La sonrisa de Víctor Jara

La sonrisa de Víctor Jara, imborrable en mi memoria, quedó atrás. La fila india de prisioneros -manos en la nuca- siguió su marcha. Avanzábamos hacia el camión frigorífico de la Pesquera Arauco que esperaba en la puerta del Estadio Chile para trasladarnos (aún no lo sabíamos) al Estadio Nacional. Era la noche del 16 de septiembre de 1973.

Han pasado 45 años del crimen y al fin aparece el fallo que condena a los nueve oficiales del ejército que participaron en el asesinato de Víctor Jara Martínez y Littré Quiroga Carvajal, cantautor el primero, director de Prisiones el segundo, ambos comunistas.

El juez Miguel Vásquez Plaza ha sentenciado a 18 años de presidio por los delitos de homicidio y secuestro a los “valientes soldados” chilenos que torturaron y mataron a dos prisioneros indefensos. Jara y Quiroga fueron fusilados en el callejón por el que se accede al estadio que hoy lleva el nombre del mártir Víctor Jara. Antes otros prisioneros corrieron la misma suerte en ese lugar.

Los oficiales asesinos fueron autorizados a disparar a discreción. Víctor Jara recibió 44 balazos y Littré Quiroga, 23. Todos eran proyectiles 9,23 milímetros correspondientes a las armas de cargo de los oficiales del “glorioso y jamás vencido” ejército de Chile. Los cuerpos acribillados de Jara y Quiroga fueron arrojados en un terreno baldío del sur de Santiago.

El juez Miguel Vásquez realizó un exhaustivo trabajo que incluyó pericias médicas, investigaciones policiales y declaraciones de imputados y de sobrevivientes del Estadio Chile. El proceso tiene centenares de páginas y no ha concluido: los acusados pueden recurrir a instancias judiciales superiores. Sin embargo, es un importante avance paradesentrañar la verdad de los días de horror que se vivieron en el Estadio Chile.

Ese estadio es un recinto cerrado destinado a la práctica del básquetbol. Fue habilitado como campo de prisioneros durante los primeros días del golpe de Estado. Por allí pasamos 5.400 detenidos, según registra el teniente coronel Mario Manríquez Bravo, comandante del campo. En el Estadio Nacional seríamos algo más, unos quince mil.

Con el comandante Manríquez, que ese día 13 de septiembre tomaba un descanso junto a su plana mayor de carceleros, me tocó sostener un curioso diálogo en el Estadio Chile. Cuando me quitaron la venda, me encontré frente a Manríquez y sus oficiales, que relajados charlaban, fumaban y bebían café. Entonces el comandante Manríquez (de cuyo nombre me entero ahora) inició un diálogo, respetuoso debo reconocer, sobre el socialismo y la experiencia de la Unidad Popular. Según ese oficial (y de otros que escuché más tarde en el Estadio Nacional) el golpe militar no pretendía destruir el proceso de cambios sociales iniciado en Chile por el presidente Allende. Buscaba expulsar al Partido Comunista del gobierno y evitar que Chile se convirtiera en una segunda Cuba en América Latina. Se declaraba admirador del Gobierno del general Juan Velasco Alvarado en Perú.

Muy poco, sin embargo, durarían esos pujos de nacionalismo que al parecer compartían otros oficiales a los que escuché en el Estadio Nacional y en el campo de prisioneros de Chacabuco. El alto mando de las FF.AA., comprometido desde el origen del golpe con otra ideología, se había refugiado en los brazos del Gran Buitre del norte.

Terminado el diálogo, el comandante del campo ordenó a uno de sus oficiales que me condujera a una celda, un camarín del Estadio Chile. Hoy sé que ese oficial era el teniente Edwin Dimter Bianchi, a quien apodaban “el príncipe”. Descendiente de alemanes, como otros oficiales que estuvieron en el Estadio Chile, Dimter me dijo que el 29 de junio de 1973 había participado en la sublevación del Regimiento Blindados N° 2. Al comando de un tanque derribó las puertas del Ministerio de Defensa Nacional. El joven Dimter era cortés y locuaz. Me dijo que era descendiente de una familia alemana asentada en Valdivia. Poco antes había viajado a la República Democrática de Alemania (RDA) a conocer a sus parientes y se declaraba admirador de las técnicas agrícolas que se aplicaban en ese país.

Todo su discurso se efectuaba mientras caminábamos por los pasillos subterráneos del Estadio Chile. Yo guardaba, como corresponde a un prisionero, un respetuoso y sorprendido silencio. Veíamos decenas de personas mirando hacia la pared y con las manos en alto. Se oían gritos de dolor y chillidos de espanto de prisioneros torturados por oficiales de inteligencia del ejército y Carabineros.

Tirado en el suelo, boca abajo, pasamos junto a Littré Quiroga, golpeado con sadismo por individuos de civil con brazaletes de color -supongo del grupo fascista Patria y Libertad- que le enrostraban el supuesto maltrato de Gendarmería al general Roberto Viaux (*). Nunca había visto (ni he vuelto a ver) a un ser humano tan brutalmente golpeado como Littré Quiroga, que se limitaba a gemir ya casi moribundo.

El teniente Dimter me dejó en el camarín que ocupaba Jorge Godoy, ministro del Trabajo de Allende, comunista; él me confundió con un funcionario del nuevo régimen. Sangraba de una herida en la cabeza y me suplicó: -“Señor, por favor, mire como me tienen, que no me golpeen más…”.

En los tres días siguientes compartimos con Godoy un pan, una taza de café y numerosos mensajes para nuestras familias si alguno salía con vida.

El 16 de septiembre nos hicieron formar en una fila de prisioneros con rumbo desconocido. Entonces, camino al camión frigorífico, me saludó la sonrisa de Víctor Jara. Una luz le daba en el rostro. Se le veía entero y con esa actitud de dignidad que caracterizó a la mayoría de los prisioneros políticos de la dictadura.

¿Por qué sonreía? A lo mejor quería alentarnos y compartir con nosotros su valentía ejemplar. Quizás desafiaba a los que serían sus asesinos. Vaya uno a saber… pero nunca olvidaremos esa sonrisa.

(*) El general Viaux encabezó el intento golpista del 21 de octubre de 1969 contra el gobierno del presidente Eduardo Frei Montalva. Asimismo participó en el asesinato del comandante enjefe del ejército, general René Schneider Chereau, el 25 de octubre de 1970, y estuvo preso por ese crimen.

Tomado de : Cubadebate.cu
Por: Manuel Cabieses D.

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Chile memoria resistencia: Blanca Rengifo, monja revolucionaria.

