompañado de familiares, “para manifestar el descontento por la forma en que los políticos han manejado el país en las últimas décadas”. Apunta, por ejemplo, a los problemas en la educación: por falta de dinero tuvo que dejar la carrera de ingeniería y su primogénito en 2020 cursará su último año en el Instituto Nacional, el emblemático liceo público de excelencia de Chile que las autoridades de distinto signo político han dejado morir.

El 11 de noviembre pasado, Barrales salió a protestar como de costumbre, cuando se quedó sin compañía en medio de una especie de encerrona de carabineros, sin poder correr ni escapar. A poca distancia, de lleno en el ojo izquierdo, le impactó un objeto: “Me di media vuelta y lo único que pude hacer fue correr al hospital de campaña de la Cruz Roja, sin permitir que nadie me ayudara”, relata en su casa del municipio de Quinta Normal, en la zona centro-norte de la capital, donde vive con su madre. En una de las operaciones le extrajeron “un perdigón que no era de goma y que se alojó en el fondo del globo ocular, lo que habla de la potencia del impacto”. Sin poder trabajar y afectado anímicamente, intenta lentamente aprender a vivir con su nueva condición física. Pese a todo, sin embargo, no se arrepiente de haber participado de la protesta: “Estaba simplemente alzando la voz por los derechos de mis hijos y del resto de las personas”. 

Carlos Puebla. F. U.

Carlos Puebla, 47 años

Después de salir de su trabajo, decidió pasarse por las protestas de Plaza Italia. No milita en ninguna organización ni partido y era la primera vez que asistía a las manifestaciones. Dice que era una concentración pacífica, donde había niños y ancianos, pero que pronto comenzaron los enfrentamientos con la policía, “que comenzó a atacar desmedidamente y sin respetar nada”. Fue cuando un carabinero, según relata, le disparó con la escopeta antidisturbios a unos 15 metros de distancia apuntando a su rostro. “Sentí algo helado en el cuerpo, traté de correr, caí al suelo y me trasladaron a la Cruz Roja”, recuerda el hombre. Recibió un perdigón en el muslo, otro en la cabeza y un tercero en el ojo derecho, cuya visión perdió por completo, según le informaron 48 horas después.

Carlos Puebla es el hijo menor de una mujer que tuvo que hacerse cargo sola de sus cinco niños. Por falta de dinero, no pudo terminar sus estudios escolares. Puebla tiene tres hijos —de 25, 14 y 13 años— y, hasta el 24 de octubre pasado, trabajaba como obrero de la construcción a cambio del salario mínimo (unos 360 euros mensuales). Pero el día que acudió a la protesta marcará la vida de Puebla, que vive en Renca, un municipio del norte de Santiago de Chile. “Los sueldos son bajos y no alcanzan, la salud y la educación son precarias, las pensiones son una vergüenza”.

Ahora espera que le pongan una prótesis. “La vida nunca será la misma, pero tengo dos hijos pequeños todavía que me necesitan. Debo seguir adelante”, reflexiona. Sabe que probablemente no podrá continuar con el mismo oficio y, aquejado de fuertes dolores de cabeza y mareos, muchas veces lo invade la tristeza: “De repente entro en depresión”. 

Eliacer Flores. F. U.

Eliacer Flores, 30 años

Cuando se había declarado la segunda jornada de toque de queda en Santiago, el 20 de octubre pasado, decidió que saldría de su casa en Quinta Normal, en la zona centro-norte capital chilena, para protestar por el estado de emergencia. Padre de dos niños de 13 años y 10 meses, se dirigió después de comer a la Plaza Italia, donde se encontró con un enfrentamiento entre manifestantes y la policía. Eliacer se unió al bando de los civiles, mientras se protegía con una plancha de metal: “Pero me asomé a mirar y me llegó el perdigón en el ojo derecho”, relata.

“Sentí el mayor dolor físico que he sentido en mi vida, un frío intenso en todo el cuerpo, un pitido en los oídos y ganas de desmayarme. Horrible. Pero la adrenalina y el miedo a que los carabineros me agarraran, me hizo correr y pedir ayuda”, señala Flores.

Lo han sometido a dos operaciones, pero perdió por completo la visión de un ojo. Probablemente deberá usar una prótesis. Intentó volver al trabajo, pero su estado físico se lo impidió y los médicos extendieron una nueva baja. En estos dos meses ha pasado por distintos estados anímicos: “Ira, miedo, tristeza, rabia. Este país necesita una reestructuración completa del sistema, partiendo de la política corrupta, la salud, la educación y las pensiones que permitan un futuro digno para nuestros viejos”, indica Flores. “En honor a los muertos, los heridos y los violentados debemos seguir luchando. Lo que hemos perdido y lo que hemos dado no puede quedar en nada”. 

Natalia Aravena. F. U

Natalia Aravena, 25 años

Cuando intenta beber agua, no logra calcular correctamente la profundidad y el líquido se desparrama fuera del vaso. Si el terreno por el que camina no es completamente liso y plano, corre el riesgo de tropezarse. Esta enfermera de 25 años, que apenas llegaba a un año de vida laboral, intenta con los días acostumbrarse a su nueva condición física: el 28 de octubre pasado, una bomba lacrimógena le impactó en el ojo derecho y perdió tanto la vista como el globo ocular. Ese lunes iba a reunirse con un amigo frente al palacio de Gobierno, La Moneda, donde se había convocado una concentración. Relata que sucedió todo muy rápido: apenas llevaba algunos minutos en la calle cuando la policía comenzó a dispersar a los manifestantes, antes incluso de que comenzara la manifestación. Estaba sola y vio un vehículo policial y a los agentes a pocos metros. “Me di la vuelta y me impactó la bomba lacrimógena en el ojo”, relata en su casa de Peñalolén, en el este de Santiago de Chile, donde vive con sus padres.

