GENERACIÓN: ENTRE EL OLVIDO Y LA MEMORIA

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Yo soy de la generación
Que ve posible la vida
La que recuerda encendida
A aquel que un día cayó…

Formo parte de una generación de la cual, en estos tiempos, se habla poco. Somos como todos o quizás solo nombres que pocos conocen, pero fuimos muchos que confiados y decididos nos integramos a la lucha contra la dictadura y formamos parte de otro nombre que convocó a miles: el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, MIR.

Quienes resistimos y militamos en los 80, lo hicimos guiados por la historia de lucha de quienes resistían y el ejemplo de las organizaciones de izquierda, en particular del MIR. Nuestras nociones elementales estaban regidas por el valor ético y digno de muchos caídos y la oposición consecuente a la Dictadura.

El amor a la libertad y a la justicia nos bastaba para sentirnos parte de la lucha de un pueblo. Por ello, en estos tiempos, en que muchos recuerdan, encontramos que son escasos los que se refieren a nuestra generación como parte de la historia popular y militante y más escasos aun los que abordan el tiempo de las protestas, las crisis internas y el advenimiento de los gobiernos “elegidos”.

Corrían los años 80, la experiencia en Neltume, pese a su aislamiento y aniquilación, se transformaba en un digno ejemplo para continuar la lucha. La seguidilla de acciones militares y milicianas entre el 79 y el 82 era un aliciente que demostraba que la lucha era posible La irrupción de vastos sectores populares a comienzos del 83, nos estimulaba a no decaer y a triplicar los esfuerzos dado que el triunfo de los sandinistas que, nos había ratificado que ninguna de sus tendencias tenía por sí sola la razón, nos señalaba los caminos futuros.

La muerte de hombres y mujeres que resistían y luchaban nos inspiraba para seguir su ejemplo amen del inmenso dolor que nos causaba. Esos caídos y las de muchos anónimos en las protestas populares que coreaban el “Pan, Trabajo, Justicia y Libertad” y el “Chile no se rinde caramba”, embargaban nuestras vidas para no separarse de nosotros y de nuestra acción.

Ese era el espíritu que nos guiaba y ese aliento determinaba nuestro quehacer en los liceos, en las poblaciones o en las universidades. No teníamos mucho que perder, pero con nuestra decisión y arrojo aspirábamos a alcanzar libertades y un mejor futuro. El sentimiento antidictadura teñía nuestras vidas de amor y rebeldía.

Quizás en la vorágine de los acontecimientos, guiados por nuestras rebeldías, con la certeza de que si no se lucha no se triunfa, no nos abocamos a la reflexión de los grandes problemas de la táctica y la estrategia.

Quizás, al estar armados de nuestras esperanzas no evaluamos las experiencias de Neltume, los levantamientos populares, los golpes represivos, los planes político-militares o las campañas. También es probable que ello lo delegáramos en los más experimentados, los más conocedores. Por ello, nos sorprendió la fragmentación, y seguramente ante el dolor provocado y como intento de aminorarlo, nos hicimos eco de prejuicios hacia quienes habían sido nuestros compañeros, que visto hoy con la distancia que otorga el tiempo, también nos duele.

Luego, fuimos actores y testigos de la desintegración; de la creciente disminución de la capacidad organizativa. Fuimos testigos de cómo un pueblo despliega enormes esfuerzos de lucha, aprende y persevera en su camino. Luego observamos, con impotencia, los acuerdos negociados entre la dictadura y sectores de la oposición “democrática”. Con impotencia vimos también, que nuestros vínculos sociales se debilitaban sin comprender las causas de fondo.

Eso es parte de nuestra historia como generación. Al igual que muchos, estamos orgullosos de nuestra historia, llena de pasión por cambiar el mundo. Quizás, podríamos ser los más duros críticos de los partidos políticos de entonces, de las organizaciones revolucionarias de ese tiempo y del MIR, en particular, pues nos correspondió “habitarlo” en medio de la más brutal represión, debilitadas, de alguna manera ya, sus capacidades de formación, con prácticas “verticales” y conspirativas como consecuencia de la política de exterminio desatada por la dictadura.