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Un once de mayo, hace 30 años, se apagó la vida de Blanca Rengifo Pérez, religiosa, abogada defensora de los derechos humanos, fundadora de CODEPU, y militante activa de la Resistencia antidictatorial y del MIR. Fue pobladora de El Montijo donde compartió estrecheces, penas y alegrías con los pobres. Fue la samaritana que recogía cadáveres lanzados al rio Mapocho tras el golpe de Estado. Luego “Magdalena” la que efectuaba riesgosas acciones de propaganda armada contra la dictadura, y después el compañero “Daniel” integrante de un clandestino comité central. Fue la articuladora en 1980 del surgimiento de una singular organización de defensa de los derechos humanos, el CODEPU, donde junto con auxiliar a presos políticos, se coordinaban organizaciones populares y tejía la unidad del pueblo para luchar contra la tiranía. La resistencia es Dios, se le escuchó decir en más de una oportunidad.

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Blanca nació en 1923 y creció en medio de los efectos en nuestro país de una de las más profundas crisis de la economía mundial. Su adolescencia tiene como telón de fondo la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial y en nuestro país alzamientos de campesinos mapuches y trabajadores como el de Ranquil, donde fueron asesinados más de 200 insurrectos. Al mismo tiempo, se extendía la medicina preventiva y comenzaba gradual, pero firmemente un proceso de migración del campo a la ciudad. Se vivía el triunfo de Pedro Aguirre Cerda y se fundó la Confederación de Trabajadores de Chile. En 1942, el sacerdote jesuita, Alberto Hurtado publicó su ensayo ¿Es Chile un país católico?, en el cual cuestionaba sobre la aplicación real de los valores religiosos en una sociedad donde miles de niños vivían en las calles de las ciudades. De seguro, todo esto impactaría en las opciones de Blanca, que ingresa a los 26 años a la Congregación del Amor Misericordioso. Sigue leyendo

Memorial de Paine es reconocido como Monumento Público

Espacio recuerda a 17 campesinos asesinados por la dictadura cívico-militar

La Comisión de Patrimonio Histórico del Consejo de Monumentos Nacionales (CMN) autorizó la solicitud de incorporar la placa conmemorativa del Memorial de Paine, con todos los elementos que componen su espacio, en el registro de Monumentos Públicos.
De acuerdo al organismo, la placa corresponde a “objetos que han sido ubicados en el espacio público (campos, calles, plazas y/o paseos) con el fin de conmemorar acontecimientos, individuos o grupos de personas que han incidido de alguna manera en la cultura e historia nacional”, gracias a lo cual todo el espacio que conforma el Memorial de Paine queda protegido ante eventuales amenazas de destrucción o desprotección.
Recordemos que la “placa de los ejecutados de Escorial”, originalmente se instaló en el cementerio La Rana de Huelquén con motivo del funeral de 17 campesinos asesinados por la dictadura cívico-militar, pertenecientes justamente al sector del Escorial, siendo posteriormente traída al Memorial en el año 2015.

La placa está hecha de mármol, y fue financiada por el Ministerio del Interior. Tiene inscrito el nombre de cada uno de los asesinados, junto un fragmento del poema “Siempre” de Pablo Neruda, y el nombre de la AFDDyE de Paine, destacando al final la bandera de lucha de los familiares que es “Justicia”.

Precisamente, desde la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y Ejecutados (AFDDyE) de Paine, señalan que la placa da cuenta de un hito muy sensible y significativo para la comunidad, pues corresponde al funeral de personas cuyos restos estuvieron retenidos en el Instituto Médico Legal, durante los 17 años de dictadura.

Los nombres que integran la lista corresponden en su mayoría a campesinos que pertenecieron al Asentamiento El Escorial de Paine, quienes fueron detenidos por militares de la Escuela de Infantería de San Bernardo el tres de octubre, y posteriormente ejecutados en la Cuesta de Chada, a sólo kilómetros de sus casas.

Sus familias no supieron de su paradero hasta que algunos animales alertaron la presencia de restos humanos en el lugar. Sin embargo, el instituto Médico Legal exhumó los cuerpos y se negó a entregarlos, indicando que no había “medios suficientes”, explicación que se entiende bajo la frase “si no hay cuerpo no hay delito”, puesto que las autoridades intentaron borrar toda evidencia sobre los detenidos desaparecidos ante la opinión pública y el extranjero, buscando a la vez, ganar tiempo para generar leyes protectoras hacia agentes del Estado que atentaron contra los Derechos Humanos, como fue la Ley de Aministía.

Finalmente, el año 1990, con la salida de los militares de La Moneda, se agiliza la entrega de los cuerpos a sus familias, quienes así cerraron en parte este doloroso proceso de pérdida de sus seres queridos.


Tomado de: elciudadano.cl

Academia de Guerra Naval: Armada chilena quiere borrar todo rastro de la “Colina del Terror”

Los crímenes cometidos por los militares chilenos durante el régimen pinochetista ya empezaron a ser castigados: algunos miembros del Ejército, Aviación y Carabineros han sido juzgados y condenados. No así los de la Armada, quienes tuvieron importante participación en el golpe de Estado contra Salvador Allende y en la represión que siguió. El mes pasado, el edificio de la Academia de Guerra Naval –centro de detención y tortura de la dictadura– fue derruido. Víctimas que sobrevivieron a la llamada “Colina del Terror” asumen que con esa demolición la Marina pretende borrar sus huellas criminales.

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En absoluto secreto, entre el 8 y el 10 de febrero pasados, la Armada chilena demolió el edificio en el cual hasta 2012 funcionó la Academia de Guerra Naval en Valparaíso.

Se trata del lugar desde el cual el almirante José Toribio Merino orquestó el golpe militar del 11 de septiembre de 1973; luego de eso, el inmueble fue convertido en centro de comando de las tareas represivas de la dictadura y en uno de los principales recintos de prisión y tortura en la región de Valparaíso.

La destrucción de la antigua Academia de Guerra Naval ocurre en momentos en los que el ministro en Visita Extraordinaria para Causas de Derechos Humanos, de Valparaíso, Jaime Arancibia, avanza en sus investigaciones, pues ya pudo identificar al equipo que en la Armada comandó y ejecutó las principales acciones represivas.

Esto ha causado preocupación en la Armada, que ha logrado mantener casi totalmente impunes los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura militar (1973-1990). En esto difiere de lo sucedido con criminales del Ejército, la Aviación y Carabineros de Chile, muchos de los cuales han sido procesados y condenados a partir de que estas causas se activaron, tras la detención de Augusto Pinochet, en Londres, el 10 de octubre de 1998.

