Miguel Enríquez y el desafío de las nuevas generaciones

La familia revolucionaria

Nuestra América vive un tiempo nuevo. El régimen chileno, mitad neoliberal,  mitad pinochetista, cruje. La resistencia crece. Y toda resistencia se fortalece y consolida en la medida en que aprende de su propia historia. Nada mejor, entonces, que recuperar enseñanzas para los tiempos porvenir.

Miguel Enríquez [1944-1974], como tantos otros militantes de Nuestra América, constituye una de las principales fuentes de inspiración para las nuevas rebeldías. Hijo político del Che Guevara y, por eso mismo, hermano de nuestros Mario Roberto Santucho, John William Cooke, Alicia Eguren y Daniel Hopen; Miguel pertenece a esa gloriosa familia continental que también integran Luis Emilio Recabarren, José Carlos Mariátegui, Julio Antonio Mella, Farabundo Martí, Fidel Castro, Carlos Fonseca, Roque Dalton, Carlos Marighella, Fabricio Ojeda, Silvio Frondizi, Rodolfo Walsh, Turcios Lima, Inti Peredo, Tamara Bunke, Raúl Sendic, Camilo Torres, Raúl Pellegrín y Cecilia Magni, entre muchísimos más. 

Que el recuerdo de su caída sirva no sólo para rememorarlo con cariño y orgullo en su querido país —hoy en plena ebullición popular, tras medio siglo de neoliberalismo— sino también para aprender de él, de su pensamiento, de su ejemplo y de su lucha en toda Nuestra América y el mundo.

Un joven rebelde que interviene sin pedir permiso

Miguel vivió la lucha revolucionaria de su pueblo como un joven rebelde. No solamente por su corta edad sino además por su mente abierta, su antiimperialismo visceral y su desafío de las jerarquías establecidas. 

Su vida política juvenil fue meteórica. Vivió joven y, lamentablemente, murió joven. Apenas había cumplido los 30 (treinta) años cuando la muerte en combate lo encontró dignamente donde tenía que estar. Del lado del pueblo, de cara al enemigo, enfrentando la dictadura contrainsurgente del general Pinochet, quien inauguró —Milton Friedmann mediante— el neoliberalismo a escala mundial. Incluso antes que la Inglaterra de Margaret Thatcher y los Estados Unidos de Ronald Reagan.

 ¡Sí, Miguel tenía apenas treinta años! Parece mentira. (No olvidemos que Julio Antonio Mella, el fundador del primer partido comunista cubano, fue asesinado en su exilio mexicano cuando apenas tenía 25 años…). Y pensar que ya a esa edad había desarrollado todo un pensamiento teórico propio y una acción política encaminada a concretarlo. 

Deberían tenerlo en cuenta algunos ex revolucionarios, arrepentidos o quebrados, cansados de luchar y de confrontar, que apelando a su prestigio del pasado hoy se pliegan al poder subestimando con soberbia a las nuevas generaciones de militantes rebeldes que en el Cono Sur de Nuestra América y en otras latitudes se están formando con el objetivo de sembrar la simiente de una nueva y futura oleada revolucionaria. Esos mismos que, tan lejanos de la humildad de Miguel Enríquez y de Robi Santucho, de Fidel y el Che, de Sendic y Marighella, en lugar de acompañar a las nuevas generaciones en la recuperación de la tradición revolucionaria “olvidada”, de alentarlas en la rebelión contra el sistema imperialista y en el rechazo de sus múltiples estrategias contrainsurgentes (las “duras” y las “blandas”), de transmitirles la experiencia del pasado (incluso si fue derrotada), están más preocupados por lustrar su propio ego y exaltar su propio ombligo. 

La tarea urgente de nuestros días presupone revertir lo que el genocidio de las dictaduras militares (y las metafísicas “post” que las sucedieron durante las décadas subsiguientes en el campo de las formaciones ideológico-políticas) intentaron implementar: el olvido sistemático de las insurgencias y la “deconstrucción” de identidades antimperialistas y anticapitalistas en los movimientos juveniles del continente. Si a comienzos del siglo XX ser de vanguardia implicaba romper con todo pasado y toda tradición, actualmente, en el siglo XXI, después del genocidio y las metafísicas “post” (postestructuralismo, posmodernismo, posmarxismo, estudios postcoloniales, etc.), no hay nada que sea políticamente más urgente y radical que recuperar la tradición revolucionaria olvidada y superar el vacío artificialmente inducido entre aquella generación de Miguel Enríquez y la actual.

En el año en que se funda el Movimiento de Izquierda Revolucionaria-MIR de Chile, Miguel Enríquez tenía 21 años. Cuando se convierte en su secretario general contaba con 23. Su hermano argentino, Mario Roberto [“Robi”, “el negro”] Santucho, tenía 29 años cuando se funda el Partido Revolucionario de los Trabajadores-PRT y apenas llegaba a 40 cuando muere a manos del Ejército argentino. Ernesto Guevara ni siquiera había cumplido los 40 cuando fue asesinado, desarmado y a sangre fría, por el Ejército boliviano bajo órdenes de la CIA en La Higuera, Bolivia. Toda una generación latinoamericana de jóvenes que no pidieron permiso para pensar, para cuestionar, para hablar, para estudiar, para militar y actuar, para amar. Hay que aprender de su ejemplo…

El doble desafío (de Lenin y Gramsci en clave latinoamericana)

La práctica política del MIR y de Miguel Enríquez ubicaron en el centro del debate la doble tarea que los movimientos revolucionarios tienen por delante si pretenden lograr eficacia en su accionar contra el imperialismo capitalista como sistema mundial: crear, construir y desarrollar la independencia política de clase y, al mismo tiempo, la hegemonía socialista.