“Se me durmió la mitad derecha de la cara, por fortuna, porque no sentí dolor. Desde la frente al labio superior. El impacto no me hizo perder la conciencia, tampoco me destrozó el resto de la cara ni me tiró al suelo, pero quedé aturdida”. Ha sido sometida a dos intervenciones quirúrgicas y no ha podido volver al trabajo. La joven chilena opina que “el Gobierno tiene mucho miedo de perder el poder” y critica las declaraciones del presidente, Sebastián Piñera, que señaló al comienzo de la revuelta que Chile estaba “en guerra” contra un enemigo poderoso: “¿El enemigo poderoso soy yo, que me mutilaron, que soy enfermera, que soy una persona común y corriente, sin armas?”, se pregunta. “Quieren hacer creer que queremos desestabilizar el país, pero Chile está desestabilizado hace mucho tiempo por la inmensa desigualdad que no quieren ver”.

Tomado de: elpais.com

Por: Rocío Montes

‘El derecho de vivir en paz’, de Víctor Jara, retumba en Chile

Las protestas continúan en Santiago y otras regiones de Chile. Foto Ap

Como parte de las manifestaciones en Chile, un grupo de músicos y músicas de ese país realizaron una versión especial de la canción ‘El derecho de vivir en paz’, del cantautor Víctor Jara, quien fue asesinado el 16 de septiembre de 1973, en el Estadio Nacional de ese país, cinco días después de que iniciara la dictadura militar de Augusto Pinochet.

En esta colaboración, participan importantes cantantes chilenos, como Francisca Valenzuela, Camila Moreno, Moral Distraída, Fernando Milagros, Mon Laferte, Denisse Malebrán, Benjamín Walker, Fernando Milagros, Pedropiedra, C-Funk, Kanela (Noche de Brujas), Pollo (Santaferia), Lalo Ibeas (Chancho en Piedra), Consuelo Schuster y Augusto Schuster, entre otros.

Para retratar la actual lucha, los artistas que participaron en este proyecto también recuperaron las palabras de Víctor Jara: “(…) la nueva canción chilena fue una canción que surgió de la necesidad total del movimiento social en Chile. Violeta nos marcó el camino y por ahí seguimos (…)”.

Además, dijeron: “Nosotros como artistas repudiamos las acciones del gobierno al militarizar las calles, asesinar y torturar a nuestro pueblo, elevamos este canto como un genuino intento para generar cambios profundos y estructurales en nuestra sociedad”.

Chile vive desde hace dos semanas diferentes movilizaciones sociales, en la que su población ha reclamado acabar con el modelo de exclusión que ha llevado acabo el gobierno de Sebastián Piñera. La reacción de las autoridades fue la de reprimir a la población.

El pueblo unido…

Paralelamente, una orquesta chilena realizó en Santiago, un concierto interpretando la consigna “El pueblo unido, jamas será vencido” . 

La canción fue escrita en 1973, meses antes del golpe de Estado que puso en el poder a Augusto Pinochet, el 11 de septiembre. 

Este domingo, la chilena Ana Tijoux publicó el video del sencillo “Cacerolazo”, para unirse a las protestas que cunden por todo el país:

Tomado de: jornada.com.mx

Chile, nuevo cine de resistencia: “Hoy la opresión trasciende la resignación y genera resistencia”

Película chilena, temática universal: la inmigración y sus consecuencias inhumanas. Perro Bomba, que acaba de estrenarse en Suiza en el Festival Filmar en América Latina crea una pasarela entre la particular realidad latinoamericana y ese drama planetario.

Además, desnuda ciertos malestares sociales que habitan en la sociedad chilena y que están a la base misma de la explosión social que sacude a ese país sudamericano. La película se estrenó pocos días antes del estallido social de inicios de octubre del año en curso. “Sin embargo, un elemento central de nuestro film ilustra un aspecto esencial de las movilizaciones: hoy en mi país, la opresión no se queda en tristeza, sino que produce energías creativas y reacciones comprensibles”, afirma Juan Cáceres.

Joven guionista y realizador de Perro Bomba, Cáceres llegó a Ginebra para participar en Filmar en América Latina luego del tránsito exitoso de su película por los festivales de Guadalajara, Málaga, Miami y el de Cine Latinoamericano de Sídney, Australia.

La película “es autogestionada, colectiva y popular. Apostamos a un cine social, desde la periferia, elaborada con una metodología participativa”. Recién cuando estaba terminada, algunas entidades estatales decidieron apoyarla, explica Cáceres.

La marginada inmigración haitiana

Perro Bomba, su primer largometraje, enfoca la existencia de Steevens – protagonizado por el joven afro-haitiano Steevens Benjamin-, inmigrante caribeño residente en Chile. Su relativa tranquilidad existencial se ve sacudida por la llegada de uno de sus grandes amigos de la infancia.