“Palacio de la Risa”

La Academia de Guerra Naval era una construcción de acero y concreto, de cuatro pisos, ubicada en un promontorio en el Cerro Playa Ancha, de Valparaíso. Luego del derrocamiento del presidente Salvador Allende y la imposición de la Junta Militar, este edificio –donde normalmente se formaba a los oficiales navales– pasó a ser conocido popularmente como el “Palacio de la Risa”, irónica alusión a los angustiantes alaridos de dolor que día y noche surgían de ahí, producto de las torturas a centenares de detenidos.

La Academia de Guerra Naval –que en 2012 se trasladó a la vecina ciudad de Viña del Mar– se emplazaba en lo que las organizaciones de derechos humanos de Valparaíso han denominado la “Colina del Terror”, puesto que allí también está el cuartel Silva Palma, guarnición que tras el golpe sirvió como centro masivo de detención.

“Creo que al echar abajo la Academia de Guerra pretenden borrar la memoria de lo que ahí sucedió, pero claramente el pueblo mantiene su imaginario y, dentro de eso, la tarea es poder reconstruir los hechos.

“Lo primero que hizo la Armada fue asesinar y torturar masivamente al pueblo chileno.”

Es lo que señala en entrevista Eduardo Cabrera, Neco, exprisionero político y presidente de Cine Forum, y quien se ha convertido, quizás, en el más tenaz perseguidor de criminales de la Armada.

Cine Forum –que organiza desde hace una década festivales de cine de derechos humanos y de pueblos indígenas– y la Agrupación de Marinos Antigolpistas denunciaron públicamente (mediante comunicado del 18 de febrero pasado) la demolición silenciosa e inconsulta de ese centro de tortura y muerte.

“Vemos con estupor en este hecho el intento de borrar de la memoria aquel lugar donde se deliberó y fraguó el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973”, manifestaron.­

Además expresaron en su declaración la voluntad de perseverar en el esfuerzo por que el cuartel Silva Palma pronto sea declarado Sitio de Memoria Histórica por el Consejo de Monumentos Nacionales, y por lograr que toda la Colina del Terror sea declarada Zona de Conservación Histórica. Formalmente solicitaron esto el 20 de julio de 2016, y entregaron el expediente del caso este miércoles 8. Su carpeta fue foliada con el número 1557.

Neco, quien al momento del golpe era presidente del Centro de Alumnos de Filosofía del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, sede Valparaíso, y militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, expresa que “el alto mando de la Armada cree que botando edificios y quemando archivos se acaba su problema… pero hoy somos muchos los que estamos preocupados del tema de la memoria”.

Temerosos de que la demolición de la Academia de Guerra Naval, además de afectar la memoria histórica y el patrimonio, pudiera incidir negativamente en las numerosas causas por crímenes de lesa humanidad, Cabrera y otros expresos políticos y militantes de organizaciones de derechos humanos se reunieron con el ministro Arancibia, a quien le plantearon su inquietud.

Éste les expresó que “de ninguna manera” la citada demolición afectaría los procesos, puesto que él ya había hecho una inspección de la Academia de Guerra, y había hecho registros de los lugares que, según diversos testimonios, habrían sido utilizados para las detenciones y torturas.

Ante los cuestionamientos por la demolición, la Armada justificó su proceder mediante una declaración el 21 de febrero. Indicó que el edificio demolido había quedado “con daños estructurales” tras el terremoto del 27 de febrero de 2010.

Por lo mismo, y tras una serie de trámites administrativos, técnicos y legales –que no se especificaron–, habían establecido la necesidad de su destrucción, por considerarlo un peligro para la seguridad.

Ni la municipalidad de Valparaíso ni el Ministerio de Vivienda han respondido si sus organismos técnicos autorizaron la demolición, que necesariamente debió ser aprobada por ellos para cumplir con el ordenamiento jurídico relacionado con inmuebles ubicados en zonas de conservación histórica.

Crudos testimonios

El 14 de octubre de 2015 Arancibia inició proceso a 12 oficiales y suboficiales en retiro de la Armada por los delitos de tortura, secuestro calificado y asociación ilícita, cometidos contra Eduardo Cabrera.

Esta causa tiene el mérito de ser uno de los primeros autos de procesamiento por delito de tortura que alcanza a altos oficiales de dicha institución. Este tipo de crímenes fue ignorado por la justicia hasta hace unos cinco años, cuando se comenzaron a investigar con seriedad.

En aquel dictamen se establece que el 6 de abril de 1974, “aproximadamente a las 03:00 horas de la madrugada, Eduardo Cabrera Vásquez fue detenido en su domicilio particular por un contingente de efectivos de la Armada de Chile, sin existir motivo alguno para ello”.

Se añade: “Fue esposado y conducido en una camioneta hasta el Cuartel Silva Palma de la Armada en Valparaíso, lugar donde fue sometido a maltrato físico y psicológico, y fue obligado a permanecer por más de cinco horas de pie en un patio ubicado al interior del cuartel, siempre encapuchado. Cuando fue interrogado recibió descargas eléctricas en diversas partes del cuerpo, genitales, boca, orejas y extremidades, ello por medio de un objeto que se conocía con el nombre de Magneto”.

Cabrera señala en la entrevista que entre 5 mil y 10 mil personas pasaron por la Colina del Terror y otras dependencias utilizadas por la Armada como parte de las tareas represivas.

Dice que en los centros de estudios los rectores elaboraban listas con los estudiantes de izquierda, las cuales eran facilitadas a la Armada. “Estos estudiantes tuvieron que ir a firmar al cuartel Silva Palma, estar un par de días ahí, encapuchados, interrogados y fotografiados… y ahí se definía si los mantenían detenidos o si eran liberados”.

En entrevista con Proceso, Arancibia ratificó la veracidad de estos dichos. “Había listas de estudiantes que fueron interrogados en el cuartel Silva Palma. En algunos casos se llegó a los golpes, en otros no, la verdad es que hubo de todo, por eso es que hay que distinguir caso por caso”, expresa el magistrado.

La misma suerte corrieron miles trabajadores y dirigentes sindicales. “En el fondo, es el pueblo porteño –de Valparaíso– el que en su conjunto fue castigado por comprometerse en un proceso que afectó profundamente los intereses de la oligarquía”, señala Neco y asegura que la situación en el Silva Palma “era de una adversidad increíble: te enfrentabas a lo que ellos querían hacer contigo. Debías cooperar, entregar los elementos que ellos querían para su investigación, y si ellos no obtenían eso, significaba soportar los golpes, electricidad, siempre desnudo, en los genitales, en las orejas, en la lengua…”.