En la historia latinoamericana, quienes sólo pusieron el esfuerzo en la creación y consolidación de la independencia política de clase, muchas veces quedaron aislados y encerrados en su propia organización. Generaron grupos aguerridos y combativos, militantes y abnegados, pero que no pocas veces cayeron en el sectarismo (en el mejor de los casos, cuando no, en el burocratismo). Una enfermedad recurrente y endémica por estas tierras del Cono Sur. Quienes, en cambio, privilegiaron exclusivamente la construcción de amplísimas alianzas políticas e hicieron un fetiche de la unidad y “el diálogo” a toda costa, con cualquiera y sin contenido preciso, soslayando o subestimando la independencia política de clase y sobre todo el antiimperialismo, terminaron convirtiéndose en furgón de cola de la burguesía y el empresariado, cuando no fueron directamente cooptados por alguna de las múltiples instituciones del imperio. 

Una de las grandes enseñanzas políticas de Miguel Enríquez y de todos aquellos y aquellas que entregaron su vida por el sueño más noble de todos los que podamos imaginar, la creación del socialismo, es que hay que combinar ambas tareas. No excluirlas sino articularlas en forma complementaria y hacerlo de modo dialéctico, si se nos permite el término —que ha sido vituperado y denostado a rabiar por las metafísicas “post” e incluso por los neokantianos que en nombre de la Ilustración nos invitan a resucitar el reformismo oxidado del abuelo Eduard Bernstein y su nieto vergonzante, el eurocomunismo—. 

Es decir, que nuestro mayor desafío consiste en ser lo suficientemente claros, intransigentes y precisos como para no dejarnos arrastrar por los distintos proyectos imperialistas y mercantiles en danza —sean neofascistas o se disfracen de “tolerantes” y “progresistas”— pero, al mismo tiempo, tener la suficiente elasticidad de reflejos como para ir quebrando el bloque geopolítico de poder del capital y sus alianzas, mientras vamos construyendo nuestro propio espacio de poder, antimperialista y anticapitalista. Al interior de cada sociedad y cada país pero apuntando hacia una perspectiva integradora, de escala y alcance continental. Y eso no se logra sin construir alianzas contrahegemónicas con las diversas fracciones de clases explotadas, pueblos oprimidos y movimientos antisistémicos, articulando en un horizonte común el arcoíris multicolor junto a la bandera roja, símbolo del proyecto más radical que la humanidad ha podido crear hasta el momento.

No confiar en el imperialismo «pero… ni un tantito así»

Miguel Enríquez y sus compañeros y compañeras también contribuyeron a esclarecer la necesaria e íntima imbricación entre las luchas populares de los movimientos sociales latinoamericanos —desde las reivindicaciones más elementales que laten en las poblaciones, villas miseria, favelas y cantegriles hasta las más elevadas como la lucha continental por el socialismo— con la cuestión del antiimperialismo. No puede haber en Nuestra América ni ejercicio real de la democracia sustantiva (basada en la participación directa del pueblo en la adopción de las grandes decisiones nacionales, la gestión comunal y el sistema presupuestario de financimiento), ni autodeterminación nacional y soberana ni socialismo auténtico que no se planteen al mismo tiempo la resistencia y la lucha antiimperialistas. No son “etapas” rígidas y distintas ni aspectos escindibles de la vida política. Constituyen fases de un mismo proceso de lucha. 

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El MIR chileno. Balance esencial. 

” El principal acierto del MIR fue captar el estado de `disponibilidad revolucionaria´ de una vasta franja de trabajadores, intelectuales y estudiantes, además de percibir que la elección de Salvador Allende como presidente de la República abría una situación prerrevolucionaria”

Aunque no milité en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Chile (MIR), siempre tuve un gran respeto y no poca admiración por los miristas, especialmente por figuras como Miguel Enríquez, Bautista Von Schouwen, Luciano Cruz y Lumi Videla. Si bien no fui mirista, en más de una ocasión compartí con ellos empresas comunes, triunfos, esperanzas, dolores, derrotas y frustraciones. Conformo la generación que fue testigo y protagonista de los procesos que encarnaron estos dirigentes y miles de jóvenes revolucionarios chilenos de los años 60 y 70 del siglo XX. Como militante de la izquierda revolucionaria de aquella época, también como historiador y ciudadano de los tiempos actuales, tengo un juicio sobre la historia del MIR ya expresado en varias ocasiones y que vuelvo a compartir con motivo de un nuevo aniversario de la muerte de Miguel Enríquez.

Porque sabemos que la visión y los sentimientos del ciudadano tienden a impregnar, inevitablemente, el juicio del historiador y, precisamente, porque me cuento entre aquellos que piensan que no hay historia neutra, estoy consciente de que mi pequeño y marginal rol de observador y compañero de ruta en algunos pasajes de la historia del MIR, baña mis apreciaciones y juicios históricos. No obstante, mi calidad de historiador y de ciudadano me obliga a ejercer el juicio crítico sobre los actores de la historia, aun de aquellos que nos son cercanos o por los que sentimos respeto y admiración.

Al reflexionar sobre la trayectoria histórica de Miguel Enríquez y del MIR chileno (menciono a ambos ya que no es posible referirse a uno sin hablar del otro), me surgen tres grandes interrogantes que quisiera compartir con ustedes. Tres preguntas en las que puede sintetizarse el balance histórico esencial respecto de estos actores.

En primer lugar, ¿qué representó históricamente Miguel Enríquez y la generación rebelde de los años 60 y 70 del siglo XX? Luego, parece pertinente interrogarse acerca de los aciertos y errores de esos dirigentes y militantes. Finalmente, es necesario plantearse cuáles son los elementos rescatables de esas experiencias en la perspectiva de las luchas libertarias del presente y del futuro.

Aunque cada uno de estos problemas puede ser materia de largos debates, en parte ya realizados, en parte pendientes, aprovecho la oportunidad que se me ha ofrecido para hacer algunos planteamientos a título exploratorio, para “galopar sobre estos temas”, como solía decir el propio Miguel.