Ambos padecerán los abusos e insultos racistas del jefe de la empresa donde trabajan, lo que provoca el estallido del protagonista creándole un conflicto personal de manifestaciones múltiples. Con el patrón; con las autoridades migratorias chilenas; con sus sentimientos amorosos; y con su propia comunidad haitiana residente en ese país, que no acepta la faceta resistente del joven que contrasta con la pasiva resignación colectiva.

Dicha inmigración creció significativamente en los últimos años, en particular a partir del 2010 cuando se produjo el devastador terremoto en el país caribeño. Sólo en el 2017, más de 100 mil haitianos llegaron a Chile. Con sus casi 200 mil miembros constituye, junto con la colombiana y la dominicana, la denominada “comunidad emergente” debido al rápido crecimiento. Entre todas es la más particular, por la fuerte presencia negra y por el idioma criollo-francés que hablan sus integrantes.

Perro Bomba, chivo expiatorio en el lunfardo carcelario chileno- es una ficción con base documental nutrido por la excelente fotografía de Valeria Fuentes. Ese fundamento documental “nos ayudó mucho a realizar el filme dado el bajísimo presupuesto y los escasos recursos con que contaba el proyecto”, explica el realizador.

En cuanto a la idea que la motivó, “fue la llegada, en particular a partir del 2016 de muchos haitianos a Chile que históricamente registraba inmigración europea o de países vecinos, pero no caribeña. Dado la diferencia de idioma y de color comenzó a incomodar a ciertos sectores de la sociedad chilena”.

El fracaso del “paraíso” chileno

Durante el proceso de elaboración del film, no faltaron voces que nos criticaron por el contenido “muy politizado” del mismo, explica Juan Cáceres.

Sin embargo, el clima de movilización que empezó a imponerse en las calles a partir de inicios octubre y que explotó con el denominado “Santiagazo” de los 18 y 19 de octubre, prueba que “lo que nosotros contamos en nuestra película expresa, sin exageración alguna, una faceta particular de la profunda desigualdad que golpea a toda la sociedad chilena”, reflexiona.

Cuando comenzó dicha movilización “nadie esperaba ni pudo prever la dimensión de la misma”, sin embargo, subraya, “el cine independiente, callejero, popular, viene desde tiempo denunciando las injusticias que atraviesan a la sociedad chilena. Para nosotros el cine no solo es una herramienta de diversión sino un medio de cuestionamiento e integración social”.

Se quería vender, agrega Cáceres, a Chile como el país exitoso de los grandes logros macro en lo económico, de la tranquilidad y el orden. Presentándolo como el modelo idílico, diseñado en la época de la dictadura y que fuera envidiado por sus vecinos que trataban de imitarlo.

Y de pronto tomó la palabra el otro Chile, el que está harto de tanta desigualdad social. “Cuestionando a fondo ese mismo modelo que se nos vendía, autoconvocándose, desde los barrios, desde las bases, organizándose territorialmente, con mucha influencia del feminismo cuestionador de este modelo patriarcal del gobierno”, explica el director de Perro Bomba.

Y, en paralelo, pensando y promoviendo otra forma de hacer la política, “que si bien no es nueva había sido abandonada y que marca el fin del Chile idílico que imperaba hasta ahora”.

No fue fácil, subraya Cáceres, salir de Chile y venir a Suiza ahora, en este momento tan especial. Sin embargo, “decidimos hacer el viaje para convertirnos en voceros de la movilización, para contar lo que realmente está viviendo mi país y mi gente”. Y en ese sentido, nuestro agradecimiento ilimitado a Filmar en América Latina y la gente suiza “por permitir que haya un espacio para ese otro tipo de cine, el periférico, que pueda expresar sus verdades sin censuras. Permitiéndonos hablar de frente, en un festival donde lo político está muy presente dado que se alimenta con la producción cinematográfica emanada de las propias realidades latinoamericanas en ebullición”.

Reforzar la trinchera cultural

Dejó Ginebra luego de su corta visita en la segunda semana de noviembre. Y regresa a un país que continúa movilizado y a la espera de soluciones estructurales, como él mismo lo define. Si bien reconoce avances importantes como el proceso en marcha para elaborar una nueva Constitución en el 2020.

“Retorno rápido para seguir acercando la película a la cotidianeidad de la movilización social”, insiste. Será presentada en reuniones barriales, en cabildos, en espacios diversos, abriendo luego el debate.

En esta etapa, la gente dialoga, cuestiona, pregunta, discute, explica el joven realizador. “En sintonía con nuestra propia preocupación por encontrar nuevas formas de difundir Perro Bomba. Con la premisa de llevar el cine a las calles, sacándolo del marco protocolar de las salas comerciales”, concluye.

Tomado de: surysur.net

Por: Sergio Ferrari

LA “PRIMERA LÍNEA” EN LA HEROICA LUCHA DEL PUEBLO CHILENO

¡VIVA EL PUEBLO CHILENO CARAJO!

LA “PRIMERA LINEA EN CHILE”: AQUELLO DEL PASADO QUE MANTIENE VIGENCIA

En la Primera Línea para proteger a los manifestantes que enfrentan a Piñera y el modelo neoliberal.
Escudos caseros para frenar la brutal represión de Carabineros. Al lado, los que abastecen con proyectiles para neutralizar la agresión, y los que lo hacen de líquido antigases (10% bicarbonato en cada litro de agua).
Más atrás, pero casi pegados, los compañeros pendientes de los arrestos, para intentar el rescate, protegidos por otros que dificultan la visión de los carabineros con emisiones láser.