Este exprisionero, reconocido por sus pares por no haber realizado delaciones, recuerda que los equipos que aplicaban torturas estaban compuestos por entre seis y ocho personas: “Había mujeres… a mí me puso electricidad en los genitales una mujer que ahora está procesada: Gilda Ulloa, se llama”.

Narración anónima

El libro Estos mataron a Allende (1974), del periodista chileno Robinson Rojas, incluye el testimonio anónimo de un universitario que pasó por las mazmorras de la Armada, que entrega notables antecedentes sobre las torturas masivas perpetradas en la Colina del Terror y no ha sido integrado hasta ahora al expediente de la causa.

El testimonio fue publicado originalmente en el diario colombiano El Tiempo el 26 y el 27 de mayo de 1974, recogido por el columnista Daniel Samper Pizano, quien permanece activo en el periodismo.

“Fui detenido a mediados de octubre en el mismo recinto universitario donde estudiaba, donde asistía normalmente a clases. El rector designado por los militares permitía que los esbirros del Servicio de Inteligencia Naval se introdujeran en la universidad, y tengo la impresión de que el propio rector delataba a los estudiantes de izquierda. Con los demás detenidos nos llevaron a la Academia de Guerra Naval (…) Llegando se nos vendó los ojos y se nos hizo subir hasta el cuarto piso por las escaleras de hierro.”

Continuó el testigo: “Al subir escuchábamos gritos desgarradores; creímos que eran grabaciones para amedrentarnos, pero luego nos dimos cuenta de que eran gemidos auténticos de los torturados. Nos metieron en una pieza y nos obligaron a permanecer de pie, con las manos en la nuca, sin hablar. El que se movía o hablaba era lanzado al suelo, donde le daban culatazos y lo pateaban. Allí permanecimos toda una tarde, en espera de que nos llamaran para interrogarnos. Nos sorprendieron hablando y nos castigaron brutalmente, pero así pude saber que en esa sala ya había personal de la Aduana que estaba siendo torturado.

“El primer día sacaron a mucha gente que había llegado antes: los de la Aduana, el profesor de literatura y el cura católico. No volvieron más. Después sorprendí a un guardia que comentaba con otro: ‘El cura se les fue cortado, lo van a hacer aparecer como suicidio’.”

Cabe señalar que, tal como se ha podido acreditar en la investigación judicial del caso Woodward que ahora lleva el ministro Arancibia, el sacerdote chileno-británico Miguel Woodward murió a consecuencia de las torturas perpetradas en la Academia de Guerra y en el buque-escuela Esmeralda, aplicadas tras ser secuestrado de su domicilio en Valparaíso la noche del 16 de septiembre de 1973.

Como la Academia de Guerra, desde el 11 de septiembre de 1973 el Esmeralda se convirtió en un centro de detención y tortura. Esta situación, denunciada en aquel tiempo por familiares y víctimas, fue ratificada a lo largo de los setenta en diversos informes de la Organización de Estados Americanos, del Senado de Estados Unidos y de Amnistía Internacional.

Continúa el relato publicado en El Tiempo:

“Al segundo día fui interrogado: permanecí torturado durante más de tres horas. Me desnudaron y me golpearon con manos y pies por todo el cuerpo. Parece que los interrogadores eran muchos. Luego me aplicaron corriente en los testículos (…) Durante todo el interrogatorio me tuvieron con los ojos vendados y las manos esposadas. Con las contracciones musculares por la electricidad, las esposas se cerraban cada vez más y me rompí las muñecas hasta el hueso. A estas alturas del interrogatorio ya no sentía dolor. Solamente me daba cuenta de que me estaban quemando con electricidad.

“Al término del interrogatorio, que perseguía saber si había armas en la Universidad, me llevaron a otra sala donde me sacaron la venda para que pudiera caminar; pero me caía al suelo y me hicieron arrastrarme hacia otra sala, donde yacían los torturados. Había allí un profesor universitario que conocía de vista, que estaba con todo un lado del cuerpo negro de los hematomas y le habían perforado el tímpano, por lo que el dolor le hacía aullar; los restantes estaban todos tanto o más golpeados que yo. Muchos tenían las costillas rotas y no podían siquiera respirar. Ninguno podía caminar; tenían fracturas en los huesos de las piernas, por golpes y por las contracciones musculares producidas por la corriente.

“Había muchas mujeres tan golpeadas como nosotros. A las mujeres las habían violado en forma bestial; estaban desgarradas internamente y sangraban con profusión. Una se quejaba continuamente; le habían introducido un objeto cortante en la vagina y parece que le había traspasado el peritoneo. Entre los que estaban, algunos dijeron haber reconocido a los interrogadores: ‘Eran infantes de marina de los que han sido preparados en las bases norteamericanas en Panamá’.”

SICAJSI

A partir del 11 de septiembre de 1973 la Armada creó el Servicio de Inteligencia de la Comandancia de Área Jurisdiccional de Seguridad Interior (SICAJSI), formado por funcionarios de la Armada, de Carabineros (policía uniformada) y de la Policía de Investigaciones. Dependía directamente de la Primera Zona Naval, con sede en Valparaíso.­

El jefe de SICAJSI fue el capitán de navío Sergio Barra von Kretschmann, secundado por Héctor Trobok, coronel de Carabineros. Ellos reportaban al jefe de Estado Mayor de la Armada, Guillermo Aldoney.

En auto de procesamiento del 8 de mayo de 2015, mediante el cual Arancibia sometió a proceso a 18 exoficiales y suboficiales de la Marina y Carabineros por su responsabilidad en la muerte de Woodward, se fija el papel de la Academia de Guerra en las tareas represivas cumplidas por la Armada en los albores de la dictadura.

“Luego del 11 de septiembre de 1973, la Armada de Chile puso en marcha, con ciertas modificaciones, un Plan Antidisturbios, también denominado ‘Plan Cochayuyo’, ideado aproximadamente a comienzos de 1973 y que tenía, entre otros objetivos, detener la acción insurgente a sus designios, mantener el orden público y obtener el control absoluto de la población, especialmente de la Quinta Región (de Valparaíso).”

Allí se añade que “por orden de la Comandancia en Jefe de la Primera Zona Naval se instaló físicamente en la Academia de Guerra Naval, ubicada en Valparaíso, el denominado SICAJSI”, razón por la cual la citada academia suspendió en aquel tiempo “las labores de educación que le eran propias, para albergar al organismo antes referido”.