La primera interrogante es, tal vez, la más fácil de responder. Con la perspectiva que permite el transcurso del tiempo, además de la culminación de ciertos procesos históricos, no cabe duda de que la generación revolucionaria de los 60 y los 70, aquella nucleada en torno al MIR y otras organizaciones de izquierda revolucionaria, representó la tentativa más decantada en la historia de Chile por “tomar el cielo por asalto”, esto es, conquistar el poder para un proyecto revolucionario socialista centrado en la obtención de la justicia y la igualdad social. Tuvo el privilegio de actuar en un momento clave de la historia, cuando una poco común confluencia de factores de larga y de corta duración puso a la orden del día en el seno del ya secular movimiento popular chileno la cuestión del acceso al poder. La emergencia de esa generación revolucionaria fue posible gracias a numerosos factores derivados de la permanente crisis de la sociedad chilena a partir del agotamiento del modelo de sustitución de importaciones mediante industrialización inducida por el Estado y del fracaso de variadas experiencias políticas -desde los gobiernos radicales hasta la “Revolución en Libertad”, pasando por el populismo ibañista de la “Revolución de la escoba” y la “Revolución de los gerentes” del derechista Alessandri- que generaron una actitud de disponibilidad política para llevar a cabo cambios sociales más profundos en amplios sectores del mundo popular y de las capas medias, especialmente, estudiantiles e intelectuales. A ello se sumó el profundo impacto de la Revolución Cubana, la disidencia china respecto del Vaticano ideológico representado por Moscú en el seno del movimiento comunista internacional y las revoluciones anticoloniales que se multiplicaron desde fines de la Segunda Guerra Mundial y, muy particularmente, durante los años 60. Todos estos hechos pusieron la revolución “a la orden del día” en el escenario internacional. Pero se trataba de una revolución que ya no sería la simple expansión geopolítica del llamado “campo socialista” al amparo de la potencia militar soviética como había ocurrido en la mayoría de los países de la Europa Oriental durante la segunda mitad de los años 40, sino de una auténtica revolución desde las bases populares, una revolución de acuerdo con los cánones clásicos del marxismo que la generación revolucionaria chilena y latinoamericana de los 60 y de los 70 intentó retomar. Esto significaba una ruptura de grandes proporciones respecto de las concepciones y las prácticas parlamentarias y legalistas de la izquierda que, en el caso de nuestro país, se venían desarrollando -no sin altibajos- desde mediados de los años 30[1].

Sintetizando, podríamos decir que la empresa liderada por Miguel Enríquez consistió en intentar, en base a la audacia, el coraje, el empuje, la decisión, la inteligencia y el sacrificio, la toma del “Palacio de Invierno”, de acuerdo con los postulados del leninismo y a los aportes teóricos y prácticos de la experiencia cubana y del guevarismo.

La creación de un partido de revolucionarios profesionales de sesgo leninista se entrelazó con la concepción de la organización político-militar tomada de la experiencia guerrillera cubana y latinoamericana.

El principal acierto del MIR fue captar el estado de “disponibilidad revolucionaria” de una vasta franja de trabajadores, intelectuales y estudiantes, además de percibir que la elección de Salvador Allende como presidente de la República abría una situación prerrevolucionaria. Los mayores éxitos políticos del MIR se dieron precisamente en aquellos años, cuando con audacia y flexibilidad táctica se empezó a convertir en un partido con influencia de masas, un actor importante de la vida política nacional. Tal vez una de sus principales carencias fue la falta de tiempo. En su frenética carrera, tanto esta organización como el conjunto de la izquierda revolucionaria no alcanzaron la influencia y la madurez requerida para revertir la situación que se transformaba aceleradamente de crisis prerrevolucionaria en contrarrevolución desembozada.

El contexto político e ideológico de aquellos años hacía muy difícil la necesaria renovación ideológica de la izquierda chilena. En el mundo bipolar de la Guerra Fría, de las definiciones a favor de uno u otro campo, en un contexto en que la lucha política se planteaba en la lógica de la guerra, el espacio para las revisiones críticas e introspectivas era objetivamente muy pequeño, en algunos casos francamente insignificante. Luego, bajo la dictadura, ese camino era aún más difícil. Ciertas concepciones y tendencias, a veces criticadas, pero jamás superadas totalmente, como el foquismo y el militarismo en algunas organizaciones revolucionarias unidos a ciertos errores de apreciación -como la subvaloración del poderío del enemigo y la sobrevaloración de las fuerzas propias- se saldaron en el exterminio físico y en la derrota política y militar del proyecto revolucionario encarnado por Miguel Enríquez y sus compañeros. El proyecto mirista fue, en realidad, derrotado en tres oportunidades: la primera vez entre 1973 y 1976, cuando la feroz represión de la dictadura liquidó a una parte muy significativa de su dirección histórica, entre ellos al propio Miguel, y desarticuló muchas estructuras de la organización. Una nueva hecatombe se consumó entre fines de los 70 y comienzos de los años 80, terminando en cuantiosas pérdidas humanas, políticas y materiales acciones como la “operación retorno” y la tentativa de implantación guerrillera de Neltume. Y una nueva derrota, esta vez eminentemente política, tuvo lugar durante la segunda mitad de los años 80, cuando se impuso la “transición pactada” que dejó al MIR y a otras fuerzas revolucionarias sin alternativa viable, es decir, sin base social.

¿La derrota de un proyecto significa la invalidación de su causa? No necesariamente. Pienso que lo esencial de los ideales de la generación revolucionaria que creció y se desarrolló en los años 60 y 70, sigue estando vigente puesto que los grandes objetivos de justicia e igualdad social no han sido cumplidos en nuestro país. Pero, esta es nuestra tercera interrogante: ¿qué es lo rescatable de esos proyectos fuera de la propia experiencia?

Sin duda estamos en una época distinta. Ya no vivimos -como creíamos entonces- en “la época del imperialismo y de la revolución proletaria”. Ciertamente, estamos aún en la época del imperialismo (ahora más globalizado), sin embargo, solo una imperdonable ceguera política podría llevarnos a creer que la revolución proletaria está a la orden del día en algún punto del planeta. Cuando las grandes transformaciones sociales, económicas, culturales e ideológicas de las últimas décadas del capitalismo globalizado han diluido la identidad, incluso una buena parte de la base sociológica de la clase obrera, cuando la emergencia de nuevos actores sociales populares configura un panorama más complejo y matizado, solo una irreflexiva obstinación nostálgica podría llevarnos a la repetición de los moldes revolucionarios clásicos. Pocos son, en realidad, los conceptos e instrumentos políticos de aquella época que han salido indemnes de los vendavales históricos del tiempo transcurrido desde entonces[2].