Percibimos, enormes esfuerzos de muchos, pero no suficientes para superar implementaciones artesanales de muchas políticas. También podríamos ser extremadamente duros con aquellos que entonces nos alentaban a seguir y hoy han renunciado a su propia historia, a nuestra historia. Podríamos criticar con rabia a las direcciones de todas las fracciones por su incapacidad para explicarnos los motivos de la división y sus consecuencias.

Pero creemos que no se trata de responsabilizar a otros por los errores de todos. La lucha social y política esta llena de requerimientos teóricos, políticos, materiales y también de experiencias y aprendizajes colectivos para confrontar escenarios en que los poderosos han acumulado no solo poder sino también conocimiento.

En cuanto a los errores propios, cierto es que unos tienen más responsabilidades, más historia, que en las militancias ocupábamos niveles orgánicos distintos. También es cierto, que muchos de nuestra generación fueron cooptados por el sistema, algunos andan en búsquedas de espacios donde transmitir su experiencia y los más, transitan los caminos de la apatía.

El mundo de hoy es distinto… el Chile de hoy es distinto, los pobres del campo y la ciudad se acrecientan. La construcción de alternativas para un Chile justo y solidario requerirá aprender de las lecciones que deja las experiencias de las luchas del pasado.

El camino es largo, la tarea por la cual cientos de militantes dieron sus vidas continúa vigente, las injusticias aún golpean sobre amplios sectores de nuestra sociedad. Los cambios registrados en el mundo y en nuestro país, imponen formular un nuevo paradigma para cumplir los sueños pendientes, ese es el desafío, hacia allá nos orienta el futuro.

La que persigue el calor
Que abraza y que da cobijo
La que renueva en sus hijos
Sus votos por algo mejor…
(Mi Generación, Pancho Villa)

Tomado de dilemas.cl
Por: Andrés Vera Q.

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Aprender de la vida de nuestros muertos

Hace ya muchos años, emprendí una investigación sobre desaparición forzada de personas en Chile. Por ese entonces estudiaba en Francia y esa investigación devino tesis de doctorado. Un tiempo considerable fue necesario para dar la tesis por terminada. Y fue ahí, una vez el escrito concluido, sin ninguna posibilidad de cambiar ya una coma, que me asaltó una duda. ¿No me había equivocado de trabajo? ¿Era válido analizar la forma en que se mató en Chile sin prestar la misma atención a la vida?

Si bien esta dimensión no estaba ausente de la investigación, de pronto me parecía que no ocupaba el lugar adecuado. Que la vida había quedado desplazada hacia un lugar marginal, siendo que era central. Al menos por dos razones igualmente importantes: porque esa vida contenía la explicación de la muerte; porque esa vida, al igual que un libro abierto, contenía en potencia múltiples enseñanzas para quien supiera leer. Yo no había sabido.

Inicio esta reflexión con una mención personal, para que quede claro que yo tampoco hice lo que, en esta columna, quisiera reclamar como urgente y necesario, pero ¿a quién? ¿A quién podría reclamarle? A nadie, porque las personas hacen lo que está a su alcance en una coyuntura determinada y eso es todo.

La idea se me presentó nuevamente hace unos días, cuando gracias a la recomendación de una amiga, pude ver, desde Buenos Aires, el documental “Guerrero”, dirigido por Sebastián Moreno y dedicado a Manuel Guerrero Antequera. Primero, me di cuenta que desconocía las posiciones que tomó en su juventud tras el asesinato de su padre. Segundo, me di cuenta que a Manuel Guerrero Ceballos solo lo conocía como muerto, en una asociación inmediata e ineludible con las circunstancias de su asesinato. Lo primero me resultaba relativamente perdonable. Lo segundo, no.