“La función principal era la de desbaratar los grupos contrarios al régimen militar instaurado en el país, procediendo para ello a ordenar la captura de personas militantes o afines a algún partido político o movimiento de centro, izquierda o revolucionario, y su posterior traslado a unidades controladas por la Armada o pertenecientes a ésta, habilitados como Centros de Detención e Interrogatorio.”

En entrevista con Proceso, Arancibia ratifica que ya está comprobado que el SICAJSI operó en la Academia de Guerra.

*El reportaje fue publicado en Proceso, México.

Tomado de radio.uchile.cl
Por: Francisco Marin

Aportando a la Historia: los héroes (olvidados) de Septiembre

Nombres y eventos para reconstruir la Historia, la verdadera, aquella que tiñe de amarilla vergüenza a las fuerzas armadas chilenas

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Nadie duda que toda ‘historia oficial’ la escribe el vencedor. En esas páginas los ‘héroes’, los ‘buenos y honrados’ pertenecen al bando triunfador; los otros, los perdedores, definitivamente forman parte del lote de ‘los malos’, de los olvidados.
Eso ocurrió con los ‘vencedores de septiembre’; escribieron la historia oficial de acuerdo a sus intereses y propósitos, echando tierra sobre quienes quisieron detener la tragedia desde el interior mismo de las fuerzas armadas y, en algunos casos, pagaron con sus vidas tal intento.
En la medianoche del día 26 de julio de 1973, el Edecán Naval del presidente Salvador Allende, comandante Arturo Araya Peeters, fue asesinado por un francotirador que le disparó desde algún lugar frente a su domicilio. Se trató de un asesinato planificado para ir sentando, al interior de la marina de guerra, los principios que regirían el sanguinario golpe de estado del martes 11 de septiembre. Fue el segundo aviso entregado por los sediciosos y golpistas de ultraderecha (el primero había sido el asesinato del general René Schneider el año 1970).
El golpe de estado fracturó definitivamente a las fuerzas armadas, ya que no es completamente cierto aquello que asegura la mentada ‘historia oficial’ en cuanto a la publicitada ‘unidad interna’ decidida a prostituir juramentos y emporcar su propia dignidad.

Hace escasos días, falleció el comandante (FACH) Ernesto Galaz, detenido y torturado por ser leal a la Constitución. En entrevista concedida el año 2013 al diario El Mercurio, afirmó que “antes del 11 de septiembre de 1973, entre la oficialidad de las Fuerzas Armadas había un 10% que se oponía a un movimiento militar contra el gobierno de Salvador Allende y otro 10% de los oficiales tenía ‘una inquina enorme’ contra la UP. El 80% restante, era gente que no apoyaba ni a unos ni a otros, y después de ese día se quedaron con los que ganaron”.

Otro general constitucionalista, Joaquín Lagos Osorio, abandonó el ejército en 1974, a pocos meses de las matanzas del norte de Chile. Fiel a los principios de un militar de la vieja guardia, el uniformado pasó a retiro espantado por los atropellos a los derechos humanos que le tocó presenciar. Así, a partir de octubre de 1973 se convirtió en uno de los militares disidentes que más pruebas poseía respecto a que Pinochet tenía responsabilidad penal sobre la muerte de 56 personas en el norte de Chile -el caso de la caravana de la muerte-, que tuvo al ex dictador chileno a las puertas de ser sometido a proceso.

Hubo muchos uniformados que sufrieron torturas y encarcelamiento por negarse a participar en hechos luctuosos y en el golpe mismo. No todos fueron oficiales, también hubo conscriptos, como el caso del soldado Michel Selim Nash que se negó a obedecer órdenes de oficiales golpistas; sufrió brutales torturas y murió fusilado en Pisagua en octubre de ese mismo año 1973.
La lista de héroes del ejército continúa con casos de valientes uniformados que se enfrentaron a los golpistas defendiendo la Constitución, las leyes y la democracia. Estos son algunos de esos bravos hombres.
• Capitán Osvaldo Federico Heyder Goycolea, asesinado en 1975 por la DINA
• Luis Iván Lavanderos Lastate, Mayor (37 años), asesinado el 18 de octubre de 1973 en Santiago, presumiblemente por auxiliar a prisioneros del Estadio Nacional.
• Cabo 2° Manuel Nemesio Valdez, detenido el 18 de noviembre de 1974 en Escuela de Caballería de Quillota. Detenido Desaparecido.
• Juan Calderón Villalón, Oficial de Marina. Asesinado el 29 de septiembre de 1973 en Pisagua. ​
• Juan Jiménez Vidal, Oficial de Marina. Asesinado el 29 de septiembre de 1973 en Pisagua.
• Alberto Salazar Briceño, Oficial (R) de la Armada. Asesinado el 23 de junio de 1979 en Concepción. ​
• Juan Cárdenas, sargento, torturado y exiliado. ​
• Rodolfo Alfaro Repfening, Sub-Oficial, torturado, dado de baja y exiliado
• Víctor López, detenido, torturado y exiliado. Luego, junto a otro ex marino también torturado y exiliado –Hugo Maldonado- formó COPEA (Coordinadora del Personal Exonerado de la Armada).
Entre las víctimas (torturadas, expulsadas de la institución, e incluso –algunas- asesinadas) pertenecientes a la Fuerza Aérea de Chile (FACH) se encuentran:
• General Alberto Bachelet, padre de la presidente Michelle Bachelet, muerto durante el periodo de privación de libertad.
• General Jorge Poblete.
• Coronel Carlos Ominami Daza, padre del ex senador Carlos Ominami.
• Coronel Rolando Miranda.
• Capitán Jorge Silva.
• Capitán Ernesto Galaz
Además, un total de 150 carabineros ‘constitucionalistas’ fueron exonerados o dados de baja por la institución. Varios de ellos detenidos y torturados. Y en la Policía de Investigaciones también hubo decididos defensores de la Constitución y las leyes, como fue el caso del Prefecto Juan Bustos, detenido en abril de 1974 y asesinado por la DINA el 2 de mayo de ese mismo año. Antes de aquello, el subprefecto Raúl Bacciarini había sido fusilado el 22 de septiembre de 1973 junto a otras cinco personas en el puerto de San Antonio.
En el año 1977, de los los 24 generales de ejército que habían participado en el golpe de estado junto a Pinochet, sólo 5 quedaban en servicio activo. Todos aquellos que podían “hacerle sombra” al dictador (como el general Óscar Bonilla Bradanovic, por ejemplo) habían sido llamados a retiro… o habían muerto en circunstancias extrañas, en las que siempre estaba presente la mano del coronel ‘Mamo’ Contreras y la DINA.
Pero los “héroes de septiembre”, los verdaderos, no fueron solamente uniformados. Los componentes de la Junta Militar golpista, Pinochet, Merino, Leigh y Mendoza, apostaban por el exterminio total de toda huella de izquierdismo, y con mayor razón si este había mostrado rasgos de heroicidad en los enfrentamientos con las tropas regulares del ejército, la fuerza aérea, la armada y carabineros.