Los proyectos marxistas de socialismo basados en dos supuestos: un soporte material representado por la gran industria, y un soporte social, la clase obrera, han sido seriamente cuestionados por la experiencia histórica y por la evolución del capitalismo. Hasta ahora, las bases materiales de la gran industria no han constituido más que los soportes de la reproducción ampliada del capitalismo y, en algunos países, produjeron formas estatales totalitarias. Una nueva utopía revolucionaria, so pena de repetir experiencias de nefastas consecuencias, debería comenzar por cuestionar este supuesto, proponiendo enseguida una nueva forma de producir que aún no es posible prever.

Del mismo modo, se debe constatar que, a pesar de las previsiones y deseos, la clase obrera no ha sido, en cuanto tal, en ningún país del mundo, la fuerza social decisiva para la liberación de la humanidad. Si bien su carácter de clase explotada bajo el capitalismo es una evidencia histórica incuestionable, su esencia revolucionaria universal no fue, en realidad, jamás fundamentada ni confirmada por la experiencia histórica. Aunque buena parte de las revoluciones del siglo XX se hicieron en su nombre y con su apoyo, en ninguna parte esta clase, en tanto tal, ejerció la dirección real de esos procesos que terminaron por constituir nuevas formas de dominación y de explotación. Esta constatación no invalida el hecho de que un proyecto revolucionario anticapitalista solo puede tener como base social a los trabajadores y demás sectores explotados u oprimidos por el capitalismo, aunque nos obliga a replantearnos el tema de los sujetos sociales portadores del cambio. De seguro, el sujeto social revolucionario de los nuevos combates por la liberación es más cercano a aquella visionaria percepción mirista sobre “los pobres de la ciudad y del campo”, un sujeto plural, multiforme, de contornos flexibles, que se construye en torno a ciertos momentos y tareas históricas. No se trata ya de encontrar a “la” clase mesiánica portadora de la liberación de la humanidad, sino de articular en un proyecto revolucionario global las aspiraciones de los trabajadores y demás sectores explotados con las de otros segmentos étnicos, sociales y culturales que cuestionan el capitalismo.

En esta perspectiva, el socialismo del futuro no puede ser concebido simplemente como un proyecto que, presentado como “socialismo”, no sea más que una forma específica de capitalismo o socialismo de Estado. Para la construcción de una utopía de nuevo tipo se hace necesaria una profunda reformulación de las bases teóricas, ideológicas, políticas y culturales que inspiraron los programas y prácticas de los movimientos políticos y sociales de transformación social en Chile.

¿Qué podemos rescatar entonces de la experiencia de la generación revolucionaria de los 60 y los 70? En un mundo donde ha hecho crisis la teoría clásica de la revolución y en el que el impulso vital de la revolución rusa se ha extinguido en medio del desastroso final de los “socialismos reales”, es, sin duda, poco lo que se puede recuperar de las referencias teóricas, de los instrumentos y de las estrategias políticas de antaño; sin embargo, es mucho lo que se debe recoger en cuanto a decisión de cambiar el mundo y lo que se debe rescatar en el plano de la moral y de la consecuencia con los principios y convicciones. Cuando las clases dirigentes, a través de sus políticos e intelectuales, solo ofrecen a la humanidad la perspectiva de una eterna reproducción del capitalismo, una suerte de congelamiento o “fin de la historia” sin proyectos colectivos ni utopías de cambio social; cuando en países como el nuestro la casta política nos muestra día a día que para ella pensar, decir y hacer son tres cosas distintas, el legado moral de Miguel Enríquez y de su generación revolucionaria sigue teniendo un valor que en la perspectiva de las luchas y utopías libertarias del futuro, no será puramente testimonial. El desafío histórico para las nuevas generaciones consistirá en recoger esa herencia moral y procesarla a través del prisma de nuevos instrumentos teóricos que deberá construir por sí misma, recuperando de los aportes anteriores lo necesario, sin reflejos nostálgicos que conduzcan a la repetición de los costosos errores del pasado, mas sin claudicación frente a las presiones del sistema de dominación.

Estoy seguro de que, más temprano que tarde, estos nuevos hombres y mujeres evaluarán la experiencia y el legado de quienes los precedieron y construirán, con el mismo entusiasmo y consecuencia, aunque con más clarividencia y mayor efectividad, las “grandes alamedas” libertarias del porvenir.

Tomado de: vocesenlucha.com

Por: Sergio Grez Toso
Historiador, académico de la Universidad de Chile.

Correo electrónico:

sergiogreztoso@gmail.com

[1] Sobre la estrategia electoral de la izquierda en Chile, véase, Sergio Grez Toso, “La izquierda chilena y las elecciones: una perspectiva histórica (1882-2013)”, en Cuadernos de Historia, N°40, Santiago, junio de 2014, págs. 61-93. Versión electrónica: https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0719-12432014000100003

[2] Varias de las ideas expresadas a continuación fueron desarrolladas junto a los integrantes del colectivo Centro de Estudios Políticos sobre Chile (CEP-Chile) en el documento Una corriente socialista libertaria como alternativa de izquierda revolucionaria (Reflexiones para un proyecto transformador), París, Centro de Estudios Políticos sobre Chile, abril de 1985.

Los huesos que defendieron la democracia

En las fosas comunes y cunetas del país, están los restos de los hombres y mujeres que defendieron la primera experiencia democrática del Estado español. Expertos piden a los políticos que dejen los derechos de las víctimas de la dictadura fuera del juego partidista. “España tiene la obligación de exhumar a las víctimas de los crímenes franquistas”, exigen.
Los huesos de Josep Navarro Anchel están enterrados en una fosa común del cementerio de Paterna. Fue asesinado por su militancia en UGT y en el Partido Comunista durante la II República frente a un paredón militar, de nombre España. Sus restos cayeron en la fosa 126. En ese mismo cementerio están los huesos de otros de 2.238 republicanos asesinados por el franquismo entre 1939 y 1956. Su nieta, María Navarro, continúa luchando por su exhumación y por darle un entierro digno.