Esta es la “Primea Línea”, a la cual apoyan equipos de primeros auxilios,o de alimentación, para afrontar las 50 largas jornadas que ya lleva la resistencia.
Recuerdo las bolitas de rulemanes, o el alambre que de calle a calle se elevaba para derribar a los cosacos y sus caballos en el Cordobazo. También a los “compañeros felinos”, que lanzados a la tropa enloquecían a los perros policiales. O las hondas de David, que triplicaban el alcance de proyectiles, entre tantos otros recursos que recorrieron de lado a lado la Argentina de los 60/70.
Nada se ha perdido cuando de defender el justo reclamo popular se trata. Hoy, vuelven las mejores tradiciones de autodefensa de masas, recicladas, actualizadas y modernizadas por la creatividad popular.

Acompaño estas líneas con una notable crónica que pude chequear y confirmar con mis veteranos compañeros chilenos. Aquellos que nos recibieron cuando fuimos brigadistas al Chile de Salvador Allende, los que resistieron a Pinochet, los camaradas con los que coordinamos acciones para enfrentar al Plan Cóndor.
Estamos con ustedes compañeros, y aquí repudiamos a los profetas mediáticos locales del neoliberalismo, los que se escandalizan ante la ineludible respuesta organizada y disimulan las decenas de muertos y los más de 2.200 heridos, entre ellos lxs 209 jóvenes que cegaron por haber abierto sus ojos.

ESTA ES LA NOTA DEL SITIO “DESINFORMEMONOS”:

La primera línea de las marchas en la capital chilena se ha convertido en el emblema de las movilizaciones. Con todo en contra, la conforman las y los héroes de la protesta. En los medios de comunicación los llaman vándalos, vagos, delincuentes. Adentro de la marcha les aplauden, los vitorean, casi los alzan en hombros. Existen.
Son cientos de hombres y mujeres, jóvenes en su mayoría, que enfrentan a los carabineros todos los días. Se colocan en los puntos estratégicos para impedir que los gases lacrimógenos, los disparos de municiones y los chorros de agua con químicos lleguen al resto de la movilización pacífica. Son las y los guardianes de las decenas de miles de personas que llevan más de 40 días protestando en las calles contra un sistema que los excluye.

La esquina de Ramón Corvalán con la calle Carabineros de Chile es uno de los campos de la desigual batalla. Piedras contra tanquetas desde las que disparan municiones que han dejado tuertas a más de 200 personas, o bombas lacrimógenas o los vehículos conocidos como guanacos que disparan chorros de agua con químicos lacerantes que dejan ardiendo la piel por días. Chile es experto en este tipo de miserias.
Las noches son un hervidero. De un lado grupos de jóvenes quiebran el pavimento con mazos para dotar de piedras a la primera línea. Hileras de chicos con costales de pedazos de concreto atraviesan las calles y se las dejan a quienes repelen los ataques frontales de los carabineros. “Gracias hermanos”, se escucha desde la refriega y el humo. Y es que sí, la primera batalla que se ganó fue contra el individualismo y el ego, aquí todo es colectivo.

Decenas, cientos de personas esperan a los manifestantes que corren con los ojos llorosos. “¡Agua con bicarbonato! ¡Agua con bicarbonato!”, gritan. Y los demás se acercan para que les rocíen el rostro, les digan palabras de aliento, los socorran. Por cada persona lesionada se acercan cuatro o cinco de inmediato. Es el desborde.
Sigue la primera línea. Al oscurecer se juntan manifestantes frente a los guanacos y tanquetas y los desconciertan con la luz verde de cientos de rayos láser en los parabrisas. El espectáculo de luz y sonido inunda la calle. El guanaco retrocede. Los muchachos gritan de júbilo.

De pronto la infantería carabinera se despliega a pie. Parapetada en los vehículos recibe la orden de atacar y corren detrás de los jóvenes y de todo el que se encuentran a su paso. Golpean y patean a todo el que se les atraviese, detienen a alguno y sus compañeros tratan de rescatarlo en una batalla cuerpo a cuerpo. A veces lo consiguen. Otras el chico o chica pasa a engrosar las filas en las comisarías. Se habla ya de más de 17 mil detenidos en 40 días de protestas.

A la primera línea llega Claudia Aranda, reportera y activista de tiempo completo. Durante nuestro encuentro recibe por whatsapp la imagen del ultrasonido de su próximo nieto. Está feliz. Hace 40 días lo dejó todo y se fue a vivir a una casa okupa para mantenerse disponible todo el tiempo. “La tía del agua”, le dicen sus miles de nuevos sobrinos en las calles. “¡Hidrátense cabros!”, les grita con su bidón de cinco litros en la mano. En su mochila carga el láser para cuando toca desorientar a los carabineros, y su libreta y cámara, para sus crónicas.

En otra esquina del escenario grupos de jóvenes intentan tumbar un semáforo. Lo jalan con un lazo para arrancarlo del concreto y formar con el poste una barricada. Decenas de esquinas ya no tienen semáforo, por lo que otro grupo de voluntarios dirige el tránsito, recibiendo como pago el sonido del claxon de los automovilistas que lo mismo le regalan una botella de agua o algo para comer.
Decenas de médicos, enfermeros y psicólogos cubren los puntos de salud. Llegan aquí luego de largas jornadas de trabajo en hospitales públicos y privados, y durante horas atienden a los heridos de la revuelta. Al parecer, dicen, cada vez le ponen químicos más agresivos al agua que avientan los carabineros, pues en los últimos días los chicos llegan con quemaduras severas de la piel.