La heroica defensa de La Moneda el martes 11 de septiembre de 1973, fue uno de los hechos que los cuatro generales golpistas deseaban evitar que llegase a conocimiento de la opinión pública.
Veintiún civiles, mal y escasamente armados, mal entrenados la mayoría de ellos (o sin entrenamiento militar ninguno, en el caso de los asesores del Presidente), aislados y carentes de apoyo logístico, no sólo mantuvieron a raya durante seis horas a tres regimientos completos que atacaban armados con ametralladoras, bazukas y tanques (Tacna, Buin y Blindado), sino, además, provocaron bajas severas en las filas uniformadas disparando desde los balcones de La Moneda, ayudados exclusivamente por una decena de francotiradores leales al gobierno, apostados en los edificios aledaños a la Casa de Toesca.

‘La Guardia no abandona al Presidente’ (al menos, una parte de ella lo cumplió a cabalidad –detectives– ya que la otra parte –carabineros– se retiró del lugar a media mañana), y el GAP tampoco abandonó… esos fueron los héroes de La Moneda que defendieron con sus vidas la institucionalidad democrática, la Constitución Política y la Presidencia de la República (olvidados y menospreciados por las dos coaliciones que conforman el duopolio: Chile Vamos y Nueva Mayoría).
Quizá, debido a la vergüenza, el coronel Joaquín Ramírez quería ‘fusilar en el acto’, allí, en calle Morandé, a los defensores de La Moneda, quienes por irrestrictas órdenes del Presidente de la República habían depuesto las armas.

Los 21 prisioneros fueron fusilados en Peldehue (Fuerte Arteaga) el 13 de septiembre de 1973. Sus restos en sacos –según el testimonio del suboficial Eliseo Cornejo, testigo de los luctuosos sucesos– habrían sido lanzados al mar desde un helicóptero Puma.

La Historia ya está recogiendo estos eventos junto a muchos nombres de valientes defensores de la democracia y de la Constitución. Ellos son los verdaderos “héroes” de septiembre.

Por : Arturo Alejandro Muñoz
@aralmu

“LICEANAS” PORTEÑAS RECUERDAN EL GOLPE

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La activa participación política de esos años lleva a las alumnas a ser parte de la directiva del Centro de Alumnos 1972 del Liceo Nº1 de Niñas de Valparaíso. Esto traería difíciles consecuencias para sus vidas y sueños. Hoy enfrentan en este libro su pasado y su presente.

“Es muy probable que nuestra
vida hubiera sido muy diferente,
el golpe cambió todo”, Danitça Vuskovic, secundaria en 1973.

El año pasado, semanas tras semanas, los estudiantes en Chile protestaron en las calles por el desigual sistema educacional nacional. Las fotos, imágenes, videos y textos de aquel movimiento abundan en la web, ellos mismos guardaron sus registros para la posterioridad dejando una memoria viva de su lucha.

Al mismo tiempo, durante el 2011 fue rescatada otra valiosa memoria, una con historias vividas en una época crucial en Chile. “Éramos liceanas en septiembre del 73” (Ediciones Planeta de Papel, 2011), es un libro que retrata la represión, tortura, y humillación de la dolorsa jornada de aquel martes 11 de septiembre, cuando el Golpe de Estado de Pinochet truncó la vida democrática de Chile y marcó para siempre a un grupo de secundarias del Liceo Nº1 de Niñas de Valparaíso.

Aminie Calderón y Rosa Gutiérrez fueron las autoras de este particular libro, además de testigos y protagonistas de este oscuro episodio en la historia de Chile. Cuando ellas se explayan sobre la recopilación de los testimonios se torna dificil no estremecerse frente a la valentía para recordar, denunciar y reconstruir historias de vejámenes en manos de miembros de la armada, excusados vilmente en el argumento de defender la “patria”.

Rosa y Aminie, cuentan sus experiencias convencidas de que esto no puede quedar en la impunidad y que debe saberse. Esa misma convicción fue la que llevó a Aminie a que regresara al Liceo Nº1 de Valparaíso, después de 38 años, para presentar su publicación a fines de diciembre pasado, en las mismas aulas donde fue detenida. “Un día antes de mi detención, agentes del Servicio de Inteligencia Naval (SIN) habían intentado secuestrarme en las afueras del establecimiento…Fue algo muy fuerte encontrarme en el mismo lugar de los hechos y volver a rememorar lo vivido”, recuerda.

La génesis del texto de 289 páginas tuvo su lugar después de un reencuentro vía internet. Una de ellas leyo el testimonio de la otra en un sitio web. Inmediatamente se contactaron por correo electrónico y se reencontraron el 2005 en Paris. Después de la junta armaron un blog para reunir al resto de compañeras, las liceanas. El resultado fue este libro que profundiza con diversos relatos contados en primera persona sobre vivencias, sueños, torturas y también el presente.

LOS FUERTES LAZOS DE AMISTAD

“Somos nosotras las sobrevivientes,
las que tenemos que contar la
verdad por los compañeros caídos
que ya no están y por las generaciones
futuras, para que nunca más en Chile
vuelva a suceder”, Sonia Ramírez, liceana.

En esa época la persecución comenzó simplemente por participar activamente en política. Aminie y Rosa, cuentan, que tras el golpe se generó un ambiente hostil en el liceo donde estudiaban, crecían y construían su futuro. Se transformó en un espacio de delación y desconfianzas.

IMG_0670.JPGAminie y Rosa, las autoras del libro, y quienes contaron cómo fue el proceso de recopilar estos fuertes testimonios.

Durante la preparación del libro pudieron constatar que la represión que cada una sufrió había sido muy profunda y dolorosa. La misma directora del colegio, impuesta por la Dictadura, la señora Leonor Illescas Gardéazabal, entregó a muchas alumnas. “Las primeras detenciones comenzaron el mismo año 1973 en el liceo, las alumnas fueron llamadas por la directora y en su oficina eran entregadas a los agentes del SIN”, recuerda María Teresa Aguilera, una de las liceanas, en la publicación.