Familia de Josep Navarro Anchel

A lo largo y ancho de la provincia de Málaga están repartidos los huesos de 5.000 republicanos en 99 fosas comunes. Hace ahora 82 años, las tropas franquistas entraron a sangre y fuego en la ciudad. Más de 100.000 salieron por la carretera de Málaga-Almería huyendo de una muerte casi segura. Las bombas caían por todas partes. Por el aire, de la aviación italiana; por el mar, de los buques franquistas, mientras que por tierra llegaban las tropas italianas y el sangriento ejército de Queipo de Llano.

Natalia Montasaroa recordaba en 2014 para Público cómo aquel camino se quedó con los huesos de centenares de ciudadanos y ciudadanas cuyo único delito es haber creído y apoyada a la II República, la primera experiencia democrática de España. Natalia tenía 13 años y nunca pudo olvidar lo que allí vio. Una mujer y su hijo en brazos estaban muertos en una cuneta. Parecía que habían muerto mientras amamantaba al pequeño. Milicianos ahorcados en los árboles. Niños, ancianas, familias enteras yacían muertos. De hambre, de metralla, de fuego. Otros, directamente se habían suicidado.

Natalia y su familia decidieron dar media vuelta y regresar a Málaga. Sobrevivió y tuvo suerte. Durante las siguientes siete semanas a la toma de la ciudad fueron juzgadas 3.041 personas y 1.574 fueron ejecutadas. El último presidente del Gobierno de Franco, Carlos Arias Navarro, estuvo entre los jueces militares responsables de la matanza. Sus huesos siguen por ahí. Tirados.

CARRETERA DE MÁLAGA.- CEDIDA POR JESUS

En la provincia de Valladolid apenas hubo Guerra. La provincia apenas ofreció resistencia al golpe de Estado de Franco y los suyos. A pesar de eso, la represión fue brutal. La ARMH de Valladolidad calcula que 2.000 ciudadanos fueron ejecutados solo en esta provincia. Los huesos de personas como Ángel de la Fuente, que desapareció en los primeros días del golpe de Estad y nunca más se supo nada más de él, o de Herminio Agudo, que a la edad de 30 años fue ejecutado por su participación activa en la Casa del Pueblo de Laguna de Duero (Valladolid), siguen por ahí. Sólo en el mes de agosto de 1936 fueron ejecutadas o desaparecidas alrededor de 550 ciudadanos en la provincia.

Manuela Martín, natural de Granada, murió sin olvidar a su padre y a dos de sus hermanos. Salieron de casa cuando ella era apenas una niña huyendo de las tropas franquistas. Los rumores de sus fechorías eran demasiado graves como para quedarse esperando. Nunca más volvieron a verlos. Nunca supieron dónde quedaron sus huesos. Un testigo desveló una vez que había visto el cadáver del padre tirado en una montaña. De los dos muchachos nunca se supo.

Imágenes de algunas de las 7.000 personas que fueron represaliadas.- ARMH VALLADOL

Ascensión Mendieta sí sabía, más o menos, donde habían enterrado a su padre, Timoteo, natural de Sacedón y cuyo delito fue militar en la UGT. Lo habían tirado a una fosa común del cementerio de Guadalajara. Allí estarían sus huesos durante casi 80 años. Hasta que la Justicia de Argentina, donde Ascensión acudió a pedir ayuda, dio la orden de exhumar y España aceptó. Las pruebas de ADN certificaron que unos huesos de aquellas fosas eran los de su padre. Esta mujer, que ronda ya los 92 años, consiguió así uno de los objetivos de su vida: recuperar a su padre. “No sabes la de noches que me he acostado pensando en él. Eso se lleva por dentro… Tantos años sin poder llamar a tu padre…”, contaba Mendieta en esta entrevista con Público. Gracias a la Justicia de Argentina y al trabajo de la ARMH Mendieta consiguió recuperar los huesos de su padre. “Quiero que me entierren con él”, decía esta mujer cuando consiguió tenerlos cerca.

El caso de Ascensión Mendietaes, sin embargo, una excepción. Comparativamente hablando, son pocos los familiares de víctimas de la dictadura las que han conseguido recuperar a su ser querido. Muchas de ellas murieron esperando. Esperando a que la democracia los rescatara de las profundidades de la tierra y del olvido o, directamente, soñando con que esos pasos que se escuchaban en las escaleras fueran los de su ser querido, que en realidad no estaba muerto a pesar de llevar décadas desaparecido.

El Valle de los Caídos, en el interior de cuya basílica descansan los restos de más de 33.400 víctimas de la Guerra Civil. EFE

Pero los milagros son de otro tiempo histórico. Joan Pinyol, por ejemplo, estuvo durante años llevando flores a la fosa común del cementerio de Lleida donde creía que estaban los huesos de su abuelo, el soldado republicano Joan Colom. Sin embargo, aquella fosa estaba vacía. Y no. Colom no estaba vivo. La dictadura había trasladado sin autorización los huesos de este hombre, y los de sus compañeros de fosa, al Valle de los Caídos. Joan, el nieto, lo descubrió mucho tiempo después gracias a un artículo en prensa. Desde entonces, su lucha fue la de recuperar esos huesos y llevarlos junto a la tumba de su abuela.

Son unos cuantos casos. Pocos, muy pocos comparados con la magnitud de la tragedia que vivió España tras el golpe de Estado del 18 de julio de 1936, la consecuente Guerra Civil y 36 años de régimen represor. Los datos del Ministerio de Justicia, correspondientes al año 2017, reconocen la existencia de 2.457 fosas comunes, de la cuales 1.221, prácticamente la mitad, siguen sin ser abiertas y lo más preocupante: 250 han desaparecido por la construcción de infraestructuras, por ampliación de calles, por planes urbanísticos.