Una joven que trabaja como productora de eventos es ahora la encargada de la logística en el centro de salud. Recibe y clasifica las bolsas de donaciones de la gente: tapabocas, analgésicos, vendas, sueros y un sinfín de artículos que se amontonan a un costado. La solidaridad, por ahora, es más grande que la emergencia.
En la primera fila los jóvenes se protegen con escudos hechos con láminas arrancadas de cortinas de tiendas, con tapas de tambos, con lo que tengan. Son unos gladiadores. Hay hombres y mujeres “bombers” cuya misión es “ahogar” las bombas lacrimógenas con garrafas de agua con bicarbonato y sosa caustica. Se llevan la peor parte, pues sus pulmones se llenan de tóxicos. El aplauso de sus compañeros es el único pago por cada bomba desactivada.

En la manifestación no se pasa hambre. Y menos en la primera línea, pues se organizan ollas comunes y se reparten gratos en carritos recuperados del supermercado. Lentejas y papas nunca faltan. A veces llegan contingentes de ciclistas con ayuda, otras veces son ellos los que la necesitan.

¿Qué pasaría si no existiera esta primera línea? Hace unos día intentó llegar a la Plaza de la Dignidad, antes conocida como Plaza Italia, el centro neurálgico de las movilizaciones, una marcha organizada por maestras de kínder, y contra ellas arremetió la policía con gases lacrimógenos. La primera línea sirve para que ellas y muchas como ellas puedan acceder a la plaza y manifestarse pacíficamente.

Las resorteras y bayonetas improvisadas son las armas de la primera línea. Barricadas de piedras, láminas, llantas, todo lo que sirva para obstaculizar el paso de los carabineros, cuya misión es cada tanto romper esa línea, atravesar las barricadas a como dé lugar e ir tras los manifestantes. Más de 40 días después la mecánica es clara. Rompen la línea, los jóvenes salen disparados, se dispersan y luego retoman sus lugares. Hasta el nuevo ataque. Y así.

“¡Encerrona! ¡Encerrona!”, gritan cuando vienen los guanacos de los dos lados. No hay mucho que hacer más que agacharse y protegerse con los cuerpos. Se avisan igual cuando uno de ellos con un cóctel molotov está a punto de arrojarlo. “¡Mecha, mecha!”, gritan para que sus compañeros abran cancha. La bomba artesanal vuela por los aires y cae cerca de los carabineros. El júbilo se expande, pues eso les da un tiempo para acercarse a los carabineros y continuar el combate con piedra.
La batalla es organizada. Unos enfrentan, otros hacen barricadas, otros juntan pertrechos, unos llevan comida y agua, y otros atienden las heridas. Todo para que el resto de la movilización contra un sistema que los privó de lo más elemental pueda caminar sin muchos tropiezos.

En medio del ataque no falta la batucada o un saxofonista que se acerca con “El derecho de vivir en paz” e inunda con sus notas el ambiente. Anochece y los bloqueos se van apagando. Por semioscuras calles aparecen grupos de carabineros patrullando. Y de entre las sombras, como fantasmas, se escuchan los gritos: ¡Milicos de mierda! ¡Cabros de mierda! ¡Asesinos! Una chica con una enorme piedra en la mano pasa junto a la hilera de carabineros. Los insulta de frente con la piedra escondida. Los carabineros se siguen. Y ella también.

Tomado de: ctacorrientestv.home.blog

Protestas en Chile: la mirada rota de Gustavo Gatica, el joven fotógrafo que quedó ciego en una manifestación

Gustavo Gatica quedó ciego tras recibir impactos en los ojos de balines de la policía.

El estudiante de psicología de 21 años Gustavo Gatica fue herido por balines de la policía en sus dos ojos el 8 de noviembre, en algún momento entre las 18:07 y las 18:27 horas, en las calles de Santiago de Chile, mientras fotografiaba las protestas.

Esta semana se supo que quedó ciego. Es el más grave de los más de 200 casos de lesiones oculares ocurridas durante las movilizaciones masivas que sacuden al país sudamericano desde el 18 de octubre.

Testigos reconstruyen aquí ese día. Y su hermano y su novia retratan su calvario.

*Esta nota fue publicada originalmente en La Tercera el 22 de noviembre. El martes 26 un parte médico corroboró que el joven había perdido completamente la visión en ambos ojos. Ese mismo día otra chilena, Fabiola Campillay, de 36 años, recibió el impacto en el rostro de una bomba lacrimógena dla policía mientras se dirigía al trabajo. Según informó el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH), la mujer también perdió la visión en ambos ojos.

Se tomaron de la mano como cuando eran niños.

Gustavo Gatica Villarroel (de 21 años) y su hermano Enrique (30), instintivamente entrelazaron los dedos el viernes 8 de noviembre en la Urgencia de la Clínica Santa María en Providencia, en Santiago de Chile.

Luego se abrazaron. Eran pasadas las 19:00 horas. Alrededor de 30 minutos antes, los dos ojos de Gustavo habían sido impactados por balines en medio de las protestas.

Le dije ‘estoy contigo, no te preocupes, vamos a salir de esto, cuenta Enrique sobre el momento en que miró el rostro de su hermano y entendió que él ya no lo podía ver.

Gustavo estaba ese día, como otros, tomando fotos.