¿Cómo fue que no me interesó saber quién era en vida Manuel Guerrero Ceballos? Sin duda, no ignoraba que era un militante comunista. ¿Y luego? ¿Podía esa expresión darme alguna información crucial sobre el hombre que fue Manuel Guerrero? No. Sin duda el hecho de que haya sido un militante, un dirigente comunista, es un elemento importante, importantísimo, pero no se agota en sí mismo. Ese dato pide ser desmenuzado. Desarrollado. Narrado. Dado a conocer en sus múltiples episodios, vale decir, en las múltiples decisiones que tomó Manuel Guerrero a lo largo de su vida. Desde ese punto de vista, el documental entrega elementos, pero no es su propósito. No tiene como eje de su narración al padre sino al hijo y, más precisamente, una filiación: lo que uno hace y es capaz de construir en torno a sus filiaciones, a sus amores, a sus dolores, a-sus-esperanzas-a-pesar-de-todo.

¿Quién escribirá la historia de los muertos cuando estaban vivos?

Mucho se ha escrito en Chile, y sobre esto también. No lo ignoro. Algunas experiencias, que no necesariamente han elegido la forma escrita, se han interesado también por la vida. Pero ninguno de esos trabajos tiene la visibilidad que han podido alcanzar otros emprendimientos cuyo eje es la muerte.

Por otra parte, el elemento propiamente político sigue incomodando. Más bien, no se termina de “acomodar”. Pocos son los relatos que, como los del propio Manuel Guerrero Antequera, apuntan al nexo.

Hace unos días Manuel publicaba en su Facebook: “Rafael, Eduardo, Paulina, Santiago, José Manuel y mi padre eran personas de acción. Con sensibilidad, reflexión, estudio, sí. Pero de acción. Por eso los mataron. Porque no se quedaron rumiando la derrota. Le hicieron frente, sin miedo. Con amor y coraje”.

Sin duda, hay que buscar en la vida la explicación de la muerte. Pero, también, hay que buscar esa vida por la vida. Porque gracias a ella, podemos seguir aprendiendo. No de historia. Precisamente, de política. En todos los sentidos. Así entiendo el mensaje de Manuel Guerrero Antequera. Y así entiendo el mensaje de Manuel Guerrero Ceballos cuando –tras una primera detención y tras su exilio– decide volver a Chile a pesar del peligro que esto representa.

Así también entiendo el mensaje de Horacio Maggio, que después de su detención en la ESMA y tras su fuga, escribió informes que dio a conocer, y que luego fueron elementos centrales para determinar qué es lo que estaba ocurriendo en ese centro clandestino. Tras su fuga, la patota de la ESMA fue en su búsqueda. Se dice que cuando lo estaban por apresar nuevamente, Horacio Maggio se defendió a piedrazos.

Ese hombre que no se entrega, ese hombre que hasta el último minuto lucha por su libertad, y que previamente luchó en nombre de la justicia social, tiene en sus manos una clave. Una clave que hay que poder tomar para remontar el hilo y no quedarnos ni en tal escena ni en tal otra. Ni en tal palabra ni en tal otra. Porque las palabras sueltas no cuentan. Ni siquiera las palabras militante, comunista, socialista, mirista, montonero, combatiente. Tampoco las palabras héroes, mártires, víctimas. Es necesario examinarlas, ver de qué materiales están hechas. Luego, hilvanar. Volver visible el tejido.

Pablo Neruda escribió en uno de sus poemas que “conocer una vida no es bastante, ni conocer todas las vidas es necesario”. Por eso, hay que desentrañar. Rascar a fondo.

Que cueste tanto instalar una interrogación sobre la vida de estas personas que conocemos, principalmente, como muertos, debería llamarnos la atención. Pero también el hecho –tremendo– de la invisibilidad que tienen socialmente aquellas personas que están vivas y cuyas experiencias de acción, de decisión, de militancia y/o participación, de trabajo activo, en sus respectivos ámbitos de lucha previos al golpe de Estado (fuera el que fuera, desde ya, las fábricas, pero también la universidad, también el periodismo, también los barrios), no es percibida como relevante, ni menos como parte necesaria de una educación.