Pese a al temor y la inseguridad, los lazos de amistad y respeto se fortalecieron entre sus compañeras (os) y profesoras, resistiendo los crueles embates de una mano dura que sin corazón los pasaba a llevar. Aminie tiene claro que esos lazos fueron fuertes, tanto que cuando intentaron secuestrarla afuera del liceo, sus compañeras la rodearon para protegerla, enfrentando el cañón de un revolver y la amenaza de muerte. Aminie logró zafar.

Las escaramuzas en esos años eran habituales. Algunas veces las profesoras les avisaban a sus alumnas que venían por ellas, intentando sacarlas de lugar, desobedeciendo las órdenes de dirección. En otras ocasiones, sus ‘profes’ entregaban mensajes para avisar de los grupos de soplonaje instalados por la directora en ese tiempo. Esos pequeños gestos implicaron afianzar amistades que se mantienen hasta hoy y muchas palabras de agradecimiento que esperaron 38 años para ser escritas.

“Este era un establecimiento muy politizado y lo que vivimos fue a causa de nuestra militancia política”, señala Aminie. “Era muy problemático, ya que llevamos la lucha política al interior del establecimiento, además de la actividad en el exterior con los pobladores y trabajadores”, asegura la autora.

LA MEMORIA VIVA EN LA TINTA

“Me hicieron subir una escalera
en zigzag bastante larga, no sé
si era la desesperación, la angustia,
pero se me hacia interminable”. Nilda Rojas, liceana.

Junto a las autoras repasamos algunas historias que aparecen en el libro. Relatos como los de María Teresa, Nilda Rojas, Sara López, entre otras, que desde el año 1972 hasta el 1975 estudiaron en el Liceo nº1 de Niñas. Página tras página se plasman experiencias sobre lugares, personas y barrios, algunos desaparecidos, otros exiliados.

Terminar los estudios fue una proeza, tanto política como económica. Muchas de las familias de las escolares provenían de una realidad social de mucho esfuerzo que habían perdido sus trabajos, y además eran perseguidas, viéndose forzadas a salir de Chile.

“Para algunas fue muy difícil. Cuando entran en el testimonio y abordan temas tan terribles como fue la tortura y la vejación vividas a temprana edad. Te marcan la vida. Algunas cerraron la cortina y no quisieron saber más”, señala Aminie, sobre las estudiantes –en esa época entre 14 y 17 años- que con jumper fueron detenidas, interrogadas y golpeadas en la Academia de Guerra Naval, cuartel Silva Palma.

Luego de las detenciones hablar era peligroso. Las que pudieron ver a sus torturadores solo recuerdan sus capuchas, vendas y pañuelos en la cara que los tapaba para no ser identificados. Las afectadas recuerdan que los dramáticos sucesos generaron mucho miedo y desconfianza. “Me costó volver al liceo. Sí, como en el mes de noviembre de 1975 volví al liceo, yo ya no era la misma, de parlanchina pasé a ser muda, desconfiada y solitaria”, confiesa Marisa López, una de las “liceanas” del libro.

FUIMOS NIÑAS

“Éramos Liceanas en el 73”, es un libro que resultó ser una suerte de terapia para las personas que decidieron volver a reencontrarse con momentos que habían enterrado en su memoria. Un ejercicio que fue de suma importancia para dejar un registro potente, emotivo y sencillo. Después de cada testimonio se pueden encontrar palabras de agradecimiento, anotadas por las participantes, por el valioso rescate de la memoria y la posibilidad de reencontrarse con las mujeres que crecieron y con las que habían perdido toda comunicación.

“Que nunca más se repita”, “¡Por la verdad! La que se escribió en los duros años de la Dictadura”, “Esta conversación ha esperado 38 años en mi corazón” y “Estos recuerdos son pura fe”, son algunas de las frases que se pueden leer en las notas finales, mensajes de una historia para algunas ya terminadas y para otras, aún sin punto final.

“Un abrazo a esas niñas que fuimos, niñas que despertaron un 11 de septiembre de 1973 asombradas de tanta maldad”, son algunas de las palabras al cierre del testimonio de Sara López. Una frase que lo resume todo.

Tomado de: laotravoz.org

Miguel… tú no has muerto

A 43 años de su muerte combatiendo cara a cara a la dictadura, el tiempo le dio la razón. Miguel Enríquez sigue vivo en el corazón de la izquierda chilena y latinoamericana

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Miguel Enríquez –secretario general del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria)- fue enterrado el 7 de octubre de 1974, a las 07:30 de la mañana, en un nicho del Cementerio General de Santiago. La dictadura cívico-militar autorizó como acompañantes del sepelio sólo a diez miembros de su familia, vigilados por cientos de hombres y armas de enemigos temerosos. Aunque el pueblo no pudo estar presente, una mujer representó el sentir de miles de ausentes, fue su madre Raquel, quien en medio del silencio con voz fuerte y entera dijo:

“Tú no has muerto.
tú sigues vivo,
y seguirás viviendo
para esperanza y felicidad
de todos los pobres del mundo.”

No sólo no ha muerto, el ideario y el ejemplo de vida política entregado por Miguel Enríquez hoy tiene plena validez ya que el accionar –violento, clasista, criminal, expoliador- de la derecha política y la derecha económica ha demostrado, sin margen de duda, cuán profunda es la explotación y el desprecio que esa clase predadora ejecuta diariamente contra la sociedad civil chilena.

En esta hora en la que muchos dirigentes de la izquierda actual forman parte de una política deshilachada luego de haberse reconvertido a la fe neoliberal -traicionando al pueblo, a su propia historia y a sus valores de antaño- , la figura de Miguel se empina nítida por sobre las cofradías de un endeble y falso socialismo aplaudido por la prensa canalla, aquella perteneciente a los mismos grupos económicos que produjeron la masacre de miles de inocentes en las décadas del 70 y el 80.
Junto a compañeros como Luciano Cruz, Bautista Van Schouwen, Sergio Pérez y Danton Chelén, entre muchos otros, Miguel participó directamente el año 1965 en la fundación del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), involucrándose de lleno en la actividad política dejando de lado una existencia que bien pudo ser holgada y plácida, pues tal decisión (luchar por los más pobres, por los desposeídos, por Chile) la tomó tan sólo meses antes de haber obtenido el título profesional de Médico Cirujano. En el congreso fundacional del MIR (15 y 16 de agosto de 1965), presentó un documento a la discusión titulado “La conquista del poder por la vía insurreccional”, prolegómeno del pensamiento político de Miguel y del propio MIR.