Hacía un mes había comprado una cámara Sony con la que salía a la calle a captar imágenes. Desde el estallido social del 18 de octubre, el estudiante de tercer año de psicología retrataba las concentraciones masivas en los alrededores de la plaza Baquedano (el núcleo de la celebración de logros y manifestaciones nacionales).

Gustavo se ha convertido en el símbolo de las protestas en Chile.

A las 18:07 horas, el muchacho -vegano, animalista, músico autodidacta- le envió un mensaje de audio a Matías Campos, uno de sus compañeros de la universidad Academia de Humanismo Cristiano con el que acudía a las protestas.

Había avanzado en solitario por la calle Vicuña Mackenna hacia el sur de la Alameda (la principal avenida de Santiago) y buscaba reencontrarse con él.

En ese momento, la convocatoria pacífica, de más de 75.000 personassegún cifras de la intendencia, coincidía con el inicio de disturbios: grupos de encapuchados causaban un incendio en la sede de la Universidad Pedro de Valdivia y saqueaban la Parroquia de la Asunción.

Otros intentaban ingresar a la embajada argentina. La zona cero hervía.

Los dos amigos fijaron un punto de reunión en una construcción cercana a la calle Carabineros de Chile, pero Gustavo no llegó.

En esos momentos, la policía uniformada disparaba proyectiles disuasivos cuya composición hoy está en entredicho, lo que forzó a Carabineros (la policía de Chile) a restringir el uso de escopetas. Gustavo, delgado y de 1,80 metros de estatura, tambaleó herido.

Sus párpados estaban cerrados y su rostro, cubierto por dos hileras de sangre.

Un trabajador social del Sename, Jaime Andrés Bastías (50), estaba a su lado. No lo conocía, pero lo tomó del brazo y le prometió acompañarlo. Cumplió su palabra.

A las 18:27 horas, Matías Campos llamó, inquieto, a su amigo. Le contestó Jaime y le relató el horror. Ese desconocido que socorría a Gustavo le dio también, poco después, la noticia a Enrique.

“Todo se escuchaba muy mal por la bulla. Me dice ‘tu hermano está herido, anda a la Posta Central [el principal centro de atención de urgencias médicas en Santiago] lo vamos a llevar para allá'”, relata Enrique.

Los párpados de Gustavo estaban cerrados y sus ojos cubiertos por dos hileras de sangre.

El profesor de Historia cruzó corriendo las cuadras que separan el Parque Forestal, donde estaba él, del Hospital de Asistencia Pública (ex Posta Central).

En paralelo, el enfermero José González (28) -voluntario que integra una unidad creada para brindar primeros auxilios en las marchas- comenzó a atender a Gustavo en la calle.

De inmediato detectó que su caso era grave.

El reloj marcaba exactamente las 18:38 horas cuando un amigo de González, el fotógrafo Osvaldo Pereira, capturó una de las imágenes más tristes de la crisis: Gustavo sentado en la vereda, en shock y con sus dos ojos mutilados.

El enfermero cuenta que no podían moverse debido a la intensidad con que la fuerza pública lanzaba lacrimógenas y perdigones que rebotaban en las paredes.

“Carabineros daba y daba [disparaba], no pudimos sacarlo y tuvimos que esperar más de 15 minutos con él en el lugar. Después se acercó un tipo con la camiseta de Colo-Colo, preguntó: ‘¿qué les pasa?’. Él fue a hablar con alguien más. De pronto vemos que se fue toda la Garra Blanca [grupo organizado de fanáticos del club deportivo] por Vicuña para tirar a Carabineros para atrás y despejar la salida”.

Entonces pudieron caminar con Gustavo y los demás heridos hacia el pasaje Santiago Bueras, donde está ubicada la ONG Voluntad Pura, del humorista Paul Vásquez, que los brigadistas ocupan como base de emergencia. Desde allí llamaron una ambulancia.

Enrique recibió en ese momento la información de que Gustavo no iría a la ex Posta, sino a un recinto privado. Salió corriendo nuevamente, tan rápido que ninguno de los amigos que llegaron a acompañarlo pudo seguirle el ritmo.

Dice que no recuerda cómo atravesó entre la multitud los 2,1 kilómetros que lo separaban de su hermano, pero que tiene grabada la imagen de Gustavo en la camilla de la clínica y lo que hicieron cuando al fin se encontraron:

Nos tomamos de la mano, nos tomamos de la mano.

***

El diafragma de una máquina fotográfica funciona de forma similar al iris del ojo frente a la luz. Y el sistema de enfoque es una especie de cristalino que entrega nitidez.

Gustavo manejaba por instinto -no había tomado un curso formal- esos conceptos al observar el mundo por un visor. Hoy el estudiante tiene la mirada rota. Recién el miércoles le extrajeron en una operación los balines. La esperanza de que pueda recuperar la vista es mínima.

Perdí a una hermana, y que mi hermano sufra algo tan brutal, tan cruel, remueve muchos recuerdos y es bien dolorosoEnrique Gatica, hermano de Gustavo

El martes 19, un día antes de ser intervenido quirúrgicamente, el persecutor Francisco Ledezma, de la Fiscalía Centro Norte, le tomó declaración.

Fue un trámite corto que quedó grabado en video.

El testimonio sobre aquella tarde se complementa con otras pruebas: declaraciones de testigos de lo ocurrido, la reconstrucción de los 20 minutos clave para determinar quiénes rodeaban a Gustavo y la tarjeta de memoria de su cámara, que fue, junto a su teléfono, incautado.