Muchas veces se recurre a estas personas como testigos de experiencias de terceros (en particular, en escenarios judiciales, sobre prisión y muerte). ¿Qué pasa con sus propias experiencias? ¿Por qué no se les pregunta por ellas mismas? ¿Cuáles serían los escenarios adecuados? ¿Los interlocutores adecuados? ¿Para pensar qué?

Algunas sugerencias. ¿Qué es lo que hace que, en determinados momentos, ciertas personas sienten que “pueden”? Que pueden transformar una situación. ¿Ser vector de cambio?

Recuerdo, hace unos años, en el taller “Anhelos”, en Valparaíso, un diálogo sobre estos temas. Una persona contaba de qué manera había entendido la importancia de la palabra solidaridad. Y al narrarlo no mencionaba ningún libro de autor famoso, ninguna tesis de sociología, ninguna columna de diario, sino una experiencia familiar, en el contexto de una huelga obrera.

Porque, claro, no se trata de contar cualquier aspecto de la vida, sino precisamente ese. El que hoy molesta. El que hoy genera rechazo. El que dice relación con la cosa política. O más precisamente, y como bien lo dice Manuel Guerrero A., con la acción.

Voy a dar un ejemplo con el que me siento cierta libertad para expresarme. Jorge Cedrón, cineasta argentino, amaba a los animales. Particularmente a los perros y a los caballos. Sin lugar a dudas completa la representación que uno puede hacerse del tal Jorge, saber que amaba los animales. Pero si Jorge pudo en algún momento volverse peligroso para los militares argentinos, no fue por motivo de estos amores, sino más bien por otra forma de amor que lo llevó a interesarse por el destino de hombres en lucha y a registrar sus vivencias. A filmarlas. Y a partir de ahí, a adentrarse en un terreno movedizo donde, desde siempre, mandan los mismos. Cuando Jorge Cedrón se propuso filmar la película “Operación Masacre”, en base a la investigación de Rodolfo Walsh, no contaba con los medios para hacerla. En rigor, no podía. Sin embargo, pudo.

Es ese “poder” que habría que seguir indagando. Poder cuando todo dice que no se puede. Por eso digo que tenemos todavía mucho que aprender de la vida de nuestros muertos… y de nuestros vivos.

Tomado de radio.udechile.cl
Por: Antonia García C

Miguel… tú no has muerto

A 43 años de su muerte combatiendo cara a cara a la dictadura, el tiempo le dio la razón. Miguel Enríquez sigue vivo en el corazón de la izquierda chilena y latinoamericana

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Miguel Enríquez –secretario general del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria)- fue enterrado el 7 de octubre de 1974, a las 07:30 de la mañana, en un nicho del Cementerio General de Santiago. La dictadura cívico-militar autorizó como acompañantes del sepelio sólo a diez miembros de su familia, vigilados por cientos de hombres y armas de enemigos temerosos. Aunque el pueblo no pudo estar presente, una mujer representó el sentir de miles de ausentes, fue su madre Raquel, quien en medio del silencio con voz fuerte y entera dijo:

“Tú no has muerto.
tú sigues vivo,
y seguirás viviendo
para esperanza y felicidad
de todos los pobres del mundo.”

No sólo no ha muerto, el ideario y el ejemplo de vida política entregado por Miguel Enríquez hoy tiene plena validez ya que el accionar –violento, clasista, criminal, expoliador- de la derecha política y la derecha económica ha demostrado, sin margen de duda, cuán profunda es la explotación y el desprecio que esa clase predadora ejecuta diariamente contra la sociedad civil chilena.

En esta hora en la que muchos dirigentes de la izquierda actual forman parte de una política deshilachada luego de haberse reconvertido a la fe neoliberal -traicionando al pueblo, a su propia historia y a sus valores de antaño- , la figura de Miguel se empina nítida por sobre las cofradías de un endeble y falso socialismo aplaudido por la prensa canalla, aquella perteneciente a los mismos grupos económicos que produjeron la masacre de miles de inocentes en las décadas del 70 y el 80.
Junto a compañeros como Luciano Cruz, Bautista Van Schouwen, Sergio Pérez y Danton Chelén, entre muchos otros, Miguel participó directamente el año 1965 en la fundación del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), involucrándose de lleno en la actividad política dejando de lado una existencia que bien pudo ser holgada y plácida, pues tal decisión (luchar por los más pobres, por los desposeídos, por Chile) la tomó tan sólo meses antes de haber obtenido el título profesional de Médico Cirujano. En el congreso fundacional del MIR (15 y 16 de agosto de 1965), presentó un documento a la discusión titulado “La conquista del poder por la vía insurreccional”, prolegómeno del pensamiento político de Miguel y del propio MIR.