Tuve en suerte conocerlo y departir con él algunos minutos. Ello ocurrió en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, el año 1968, cuando la inolvidable Reforma Universitaria germinaba sus primeros avances y la lucha por dominar la escena estudiantil universitaria –ergo, la FECH (Federación de Estudiantes de Chile)- contaba con dos poderosos oponentes: el partido comunista y la democracia cristiana, tiendas que a través de sus respectivos líderes, Alejandro Rojas y Jaime Ravinet, pretendían dirigir la reforma y gran parte del mundo universitario.
Recuerdo con perfecta certeza y claridad los planteamientos explicitados por Miguel en esos debates de entonces, dejando a veces sin argumentos a quienes optaban por defender el sistema imperante, así como desestibando a aquellos que creían que el simple reformismo podría cambiar Chile. “Esta reforma que tanto defiendes y que reconozco necesaria –me dijo esa vez- te la va a derribar el sistema, si es que a este no lo cambias primero”. Ese tipo inefable y viejo como el universo, llamado ‘tiempo’, le dio una vez más la razón. Cinco años después, las bayonetas y los dólares destruyeron completamente lo que con tanto esfuerzo habíamos construido.

Es oportuno recordar que durante el gobierno de la Unidad Popular, el presidente Salvador Allende reconocía y destacaba el liderazgo de Enríquez , y lo manifestó públicamente cuando intentó atraerlo a las filas del gabinete: “Yo quisiera, Miguel, que tú fueras el ministro de la Salud”, fue su petición, misma que Miguel rechazaría argumentando: “Doctor, me honra con su oferta, pero resulta que nosotros tenemos diferencias con usted y no queremos que esto se exprese dentro del gobierno. Nosotros nos vamos a jugar por usted, lo vamos a apoyar en la seguridad personal, vamos a defender este gobierno, pero a la vez queremos la libertad para plantear nuestras diferencias cuando sea necesario”.

Eran otros tiempos y era, por supuesto, otra estirpe de chilenos. Se debatía la política en la calle, en los sindicatos, en los claustros, cara a cara. Hoy se hace a través de las redes sociales, cómodamente sentados frente a un computador, sin necesidad de soportar diatribas ni argumentos sólidos, pues basta con apagar el equipo parta terminar la discusión.

Los de antes ya no somos los mismos, escribió Neruda… y por cierto que no lo somos. La comodidad que otorga la tecnología nos ha vuelto individualistas, e incluso pusilánimes en ciertos aspectos. Por ello, opinar respecto de las acciones políticas del pasado frente a adversarios de carne y hueso, requiere contar con la validación que ofrecen no sólo los documentos y libros, sino también la experiencia directa de haber vivido en la época que se analiza y haber conocido de primera mano los hechos que la caracterizan, lo cual otorga mayor grado de certeza al análisis respectivo.

Por tal motivo, cuando se desmenuza, por ejemplo, el último discurso de Miguel Enríquez en el mes de julio del año 1973 (en el Teatro Caupolicán), mismo que la derecha y el ‘progresismo’ concertacionista ningunean y desdeñan, es imperativo entender el contexto histórico en el cual se produjo, pues más allá de si se comulga o no con los planteamientos mencionados por Miguel Enríquez y el MIR, la lectura política de la situación por la que atravesaba el país era esencialmente correcta. Enríquez denunció el camino sedicioso y subversivo que la derecha había emprendido al no contar, luego de los comicios del mes de marzo de 1973, con votos suficientes para derribar el gobierno de la Unidad Popular.

Un sector del PDC junto a la derecha (y al brazo armado de esta, Patria y Libertad), habían intensificado la agitación en las FFAA, los atentados a la infraestructura del país (oleoductos, gaseoductos, etc.), y asesinatos de campesinos, obreros y estudiantes de izquierda, todo lo cual culminó con el tancazo del 29 de Junio, un intento golpista que la CODE (Confederación Democrática: formada por el Partido Nacional y el PDC) digitó junto a Patria y Libertad.

Miguel Enríquez, en ese histórico discurso del 17 de julio de 1973, denunció a la derecha y a un sector de la DC (liderado por Frei Montalva y Patricio Aylwin) acusándolos de pontificar vías institucionales de diálogo y negociación, los que en la rigurosa realidad no pretendían lograr acuerdos, ya que de manera paralela complotaban clandestinamente para provocar el quiebre de la institucionalidad a objeto de permitir que el poder y el gobierno fuesen asumidos por los militares.

En esa ocasión -como en tantas otras anteriormente- Miguel denunció el alzamiento sedicioso y golpista de la derecha y la DC, al tiempo que llamaba a las masas a prepararse para hacer frente a tal alzamiento.

Una vez producido el golpe de estado, en medio de la acentuación de la represión dictatorial, muchos dirigentes y militantes de la izquierda optaron por el exilio, en el caso del MIR desde el comienzo se definió un rechazo rotundo a esta práctica. “El MIR no se asila, lucha y resiste”, era la orden. De hecho, el propio Miguel se opuso a que parte de la dirección se replegara en el exterior: “si el MIR se exilia, de hecho deserta; lo que no sólo tiene valoraciones éticas negativas, sino que en el caso particular de Chile es renunciar a cumplir con tareas que son hoy posibles y necesarias”.

En las últimas líneas de esta nota, me parece oportuno transcribir lo que hace años escribiera Manuel Cavieses. Lea usted lo siguiente:

El Informe Rettig señala: “La primera prioridad de la acción represiva de la DINA durante el año 1974 fue la desarticulación del MIR. Esta continuó siendo una prioridad durante 1975. Durante estos dos años se produce el mayor número de víctimas fatales atribuibles a este organismo”. Matar al secretario general del MIR, un médico de 30 años que había burlado numerosas trampas y emboscadas, se convirtió en una obsesión para la DINA. Destinó para ello a la Agrupación Caupolicán, mientras la Agrupación Purén se dedicaba a perseguir al resto de la Izquierda. La DINA consiguió datos para localizar el sector de Santiago donde Miguel Enríquez vivía clandestino. Era en la calle Santa Fe #725, entre Chiloé y San Francisco, en la comuna de San Miguel. Una casa con apariencias de nada, con dos portones metálicos que todavía conservan más de treinta impactos de balas. El 5 de octubre de 1974 se libró allí un combate desigual, como el de La Moneda y otros durante 17 años en que hombres y mujeres de la Izquierda chilena dieron lecciones de honor y valentía

Miguel murió combatiendo. Sigue haciéndolo a través de quienes han tomado sus banderas y continúan una lucha que parece recién comenzar. Miguel no ha muerto, sigue vivo… y seguirá viviendo para esperanza y felicidad de todos los pobres del mundo.

Por: Arturo Alejandro Muñoz