“Él estuvo un buen rato dando vueltas, tomando fotografías muy cerca del monumento a Baquedano, hay harto registro del momento cuando él es herido“, detalla Enrique con serenidad.

Cuenta que su familia ha sido remecida más de un vez por el dolor. En 2006, con 19 años, su hermana Carol murió por un cáncer en los huesos de la pelvis.

“Es súper fuerte porque perdí a una hermana y que mi hermano sufra algo tan brutal, tan cruel, remueve muchos recuerdos y es bien doloroso. Tengo esa cuestión de hermano mayor de querer cuidarlo, de querer protegerlo“.

En el barrio de clase media en que los hermanos Gatica Villarroel crecieron, en la Villa Pacífico en Colina, 37 kilómetros al norte de Santiago, ambas tragedias -la de Carol y la de Gustavo – son comentadas con tristeza.

Muchos salieron a las calles con parches en los ojos a manifestar su apoyo a Gustavo Gatica.

Prudencia (54) y Enrique (65), los padres de los hermanos Gatica Villarroel, son profesores queridos en el barrio, según vecinos y otros docentes. Ambos han ejercido en colegios públicos y particulares y sus hijos son considerados, dice una vecina, como “niños buenos, quitados de bulla”, con una conciencia social muy desarrollada.

“Siempre hemos estado involucrados en temas de justicia. Fue natural que participáramos en estas movilizaciones. Íbamos a las marchas de No+AFP. Mi hermano está muy involucrado en el tema de los derechos de los animales, es vegano, es activista en ese ámbito”, afirma Enrique.

Hace unos años, el hermano mayor entrevistó a su papá para su tesis profesional como historiador, en la misma universidad donde Gustavo hoy es alumno.

Para ese trabajo, Enrique padre -quien hace clases a reos en la cárcel de Colina- hablando acerca del Chile de los años 60 y particularmente de los niños, le narraba a su hijo: “Normalmente estudiaban hasta tercero o cuarto, porque el patrón del fundo decía ‘para qué quieres que tu hijo estudie, hombre, si aquí tienes trabajo’. Era para que no abrieran los ojos“.

***

“Hace poco arreglamos nuestras bicis y salíamos a andar. Eso ya no podremos hacerlo”. Javiera Sánchez es polola (novia) hace seis años de Gustavo, desde que ambos estaban en primero medio en el colegio subvencionado San Sebastián, en Colina, donde su mamá es parvularia.

Cuando habla del doble estallido ocular de su pareja, Javiera piensa en las cosas cotidianas que se han interrumpido.

“Ha habido días en que él se despierta bajoneado. Lo primero que uno hace al despertar es abrir los ojos y ver luz. Y él no ve nada”.

Lo primero que uno hace al despertar es abrir los ojos y ver luz. Y él no ve nadaJaviera Sánchez, novia de Gustavo

Esos días, los grises, son los menos. Gustavo ha mantenido una calma que sus cercanos no entienden, pero agradecen. Ella cree que se debe a que fue violentado mientras “era parte de una manifestación que para él es justa”.

Para Álvaro Ramis, rector de la Academia de Humanismo Cristiano, esa actitud “contemplativa” es lo que más lo estremeció ese viernes.

“Salió de su habitación una enfermera llorando. Al poco rato pude entrar a verlo. Gustavo estaba muy sereno“.

Ramis, además de Enrique Morales, presidente del departamento de derechos humanos del Colegio Médico, contactaron el domingo 10 al exfiscal Carlos Gajardo para que asumiera la representación de Gustavo y su familia. Lo hizo ad honorem (sin percibir dinero a cambio).

Mientras en la universidad los compañeros de Gustavo planean estudiar braille para facilitar su retorno, incierto por el largo camino médico, Gajardo -quien pidió en su querella por lesiones graves gravísimas que se cite a declarar al ministro de Interior Gonzalo Blumel y al general Mario Rozas- considera que este es “un caso emblemático del uso desproporcionado de la fuerza policial en contra de manifestantes por las consecuencias dramáticas que los disparos le han provocado”.

La historia de Gustavo ha causado conmoción. El cantante Nano Stern le compuso un tema, “Regalé mis ojos”, y en la clínica fue visitado por Marcelo Barticciotto y Esteban Paredes, figuras de Colo-Colo, el equipo del que es socio.

El caso ha causado conmmoción en todo el país.

Dennis Cortés, presidente de la Sociedad Chilena de Oftalmología, cree que los ojos de Gustavo son el símbolo de un fenómeno que denunciaron desde el inicio de la crisis: la gravedad de las lesiones oculares, 220 pacientes con trauma ocular severo hasta el 20 de noviembre, obligaba a revisar los protocolos de la fuerza pública.

En Carabineros, la comandante Andrea Rebolledo afirma que la institución “ha lamentado tanto este caso como los otros casos que se han conocido de lesiones donde se ha visto a la comunidad involucrada”, y agrega que por tratarse de una causa judicializada “no podemos referirnos ni entregar ningún tipo de detalles porque pasaríamos a interferir en esa investigación, tanto interna como la que está haciendo la fiscalía”.

Enrique Gatica opina que “difícilmente hay errores o excesos o casualidades”.