Tuve en suerte conocerlo y departir con él algunos minutos. Ello ocurrió en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, el año 1968, cuando la inolvidable Reforma Universitaria germinaba sus primeros avances y la lucha por dominar la escena estudiantil universitaria –ergo, la FECH (Federación de Estudiantes de Chile)- contaba con dos poderosos oponentes: el partido comunista y la democracia cristiana, tiendas que a través de sus respectivos líderes, Alejandro Rojas y Jaime Ravinet, pretendían dirigir la reforma y gran parte del mundo universitario.
Recuerdo con perfecta certeza y claridad los planteamientos explicitados por Miguel en esos debates de entonces, dejando a veces sin argumentos a quienes optaban por defender el sistema imperante, así como desestibando a aquellos que creían que el simple reformismo podría cambiar Chile. “Esta reforma que tanto defiendes y que reconozco necesaria –me dijo esa vez- te la va a derribar el sistema, si es que a este no lo cambias primero”. Ese tipo inefable y viejo como el universo, llamado ‘tiempo’, le dio una vez más la razón. Cinco años después, las bayonetas y los dólares destruyeron completamente lo que con tanto esfuerzo habíamos construido.

Es oportuno recordar que durante el gobierno de la Unidad Popular, el presidente Salvador Allende reconocía y destacaba el liderazgo de Enríquez , y lo manifestó públicamente cuando intentó atraerlo a las filas del gabinete: “Yo quisiera, Miguel, que tú fueras el ministro de la Salud”, fue su petición, misma que Miguel rechazaría argumentando: “Doctor, me honra con su oferta, pero resulta que nosotros tenemos diferencias con usted y no queremos que esto se exprese dentro del gobierno. Nosotros nos vamos a jugar por usted, lo vamos a apoyar en la seguridad personal, vamos a defender este gobierno, pero a la vez queremos la libertad para plantear nuestras diferencias cuando sea necesario”.

Eran otros tiempos y era, por supuesto, otra estirpe de chilenos. Se debatía la política en la calle, en los sindicatos, en los claustros, cara a cara. Hoy se hace a través de las redes sociales, cómodamente sentados frente a un computador, sin necesidad de soportar diatribas ni argumentos sólidos, pues basta con apagar el equipo parta terminar la discusión.

Los de antes ya no somos los mismos, escribió Neruda… y por cierto que no lo somos. La comodidad que otorga la tecnología nos ha vuelto individualistas, e incluso pusilánimes en ciertos aspectos. Por ello, opinar respecto de las acciones políticas del pasado frente a adversarios de carne y hueso, requiere contar con la validación que ofrecen no sólo los documentos y libros, sino también la experiencia directa de haber vivido en la época que se analiza y haber conocido de primera mano los hechos que la caracterizan, lo cual otorga mayor grado de certeza al análisis respectivo.

Por tal motivo, cuando se desmenuza, por ejemplo, el último discurso de Miguel Enríquez en el mes de julio del año 1973 (en el Teatro Caupolicán), mismo que la derecha y el ‘progresismo’ concertacionista ningunean y desdeñan, es imperativo entender el contexto histórico en el cual se produjo, pues más allá de si se comulga o no con los planteamientos mencionados por Miguel Enríquez y el MIR, la lectura política de la situación por la que atravesaba el país era esencialmente correcta. Enríquez denunció el camino sedicioso y subversivo que la derecha había emprendido al no contar, luego de los comicios del mes de marzo de 1973, con votos suficientes para derribar el gobierno de la Unidad Popular.