Hasta ahora, la inmensa mayoría de estas exhumaciones se ha realizado gracias a la tarea de organizaciones civiles formadas por familiares y voluntarios que no han cejado en su empeño de dar una sepultura digna a los suyos. España, de hecho, tiene la obligación de impulsar un Plan Nacional de búsqueda de los desaparecidos y acometer las exhumaciones. Así se lo ha recordado al Estado en multitud de ocasiones diversos organismos de las Naciones Unidas. El Consejo de Derechos Humanos, el Grupo de Trabajo contra las Desapariciones Forzadas y también los dos últimos relatores de la ONU para la promoción de los derechos a la verdad, la justicia y reparación. Todos ellos han tirado de las orejas a España por el abandono que han sufrido y sufren las víctimas del franquismo.

“Los derechos de las víctimas del franquismo no pueden ser parte del juego electoral”, denuncia Emilio Silva

De hecho, el actual Relator, Fabian Salvioli, visitó el Congreso de los Diputados donde instó a los diputados a poner en marcha un Plan Nacional de búsqueda de los desaparecidos. “Lo prioritario ahora mismo tiene que ver con las exhumaciones y fundamentalmente con dar respuesta a las familias de víctimas, que son ya muy mayores”, explicó Salvioli en una entrevista en Público.

Durante largos años, el Gobierno de Rajoy había dejado durante largos años a cero el presupuesto dedicado a la Memoria Histórica y ahora, cuando el PSOE ha destinado 15 millones a este propósito en su proyecto de Presupuestos, las críticas del Partido Popular han arreciado. Esta misma semana la senadora del PP Esther Muñoz denunciaba duramente que se dedicaran 15 millones a buscar “unos huesos” aunque, tras el revuelo ocasionado, intentó rectificar asegurando que se refería “a los de Franco”. No obstante, la justificación no caló. Ni el presupuesto para exhumar a Franco sale del presupuesto para Memoria, ni los restos de Franco son unos huesos y, sobre todo, nada ni nadie impidió a Muñoz decir en la tribuna del Senado lo que realmente quería decir.

La ARMH, sin ayuda del Estado español de ningún tipo, ha abierto la fosa común de Timoteo Mendieta.- REUTERS

“Muestra la falta de cultura democrática del Partido Popular”, dice Emilio Silva, que insta a los partidos políticos, de todo signo, “a dejar los Derechos Humanos fuera de la batalla política”. “Los derechos de las víctimas del franquismo no pueden ser parte del juego electoral. España tiene la obligación de exhumar a las víctimas de la dictadura“, prosigue Emilio Silva, presidente de la ARMH.

La experta en políticas de Memoria Histórica Manuela Bergerot recuerda que si hemos llegado a esta situación en pleno 2019 es gracias a todos los gobiernos de España desde 1975. Ninguno de ellos ha hecho lo suficiente por rescatar a los republicanos que se dejaron la vida contra el golpe de Estado franquista. Así, España continúa siendo una excepción en Europa.

“España tiene la responsabilidad de exhumar y de dar un entierro digno a las víctimas de la dictadura”, dice Manuela Bergerot

“No es la primera vez que esta senadora pervierte el relato histórico o banaliza los crímenes del franquismo. Me cuesta creer que una persona joven como ella pueda hacer declaraciones en contra de lo que dicen los organismos de Derechos Humanos de la ONU. Ante esta situación no nos queda otro remedio que decirlo una y mil veces: España tiene la responsabilidad de exhumar y de dar un entierro digno a las víctimas de la dictadura”.

Mientras tanto, mientras que discutimos sobre las barbaridades que se dicen e instituciones que representan a todos los ciudadanos, como es el caso del Senado, hay familiares que ven cómo se escapa la posibilidad de recuperar los restos de sus seres queridos. Personas mayores que solo piden que se cumplan los derechos que le corresponden y que mueren sin obtener ni justicia ni verdad ni reparación.

“Se suele decir que hay que devolver la dignidad a los que lucharon por la democracia y hoy continúan en fosas comunes. Pero no. Ellos murieron y lucharon con toda dignidad. Los indignos son los que están fuera de la fosa y permiten o hacen lo posible para que esas personas sigan en fosas comunes. Ellos son los indignos“, sentencia Manuela Bergerot.

Tomado de: m.publico.es

Por: ALEJANDRO TORRÚS

A décadas del asesinato del líder del MIR chileno, opinan Ramis, Echeverría, Amoros y Quesada

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La pregunta de Miguel

La figura de Miguel Enríquez despierta dos tipos de reacción. O se le descalifica en bloque, culpándole de un amplio conjunto de pestes políticas, o por el contrario, se la ensalza en un relato militante, que mezclando la hagiografía revolucionaria y el panegírico apologético tiene poco que ver con la personalidad y el talante del fundador del MIR.

Miguel no era un santo ni un demonio, sino un revolucionario que propuso una serie de preguntas políticas fundamentales al país, y estuvo dispuesto a debatirlas abiertamente durante toda su vida. Lejos del sectarismo o el dogmatismo, se le debe ubicar, dentro de la tradición del pensamiento crítico latinoamericano, entre los que buscan una alternativa emancipatoria adecuada a las condiciones específicas de nuestros pueblos. En este aspecto, Miguel Enríquez es una figura actual. Sus preguntas siguen siendo gravitantes y exigen ser tomadas en cuenta, de forma profunda y consistente.

El problema fundamental que identificó Miguel y el colectivo generacional que le acompañó en la fundación del MIR en 1965 era el siguiente: en América Latina se había hecho patente que la derecha histórica, agraria, conservadora y patronal, no disponía de un proyecto de desarrollo para la región. Incluso el Estados Unidos de Kennedy y la Iglesia Católica post-conciliar estaban de acuerdo en este diagnóstico. Tal como lo había demostrado el gobierno de Jorge Alessandri, la oligarquía más rancia y casposa estaba a la deriva, dispuesta a agarrarse a cualquier cosmético con tal de mantener un orden social anacrónico, que exigía una transformación radical y urgente. En respuesta a esta crisis se alzaban dos programas de reformas, aparentemente antagónicos, pero que en el fondo poseían amplias coincidencias de fondo: la “revolución en libertad” democratacristiana, aliada a la Alianza para el Progreso norteamericana, y la “vía chilena al socialismo” que postulaban los partidos Socialista y Comunista. En cada país del continente esta dicotomía asumía sus propias especificidades, pero se replicaba en lo fundamental, de acuerdo al dualismo Este-Oeste de la guerra fría.