“Aquí hay distintos niveles de responsabilidad: quien aprieta el gatillo, que es el responsable material, pero también la institución, por la acción sistemática que han tenido. También hay responsabilidades políticas por quienes no han detenido esto teniendo cifras tan dramáticas. El Estado es finalmente un responsable en esto. Y se necesita justicia y reparación”.

¿Cómo se repara un daño tan grande?

“Con justicia en el sentido amplio de la palabra, ya sea justicia para quienes han sido violentados por el Estado, que paguen quienes tengan que pagar, pero a la vez que haya una sociedad distinta”.

“La normalidad que se nos ha querido imponer es la normalidad de la que queríamos salir: la normalidad de pensiones miserables, de listas de espera, de salud precaria, de educación de mercado. De eso era lo que queríamos salir y si eso cambiara, eso sería un sentido de justicia. Lo más doloroso que podría pasar sería volver a esa normalidad de la que queríamos arrancar, de la que queríamos salir y, a la vez, que haya impunidad”.

“Aquí hay distintos niveles de responsabilidad”, dice el hermano de Gustavo.

Tomado de: bbc.com

Por: Ivonne Toro Agurto & Paulina Toro Góngora

En los patios traseros del Continente también hay felicidad

Cada ciudad de nuestra América tiene su Ciudad Bolívar. Pienso en La Pintana o la Legua en Chile, el Agustino de Lima o La Boca de Buenos Aires. Todas son zonas de exclusión en las que América Solidaria me ha permitido encontrarme con esos millones de americanos que construyen su vida en medio de la discriminación.

image

En la zona sur de Bogotá hay un lugar que se llama Ciudad Bolívar. En realidad es más que un simple lugar, es una verdadera ciudad dentro de la ciudad,
Sigue leyendo

Revolucionarios de la vivienda social: La historia de lucha de Ukamau

Luego de años de lucha, la organización Ukamau, de Estación Central, logró ingresar al Serviu un proyecto habitacional en el que participó el arquitecto Fernando Castillo Velasco. Será la misma organización la constructora a cargo de las 424 viviendas y el parque central emplazados en la comuna en la que han vivido toda su vida. El proyecto espera servir de antecedente para una nueva política pública de soluciones habitacionales que incluya la opinión de las comunidades y, en vez de inmobiliarias y subsidios, esté directamente a cargo del Estado.

Los rieles de la línea del tren atraviesan el pasto salvaje que ha crecido en la maestranza San Eugenio. Aparte de un vagabundo, el terreno de 44 hectáreas de la Empresa de Ferrocarriles del Estado (EFE) está completamente abandonado. La trabajadora social Doris González y el sociólogo Aland Castro miran una de las esquinas del terreno vacío y lo que ven es una comunidad. Acá unos departamentos, allá plazas, por aquí un centro cultural, allí un jardín infantil. Por el barrio que tienen en su cabeza ambos dirigentes llevan años luchando sin tregua como líderes del movimiento Ukamau.

Ukamau tiene sus raíces en 1987, con una organización de los vecinos de la población Santiago, en Estación Central, que buscaban una solución habitacional. El líder era Antonio González, miembro del Frente Patriótico Manuel Rodríguez y tío de Doris González, que a sus 33 años es la actual vocera. Desde ese entonces la organización se ha fortalecido y se expandió a comunas como Pudahuel, Cerro Navia, Maipú, Quinta Normal, Lo Espejo y Pedro Aguirre Cerda, donde se realizan asambleas para organizar los distintos comités de los sin casa.

En 2011 el camino de la organización se encontró con dos estudiantes de la universidad Arcis que buscaban un proyecto para desarrollar en el curso de arquitectura de viviendas sociales dictado por Fernando Castillo Velasco y su hijo Cristián Castillo.

– Esto es lo que quiero-, habría dicho el DC premio nacional de arquitectura y ex Intendente de Santiago cuando escuchó la propuesta que le llevaron sus alumnos -Pero no basta con el proyecto. Hay que realizarlo-, añadió.

Fue así como el legado de viviendas sociales de calidad en el que trabajó Castillo Velasco durante su vida se plasmó en un proyecto habitacional para 424 familias de allegados que viven en mediaguas repartidas por distintas poblaciones de Estación Central. Con eso, el barrio imaginario de Doris y Aland promete volverse realidad.

IMG_0151.JPG

CULTURA SUBSIDIARIA

En Chile, la política habitacional se basa en un sistema subsidiario que delega a una entidad patrocinante, en general una inmobiliaria, la responsabilidad de desarrollar proyectos de viviendas sociales. Así, la empresa busca un terreno, negocia su compra y construye un conjunto de casas sobre ese terreno con la venia del Servicio de Vivienda y Urbanismo (Serviu) correspondiente.

Cuando el complejo está listo, cientos de personas llegan agitando sus papelitos de subsidio para cambiárselo a la inmobiliaria por una casa. Por ese papelito han esperado mucho tiempo, nerviosos frente a la posibilidad de que el puntaje de la ficha social no les alcance. “¡Me salió casa!”, celebran, cual niño con un regalo del viejo pascuero, como si las casas llegaran del cielo, cuando les entregan el subsidio. Pero la verdad es que el monto que les asignan suele no corresponderse con el precio real de la vivienda. Para el arquitecto Cristián Castillo la situación es un verdadero drama:

-La lucha por la vivienda es larga, es terrible. Antes del 73 había un desarrollo precioso en el que el Estado asumía la responsabilidad absoluta. Sigue leyendo