Un sector del PDC junto a la derecha (y al brazo armado de esta, Patria y Libertad), habían intensificado la agitación en las FFAA, los atentados a la infraestructura del país (oleoductos, gaseoductos, etc.), y asesinatos de campesinos, obreros y estudiantes de izquierda, todo lo cual culminó con el tancazo del 29 de Junio, un intento golpista que la CODE (Confederación Democrática: formada por el Partido Nacional y el PDC) digitó junto a Patria y Libertad.

Miguel Enríquez, en ese histórico discurso del 17 de julio de 1973, denunció a la derecha y a un sector de la DC (liderado por Frei Montalva y Patricio Aylwin) acusándolos de pontificar vías institucionales de diálogo y negociación, los que en la rigurosa realidad no pretendían lograr acuerdos, ya que de manera paralela complotaban clandestinamente para provocar el quiebre de la institucionalidad a objeto de permitir que el poder y el gobierno fuesen asumidos por los militares.

En esa ocasión -como en tantas otras anteriormente- Miguel denunció el alzamiento sedicioso y golpista de la derecha y la DC, al tiempo que llamaba a las masas a prepararse para hacer frente a tal alzamiento.

Una vez producido el golpe de estado, en medio de la acentuación de la represión dictatorial, muchos dirigentes y militantes de la izquierda optaron por el exilio, en el caso del MIR desde el comienzo se definió un rechazo rotundo a esta práctica. “El MIR no se asila, lucha y resiste”, era la orden. De hecho, el propio Miguel se opuso a que parte de la dirección se replegara en el exterior: “si el MIR se exilia, de hecho deserta; lo que no sólo tiene valoraciones éticas negativas, sino que en el caso particular de Chile es renunciar a cumplir con tareas que son hoy posibles y necesarias”.

En las últimas líneas de esta nota, me parece oportuno transcribir lo que hace años escribiera Manuel Cavieses. Lea usted lo siguiente:

El Informe Rettig señala: “La primera prioridad de la acción represiva de la DINA durante el año 1974 fue la desarticulación del MIR. Esta continuó siendo una prioridad durante 1975. Durante estos dos años se produce el mayor número de víctimas fatales atribuibles a este organismo”. Matar al secretario general del MIR, un médico de 30 años que había burlado numerosas trampas y emboscadas, se convirtió en una obsesión para la DINA. Destinó para ello a la Agrupación Caupolicán, mientras la Agrupación Purén se dedicaba a perseguir al resto de la Izquierda. La DINA consiguió datos para localizar el sector de Santiago donde Miguel Enríquez vivía clandestino. Era en la calle Santa Fe #725, entre Chiloé y San Francisco, en la comuna de San Miguel. Una casa con apariencias de nada, con dos portones metálicos que todavía conservan más de treinta impactos de balas. El 5 de octubre de 1974 se libró allí un combate desigual, como el de La Moneda y otros durante 17 años en que hombres y mujeres de la Izquierda chilena dieron lecciones de honor y valentía

Miguel murió combatiendo. Sigue haciéndolo a través de quienes han tomado sus banderas y continúan una lucha que parece recién comenzar. Miguel no ha muerto, sigue vivo… y seguirá viviendo para esperanza y felicidad de todos los pobres del mundo.

Por: Arturo Alejandro Muñoz

El ojo izquierdo de Salvador Allende

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A través de ese lente, el ojo izquierdo de Salvador Allende lanzó a las multitudes del futuro, piadosamente, su última mirada. A través de ese lente, las palabras saltaban como chispas cuando aquel Salvador que lo dio todo por salvarnos erigía en el aire las grandes alamedas por donde habría de pasar el hombre libre. A través de ese lente, hay un vacío que nos interroga.

El día que lo suicidaron, una mano salvó la mitad de las famosas gafas Magnum del Presidente de Chile. Y en el Museo Histórico Nacional, el mismo que anuncia a su entrada ser obra del «excelentísimo señor capitán general Augusto Pinochet», ahora se exhibe en la segunda planta. (Por lo menos el tiempo se ha hecho cargo de precisar cuál nombre debe ir debajo y cuál arriba).