La intuición fundamental de Miguel era que ambos proyectos tenían limitaciones estructurales que afectaban su viabilidad y deseabilidad. Ello no quiere decir que homologara ambas alternativas. Miguel y el MIR distinguían entre la derecha tradicional y el reformismo DC, y entre la DC y el proyecto del FRAP, que desembocaría en 1970 en la Unidad Popular y el gobierno de Salvador Allende. Pero su análisis crítico le llevó a descubrir en ambas alternativas una serie de contradicciones y aporías, inherentes a la naturaleza del orden internacional en el que estaban insertas y por sus propias insuficiencias de cara a las necesidades de las grandes mayorías, a las que definió como “los pobres del campo y la ciudad”.

LA INVIABILIDAD DE LOS REFORMISMOS
Para Miguel Enríquez los dos proyectos de reforma que se proponían a Chile en los años sesenta no eran viables a largo plazo. Arraigaba este convencimiento en un análisis muy detallado de las condiciones de la economía latinoamericana, situada en una relación de dependencia respecto a los grandes centros de poder del capitalismo global. Tanto el programa de la DC como el de la Izquierda apostaban a lograr una alianza histórica con los sectores progresistas del empresariado nacional en orden a promover una modernización industrializadora que permitiera cambiar el patrón productivo, para desembocar en una versión nacional del Estado de bienestar europeo. Pero este programa presuponía una serie de condiciones de posibilidad, que el MIR no lograba visibilizar, entre otras:

1. La inexistencia de un verdadero empresariado “progresista”, con vocación industrializadora. Más allá de algunas individualidades, los empresarios nacionales se veían a los ojos de Miguel como endémicamente arraigados a una tradición rentista, extractivista y agraria, incapaces de asumir el programa de sustitución de importaciones que preconizaba la Cepal, que debería crear los empleos de calidad que podrían incorporar a los excluidos del ciclo productivo.

2. A la vez, el mercado chileno era incapaz de absorber la nueva producción nacional que se debería llegar a generar. La inexistencia de una verdadera clase media constituía un obstáculo insalvable al proyecto reformista. La única forma de sortear este problema radicaba en la consolidación de un mercado ampliado, a escala latinoamericana, que por su dimensión pudiera absorber esa nueva oferta productiva.

3. Pero ese proyecto de integración latinoamericana, basado en un cambio en la matriz económica, era intolerable para Estados Unidos, que necesitaba mantener a la región como proveedora de recursos naturales a bajo precio y como mercado natural para sus productos elaborados.

4. Este escenario implicaba que ambos reformismos terminarían por chocar de forma violenta e insalvable con la elite económica y política nacional, reacia a abandonar su vocación rentista en aras de un proyecto de cohesión social que despreciaba profundamente. Y también chocaba con el capital transnacional, que necesitaba que América Latina permaneciera bajo la órbita de dominio norteamericano, en posición de dependencia económica y subordinación política. El ciclo de cambios reformistas llevaría inevitablemente a la necesidad de una ruptura abierta y decidida, y para liderar ese proceso construyó y articuló el Movimiento de Izquierda Revolucionaria.

LA INDESEABILIDAD DE LOS REFORMISMOS
Si los programas reformistas aparecían como inviables sin un momento de ruptura radical, también eran criticables porque no lograban superar el nudo del dilema latinoamericano. En el caso del reformismo DC, Miguel Enríquez advertía el germen de una modernización capitalista, tanto a nivel agrario como minero, que originaría un nuevo ciclo de acumulación en beneficio de los sectores más cosmopolitas y mejor preparados del empresariado nacional. Y en el programa del FRAP y de la UP reconocía una voluntad redistributiva mucho mayor, pero que en el fondo mantenía la continuidad con la dimensión desarrollista del proyecto DC, cambiando los socios occidentales por nuevos socios de la Europa del Este. Su intuición era que se debía buscar de forma clara y decidida una orientación socialista, que permitiera el protagonismo popular, y que evitara las trampas burocráticas y autoritarias en las que cayeron los países del “socialismo real”.
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Carmen Castillo: “La política es todo aquello que no se inclina frente a lo imposible”

IMG_6727.PNGCarmen Castillo Echeverría fue profesora de historia e investigadora en el Centro de Investigaciones de Historia de América Latina de la Universidad Católica. Durante el gobierno de la Unidad Popular trabajó en el Palacio de la Moneda. Luego del Golpe Militar, pasa a la clandestinidad junto a su pareja Miguel Enríquez, líder del MIR.

En una operación organizada por la DINA que rodea a la pareja en la casa que habitaban, cae en combate Miguel, y Carmen, embaraza de 6 meses, resulta gravemente herida. Luego de sobrevivir a los “interrogatorios” de rigor, es expulsada del país y se exilia en Europa. Actualmente es una destacada cineasta y guionista que se ha hecho conocida sobre todo por documentales como Calle Santa Fe, La Flaca Alejandra, entre otros trabajos filmográficos.

¿Cambio de aceite?

-Después del 2006, hemos visto como una nueva generación de luchadores y luchadoras sociales ha ido madurando y se han ido involucrando con una construcción política y social que se plantea desde abajo. Sigue leyendo