También el tiempo, con impactante simbolismo, prefirió conservar solo el lado izquierdo de aquellos espejuelos. Y ahora nos convida a imaginar detrás de ese cristal manchado y partido la pupila anhelante que le quedaba al líder más cerca del corazón. Ese era el ojo con el que más soñaba.

Ahora, en la pequeña Nueva York, esta calle que pasa tan cerca del Palacio de la Moneda, me siento a meditar, a superar el impacto que me causa aquella pieza, o media pieza, del museo.

A esta hora debía estar escribiendo yo una crónica sobre la II Feria del Libro de Antofagasta, sobre la grata aventura de un grupo de cubanos que llegamos al desierto con poemas y canciones; pero no logro borrar de mi retina la retadora imagen de una mirada cercenada.

Sentado en la pequeña Nueva York, me siento menos turista. No sé si pisaré las calles nuevamente de una Santiago dramática y hermosa; pero conozco el sitio que nunca dejaré de visitar.

Y me imagino cómo podría brillar aquel ojo de Salvador, el mismo que cerraba para disparar, cuando el hombre bromeaba. Luego de varias derrotas electorales, el que jamás se rendía, pidió para su tumba este epitafio: «Aquí yace Salvador Allende, futuro presidente de Chile».

Por fin, puedo reírme con ese chiste grande en su utopía.

Y siento que aquí yace, sin poder enviar jamás a Cuba la crónica que le pidieron, imperceptible entre los transeúntes de la pequeña Nueva York, un cubano que solo atina a buscar tras un mínimo cristal al ser humano que no cabe en ninguna vitrina.

Aquí voto, en silencio, por el futuro presidente. Mis palabras se pierden rumbo a sus grandes alamedas. Desde allí, el ojo izquierdo de Salvador Allende todavía nos mira con ternura.

Por Yamil Díaz
digital@juventudrebelde.cu

Tomado de juventudrebelde.cu

CARTA DE MIGUEL AL CARDENAL RAÚL SILVA HENRÍQUEZ

Cardenal Raul Silva Enriquez
Miguel Enriquez

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Chile, Abril de 1974.
Sr. Cardenal
Raúl Silva Henríquez
Presente.

Escuchamos con atención su homilía de Semana Santa y leímos en la prensa informaciones acerca de un supuesto atentado en contra suya, por parte de “extremistas de izquierda” (designación que comúnmente nos da la Junta).

A pesar de que nosotros estamos convencidos, y Ud. lo debe tener más claro aún, que todo eso no fue más que una farsa publicitaria que levantó la Junta Militar con el fin de disminuir el impacto de su homilía y de atemorizar a la Conferencia Episcopal de Punta de Tralca, o a lo más la preparación de un atentado que ellos mismos estuvieron preparando, nos decidimos a escribirle directamente a Ud., fijando nuestra posición y actitud.

Estamos en contacto con toda la Izquierda y no sabemos de fuerza alguna dentro de ella, que fuera partidaria del terrorismo individual y menos en contra suya.

Nosotros, separados de Ud. por importantes diferencias ideológicas, somos parte de los perseguidos de hoy, luchamos por los humillados y ofendidos de siempre, y hoy por la restauración de las libertades democráticas, la defensa del nivel de vida de las masas y el respeto a los derechos humanos, de cuya violación sangrienta y sistemática por parte de la dictadura gorila, han sido víctima varias decenas de nuestros compañeros y familiares.

A pesar de que también somos de los que creemos que a la dictadura gorila sólo se le derrocará organizando la Resistencia y el combate de todo el pueblo, y que sólo así los obreros y pobres de Chile conquistarán su verdadera emancipación, en un Gobierno de Obreros y Campesinos, aunque en ello se nos vaya la vida, no sólo no somos hoy partidarios del terrorismo individual, sino que menos aún, ni ayer, mañana y hoy, se nos ha cruzado como objetivo atentar en contra suya.

Más aún, apreciamos en toda su magnitud el valor desplegado por Ud., en su homilía de Semana Santa, en el sentido de empujar la defensa de los Derechos Humanos y de los pobres de Chile, como también, con mayores reservas, el documento público de la Conferencia Episcopal reciente.

Si muchas cuestiones nos separan, con certeza nos une al menos la defensa de los Derechos Humanos y la defensa de los pobres de los campos y ciudades de Chile. No es por coincidencia que en nuestras dentro y fuera de Chile contamos con un significativo número de cristianos y sacerdotes católicos.

Nuestro partido, a pesar de los golpes recibidos, se ha reorganizado, funciona, bajo nuevas condiciones, con suficiente regularidad; por ello, las afirmaciones que en esta carta expreso, puede Ud. contar que con certeza corresponden también a las de todos los militantes y miembros del Movimiento de Izquierda Revolucionaria.

¡LA RESISTENCIA POPULAR TRIUNFARA!

Miguel Enríquez, Secretario General.
MOVIMIENTO DE IZQUIERDA REVOLUCIONARIA. MIR.

Tomado de: memoriamir.cl

En los patios traseros del Continente también hay felicidad

Cada ciudad de nuestra América tiene su Ciudad Bolívar. Pienso en La Pintana o la Legua en Chile, el Agustino de Lima o La Boca de Buenos Aires. Todas son zonas de exclusión en las que América Solidaria me ha permitido encontrarme con esos millones de americanos que construyen su vida en medio de la discriminación.

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En la zona sur de Bogotá hay un lugar que se llama Ciudad Bolívar. En realidad es más que un simple lugar, es una verdadera ciudad dentro de la ciudad,
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El negacionismo de la Resistencia

En la inflación de memorias a propósito de los 40 años del golpe, los rufianes amenazan con encontrarse en el mismo baile junto con los cínicos y los arrepentidos.

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Sin duda, el bombardeo de imágenes desarchivadas o repetidas contienen el terror en todas sus variantes. Pero pensemos en positivo, que a cuatro décadas todo eso sirve como didáctica especialmente para las nuevas generaciones.

Ese pasado es engañoso, porque en 22 años de transición han muerto jóvenes mapuches, estudiantes y pobladores con balas policiales, e incluso hay casos puntuales de detenidos desaparecidos. La movilización social es criminalizada y tiene a las Fuerzas Especiales de carabineros ocupando avenidas y ciudades.

En la televisión, a propósito de los 40 años, el movimiento sindical muy poco aparece, los pobladores y la sucesión de protestas sociales tampoco. Las acciones de la Resistencia -como los apagones o “ciegos”, las recuperaciones de medios financieros y el hostigamiento a los aparatos represivos de la dictadura tampoco.

El relato decible es la movilización pacífica y pública, de una u otra forma, relacionada con el rol de la Iglesia o con jóvenes políticos de entonces, muchos hoy irreconocibles tras sus posteriores trayectorias.

Junto a todo lo que se muestra, es preciso preguntarse por todo lo que se oculta. Porque nada de ello es casual en la edición de las imágenes.

Con la investigación periodística sobre el día 11 de septiembre que hemos contenido en el libro “Martes once la primera resistencia” (Lom) queremos visibilizar la dignidad de resistir al golpe con las armas, incluso cuando era prácticamente imposible cambiar el curso de los acontecimientos.

La historia universal registra demasiadas situaciones en que se resiste en inferioridad de fuerzas y esos actos dignos luego rebotan en amalgamas de conciencias y ejemplos. Nada tangible, pero son energías y experiencias que conforman las subjetividades y culturas de los pueblos. Como escuchar canciones de Silvio Rodríguez, Daniel Viglietti, Violeta Parra o Quilapayún en ciertos momentos. Como las canciones de Ismael Oddo o de Ana Tijoux del presente. Nada tangible, pero caramba que todo ello importa para la actitud necesaria.

¿Por qué Arturo Prat va a ser más digno que los GAP y detectives que protegieron al presidente Salvador Allende?
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