EL DERROCAMIENTO DE ALLENDE, CONTADO POR WASHINGTON

KENNEDY NOMBRÓ UN COMITÉ PARA VIGILAR ELECCIONES EN CHILE

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Desde 1961, apenas posesionado, el presidente John F. Kennedy nombró un comité encargado de las elecciones que se desarrollarían en Chile tres años después. Según la investigación de la Comisión Church del Senado estadounidense[1], estuvo compuesto de altos responsable del Departamento de Estado, la Casa Blanca y la CIA. Este Comité fue reproducido en la embajada estadounidense en Santiago, capital chilena. El objetivo era impedir que el candidato socialista, Salvador Allende, ganara los comicios [2].
Allende era un marxista convencido de que por la vía pacífica se podía llegar al gobierno, y, desde ahí, darle un vuelco a las estructuras del Estado en beneficio de las mayorías empobrecidas. Expresaba que para lograr tal objetivo se debía nacionalizar las grandes industrias, priorizando las que estaban en manos estadounidenses, al ser éstas las que explotaban los recursos estratégicos. Estos, y otros ideales sociales, lo convirtieron en un indeseable para Washington: podría servir de ejemplo para los pueblos de otras naciones latinoamericanas.
Para hacerle oposición, varios millones de dólares fueron distribuidos entre los partidos políticos de centro y de la derecha para que realizaran su propaganda. Al momento de elegir el candidato a la presidencia, Washington decidió apoyar a Eduardo Frei, del partido Demócrata Cristiano, un personaje que impuso a sus otros financiados.
En total, la operación costó unos veinte millones de dólares, una suma inmensa para la época, al punto de sólo poderse comparar con lo gastado en las elecciones presidenciales estadounidenses. Es que Washington no tanto invirtió en el candidato Frei, sino que realizó toda una campaña de propaganda anticomunista a largo plazo.

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Una rosa roja para Rosa Luxemburgo

    “Sin la participación de las mujeres no se puede hacer la revolución”

Si algo grafica fielmente la ferocidad del capitalismo y de la derecha en general, fue ese culatazo salvaje con el que un soldado al servicio de la socialdemocracia alemana le destrozó la cabeza a esa inmensa, noble y amorosa mujer, la gran teórica y activista de la revolución mundial Rosa Luxemburgo. Su cuerpo fue arrojado a un río de donde se rescató cinco meses después. Esto, en plena efervescencia de la revolución alemana de noviembre de 1918 que ella había impulsado a través de su liga Espartaco y había depuesto al káiser. La acompañaron en el martirio el amor de su vida y camarada León Jogiches y su gran compañero de lucha Carlos Liebknecht. Esto ocurrió el 15 de enero de 1919 cuando Rosa contaba apenas 48 años, y el importante aniversario me parece, se nos pasó desapercibido a los militantes de la libertad y el socialismo.

Rosa Luxemburgo es a nivel mundial, el gran norte hacia donde deben mirar las mujeres revolucionarias. Militancia, abnegación, estudio y producción teórica –además de cárcel-, fueron desde su más temprana juventud la causa y oficio de esta infatigable mujer, quien enseñó y pregonó a las mujeres y a los hombres del mundo que el enemigo es el capitalismo, y que la revolución se hace con organización y movilización, pero también con análisis e ideología por parte de los obreros. ¡Ah! Y que ha de ser internacional, porque tal es la naturaleza del proletariado, como es la del capitalismo. Y lanzó una recia frase provocadora: “La revolución es magnífica…..Todo lo demás es un disparate” Sigue leyendo

Cacique Yare: El cultivo de una comuna

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“Mija, desde que yo tengo uso de razón y recordando a mis antepasados, el guarapo de toronjil, orégano y malojillo son buenísimos para la gripe y cualquier malestar que se sienta en el cuerpo”, es el cuento que echa la abuelita Numa.

Todos los días, Numa Orense está atenta a las visitas que se realizan en la aldea integral del adulto y la adulta mayor, desde donde relata los beneficios de la siembra de plantas medicinales, frutales y ornamentales.

La granja -como le dicen l@s abuel@s- es parte de un proyecto que la comuna “Cacique Yare” comparte con otras cuatro comunas de la Parroquia San Francisco de Yare, en el estado Miranda.

“Una fecha importante para todos nosotros”, cuenta en una exhalación Epifanio Lares al recordar ese 26 de marzo que da nombre a la Aldea Integral. “Me agrada que la granja tenga plasmada esa fecha, para que se recuerde la salida del comandante Chávez de la cárcel de Yare. Eso fue en el año 1994, claramente lo recuerdo. Desde ahí mi pueblito de San Francisco no deja de conmemorarlo”. Sigue leyendo

Pablo Neruda, el Político

Comenzaré con una cita de Neruda: “Mucha gente ha creído que yo soy un político importante. No sé de dónde ha salido tan insigne leyenda. Yo escogí el difícil camino de una responsabilidad compartida y, antes de reiterar la adoración hacia el individuo como sol central del sistema, preferí entregar con humildad mi servicio a un considerable ejército que a trechos puede equivocarse, pero que camina sin descanso y avanza cada día enfrentándose tanto a los anacrónicos recalcitrantes como a los infatuados impacientes”.

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Esto dijo Pablo Neruda al recibir el Premio Nobel de la Literatura, en diciembre de 1971 en una glacial mañana europea.

Fue esa, una manera de afirmar un segmento decisivo de su vida. También, un modo sencillo de evaluar su mensaje sin opacar lo que alguna gente prefiere ver en él: el poeta del amor que irrumpió en el escenario latinoamericano a comienzo de los años veinte del siglo pasado.

Neruda tuvo diversas facetas no sólo en su producción literaria, sino en su vida concreta. Y eso ocurrió, desde que naciera en Parral, esa pequeña y olvidada localidad del sur de Chile en la que coexistieran apenas dos estaciones: la del ferrocarril y la de la lluvia –como él mismo lo dijera lánguidamente-; hasta su muerte, acosado por la barbarie y el fascismo en el Santiago tomado por hordas asesinas el 11 de septiembre de 1973. Sigue leyendo

La renacionalización del cobre es la tarea patriótica que se perfila en el horizonte.

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La nacionalización traicionada

En diciembre de 1970, en el mensaje enviado al Congreso para nacionalizar la gran minería del cobre, el presidente Salvador Allende constataba los niveles increíbles de falta de informaciónón del país en torno al cobre, a su explotación y a su significado. Casi cuarenta años después -tanto con dictadura como con gobiernos democráticos- esa desinformación continúa, porque conviene a los intereses de las transnacionales mineras que intervienen en la explotación y aprovechamiento de los yacimientos de cobre.

La nacionalización del cobre, en julio de 1971, fue la principal medida económica y de cambio estructural del gobierno de Salvador Allende. Para muchos especialistas constituye la principal medida económica adoptada en Chile en el siglo XX.

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